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Prismas

versión On-line ISSN 1852-0499

Prismas vol.15 no.1 Bernal ene./jun. 2011

 

RESEÑAS

Philipp Blom, Años de vértigo. Cultura y cambio en Occidente, 1900-1914, Barcelona, Anagrama, 2010, 679 páginas

 

¿Cómo analizar los años comprendidos entre 1900 y 1914 sin caer en el anacronismo y la ilusión retrospectiva de considerarlos una Belle Époque hecha añicos por el estallido de la Gran Guerra? Y, a su vez,¿cómo estudiar esos años sin ver en ellos, teleológicamente, una mera antesala de la Primera Guerra Mundial? Tales son las directrices que guían esta ambiciosa investigación del historiador alemán Philipp Blom, formado en las universidades de Viena y Oxford. Publicado originalmente en inglés en el año 2008, galardonado con el ndr Kultur Sachbuchpreis 2010 y el Groene Waterman Prize, el libro se estructura en quince capítulos, un capítulo dedicado a cada uno de esos años, en los cuales el autor va hilvanando los acontecimientos políticos con las manifestaciones delámbito de la cultura junto con elementos de las biografías y la vida cotidiana, para trazar una dinámica visión de conjunto del período que logra salvar cierto carácter estanco de la arquitectura del libro.
El punto de partida del primer capítulo es un análisis de la Exposición Universal de 1900. Detrás de la pompa y la espectacularidad que rodeó a esta exposición, Blom vislumbra un intento de cubrir la pérdida de confianza y las fisuras sociales que desgarraban a Francia. Pues, si hay una noción que puede imantar los más diversos ámbitos de la vida política y cultural del fin-desiècle francés es la noción de decadencia. La imagen de una nación languideciente, cuyosíndices demográficos no hacían más que confirmar, está en la base del violento antisemitismo de Édouard Drumont y de la derecha nacionalista encarnada en Charles Maurras, quienes encontraron en el affaire Dreyfus una cabal demostración del complot judío contra Francia. Sin embargo, la sensación del fin de una época, la nostalgia y el miedo al futuro, era también un tópico recurrente en gran parte de la literatura europea del período, en la cual el esteticismo decadente de fin de siglo, fruto del aburrimiento de los hijos de la seguridad burguesa que se rebelaban contra la moral puritana, abre paso a los recelos frente al progreso y a la vida metropolitana, que conviven, como veremos, con la fascinación por la modernidad y la técnica.
El segundo capítulo, consagrado al año 1901, toma como punto de partida la muerte de la reina Victoria de Inglaterra. Con su muerte, el Imperio despide no sólo a una persona sino a toda una época, pues, como demuestra Blom reflexionando a partir de las actitudes de su sucesor Eduardo VII, los albores del siglo marcan con diversos grados y matices el declive de la aristocracia europea iniciado décadas atrás con la progresiva pérdida de importancia del valor de la tierra impulsada por el proceso de industrialización. En ese marco, Eduardo VII, junto con su primo Guillermo II de Alemania, son los monarcas que encarnan más claramente los nuevos comportamientos cortesanos, menos apegados a la frugalidad y en compañía de los nuevos ricos de la burguesía industrial.
El tercer capítulo, "Edipo Rey", nos sumerge en el intrincado mosaico de minorías nacionales, lingüísticas y religiosas que conformaban el imperio Austro-Húngaro, gobernado férreamente desde 1848 por el emperador Francisco José. Frente al monopolio del poder político en manos de la autocracia, amplios sectores de la burguesía encuentran en el arte y las letras un canal de participación específico que en gran medida explica el inusitado dinamismo cultural de las ciudades del imperio y, en particular, de Viena. En el año de 1902, al cual está dedicado el capítulo, se produce un hecho anecdótico que le permite a Blom sumergirse en el análisis de esta rica y diversa vida cultural: el doctor Sigmund Freud obtiene un ascenso en la Universidad de Viena, lo que constituye todo un reconocimiento de sus métodos para tratar los problemas psicológicos. La duplicidad establecida entre la estricta fachada de la moral pública del imperio que convive con una esfera de normas que escapan totalmente a su control -en otras palabras, la dicotomía entre el principio moral y la realidad social- está en la base de la teoría freudiana sobre la represión del individuo. Aunque el autor sostiene que diversos aspectos de esta teoría inciden también en la obra de escritores como Robert Musil y Arthur Schnitzler, en las investigaciones sobre el lenguaje de Fritz Mauthner, Ernst Mach y Ludwig Wittgenstein, como también en los nuevos lenguajes musicales de Gustav Mahler y Arnold Schönberg. El capítulo se cierra con un análisis de las innovaciones estilísticas de los arquitectos Adolf Loos y Otto Wagner que, junto a las obras de Gustav Klimt y Egon Schiele, son interpretadas como una forma de rebelión frente a los modos de representación estética heredados del imperio.
El capítulo iv, "1903: una extraña luminiscencia", repasa los descubrimientos científicos de la primera década del siglo y cómo las innovaciones logradas por Pierre y Marie Curie, Wilhelm Conrad Röntgen, Ernest Rutherford y, sobre todo, las investigaciones del joven Einstein, "destrozaron el mundo objetivo y lo dejaron reducido a valores relativos y fuerzas invisibles, llevándose por delante a la materia y el tiempo" (p. 130), y dando paso a un cuestionamiento y a una incertidumbre sobre la realidad. Sin embargo, muchas de estas innovaciones trascendieron el reducido mundo de la academia científica y transformaron la vida cotidiana de miles de personas mediante la luz eléctrica, el telégrafo y el automóvil. Blom señala las conexiones de estas revoluciones científicas con la filosofía y las artes del período; basta pensar en los ensayos de Henri Bergson, en las obras de los futuristas italianos y en el verdadero boom que constituyeron las novelas de ciencia ficción de H. G. Wells. Aunque en todos estos ámbitos se comprueba una progresiva modificación del talante optimista asentado en la ciencia y la tecnología, arrasado por el desvanecimiento de las certezas y la constatación de los peligros inherentes a ellas.
El nuevo papel de la prensa y la denuncia de los crímenes del imperialismo belga en el Congo son estudiados en el capítulo v, "Su Majestad y el Sr. Morel", que le permite al autor indagar la compleja relación entre cultura e imperialismo junto a las diversas construcciones de las imaginerías imperiales en Alemania, Gran Bretaña y Francia y la verdadera incidencia de los imperios en la vida cotidiana de las metrópolis. Más adelante, en el capítulo xi, en el reverso de esa trama, Blom analiza la fascinación por las culturas y los rituales africanos y asiáticos en parte de la vanguardia artística de la época.

El capítulo dedicado al año 1905 se centra en el proceso revolucionario que mantuvo en vilo al imperio ruso tras la desastrosa derrota en la guerra ruso-japonesa. Luego de la concesión de elecciones libres y generales a la Duma, se desencadenó una ola de brutal represión que incluyó varios pogroms contra la población judía. Según Blom, bajo esta quietud impuesta por el imperio emergía lentamente una generación de jóvenes escritores y artistas rusos que expresó con desesperación fatalista su frustración. Así, mientras el mundo cortesano daba la espalda a la realidad, la cultura rusa estallaba de creatividad de la mano de Ígor Stravinski, Kandinski, Malévich y Andréi Biely.
El diez de febrero de 1906, el rey Eduardo VII de Inglaterra botaba al mar el primerDreadnought, un nuevo tipo de acorazado con el que la marina real británica daba inicio a la vertiginosa carrera armamentista internacional anterior a 1914. Sin embargo, Blom toma este dato de la historia militar sólo como un pretexto para reconstruir las diversas manifestaciones del culto a la masculinidad y a la virilidad en la cultura europea de la primera década del siglo xx. Desde esta perspectiva, la carrera por los Dreadnought es sólo un síntoma que -junto con los duelos a primera sangre, el culto de las virtudes militares, una miríada de productos contra "el agotamiento masculino" y el desarrollo del fisicoculturismo- constituyen las manifestaciones más palpables de una incertidumbre sobre las virtudes masculinas y la masculinidad en sí misma. Dicha incertidumbre está relacionada con la progresiva visibilidad de la homosexualidad pero también con las transformaciones políticas y culturales del papel desempeñado por la mujer en la sociedad europea, analizado detalladamente en el capítulo ix,"1908: Señoras de armas tomar".

El desarrollo en la escena europea de visiones alternativas sobre la vida y el futuro de la sociedad es el tema estudiado en el capítulo viii. En primer lugar, Blom se centra en las primeras manifestaciones del movimiento pacifista, articulado en torno de la baronesa Bertha von Suttner y de Alfred Nobel, como una manera alternativa de imaginar a la sociedad frente al militarismo y al culto de la masculinidad agresiva. Junto al pacifismo emergen un gran número de movimientos subversivos nucleados tras nuevos profetas y visionarios, desde Lev Tolstoi hasta Gusto Gräser, pasando por la bohemia alemana del barrio Schwabing de Munich. Estos nuevos cultos a la vida, basados en la idea de fundar una auténtica comunidad de almas libres y no sujetas a las reglas, fascinaron a artistas alemanes como Gustav Mahler y Stefan George, aunque también están en la base de otros movimientos, como el sionismo espiritual de Martin Buber y la antroposofía sistematizada por Rudolf Steiner.
El 25 de julio de 1909, el ingeniero francés Louis Blériot cruzó por primera vez el Canal de la Mancha a bordo de un minúsculo aeroplano, lo que constituyó una verdadera sensación en la época: un hecho que permite a Blom adentrarse en la "fiebre por la velocidad" y el culto a las máquinas rápidas analizadas en el capítulo x. En una sola generación la velocidad se apoderó de la vida cotidiana de las grandes metrópolis europeas, transformando las comunicaciones, las publicaciones periódicas, los transportes urbanos y la organización capitalista del trabajo. La técnica y la velocidad transformaron también los entretenimientos urbanos: el aristocrático consumo del turf dejaba paso a los pilotos de carreras y a los ciclistas convertidos en verdaderos héroes populares. Sin embargo, en ningún ámbito de la técnica esa locura por la velocidad se hizo más patente que en el cine, cuyo desarrollo junto al consumo cultural de masas es examinado en el capítulo xii, "Palacios del Pueblo". Luego de estudiar la influencia de este dinamismo en la literatura y en las artes plásticas del período Blom se detiene en estudiar cómo esa creciente velocidad de la vida cotidiana, de las noticias y del trabajo desencadenó una verdadera epidemia sobre telefonistas, obreros fabriles, jefes de Estado y profesores universitarios, un agotamiento nervioso que el médico norteamericano George Miller Beard denominó "neurastenia", desatando un debate cuyas principales características se encuentran brillantemente condensadas en La montañamágica de Thomas Mann.

El capítulo xiii reconstruye los principales lineamientos del pensamiento eugenésico y su influencia no sólo en los círculos académicos sino también en los políticos conservadores y socialistas. La eugenesia parecía ofrecer una solución a los temores suscitados por las cuestiones sociales que ya hemos señalado (disminución de la tasa de natalidad, el nuevo papel de la mujer, la neurastenia, la decadencia, etc.) y de allí su rápida y extensa difusión en Europa y en los Estados Unidos.
Los dos últimos capítulos del libro se adentran en los márgenes de esa humanidad civilizada, el mundo de la locura y del crimen como amenazas a la validez y la imagen que la civilización occidental racional construía de sí misma. Pues paralelamente al fenómeno de la neurastenia, los crímenes violentos se convirtieron en una de las principales preocupaciones de la imaginación popular. Aunque es cierto que se registró un leve aumento de la violencia urbana, esa preocupación se debía en gran parte a la atención privilegiada que le otorgaban los periódicos al crimen y a la violencia. El autor plantea que a diferencia de la profusa representación de la locura en el siglo xix su impacto en el mundo artístico de comienzos del siglo xx es más bien escaso, con excepción de la literatura científica de corte lombrosiano y, sobre todo, en una rama específica de la ficción popular: las historias de detectives, que vendían miles de ejemplares aun luego de haber aparecido por entregas en periódicos y revistas de gran tirada. Es esta fascinación por los crímenes escandalosos lo que, según Blom, explica que hacia fines julio de 1914, cuando los indicios de una posible conflagración de grandes dimensiones eran ya evidentes, la mayoría de la población de Francia se hallaba entretenida comentando los vericuetos del asesinato de Gaston Calmette, director del diario Le Figaro, baleado por la esposa del primer ministro Joseph Caillaux tras ventilar un asunto de faldas y amoríos extramatrimoniales.
Sin dudas, estamos ante un libro erudito y basado en un extenso trabajo de investigación que logra enhebrar con sutileza
los acontecimientos de la política con el ámbito de la cultura y la vida cotidiana. Sin embargo, la obra de Philipp Blom pierde en profundidad analítica lo que gana en extensión, y no logra escapar a una perspectiva generalizante de corte manualístico, cuyo tono se hace más notorio por su estructura demasiado estanca y por la opción por una escritura amena no signada por las citas al pie. Aun así, y más allá de estas cuestiones, Años de vértigo consigue dar una visión de conjunto de esos años vertiginosos que marcaron los sueños y las pesadillas del siglo xx, y constituye una guía útil y atractiva para adentrarse en ellos.

Emiliano Gastón Sánchez

UNTREF / CONICET