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Prismas

versión On-line ISSN 1852-0499

Prismas vol.15 no.1 Bernal ene./jun. 2011

 

RESEÑAS

Olga Echeverría, Las voces del miedo: los intelectuales autoritarios argentinos en las primeras décadas del siglo XX, Rosario, Prohistoria Ediciones, 2009, 284 páginas

 

Desde diferentes perspectivas, el problema de la formación de la tradición política e intelectual del nacionalismo argentino ha sido revisitado con notable frecuencia en los últimos años por la historiografía. En esa línea de estudios dedicados a explorar el sinuoso derrotero ideológico de la derecha en la Argentina, Olga Echeverría propone una indagación intensiva sobre un conjunto de intelectuales de manifiesta vocación autoritaria y antiliberal entre los inicios del siglo xx y fines de la década de 1930, operando en un doble desplazamiento teóricometodológico respecto de las investigaciones precedentes: en primer lugar, Echeverría entiende que la especificidad del fenómeno analizado precisa de un recorte temporal ajustado a las dinámicas propias de "un determinado grupo de escritores [que] expresó una voluntad autoritaria que buscaba respuestas contundentes a sus incertidumbres, angustias y frustraciones [...]" (p. 11), sin proyectar allí los orígenes del peronismo o de otras variantes del nacionalismo, lo cual llevaría "a perder de vista la dimensión específica de esa identidad autoritaria [...]" (p. 23); en segundo lugar, la principal atención que reciben las figuras seleccionadas, visible tanto en las pormenorizadas reconstrucciones de las respectivas trayectorias sociales como también a partir del cuidado prestado a la lógica de funcionamiento grupal, pretende insertar las prácticas de sociabilidad intelectual y política en marcos referenciales que den cuenta de las contradicciones y las contingencias propias de un conjunto de agentes de inestable grado de cohesión interna.
La opción de Echeverría por concentrarse en la "cuestión intelectual" para explicar las derivas de la construcción de una "identidad autoritaria" que aglutinaría a un grupo de escritores y pensadores de variable visibilidad en el espacio público implica un recorte sobre el universo de análisis que la propia autora fundamenta tanto a partir de las figuras seleccionadas como de la cronología propuesta. En primer lugar, el interés por dicho grupo, cuyos imprecisos límites Echeverría se encarga de evidenciar a lo largo del libro, radica en las variadas formas de sus desplazamientos en el campo intelectual argentino, desde tempranas posiciones cercanas a la más fuerte tradición liberal en el giro de siglo hasta ocupar, primero, la vanguardia del pensamiento antidemocrático a lo largo de la década de los veinte y, tras desilusionarse con la experiencia del uriburismo, revisar su postura respecto del radicalismo y de los sectores populares, avanzada la década de 1930. Producto del desencanto con un escenario político y social estimado nefasto para el país, los interrogantes a las más inmediatas incertidumbres de ese colectivo intelectual de corte autoritario encontraron su respuesta en el combate contra el sufragio universal y en la difamación del liberalismo, solución menos fundamentalista y más contingente de lo que los analistas han precisado hasta el momento. Leopoldo Lugones, Carlos Ibarguren, Manuel Gálvez, Julio y Rodolfo Irazusta, Ernesto Palacio o Gustavo Franceschi son presentados por Echeverría, entonces, como interlocutores de debates políticos e intelectuales de diversa trascendencia cuyos horizontes antiliberales serán igualmente su marca primordial.
Los primeros cuatro capítulos del libro se articulan en torno a las diversas torsiones del pensamiento autoritario entre el "momento del centenario" y el golpe de Estado de 1930. La experiencia trastocada, tal el nombre de esta sección, no es otra que la vivida por un grupo de intelectuales frente a una democracia que no colmará ni sus expectativas respecto de una cultura política que exaspera las moralidades de base verticalistas que éstos asumen, ni sus ansiedades ante esa misma tradición liberal que, aunque deslegitimada, persiste como horizonte. Lugones, figura aglutinante de los sectores nacionalistas, volcado definitivamente a posiciones autoritarias una vez iniciada la
Gran Guerra y comprobada la inexorable "crisis de Occidente", sería la figura más expectable entre quienes, como él, reclamaban una solución militar al supuesto "desborde democrático" y contra el cual no dudará en reconvertir su primeraépica, relato de la epopeya nacional heredero del proyecto aún liberal del Centenario,1 en una apología de los regímenes autoritarios. Para Echeverría, esa inclinación poética de Lugones no ocultaría su voluntad de constituirse en portavoz de un conjunto de escritores enemigos del pensamiento liberal pero, a su vez, acceder a una posición social que su capital cultural legitima tanto más que sus humildes orígenes familiares. En contraposición a la suerte de Lugones, Echeverría presenta a la prototípica figura de Carlos Ibarguren, rescatando su menos conocida participación en los ámbitos académicos porteños de inicios de la década de 1910 y su acercamiento al reformismo social de Indalecio Gómez. La frustrada apuesta de Ibarguren por insertarse en los círculos de la elite política nacional a través de su compromiso activo en la organización de una alianza del conservadurismo con Lisandro De la Torre revela, en el análisis de Echeverría, la inoperancia que la democracia de masas aguardaba para las expectativas de ese vástago de una familia patricia salteña, cuyo antiguo linaje entiende como suficiente para legitimar sus ataques contra los defensores de una política de nuevo cuño. Así, Ibarguren, nostálgico representante de ese mundo que la conflagración mundial venía a derrumbar, no dudará en activar sus redes familiares de contacto para renovar sus aspiraciones a integrar ese selecto grupo dirigente de la nación que, como lo pregonaba Lugones, debía reemplazar a los "internacionalistas plutocráticos" (pp. 91-93).
Como colofón de ambas entradas biográficas, Echeverría conjuga la dispar suerte de Lugones e Ibarguren a lo largo de la década de 1930 en una sutil organización que ilumina, de manera productiva, un campo intelectual que, ante la tormenta del mundo que se avecinaba, cobrará una inusitada inestabilidad.2 La necesidad de una "reconstrucción antidemocrática" del país será, en términos de los intelectuales autoritarios, la bandera que levantarán contra una tradición liberal esquiva a desfallecer por completo ante los ensayos corporativistas que, sin embargo, tendrían un alcance más bien magro. Echeverría señala, con acierto, que las posiciones ocupadas y las representaciones que dichos escritores y pensadores contribuyeron a difundir en el espacio social tuvieron escaso impacto pese a su inicial potencia, dado que, si bien muchos de estos actores ocuparon lugares dominantes en el medio cultural nacional, la efímera experiencia del uriburismo no guardó la reciprocidad esperada ante los "hombres de ideas", quienes, como Lugones o Ibarguren, anhelaban conducir dicha reconversión hacia una solución cercana al fascismo. Luego de un pormenorizado análisis de la perspectiva "lugoniana" respecto de la soberanía popular, la autora se detiene en los veinte años que separan a La literatura y la Gran Guerra de La inquietud de esta hora, los cuales son recuperados para presentar la imagen de un Ibarguren cuyas contradicciones teóricas respecto de la solución al "caos social y la corrupción política", se entremezclaban con una lenta maduración del rol que les cabía a las organizaciones paraestatales para combatir al liberalismo, a partir de las exploraciones que, desde los tempranos años veinte, dedicó a la interpretación del régimen rosista (pp. 183-191).
Echeverría completa el cuadro de los promotores del pensamiento autoritario en la Argentina mediante la reconstrucción de las variables intervenciones que los intelectuales católicos realizaron en la arena pública, desde posiciones tan dispares como las de Manuel Gálvez o Juan E. Carulla. Como acepta la autora,"[...] el paraguas del catolicismo fue sumamente amplio y permitió que se guarnecieran diferentes individualidades y grupos intelectuales de diferentes formaciones y aspiraciones" (p. 101), y es precisamente esa heterogeneidad la que lleva a Echeverría a optar por concentrarse en dos empresas culturales como La Nueva República y Criterio, fenómenos que ilustran las conflictivas relaciones entre una jerarquía eclesiástica celosa de ciertos espacios que pretende bajo su exclusivo control y las demandas de un laicado cada vez más activo. Los "maurrasianos argentinos" encontraron en el proyecto editorial de la Iglesia católica un nicho desde el cual construyeron una más que estimable posición en el espacio cultural de fines de los veinte, pero cuya cadencia estaba, según Echeverría, menos anclada en un proyecto consolidado y autonómico que en los intempestivos ritmos de la agitada coyuntura política (p. 114). La primera etapa de Criterio, bajo la dirección de Dell'Oro Maini, retomaría la línea del tomismo elitista de los Cursos de Cultura Católica para fundamentar sus posiciones antiliberales y antimodernas, en línea con "el creciente esfuerzo de la Iglesia por constituirse en un actor político autónomo" (p. 126). Ante esa posición, los"neo-republicanos" no vacilaron en ofrecer la alternativa de un nuevo orden para la política argentina, donde la unidad entre Iglesia y Estado, sería la "garantía de la civilización" (p. 144). La disciplina moral de la religión sumada a la fuerza del aparato estatal supondría la combinación necesaria para derrotar a esos enemigos que, desde las páginas de La Nueva República, Rodolfo Irazusta llamaba a eliminar.

El fracaso de las expectativas que los miembros de La Nueva República y de Criterio habían depositado en el proyecto uriburista es analizado por Echeverría en los dos capítulos que cierran el libro. En el primer caso, la frustración ocasionada por el rápido declive del proyecto corporativista abrirá nuevos caminos para Irazusta y Palacio, que, lejos de asumirse dogmáticos respecto de sus principios, operaron una readecuación no menos veloz de sus apuestas políticas frente al descalabro de un régimen que, diagnosticaban, había perdido el rumbo de la "verdadera revolución", de la cual se autoasumían sus legítimos custodios. Echeverría plantea aquí que, entre la visible ruptura de los hermanos Irazusta con el uriburismo y la publicación de La Argentina y el Imperialismo Británico en 1934, la reconsideración del pueblo como actor político fundamental estaría asociada a un giro producto de las propias vicisitudes del país, que demostraban a los neorrepublicanos que su elitismo hermético era, cuanto menos, anacrónico. La crítica a los políticos profesionales y a la elite económica argentina en clave de relación colonial acercó a los propios hermanos Irazusta y a Palacio a reconsiderar un vínculo con el radicalismo. Contrariamente, la posición deCriterio será mucho más orgánica respecto de la voluntad de la Iglesia católica de renunciar a organizar un partido político confesional y conseguir anudar proyectos con los futuros gobernantes. Esa propia labilidad con que Criterio apoyó la presidencia de Justo sería una marca indeleble de su posición política, más aun cuando Franceschi declare que un gobierno de base popular pero bajo el control paternalista y autoritario del gobierno era la salida más decorosa al problema de la democracia (p. 246). El proyecto de la nación católica, afirma Echeverría, se construyó en la correlación de fuerzas que con base en la religión el propio autoritarismo propuso ante la amenaza de la izquierda pero, al mismo tiempo, ante el crecimiento de un nacionalismo popular que a mediados de la década de 1930 no se presentaba tan beneficioso a la mirada de Franceschi.
Como desprendimiento de una tesis de doctorado dirigida por Susana Bianchi, Las voces del miedo funda su principal aporte en ofrecer una lúcida reflexión sobre los vaivenes políticos y las variantes ideológicas de un grupo de intelectuales cuyo eje de articulación, sostendrá Echeverría, debe buscarse en su común inclinación antidemocrática. El esfuerzo dispuesto en este libro por pensar a estas figuras como parte de un colectivo en constante redefinición y menos como individuos atomizados aparece a la vez como un recurso tan sugerente como de compleja ejecución, especialmente cuando los derroteros de los biografiados y su producción intelectual es tan voluminosa como heterogénea. No huelga señalar la ausencia de un apartado bibliográfico en el libro, tan útil para los lectores avezados como para quienes busquen profundizar en algún apartado en especial. Igualmente, Las voces del miedo cumple satisfactoria y sobradamente el principal objetivo que se propone: con una organización ágil y un fuerte trabajo documental, arrojar luz sobre una zona de la investigación histórica que aún aguarda renovadas preguntas.

Ezequiel Grisendi

UNC / CONICET

Nota

1 María Teresa Gramuglio, "La primera épica de Lugones", Prismas. Revista de Historia intelectual, Nº 1, 1997.         [ Links ]

2 Tulio Halperin Donghi, La Argentina y la tormenta del mundo. Ideas e ideologías entre 1930 y 1945, Buenos Aires, Siglo XXI, 2003, pp. 33-45.         [ Links ]