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Prismas

versión On-line ISSN 1852-0499

Prismas vol.13 no.1 Bernal jun. 2009

 

RESEÑAS

Pablo Rocca
Ángel Rama, Emir Rodríguez Monegal y el Brasil: Dos caras de un proyecto latinoamericano
Montevideo, Ediciones de la Banda Oriental, 2006, 467 páginas

La imagen que ilustra la tapa de este libro es, aunque pequeña, contundente: dos rostros enfrentados, las caricaturas de dos de los más importantes críticos literarios y docentes uruguayos, Emir Rodríguez Monegal (1921-1985) y Ángel Rama (1926-1983). Ambos críticos se establecieron como referentes de una generación de intelectuales a la que cada uno nombró de una forma particular: para Rama, fue la "generación crítica"; para Rodríguez Monegal, la "generación del 45". En esa lucha por el nombre daban cuenta de una enemistad ya antológica y duradera. En este libro, Pablo Rocca se ocupa de ese enfrentamiento y demuestra con solidez hasta qué punto se vio matizado por una paradojal coincidencia, la de ser un "dúo que trabajaba dividido" (p. 8) y que tuvo en "Brasil" un objeto y un objetivo común. Esto es, incluir la literatura de ese país como parte de una "totalidad unitaria", la de América Latina (p. 7). Brasil como el objeto en disputa y el objeto de estudio que les permitió a ambos "mirar el curso de las diferentes variaciones de la literatura y la cultura latinoamericanas [...] rever las experiencias de la alta cultura y de la cultura popular" (p. 11).
El libro es -con cambios- la tesis de doctorado defendida por Rocca en la Facultade de Filosofia, Letras e Ciencias Humanas de la Universidade de São Paulo, Brasil, durante 2006. En la introducción se definen tres "momentos" a ser explicados a lo largo del trabajo. El primero, comprender cómo esos proyectos críticos fueron posibles por las condiciones formativas que hicieron de Rama y de Rodríguez Monegal autores tan particulares: el Uruguay "estable" ("excepcional"), tanto económica como políticamente, de las décadas de 1940 y 1950; las "redes de intercambio y lecturas" de las que fueron beneficiarios (de fines del siglo xix y comienzos del xx), y aquellas otras de mediados de los años cuarenta que ellos colaboraron a formar. Rama y Rodríguez Monegal pudieron interesarse en "Brasil" porque éste había ingresado de forma asistemática a Uruguay vía los escritores, los viajeros, los diplomáticos y los poetas de las primeras décadas del siglo xx; Argentina, Brasil y Uruguay se "integraron" en una serie que implicaba desde la antología y traducción de diversos autores hasta el conocimiento directo entre ellos. Uruguay, o mejor dicho su capital, funcionó como una "bisagra" "entre la vanguardia porteña y las ciudades brasileñas hegemónicas del modernismo" (p. 70).
El segundo momento expone cómo hicieron esa formación "autodidacta, abierta y heterodoxa" en su "etapa uruguaya", que finaliza alrededor de 1970, y que abre otra fase: la sistematización en los trabajos como docentes e investigadores en universidades extranjeras. En el tercero, se sigue de cerca lo que sucede una vez que la Revolución Cubana apareciera en escena, y entonces la unión latinoamericana dejara de ser una mera "declaración de principios" (p. 10). El enfrentamiento entre ambos, se aclara, fue ideológico-metodológico, y Rocca lo señala con detalle cuando analiza cómo fue la disputa por la interpretación de la novela El siglo de las luces, del cubano Alejo Carpentier; ambos se preocuparon en demostrar si el referente final del relato era o no la Revolución Cubana, y sus contradicciones y falencias, bajo el manto de una revolución antillana del siglo xviii que a su vez "traducía" la Revolución Francesa.
En la exposición, estos dos últimos momentos están ligados. En primer lugar, la etapa "uruguaya" hace que Rocca despliegue un cuidadoso recupero de la conformación del campo intelectual de ese país. Es en esa restauración de los debates donde Rocca encuentra en el semanario uruguayo Marcha (1939-1974), de relevancia continental en las décadas de 1960 y 1970, un centro ineludible. Marcha fue, en primer término, el espacio donde se articuló la lucha por la dirección del campo literario: allí Rodríguez Monegal y Rama fueron directores de la sección "Literarias" (el primero dirigió la sección de 1945 a 1959 y el segundo de 1959 a 1968), y coincidieron en que era necesario impulsar la refundación de la crítica literaria uruguaya, siguiendo las afirmaciones del también uruguayo Juan Carlos Onetti. En segundo lugar, el "después" de la Revolución Cubana le permite ver el peso que la política tuvo para redefinir el lugar de la cultura. Para Rocca, en Marcha política y cultura no tuvieron clara unidad hasta los años sesenta, donde el latinoamericanismo y el antiimperialismo de la parte política se vinculó con la parte cultural y Rama se convirtió entonces en "el hermeneuta de la hora" (p. 149). El seguimiento de lo que sucede después de la Revolución Cubana le permite analizar qué de esa "etapa uruguaya" se mantuvo o se vio modificado. Rocca atiende a la producción de estos autores: escribiendo pero también dirigiendo revistas o emprendimientos del tenor de la "Biblioteca Ayacucho", en el caso de Rama.
En algún sentido, en este libro se relata una "novela de aprendizaje". Es decir, se atiende al peso que tuvo el "subtexto" biográfico en las producciones de ambos críticos. Si Rodríguez Monegal dijo que "toda escritura es autobiográfica", para Rama, por el contrario, la "biografía" de los autores advertida en las obras era -sostiene Rocca- un "factor más en un vasto friso" (p. 105). El lugar de lo "biográfico" importa, según Rocca, cuanto participa también de la perspectiva crítica: por ejemplo, el peso del "relato del origen" que percibe en los análisis literarios que Rama y Rodríguez Monegal llevaron a cabo. Uno de los ejemplos que se analiza es la importancia o no que le dieron a la bastardía del poeta uruguayo Roberto de las Carreras. Así, se explica el detenimiento de Rodríguez Monegal en ese dato por el peso de su propia biografía: la de un origen bastardo. Pero aunque ésta es una aproximación interesante, lamentablemente no se la recupera en el resto de la investigación; ni tampoco se atiende a la importancia o no de esos relatos de origen en las elecciones ideológico-metodológicas para los análisis literarios.
Rocca hace referencia a las trayectorias intelectuales, y es allí donde la "biografía" adquiere mayor significado, y permite indicar el motor que sustentó los proyectos críticos: el replanteo del tipo de crítica y de literatura necesarias en América Latina. Podía ser la interpretación de la obra del rioplatense Horacio Quiroga, el legado del chileno Andrés Bello, el dominicano Pedro Henríquez Ureña, o los uruguayos Francisco Bauzá y Alberto Zum Felde en crítica e historia literarias; o del uso de la categoría de "generación" para el análisis literario; o en qué sentido para Rodríguez Monegal el modernismo había sido el movimiento americano capaz de "influir" en España, mientras que para Rama éste podría ser entendido como una consecuencia "novedosa" pero dependiente del impacto de la modernización capitalista en América; o el significado del regionalismo o de la vanguardia para las letras de América Latina, a partir del análisis de la obra de los brasileños Graciliano Ramos y Guimaraes Rosa, por ejemplo.
Y, también, las diferencias adquieren profundidad: Rodríguez Monegal, primer crítico literario de la obra borgiana, defendía las "bellas letras", el trabajo de la crítica como parte de la recuperación y estudio de la producción de los mejores, un "florilegio" (p. 192) en el que no entraba el peso de la historia. Rocca destaca la importancia de las obras de Pedro Salinas, T. S. Eliot o George Orwell, pero sobre todo la de Jorge Luis Borges, para la reflexión y puesta a prueba de una crítica literaria que pensara la literatura como una "máscara de la identidad" que se reproduce a sí misma teniendo como fuentes más literatura, y de cualquier lugar "antes que una manifestación refleja del medio" (p. 286). Rama, por el contrario, entendía que la literatura y la crítica se desenvolvían y estaban afectadas en y por la historia, pero sin dejar de reflexionar sobre las especificidades de la práctica literaria: la literatura no podía ser vista como una experiencia pura del lenguaje (p. 175). Ante el florilegio, antepondría la trama en lo colectivo. El "pasado útil" al que haría referencia Rodríguez Monegal (citando T. S. Eliot), sería en Rama el interés por un pasado no evocativo, para transformar el presente. Como dice Rocca, "para Rodríguez Monegal el Sur viene a ser, en el mejor de los casos, un complemento de la cultura del Norte, puesto que la autonomía para América hispana 'no existe ni puede existir'. Para Rama, como en el mapa dibujado por Torres García, el Sur puede volverse Norte justamente a causa de las posibilidades autonómicas de una literatura que se reintegra en la dinámica general y en contacto con la 'serie social'" (p. 195). Si para Rama el Sur podía volverse Norte, encontró una forma de analizar esa cultura a partir de la "transculturación": la "norma" continental en la que la cultura ajustaba las nuevas condiciones del marco internacional a los patrones culturales formulados por la "masa social", evitando así una pérdida de identidad. El encuentro con los brasileños Antonio Cándido y Darcy Ribeiro habría sido fundamental. Por el contrario, si para Rodríguez Monegal el Sur funcionaba como un "complemento" era porque la "utopía" de la unidad latinoamericana no tenía para él la determinación política del primero.
Cabe una observación final. Rocca caracteriza a la "nacionalidad" uruguaya en los términos de "excepcionalidad" que posibilitó que estos autores se desvelaran por estudiar y divulgar literatura latinoamericana. Y afirma que una de las características del Uruguay es la de ser "menos nacionalista" que México, la Argentina, el Brasil o Cuba (p. 8). Es aquí donde se percibe un problema: esta afirmación tiende a tomar un presupuesto, el de la "excepción", que aunque tuviera claros datos en lo concreto, no puede sino ser visto también como el fundamento de un imaginario nacional. No parece suficiente explicarlo con la hipótesis de que la inteligencia uruguaya -atenta a un Estado-nación débil, cercado por el argentino y el brasileño- necesariamente debía ser cosmopolita, y no exaltar lo "nativo" (compartido en gran medida con la Argentina) (p. 8). Es decir, ¿por qué no habría de verse allí, en la "excepción", una marca de un profundo nacionalismo? En especial cuando otros elementos del Uruguay indicarían su existencia. Si bien esta cuestión no es saldada en el trabajo, la solidez del libro permite extender ampliamente la reflexión sobre la historia y la crítica literarias en América Latina.

Ximena Espeche

UBA / CONICET