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Prismas

versión On-line ISSN 1852-0499

Prismas vol.15 no.1 Bernal ene./jun. 2011

 

RESEÑAS

Omar Acha, Historia crítica de la historiografía argentina, vol. 1: Las izquierdas en el siglo XX, Buenos Aires, Prometeo Libros, 2009, 383 páginas

 

En su Historia crítica de la historiografía argentina Omar Acha se propone trazar un mapa del campo historiográfico en el que se articulen las diferentes zonas, o diferentes maneras de interpretar el pasado, que han dado forma a la imaginación histórica argentina. Las izquierdas en el siglo XX es el primer volumen de un plan de obra que incluye también Las historias hegemónicas y los revisionismos (1858-2010), y La nueva historia en Argentina y América Latina. En este primer volumen se aborda un objeto de estudio vasto y por momentos difícil de aprehender. Vasto, en tanto que la cultura de izquierda ha sido caudalosamente letrada, y por eso debe destacarse que el autor maneja un corpus bibliográfico de fuentes que no se restringe a las obras historiográficas, sino que también incluye otras producciones intelectuales referidas al pasado, tales como el ensayo de interpretación nacional, biografías, memorias, obras cercanas a la literatura, etc., que fueron significativas en la conformación de la imaginación histórica local. A esto se añade la dificultad de la extensa periodización abordada: desde los orígenes de cada una de las tradiciones de izquierda hasta su actualidad.
Asimismo, la historiografía de izquierdas es un objeto de estudio difícil de aprehender pues estos textos sobre el pasado tenían el objetivo explícito de funcionar como herramientas argumentales de posicionamientos políticos. Y por lo tanto, a la hora de analizar tópicos como la Revolución de Mayo, el fenómeno del caudillismo, las montoneras, la definición sobre el carácter feudal o capitalista de la economía argentina, etc., fueron inevitables las tensiones o los virajes argumentativos. En tanto que la indagación histórica fue una vía para la comprensión política y para establecer las consecuentes prácticas que posibilitarían la transformación de esa sociedad, las diferentes coyunturas políticas alteraron los posicionamientos respecto de algunos temas y tradiciones intelectuales. La relación "dramática" entre historia y deseo político, esa encrucijada entre pasado y futuro, resulta una dimensión fundamental para comprender la especificidad de la historiografía de izquierdas. Dimensión que cruza y tensiona a las seis corrientes ideológicas analizadas por Acha.
A lo largo de sus ocho capítulos el libro indaga sobre la relación de las tradiciones políticas de izquierda con los relatos historiográficos que ellas produjeron: socialismo, anarquismo, comunismo, izquierda nacional, trotskismo y peronismo de izquierda. Además, dos sujetos merecieron capítulos aparte: José Ingenieros y Osvaldo Bayer. El autor buscó recorrer las distintas zonas de las izquierdas, con sus discusiones y coincidencias, usando como hilo conductor las nociones de nación y progreso. El libro comienza por el socialismo, donde Juan B. Justo y Germán Avé Lallemant introdujeron las primeras apreciaciones históricas, en las que adoptaron una postura sobre el progreso vinculada al evolucionismo positivista, con una consecuente mirada despectiva a las culturas consideradas atrasadas. En relación con el tópico de la nación, el autor distingue dos líneas interpretativas que se expresaron igualmente a través del periódico La Vanguardia: la línea cosmopolita de Justo y Nicolás Repetto, y una línea más cercana a las preocupaciones por lo nacional de Manuel Ugarte, Alfredo Palacios y Antonio de Tomaso. Para este último grupo no existía incompatibilidad entre internacionalismo y "sano sentimiento de nacionalidad" (p. 37), por lo que el autor considera que debe descartarse que el cosmopolitismo y el antipatriotismo fueran las marcas ideológicas del socialismo. A partir de 1930 con Jacinto Oddone la historia nacional comenzó a ser un insumo para el pensamiento y la acción socialista. Pero fue José Luis Romero quien construyó una perspectiva histórica socialista sólida, que impugnó la vigencia de la dicotomía sarmientina de civilización y barbarie y el economicismo alberdiano, separándose de Américo Ghioldi, cuyo análisis histórico se redujo a la ideología (p. 54). Por su vinculación con el Club de Cultura Socialista, los últimos textos de José Aricó, Juan Carlos Portantiero y Oscar Terán son analizados como parte de esta tradición socialista, si bien establecen con ésta una relación laxa. En el caso de Aricó y Portantiero, observa Acha que la formulación del concepto de "movilidad social de una sociedad en modernización" los condujo a una licuación de los conflictos de clase como eje de cambio (p. 66). El autor concluye señalando que en la actualidad la tradición historiográfica socialista se refugia en el sistema universitario a través de "una historia de los intelectuales a veces articulada con la historia social" (p. 67).

Un capítulo aparte se dedica a la figura de Ingenieros, quien si bien se alejó tempranamente del Partido Socialista, fue el primer acuñador de un relato histórico en la izquierda argentina. Su obra histórica se embebió de concepciones biologicistas, evolucionistas y economicistas, otorgándole a la acción de las elites ilustradas el rol de motor del progreso. El progreso se produciría por medio de un cambio gradual, y serían las elites ilustradas y no los caudillos retrógrados y las masas las que impondrían las ideas emancipadoras por sobre las reaccionarias. Si bien en sus últimos años, luego de la Revolución Rusa, se produjo un cambio en las posiciones y en las acciones de Ingenieros, que se manifestó en una cantidad de textos y proyectos intelectuales destinados a la juventud, la matriz central de su pensamiento fue elitista y defensora de un progreso evolutivo. Además de Ingenieros, y contrastando en sus ejes argumentativos centrales, la otra figura que ocupa un capítulo aparte es Bayer (cap. 8), quien formuló una historiografía "vindicadora" de los oprimidos. A raíz del análisis de sus libros Severino Di Giovanni y La Patagonia rebelde se problematiza el tópico de la violencia en la política (tópico que no es analizado en profundidad en el resto de los capítulos). Bayer resalta dentro del marco de la cultura anarquista, en la que por lo general la historia ocupó un lugar marginal. Los textos anarquistas sobre el pasado permanecieron en el plano de las intuiciones, no hubo una posición homogénea en relación con la temática de la nación y su concepción del progreso estuvo marcada por una mirada negativa y antihistoricista. Predominó la idea de que la historia debía ser vivida y no escrita, el pasado fue percibido como un espacio oscuro, una sucesión de ignominias. Y si bien la producción historiográfica se redujo a memorias e historias del propio movimiento, Acha considera que de esta tradición volátil debe rescatarse su esfuerzo por entender la historia "desde abajo", y que tiene cierta vigencia en la actualidad, como una suerte de "guerrilla historiadora" (p. 128).
En contraste con el anarquismo, Acha observa que en el comunismo sí se produjo una "historia oficial", o una mirada hegemónica sobre la historia que estuvo en concordancia con la línea de la dirigencia partidaria, y que si bien existieron también historiografías disidentes sólo conformaron líneas secundarias. De allí que la principal dificultad de la historia oficial comunista fuera la de dar cuenta de las mutaciones generadas por los cambios de línea política, pues fue en esta corriente de la izquierda donde se puso de manifiesto de manera más evidente la tensión entre los desarrollos de los intelectuales y las restricciones impuestas por las estrategias políticas. Los primeros esbozos de una historia comunista surgieron en disputa con la visión histórica socialista de Justo y fue Rodolfo Ghioldi quien se encargó de brindar las directrices ideológicas. Cuando se adoptó la línea de frentes populares antifascistas, fue Aníbal Ponce quien, retomando argumentos de Ingenieros, brindó un relato histórico alineado con las posiciones liberales. Acha se detiene en el análisis de la mirada histórica de Rodolfo Puiggrós en el momento de la revista Argumentos, que fue un tiempo de relativa autonomía. Luego de la expulsión de Puiggrós y Astesano en 1946, el lugar de autoridad en tareas históricas volvió a recaer en Rodolfo Ghioldi; fue entonces cuando Leonardo Paso comenzó a ocupar lugares en la producción de relatos históricos de divulgación (hecho que, de acuerdo con el testimonio del propio Paso en entrevista del autor en 2001, se relacionaría con la influencia del dirigente Vittorio Codovilla). Acha centra el análisis en los distintos manuales de historia que publicó el pca y también en la figura de Paso, en quien ve al mayor exponente de una historia comunista luego de 1955 (p. 179). La historiografía de Paso careció de tensiones en relación con la dirigencia partidaria, así como careció, ente otras cosas, de análisis de fuentes documentales. Las alternativas (p. 185) mencionadas por Acha -León Pomer, Julio Novayo, Héctor P. Agosti y Rubens Iscaro- si bien aportaron elementos novedosos compartieron una cualidad ideológica con el socialismo: la concepción de progreso histórico, en este caso defendiendo la versión estalinista del "etapismo". Sugiere el autor que más allá de la línea Ghioldi-Paso existieron tendencias diferentes que hablarían de cierta pluralidad de voces, pero no profundiza en ellas ya que no las considera representativas de la tradición de pensamiento analizada.
La figura representativa de la historiografía trotskista fue Milcíades Peña. También él concibió el discurso histórico como un instrumento de intervención política, y sus confrontaciones historiográficas con Nahuel Moreno se relacionaron con el posicionamiento político frente al peronismo, tal como se observa en el análisis historiográfico de Peña en relación con las montoneras, supeditado a las divergencias en torno a la estrategia del "entrismo". Peña representa para Acha a aquel que ensayó la versión más consistente y sofisticada de un análisis de clases (p. 283), quien tendió un puente con los vencidos de la historia y es en él en quien se revelarían "las promesas del estudio marxista de la historia [...] situándolo a pesar de él en el faro de la Historia" (p. 284).
El mapa que va trazando Acha encuentra algunas dificultades cuando se dispone a delinear zonas de frontera: es allí donde se producen las mayores tensiones argumentales. Al definir las especificidades de las seis tradiciones de izquierda hay hombres que se cruzan y se resisten a la clasificación, acontecimientos que producen saltos, idas y vueltas. Esto ocurre, por ejemplo, cuando se trata de distinguir entre lasúltimas dos vertientes del pensamiento de izquierda en la Argentina: la izquierda nacional y el peronismo de izquierda. De acuerdo con el autor, la izquierda nacional (Rodolfo Puiggrós y Jorge Abelardo Ramos) encontró su especificidad en la forma de vincularse con el peronismo: su apoyo al peronismo no anuló la necesidad de constituir un partido independiente que preservara el horizonte de estrategia socialista. En cambio, para el peronismo de izquierda, cuyo origen se fija en 1955, "toda exterioridad al peronismo implica una adhesión objetiva al antiperonismo" (p. 208). Esta diferencia política habría producido insistentes efectos interpretativos en los escritos históricos, en especial al analizar el tópico del caudillismo y su vínculo con las masas: la izquierda nacional consideró que eran las masas el fundamento de la acción del caudillo, mientras que el peronismo de izquierda otorgó un rol prominente al caudillo. El apoyo crítico, "desde afuera", de la izquierda nacional se diferenció -siempre en la argumentación de Acha- de la izquierda peronista (representada por las figuras de John William Cooke, Juan José Hernández Arregui, Rodolfo Ortega Peña y Eduardo Luis Duhalde), que se caracterizó por ser la única tradición de izquierda "originariamente local" (p. 303), pues el estatus del marxismo en esta tradición fue el de un "arma ideológica contra la derecha" o un "utensilio" (p. 303), conservando la soberanía del peronismo. La insistencia en clasificar a los autores hace perder de vista las problemáticas comunes que los ocupaban, especialmente porque luego de 1955 ese adentro y afuera del peronismo resulta más difuso, y el esquema se vuelve forzado.
Más allá de eso, debe destacarse que el libro logra analizar las ideas, los debates y a su vez los contextos y las condiciones de producción de los textos analizados, y da cuenta de las principales problemáticas de la historiografía de izquierdas, de la relación entre militancia e investigación histórica y del tema de los márgenes de autonomía de los autores respecto de sus filiaciones políticas. Pese a sus dificultades y limitaciones, la historiografía de izquierdas produjo efectos interpretativos significativos, que marcaron una agenda de temas que permitió delinear importantes debates en la Argentina del siglo xx. Acha enfrenta con éxito el desafío de aportar una base desde la cual conformar una historiografía nueva y cuestionadora, que permitirá repensar los problemas de la práctica historiográfica profesionalizada actual. Y en este sentido, uno de los mayores méritos del libro es que ilumina zonas inexploradas, pone de relieve la centralidad de ciertos debates originados en el seno de las tradiciones de izquierda y de esa manera sugiere una multiplicidad de líneas de investigación futuras.

Laura Prado Acosta

CONICET/UNQ