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Prismas

versión On-line ISSN 1852-0499

Prismas vol.15 no.2 Bernal jul./dic. 2011

 

DOSSIER: El siglo XIX de Tulio Halperin Donghi

El peso de otras noches

 

Iván Jaksic

Stanford University / Pontificia Universidad Católica de Chile

 

Para quien iniciaba sus estudios de historia latinoamericana en el mundo anglosajón de la década de 1970, era inevitable encontrarse con interpretaciones culturalistas a propósito de un legado ibérico, católico y estatista, sobre unas sociedades mal preparadas -e incluso imposibilitadas- para vivir una genuina experiencia republicana, luego liberal, y finalmente democrática. También era frecuente encontrarse con descripciones sobre la total ineficacia de las instituciones políticas de la post-independencia frente al caudillismo y el militarismo, que dejaba un nulo espacio para la construcción de naciones viables. Sólo en notables excepciones era posible encontrar estudios de alguna densidad intelectual para abordar el tema del surgimiento de las naciones, pero generalmente respecto de países individuales, o de figuras históricas específicas.
Es por ello que la obra de Tulio Halperin Donghi Historia contemporánea de América Latina representaba un punto de referencia para quienes buscaban entender al siglo XIX en su conjunto, sin establecer fechas estrictas, como la independencia o algunos otros momentos puntuales, sino en términos de procesos entramados donde confluían fenómenos sociales, políticos, económicos, culturales e internacionales. También, para quienes era difícil aceptar que la historia del siglo XIX era un mundo hobbesiano en el que no existían tradiciones intelectuales orientadas a la construcción nacional, lo que implicaba apreciar en su justo valor lo que se había pensado y logrado, y no sólo lo que a veces demasiado obviamente parecía ser un fracaso. Fue esta resistencia de la obra de Halperin a una especie de destino fatal, en el que la región sólo podía dar tumbo tras tumbo en una caída interminable, la que abrió nuevos caminos para el estudio de un siglo prácticamente jibarizado entre los períodos colonial y contemporáneo, que eran los que más atraían la atención de los latinoamericanistas.
¿Por qué parecía necesario recuperar ese siglo XIX al que, como pocos otros académicos, había dedicado Halperin gran parte de su obra y que había sintetizado tan notablemente en su Historia contemporánea? Esto es explicable al menos en parte por la oleada de dictaduras que asolaron el continente entre las décadas de 1960 y 1980. En el caso de mi país, Chile, el imperativo de volver al siglo XIX tenía un aspecto contestatario y otro de construcción. La dictadura de Augusto Pinochet había resucitado la figura de Diego Portales como la del gran constructor de la nación, el arquitecto del "estado en forma" que en versión local había popularizado Alberto Edwards en su La fronda aristocrática. Portales era la figura visionaria que había señalado el camino para lograr el orden y la estabilidad. Sin embargo, para quienes padecimos los rigores de la dictadura, Portales era demasiado convenientemente un producto de la propaganda del régimen. En este sentido, el aspecto contestatario consistía en entender quién era Portales y cuáles habían sido sus aportes reales a la construcción de la nación. Una comprensión del siglo XIX, en su conjunto, resultaba indispensable. Gravitaba sobre nosotros su frase respecto a que el orden en Chile se debía a "el peso de la noche", que él había comprendido muy bien, y que consistía en la aplicación oportuna de la fuerza sobre una población demasiado renuente a resistirla. Ante el peso de esa noche, Halperin nos ofrecía el peso de otras noches, en toda la Hispanoamérica decimonónica, y nos daba los elementos multidisciplinarios para entender su surgimiento.
Es cierto que la estructuración que Halperin hacía del siglo XIX -cuya cronología, nuevamente, no era rígida- tenía un aire dependentista. Los rótulos "Del orden colonial al neocolonial", "El orden neocolonial" y"Agotamiento del orden neocolonial", que encabezan las tres grandes secciones de la obra, revelan una concepción muy afín a la teoría de la dependencia. Esto parecía contradecir los impresionantes matices que el historiador introducía en el análisis de los diferentes casos nacionales, pero en realidad era un recurso organizador que daba unidad a una gran diversidad. Y gran parte de esa unidad provenía de los males comunes que aquejaban a países muy vulnerables ante la penetración de la economía internacional, y particularmente el papel que jugó la Gran Bretaña en este proceso. Pero al analizar la vida en el interior de los países, Halperin invitaba a considerar no sólo el peso de otras noches, sino también a trazar el destino de los diferentes esfuerzos por construir un orden constitucional en Hispanoamérica.Él fue uno de los primeros en comprender que el liberalismo constitucional que eventualmente arraigó en América Latina tenía fuertes elementos autoritarios, sin por ello dejar de ser progresista en aspectos importantes.
Esta aparente contradicción resultó ser una verdadera invitación para repensar el legado político e institucional al menos de mi país. Quizás el aspecto más interesante del período estrictamente "Portaliano", es decir aquel que culmina con su asesinato en 1837, no era tanto el peso de aquella noche que él había impuesto, sino la manera en que sus sucesores lograron una transición desde tal momento autoritario hacia uno que encaminaba a Chile hacia un proceso estable y relativamente predecible de desarrollo político. Esto ocurrió realmente a partir de la década de 1840, cuando en Chile se logró un acuerdo entre fuerzas liberales y conservadoras para liberalizar el régimen político; siempre dentro del contexto de la Constitución de 1833, pero ampliando la participación política y abriendo los cauces del debate público. Esta reflexión sobre un capítulo anterior de transición desde el autoritarismo era más que una fantasía: era un ejercicio necesario de comprensión de cómo esa transición era posible.
Permítaseme en este punto una digresión personal que me vincula con Tulio Halperin. Terminados mis estudios en los Estados Unidos, y residiendo en Suecia, pero sobre todo sin poder volver a mi país a comienzos de la década de 1980, le escribí a Halperin para comunicarle mis deseos de trabajar en los temas que me sugerían sus escritos. Fue gracias a él que pude trasladarme a Berkeley en 1982 e iniciar una línea de investigación sobre el siglo XIX en la que tendría la oportunidad de enfocarme en ese período de transición desde el autoritarismo a la liberalización en Chile. Como bien había aprendido de la Historia contemporánea, ni el autoritarismo ni la liberalización eran totales. Sin embargo, en el caso de Chile, la década de 1840 era un riquísimo momento para entender el dilema que todas las naciones debieron enfrentar para conciliar la libertad con el orden.
Cuando se aproximaba el centenario de la muerte de Domingo Faustino Sarmiento (1988), organizamos en Berkeley con Tulio Halperin, Gwen Kirkpatrick y Francine Masiello una conferencia que culminaría en la edición de una obra que reunió una serie de aportes para evaluar las múltiples facetas de la vida y obra de Sarmiento. Nuestro Sarmiento: Author of a Nation, fue publicado por la editorial de la Universidad de California en 1994 (lamentablemente todavía no ha aparecido en castellano). Allí pude estudiar el papel que Sarmiento había jugado en el proceso de liberalización chilena gracias a sus escritos de prensa, que fueron fundamentales para expandir la esfera pública en el país. A través de la prensa se dirimieron los temas fundamentales acerca del equilibrio entre la libertad y el orden que eran partes constitutivas de la creación de una nueva cultura política. Esta perspectiva era más enriquecedora, y también más certera, pienso, que aquella que enfatizaba la dominación de los caudillos y que la historiografía anglosajona se esforzaba en sostener a todo trance.
Otro personaje central en ese período, pero escasamente estudiado -o siquiera mencionado- era el venezolano Andrés Bello, quien había sido maestro de Simón Bolívar, diplomático e intelectual exiliado en Londres por dos décadas, y arquitecto de la institucionalidad chilena del siglo xix durante los últimos treinta y seis años de su vida (1829-1865). Halperin lo comparó con Simón Rodríguez y lo calificó como "el más moderado y sólido Andrés Bello" en su Historia contemporánea. Lo definió también en otros escritos como el tipo de intelectual que sin ser visible para la historiografía anglosajona, era central para su momento histórico cuando el lente se enfocaba no en las revoluciones las penurias fiscales y la debilidad del Estado sino que, comprendiéndolas, se enfocaba en la construcción de una nueva institucionalidad que incorporaba aspectos importantes de la antigua. Así, proporcionaba una visión matizada del siglo XIX, en que las ideologías eran más complejas, y los desafíos del momento se entendían desde una variedad de perspectivas.
Al redactar mi biografía intelectual de Andrés Bello (2001) me había beneficiado por años del contacto con Tulio Halperin, así como de la lectura de sus obras. La dimensión internacional en la vida y en la obra de Bello, sus raíces intelectuales en el derecho romano, su búsqueda de los orígenes del lenguaje y su relación con las culturas nacionales, su perspectiva educacional como fundador de la Universidad de Chile y del sistema de educación pública, eran todos elementos constitutivos del surgimiento de las naciones en la Hispanoamérica decimonónica. Uno de los desafíos que hube de enfrentar fue la lapidaria y un tanto monolítica descripción, iniciada por José Victorino Lastarria y repetida hasta el presente, de Bello como un intelectual y político conservador. Pero inspirado en las reflexiones de Halperin sobre las transformaciones ideológicas del período, dicha descripción no me resultó convincente. Por el contrario, me parecía que soslayaba elementos liberales que eran centrales en su pensamiento y en su obra, como la separación de los poderes del Estado con vistas a la protección de los derechos individuales, la educación como vehículo indispensable de la ciudadanía y la igualdad jurídica en temas de propiedad, contratos y otras obligaciones. Surgió así un nuevo panorama historiográfico, el cual he explorado recientemente junto a Eduardo Posada Carbó y un grupo de colegas en el libro Liberalismo y poder: Latinoamérica en el siglo XIX (2011). Nuestra idea no fue tanto definir un liberalismo, cuanto distinguir entre diferentes liberalismos en situaciones nacionales diversas y en momentos distintos de su trayectoria histórica.
La visión polivalente, diversa y matizada del siglo XIX hispanoamericano, que se perfila ya como una superación definitiva de la historiografía que insistía en generalizaciones con una fuerte carga de determinismo, debe mucho a la obra concisa y sugerente de Tulio Halperin. Si bien parece redactada como texto introductorio, que busca entregar una visión coherente del siglo XIX al mismo tiempo que respetar sus rasgos distintivos de país a país, esta obra marcó un punto de inflexión en el estudio del surgimiento de las naciones hispanoamericanas.