SciELO - Scientific Electronic Library Online

 
vol.15 número1La recepción de la Idéologie en la Universidad de Buenos Aires: El caso de Juan Manuel Fernández de Agüero (1821-1827)Nacionalismo, peronismo, comunismo: Los usos del totalitarismo en el discurso del Partido Socialista Argentino (1946-1953) índice de autoresíndice de materiabúsqueda de artículos
Home Pagelista alfabética de revistas  

Servicios Personalizados

Articulo

Indicadores

  • No hay articulos citadosCitado por SciELO

Links relacionados

  • En proceso de indezaciónCitado por Google
  • No hay articulos similaresSimilares en SciELO
  • En proceso de indezaciónSimilares en Google

Bookmark


Prismas

versión On-line ISSN 1852-0499

Prismas vol.15 no.1 Bernal ene./jun. 2011

 

ARTÍCULOS

Tradición y reacción en el Sesquicentenario
La escuela sevillana mendocina1

 

María Celina Fares

Universidad Nacional de Cuyo

Fecha de recepción del original: 16/6/2010
Fecha de aceptación del original: 7/7/2010

 


Resumen

La indagación sobre el nacionalismo en el posperonismo en Mendoza nos ha permitido recuperar una serie de itinerarios intelectuales que dan cuenta de la complejidad de un período, en el que la circulación y tránsito de ideas evidencian no sólo fuertes procesos de mutación de identidades, sino también la cristalización de posiciones ciertamente anacrónicas. En este trabajo pretendemos relevar a propósito de la celebración del sesquicentenario de Mayo la producción historiográfica mendocina que circuló en espacios de divulgación, constituyéndose en una fuerte tradición que perduró en los espacios académicos locales. Más allá de explicar la incidencia que tuvieron en la refracción de otras corrientes de pensamiento, las tesis interpretativas que ven a Mayo como un momento de reafirmación de la hispanidad y que niegan su sentido emancipatorio, así como los recorridos biográficos de sus autores, revelan redes de sociabilidad intelectual que bajo la nominación de nacionalismo encubrían no pocas especificidades, al mismo tiempo que revelaban las vinculaciones existentes con la escuela historiográfica sevillana, por entonces usina intelectual del franquismo y nutriente del pensamiento nacionalista conservador y autoritario de los años sesenta.

Palabras clave: Redes intelectuales; Nacionalismo; Historiografía; Mayo

Abstract

Tradition and reaction in the sesquicentennial. The Sevillian school of Mendoza

Research on the nationalism present in post- Peronism in Mendoza has allowed us to retrieve a number of intellectual itineraries that exemplify the complexity of a period in which the circulation and traffi c of ideas show not only strong identity mutation processes, but also the crystallization of undoubtedly anachronistic positions. In this article we aim to survey -in the context of the sesquicentennial of the May Revolution celebrations-, the important historical production that circulated in zones of wide diffusion, and which contributed to implant a powerful tradition that lasted for a considerable time in the local academic scene. Rather than explaining the impact that they had on the refraction of other schools of thought, interpretative theories that see May as a reaffi rmation of Spanishness and a negation of its emancipatory sense -as well as their authors' biographical trajectories- they reveal an intellectual sociability that under the rubric of nationalism, veiled many internal differences, just as they at the same time revealed strong connections with the Sevillian school of historiography, then an intellectual engine of Francoism and a buttress of the conservative, authoritarian Nationalist thought of the Nineteensixties.

Keywords: Intellectual networks; Nationalism; Historiography; May Revolution


 

Introducción

Las indagaciones sobre los "itinerarios del nacionalismo en el posperonismo"2 en Mendoza nos permiten recuperar una serie de relaciones intelectuales y políticas que dan cuenta, no sólo de la complejidad de un período, en el que la circulación y tránsito de ideas evidencian fuertes procesos de mutación de las identidades, sino también de la especificidad del caso a observar, debido a la cristalización de posiciones que por su perdurabilidad resultaron a la postre ciertamente anacrónicas.
Si bien el retroceso del fascismo y la expansión del marxismo son de ineludible referencia para comprender el contexto en que se reacomodan las identidades políticas en tránsito,3 será la perduración de regímenes autoritarios de contenidos nacionalistas católicos, como el franquismo en España, lo que tendrá más fuerte incidencia en ciertos circuitos intelectuales mendocinos. De hecho, después de la derrota del nazismo, si bien la política imperial del franquismo4 centrada en la idea de unificar las dos Españas en torno a su pasado y presente parecía entrar en declive,5 seguiría teniendo resonancia su sustento cultural, el hispanismo, pues brindaba argumentos al conglomerado nacionalista tanto para contener al comunismo, como para mantener su antinorteamericanismo.
Desde este panorama, nuestro trabajo pretende relevar a propósito de la celebración del Sesquicentenario de Mayo la producción historiográfica mendocina que refleja, en cierto modo, esta tendencia. Su reducida llegada a circuitos académicos nacionales e internacionales tenía como sede de sustentación las cátedras universitarias y una serie de publicaciones científicas y de divulgación, que configuraron una tradición que perduró más allá de lo que se podría prever.

Las tesis interpretativas que veían a Mayo como un momento de reafirmación de la hispanidad y negaban su sentido emancipatorio así como los recorridos biográficos de sus autores revelan no sólo la configuración del campo historiográfico local que guarda cierta especificidad con respecto al espectro nacional, sino las redes de sociabilidad intelectual, que bajo la amplia nominación de nacionalismo encubrían no pocas particularidades, al mismo tiempo que develaban las vinculaciones existentes con la escuela historiográfica sevillana, por entonces usina intelectual del franquismo y nutriente del pensamiento nacionalista, católico, conservador y autoritario.
Esperamos poder contribuir con esta indagación a los estudios sobre intelectuales, ideas e historiografía vinculados con el nacionalismo, desde un costado poco explorado como es el caso mendocino en los años sesenta, entendiendo que el relevamiento de un espacio y tiempo tan acotado intenta incursionar en una conversación que lo excede.

Breves consideraciones teóricas e historiográficas

La elección de textos académicos que circularon en la ocasión festiva tiene como intención mostrar una especie de "rareza" en el sentido foucaultiano del término, la punta de un iceberg que induce a pensar en la existencia de un sustrato más amplio, que no encuadraba plenamente en ninguna de las corrientes historiográficas que tradicionalmente se han considerado en pugna. En efecto, la línea historiográfica que en los años treinta se había definido como revisionismo6 englobaba una serie de posiciones historiográficas y políticas que convergieron primero con el nacionalismo y luego en gran parte con el peronismo. Su inclusión en espacios públicos. A partir de 1943, sobre todo, sufriría un reacomodamiento durante el peronismo que desplazaría a los sectores más reaccionarios, dejando lugar a la incorporación de las segundas líneas disponibles dentro de la Nueva Escuela, que venía perdiendo su espacio privilegiado como proveedora de un relato legitimador del Estado nacional decimonónico, fundado en la erudición profesional. En este contexto, aparecería una especie de tercera posición cuya operación historiográfica, en el sentido de formas de institucionalización, prácticas y escrituras, estaría ligada a la Nueva Escuela, mientras los motivos católicos y tradicionalistas, si bien más interesados en la colonia que en el rosismo, los acercarían al revisionismo.
A partir de 1955 una nueva diáspora abriría derroteros diversos. Mientras el referente del revisionismo elitista antiperonista, Julio Irazusta, se acercaba al campo liberal conservador con su inclusión en la Academia, la línea simpatizante del peronismo se encontraría con el éxito del gran público, al ser reconocida como la historia oficial del movimiento proscripto, catapultando a José María Rosa a la fama y abriendo puentes comunicantes con la izquierda nacional.
No tan lejos de estas últimas transformaciones, lo que se observa en el campo historiográfico mendocino son otros itinerarios, que si bien no se identificaron con el peronismo, como lo harían sus referentes Vicente Sierra o Diego L. Molinari, estuvieron más cerca del tercerismo, cuya tradición clásica humanística y espiritualista se reactivaría en contacto con el franquismo en la búsqueda de una matriz nacionalista hispanocatólica que les permitiera sostener una postura antimoderna diferenciada del nazifascismo.
En este contexto historiográfico, la elección de ciertos textos en sus contextos pretende recuperar experiencias y lenguajes que aporten sentido y significados pertinentes, aunque no unívocos, haciendo comprensibles los itinerarios intelectuales dentro de procesos sociales y elucidando posibles intencionalidades de las operaciones historiográficas.7
Una manera de evitar las proyecciones del historiador, que suelen acortar caminos en orden a reproducir los consensos del presente,8 es recuperar a través de la descripción geertziana la racionalidad entre texto y contexto,9 en un relato argumental que sigue una doble vía: por un lado, la argumentación intradiscursiva que busca los hilos vertebrados de las tramas explicativas del mundo, por otro lado, el cruce entre trayectorias profesionales y las dinámicas institucionales que operan como una suerte de soporte material sobre el que se teje la urdimbre argumentativa, configurándose así un campo académico en que los sujetos suelen construir vincularmente su objeto, de manera de justificarlo y justificarse.

Podríamos decir que trabajamos desde una nueva fenomenología social10 en que los autores y los textos seleccionados guardan un potencial explicativo no sólo de la formación del campo disciplinar historiográfico local, sino de imaginarios culturales que sostuvieron formas de institucionalidad alejadas de la tradición liberal democrática.

Contextos académicos: la Universidad Nacional de Cuyo y la Escuela de Estudios Hispanoamericanos de Sevilla

La Universidad Nacional de Cuyo (UNCuyo) fue creada luego de un largo período de gestación en 1939, bajo la impronta de la cosmovisión cultural y política del conservadorismo liberal mendocino, que por entonces se mostraba fuertemente receptivo a las preocupaciones que imbuían al nacionalismo en los años treinta.11 La clase de Ricardo Rojas en el acto inaugural de la universidad constituye un gesto significativo en este sentido, pues su impronta nacionalista moderada y ecuménica parecía querer ser el signo que Edmundo Correas, el rector fundador, eligiera para dicha casa de estudios.
Con un decidido perfi l humanista se fundaría al mismo tiempo la Facultad de Filosofía y Letras (FFyL), en la cual coexistirían diversas tendencias, aunque el arribo y la influencia de profesores como los filósofos presbítero Juan Sepich, doctor en Teología, uno de los fundadores de los cursos de Cultura Católica y referente del hispanismo reaccionario,12 y Guido Soaje Ramos, doctor en Derecho, discípulo de Nimio de Anquín en Córdoba y referente del nacionalismo católico tomista integrista, constituirían un núcleo de fuerte impacto en la transmisión de la filosofía escolástica española.

En cuanto a la historia, el desarrollo del campo profesional tenía sus antecedentes en los años veinte con la creación de la Junta de Historia, que iniciaría la tarea de recuperación documental y se vincularía con las corrientes del espiritualismo filosófico y el regionalismo literario. 13 Dicha labor sería continuada por la Junta de Estudios Históricos, creada en 1934,14 desde donde un grupo de aficionados, en su mayoría abogados vinculados a la política, ingresarían en una red de relaciones que los motivaría a replicar la operación historiográfica de la Nueva Escuela.15 La formación de archivos, la difusión de publicaciones y la realización de congresos no sólo activaron la liturgia patriótica regional, sino que dieron lugar a la institucionalización del oficio.
La Junta proveería a la novel universidad y a la FFyL de recursos humanos, y fue Edmundo Correas, uno de los precursores del profesionalismo, quien convocó a Roberto Marfany como primer director del Instituto de Historia de la Facultad, y a su sucesor, el prestigioso Juan Draghi Lucero, cuya labor de articulación entre la historia y la tradición folklórica bajo formato literario constituye un insoslayable aporte para el acervo cultural de la provincia. La breve estadía del abogado e historiador platense dejó una huella deleble, pues es poco referida su presencia a pesar de su proyecto de formación de archivo, y la posterior recepción que tuvieron sus tesis sobre la reivindicación de Mayo como una acción militar y no popular.16
La impronta conservadora liberal de los orígenes de la UNCuyo sufriría un quiebre con la intervención realizada por el golpe militar de 1943 y las primeras cesantías impuestas bajo rectorado de Carlos Pithod, que impulsaría a esta casa de estudios por los caminos de un nacionalismo reaccionario e integrista. Dicha tradición se continuaría durante el peronismo bajo el rectorado de Ireneo Cruz (1948-1954),17 cuyo perfi l humanista terminó por sellar la pervivencia de una matriz espiritualista e hispanista, con ciertos matices más tolerantes, aunque esto sea discutible sobre todo para la FFyL. En efecto, allí se dio cabida al menos en los primeros tiempos del peronismo a las expresiones más reaccionarias del revisionismo hispanista, como fue la intervención de G. Soaje Ramos, quien cesanteó a los que se habían opuesto a la intervención del '43,18 y la presencia del historiador puntano recibido en La Plata, Otto Burgos,19 quien se hizo cargo de la dirección del Instituto de Historia durante la gestión de uno de los referentes más cercanos del crucismo, Toribio Lucero.20

La afiliación obligatoria al peronismo que impuso el gobierno nacional a partir de 1952 fue un condicionamiento para la designación o el mantenimiento de los cargos que dividió las aguas entre los sectores nacionalistas y católicos en la universidad: mientras gran parte de los profesores prestaban su adhesión bajo pena de cesantía a instancias del rector Ireneo Cruz, e incluso por consejo del obispo Monseñor Alfonso María Buteler, un grupo de antiperonistas se nuclearían en torno a Guido Soaje Ramos, abriendo espacios por fuera de la universidad, como el Instituto de Estudios Humanísticos y Sociales, donde se dictaban cursos de Historia y Política Argentina en el Colegio de los Hermanos Maristas. Allí participaban E. O. Acevedo, R. Calderón Bouchet, D. Cardozo Biritos, J. Comadrán Ruiz, N. Espinosa, C. Janello, B. Martínez Vázquez, D. Pérez Guilhou, A. Pithod, F. Ruiz Sánchez y E. Zuleta Álvarez .21
Si bien las pautas de convivencia dentro de los ámbitos educativos universitarios sufrirían a partir de 1955 la conmoción que provocó la caída del peronismo, las políticas de depuración que se implementaron en los ámbitos universitarios nacionales, de las cuales la UNCuyo no estuvo exenta,22 tuvieron su peculiaridad, ya que permanecieron en sus cargos gran parte de los cuadros que apoyaron la gestión de Ireneo Cruz, no así los sectores vinculados directamente con el partido peronista, que fueron desplazados,23 ni los considerados "totalitarios", tanto los de izquierda, como es el caso del conocido dirigente comunista Benito Marianetti,24 como los de derecha, como por ejemplo Soaje Ramos.25
En efecto, los mecanismos de depuración impuestos generaron más de una controversia y las tensiones se irían agudizando a lo largo de 1956. Activas movilizaciones y huelgas terminaron con la renuncia del rector interventor Germinal Basso y con las políticas depuradoras del vicerrector Hernán Cortez, y, con ellos, los sectores más fuertemente antiperonistas. El motivo de la discordia había sido la pretensión de implementar llamados a concursos generales, lo que provocó una fuerte reacción de los docentes, sobre todo los de los colegios secundarios dependientes de la Universidad, que salieron a defender sus posiciones laborales y las políticas del crucismo, término que pretendía hacer de la gestión de Ireneo Cruz una política propia, integradora y diferente de lo que había sido la política universitaria del peronismo en el resto del país.
Así, sobre todo en la FFyL, pervivieron gran parte de los planteles docentes nacionalistas, algunos de los cuales habían adscripto al peronismo para finalmente, después de 1955, despegarse de él sin grandes costos, en medio de un plantel docente más variopinto. En 1960, entre los filósofos se destacaban L. Noussan Letry y A. Roig, quienes se dedicarían a la Historia de la filosofía; J. A. Vázquez y V. Cicchitti, Historia de las religiones; A. Ruiz Díaz, a los Estudios estéticos, L. Campoy a la Sociología, N. Espinosa a Antropología filosófica y D. Pró a la Historia intelectual, incluyendo la presencia de profesores luego identificados con el progresismo como M. López y E. Ander Egg. Entre los historiadores se prolongaría la actuación de L. A. Falcionelli26 en Literatura francesa e Historia moderna y contemporánea, T. Lucero, en Historia moderna, C. Massini Correas sería decano interventor en 1958. Una nueva generación de historiadores comenzaría a afirmar sus posiciones: P. Santos Martínez sería decano entre 1961 y 1965 y rector de UNCuyo entre 1976 y 1981, J. Comadrán Ruiz, en la cátedra de Historia argentina y E. O. Acevedo en la de Historia americana, E. Descotte en Historia del pensamiento y la cultura argentinos, R. Zuluaga, M. del Pino Domínguez de Álvarez en Historia argentina ii o J. Scalvini en Historia moderna y contemporánea, E. Fontana, que se dedicaría a la Historia de la educación, M. Hualde de Pérez Guilhou, N. López de Hernández y N. López de Ferrari, que trabajarían en Introducción a la historia, y J. Schobinger en Prehistoria y arqueología.
Un núcleo de jóvenes historiadores nacionalistas, Enrique Zuleta Álvarez, Jorge Comadrán, Edberto Acevedo y Pedro Santos Martínez, entre otros, vinculados al revisionismo y explícitamente antiperonistas salvo el último fueron becados por el Ministerio de Asuntos Exteriores de España y por el Instituto de Cultura Hispánica de Madrid -continuador de la tarea del antiguo Consejo de la Hispanidad en la propagación del hispanismo-, para realizar sus estudios de posgrado y estancias de investigación en la Escuela de Estudios Hispanoamericanos y en la Universidad de Sevilla y La Rábida. Allí se encontrarían con lo que fuera el proyecto imperial del franquismo, que progresivamente iría dejando su carácter político para convertirse en un proyecto cultural centrado en la idea de hispanidad, entendida como un nuevo tipo de nacionalismo de carácter supranacional que podía proyectarse a futuro en función de construir una justificación de su pasado27 y que operaría como un horizonte incuestionable en la parte de la producción historiográfica cuyana.
La Escuela de Estudios Hispanoamericanos de Sevilla (en adelante eeha) había sido fundada en 1943 por el reconocido catedrático Vicente Rodríguez Casado, intelectual funcionario del franquismo y referente del catolicismo integrista,28 y contaba con recursos humanos provenientes del Instituto Gonzalo Fernández de Oviedo y con recursos financieros provistos por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas de Madrid. Nombres como el de Florentino Pérez-Embid, José Antonio Calderón Quijano, Antonio Muro Orejón, Javier Ayala, Octavio Gil Munilla, Giménez Fernández, Juan Manzano, formaron parte del núcleo de colaboradores que organizaron la Universidad Hispanoamericana de la Rábida en 1943, con sus famosos Cursos de Verano y el denominado Club de la Rábida, donde a partir de 1950 se socializaban los enfoques sobre Hispanoamérica, hispanidad y cristianismo. Estos historiadores también se insertaron en la FFyL de la Universidad de Sevilla, sobre todo en la Sección de Historia de América creada en 1945 en la sede del Centro de Estudios de Historia de América, que entre 1932 y 1936 había funcionado bajo la dirección de José María Ots Capdequi, especialista en Derecho indiano, el cual había abastecido con sus fondos documentales a la EEHA.
Desde entonces, esta institución se dedicaría sólo a la investigación y colaboraría en la formación de posgrado. Tal como sus crónicas señalan, la EEHA fue producto del "interés del franquismo en formar investigadores de la obra civilizadora de España en América y de fomentar el contacto científico entre las juventudes de los países iberoamericanos".29Allí entonces acudirían desde fines de los años cuarenta un gran número de egresados de la facultad cuyana,30 quienes afirmarían su identificación con el proyecto cultural de hispanidad como una alternativa a un mundo bipolar. El mito de la hispanidad calaría hondo entre los sectores conservadores y tradicionalistas ligados al catolicismo, que veían en la pervivencia del franquismo un ejemplo de orden político, cuya autoridad y jerarquía garantizaba la defensa de la religión y la tradición frente a los embates del modernismo. La Argentina sólo podía enfrentar esos peligros a través de la reconstrucción de un pasado que la filiara con los valores de la hispanidad, guiada por el nuevo rol que el franquismo asumiría como centinela del Occidente Cristiano,31 en defensa del cristianismo amenazado por el comunismo, lo que en un futuro no demasiado lejano implicaría asumir otro tipo de compromisos, que no fueron solamente intelectuales.

Los textos en el sesquicentenario

1960 se presentaba como un año no exento de problemas vinculados con la desilusión que tanto a los sectores nacionalistas como a los peronistas les había deparado la gestión de gobierno de Arturo Frondizi. Sin embargo, más allá de la conflictividad política, existía una especie de consenso en torno del significado de la emancipación, que por entonces refería ineludiblemente al diagnóstico de dependentismo. La imagen del nuevo pacto colonial con que la Argentina, como el resto de los países de América Latina, describía el modo de inserción en el mercado internacional, había dado lugar a la nominada cuestión antiimperialista, tópico nacionalista difundido desde el período de entreguerras32 que en términos políticos llegaría a alcanzar durante el frondizismo niveles de dramaticidad inéditos que impulsaban a un cambio acuciante e impostergable.33 Mientras tanto, en materia historiográfica, historiadores como Félix Luna o Roberto Etchepareborda buscaban reducir la antinomia entre liberales y revisionistas a través de una especie de integracionismo, como condición necesaria para el desarrollo nacional.34
Más allá de estas preocupaciones que buscarían hacer de Mayo de 1810 el punto de partida para una historia que aún debía consumar su emancipación, se escucharon ciertas voces que, ajenas a las preocupaciones del momento, reivindicaban la comprensión de Mayo en función de la integración con la tradición hispánica. Dos historiadores que serán los referentes de los estudios de Historia americana y argentina en la FFyL de la UNCuyo, y que hicieron sus estudios de posgrado en la escuela sevillana, se hicieron presentes en el "III Congreso Internacional de Historia de América" que se celebrara en Buenos Aires con motivo del Sesquicentenario.
Llevaban por entonces los resultados de las investigaciones que los acreditaban como historiadores profesionales, pues su actividad historiográfica contaba con un desempeño laboral institucionalizado y con una fuerte intencionalidad cientificista asociada a la indagación empírica y a la supuesta desvinculación de la política. En realidad, la confrontación se erigía para ellos en torno de lo que consideraban una versión porteña sobre Mayo de 1810, a la que consideraban más homogénea de lo que en realidad era:35 la acusaban de acentuar el carácter revolucionario de los hechos vinculándolos con el ideario republicano de las revoluciones anglosajonas, y cuestionaban el liderazgo porteño, que había no sólo opacado y subordinado el proceso del interior, sino desprestigiado la tradición de España en América.
En ellos ciertamente debía pesar la tradición hispanista del movimiento novecentista, que tuviera tanto eco entre los filósofos mendocinos a través de la lectura de figuras como Coriolano Alberini y Eugenio D' Ors y que habría contado, incluso, con la presencia del mismo Ortega y Gasset, el impulso del nacionalismo cultural de los años veinte. Pero sobre todo, en estos historiadores sería muy fuerte la recepción del revisionismo irazustiano, en el que las ideas de Ramiro de Maeztu y su Defensa de la Hispanidad encontrarían comprometidos propagadores.
Jorge Comadrán Ruiz36 presentaba su ponencia titulada "Mendoza en 1810". Había sido el primero en arribar a la escuela sevillana a comienzos de los años cincuenta, donde desarrollaría sus investigaciones sobre la Intendencia de Córdoba del Tucumán, sin que concluyeran en una tesis doctoral. Sin embargo, el influjo de ideas de la escuela sevillana se mantendría a lo largo de su vida.37 Fue seguido inmediatamente por Edberto Oscar Acevedo, quien presentaría un capítulo de lo que fuera su tesis doctoral defendida en Madrid sobre "La intendencia de Salta de Tucumán en el Virreinato del Río de la Plata" antes de ser publicada con el título La revolución de Mayo en Salta, tema que tenía una tradición dentro del nacionalismo, pues le había permitido a Ricardo Rojas ampliar la mirada mitrista porteña y a Acevedo defender la oportunidad de la Reforma de Intendentes promovida por los Borbones.
El trabajo de Comadrán abordaba el proceso revolucionario en Mendoza cuestionando la tradición que había reducido los procesos del interior al esquema porteño sin atender a las configuraciones de cada región, filiándose con Vicente Sierra, Roberto Marfany, Enrique de Gandía, Enrique Corbellini, Reyna Almandos, Federico Ibarguren, Guillermo Furlong, y cuestionando los estudios sobre la revolución en Mendoza, sobre todo el de Ricardo Levene, o los que consideraba más serios, de Ricardo Caillet-Bois y Manuel Lugones, de la década del '30. De hecho, su propuesta se incluía en ese tercerismo donde confluían representantes tradicionalistas de la nueva escuela y de la galaxia revisionista, quienes compartían el diagnóstico de crisis civilizatoria y reivindicaban la necesidad de una verdadera conciencia nacional, en la que Mayo seguía siendo central, pero en una versión renovada por los seguidores de Mitre y de Levene, que ponía énfasis en la indagación sistemática de archivos y en un relato alejado del ensayo y apegado al documento.
Comadrán explicitaba su intención de superar las tradicionales antinomias entre criollos y peninsulares, de independentistas o monárquicos. Partía de los resultados de sus indagaciones sobre la dirigencia mendocina en la primera mitad del siglo xix, donde a través del relevamiento de fuentes censales realizaba un enfoque social de las instituciones, demostrando la existencia de una "'aristocracia' aburguesada y oligárquica", constituida en un "99% por criollos". Quedaba así cuestionada la escisión entre criollos y españoles de la primera versión de la historia cuyana de Damián Hudson en Recuerdos históricos de la Provincia de Cuyo, aparecida gradualmente en la Revista de Buenos Aires entre 1863 y 1874, donde la provincia aparecía jugando un rol de subordinación al proceso inicial de la nación liderado por Buenos Aires.
El recorrido argumental pasaba por una serie de postulados que iban desde el análisis de la reacción de la oligarquía mendocina frente a los sucesos españoles y su fidelidad al monarca, la especificidad de sus deseos reformistas fi liados al reformismo español, abordado a través de su trabajo sobre bibliotecas cuyanas, así como la adhesión y posterior reacción frente a los sucesos en Buenos Aires y Córdoba, hasta el afianzamiento de la Revolución y su impacto en la antigua capital de Cuyo.
La ponencia publicada se iniciaba señalando cómo el uso de los términos "patria grande y patria chica [...] desmentían la existencia del concepto de Patria Argentina", sobre la cual se había construido la historia nacional. Justificaba así la idea de revisar esa historia desde estudios locales que recuperaran otras perspectivas del proceso histórico de 1810. Negaba la existencia de un "proyecto de independencia unido a la capital del virreinato", señalando que eran las motivaciones locales de larga data, como el viejo deseo de la antigua capital de Cuyo de autonomizarse de Córdoba -garantía de mayor prosperidad económica para sus élites dirigentes- las que sostuvieron los sucesos de 1810. Esta lectura estaba en consonancia con la teoría de uno de los referentes de la Escuela Sevillana, Octavio Gil Munilla, quien sostenía que "la independencia americana era algo fatal que se hubiera producido sin necesidad de que la expulsión de los jesuitas, las revoluciones francesas y norteamericanas, las ideas enciclopedistas y las presiones extranjeras contribuyesen a preparar el ambiente pues eran sobre todo los sentimientos de descentralización y del cantonismo propio de individualismo español más extremista los que tomaron énfasis en América en función de la crisis imperial que atravesaba todo el andamiaje institucional".38
Primaba la idea de crisis imperial como disparador del proceso revolucionario, que se filiaba a la crisis de autoridad manifiesta en el Motín de Aranjuez contra la política de Godoy, y no a la destitución del virrey Sobremonte a propósito de las invasiones inglesas, quien gozaba de una imagen altamente positiva en todo Cuyo por su política de fronteras cuando fuera gobernador intendente. Se unificaban los sucesos peninsulares con los americanos en un único proceso y se filiaban con el movimiento reformista que venía de la época de Carlos III y esperaba ser continuado con Fernando VII.
Era claro en este punto el influjo de Carlos Corona,39 quien desde la Rábida había focalizado el proceso de cambio en el interior del sistema español, considerando al Motín de Aranjuez y no la invasión napoleónica como el inicio del fin del Antiguo Régimen y reconstruyendo durante el reinado de Carlos IV las evidencias que le permitían explicar la proclamación posterior de las fórmulas político liberales. Esta interpretación, si bien no negaba la revolución, la entendía no como una revolución de emancipación, sino como un movimiento social de ascenso de las burguesías que venía gestándose en España y en América tras la crisis derivada de la política de los ministros ilustrados y en el marco de la guerra internacional.

España, quien enfatizaba el éxito de su política reformista americana. De ahí que Comadrán negara rotundamente cualquier sospecha de inautenticidad de la jura de fidelidad al rey cautivo. Por el contrario, reconstruía la línea fidelista partiendo del movimiento carlotista, que si bien parecía no haber tenido repercusión en Mendoza, sí la tuvo en el Río de la Plata.
El análisis de los sucesos en Mendoza giraba, al igual que el de Acevedo sobre Salta, como veremos enseguida, en torno a los componentes de la dinámica institucional: cabildo, funcionarios reales y pueblo, lo que les permitía llegar a evaluaciones semejantes. En el caso mendocino, la unanimidad con que el Cabildo abierto del 23 de junio acató la Circular de la Junta respondía a viejos intereses sociales de autonomía. La lealtad de los tres funcionarios reales al gobernador intendente de Córdoba, Gutiérrez de la Concha, interpretada por las versiones conservadoras como un símbolo contrarrevolucionario, era para Comadrán una respuesta lógica de la relación de mandos del antiguo orden en medio de la complejidad de la situación que los hizo víctimas de las circunstancias. No se trataba de una reacción contra España, sino de la fragilidad de las posiciones frente a los vaivenes del proceso, donde la movilización social no podía interpretarse como un movimiento popular, y menos aun criollo, sino sólo como la movilización de la oligarquía burguesa en favor del "nuevo sistema" que lo autonomizaba de Córdoba.
Edberto Oscar Acevedo40 se destacaría como el más conocido de los referentes locales de esta línea historiográfica. Tuvo una cierta circulación nacional e internacional, dando cuenta de la red de relaciones institucionales e ideológicas que lo sostenían. Sin perder nunca el contacto con la escuela sevillana de Rodríguez Casado, que lo proveyó de múltiples oportunidades para acceder al archivo sevillano, al igual que Comadrán mantuvo una amistad con los Irazusta, aunque no compartiera con ellos su preocupación por el rosismo,41 ni escribiera sobre el
vínculo dependentista británico. Sí demostraría, en cambio, mayor preocupación por los motivos reaccionarios, lo que lo vincularía con personajes como Alberto Falcionelli. La relación de Acevedo con el integrismo católico vendría a través de su amistad con el sacerdote Julio Meinvielle y con Guido Soaje Ramos, y por su admiración por el padre Leonardo Castellani, más que por una militancia religiosa explicitada, como era el caso de alguno de sus amigos filósofos, Rubén Calderón Bouchet y Dennis Cardozo Biritos.
Además -aunque con menor grado de empatía-, sostuvo su presencia en la Academia Nacional de la Historia, adhiriendo a la imagen de historiador profesional que había construido la Nueva Escuela, practicando la consigna de Juan Manzano de hacer archivo, archivo, archivo, en un recorrido que iba por el Archivo de Indias, pasando por los de Chile, Perú, Bolivia, México, Buenos Aires, Salta, Mendoza, San Juan y San Luis, siempre en la búsqueda de ese proyecto imperial del siglo xviii, que se derrumbara a principios del siglo xix. Compartía, sin embargo, uno de los postulados de la "visión decadentista de la historia argentina", como llamara Halperin al revisionismo, la certeza de que el "fracaso del destino argentino de grandeza" se había montado a partir de una "versión mentirosa de la política y de la economía", tesis que será reproducida a través de una serie de artículos y libros que accedieron a ediciones españolas y latinoamericanas, y que en los últimos años fueran editados por Ciudad Argentina, proyecto editorial de otro mendocino, Roberto Dromi.
El trabajo que en los años sesenta Acevedo presentaba en el III Congreso Internacional
de Historia introducía una reflexión sobre su concepción del oficio de historiador y de los problemas que hacían a la constitución del campo profesional, adhiriendo a la tradición historiográfica preocupada por el rigor intelectual de la disciplina más que por su operatividad presente. Si bien el encuadre aparentemente parecía reducir la potencialidad de su propuesta, advertía sobre la necesidad de recuperar los contextos que obligaban a matizar las posiciones y a reconocer tradiciones, con lo cual habilitaba sus "modestos" resultados para ser considerados en la revisión profesionalizada de la tradición historiográfica con la que debatía. Se fijaba así en esta tercera posición entre la crítica erudita de la Nueva Escuela y la necesidad de revisar sus postulados y conclusiones.
Esto es lo que puntualiza expresamente en "sus interpretaciones aproximativas": haber llegado a lo que denominaba un "patrón diferente al de los estudios sobre las guerras de independencia", demostrado que los conflictos suscitados entre el gobernador intendente y el Cabildo de Salta provinieron "no de la tradicional puja entre españoles y criollos, ni de actitudes antirrevolucionarias de los funcionarios", sino de un "conflicto de poderes en torno a quién y cómo elegiría al representante".
La cuestión procedimental revelaba la lucha por el poder dentro de un marco que no restaba importancia a la crisis ibérica, pero esa crisis institucional estaba caracterizada por la "debilidad del régimen intendencial y del gobierno central español", y por el "ascenso de los cabildos..., sin que jugara ninguna cuestión de principios o programación política". Las acciones de los protagonistas, igual que en el caso mendocino, fueron desarrollándose en función de los sucesos, aunque mientras Acevedo cuestionaba la falta de idoneidad de los funcionarios peninsulares borbónicos, Comadrán buscaba comprender la dualidad a la que estaban sometidos en función del criterio de lealtad.
Acevedo afirmaba "la diferencia entre los Intendentes constructores de los primeros tiempos y los sucesores...", como el Gobernador Intendente Isasmendi: "era un hombre débil, mal informado, dispuesto solamente a responder a estímulos externos, no parece haber estado a la altura de los tiempos, en definitiva casi el principal responsable de los sucesos". Seguía la tesis de V. Rodríguez Casado en su Introducción a la Memoria de Gobierno del virrey Abascal, donde contrastaba la capacidad de conducción del líder de la contrarrevolución en medio del declive de la autoridad virreinal, producida, no tanto por la pérdida de funciones que conllevaron las reformas borbónicas, sino por la decadencia que implicó la selección de funcionarios reales, que había priorizado mecanismos de lealtad por sobre los rasgos meritorios.42 Situación esta que, según Carlos Corona, reivindicador de la política centralista de los Borbones, descargaba
las responsabilidades en la política de los favoritos, pues todos los virreyes nombrados por Godoy sucumbieron rápidamente frente a la crisis institucional, con la sola excepción del virrey peruano, cuyo control férreo se atribuía a su formación aristocrática.
En la explicación del proceso salteño Acevedo sumaba a la argumentación sobre la puja entre poderes el tema social, pero tratado a partir de la opinión pública entre vecinos no plebeyos, a la cual reconocía como activa e interesada por "los acontecimientos en la península", aunque dentro de los marcos de "fidelidad a la monarquía ante el peligro exterior". En este contexto, el "unánime asentimiento al nuevo gobierno de Buenos Aires, se entiende como un procedimiento de estricta legalidad", que no podía impedir que la sociedad se viera afectada por los conflictos que acarrean la "desunión general... a las puertas de la revolución". Advertía así, en esta doble lealtad a la monarquía española y al gobierno porteño, un conflicto social latente que abría camino a la posibilidad de una revolución.
Se trataba, entonces, de un proceso revolucionario disparado por la crisis imperial, que buscaba amparo dentro de la legalidad vigente y abría las puertas a las demandas burguesas expresadas tras los conflictos por el poder, las cuales no respondían a ideologías externas, sino a la tradición española de unificación de las dos Españas, identifi cando la misma problemática a ambos lados del Atlántico.
Estas perspectivas no fueron muy claramente divulgadas en los artículos periodísticos que aparecieron por entonces, y menos aun para la opinión pública carente de herramientas para descifrar cuál era la operación historiográfica que subyacía tras la propuesta.
Jorge Comadrán Ruiz, por ejemplo, desde Los Andes,43 hacía una triple operación: mientras demostraba su erudición profesional poniendo en evidencia un minucioso rastreo de archivo -que no dejaba de denunciar las preocupaciones del profesional por las pérdidas documentales y las omisiones de la memoria-, convocaba a reparar a través de una pedagogía patriótica local las faltas y las omisiones de los primeros intentos de instituir prácticas celebratorias.
Frente a la intención fallida de la primera conmemoración de la gesta patria, que no logró el cometido de poner el nombre de los miembros de la Primera Junta a las calles mendocinas, sugería 150 años después ponerles el nombre de los olvidados miembros del Cabildo local. En tercer lugar, restituía una imagen de la sociedad mendocina destacando la configuración social de esa pequeña "aristocracia oligárquica y burguesa" representada por lo que denominara "las tres casas reinantes", desplazando la idea de revolución popular y dejando en un cono de sombras una explicación política que hiciera inteligible el fenómeno revolucionario. Si bien no explicitaba sus presupuestos, la repetición del implícito reafirmaba una especie de sentido común que no era nuevo, y que en definitiva constituía un leitmotiv del revisionismo: la imagen de una clase política desligada de su responsabilidad de estar al servicio del bien común.
En contraste, con un estilo más directo propio de una personalidad vigorosa como la de Acevedo, su artículo periodístico44 rescataba la figura de un precursor local, el mendocino José Lorenzo Güiraldes y su defensa del "derecho de insurrección y de soberanía popular", cuya argumentación "jurídica-histórica y no ideológica" -aclaraba nuestro autor- se superponía con las motivaciones "afrancesadas o populistas, de los partidarios de la monarquía reformista" que habrían nutrido los argumentos revolucionarios.
Sin apartarse de la hipótesis de revolución social hispana de la escuela sevillana, en la que se fi liaba junto con Comadrán -quien solía poner mayor énfasis en la negación del influjo del racionalismo francés-, la argumentación de Acevedo parecía estar más en consonancia con las imágenes que podía consumir un público masivo, al que le era difícil desandar el carácter revolucionario del mito de los orígenes.
Su operación interpretativa, como lo dirá después en sus Memorias,45 consistía en reconocer y reclasificar posicionamientos teóricos y opciones prácticas en función de la coyuntura, admitiendo básicamente tres líneas ideológicas: frente a la influencia de la ilustración francesa y la adhesión a ideas radicales republicanas que sólo reconocía en algunos casos individuales, prefería admitir la mayor incidencia de las tradiciones populistas de los Austrias en oposición al centralismo borbónico -que si bien había hecho frente al expansionismo colonialista de sus rivales, había causado efectos no deseados con la política de los favoritos-, provocando un resurgimiento de la línea fidelista o monárquica -no absoluta sino nacional-, para finalmente desembocar en el constitucionalismo liberal que luego se expresaría en Cádiz.
En segundo lugar, enfatizaba cómo las ideas de la ilustración adquirieron matices propios dentro de la tradición española, en donde los jesuitas jugaron un papel sustancial en la difusión de ideas suarecianas y en la configuración de lo que llamarán la Ilustración católica. En tercer lugar, daba cuenta de cómo en el contexto del conflicto internacional entre Inglaterra y Francia se produjo una profunda crisis institucional que afectó la estructura del Estado, desencadenando un proceso de guerras -consideradas guerras civiles por lo menos hasta 1814- que implicaron la pérdida del territorio americano. Fijaba así su perspectiva desde la dislocación de la estructura imperial, la disolución de ese añorado Estado hispanoamericano y el ingreso de la tan denostada modernidad como un efecto no deseado de la revolución.
Para Acevedo, fue la coyuntura de la guerra lo que generó soluciones diversas frente a la crisis de la monarquía: desde el juntismo, el regentismo carlotista o la dependencia de cualquier gobierno con sede española, entendiendo que la palabra independencia sólo se explicitaba en relación con Napoleón y en fidelidad a Fernando VII, por lo cual lo revolucionario fue la forma de constitución de las juntas, pero no su finalidad, que era la fidelidad al rey español. El día del sesquicentenario, un artículo periodístico de Ignacio Toribio Lucero, una de las primeras líneas del crucismo, reflejaba el arsenal historiográfico disponible para la explicación de lo que denominaba Los ideales de Mayo, en una especie de síntesis ecléctica de las interpretaciones reaccionarias y tradicionalistas. Mientras apelaba a las tesis de Marius André en El fin del Imperio Español en América,46 para cuestionar la injerencia de la tradición liberal de la Revolución Francesa, recurría también a las tesis menos reaccionarias de la escuela sevillana encarnadas en la figura de Giménez Fernández,47 quien abonaba la idea de pervivencia del populismo escolástico de la época de los Austrias, que tuvo especial incidencia en el revisionismo.
Las tesis populistas redescubridoras de una tradición que se enfrentaba al autoritarismo borbónico pretendían reivindicar un cúmulo de libertades que entraban en sintonía con las propuestas de los movimientos revolucionarios y polemizaban con la descalificación que hicieran los románticos de la monarquía española, al no distinguir entre la tradición borbónica y la de los Habsburgos.

La recuperación de argumentaciones jurídicas escolásticas, así como la interpretación de los hechos revolucionarios como una pugna entre liberalismo, tradicionalismo y absolutismo, llevaban a Lucero a adscribir a las versiones del revisionista Vicente Sierra, quien identificaba al prototipo del tradicionalista, encarnado por Saavedra, como "el que se ha liberado del peso de los hechos históricos y camina hacia el porvenir dentro del estilo que le pertenece", diferenciándose de posiciones conservadoras, que en el Río de la Plata son identificadas con el absolutismo..."incapaz de desprenderse de ellos [del peso de los hechos históricos] lo es de forjar su porvenir".48 Para el autor, en la revolución predominó un tradicionalismo no reaccionario que reconocía la influencia de la ilustración, a través de figuras como la de Manuel Belgrano, que no se había apartado de la religión católica, en contraste con el liberalismo jacobino de un Moreno o un Castelli, cuyas propuestas, si bien derrotadas en sus inicios, tuvieron largo aliento.

Recepciones y reflexiones finales

Esta línea interpretativa de alguna manera no pareció despertar demasiadas controversias entre los historiadores mendocinos, donde la tradición hispanista y el sentido tradicionalista y antimodernista de Mayo parecían ser incontrastables, sin que fuera explícitamente advertido que estas interpretaciones sobre el pasado podían ser justificadoras de ciertos proyectos hispanistas, por entonces aún anacrónicamente vigentes.
Sin embargo, existieron algunas voces juveniles que intentaron introducir la polémica. Así lo testimonia una reseña de Dante O. Polimeni49 sobre Tradición política española e ideología revolucionaria de mayo de Tulio Halperin Donghi, cuya primera edición de 1961 había encarado la polémica sobre las filiaciones ideológicas, afirmando cómo el conglomerado de ideas tradicionales que operaron en Mayo habría de convertirse en un arsenal interpretativo con sentidos radicalmente diferentes a los que tuviera en su origen. El cuestionamiento de Halperin se refería a la focalización que las versiones tradicionalistas hacían de los fundamentos jurídicos del orden de reemplazo, cuyo origen popular y convencional se había consensuado en función de diversas filiaciones. Proponía, en cambio, el análisis de las modalidades prácticas mediante las cuales se había efectuado el traspaso de poder.
En este sentido, los trabajos de Comadrán y Acevedo demostraban avances en la reconstrucción empírica en cuanto a las dinámicas institucionales de ciudades del interior, que divergían de la experiencia rioplatense. Sin embargo, sus motivaciones iban en otra dirección, pues su intención era reconstruir la pervivencia de la tradición hispana, menguando el carácter rupturista de la revolución, la que para ellos -como para los principales representantes, no sólo de la escuela sevillana (V. Rodríguez Casado, C. Corona, Gil Munilla), sino también del reaccionarismo francés representado por M. André- consistió en un movimiento en el interior del imperio compartido a ambos lados del Atlántico. El movimiento reflejaba demandas burguesas y autonómicas frente a la crisis producida por la decadencia borbónica y, según su lectura, derivaría, sin quererlo, en una ruptura, lo que suponía hacer caso omiso del nuevo sentido radical y revolucionario que impregnaba los inicios del nuevo orden.
Esta polémica podía parecer más que anacrónica en los años sesenta. El proyecto hispanista del nacional catolicismo que acompañó al franquismo no podía tener vigencia en un mundo que avanzaba hacia la modernización aunque fuera en forma conflictiva y asimétrica. La posibilidad de que España cumpliera con su misión antirrevolucionaria era la idea con la que Acevedo había vuelto en 1953 a la Argentina, sin advertir entonces, como lo admitiría en sus Memorias, que no había posibilidades de un ensayo reaccionario en un mundo dominado por los "Estados Unidos y su perniciosa influencia [...], por los partidos de extrema izquierda que se reagrupaban en todas partes, las fuerzas ocultas que prohijaban todos los vuelcos hacia una libertad [...], el cambio generacional [con el que] creían renovar ciertas estructuras y pautas morales, [e incluso el] aggiornamiento de la Iglesia Católica [que parecía entrar] en ese clima de perniciosas mutaciones".50
Admitir que de su "ingenua e impolítica posición" sólo quedaría el hispanismo no alcanza a dar cuenta de cómo estas ideas constituyeron un enrarecido clima que permeó los programas de las cátedras universitarias de Historia americana y de Historia argentina,51 en una "universidad de frontera" como la llamara Julio Cortázar, donde el pluralismo, el diálogo y la confrontación historiográfica no fueron sus principales atributos.
La Argentina del desarrollismo corría por otros cauces, no preocupaba mayormente lo que parecía ser sólo un debate marginal en el interior de la disciplina. Tal vez porque el consenso construido por el revisionismo en esto de entender el siglo xix argentino a través de la imagen de una "colonia guiada por el liberalismo extranjerizante" de una "clase dirigente que carecía de sentido nacional" era demasiado fuerte para que importara la distinción entre la procedencia ideológica de las críticas, ya fueran reaccionarias o progresistas, diferencias que se harían más evidentes e, incluso, estridentes con el correr del tiempo, dejando a esta línea historiográfica convertida en un reducto antimodernista.

Notas

1 En este trabajo presentamos aspectos parciales de una indagación que estamos realizando en el marco de nuestro proyecto de doctorado en la FFyL-secyt, UNCuyo.

2 Conscientes de lo imprecisa que puede resultar esta delimitación conceptual temporal, hacemos uso de ella pues nos permite situarnos en un horizonte de debate que deja traslucir nuestras intenciones. Por un lado, la de interpelar a la utilización del término nacionalismo, que encubre una amplia gama de posiciones en que los contextos son insoslayables; en este sentido nos inspiramos en la obra de Fernando Devoto, Nacionalismo, fascismo y tradicionalismo en la Argentina moderna. Una historia, Buenos Aires, Siglo xxi, 2002.         [ Links ] Por otro lado, con el término posperonismo pretendemos referirnos a ese amplio horizonte imaginario abierto a partir de 1955 -trabajado por María Estela Spinelli, Los vencedores vencidos. El antiperonismo y la "revolución libertadora", Buenos Aires, Biblos, 2005-, pues deja traslucir el optimismo de "los libertadores" en la proyección de sus deseos de terminar o al menos reeducar al peronismo, el cual se irá trastocando en temor, frente al creciente fantasma de su irreductibilidad y radicalización.

3 Véase Dominick LaCapra, Historia en tránsito. Experiencia, identidad y teoría crítica, Buenos Aires, FCE, 2006.         [ Links ]

4 Véase Delgado Gómez Escalonilla, Diplomacia franquista y política cultural hacia Iberoamérica 1939-1953, Madrid, CSIC, 1998,         [ Links ] e Imperio de papel: acción cultural y política exterior durante el primer franquismo, Madrid, csic, 1992. Véase también María Rosa Pardo Sanz, ¡Con Franco hacia el imperio! La política exterior en América Latina 1939-1945, Madrid, UNED, 1995.

5 José Luis Abellán y Antonio Monclús, El pensamiento español contemporáneo y la idea de América, Barcelona, Anthropos, 1989, vol. 1, p. 19.         [ Links ]

6 El capítulo 4 de Fernando Devoto y Nora Pagano, Historia de la historiografía argentina, Buenos Aires, Sudamericana, 2009, da cuenta de la dificultad y complejidad que la delimitación del término implica.

7 Nuestra propuesta se inspira en Quentin Skinner, Los fundamentos del pensamiento político moderno, México, FCE, 1985, vol. 1, y Lenguaje política e historia, Bernal, Universidad Nacional de Quilmes, 2007.

8 Véase Martín Jay, "Pretensiones desvergonzadas o preguntas abominables", Prismas. Revista de Historia intelectual, Nº 11, Universidad Nacional de Buenos Aires, 2007, pp. 153-157.         [ Links ]

9 Véase Clifford Geertz, La interpretación de las culturas [1973], Barcelona, Gedisa, 2005, pp. 17-40. Allí refi ere a la descripción densa como vía hacia una teoría interpretativa de la cultura, cuyo quehacer etnográfico consiste en establecer relaciones, seleccionar informantes, transcribir textos, establecer genealogías, trazar mapas del área, llevar un diario... pero lo que defi ne la empresa es la descripción densa, que supone en forma sintética, poder desentrañar tras la maraña de actos de habla, los gestos y las finalidades que constituyen las estructuras de significación, es decir, hacerlos inteligibles.

10 Para la propuesta de abordajes neo fenomenológicos, como un momento superador dentro del mismo giro lingüístico y de la antigua fenomenología que negaba la posibilidad del sujeto de construir signifi cados, véase Gabrielle Spiegel, "Comentario sobre Una línea torcida", Entrepasados, Revista de Historia, Año xviii, Nº 35, 2009, p. 30.         [ Links ]

11 Sobre la fundación de la Universidad Nacional de Cuyo, véase Esteban Fontana, "Cómo se gestó la UNCuyo", en Libro del Cincuentenario, UNCuyo, Mendoza, ediunc, 1989, pp. 65-86;         [ Links ] VV. AA., UNCuyo, Creación, organización y planes de estudio, Mendoza, 1940; VV. AA., Memoria histórica, UNCuyo, Mendoza, 1965; Jorge Coll, "Para la historia de la UNCuyo", Revista de la Junta de Estudios Históricos (RJEH), Nº 7, t. ii, Mendoza, 1972.

12 Para el perfi l de Sepich y Correas, véase M. C. Fares, "Diferencias y convergencias en los hispanismos mendocinos", en Patricia Orbe (coord.), "El nacionalismo argentino durante la segunda mitad del siglo xx", dossier disponible en <http://historiapolitica.com/datos/biblioteca/fares2.pdf>         [ Links ].

13 Véase Arturo Roig, Mendoza en sus letras y en sus ideas, Mendoza, Ediciones Culturales, 1996.

14 El primer presidente fue César Raffo de la Reta, y Edmundo Correas el vicepresidente, quien además de rector fundador sería el decano organizador de la FFyL, sucedido por otro hombre de la Junta, Manuel Lugones.

15 La relación con Ricardo Levene abriría las puertas no sólo de la Academia Nacional de la Historia (anh), sino también de la Universidad de La Plata y del Instituto de Historia del Derecho de la uba, con los que se establecerían fuertes vinculaciones

16 Para los orígenes del campo profesional en Mendoza, véase Oriana Pelagatti, "Una historia de la historia. La escritura de la historiografía en Mendoza entre los '20 y los '50", tesis de licenciatura, FFyL, UNCuyo, mimeo, gentileza de la autora.         [ Links ]

17 Ireneo Cruz (Buenos Aires, 1903-Mendoza, 1955). Invitado por Correas para trabajar como profesor de Griego y de Historia antigua en la recientemente creada FFyL. En 1943, la intervención de la UNCuyo lo nombra rector interino del Colegio Universitario Central, en 1944 es nombrado delegado interventor en FFyL, donde lo sucede Juan R. Sepich. En 1946 es designado director de la Inspección General de Enseñanza en la UNCuyo, y en 1947 rector interventor de la UNCuyo, conforme a la ley 13.031. Se desempeñará como rector en dos gestiones sucesivas hasta 1954, destacándose por una prolífera gestión que acompañó filosóficamente la legitimación del régimen peronista. Véanse Actas del Primer Congreso Nacional de Filosofía, 3 vols., Mendoza, UNCuyo, 1949.

18 A fines de 1945, Julio Cortázar, profesor de Literatura en la FFyL, participaría en la toma de la universidad en defensa de la autonomía universitaria y expresaría en una carta a su amigo Serio Sergi su decisión de irse, debido al malestar causado por la continuidad de los sectores más reaccionarios del nacionalismo que dominaban la facultad: "Porque yo no tengo estómago para aguantar la vuelta de Jesucristo a la Facultad, los Sepich y los Soaje entronizados", véase Aurora Bernárdez, "Julio Cortázar, 1937-1963", disponible en <http://www.alphalibros.com.ar/ index.php>.

19 Otto Burgos sería luego rector interventor enviado por la gestión Ivanissevich entre 1975-1976, cuando se llevaron a cabo la mayor cantidad de cesantías de estudiantes y profesores.

20 Toribio Ignacio Lucero (San Luis, 1917). Estudió en la Universidad del Litoral el profesorado de Historia. Fue inspector general de Educación en su provincia natal, profesor de Historia Moderna en la FFyL de la UNCuyo; director de la Sección de Historia de España y luego director del Instituto de Historia. Colaborador y sucesor de Ireneo Cruz como delegado interventor en la FFyL (1949-54), decano (1954-1955), vicerrector y rector de la UNCuyo (1954- 1955), y vicepresidente del Congreso Nacional de Filosofía en 1949. Fundador y director del Instituto Cuyano de Cultura Hispánica y miembro titular del Instituto de Cultura Hispánica de Madrid, presidente de la Junta Arquidiocesana de Acción Católica de Mendoza. Entre sus publicaciones: "El alma del almirante", "Iluminismo y Revolución en el Río de la Plata", "Juan XXIII. La encíclica Pacem in Terris y el laicado".

21 Entrevistas a D. Pérez Guilhou, entre diciembre de2005 y septiembre de 2008. Una versión que minimizaba el conflicto era la de E. O. Acevedo: "el peronismo [...] era mucha declamación, mucho obrerismo, mucho patrioterismo, pero en el fondo resultaba [...] la prolongación del régimen con ciertos retoques oportunistas. Mientras veíamos pasar esa película, mis amigos y yo en la facultad [...] tomábamos distancia de todos los partidos políticos tradicionales, del justicialismo peronista y naturalmente del socialismo y del comunismo. [...] veíamos que se podía ser católico, nacionalista, y revisionista y no ser peronista; o ser esto y no practicar la religión". Véase E. O. Acevedo, Memorias de un historiador profesional. Respuestas a dos entrevistas. Estudios e investigaciones, Buenos Aires, Ciudad Argentina, 2006, p. 31.         [ Links ]

22 El decreto-ley 6403/55 sancionaba un nuevo régimen para las universidades que restituía la autonomía a las mismas. El art. 32 establecía que no serían admitidos a concurso docentes aquellos que "hayan realizado actos positivos y ostensibles que prueben objetivamente la promoción de doctrinas totalitarias adversas a la dignidad del hombre libre y a la vigencia de las instituciones republicanas" y en el inciso "b" sostenía que tampoco serían admitidos quienes "en el desempeño de cargos universitarios o de funciones públicas o de cualquier otra actividad hayan realizado actos positivos ostensibles de solidaridad con la dictadura que comprometan el concepto de independencia y dignidad de la cátedra".

23 Haría falta una indagación más detallada de los desplazamientos en el interior de cada unidad académica, más allá de la lista que emitió la comisión designada a tal efecto, que sólo aludía a apenas más de una decena de casos. Véase Yamile Álvarez, "La UNCuyo y la Revolución Libertadora: la conflictiva intervención del Dr. Germinal Basso", en II Encuentrode Historia Argentina y Regional, vol. 1, Mendoza, FFyL. La nómina de los reincorporados en 1956, que hacía referencia a los expulsados entre 1943 y 1955, era más amplia, 57 en toda la UNCuyo, de los cuales 12 eran de la FFyL. Véase Pablo Lacoste, "La UNCuyo y sus luchas en Mendoza. Historia y perspectivas", en Mendoza. Historia y perspectivas.Aporte para el estudio de una ciudad fundada en 1561, Edición Especial del Diario Uno, 1997, pp. 140-141.         [ Links ]

24 Benito Marianetti (1903-1976), abogado mendocino, dirigente del Partido Comunista. En el folleto "Discriminación ideológica en la UNCuyo", Mendoza, 1956, denuncia las prácticas del interventor de la Facultad de Ciencias Económicas, Hernán Cortés, por eliminar su nombre de la nómina de concursantes en dicha casa de estudio por sus presuntas ideas totalitarias y por haber cuestionado el golpe de Estado. Denuncia la pervivencia del aparato corporativo fascista montado por Perón, defendiendo al pc como un partido democrático. Marianetti había participado en la Convención Reformadora de la Constitución provincial (1948-1949), a la cual defendió, como también al gobierno peronista provincial, por haber "respetado las libertades públicas y sostenido la convivencia de un orden social y democrático". Véase Diario de sesiones de la H. Convención Constituyente de la provincia de Mendoza, 25 febrero de 1949, pp. 3696 y ss.

25 El Centro de Estudiantes en Humanidades de la FFyL solicitaba investigarlo por las cesantías realizadas durante su intervención en la Facultad. Aprobaba además las impugnaciones a profesores como Francisco Villamil e Hilario Velasco Quiroga, aludiendo razones de incompetencia profesional, falta de moral cívica e incluso acusaban a Martín Pérez de ser revisionista ("grupo histórico que negaba los principios democráticos de Mayo"), y a Roque Pedro Gripi "por hablar de política en sus cátedras". Véanse las Actas Centro de Estudiantes de Humanidades en FFyL, en Archivo de la UNCuyo, sid, Mendoza. Soaje fue desplazado de sus cargos docentes en la UNCuyo por la intervención de Rodolfo A. E. Cucchiani Acevedo en 1957-1958, se trasladó a Buenos Aires, donde se desempeñó como profesor en la uba, en la uca y como investigador del CONICET

26 Alberto Falcionelli, de origen corso, estuvo en la guerra en el ejército de Mussolini, militó en el movimiento maurrasiano de Action Française y fue colaboracionista del gobierno de Petain. Representante de la agencia francesa Havas, se exilió en España y luego llegó a Mendoza en 1947 por intermedio del cura Sepich y fundó la Revista de Estudios Franceses en la FFyL de la UNCuyo. Católico tradicionalista y monárquico, era reconocido por sus discípulos como el intelectual más culto e inteligente que trajera el fascismo a Mendoza. Luego, en Buenos Aires, se insertaría en la revista Dinámica Social.

27 Véase José Antonio Calderón Quijano, Americanismo en Sevilla, 1900-1980, Sevilla, eeha, 1987, y J. L. Abellán y A. Monclús, op. cit.

28 Vicente Rodríguez Casado (Ceuta, 1918). Doctor en Filosofía y Letras por la Universidad Complutense de Madrid, Catedrático en la FFyL de Sevilla y de Madrid. Director del Ministerio de Información y del Instituto Social de la Marina. Además de fundar la eeha, organizó la Universidad de la Rábida, de la que fue decano entre 1943 y 1973, cuando fue cesanteado por decreto. Considerado uno de los hombre clave del núcleo intelectual del Opus Dei en Sevilla. Autor en la década de 1950 de varios artículos sobre Carlos III.

29 Véase Escuela de Estudios Hispanoamericanos de Sevilla (eeha), 1942-1992, Cincuenta años de americanismo en la EEHA, Consejo Superior de Investigaciones Científicas (cics), Sevilla, 1993, p. 1. También Alberto Carrillo-Linares, Subversivos y malditos en la Universidad de Sevilla, Sevilla, Centro de Estudios Andaluces, 2008.

30 Fueron becados para realizar sus estudios en España los filósofos N. Álvaro Espinosa, A. Bassi, L. Peña de Podestá, A. Pithod, B. Hilda Quiroga; los literatos E. Barbará, R. Borello, L. Bracelis, N. Freites, M. Gómez de Rodríguez Brito, H. Larrañaga, C. O. Nallím, F. Sabella, M. J. Sabella, G. Videla, D. Villalobos, y pedagogos como O. Medaura, entre otros.

31 Véase Loris Zanatta, "De faro de la hispanidad a centinela de Occidente, La España de Franco en América Latina entre la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría", Anuario del IHES, N° 23, 2008, fch, Tandil, Universidad Nacional del Centro.         [ Links ]

32 La cuestión antiimperialista, como ha sido señalado, reconocía una tradición que no era monopolio del revisionismo de los hermanos Irazusta, quienes denunciaron en 1934 la política imperialista británica en el Río de la Plata, sino que era compartida por un conglomerado heterogéneo cuya genealogía atravesaba el campo de las izquierdas y las derechas.

33 Carlos Altamirano, "Desarrollo y desarrollistas", Prismas. Revista de Historia Intelectual, N° 2, Universidad Nacional de Quilmes, 1998, p. 81.         [ Links ]

34 F. Devoto, y N. Pagano, Historia..., op. cit., p. 197.

35 Existía una genealogía del pasado hispánico que se oponía a las representaciones rupturistas de Mayo, la que pretendía desplazar el protagonismo porteño recuperando el pasado hispánico, así como la consideración del ciclo revolucionario entre 1809 y 1816: desde Pedro de Angelis, Juan Manuel de Rosas, y el período de la separación de Buenos Aires. Esta versión fue en parte sostenida por Julio Irazusta, Vida política de Juan Manuel de Rosas a través de su correspondencia, Buenos Aires, Albatros, 1943, vol. 2, pp. 128-130. Véase Fabio Wasserman, Entre Clío y la Historia, conocimiento histórico y representaciones del pasado en el Río de la Plata (1830-1860), Buenos Aires, Teseo, 2008.

36 Jorge Fermín Comadrán Ruiz (Mendoza, 1925-2004). Egresado de FFyLde la UNCuyo en 1949, becado por el Instituto de Cultura Hispánica, entre 1950 y 1951, en la EEHA, en el Archivo General de Indias; obtuvo el Diploma de Estudios Hispanoamericanos en la Universidad de la Rábida y realizó cursos de posgrado en la Universidad de Sevilla, con fi guras como O. Gil Munilla, V. Rodríguez Casado, G. Céspedes del Castillo, C. Corona Baratech. Fue director de la Biblioteca Central de la UNCuyo entre 1955 y 1962. Estuvo vinculado con el grupo de los hermanos Irazusta, con quienes sostenía una amistad. Titular de Historia Argentina de la FFyL entre 1956 y 1991, año en que fue incorporado como miembro de la anh. En 1960 organizó el Seminario sobre La Revolución de Mayo en el interior y dictó numerosas conferencias sobre el tema entre 1957 y 1963. En 1961, junto a E. O., organizan el II Congreso de Historia de Cuyo en conmemoración de los 400 años de la fundación de la ciudad. Director del Instituto de Historia y jefe de la Sección de Historia Argentina. Decano de FFyL, investigador principal del conicet y director del Centro de Estudios Interdisciplinario de Fronteras Argentinas. Su producción en la década de 1960: "En torno al problema del indio en el Río de la Plata", "Bibliotecas cuyanas del siglo xviii", "Los jesuitas en Mendoza", "Algo más sobre la semana de Mayo", "Nacimiento y desarrollo de los núcleos urbanos y del poblamiento de la campaña del país de Cuyo durante la época hispánica 1551-1810", "Argentina", "Historia política, económica, social y cultural de la provincia de Cuyo (1561-1810)", Evolución demográfi ca argentina durante el período hispánico 1535-1810.

37 La bibliografía del programa de Historia Argentina I que dictaba en la carrera de Historia de la FFyL en el año 1959 no remitía a los historiadores sevillanos, y sólo mencionaba unos pocos nacionalistas como F. Ibarguren y E. Palacio. Predominaba en cambio la lista de historiadores platenses y vinculados con la tercera vía que ya señalamos, como R. Caillet Bois y D. L Molinari, R. Marfany, E. de Gandía y R. Etchepareborda. Sólo tardíamente en el programa de los años setenta aparecían citados los revisionistas J. Irazusta, J. L. Busaniche, E. Barba, A. Saldías, V. Sierra, F. E. Trusso, J. Gálvez, y los sevillanos V. Rodríguez Casado y C. Corona Baratech.

38 Octavio Gil Munilla, "Teoría de la Emancipación", Estudios Americanos, vol. ii, Nº 7, Sevilla, 1950, p. 336.         [ Links ] Citado por Víctor Peralta Ruiz, "El virrey Abascal y el espacio de poder en el Perú (1806-1816)", Revista de Indias, vol. lxvvi, Nº 236, Madrid, csic, 2006, p. 179.

39 Carlos Corona, Revolución y reacción en el reinado de Carlos IV, Madrid, Rialp, 1957, cuestionaba la aplicación y generalización del término Antiguo Régimen como una creación exitosa de los hombres de la revolución para oscurecer las especifi cidades de la monarquía española, traspolando los valores peyorativos que despertaba la monarquía absoluta.

40 Edberto Oscar Acevedo (Provincia de Buenos Aires, 1926). En 1943 egresó como maestro normal nacional en Junín y estudió en la FFyLde la UNCuyo, de la que egresó como profesor en Historia y Geografía en 1949. Receptó la influencia de A. Falcionelli y de J. R. Sepich, formó parte del grupo que seguía a G. Soaje Ramos, y absorbió las ideas revisionistas, nacionalistas e hispanistas reproducidas por sus profesores Otto Burgos, F. Villamil y M. Pérez. Luego de perder su cargo docente en San Rafael por negar su afiliación al peronismo, consiguió una beca del Ministerio de Asuntos Exteriores de España, en Sevilla, entre 1951 y 1953, y realizó sus estudios en la eeha y en las universidades de Sevilla y de la Rábida. Se doctoró en Madrid en 1953, bajo la dirección de Octavio Gil Munilla -quien en 1960 dictaría una conferencia en la UNCuyo sobre la revolución burguesa-. Trabó relación académica con V. Rodríguez Casado, Calderón Quijano, A. Muro Orejón y F. Morales Padrón. Su estadía en Buenos Aires le deparó la amistad de Torre Revello, Mariluz Urquijo, R. Molina y V. Sierra, entre otros. La intervención de Ángel Lapieza Elli en la UNCuyo en 1955 lo convocó para hacerse cargo de las cátedras de Historia Americana i y ii y ganó el concurso en 1958, con B. Lewin, V. Sierra -reemplazado por Massini Correas-, y G. Furlong como jurados. En 1957 fue nombrado director del Instituto de Historia, desde donde propició la publicación de la Revista de Historia Argentina y Americana que dirigió hasta 1994. Académico correspondiente en 1960 y miembro de número en la anh en 1973, formó parte de la Asociación Hispanoamericana de Historia, fue encargado del Archivo Histórico de la Provincia y miembro de número de la Junta de Estudios Históricos de Mendoza. En 1976 entró en la carrera de investigador del CONICET y volvió varias veces a Sevilla, donde trabó relación estrecha con el pPadre Paulino Castañeda Delgado, catedrático de Historia de la Iglesia. Se jubiló en 1992 y fue designado profesor emérito, continuando sus investigaciones en el Centro de Investigaciones en Historia Americana Contemporánea (CIHAC), por él creado. Entre sus trabajos de la década de 1960, muchos de ellos publicados en Sevilla: El ciclo histórico de la Revolución de Mayo; La Gobernación del Tucumánen el Virreinato del Río de la Plata (1776-1783); La rebelión de Tupac Amaru; Factores económicos regionalesque produjeron la adhesión a la revolución; Un corresponsal y sus noticias sobre la situación rioplatense (1806- 1814); El padre José Antonio Sosa, intrépido enemigo de San Martín; Informe sobre la documentación histórica relativaa Cuyo existente en el Archivo; Significación histórica del régimen de intendencias en Salta del Tucumán; Laintendencia de Salta del Tucumán en el virreinato del Río de la Plata; Puerto Rico, Nueva Granada y Perú a fines delSiglo XVIII, según viajeros anónimo<; Revolución en Mendoza (Investigación sobre el período 1810-1820).

41 Sólo Comadrán escribiría un tardío opúsculo sobre "La clase dirigente mendocina y sus relaciones con Juan Manuel de Rosas", FFyL-UNCuyo, 1989, que dedicó a su maestro y amigo, Julio Irazusta.

42 Véase Víctor Peralta Ruiz, op. cit., 2006, pp. 165-194.

43 J. Comadrán Ruiz, "Mendoza en 1810. Su primer homenaje a la Junta de Mayo", Los Andes, 25 de mayo de 1960. En el Tiempo de Cuyo no escribió sobre Mayo sino sobre "Los indios y la frontera sud de Mendoza durante el virreinato", tema también de sus investigaciones.

44 E. O. Acevedo, "Otro mendocino precursor de la revolución", en IV Centenario de la Fundación de Mendoza, Edición Extraordinaria del Tiempo de Cuyo, marzo de 1961.         [ Links ]

45 E. O. Acevedo, Memorias..., op. cit., pp. 140 y ss.

46 Marius André (1868-1927). Escritor, poeta y periodista, representa la reacción fi delista contra Francia, el liberalismo y las Cortes de Cádiz; colaborador de L'Action Française de Charles Maurras, publicó La Fin de l´empire espagnol d'Amérique en 1924 -reeditado por ediciones Nueva República en Barcelona en el 2008 con la pretensión de erigirse nuevamente en la obra "que desenmascara el relato preñado de embustes y silencios que liberales, marxistas, indigenistas de antaño y progresistas de toda laya y condición han sostenido sobre el proceso de independencia de la América hispana durante el siglo xix"-. Su versión da cuenta de la revolución como un proceso de guerras civiles, en que los españoles y americanos se levantaron contra las ideas de la enciclopedia francesa para defender la religión católica, temerosos de que los ingleses alejasen el catolicismo y los americanos cayesen en el protestantismo o el ateísmo.

47 Véase Manuel Giménez Fernández, "Las ideas populistas en la independencia de Hispanoamérica", Anuario de estudios hispanoamericanos, N° 3, 1946, p. 517. Giménez Fernández fue un jurista y político nacido en Sevilla (1896- 1968). Diputado de la II República en 1933, formó parte del ala progresista de la Confederación Española de Derechas Autónomas (ceda). En su gestión como ministro de Agricultura (1934-1935), la propia ceda se opuso a sus moderadas reformas en favor de la formación de pequeñas propiedades y fue destituido. Volvió a la docencia como profesor de Derecho Canónico de la Universidad de Sevilla en 1935; expulsado durante la guerra civil, fue rehabilitado en 1941.

48 Los Andes, 25 de mayo 1960, p. 1, cuarta sección.

49 Dante Osvaldo Polimeni (1937-1993), profesor de Filosofía recibido en la FFyL de la UNCuyo, fue consejero estudiantil reformista entre 1960 y 1962. Ejerció la docencia en la Facultad de Ciencias Políticas de la UNCuyo hasta ser cesanteado. Fue funcionario del gobierno provincial hasta 1976, cuando se exilió en Costa Rica.

50 E. O. Acevedo, Memorias..., op. cit., p. 74.

51 Los programas de Historia Argentina de Comadrán en 1959 se centraban en el ciclo revolucionario: focalizaban el movimiento juntista y el carlotismo como reacciones hispanistas ante la crisis de la monarquía. En los setenta se extenderían hasta la caída de Rosas e incluirían las interpretaciones de R. Marfany y de D. Ramos Pérez sobre Mayo. Mientras los programas de Historia Americana i de E. O. Acevedo en 1959 incluían como bibliografía la escuela sevillana: Giménez Fernández, Konetzke, Manzano, Muro Orejón, Ots Capdequi, entre otros.