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Prismas

versión On-line ISSN 1852-0499

Prismas vol.13 no.1 Bernal jun. 2009

 

RESEÑAS

Leandro Losada
La alta sociedad en la Buenos Aires de la Belle Époque
Buenos Aires, Siglo XXI, 2008, 480 páginas

Historia de una cita

Si existiera una historia de las citas y sus formas de circulación en la cultura argentina, seguramente uno de sus capítulos principales estaría dedicado a la frase más famosa (más citada) de Miguel Cané: "cerremos el círculo y velemos sobre él". La frase pertenece a "De cepa criolla" (1884), relato en el que su protagonista, Carlos Narbal, joven porteño, hacendado, patricio, educado en Inglaterra, hace una encendida defensa de las mujeres que pertenecen, como él dice, a "nuestro grupo patrio". La frase famosa es uno de los remates de su alegato, dirigido a otros jóvenes de su mismo grupo social, pero menos respetuosos de sus mujeres que él.
Como suele ocurrir en estos casos, la cita, una vez independizada del texto del que formaba parte, echó a volar sola, desentendida en algunos aspectos del sentido original que ese contexto inicial le otorgaba (por ejemplo, el "detalle", que varios autores pasan por alto, de que quien formula la frase no es Miguel Cané sino un personaje ficcional) para constituirse como un texto autónomo, o en todo caso más ligado al autor ("esta frase la dijo Cané") que al relato al que pertenecía.
No sé si es el primero que la cita, pero sí es David Viñas el primero que le da esa posibilidad de vuelo propio y -hasta ahora- incesante, hace ya más de cuarenta años, en un capítulo de Literatura argentina y realidad política dedicado a analizar la relación entre "miedo y estilo" en la escritura del autor de Juvenilia. Sin duda se trata de un hallazgo, y la prueba de esto es que, desde entonces y hasta la actualidad, la frase de Cané (citada a veces in extenso -como lo hace Viñas-, o en esa oración que parece sintetizar por sí sola todo el largo párrafo al que remata) no dejó de aparecer en diversos estudios dedicados a la literatura, la cultura, la política y la historia argentina, referidos a la década de 1880, y más allá también. La lista de ejemplos es larga, e incluye textos de indudable calidad; cito algunos: Gabriela Nouzeilles -Ficciones somáticas. Naturalismo, nacionalismo y políticas médicas del cuerpo (Argentina 1880-1910)-, Oscar Terán -Vida intelectual en el Buenos Aires fin-de-siglo (1880-1910). Derivas de la "cultura científica"-, Alejandra Laera -El tiempo vacío de la ficción. Las novelas argentinas de Eduardo Gutiérrez y Eugenio Cambaceres-. Y los ejemplos podrían seguir.
La frase de Cané también aparece citada o aludida, por lo menos cuatro veces, en el texto de Leandro Losada, La alta sociedad en la Buenos Aires de la Belle Époque, objeto de esta reseña. Y digo aludida porque hay un momento, incluso, en que se remite a la frase de Cané sin aclarar su procedencia, lo cual no es prueba de desidia, sino de que la cita es tan conocida que, a esta altura (a esta altura de su uso por parte de la crítica), aclarar a quién pertenece podría ser tomado por el lector como un menosprecio de sus conocimientos.
Pero, más allá de este detalle, lo diferente en el texto de Losada reside en que, en su caso, se puede pensar el uso de la frase de Cané no tanto como un modo de corroborar cierta idea o hipótesis, sino como una incitación; porque todo el libro puede ser leído como una larga y razonada respuesta a esa frase y a las preguntas que provoca: ¿quiénes forman parte de ese círculo?, ¿qué se requiere para estar dentro de él?, ¿desde cuándo existe y cuándo dejó de existir, si es que lo hizo?, ¿fue siempre igual o fue variando?, ¿cuál es la denominación social más adecuada para nombrarlo: alta sociedad, oligarquía, clase alta, clase dirigente, élite, high life, aristocracia, patriciado?
En este sentido, el estudio de Losada viene a llenar un vacío ("una cuenta pendiente de nuestra historiografía", como él mismo señala) que es la fuente de una imprecisión conceptual y terminológica que se verifica en muchos trabajos enfocados en la Argentina de entre siglos. Para llenar ese vacío, Losada se atreve a entrar en "el círculo" de un modo minucioso, centrándose en un período específico (1880-1910) que coincide con lo que podría denominarse el momento de mayor esplendor de la alta sociedad porteña cuyos componentes se propone desmontar.
Para llevar adelante esa incursión, Losada decide valerse en gran medida del aparato conceptual propio de los estudios de sociabilidad, que en los últimos años han ganado un importante espacio en la historiografía argentina. Este enfoque se advierte en la organización del trabajo, muy atento a las costumbres, los espacios, la educación, los códigos y los rituales de la alta sociedad de Buenos Aires de entre siglos. De esta perspectiva también deriva, en parte, la amenidad de muchos pasajes, en los que, junto con la rigurosa reconstrucción de, por ejemplo, ciertas costumbres de los señoritos porteños, se filtra alguna anécdota reveladora.
Creo, sin embargo, que los mayores aportes de este trabajo tienen que ver, en primer lugar, con el prolijo trabajo de dilucidación conceptual que, a los largo de todas sus páginas, va clarificando los alcances de cada uno de los términos que han servido para nombrar a ese "personaje" colectivo que Losada define como "alta sociedad". En este sentido, todo el texto puede ser entendido como un elaborado diccionario sobre las variadas formas de nombrar al círculo selecto aludido en la frase de Cané, alrededor de las cuales se puede reconstruir su historia.
Otro de los méritos de este trabajo, vinculado con el anterior, es poner a prueba los presupuestos que más comúnmente han sido utilizados para describir a la alta sociedad porteña y su trayectoria. Losada explica, por ejemplo, cómo se ha ido conformando ese círculo aristocrático en una sociedad republicana, carente además desde su origen (en contraposición con ciudades capitales coloniales, como México o Lima) de fuertes lazos con la aristocracia peninsular. También precisa la compleja dialéctica entre apertura y cierre del círculo. En este punto resulta clave para su argumentación la incidencia de las diferentes situaciones históricas: si en el período del virreinato y en los primeros sesenta o setenta años desde la declaración de la Independencia nacional, lo que caracterizó a la alta sociedad porteña fue su permeabilidad (que explica, por ejemplo, la rápida incorporación, en las primeras décadas de la historia de la nación, de familias extranjeras, como los Pellegrini, o el fácil ascenso a los lugares sociales más altos de familias españolas llegadas al Río de la Plata en el período colonial, pero de origen humilde, como los Anchorena), a medida que avanza la modernización del país, hacia fin de siglo, el círculo comienza a cerrarse cada vez más. Lo cual lleva al análisis de uno de los rasgos de la alta sociedad más evidentes en la cita de Cané, y que tanto ha dado que hablar: su endogamia. Losada analiza muy bien en qué consiste esa endogamia, cómo y cuando comienza a operar y, lo que es más interesante, por qué.
Otro tanto ocurre con uno de los aspectos vinculados automáticamente con la alta sociedad porteña pero no demasiado discutido: su patriciado. En "De cepa criolla", el relato de Cané del que surge la famosa cita, el personaje que formula la frase se define, antes que nada, por su origen patricio: un abuelo que apoya a Mariano Moreno, que participa en las jornadas de mayo de 1810, que combate en Suipacha; un padre que lucha contra Rosas siguiendo a Lavalle y a Paz, que parte al exilio en Montevideo y regresa a la patria una vez derrocada "la tiranía". Losada demuestra que no todos los que integran la alta sociedad de Buenos Aires -más bien pocos- pueden presentar tales pergaminos. Sin embargo, la noción de patriciado se extiende porque permite superar ciertas restricciones presentes en el concepto de aristocracia, más vinculado con un estilo de vida, con una esfera de lo privado que podría ser blanco de críticas sobre cuestiones de moralidad. Ser definido como patricio es estar respaldado por una actuación pública que liga un apellido con la construcción de la nación, aunque, como demuestra Losada, en la mayor parte de los casos ese tipo de actuación sea poco verificable. Se trata, en definitiva, de uno de los mecanismos más evidentes del uso de ciertos capitales simbólicos a través de los cuales se buscó distinguir a la alta sociedad de Buenos Aires y dotarla de una identidad colectiva.
Éstas y otras cuestiones clave que definen a la alta sociedad de Buenos Aires son examinadas minuciosamente por Losada, a la par de un esfuerzo por no dejar de tener en cuenta los cambios históricos y sociales que van incidiendo en la caracterización de este sujeto social y sus mutaciones.
Pocas cosas se pueden decir en contra del texto de Losada. Me permito señalar solamente una: que no haya una problematización del concepto de Belle Époque, usado desde el título para definir el período que abarca la investigación. Porque si bien los años en los que se concentra el estudio (1880-1910) coinciden con la franja histórica en que suele pensarse la llamada Belle Époque, las implicaciones del concepto, en especial la nostalgia que trasunta su uso, ameritan, creo, alguna reflexión sobre las particularidades de su implementación para el caso argentino que, aquí, están ausentes.
Por último, una observación con respecto a la escritura. En este trabajo Losada no se aparta del modelo estándar de los ensayos históricos derivados de una tesis de doctorado. Este detalle, que podría ser tomado como un demérito, en realidad no lo es, porque en su caso es parte de los atributos del texto: especificación clara del problema, metódico desarrollo de la exposición, generosidad en la aclaración de las fuentes. El estilo del redactor tampoco se aparta de la prosa regular de este tipo de trabajos, aunque logra escapar del fárrago burocrático que a veces la caracteriza, y hasta se permite, muy cada tanto, algún desvío. Por ejemplo, en el momento de hablar de ciertos play boys de la alta sociedad porteña, Losada no se priva de este eficaz anacronismo: "Llevó una vida a todo trapo", que, además de describir muy bien el generoso tren de vida de Aarón de Anchorena, remite a algo que se señala en la introducción del trabajo, esto es la perduración de una imagen cristalizada en la memoria popular sobre este personaje colectivo llamado "alta sociedad porteña". Imagen que mezcla el esplendor de su época dorada con algunos rasgos de la decadencia que de un modo inexorable marcará su derrotero posterior. Y que ayuda a explicar, en parte, el éxito de ciertas tipologías que animaron el teatro y el cine argentinos, o, más acá en el tiempo, el de un personaje de historieta como Isidoro Cañones, en quien resulta inevitable pensar en el capítulo dedicado a analizar la vida de los play boys de la high. De Cané a Cañones, hay allí toda una línea que atraviesa la historia, la cultura y la sociedad argentina, cuyo momento de mayor espesor el trabajo de Losada viene a desmenuzar, sin contemplaciones ni resentimientos, de un modo exhaustivo y novedoso.

Pablo Ansolabehere

UBA / UdeSA