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Prismas

versión On-line ISSN 1852-0499

Prismas vol.15 no.2 Bernal jul./dic. 2011

 

DOSSIER: El siglo XIX de Tulio Halperin Donghi

La ilusión de transparencia

 

Hilda Sabato

Universidad de Buenos Aires / CONICET

 

Una nación para el desierto argentino es un texto peculiar. Escrito en 1980 como prólogo a una antología de escritos producidos en la Argentina entre 1846 y 1880 y seleccionados por el propio Tulio Halperin Donghi para la colección de la Biblioteca de Ayacucho, esa introducción pronto ganó autonomía y se publicó separadamente como libro, primero por el Centro Editor de América Latina y en fecha reciente, en otra edición, por Prometeo libros. Esta operación ha facilitado la circulación del ensayo, pero a la vez ha privado a los lectores de la posibilidad de descubrir las formas a través de las cuales Halperin construye una trama argumental en buena medida urdida a partir de los escritos ausentes y sostenida por ellos. El texto no es apenas un marco que sirve para introducir la selección y darle un sentido, sino que se nutre, por así decirlo, del material presentado e incorporado de manera sustantiva en aquella trama. En consonancia con los procedimientos habituales de escritura en el campo de la historia, podríamos considerar esos documentos como las fuentes privilegiadas por Halperin en este caso. Considero, sin embargo, que son algo más y algo menos que sus fuentes. Es evidente que la interpretación que surge de este libro está apoyada en un conjunto mucho más amplio y diverso de materiales que los que aquí se incluyen. Por otra parte, la utilización de un número acotado de documentos privilegiados da a éstos un lugar central en el entramado textual. Si ese recorte estuvo impuesto inicialmente por la índole de la colección donde se publicaría el volumen, y parecería difícil justificarlo fuera de ese contexto, la lectura de Una nación... muestra que alcanzó, en la pluma de Halperin, una eficacia explicativa que contribuyó decididamente al impacto historiográfico de este libro.
Sobre la repercusión de Una nación... no hace falta extenderse. Este ensayo construye una visión compacta del período abordado, radicalmente renovadora en relación con lo que existía hasta el momento de su publicación y tan convincente que sigue informando toda la historiografía escrita desde entonces. Como ocurre con sus estudios de otros momentos del pasado argentino, también en este caso Halperin no sólo creó un conjunto de imágenes parciales articuladas en una poderosa interpretación global, sino que al hacerlo, definió muchos de los interrogantes que todavía hoy estamos buscando responder y de las categorías con las cuales lo hacemos.
La transformación del período que la historiografía tradicional solía llamar "de la Organización Nacional" en "treinta años de discordia" marcan la distancia con un relato previo que entendía el proceso iniciado luego de la derrota de Rosas en términos lineales y progresivos, solo interrumpido por obstáculos circunstanciales y fuerzas reaccionarias que intentaban frenar un consenso civilizatorio destinado a realizarse con éxito. Pero bajo ese título, Halperin ofrece una historia que también se desmarca de la propuesta revisionista, que caracterizó a esos años como de "enfrentamientos radicales en la definición del futuro nacional".1 La "discordia" la buscará, en cambio, en el terreno de la política, donde más que una confrontación de principios y proyectos de futuro, encontrará -a la caída de Rosas- un espacio de disputas por la conquista de un poder central entre actores que pronto lo descubrieron inexistente y que se propusieron a la vez construir y controlar. Si dar entidad a un nuevo Estado que se constituyera en locus principal de poder fue pronto una meta compartida por esos actores, las aspiraciones a encabezar ese proceso y recoger sus frutos alimentaron una confrontación entre diferentes grupos que sólo se aquietó con la derrota de los contendientes originales y su reorganización parcial en torno de una fuerza renovada que coronó la construcción del Estado y se identificó con él.
La historia de ese tránsito desde una Argentina sin centro a un Estado-nación consolidado constituye el núcleo de un libro que, sin embargo, cuenta también las historias de otros tránsitos que se cruzan y superponen con aquél, todas ellas dispuestas en una densa trama interpretativa: de los diagnósticos iniciales de la Nueva Generación sobre Rosas y sus presuntos legados, a los proyectos entusiastas que siguieron a su caída y todavía a las comprobaciones más tardías de que el "inventario" de esa herencia había sido demasiado optimista; de las dificultades de un Buenos Aires que sale a la "conquista del país" a los logros de un Estado nacional que termina por conquistar a Buenos Aires y corona de esa manera su triunfo; de una vida política "facciosa" a la desaparición de las facciones y, en consecuencia, del avance agresivo de los liberales y de la recomposición exitosa de los federales a la desaparición de ambos del mapa político; de un liberalismo conservador a uno democrático y, finalmente, como anuncio de una transición futura, de la "república posible" a la "república verdadera". Estas vetas argumentales están alimentadas por una información a la vez prolífica en su cobertura y precisa en su selección, y por una imaginación histórica que propone sentidos nuevos a viejos datos.
La eficacia explicativa de este ensayo, sin embargo, no radica tan sólo en lo que dice sino en cómo lo dice. Vuelvo así al comienzo y a la forma en que los documentos de la antología incluida en la versión original de este libro intervienen de manera decisiva en la construcción textual. Ya desde la frase inicial, Halperin recurre a las voces de los contemporáneos cuyos escritos seleccionó para introducir y estructurar sus propios argumentos. Las opiniones vertidas por aquéllos, sus diagnósticos, propuestas y críticas no le sirven sólo como insumo informativo para su análisis, sino que le proveen imágenes, fórmulas retóricas y categorías que incorpora a su escritura. Asimismo, recurre una y otra vez al contrapunto casi textual entre posiciones encontradas, lo que produce un efecto de inmediatez y transparencia respecto de los debates pasados. En esas operaciones, una identificación inicial con sus personajes queda pronto limitada por el distanciamiento irónico frente a ellos, un rasgo característico en toda su producción.
Pero ¿quiénes son sus elegidos? Como en muchos de sus textos, en éste las voces que dominan pertenecen, en su gran mayoría, a miembros de la elite letrada que a su vez integran, con mayor o menor presencia, las filas de la clase política. No es ésta, sin embargo, una historia de los letrados ni tampoco, estrictamente, una historia de las ideas, aunque aquéllos resultan las voces privilegiadas y éstas constituyen referencias indispensables para dar cuenta de un proceso que sin embargo las excede. La selección, por lo tanto, no está regida por la necesidad de cubrir alguno de esos dos campos, sino por el propósito de dar sustento a una interpretación de las transformaciones políticas e ideológicas de la Argentina de entonces. De esta manera, junto a letrados y políticos de primera línea, como Mitre, Sarmiento y Alberdi, incluye también a figuras menos conspicuas como Juan Carlos Gómez o Nicolás Calvo. Merecería explorarse -no lo intentaré aquí- el lugar que en ese conjunto ocupa José Hernández, un personaje ausente del panteón tradicional de padres de la patria pero reivindicado en el de los revisionistas como adalid del proyecto federal alternativo, a quien Halperin convierte en una voz privilegiada para seguir los cambios en la vida política del período. Entre la producción escrita por todos ellos, las referencias predominantes corresponden a intervenciones públicas, sobre todo artículos publicados en la prensa periódica y algunos discursos, aunque en la primera parte, referida a los proyectos de nación, las citas remiten a obras de mayor envergadura. En conjunto, este recorte prioriza la referencia a piezas de carácter combativo, que buscan impactar en la coyuntura, y que le sirven a Halperin para componer escenarios dinámicos, pautados por la polémica.
El historiador presenta así un texto poderoso donde el pasado parece hablar por sí mismo, a través de actores que alzan sus voces en disputas retóricas y contrapuntos verbales que a su vez son, en su mayoría, combates políticos. De esta manera, su sofisticada y compleja interpretación parece surgir de los propios protagonistas, creando una ilusión de transparencia que contribuye decisivamente a la eficacia narrativa. Quisiera, para terminar, ilustrar brevemente esa eficacia tomando como ejemplo -entre otros posibles- el impacto historiográfico alcanzado por un término que ocupa un lugar clave en este libro y que ha pasado a formar parte del arsenal conceptual en los estudios sobre el siglo XIX. Me refiero a la palabra "facción". El término se usaba entonces con mucha frecuencia y, en el marco de los lenguajes políticos en circulación, hacía referencia a un rasgo que se consideraba condenable: la propensión al divisionismo político. En un contexto en el cual prevalecía una visión de la nación política como unidad, las disputas entre grupos que pugnaban por llegar al poder fueron con frecuencia entendidas como artificiales, ilegítimas, peligrosas para la supervivencia de la comunidad, y, por lo tanto, fuentes de inestabilidad y desorden que había que evitar o combatir. La manifestación reiterada de esas confrontaciones no disminuía su carácter problemático para todos los actores en pugna, que solían entender sus propias intervenciones como representativas de la voluntad colectiva y unánime del "pueblo", y reservaban para sus contrincantes la denominación peyorativa de "facción".
En Una nación... Halperin retoma ese término (que ya había usado para la primera mitad del siglo XIX) y, sin advertirnos, convierte una palabra de época en categoría analítica. Si en sus escritos con frecuencia es difícil separar las voces que vienen del pasado de la suya propia, en este caso, en cambio, la palabra "facción" adquiere la autonomía y la solidez de un concepto. Refiere así a una forma particular de agrupamiento político que -según la formulación de Roy Hora en su introducción a la edición más reciente del libro- fue característico de una etapa anterior a la aparición de los partidos modernos y que se distinguía por estar "constituida en torno a liderazgos dotados de ascendiente sobre un séquito popular de variable importancia antes que a principios o programas".2 La existencia de diferentes facciones rivales no se derivaba de clivajes socioeconómicos, sino de la dinámica política que generaba y alimentaba esas rivalidades. Esta brevísima sistematización de un concepto que Halperin nunca definió en forma explícita no da cuenta de las variaciones y los matices del mismo, pero alcanza para mostrar el estatuto de "facción" como categoría analítica. Una palabra que, en boca de los actores, tenía una carga valorativa que inducía la pregunta sobre el porqué y el cómo de esa carga y sobre las dificultades de los contemporáneos para procesar la disputa política, quedó despojada de su carácter problemático y neutralizada en un concepto que ofrece una solución: llamar facciones a esos grupos políticos que existían de hecho aunque no pudieran decir su nombre, y faccioso al tipo de rivalidad que se establecía entre ellos y daba el tono a la vida política de entonces.
Si en el texto de Halperin la naturalización de esas nociones está mediatizada por un juego de contrapuntos y distanciamientos sucesivos, en buena parte de la historiografía actual "facción" se utiliza como categoría explicativa que en sí misma basta para dar cuenta de una forma de funcionamiento político. He allí, pues, una muestra de la eficacia de este libro, pero también de sus vetas más riesgosas: la adopción de ese término de época convertido en un concepto analítico clausura la interrogación sobre los contextos y las condiciones en que se usaba, así como sobre sus cambiantes sentidos en el marco de los lenguajes políticos en circulación.
Por cierto que éste y otros desafíos que se abren a partir de la lectura de este libro fundamental contribuyen a su atractivo, que resulta tanto de la poderosa interpretación que ofrece como de la original forma de su construcción. En la combinación de erudición e imaginación presentes y sumersión en un pasado de donde recupera voces y encuentra el eco de su propia voz, Tulio Halperin Donghi compone un cuadro de la Argentina decimonónica que se ha incorporado ya para siempre a nuestra visión histórica.

Notas

1 Tulio Halperin Donghi, Una nación para el desierto argentino, Buenos Aires, Prometeo, 2005 (con estudio introductorio de Roy Hora), p. 32.         [ Links ]

2 Tulio Halperin Donghi, Una nación para el desierto argentino, op. cit., p. 27.         [ Links ]