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Prismas

On-line version ISSN 1852-0499

Prismas vol.15 no.2 Bernal July/Dec. 2011

 

DOSSIER: El siglo XIX de Tulio Halperin Donghi

Los intelectuales, las ideas y la realidad

 

Martín Bergel

Universidad Nacional de Quilmes / Universidad de Buenos Aires / CONICET

 

1 Si Una nación para el desierto argentino es uno de los textos más sugerentes y a la vez complejos de la vasta y celebrada producción historiográfica de Tulio Halperin Donghi, ello obedece a que ese escrito se estructura a partir del asedio continuo a un problema capital de la historia intelectual: el que persigue la dinámica histórica de las ideas en su entrevero con lo que convenimos en llamar lo real. Y es que, como supo decir Oscar Terán, "la historia de las ideas es la historia de la relación entre lo que son las ideas y aquello que no son las ideas".1 El libro de Halperin está construido precisamente como una historia que confronta los contornos de la ambiciosa iniciativa de un conjunto de letrados -los de la Generación de 1837- por diseñar un proyecto para lo que empieza a ser Argentina, con los resultados pormenorizados de esa tentativa. Sólo que ese cotejo está lejos de llevarse a cabo de modo lineal: antes bien, ese contrapunto entre ideas y realidad se despliega en un haz de planos diversos que, por la pluralidad de enfoques que conlleva, se revela altamente productivo no solamente para evaluar la suerte de ese grupo de intelectuales, sino también para iluminar importantes aspectos de la historia política, sobre todo, pero también social y económica, del decisivo período de organización nacional que va de mediados de siglo XIX a 1880.
En efecto: si, tal como indica Halperin, dar cuenta "del complejo entrelazamiento de ideas y acciones que subtiende esa etapa es el propósito de la presente introducción" (p. 10), es decir, del texto que da cuerpo a Una nación para el desierto argentino,2 esa meta se descompone en su desarrollo en una miríada de direcciones que, a la vez que reconstruyen múltiples dimensiones del proceso histórico-de un modo tal que el resultado es la obtención de una versión panorámica del período-, colocan un interrogante nunca completamente despejado acerca de la eficacia de las ideas. Porque tal parece que, para servirse de la variedad de planos que la apertura de ese problema permite, Halperin lo presenta de un modo deliberadamente ambiguo. Esa ambigüedad se esboza en la exposición inicial de lo que juzga una excepcionalidad de la Argentina. Según señala, "sólo allí iba a parecer realizada una aspiración muy compartida y muy constantemente frustrada en el resto de Hispanoamérica: el progreso argentino es la encarnación en el cuerpo de la nación de lo que comenzó por ser un proyecto formulado en los escritos de algunos argentinos cuya única arma política era su superior clarividencia" (pp. 7-8; cursivas mías). La incógnita queda disimuladamente planteada en esa portentosa afirmación, y a partir de allí el recorrido propuesto por Halperin se beneficia de la gama de perspectivas que surgen de esa indeterminación propia de un fenómeno que parece, pero que no necesariamente es.
Se encadenan entonces episodios de distinto calibre en los cuales las ideas, y con ellas los letrados que les dan vida, miden su fortuna en sus encuentros con lo real. En sucesivas encrucijadas históricas, se dibuja una travesía sinuosa que deja como saldo un cuadro ambivalente. Así, por caso, la Joven Generación del '37 conoce un primer y trágico fracaso en su pretensión de asumir una función tutora de una coalición antirrosista cuya coherencia "sólo puede hallarse en la mente de quienes suscitan y dirigen el proceso, que son desde luego los miembros de esa renovada elite letrada" (p. 15); aun así, esa derrota no impide que se refuerce en esas jóvenes figuras una "avasalladora pretensión de constituirse en guías del nuevo país", y con ello "la noción de que la acción política, para justificarse, debe ser un esfuerzo por imponer [...] un modelo previamente definido por quienes toman a su cargo la tarea de conducción política" (pp. 17-18). Ya en ese momento, miembros de ese grupo como Alberdi, Echeverría o Vicente Fidel López se destacan por ofrecer "análisis de problemas y aspectos de la realidad nacional [...] que están destinados a alcanzar largo eco durante la segunda mitad del siglo, e incluso más allá"; aunque, morigera de inmediato Halperin, "no es siempre sencisencillo establecer hasta donde su presencia refleja una continuidad ideológica real", en vista de que esos temas y nociones fueron "encarados por tantos y desde tan variadas perspectivas desde antes y después de 1837" (p. 17).
Son ésos apenas los primeros pliegues del texto en que se escudriña la relación entre los intelectuales y lo real-histórico. Halperin aborda luego ese vínculo desde diversas perspectivas. Lo hace por ejemplo a partir de la adopción por la generación del '37 del canon romántico, que comporta el pasaje de una actitud propia del legislador de la sociedad de cuño ilustrado, al político que "aun cuando propone soluciones legislativas, sabe que no está plasmando una pasiva materia sino insertándose en un campo de fuerzas con las que no puede establecer una relación puramente manipuladora y unilateral" (p. 18).3 Y lo hace, sobre todo, en la persecución de las vicisitudes de los proyectos de nación que se delinean ante la inminencia de la caída de Rosas, muy especialmente los de Alberdi y Sarmiento. Son estas dos figuras las protagonistas centrales (aunque de ningún modo únicas) del escrutinio halperiniano entre ideas y realidad. En el contrapunto que propone, el "marcado eclecticismo" sarmientino en lo político se le aparece más adecuado que "la rigidez política del modelo alberdiano" para transitar las tormentosas décadas de discordia que siguen a la batalla de Caseros (p. 55). Halperin reconoce no obstante que el programa que surge de las Bases de Alberdi tenía "perfecta relevancia" en la coyuntura que se abre con la caída de Rosas (p. 37). Aun así, busca relativizar la extendida opinión que otorga un papel fundacional a ese texto, a través de un señalamiento que, por contraste, detecta en Sarmiento "una imagen del nuevo camino que la Argentina debía tomar, que rivaliza en precisión y coherencia con la alberdiana, a la que supera en riqueza de perspectivas y contenidos" (p. 44). Se percibe aquí la ambivalencia antes referida, pues a pesar de sus reticencias a Halperin no se le escapa que buena parte del proyecto de Alberdi (desde su fe en las fuerzas del mercado como palanca modernizadora a su tematización de lo que llama república posible) encarnará en el cuerpo de la nación. Menos claro, nuevamente, es que ese curso se deba nítidamente a las ideas de alguien que "se ha visto siempre a sí mismo como el guía político de la nación, y comienza a columbrar el peligro de transformarse en paria dentro de ella" (p. 88). En ese sentido, una primera conclusión general del texto halperiniano, que permite pensar no solamente el caso de Alberdi, es que la suerte de las ideas puede al cabo contrastar con la de quienes las han prohijado. Tampoco Halperin invita a trazar un balance unívoco de las peripecias de Sarmiento (por quien no disimula sus preferencias). Ni siquiera le otorga la gracia del triunfo pleno en el decisivo renglón de la educación popular, que ha tenido en el sanjuanino, en discrepancia con Alberdi, a su más firme impulsor. Si esa opción ha recibido una aceptación generalizada, de un modo tal que incluso quienes le objetan aspectos puntuales no contradicen "la decisión de hacer de la educación popular uno de los objetivos centrales de cualquier acción de gobierno", Halperin no deja de notar que Sarmiento no le concedió "en los años de 1862 a 1880 la atención que le otorgó en etapas anteriores" (pp. 110-111).
Como se ha dicho, esa mirada ambigua acerca de la eficacia de lo simbólico da acceso en Una nación para el desierto argentino al examen de un abanico de figuras y problemas que resulta imposible reseñar en este breve ensayo (por mencionar algunos, recordemos que a partir de Mitre o José Hernández Halperin ofrece agudas visiones de cuestiones como la dinámica política facciosa del período o la construcción del Estado). Pero sobre el final del libro se acentúa el sesgo que otorga a las ideas un carácter fallido. En un nuevo juego de espejos, Halperin traza un balance de la suerte de los proyectos de nación forjados hacia mitad de siglo a partir de las representaciones intelectuales que acompañan al proceso que tiene un punto de llegada -y también de partida- en 1880. La resignada aceptación de una situación en la campaña que desvanece las ilusiones de quienes habían abogado por la democratización de la propiedad rural (empezando por Sarmiento) es un índice claro de que en esa coyuntura "ha pasado la hora de imaginar libremente un futuro" (p. 138). Y en la célebre referencia a la sombría observación retrospectiva que el autor del Facundo ofrece en 1883 -según la cual el rutilante progreso argentino era "más que el resultado de las sabias decisiones de sus gobernantes posrosistas, el del avance ciego y avasallador de un orden capitalista que se apresta a dominar todo el planeta" (p. 140)- parece cerrarse el círculo sobre el enigma que se bosquejaba al comienzo del texto. Malogradas, redundantes o superfl uas, las ideas de los letrados argentinos decimonónicos no han tenido la potencia instituyente por ellos mismos imaginada. Aun así, Halperin se reserva en el último párrafo del texto un postrero matiz: la sociedad moderna que se yergue luego de 1880 es en definitiva fruto de un proyecto que "no ha fracasado por entero" (p. 148), y que en virtud de ello lega un conjunto de nuevos problemas que empiezan a ser encarados -aun sin la exultante seguridad de sus antecesores- por los intelectuales de la hora.

2 De ese final del libro dominado por un tono desencantado, en ocasiones se ha querido deducir una posición genérica de Halperin respecto al ser de los intelectuales. En efecto, cierto ánimo desencontrado y hasta en ocasiones trágico habita muchas de sus exploraciones en la historia de las elites letradas, y ello no solamente en Una nación para el desierto argentino. Pero, como advirtió Carlos Altamirano, si esos exámenes no entonan un canto alabado del accionar de la intelligentsia, "tampoco se los puede incluir en la especie contraria, la que entabla un proceso a los intelectuales".4 No hay, por caso, un sesgo antiintelectualista como el que podía ofrecer Ángel Rama en La ciudad letrada, un texto contemporáneo al que retiene aquí nuestra atención. Si del análisis histórico de Halperin surge un papel tanto más errático de los letrados que lo que sugiere el ensayo del crítico uruguayo (para quien a la cultura escrita le cupo un rol central en la historia latinoamericana, sólo que en inexorable connivencia con los resortes del poder), ello, a más de librarlos de la genérica condena que subtiende al texto de Rama, les reserva una posición más insegura y en definitiva modesta pero no carente de significación. Antes que de un cuestionamiento global de su función o de un diagnóstico que constata su irrelevancia, las perplejidades que soporta la figura del intelectual en Halperin surgen del atento examen de la azarosa y con frecuencia infortunada navegación de sus ideas, de un lado, y, de otro, de la insatisfacción que suele exhibir por no ver colmadas sus expectativas en cuanto al reconocimiento y la obtención de un lugar acorde a sus a veces desmesuradas aspiraciones.
Interrogado acerca de ese sino desventurado que atraviesa a los intelectuales en sus reconstrucciones históricas, Halperin traía a colación un aserto de Hobsbawm según el cual "todas las revoluciones fracasan porque ninguna logra todo lo que se propone, y al mismo tiempo todas tienen éxito porque ninguna deja las cosas como las encontró". De inmediato, agregaba que esa aseveración era "tan universal, y al mismo tiempo tan trivial, que no hace al problema específico de los intelectuales".5 Pero dejando un momento de lado su generalidad, la frase de Hobsbawm en efecto revela un aspecto del problema que abordamos en este texto. Así como resulta difícil mensurar la estricta eficacia del excedente imaginario que liberan las revoluciones y los grandes acontecimientos políticos, tampoco es sencillo medir el impacto exacto de las ideas de los intelectuales (al menos de algunos intelectuales en ciertas circunstancias históricas). Esa dificultad para sopesar los efectos de lo simbólico, que se vincula con el malhumor que Halperin detecta usualmente en las elites letradas -que no se sienten plenamente recompensadas por su labor-, no significa que su actividad resulte anecdótica o superflua. El hecho de que, de sus trabajos iniciales de juventud (su primer texto, consagrado a Sarmiento, lo publica a los 22 años, y dos años después edita su Echeverría) a algunos de sus principales libros de madurez, Halperin se haya ocupado reiteradamente de los miembros de la Generación del '37 algo dice acerca de la efectiva relevancia que para él supieron tener esas figuras.

3. En la introducción a un libro dedicado a pensar la labor historiográfica de Halperin, Roy Hora y Javier Trímboli subrayaban la originalidad de su modo de hacer historia y la dificultad de emparentarla con otras empresas de exploración del pasado. Según señalaban, mirada en su conjunto su obra "se hace especialmente esquiva, al no dejarse filiar sin gruesos forzamientos con la producción intelectual argentina que la antecedió o que le es coetánea".6 Todavía más: se ha dicho recurrentemente que algunos rasgos (como su reducido sistema de citas, o su escritura laberíntica) dotan a su estilo historiográfico de un carácter enigmático, irreductible a sencillas descomposiciones que permitan observar qué tipo de "taller de la historia" lo subtiende. En otras palabras, no resulta fácil advertir qué operaciones realiza Halperin en su escritura de la historia. Movidos por esa curiosidad, en la entrevista antes citada Hora y Trímboli ensayaban averiguar algo del laboratorio historiográfico halperiniano. Por toda respuesta, recibían una escueta y disuasoria contestación: "yo no sé cómo trabajo, junto materiales y después escribo, como todo el mundo".7
A este respecto, enfocada desde otro ángulo la cuestión central que se aborda en este texto tal vez puede echar luz sobre un aspecto de las maneras de hacer historia de Halperin. En Una nación para el desierto argentino, las ideas de los intelectuales no son sólo objeto de su inspección: además de eso, orientan algunas de sus hipótesis e intuiciones sobre el pasado argentino. Por señalar rápidamente dos ejemplos, la atención que supo prestar a la "red de intereses consolidados" (p. 22)
que, como trasfondo silencioso de su autoritarismo, la pax rosista lega como plataforma para el despliegue del progreso económico argentino, surge o al menos se alimenta de sus lecturas de Alberdi, Sarmiento, Hilario Ascasubi y Florencio Varela; del mismo modo que, para el tratamiento de las tensiones entre el Estado y los grupos terratenientes -un tema que mereció repetidas y variadas aproximaciones a lo largo de su obra- en la coyuntura específica de la Guerra del Paraguay, Halperin saca provecho de las indicaciones de Eduardo Olivera y de José Hernández.
Esta observación puede parecer obvia, desde que es común a los historiadores utilizar los testimonios de los actores históricos para reconstruir la realidad que los circunda. Pero en el caso de Halperin, y especialmente en Una nación para el desierto argentino, ese recurso asume ribetes singulares. De él surgen los pliegues y las bifurcaciones del texto. Una y otra vez, Halperin se desplaza de las representaciones de las figuras de las que se ocupa a su propia visión del proceso histórico. Las ideas de Sarmiento, Alberdi, Mitre o Hernández sitúan, describen, grafican, ofrecen elementos que luego son corroborados, enriquecidos o, las más de las veces, corregidos o desmentidos (más o menos sutilmente) por Halperin. Ese pasaje de registros a menudo se realiza inadvertidamente, y de allí que la escritura asuma un carácter intrincado, en el que con frecuencia no salta a primera vista quién es el sujeto que enuncia. Pero además, ese expediente se vincula con el componente irónico habitual en el retrato halperiniano de los intelectuales que fuera señalado por Carlos Altamirano.8 El contraste de las ideas de los letrados con el efectivo curso histórico los deja a menudo descolocados, perplejos, sujetos al examen de una mirada que ironiza sobre su fortuna y la juzga sin miramientos.
Es posible afirmar, en definitiva, que ese uso de las figuraciones intelectuales como insumo para la reconstrucción del pasado revela una faceta recurrente del modo de historiar de Halperin. Cierto que en el caso de Una nación para el desierto argentino ese rasgo no resulta sorpresivo, desde que este libro -como ya mencionamos- nació como una suerte de estudio preliminar a una antología de textos de letrados argentinos del período de la organización nacional. Pero, si se observa bien, esa modalidad es detectable en varios otros lugares de la extensa obra del autor de Revolución y guerra. En tal sentido, puede concluirse que aspectos sustantivos del siglo XIX de Tulio Halperin Donghi surgen de su capacidad para leer finamente, confrontadas entre sí, las representaciones intelectuales de la intelligentsia de esa centuria (empezando por las de los hombres de la Generación del '37).

4. Otras dimensiones de Una nación para el desierto argentino permiten corroborar el peso efectivo que Halperin otorga a los procesos de ideas. Mencionemos tres casos relevantes. En primer lugar, los efectos ideológicos y políticos de la recepción de las novedades que llegan con las noticias de las revoluciones europeas de 1848. El tema es mencionado una y otra vez a lo largo del texto en referencia al clima de opinión que subtendió a la inflexión conservadora de los representantes del liberalismo argentino hacia mediados de siglo. En segundo lugar, el sesgo democrático que no obstante embarga a algunos grupos enrolados en esa corriente de pensamiento dos décadas más tarde. Aun cuando constata su limitada relevancia práctica, Halperin dedica varias páginas a esos grupos, que se reclutan entre la acrecentada inmigración italiana de inspiración mazziniana y los círculos masones. Entre ellos, destaca a José Hernández y a aquellas figuras jóvenes "que no quisieran ser dejadas atrás por la marcha de las ideas en Europa y Francia" (p. 108). Finalmente, mencionemos un rasgo que hace a la arquitectura general del texto. Frente a la visión que esgrimía que los pensadores que en las postrimerías del rosismo buscaron diseñar un futuro para la Argentina "querían todos sustancialmente lo mismo", y que los conflictos que se sucedieron entre ellos surgieron sea de "deplorables malos entendidos", sea de "rivalidades personales y de grupo" (p. 8), Halperin prefiere distinguir y precisar proyectos ideológicos de diferente perfil y contenido que a su juicio compitieron entre sí. Y si las batallas políticas que suceden a la caída de Rosas no se explican por esas diferencias (otras causas, y ante todo la ausencia de un centro de poder establecido e indiscutido, crean las condiciones para esos combates de casi tres décadas), esa diversidad de ideas sí talló y jugó su suerte, con resultados variables, en esas circunstancias.
Para finalizar este texto, pongamos brevemente en relación esa atención a las ideas con un rasgo de las tradiciones intelectuales y políticas que informaron al siglo en que tuvo asiento lo principal de la producción historiográfica halperiniana. Cuando Halperin publica por primera vez Una nación para el desierto argentino en 1980, densos procesos históricos han horadado paulatinamente en América Latina la fe de cuño ilustrado en el poder transformador de las ideas. Un ideologema se ha abierto camino, enrostrado sobre todo a las izquierdas que se reconocen en esa fe: el de la superioridad epistemológica y política de lo real en su pura desnudez; el de la concomitante impotencia de las ideas. Y aunque la historia de su incrustación en las culturas políticas del continente a lo largo del siglo XX no es lineal, sino que reconoce complejos vaivenes, pueden mencionarse algunos hitos significativos que colaboraron en su constitución. Esa historia puede partir de una de las riadas despertadas por la Revolución Mexicana (esa que, en el prisma del Octavio Paz que en El Laberinto de la Soledad insiste en la figura de las ideas como máscaras, es un puro estallido de la realidad); puede detenerse en la estación aprista como laboratorio en el que apreciar privilegiadamente el tránsito que se opera desde una matriz de izquierda ilustrada, a otra que toma parcial distancia de ella; puede, en fin, considerar la herencia del peronismo, que a partir de la legitimidad extraída de su exitosa y perdurable implantación como fenómeno de masas legó un eficaz argumento descalificatorio de las tradiciones de izquierda y los intelectuales, en tanto cultoras de una "razón abstracta" que las ubica en recurrente posición de exterioridad respecto a la sociedad.
Son ésos sólo algunos de los nudos que hacen a la historia del ascenso de una cultura política que tiende a despreciar las ideas, y que sin duda tiñe nuestra contemporaneidad.9 Pero es el mismo Halperin quien nos sugiere que esa historia, cuyo desenvolvimiento solemos situar en el siglo XX, es compleja y quebradiza, y que incluso algunas de sus facetas se prefiguran en la centuria anterior. En una tesis sobre la que vuelve en más de una ocasión, Halperin ubica en el Partido de la Libertad de Mitre el nacimiento de una voluntad de representar los intereses de la nación toda que tiene como precondición el pragmatismo y el "mal humor frente a quienes proclaman la necesidad de partidos agrupados en torno a programas" (p. 70). Se trata de una concepción destinada a tener portentoso futuro: "la deuda que con esa definición [...] tienen tantos movimientos políticos argentinos es muy grande" (p. 71), nos dice Halperin, y entre ellos se apresura a encolumnar al yrigoyenismo y al peronismo.10
Frente a esa tradición, en definitiva, el cometido de recuperar el gesto exultante del voluntarismo de las ideas de los letrados argentinos del siglo XIX ha tenido y tiene un sentido que no dudamos en llamar político. Recientemente, Gonzalo Aguilar llamaba a "pensar las relaciones entre dominación y antiintelectualismo: cómo, a menudo, cuestionar la tarea intelectual significa una reafirmación del presente".11 La superior legitimidad que, por su pretendida proximidad a la realidad, reclama para sí el populismo encubre así un talante conservador: y es que en ese amor por lo real, lo real queda incuestionadamente confirmado en aquello que es.12

Notas

1 Oscar Terán, "Modernos intensos en los veintes", Prismas. Revista de historia intelectual, Nº 1, Universidad Nacional de Quilmes, 1997, p. 102.         [ Links ]

2 Recordemos que antes de ser editado en forma independiente el texto ofició de introducción a una antología de escritos del período publicada bajo el título de Proyecto y construcción de una Nación (Argentina 1846- 1880) (Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1980). Todas las referencias de página que se citan aquí entre paréntesis surgen en cambio de una edición posterior: Tulio Halperin Donghi, Una nación para el desierto argentino, Buenos Aires, CEAL, 1995.         [ Links ]

3 Halperin no obstante no se detiene en un análisis pormenorizado de cómo las ideas del romanticismo conllevan un desplazamiento de los letrados en su tratamiento de la realidad. Una brillante reconstrucción en ese sentido se la debemos a Jorge Myers en su "La revolución en las ideas: la generación romántica de 1837 en la cultura y en la política argentinas", en Noemí Goldman (dir.), Nueva Historia Argentina, tomo 3: Revolución, República, Confederación (1806-1852), Buenos Aires, Sudamericana, 1998.         [ Links ]

4 Carlos Altamirano, "Hipótesis de lectura (sobre el tema de los intelectuales en la obra de Tulio Halperin Donghi)", en Roy Hora y Javier Trímboli (comps.), Discutir Halperin. Siete ensayos sobre la contribución de Tulio Halperin Donghi a la historia argentina, Buenos Aires, El Cielo por Asalto, 1997, p. 27.         [ Links ]

5 Tulio Halperin Donghi entrevistado por Roy Hora y Javier Trímboli en Pensar la Argentina. Los historiadores hablan de historia y política, Buenos Aires, El Cielo por Asalto, 1994, p. 43.         [ Links ] Halperin además relativizaba allí la desdichada impresión que podía extraerse de la actuación de los letrados en Una nación para el desierto argentino: "Lo que hace interesante esa trayectoria de los intelectuales argentinos de mediados de siglo no es tanto lo que al final algunos de ellos consideran su fracaso sino la desaforada ambición que llevan a ese proyecto al comienzo y la medida en la cual han tenido éxito [...] A Sarmiento, que es constantemente presentado como un soñador golpeado por la realidad, lo vemos así porque lo vemos a través de sus desoladas refl exiones de final de vida, pero si se mira objetivamente la carrera de Sarmiento, se ve que es enormemente exitosa".

6 Roy Hora y Javier Trímboli, "Introducción" a Discutir Halperin, op. cit., p. 8.         [ Links ]

7 Tulio Halperin Donghi entrevistado por Roy Hora y Javier Trímboli en Pensar la Argentina, op. cit., p. 54.         [ Links ]

8 Carlos Altamirano, "Hipótesis de lectura", op. cit., p. 28.         [ Links ]

9 Al respecto, en 2002 Oscar Terán remataba un ensayo señalando que "es preciso preguntarse si muchos de nuestros políticos, incluidos los de la franja progresista, no siguen adheridos a la concepción antiintelectualista -populista al fin-, convencida de que quienes están más cerca de los libros están por definición más lejos de la realidad". Oscar Terán, "Intelectuales y política en la Argentina: una larga tradición", en De utopías, catástrofes y esperanzas. Un camino intelectual, Buenos Aires, Siglo XXI, 2006, p. 84.         [ Links ]

10 Sobre las raíces decimonónicas de ese apego por la indefinición ideológica del radicalismo yrigoyenista y del peronismo, véase Tulio Halperin Donghi, "El lugar del peronismo en la tradición política argentina", en Samuel Amaral y Mariano Plotkin (comps.), Perón: del exilio al poder, Ciudad de San Martín, Cántaro, 1993.         [ Links ]

11 Gonzalo Aguilar, "Ángel Rama y La ciudad letrada o la fatal exterioridad de los intelectuales", en Liliana Weimberg (coord.), Estrategias del pensar: ensayo y prosa de ideas en América Latina en el siglo XX, México, UNAM, 2010, p. 254.         [ Links ]

12 Halperin mismo adhiere oblicuamente a esta tesis en un pasaje circunstancial de Una nación para el desierto argentino: "Alberdi desde 1837 ha intentado sacar lecciones permanentes del estudio de los procesos políticos que se desenvuelven ante sus ojos, y no está inmune al riesgo implícito en esa actitud; a saber, el de descubrir en la solución momentáneamente dominante el punto de llegada de la historia universal" (pp. 37-38).