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Prismas

On-line version ISSN 1852-0499

Prismas vol.15 no.2 Bernal July/Dec. 2011

 

DOSSIER: El siglo XIX de Tulio Halperin Donghi

Un recuerdo

 

Mauricio Tenorio

University of Chicago / Universitat Pompeu Fabra /CIDE-México

 

No era falta de inspiración o sentimiento: sin querer hablábamos la lengua de Martí, Rodó, Darío, Vasconcelos o Zea; además, ahí estaba reluciente la Revolución Cubana y el imperialismo yanqui. Violeta Parra era nuestro Bob Dylan y todo lo cantábamos de oído -la revolución, el Cóndor Pasa o esa cosa tan querida: Latinoamérica-. Pero América Latina no existía; no en castellano, no como algo más que un romántico sentimiento de pertenencia basado en una supuesta historia conjunta que nadie en México sabía o contaba. La Historia contemporánea de América Latina, de Tulio Halperin, fue, para mí y para varias generaciones de estudiantes mexicanos de fines los sesenta y principios de los ochenta, la única perspectiva histórica fiable de lo que era América Latina.
Escribo de memoria, no cuento con mi copia de Historia contemporánea, la edición de 1988 de la traducción de la versión italiana original. La atesoro con sus marcas y remarcas en los márgenes de esa edición de caja pequeña de Alianza. El uso desencuadernó mi libro, pero por un módico precio allá, por las calles de Donceles, me volvieron a poner junta toda mi América Latina. Como el libro, mi cabeza a ratos deshoja la idea de Latinoamérica y, ora para acabar de desmembrar, ora para re-unirla, vuelvo a recurrir irremediablemente a la Historia contemporánea.
A principios de la década de 1980, los estudiantes mexicanos éramos educados por el exilio argentino, uruguayo y chileno, que nos hablaba de historias que no conocíamos. Era más fácil conseguir literatura sobre la historia de Francia o Inglaterra que sobre la historia de la Argentina o el Brasil. Claro, todos éramos latinoamericano-fílicos, todos repetíamos al unísono las últimas palabras de Salvador Allende en Radio Magallanes y creíamos en la unidad indiscutible de Latinoamérica frente al imperialismo estadounidense. Pero en México sólo se estudiaba historia de México. En tiempos del internet, es difícil reproducir lo que significó para un estudiante mexicano poder tener, en castellano, la primera gran panorámica de la historia que uno asumía propia.
Con los años, el libro pasó de ser mi enciclopedia a ser la lista de temas a estudiar. La Historia contemporánea guió mis primeros pasos cuando, llegado a las bibliotecas estadounidenses, por primera vez pude acceder a la historia entera del continente. Después, he utilizado el libro en mis cursos, en español y en inglés, gracias a la excelente traducción de John C. Chasteen (publicada en 1993). Sigo utilizándolo. La de Chasteen fue algo más que una traducción; fue una excelente adaptación para lectores universitarios estadounidenses. Nada que hacer al respecto, las generaciones twitter no están hechas para las largas y densas oraciones de don Tulio Halperin. Pero en inglés o en español, el libro ha soportado magníficamente el paso del tiempo, gracias a dos o tres ediciones revisadas y, sobre todo, a la erudición, a la dedicación al detalle de la historia política y social.
Repito, hablo de memoria y así, al aire, evoco el hilo conductor de la narrativa: el colonialismo y el neocolonialismo. Creo recordar que el propio Tulio Halperin, en alguna reedición del libro hizo referencia al Zeitgeist original al que perteneció el libro -las teorías de la dependencia y los momentos en que se agotaban los milagros económicos de la posguerra-. El libro también es un importante documento de la historia del pensamiento latinoamericano, si los ha habido. Si bien ya no me encuentro tan cómodo intelectualmente habitando ese orden de cosas entre colonialismo y neocolonialismo, ni niego la cruz de mi parroquia ni dejo de hacer uso del libro. Porque, por un lado, no es fácil pensar en Latinoamérica sin que nuestras mentes regresen a la Historia contemporánea. Por otro, a pesar de los temas superados aquí y allá a lo largo del libro, al menos dos características aún hacen de la Historia contemporánea una perspectiva indispensable.
Primero, el libro hace lo que pocos han hecho en inglés, francés, portugués o español: crea la unidad "Latinoamérica" a partir no de idiosincrasias comunes o de la misma historia, sino a través de problemas históricos comunes (armados por la disciplinada y lúcida imaginación histórica del autor) y sus expresiones locales muy específicas. Tengo para mí que la mayoría de los varios libros de texto en inglés sobre la historia de las latinas tierras, lo que hacen es narrar el cómo "latinan" las tierras, no cómo esas tierras experimentan (viven, ensayan) la Historia, con mayúscula, y cómo cada trocito de "trópico", aunque le toquen el mismo son, lo baila diferente. En Historia contemporánea la especificidad de cada país es respetada dentro de un sentido más que de historia común, de contemporaneidad, la cual resulta latinoamericana y más. La Historia contemporánea misma, si mal no recuerdo, ubica problemas generales con ecos en América (toda) y de Europa.
Segundo, la Historia contemporánea hizo para los hispanohablantes lo que no existía, al menos en México: hablar al detalle, con erudición, en castellano y con pasión, del Brasil. No puedo exagerar lo importante que fue para mí la revelación: el Brasil era y no era "Latinoamérica", y era claro que la Historia contemporánea avanzaba la importancia, vastedad y especificidad de la historia brasileña, tratándola con cuidado y precisión. Para México, entonces y ahora, éstas eran y son las indispensables lecciones brasileñas de la Historia contemporánea.

En suma, en México o en la Argentina la Historia contemporánea ha sido parte del sentido de la historia de una legión de lectores; somos menos, pero no pocos, los que vemos en la Historia contemporánea una parte no de nuestras lecturas sino de nuestra crianza como historiadores.