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Prismas

versión On-line ISSN 1852-0499

Prismas vol.13 no.1 Bernal jun. 2009

 

RESEÑAS

Peter Fritzsche
Berlín 1900. Prensa, lectores y vida moderna
Buenos Aires, Siglo XXI, 2008, 296 páginas

El título Berlín 1900 nos remite de manera inmediata a un clásico de la historia de la cultura, Viena fin-de-siécle, de Carl Schorske. Ambas obras exploran el intenso y brusco proceso de modernización vivido por las dos grandes ciudades del universo cultural alemán entre fines del siglo xix y la Primera Guerra Mundial. Schorske retrata en su excepcional trabajo la forma en que Viena sufre los múltiples y contradictorios embates de las fuerzas sociales, culturales y políticas que la modernidad trajo consigo. Golpes que horadaron hasta deshacer la estabilidad y la previsibilidad del período que Stefan Zweig llamó no sin cierto dejo de nostalgia "el mundo de la seguridad". Fritzsche, por su parte, nos sitúa en el proceso de transformación que vive Berlín en su tránsito de ciudad mercantil a metrópoli industrial. Nos presenta una ciudad mareada, confundida, pero abierta a la renovación que se inicia con el nuevo siglo.
Si bien ambas investigaciones se sitúan dentro de la historia cultural, la similitud se detiene en esta aproximación general. El título de la obra en inglés, Reading Berlin 1900, incluso más que su subtítulo en castellano, Prensa, lectores y vida moderna, marca una diferencia fundamental entre ambos libros. Ya no es la ciudad material en sí misma el objeto de indagación, sino las formas en que se "construyó la ciudad narrada y de qué modo esto impactó en la ciudad de cemento" (p. 16). En otras palabras, mientras Schorske explora la transformación o la irrupción de una serie de áreas culturales que tuvieron una expresión singular en Viena, Fritzsche rastrea los modos en que la prensa proveyó a los lectores urbanos de mapas cognitivos y sociales que les permitieron percibir, interpretar y representar a Berlín en un momento de profundos cambios. A lo largo del libro el autor procura demostrar cómo habitar la ciudad y leer acerca de ella se convirtieron en actividades cada vez más vinculadas entre sí.
Aun cuando el problema historiográfico acerca de los modos en que las representaciones textuales del espacio urbano contribuyeron a moldear las formas de interpretar y habitar las ciudades podría ser planteado para casi cualquier otra gran urbe occidental a lo largo de al menos los últimos 250 años, Fritzsche demuestra de manera consistente que el caso de Berlín entre fines del siglo xix y la Primera Guerra Mundial no es uno más entre otros. Por una parte, se produce un aumento sin precedentes en las cifras de periódicos, tiradas y reediciones diarias que convierten a Berlín en una de las ciudades europeas con mayor densidad de diarios.
Pero lo significativo para la configuración de la "ciudad textual" es que durante el período estudiado, los diarios populares de mayor venta, además de ser editados e impresos en Berlín, hicieron de la propia ciudad el centro de su interés periodístico. Barrios, calles, comercios, espectáculos, acontecimientos y habitantes comunes ocupaban el primer lugar entre las notas de esos años. Por otra parte, Berlín aparecía como una ciudad en constante transformación que, dominada por las sensaciones de fugacidad, movimiento, sorpresa y discontinuidad, se resistía a ser completamente aprehendida por la mirada de sus habitantes y de los numerosos recién llegados que arribaban para sumarse al frenesí comercial e industrial que los invitaba a imaginar una vida mejor. En este marco, los diarios metropolitanos funcionaban como guías que redefinían de manera incesante y múltiple la cartografía y los sentidos de la ciudad. Con la Primera Guerra Mundial las condiciones que hicieron posible el despliegue y la fuerza de los diarios y colocaron a la ciudad en el centro de la atención del habitante urbano comenzaron a desvanecerse. Los nuevos medios de comunicación y entretenimiento, el cine y la radio, así como el énfasis en la dimensión nacional y la acentuación de las divisiones políticas y económicas reorientaron el interés de los residentes de Berlín.
El volumen está organizado en una introducción y siete capítulos salpicados con catorce fotos e ilustraciones. El capítulo 1, "La ciudad como texto", explora los modos en que los diarios se adecuaron para poder reflejar los cambios de la ciudad industrial y satisfacer las necesidades de un nuevo público. La modificación del diseño, el empleo del sensacionalismo, los nuevos usos de la primera plana, el mayor despliegue del relato de historias particulares y de viñetas, la creciente utilización de verbos de acción y la aparición del género periodístico del feuilleton, entre otras innovaciones, señalan el pasaje del periódico como formador de ciudadanos ilustrados y comprometidos, al diario como medio de acceso a información de importancia para la vida y el entretenimiento urbano.
En el capítulo siguiente, "Lectores metropolitanos", el autor examina la historia de la lectura en la ciudad y el crecimiento de la prensa metropolitana, concentrando su mirada en la incidencia de los cambios materiales en la producción de periódicos y en la extensión de la práctica de la lectura. Por una parte, relaciona la mayor inversión de tiempo en la lectura con progresos tecnológicos como el avance de la iluminación eléctrica, el incremento en el tiempo muerto producido por los viajes en tren, la mayor extensión del uso de lentes, así como con la difusión de hábitos afines a la lectura tales como fumar y beber té o café. Mientras que, por otra parte, señala el crecimiento del número de trabajadores con un mayor poder adquisitivo que, por ello, se encontraba en mejor posición para consumir y gastar su dinero en entretenimientos. En este sentido, los anuncios publicitarios, la oferta de atractivos urbanos y suburbanos y los relatos de la vida cotidiana publicados en los diarios trazaban circuitos que invitaban a recorrer la ciudad como fuente de consumo y de entretenimiento.
En los capítulos 3, 4 y 5 Fritzsche analiza distintas manifestaciones del problema de la representación textual de la ciudad. En el primero de ellos, "La fisonomía de la ciudad", explora los límites que los rasgos de provisoriedad y fluctuación de la Berlín moderna imponían a cualquier pretensión periodística de trazar generalizaciones sobre algún aspecto de la ciudad. A diferencia de esta intención de construcción de tipologías, propia del siglo xix, las descripciones que proliferaban en los periódicos de la época reconocían la fluctuación y el detalle a través del registro de impresiones inmediatas y del énfasis en los individuos. Así, por ejemplo, estos nuevos diarios tornaron visible un conjunto de figuras urbanas que hasta allí habitaban los márgenes del espacio público: el vendedor ambulante, el joven inmigrante, el bebedor, el empleado, el deportista.
En los dos capítulos siguientes examina dos expresiones de la radicalidad de las representaciones producidas por la ciudad textual en relación con los modos dominantes de concebir el espacio urbano en el siglo xix. En "La ciudad como espectáculo" el autor argumenta que la prensa popular proponía a los lectores recorrer y mirar la ciudad como un gran espacio de entretenimiento. Con la expansión social del ocio, el residente berlinés se encuentra en una nueva posición para dejarse guiar por las calles, paseos, parques y eventos como un turista. Pero eso no significa que estas imágenes hayan logrado confluir y cristalizar en una nueva idea unificada de la ciudad. Por el contrario, en el capítulo cinco, "Textos ilegibles", indica que el socavamiento de las jerarquías del universo cultural alemán decimonónico no dio paso a una mirada coherente y sintética de Berlín. El crecimiento del número de notas que relatan los sucesos de las 24 horas anteriores y la proliferación de diarios matutinos, vespertinos y nocturnos, de ediciones extras y de reediciones, acompañaban y magnificaban la confusión urbana producida por el aumento de tiendas, de carteles, del ruido, la iluminación y el constante movimiento provocado por el intercambio comercial.
En el capítulo 6, "Líneas argumentales", Fritzsche plantea que a través de sus formas de presentar la ciudad, la prensa contribuyó de manera decisiva en la configuración de una cultura urbana popular y en la formación de un público urbano uniforme. Este nuevo colectivo, que comenzó a desvanecerse con el inicio de la Primera Guerra Mundial, fue el resultado del desarrollo de valores y prácticas vinculados con el consumo urbano y no de una enunciación política como las que provenían del Estado o del movimiento socialdemócrata. En el capítulo final de la obra, "Otros textos exploratorios", examina de forma comparativa otras expresiones textuales así como ciertas expresiones plásticas modernistas que procuraban dar cuenta de la nueva experiencia urbana. La virtud del capítulo se halla más en su breve inclusión de la obra de algunos artistas plásticos, que en su análisis de formas diferentes de la palabra impresa. A pesar de que al incluir libros, carteles, anuncios, publicidades, edictos, entre otros formatos textuales, el capítulo permite ampliar y dar mayor fuerza aun a la idea de que leer y escribir resultaban actividades fundamentales para poder habitar Berlín, el análisis de la novela publicada durante el período es particularmente escaso. A este respecto, la historiadora Marion F. Deshkmukh ha señalado con razón, en un comentario a la obra, que incluso las pocas referencias a la literatura que hace el autor corresponden a títulos publicados en la década de 1920.
En conjunto, Peter Fritzsche logra dar cuenta de manera consistente de los modos de narrar la ciudad en la prensa popular. Su análisis de las formas y las ideas que predominaron durante ese tiempo en las páginas de los diarios populares es el resultado de un extenso e inteligente trabajo de investigación. No obstante, el libro deja sin tratar las representaciones mismas de los lectores, un propósito que se anuncia al inicio del texto y que luego no es abordado. Las voces externas a los periódicos más citadas en la obra no pertenecen a los residentes comunes de Berlín sino a intelectuales, sociólogos y escritores que hacia la década de 1920 buscan comprender la experiencia moderna de la ciudad. Un abordaje que pudiese contemplar ese ángulo seguramente enriquecería aun más el análisis al mostrar distintas formas de interpretación y jerarquización de la información. Fritzsche, si bien no se adentra en él, es consciente del problema: "Las palabras, las frases y los textos podían interpretarse de mil maneras distintas. Como narración polifónica que se editaba a diario y con una tensa inestabilidad entre el diseño impuesto y la interpretación propia, la ciudad de las palabras se abría a los lectores desde múltiples puertas y autovías" (p. 178).
En Berlín 1900 convergen el oficio de un excelente historiador, que una vez más demuestra ser un gran conocedor de la historia alemana moderna, y la pluma de un buen escritor. El libro sugiere caminos de análisis sumamente estimulantes y deja abierta una agenda de problemas para avanzar en la investigación y en la discusión historiográfica acerca de la relación entre texto, lectores y contexto.

Alejandro Dujovne

UNC / IDES