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Prismas

versión On-line ISSN 1852-0499

Prismas vol.15 no.1 Bernal ene./jun. 2011

 

RESEÑAS

Alejandra Mailhe (comp.), Pensar al otro/pensar la nación. Intelectuales y cultura popular en Argentina y América Latina, La Plata, Ediciones Al Margen, 2010, 328 páginas

 

Desde el sugerente título, el libro da muestras del interés por plantearse un tema que implica necesariamente un cuestionamiento de la identidad que actúa en dos vías que, lejos de ser independientes, se entrecruzan hasta confundirse. Al intentar responder la cuestión identitaria del quiénes somos se ha llegado a una reflexión sobre la otredad y el papel que juega en la construcción de las naciones independientes. Valga el recuerdo de la Carta de Jamaica escrita por Simón Bolívar al calor de los movimientos independientes para pensar en la dificultad de separar esta dualidad. Así, la reiteración de la pregunta a través del tiempo generó una tradición en la ensayística regional que animó a diversos personajes a formular nuevas respuestas.
Como se ha señalado en otros trabajos, los intelectuales se posicionaron desde el lugar de los salvaguardas de la Nación (país/continente), al intervenir en lo social desde una crítica de ideas en un intento por resolver lo que se entendía por ésta. En la búsqueda de la delimitación de sus contornos y sentidos, reflexionaron sobre la alteridad dentro de la Nación (entendida por algunos sólo como un país y por otros como toda América Latina). Aunque las formas con que estos mecanismos se ponen en juego son diversas, mantienen un factor común, por el cual se traslada al plano de la identidad la metáfora del espejo (planteada por Morse), en la que el anverso y el reverso suelen trasponerse siguiendo las necesidades del observador.
Por ello no es casual encontrar al comienzo del libro una cita al uruguayo José E. Rodó, utilizada para finalizar su conocido libro -Ariel-, donde se evoca a la muchedumbre cual rebaño humano que pasa indiferente, oscura, sin mirar al cielo para ver cómo desciende de lo alto el movimiento de las manos de un sembrador. La metáfora transmite las contradicciones de aquella voz paternalista y magisterial en la que se ubicaron los intelectuales en un intento por elevar la conciencia del pueblo, en una búsqueda por acercar a las elites letradas (democráticas) a los grupos marginales.
Centrado en las "alteridades sociales múltiples", grupo en el que se incluyen negros, indígenas, mestizos, mulatos y blancos (unidos por la marginalidad y la pobreza), el libro se propone analizar la mirada de algunos intelectuales latinoamericanos del siglo xx que manifestaron interés por redefinir el valor de las culturas populares: Manuel Ugarte, Bernardo Kordon, Carlos Astrada, Luis Juan Guerrero, Rodolfo Agoglia, Ezequiel Martínez Estrada, Héctor Agosti, Amaro Villanueva (Argentina), Francisco García Calderón, Luis Valcárcel (Perú), Manuel Oliveira Lima y Roger Bastide (Brasil).
Este corpus de autores sirve para realizar un doble movimiento de interpretación. En el primero, el dilema se encuentra entre la imagen del yo (elite cultural) a través del otro (marginal). La evaluación de las culturas populares implica para las elites intelectuales el deseo de incluirlas en la Nación, y para ello, como para todo acto de saber, se requiere "aprender" esa otredad social. Sin embargo, la imagen que se refleja en ese juego de espejo no es -tan sólo- la de la diferencia, sino también una recuperación de su propia representación. En este punto surgen gran número de interrogantes al intentar definir las operaciones que se despliegan en esta creación de la cultura popular como fundamento de identidad (regional/nacional/continental). Como atinadamente se señala, esta articulación debe ser contrapuesta con otros dualismos claves -tan reutilizados en el pensamiento latinoamericano- como el de civilización/barbarie y, con ello, replantearse la filiación de los discursos del siglo xx con aquellos anteriores a los que aparentemente se había superado.
El segundo movimiento de interpretación lo encontramos en la preocupación por encontrar las filiaciones, los diálogos y las polémicas de estos intelectuales dentro de la esfera específica de la cultura en cada contexto nacional, como lo son los diversos discursos populistas y las distintas experiencias protopopulistas que intentaron llevarlos a la práctica. Al situarse dentro del campo intelectual, la dinámica de autolegitimación se realiza entre productores culturales para dar cuenta de su papel principalmente como mediadores políticos y profesionales de las ciencias sociales. Atravesado por tensiones políticas y culturales, debe prestar atención a los contextos socioculturales y políticos diversos, para entender las modulaciones que adquiere la ideología del mestizaje (racial y/o cultural). En este punto adquieren relevancia las filiaciones que trazan de una u otra forma los intelectuales con sus contemporáneos y la tradición decimonónica, así como la definición del campo disciplinar como tarea propia del intelectual respecto al campo político.
Para dar respuesta a estos interrogantes la antología reúne a diez investigadores provenientes de la sociología, la literatura, la historia y la filosofía, reunidos con el fin de estudiar algunos jalones de la historia de las ideas del siglo xx a través de nuevas fuentes documentales o de reinterpretaciones sobre otras ya conocidas. Tomando la práctica de la Historia Intelectual para analizar la riqueza de los discursos sin perder de vista el itinerario de los autores, se atiende a dos ideas clave de Raymond Williams: la de la coexistencia de significados, valores y prácticas dominantes, residuales y emergentes que ayudan a pensar el sentido que adquiere la tradición, así como los ideologemas como puntos de articulación entre representación individual e ideología colectiva, útil para entender el imaginario de las clases dirigentes hacia los sectores populares.
Dividido en cinco partes que conjugan un orden temporal y temático, el libro abarca el itinerario intelectual que transcurre entre el positivismo de principios del siglo xx y la tradición discursiva de la década de 1960, enfocándose en tres períodos: entre comienzos del siglo xx y la década de 1910, las décadas de 1920 y 1930 y las de 1940 a 1960. Esto implica ir del ensayismo que transcurre entre el espiritualismo arielista al positivismo hegemónico, para transformarse en la siguiente década en el nuevo vínculo orgánico del intelectual con los sectores populares y terminar con la irrupción de nuevas experiencias políticas y culturales populistas.
La primera parte se compone de dos ensayos teóricos que buscan mostrar la ambivalencia que puede encontrarse en algunos ensayistas del Perú y la Argentina durante la transición entre el positivismo y el culturalismo en las primeras décadas del siglo xx. Margarita Merbilháa abre el debate al contrastar los ensayos del argentino Manuel Ugarte y el peruano Francisco García Calderón, partiendo de que ambos retoman la tradición del discurso de la identidad americana (heredado de José Martí) desde una matriz cientificista, inspirados en la antropología leboniana de las razas, para estudiar problemas de las sociedades hispanoamericanas contemporáneas. En ambos distingue la autora una segunda fuente de interpretación, la del espiritualismo que criticaba al positivismo en el caso de García Calderón, y la del socialismo reformista en el caso de Ugarte.
Martín Castilla, por su parte, analiza la concepción del indígena del peruano Luis Valcárcel en la obra Tempestaden los Andes, buscando continuidad y rupturas entre sus representaciones y las de su contemporáneo, el peruano José Carlos Mariátegui. Así, el análisis transcurre entre aquellos aspectos compartidos de reivindicación social, racial y cultural del indio y las tensiones que aparecen en el discurso de Valcárcel, como la ambivalencia entre el deseo y el rechazo de una revolución socialista indígena. Para Castilla, esto es comprensible a partir de la reutilización de algunos mecanismos heredados de la tradición intelectual que estigmatizaba la alteridad como una fuerza irracional.
Los ensayos que componen la segunda parte del libro, a cargo de Kátia Gerbad Baggio y Adrián Celentano, se detiene en los desplazamientos -físicos y simbólicos- que implican los viajes de intelectuales, donde se entrecruza la alteridad del otro social-nacional y, simultáneamente, se despliegan estrategias para legitimarse como mediadores culturales. El primero se dedica al viaje del diplomático brasileño Manuel Oliveira Lima a la Argentina a fines de la década de 1910, estudiando cómo se constituyó su sociabilidad intelectual y las percepciones de este intelectual de la relación entre las Américas, y de qué manera estos elementos ayudan a entender su visión sobre la Argentina en el marco del imaginario modernizador de la generación del 80. En cambio, el segundo ensayo analiza la producción cultural del brasileñista argentino Bernardo Kordon tras su viaje por el Brasil, donde tomó contacto con las obras de antropólogos que acentuaron su humanismo. Sumergiéndose en la exótica alteridad de la cultura negra, los sucesivos emprendimientos culturales e incluso su visión sobre la cultura popular en la Argentina.
En la tercera parte del desarrollo, las interpretaciones recaen en los intelectualesfilósofos argentinos Carlos Astrada, Luis Juan Guerrero y Rodolfo Agoglia, quienes desde distintas perspectivas adhirieron al populismo sin abandonar el campo disciplinar que legitimaba su expresión. En relación con el primero, Donnantuoni Moratto analiza su propuesta humanista puesta al servicio de su explicación de Elmito gaucho, obra en la que se refleja una reflexión teórica que intenta explicar cómo influye en el hombre argentino la relación temporal entre mito, pampa y destino nacional. Pasando a la reflexión estética y al modo en que el filósofo busca responder por el sentido del arte, Luis Ignacio García estudia la forma en que Guerrero introduce mediaciones en su interpretación para elogiar la "pasión democratizadora de las masas" como el sujeto por excelencia. Para finalizar esta sección, Adrián Ércoli aborda el concepto de cultura nacional en la obra del filósofo Agoglia, el cual se encuentra en diálogo con la perspectiva de Astrada y con sus propias preocupaciones por el nacionalismo y el latinoamericanismo.
Continuando con esta preocupación intelectual por lo popular nacional/continental, la cuarta parte del libro aborda la tradición discursiva sobre la cultura popular en Martínez Estrada y el comunismo argentino. Compuesta de tres artículos, los dos primeros redactados respectivamente por Hernán Pas y Alejandra Mailhe, se dedican al análisis de Martínez Estrada. Desde distintas perspectivas, ambos convergen en detectar dentro de las continuidades y rupturas del pensamiento del intelectual argentino el significado que fueron adquiriendo las culturas populares, el mestizaje y la relación del intelectual con estos como valores construidos a partir de una permanente conflictividad. A su vez, Adriana Petra señala otra problemática relación con la alteridad, esta vez encauzada en los intelectuales comunistas argentinos -específicamente en Héctor Agosti y Amaro Villanueva-, en busca de establecer qué papel ocupó, y cómo fue justificada, la literatura gauchesca como expresión de lo nacional en el espacio cultural comunista.
Por último, el trabajo realizado por la compiladora sobre Roger Bastide en el Brasil abre una nueva puerta para pensar la construcción histórica de una disciplina como la antropología. Aunque no se plantea como una conclusión general del libro, encontramos en ella una reflexión teórica que remite a las preguntas iniciales que guiaron el trabajo colectivo, como las que apuntan a la "desarticulación del etnocentrismo letrado", la posición del intelectual como mediador y productor teórico de la cultura y la impronta de estos mecanismos -entre otros- en la emergencia de las ciencias sociales como campo específico diferenciado del político.
Resta entonces hacer algunas observaciones en relación con algunas de las posibilidades planteadas. Si bien algunos trabajos se inscriben en el marco regional latinoamericano, sería conveniente cuestionarse si las alteridades integradas al Estado/ nación se articularon con un modelo de identidad continental, o si, por el contrario, su papel como agente legitimador en el interior de cada país las hizo irreconciliables pues esto significaría un doble proceso de integración de la otredad.
Otra opción abierta a futuros estudios se encontraría al ampliar la mirada austral para contrastar con otras, igualmente americanas, que permitieran observar semejanzas y diferencias a las encontradas. Esto permitiría por ejemplo profundizar la idea planteada por la compiladora en la introducción, en relación con la búsqueda por consolidar genealogías prehispánicas legítimas en el Perú y en México, países donde las tensiones fueron resignificadas continuamente en torno a la cultura popular como parte indispensable de la identidad nacional.
Por todo esto, podemos afirmar que el libro es innovador pues reúne interpretaciones que participan de un debate abierto a nuevos estudios que atraviesan varios campos disciplinares que preocupan por igual a investigadores y a estudiantes de la historia cultural e intelectual latinoamericana.

Alexandra Pita González

Universidad de Colima