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Prismas

versión On-line ISSN 1852-0499

Prismas vol.15 no.1 Bernal ene./jun. 2011

 

RESEÑAS

Graciela Silvestri El lugar común. Una historia de las figuras de paisaje en el Río de la Plata Buenos Aires, Edhasa, 2011, 412 páginas

 

Graciela Silvestri interroga al paisaje estético, que es a la vez moral, científico, técnico, social y político. A través de una sofisticada bibliografía inglesa y norteamericana, articula temas e hipótesis que tienen la particularidad de ofrecer lo nuevo y al mismo tiempo ratificar la permanente interlocución que esa novedad establece con lo ya existente. Su proyecto intelectual consiste en estudiar las formas en que se construyó la identidad de la nación argentina, privilegiando las imágenes que representaron en distinto formato y con propósitos particulares el territorio físico argentino. La primera operación de Silvestri es pues, de acuerdo con este propósito, revisar el carácter "meramente ilustrativo" que el mundo de las imágenes del paisaje en el Río de la Plata ha tenido hasta hace pocos años. El paisaje, en tanto figura, en la concepción de Auerbach, permite concebir las imágenes como algo que se percibe pero también que se fabrica e involucra habilidades técnicas, sentimientos, eficacia, belleza, poesía y retórica. Munida de estos y otros recursos, Silvestri se adentra en "el país de todos los paisajes y todos los climas". Estudiará mapas y paisajes para pensar identidad, radicación, nación o patria. Someterá la trama del paisaje -que reúne poder y representación- a una meticulosidad quirúrgica y arborescente, porque éste no se puede estudiar con la misma sucesión con la que se estudian, por ejemplo, los acontecimientos. Silvestri sabe enseñar que el paisaje tiene otras elocuencias, vinculadas a tempos y cadencias que son y no son naturales, técnicos, políticos. Así es que analiza el gusto: un clima de sensibilidad. En su Ensayo sobre el gusto, Monstesquieu escribe: "Es bueno conocer el origen de los placeres, de los que el gusto viene a ser la medida, el conocimiento de los placeres naturales y adquiridos habrá de servirnos para rectificar nuestro gusto natural y nuestro gusto adquirido. Es preciso partir del estado en el que se encuentra nuestro ser, y averiguar cuáles son sus placeres, para llegar a medirlos, y a veces incluso a sentirlos". Con esta última apreciación casi irónica del filósofo francés, podemos pensar la clave del riguroso trabajo de Silvestri: un estudio que, de pluma por momentos escéptica, permite pensar el lugar común en las figuras de paisaje como un espacio que cifra el sentido dominante para defenderlo pero también para denunciarlo.
El Río de la Plata se presenta como una zona dominada por la cultura textual por sobre la icónica, lo que no impide que sobre ambas se pueda pensar lo bello, lo pintoresco y lo sublime. En esta última categoría es donde Silvestri se detiene para pensar la llanura, el gran paisaje nacional: la pampa y sus versiones arcaicas, nacionalistas, modernistas, vanguardistas, y para pensar también, por agregación, la ciudad y su arquitectura.
Las Cataratas del Iguazú y el lago Nahuel Huapi, por separarse de las formas de construcción del paisaje pampeano, interesan a la autora, pues resultan una versión clásica de lo sublime para representar la patria, así como también la representan la Patagonia y la Antártida.
En capítulo i insiste Silvestri en el predominio de las palabras y en la ausencia de imágenes del siglo xvi rioplatense ¿Qué es la belleza natural y en qué términos se habla de ella en los siglos xviii o xxi? La autora estudia las estampas de Emeric Essex Vidal y de Ferdinando Brambilla, las vistas de Carlos Pellegrini, los dibujos de Rugendas. En ellos, ciencia, topografía, arte representan un entramado polémico y productivo que deviene en las estupendas páginas sobre Humboldt y su ciclópea obra. En el mundo de la conquista se relacionan arte y ciencia, por eso conviven anteojos, cronómetros, escalas y microscopios con una cajita de pinturas que, en clave humboldtiana, nos hace notar Silvestri, remiten al "tratamiento estético de los sujetos de la historia natural". El análisis se enriquece con la referencia a Woodbine Parish y
su cartografía española sobre el
Río de la Plata en la segunda
mitad del siglo xviii. La cartografía va resultando así una misión patriótica porque potencia la nación moderna y el carácter de un pueblo. Resulta particularmente útil la consideración de que esos mapas configuran una cartografía de mar sin mayores precisiones terrestres, cuyo correlato está, ya avanzado el siglo xix, en la tarea de los agrimensores que detallaron el modo como debía medirse la tierra después de la Conquista del Desierto y propusieron áreas cuadradas subdivididas en fracciones, sin tener en cuenta lomas calcáreas, rastrilladas, lagunas, caminos indios. Errores y problemas que se desprenden de esta idea explican que los terrenos de la patria pueden ser ordenados, pero no pueden ser aún conocidos. El trabajo de los ingenieros (aquellos sujetos para quienes conocer tiene sentido sólo si se va a transformar) incorporados al Ejército muestra limitaciones importantes y al mismo tiempo increíbles soluciones que parecen calcadas de una novela de Julio Verne, tales como el empleo de globos aerostáticos para observar las líneas enemigas en la Guerra del Paraguay.
El rol del Ejército merecería un capítulo aparte porque siendo el espacio de desarrollo de saberes científicos y técnicos, al mismo tiempo rechazó y fue refractario a las novedades modernizadoras en pos de un patriotismo de los cuerpos hidalgos y de sempiternos sentimientos de heroicidad.
En el capítulo ii, Silvestri analiza la categoría de lo pintoresco o su versión traducida como "color local". Sarmiento es trabajado abundantemente en una síntesis útil. Lo pintoresco como útil, lo pintoresco como una categoría que habilita la ensoñación tecnológica y modernizadora, la pampa húmeda como un espacio arcádico para los ingleses y la pampa "en sede literaria", en el decir de la investigadora, a saber: la pampa con gaucho, le permiten analizar el paisaje pampeano en el canon literario nacional. El trabajo de Silvestri se vuelve particularmente apasionante cuando describe álbumes de postales de principios de siglo xx, reproducciones litográficas, paisajes urbanos y naturales, europeos y sudamericanos que remiten al hobby de la colección postal, aunque resultan, como es de esperar, un repertorio vetusto en relación con las nacientes vanguardias que inmediatamente después se van a disparar con la figuración abstracta.
En el capítulo iii, trabaja Silvestri la categoría de lo sublime e indaga en la representación modernista de la pampa. Big sloth, geologías, sonoridades metafísicas, imaginarios fabulosos escenifican un pasado remoto en Güiraldes y Lugones, pero también en Stuart Pennington y en Hudson, el ecologista avant la lettre. Al mismo tiempo, la ciudad consolida una arquitectura de lo sublime pampeano, vista a través del monóculo. En este capítulo resulta fascinante la descripción de la arquitectura de Amancio Williams y su proyección espiritualizadora-futurista. Más adelante, la referencia a la geografía como disciplina nos recuerda la necesidad de una reflexión conceptual y sustantiva sobre las profesiones en la Argentina y sobre su despliegue institucional.
La obra de investigación de Silvestri también puede leerse en otras de sus páginas: Elumbral de la metrópolis (1993), junto con Jorge Liernur, Elpaisaje en el arte y las cienciashumanas (1994), y El paisajecomo cifra de armonía (2001), ambos con Fernando Aliata, así como en El color del río.Historia cultural del paisaje delRiachuelo (2003). Sin embargo, El lugar común. Una historiade las figuras de paisaje en elRío de la Plata continúa y expande las indagaciones anteriores y es, a la vez, un manual de sorpresas, porque al analizar una tópica de formas estereotipadas, temas consagrados, enunciaciones convencionales, Graciela Silvestri nos recuerda que allí hay argumentos sobre nuestra vida, sobre la vida del mundo, sobre el cuerpo de la patria, sobre lo sucedido.

Claudia Torre

UDESA