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Prismas

versión On-line ISSN 1852-0499

Prismas vol.15 no.1 Bernal ene./jun. 2011

 

RESEÑAS

Marc Angenot,
El discurso social. Los límites históricos de lo pensable y lo decible,
Buenos Aires, Siglo xxi, 2010, 228 páginas

 

De un tiempo a esta parte, Carlos Altamirano ha venido promoviendo como director de la colección "Metamorfosis" en la editorial Siglo xxi una serie de autores y títulos nacionales y extranjeros que se inscriben en ámbitos como la historia intelectual, el análisis cultural y la sociología de la cultura, y que en la actualidad son de obligada lectura para todo aquel interesado en estos campos del conocimiento. Con la aparición del libro de Marc Angenot El discurso social. Los límites históricos de los pensable y lo decible, Altamirano retoma y continúa esta senda trazada en un intento por sobrepasar los compartimentos estancos de las disciplinas, al tiempo que alentar la lectura de un autor hasta ahora poco traducido al español.
El libro recopila una serie de trabajos que Angenot produjera a lo largo de su prolífica carrera como investigador y docente en la Universidad de McGill, en Montreal. Dividido en tres partes claramente diferenciadas, las tres están, sin embargo, bien articuladas entre sí. Una primera parte de carácter teórico -que recupera los primeros capítulos y conclusiones de su obra de 1989, Mil huit cent quatre-vingt-neuf: un état du discours social- es seguida por una segunda parte, donde analiza distintos corpus de fuentes vinculadas a representaciones e ideologías políticas modernas, para finalizar con un tercer apartado en que rememora parte de su propia trayectoria intelectual en una entrevista realizada por Laurence Guellec.
Por la manera en que está estructurado el libro, su lectura no implica necesariamente un respeto estricto del orden expositivo original. Es probable que si comenzara por el final, el lector tendría un panorama más claro de quién es Angenot, cuál ha sido su recorrido y qué nudo de problemas, temas e intereses fue desplegando a lo largo de los últimos treinta años. Del mismo modo, empezar por la segunda parte quizás sea una manera eficaz de entender lo que ha intentado demostrar en sus investigaciones y de qué manera es posible acercarse a diversos materiales de la cultura desde una mirada del análisis del discurso. También es perfectamente posible la sola lectura de la primera parte, aunque exija cierta familiarización con autores y textos vinculados con el campo de la retórica, la argumentación y el análisis del discurso en general. Una vez establecidas estas posibles coordenadas de lectura, surge casi inmediatamente una serie de interrogantes asociados con la productividad de la propuesta, en momentos en que tanto el "giro lingüístico" como el análisis semiológico parecen haber dicho todo lo que tenían que decir en relación con lo discursivo, el lenguaje y ciertas forma de abordar textos, imágenes y representaciones. Y es precisamente en este punto, en la dilucidación de una posible respuesta a una inevitable pregunta, que las encargadas de la selección y presentación de los textos de Angenot -María Teresa Dalmasso y Norma Fatala, ambas profesoras de semiótica de la Universidad Nacional de Córdoba- asumen las ventajas y las potencialidades que ofrece una atenta lectura de su obra frente a las propuestas señaladas. A pesar de las coincidencias que pudiera tener con un semiólogo como Eliseo Verón -en cuanto a tratar a los discursos como hechos sociales, la división entre discurso y lengua, y el discurso abordado como objeto móvil-, la perspectiva de Angenot se recorta sobre una particularidad que afinca en la prioridad que adquiere la presencia en el entramado sociodiscursivo de una hegemonía, o, en términos más precisos, de una regularidad y una tendencia a la homogenización interdiscursiva que sufre todo discurso en las sociedades contemporáneas. Entre tanto, para los historiadores y los sociólogos esta línea de trabajo tendría ciertas ventajas frente a aquéllas enunciadas por el "giro lingüístico" porque, como advierten las compiladoras, ofrece "herramientas más eficaces para el procesamiento
de sus objetos textuales que un giro lingüístico demasiado centrado en intencionalidades y en esquemas contrafácticos que soslayan el funcionamiento efectivo de la discursividad social". De esta manera, la perspectiva de Angenot surca con aparente éxito estas dos tendencias debido a la capacidad de articulación que reviste su obra entre teoría e investigación empírica, pero sobre todo por la posibilidad que brinda un abordaje que cumple con los requisitos de variación histórica y marco sociológico esenciales para ambas disciplinas.
Central para el autor, la idea de Discurso Social es el punto de encuentro de todas sus investigaciones y constituye el nudo teórico de la primera parte del libro. En torno a la capacidad de balizar todo lo que es posible decir o pensar- mediante imágenes o escritos- en un momento dado de la sociedad, Angenot afirma que en el estudio de las ideas y las representaciones sociales el analista del discurso debe colocar en primer plano aquellas regularidades que confieren a un gobierno sociodiscursivo distintos tipos de sistemas genéricos, tópicos, encadenamientos de enunciados, formas argumentativas y de narración, las cuales a su vez condicionan una determinada división social del discurso. Conformar esta totalidad de la producción social de sentido- posible a partir de la reposición de revistas, diarios, folletos, panfletos, etc.- permitiría apreciar la capacidad que ese discurso social posee al atravesar similares y contradictorias enunciaciones en un múltiple proceso de cohesión y fortalecimiento de una hegemonía sobre lo que puede ser enunciado. En cuanto a las implicaciones metodológicas de su propuesta, son inmediatas y claras: por un lado, la necesidad de apelar a un corte sincrónico del corpus elaborado, y, por el otro, la centralidad de conformar un interdiscurso que desclausure los campos discursivos constituidos y posibilite la comunicación vis á vis entre espacios tan diversos entre sí como la reflexión filosófica, la prensa popular, la canción del café concert o el eslogan político.
En este sentido, la primordial tarea del analista del discurso o historiador de las ideas será hallar el sustento y/o la capacidad de otorgar inteligibilidad y aceptabilidad a prácticas discursivas que señalan un límite a lo pensable y lo decible en el vasto rumor social, incluso para aquellas que se enuncian desde posiciones contestatarias. La pregnancia que la representación del arte social tuvo en las ideologías militantes-socialistas y anarquistas- hacia fines del siglo xix en Europa es un claro ejemplo de cómo un discurso pictórico en principio contrahegemónico pudo compartir un mismo tamiz de temas, tópicos y formas de representar a la clase trabajadora, en estricta sintonía con lo que expresaban pintores vanguardistas como Ferdinand Delacroix y su mirada burguesa del mundo obrero. Según Angenot, si para los socialistas de la Segunda Internacional hombres como Delacroix y Gustave Courbet eran el precedente inmediato de un"realismo" que hallaba su matriz en la búsqueda de una verdad cívica y alentaban un propio deseo por la militancia revolucionaria, en sus composiciones y en la de los artistas socialistas las representaciones pictóricas de la vida de los trabajadores afincaban en las demandas que el mismo campo artístico establecía, sobre la palestra de un común imaginario rural lírico, preindustrial o, como el caso de Maximilien Luce en 1889 lo evidencia, en la exaltación de un brumoso desorden urbano -un mundo "productivista-contructivista"-, antes que en el mundo social obrero inmediatamente circundante.
En esta segunda sección del libro, además, como parte de sus investigaciones sobre los discursos ideológicos, Angenot se adentra en una vieja problemática de la historia de las ideas referida al proceso de secularización de nociones religiosas -como gnosis y milenarismo- en el cuerpo discursivo de la modernidad política. Es allí donde analiza el proceso de conformación de las ideologías y los Grandes Relatos durante los siglos xix y xx, en un intento por rebatir a pensadores como Karl Löwith y Carl Schmitt quienes observaban en el desarrollo de la conciencia histórica de la modernidad ciertas ideas que provendrían íntegramente del salvacionismo cristiano y del escenario milenarista. Según Angenot, este "paradigma genealógico" al haberse centrado en la crítica a las ideologías radicales y las grandes filosofías de la historia, antes que favorecer una apertura hacia lo novedoso de la propuesta moderna más bien ha insistido una y otra vez en descalificarla en su totalidad, olvidando las rupturas que produjo su emergencia y las razones de su legitimidad. Para Angenot -que retoma en este punto el trabajo del filósofo alemán Hans Blumenberg, La legitimité des temps modernes-, la tesis de esta persistencia es inaceptable, entre otras cosas por "razones epistemológicas ya que supone una concepción ontológico-sustancial de la historia de las ideas", pero también porque el desconocimiento de las modificaciones que introdujo la modernidad implica sumirse en una visión antimoderna, que niega "una experiencia y una concepción nueva del tiempo cuyo eje [ha sido] el futuro y la capacidad del hombre-en-sociedad de trabajar para lograrlo". En este punto, la propuesta radica en retomar el análisis sobre el surgimiento de las ideas que dieron lugar a una constelación de ideologías modernas transformadoras, como el socialismo, para permitir el desplazamiento de la cuestión hacia las restricciones que imponen las condiciones sociohistóricas a toda producción discursiva del novum.
Pero en esta segunda parte Angenot también explora otra de las dimensiones fundamentales de su trabajo sobre la teoría del Discurso Social, vinculada al rol de la retórica y la argumentación en la conformación de esos contextos sociales e históricos de enunciación. Recuperando los aportes que Chaïm Perelman realizara en relación a la capacidad de la retórica de constituirse en una ciencia práctica para el estudio del discurso social -y no sólo del arte de debatir-, el autor canadiense destaca la importancia que todavía tienen la argumentación, la persuasión y los tópicos en la estructuración de lo enunciable en un momento histórico y social determinado. Así, y en virtud de las tareas que antes se señalaban para historiadores y cientistas sociales, la retórica de la argumentación posibilitaría la conformación de un campo de estudios sobre la discursividad social, y en especial de las pasiones que generan los debates públicos de ideas en un mundo contemporáneo atravesado por la caída de los Grandes Relatos y las certidumbres historicistas, pero dominado por los medios de comunicación que, ahora como siempre, han permitido que todo lo decible sea motivo de argumentación.
En definitiva, son estas precisiones teóricas y sus aplicaciones analíticas -aunque en el libro se evidencien fragmentariamente- las que revelan el carácter productivo que conlleva esta perspectiva a las variadas dimensiones que demanda toda investigación social y que merecerían una conveniente traducción y aplicación local. Y no sólo porque esto permitirá comprender aquel pasado remoto o reciente, sino también porque su influjo aportaría una claridad necesaria a la comprensión de lo que se enuncia, circula e interpreta en un momento actual colmado de discursos, ideas e ideologemas.

Martín Ribadero

UBA/UNAM/CONICET