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Insuficiencia cardíaca
versión ISSN 1852-3862
Insuf. card. vol.6 no.4 Ciudad Autónoma de Buenos Aires nov. 2011
ARTÍCULO DE REVISIÓN (versión en español)
Insuficiencia cardíaca y depresión:
una asociación con resultados negativos
Felipe Montes Pena1, Andressa Amorim2, Cecília Fassbender2, Raphael de Freitas Jaber de Oliveira2, Carlos Augusto Cardozo de Faria3
1 Especialista en Cardiología. Universidad Federal Fluminense. Niterói (RJ), Brasil.
2 Graduado en Medicina. Facultad de Medicina de Campos. Campos dos Goytacazes (RJ), Brasil.
3 Doctor en Investigación Clínica. Universidad Federal Fluminense. Niterói (RJ), Brasil.
Institución donde fue realizado el trabajo: Departamento de Cardiología, Hospital Universitario Antonio Pedro, Universidad Federal Fluminense. Niterói
(RJ). Brasil.
Correspondencia: Dr. Felipe Montes Pena
Rua: Mariz e Barros, número 71 - apartamento 601 - Bairro Icaraí - Niterói (RJ) - CEP 24.220-120.
Tel.: 55 (21) 8111-7099.
E-mail: fellipena@yahoo.com.br; fellipena@hotmail.com
Recibido: 26/3/2011
Aceptado: 25/08/2011
Resumen
El presente trabajo trata sobre la relación entre depresión y enfermedad cardiovascular, la cual tiene relevancia en el empeoramiento clínico de pacientes con insuficiencia cardíaca, así como en el aumento de la tasa de hospitalización y mortalidad. La depresión tiene mayor prevalencia en pacientes con insuficiencia cardíaca que en la población general, debido a las diversas hipótesis sobre el aumento de la estimulación neurohormonal y de las citoquinas, incluso en presencia de compromiso cardíaco menor. Los resultados clínicos de esta asociación negativa suponen una carga pública y social. En esta revisión se abordarán los mecanismos psicosociales y los determinantes fisiopatológicos de esta asociación, así como el diagnóstico, tratamiento y prevención de la depresión en pacientes con insuficiencia cardíaca. Se espera generar algunas reflexiones sobre la atención clínica de los pacientes portadores de insuficiencia cardíaca, considerando los factores de estrés psicosociales de adaptación para un mejor seguimiento, y por ende, la detección precoz de esta asociación.
Palabras clave: Insuficiencia cardíaca; Depresión; Mortalidad
Introducción
En los últimos años, se ha informado frecuentemente
acerca de la asociación entre la depresión y la insuficiencia
cardíaca (IC), teniendo relevancia tanto el empeoramiento
clínico de los pacientes portadores de IC, así como también
el aumento en las tasas de hospitalización y mortalidad.
En las últimas dos décadas, la asociación entre depresión
clínica y enfermedad cardiovascular (ECV) se ha vuelto
cada vez más común1.
Inicialmente se investigó la relación entre depresión y
enfermedad aterosclerótica, comenzando a surgir el interés
por la relación entre la depresión y las ECV. La IC ha
sido una condición que afecta a un número progresivo de
pacientes, y el foco en la depresión se ha abierto en los últimos años con un número creciente de publicaciones
sobre el tema. El interés por el enfoque psicosocial es importante
en la IC, ya que esta combinación no sólo produce
costos en el sistema de salud; sino también, resultados
clínicos negativos1,2.
La IC, caracterizada por la alteración en la función cardíaca,
se encuentra relacionada a un alto índice de complicaciones,
generando disminución en la expectativa de
vida. Factores tales como el compromiso de la función
cardiovascular y la activación neuro-hormonal son característicos
de esta patología, y contribuyen a su deterioro3-5.
La depresión es una enfermedad crónica relacionada a
limitaciones en las funciones físicas y sociales, tanto o más
que las enfermedades crónicas más comunes asociadas
también a un aumento en la mortalidad. La depresión es más común en pacientes con ECV que en la población
general, principalmente en los pacientes portadores de IC.
Además, la depresión se asocia frecuentemente a un empeoramiento
del estado de salud general del paciente6.
Asimismo, la depresión está asociada a una elevada frecuencia
cardíaca (FC), donde el corazón se encuentra con
una reducida variabilidad de la FC, conocidos factores de
riesgo para morbilidad y mortalidad cardíaca, que pueden
explicar el aumento del riesgo asociado con la depresión.
No obstante, aún no se conoce si el tratamiento de la
depresión mejora el pronóstico médico7.
Debido a los costos generados como consecuencia de los
resultados negativos producidos por la asociación clínica
entre IC y depresión, el interés en su abordaje terapéutico,
diagnóstico y preventivo está en aumento, y es cada
vez más necesario. Asimismo, es importante detectar los
factores desencadenantes de esta asociación, para que se
puedan tomar medidas preventivas adecuadas y disminuir
la incidencia de resultados negativos8-10.
Mecanismos entre la relación de depresión e IC
Hipótesis explicativas de la relación entre insuficiencia cardíaca y depresión
Frente a la alta prevalencia de depresión en portadores de
IC y el efecto deletéreo de esa asociación en el pronóstico
de la IC, varios autores se preguntan cuáles son los factores
y mecanismos involucrados.
Actualmente, las evidencias científicas aportan la existencia
de factores derivados del empeoramiento de la IC
y de un conjunto de mecanismos psicosociales y fisiopatológicos.
1. Factores relacionados con la insuficiencia cardíaca y su tratamiento
La insuficiencia cardíaca es una enfermedad crónica,
incapacitante y de pronóstico no favorable. Cuando
estas características son aprendidas por el paciente y su
familia, pueden tener consecuencias en la autoestima, en
los proyectos de vida y en las relaciones interpersonales,
especialmente si la IC se instala abruptamente luego de
un infarto agudo de miocardio (IAM) y en jóvenes. Un
adecuado tratamiento de la IC, que albergue cierta variedad
de opciones de conductas y farmacológicas, podría
potenciar o agravar las quejas depresivas. Si bien por un
lado la adopción de las medidas propuestas le confiere al
paciente una sensación de aumento de control sobre su
enfermedad, por el otro puede sentir que su estilo de vida
fue modificado y que algunos de sus hábitos e intereses
han cambiado11. Las medidas de conducta generalmente
involucran modificación de la dieta, restricción del sodio
y de bebidas alcohólicas. Las implicancias que tienen
estas medidas en el placer sensorial de los alimentos,
en la convivencia social y en las actividades favoritas,
pueden causar la pérdida de autoestima y la exclusión
familiar y social.
Otro aspecto importante se desprende de los efectos
secundarios del tratamiento farmacológico de la IC. El
uso de diuréticos conduce a un aumento de la micción y
los pacientes más sensibles pueden promover un mayor
aislamiento en el hogar, evitar viajes largos y crear restricciones.
El antagonista de la aldosterona, espironolactona, puede
causar ginecomastia, con consecuencias obvias en la imagen
corporal. Los pacientes que toman beta bloqueantes
pueden reportar insomnio, fatiga, sueños vívidos o pesadillas.
La vida sexual de los pacientes con IC, ya agravada
por la enfermedad, puede empeorar por la disfunción
eréctil vinculada a los diuréticos y beta bloqueantes. Amiodarona,
por su capacidad de causar disfunción tiroidea,
puede contribuir a la instalación de un cuadro depresivo
secundario.
El paciente en tratamiento anticoagulante oral suele evitar
las actividades físicas que realizaba antes por temor a un
evento de hemorragia grave. El seguimiento, la vigilancia
médica y la evaluación de laboratorio frecuentes pueden
tranquilizar a algunos pacientes, mientras que otros las
sentirán como una limitación en su autonomía y en su
libertad de movimiento.
Finalmente, el uso de múltiples medicamentos crea una
importante carga financiera, ya que la IC no goza de un
estado especial como otras enfermedades, y esta puede
ser la principal causa de abandono de la terapia. El papel
del médico debe basarse en el buen sentido clínico. La
anticipación de los efectos adversos de ambas medidas de
enfoque conductual y farmacológico debe integrarse en
un enfoque multidisciplinario psico-educativo. El objetivo
es lograr una calidad de vida tan satisfactoria como sea
posible, fortaleciendo y fomentando a que el paciente
llegue a los objetivos propuestos. El papel central del paciente
en el control de la enfermedad debe ser valorizado,
conservando la necesaria participación de la familia y los
efectos emocionales que conlleva la terapia en sí12.
2. Mecanismos psicosociales
Varios factores psicosociales fueron investigados en el desarrollo y progresión de la IC, algunos de los cuales se correlacionan de forma independiente con la depresión clínica. Estos se subdividen en a) factores de conducta, y b) factores sociales.
a) Factores de conducta
La terapia de la IC presenta como piedra angular el cumplimiento
de un plano terapéutico que incluye medidas
farmacológicas y modificaciones del estilo de vida. La
adherencia a la medicación, y a las sugerencias de modificar
la dieta, el ejercicio y los hábitos, influye sobre
la evolución de la enfermedad. Por otro lado, la falta de
adherencia afecta el pronóstico aumentando el riesgo
de morbi-mortalidad. Sabemos que en las afecciones
crónicas, la no adherencia es común. Monane y col.13
estudiaron 7200 pacientes con IC durante un año. En 111
de los 365 días, la mayoría estaba sin medicación, siendo sólo el 10% el que cumplió plenamente lo indicado.
Ciertamente, la complejidad del régimen psicológico
y la edad avanzada de muchos de los pacientes con IC
tienen un importante papel en esta realidad. En dos
recientes trabajos, se señaló que entre el 20 y el 64%
de las hospitalizaciones por IC descompensada se debe
a la no adherencia farmacológica o dietética9,10.
En un meta-análisis se demostró que en pacientes con
enfermedad coronaria e IC, la adherencia a cualquier
terapéutica, incluso placebo, estaba asociada a una
evolución más favorable, sugiriendo que el propio
comportamiento de adherencia fuese un marcador de
mejor pronóstico o confiriese un efecto protector en
estos pacientes14.
La depresión clínica afecta negativamente la adherencia
al tratamiento. En un estudio sobre adherencia a la
medicación en 496 pacientes con hipertensión arterial,
Wang y col.15 encontraron que la depresión (evaluada
por una sub-escala del Brief Symptom Inventory) era el único factor asociado independientemente a la adherencia
terapéutica. En una evaluación de las características
psicológicas asociadas a la adhesión a un programa de
rehabilitación cardíaca, Glazer y col.16 hallaron que la
presencia de depresión tenía una influencia negativa
significativa sobre la adherencia y la mejoría de los
pacientes en rehabilitación.
Un meta-análisis de estudios sobre adherencia a la
terapéutica en varias enfermedades encontró un odds
ratio de 3,03 (IC 95%; 1,96-4,89) entre depresión y no
adherencia al tratamiento17. Schweitzer y col.18, en un
estudio con 115 pacientes portadores de IC evaluados
con el Beck Depression Inventory (BDI) (10% con puntuación >10), no encontraron asociación entre depresión
y adhesión a las recomendaciones terapéuticas.
b) Factores sociales
El nivel de apoyo social ha sido correlacionado con evoluciones
desfavorables en varias enfermedades. El papel en
la IC ha sido menos estudiado. Krumholz y col.19 evaluaron
473 pacientes hospitalizados por empeoramiento de la IC,
recabando datos relacionados al apoyo social y emocional.
Doce meses después, hallaron que los pacientes que habían
reportado no poseer ninguna fuente de apoyo emocional
tenían un riesgo significativamente mayor de eventos
cardiovasculares que los que sí poseían apoyo emocional.
De acuerdo con Murberg y col.20, en 119 pacientes con IC
sintomática, con un seguimiento de 6 años, se verificó que
el aislamiento social constituye un predictor significativo
de mortalidad.
En un estudio que incluyó 478 pacientes, Struthers y
col.21 encontraron que aquellos que provenían de áreas
desfavorecidas presentaban un aumento estadísticamente
significativo en las internaciones por causas cardíacas,
independientemente de la gravedad de la enfermedad y
de la adherencia al tratamiento.
En un estudio de 590 pacientes con enfermedad coronaria,
evaluados en la internación y un mes más tarde, se verificó que la existencia de apoyo social estaba asociada a los
niveles más bajos de síntomas depresivos22. Un estudio
semejante, con 196 pacientes con IAM evaluados con BDI
y Hamilton Rating Scale for Depression, encontró, dos
semanas luego de la evaluación inicial, menos síntomas
depresivos en los pacientes con elevado nivel de apoyo
social23.
3. Mecanismos fisiopatológicos
Existe una clara asociación entre depresión y disfunción
cardiovascular, pero aún no se conoce el mecanismo exacto.
La depresión tal vez influya sobre la función del sistema
cardiovascular a través de la desregulación autonómica
inmunomodulatoria. Como se muestra en la Figura 1,
hay una integración entre los principales mecanismo
fisiopatológicos24.
La función autonómica se ve alterada en la depresión, lo
evidencian así la reducción de la variabilidad de la FC,
la baja sensibilidad del barorreflejo y las alteraciones del
ritmo cardíaco. Estas alteraciones pueden influir sobre la
patogénesis de las enfermedades que afectan el sistema
cardiovascular. Existen también varias evidencias de la
relación entre depresión y la función inmune. La disfunción
de ésta interviene sobre componentes centrales y
periféricos del sistema nervioso autónomo, influyendo
tanto en los cambios de humor como en las enfermedades
cardíacas24.
Para explicar la asociación y el impacto de la depresión
en el pronóstico de la IC, se describen varios mecanismos
fisiopatológicos: a) activación neuro-hormonal, b)
trastornos de la conducción, c) inflamación y d) hipercoagulabilidad.

Figura 1. Modelo fisiopatológico de desregulación autonómica neuroinmuno-modulatoria, ilustrando una hipótesis de trabajo acerca de
las interacciones entre cambio de humor y alteración en la dinámica cardiovascular.
a) Activación neuro-hormonal
En la literatura, se ha documentado de forma consistente la
hiperactividad del eje hipotalámico-pituitario-adrenérgico
en la depresión. La hiperactividad lleva a hiperactividad
simpática, lo que puede, a su vez, acelerar la aparición
de IC en pacientes vulnerables o exacerbar una ya establecida
IC10.
b) Trastornos de la conducción
Los pacientes con depresión presentan aumento de la
actividad simpática, disminución de la actividad parasimpática,
y alteraciones del ritmo cardíaco, tales como
disminución de la variabilidad de la FC y aumento de la
variabilidad del intervalo QT, traduciéndose en mayor susceptibilidad
a arritmias ventriculares. Estas alteraciones,
semejantes a las observadas en la IC, pueden explicar,
en parte, el efecto deletéreo que la depresión tiene en el
pronóstico de esta última25,26.
c) Citoquinas pro-inflamatorias
Los niveles elevados de citoquinas pro-inflamatorias son
característicos de la depresión, y pueden representar la respuesta
a un estrés psicológico agudo o crónico. Los niveles
de citoquinas pro-inflamatorias se encuentran igualmente
elevados e involucrados en la patogénesis y progresión de
la IC, con niveles más altos y correlacionados con mayor
gravedad y peor pronóstico de la enfermedad. Los elevados
niveles de mediadores y de marcadores inflamatorios observados
en pacientes deprimidos pueden contribuir para
el desarrollo de la IC en aquellos susceptibles, o para la
progresión de una IC ya existente27,28.
d) Hipercoagulabilidad
Los datos disponibles hasta el momento sugieren que la
depresión está asociada a alteraciones de la función y
aumento de agregación plaquetaria, lo cual puede facilitar
la ocurrencia de eventos trombóticos en pacientes con IC;
pero las relaciones no son lo suficientemente fuertes como
para concluir si eso puede afectar el pronóstico.
Resumiendo, existe evidencia de que la activación neurohormonal,
los trastornos de la conducción y las elevaciones
de los niveles de citoquinas pro-inflamatorias constituyen
factores de empeoramiento del pronóstico resultante de la
asociación entre IC y depresión. Sin embargo, no existe
evidencia suficiente que afirme a la hipercoagulabilidad
como factor negativo en estas situaciones29.
Prevalencia de depresión en portadores de IC
En una muestra de 682 pacientes analizados, Freedland
y col.30 reportaron que 135 (20%) reunían criterios del
Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales
(DSM-IV) para un episodio de depresión mayor, 11
(16%) reunían criterios del DSM-IV para un episodio de
depresión menor, y 436 (64%) fueron clasificados como
no deprimidos actualmente. Combinando grupos con depresión
mayor y menor, 245 (36%) pacientes presentaban depresión clínicamente significativa. Como se esperaba, la
prevalencia de depresión mayor fue más elevada en pacientes
con historia familiar de grandes trastornos depresivos,
y fue marcadamente elevada entre aquellos con pasado de
uno o más episodios de depresión mayor. La depresión
mayor también fue significativamente más prevalente
entre mujeres de menos de 60 años de edad, incapaces
de trabajar debido a deficiencia, en clase funcional II-IV
de la New York Heart Association (NYHA), incapaces de
practicar auto-cuidado o de realizar actividades diarias
de rutina, y aquellas admitidas con enfermedad pulmonar
obstructiva crónica (EPOC) o apnea de sueño.
En este mismo estudio, la prevalencia de depresión mayor
no fue significativamente afectada por la presencia de otras
grandes co-morbilidades médicas como diabetes o enfermedad
renal, o si al menos una de ellas estaba presente.
La prevalencia de depresión fue menor en pacientes con
historia de IAM, lo cual puede ser explicado por el hecho
de que éstos, en su mayoría, eran ≥60 años y hombres,
que característicamente presentaban menos depresión que
jóvenes y mujeres. La prevalencia de depresión no fue
afectada por las drogas utilizadas para tratar las enfermedades
cardíacas y tampoco fue afectada en pacientes con
historia de hospitalización por IC o con baja fracción de
eyección del ventrículo izquierdo28.
En un estudio de Rumsfeld y col.31 que evaluó 460 individuos,
139 (30,2%) presentaban síntomas depresivos
sustanciales. Los pacientes deprimidos eran más jóvenes,
tabaquistas y con historia de abuso de alcohol, además del
relato de depresión previa con intervención terapéutica,
en comparación con aquellos sin depresión. Sin embargo,
cuando se comparó los grupos que presentaban síntomas
depresivos con los que no los presentaban, se observó que
poseían características similares al analizar los factores
demográficos, cardiovasculares y no cardiovasculares. No
hubo diferencias en el tratamiento de la IC entre ambos
grupos, y una alta proporción de pacientes estaba siendo
tratada con beta bloqueantes, inhibidores de la enzima
convertidora de angiotensina o bloqueantes de los receptores
de angiotensina. Entre los pacientes con síntomas
depresivos sustanciales, el 15,8% estaba en terapia médica
con antidepresivos.
En un estudio realizado por Vaccarino y col.32, sólo se
evaluaron pacientes ≥50 años, y la detección de síntomas
depresivos fue realizada a través de la Escala de Depresión
Geriátrica. Esta escala, generalmente utilizada en
pacientes añosos y adultos, es considerada adecuada para
evaluar los síntomas en pacientes hospitalizados gravemente
enfermos, debiendo centrarse en la evaluación del
sistema autónomo que está relacionado con los síntomas
depresivos. Utilizando un punto de corte ≥6, esta escala
tiene una sensibilidad entre 88% y 92% y una especificidad
entre 62% y 81%, en comparación con la entrevista clínica
estructurada para la depresión. En esta investigación se
obtuvo un 35% de pacientes registrados con síntomas
depresivos leves, 33,5% moderados, y 9% graves33-37.
De acuerdo con Havranek y col.38, en su análisis de 245
pacientes que no poseían síntomas depresivos al inicio
del estudio, el 52 (21,2%) desarrolló síntomas depresivos
significativos a lo largo del seguimiento. Se observó que
los pacientes poseedores de síntomas depresivos estaban
más frecuentemente asociados a los siguientes factores:
vivir solos, historia de abuso de alcohol, dificultades económicas
para pagar su asistencia médica, o presentaran
un peor cuadro clínico en relación a la IC de inicio. Estos ítems fueron corroborados por Pena y col.39, quienes presentaron
resultados semejantes a este estudio.
Aproximadamente, el 30% de los pacientes con IC, incluyendo
hospitalizados y ambulatorios, tiene una significativa
tasa de depresión. Este evento se vio expresado en la
muestra del estudio realizado por Pena y col.39 en que la
muestra obtuvo 67% de síntomas depresivos entre los pacientes
hospitalizados. Se observó depresión significativa
en el 46% de la muestra presentada por Sherwood y col40,
la alta prevalencia de depresión fue asociada con peores
resultados clínicos.
Resultados clínicos
Actualmente, las evidencias clínicas presentadas demuestran
que la depresión clínica o sólo los síntomas
depresivos, están asociados al aumento de la morbilidad
y de la mortalidad, tanto en poblaciones saludables como
en aquellas con enfermedad sintomática. Esta realidad se
encuentra bien descripta en la enfermedad coronaria, y
ha evolucionado en el análisis del impacto de la depresión
en la IC. La depresión está asociada al aumento en
el desarrollo de IC en individuos con factores de riesgo
cardiovasculares y ha sido asociada a resultados adversos
en pacientes con IC. Vaccarino y col. demostraron que la
gravedad de los síntomas depresivos estaba directamente
relacionada con muerte o deterioro de la clase funcional
en seis meses de seguimiento en 391 pacientes hospitalizados
por IC27,41,42.
De acuerdo con Sherwood y col.40, la presencia de síntomas
depresivos puede tener un efecto significativo sobre el
resultado, con un aumento de riesgo de cerca del 56% para
muerte u hospitalización. Se observó también que en la IC
el uso de medicamentos antidepresivos estaba asociado
con mayor riesgo de muerte u hospitalización por causas
cardiovasculares. Aunque los pacientes consumidores de
antidepresivos fueron los más deprimidos, presentaron
peores resultados, aún después del control de gravedad de
la depresión. En un estudio con 357 pacientes con edades ≥18 años, en clase funcional II o mayor según NYHA y
fracción de eyección del ventrículo izquierdo ≥35%, se
evaluó la relación de la IC con los niveles de depresión. Se
observó que la mortalidad total fue del 7,9% en tres meses
y del 16,2% al año. Los pacientes con depresión mayor
tuvieron las mayores tasas de mortalidad en tres meses y
un año (13,0% y 26,1%; respectivamente), mientras que
la depresión leve presentó tasas de mortalidad del 7,4% en
tres meses y del 11,1% al año; similar a los pacientes cuyo
valor en el Inventario de Depresión de Beck fue inferior a
10 (5,7% y 13,7%; respectivamente). Así, los portadores de depresión mayor presentaron aproximadamente el doble
de riesgo de mortalidad en un año, en comparación con los
que no poseían depresión43.
Tratamiento
Terapia psicosocial
No obstante se han producido avances terapéuticos en el tratamiento
farmacológico de la IC, la tasa de mortalidad a corto
plazo continúa siendo alta.
En pacientes con menor IC, la supervivencia es mayor; sin
embargo, hay una reducción considerable en la calidad de
vida. Dada la alta morbilidad y mortalidad asociada con la
IC, no sorprende que los pacientes normalmente sufran de
trastornos psicológicos, reducción de la actividad social y
disminución de la calidad de vida.
La calidad de vida es reconocida como un factor importante
cuando se estudian los efectos de las intervenciones.
Además, los factores psicológicos también han sido implicados
en la aparición de hospitalizaciones en un número
considerable de pacientes con IC44-46.
Por lo tanto, las intervenciones psicosociales (incluidas
la psicoterapia individual y grupal, grupos de apoyo y reducción
de estrés) se han utilizado para tratar la depresión
en pacientes con IC. El objetivo de las intervenciones es
reducir el estrés psicológico que puede interferir con los
resultados clínicos. Aunque los estudios en este campo
revelan las limitaciones metodológicas, tales como tamaño
de la muestra o la falta de grupos de control, varios estudios
muestran una mejoría en la función psicosocial y una mejora
en la condición general del paciente después de someterse
a estas intervenciones.
En el Ischemic Heart Disease Life Stress Monitoring Program,
461 hombres con reciente infarto de miocardio fueron
asignados al azar a una intervención psicosocial. Después
de un año de seguimiento, el grupo sometido al tratamiento
presentó una reducción significativa en los sentimientos de
angustia y la reducción de la mortalidad.
En el estudio Miocardial Ischemia Intervention, 136 pacientes
con CAD recientemente documentada sufrieron
un episodio de isquemia inducida por el ejercicio. Estos se
sometieron a una intervención psicosocial para el estrés y
entrenamiento aeróbico. Estas medidas se tradujeron en la
reducción de la depresión y la hostilidad en el grupo control.
Además, los pacientes que se sometieron a la intervención
psicosocial han demostrado una reducción en los síntomas y
en el riesgo de eventos cardiovasculares isquémicos durante
el seguimiento.
De hecho, los beneficios que persistieron por aproximadamente
cinco años en el grupo que recibió la intervención y
los beneficios clínicos también se asociaron con reducciones
en los costos médicos. En el reciente meta-análisis se observo
que las intervenciones psicosociales mejoran la calidad
de vida y los resultados clínicos7,47-54. El tratamiento cognitivo-conductual de la depresión en pacientes con enfermedad
coronaria se asoció con una disminución del ritmo cardíaco y
aumento de la variabilidad de la FC en corto plazo55.
Tratamiento farmacológico
Las directrices de los pacientes de atención primaria con depresión
han documentado que el tratamiento farmacológico
adecuado y la integración con las correspondientes intervenciones
de comportamiento son igualmente eficaces56,57. La
desregulación del sistema nervioso autónomo (SNA) se
ha asociado con IC, como la hiperactividad del sistema
nervioso central (SNC) se ha asociado con la hipertensión
arterial y otros factores de riesgo de mortalidad por IC, tales
como disminución de la variabilidad del ritmo cardíaco,
la disminución del tono vagal y la recuperación del ritmo
cardíaco después del esfuerzo. La activación del SNC puede
causar constricción coronaria que resulta en isquemia
miocárdica. Las anomalías en el funcionamiento del SNA
también se han demostrado en los pacientes deprimidos.
La relación entre la depresión y la discapacidad de la SNA
se ha demostrado en las poblaciones con IC. La reducción
del control barorreflejo cardíaco también se ha demostrado
que se correlaciona con los síntomas depresivos que los
pacientes con IC58-68.
Los beta bloqueantes adrenérgicos reducen directamente la
actividad simpática de la FC media, especialmente durante
el día. Por lo tanto, el tratamiento con estos fármacos pueden
mejorar el tono vagal en pacientes con depresión severa.
Aunque los efectos sobre la FC son modestos, la adherencia
al tratamiento cambia significativamente el pronóstico41.
En el análisis de los principales beta bloqueantes adrenérgicos,
se encuentra una correlación entre la reducción de la
FC en la mortalidad y en el re-infarto no fatal. También se
observó que la reducción media de la FC fue de 10,7 latidos/
min en los pacientes tratados con un beta bloqueantes.
Aunque no tan impresionante como los efectos del bloqueo
beta, esta reducción de eventos fue mayor y se asoció con
una intervención psicoterapéutica69.
Existen varias clases de medicamentos antidepresivos
que han demostrado ser eficaces en el tratamiento de la
depresión. La clase de los antidepresivos selectivos de la
recaptación de serotonina (ISRS) se considera actualmente
el más seguro para su uso en pacientes con enfermedad
cardiovascular, en contraste con los antidepresivos tricíclicos,
que pueden alterar la frecuencia y el ritmo cardíaco.
El estudio SADHART comparó los efectos de sertralina y
placebo durante 24 semanas en pacientes con desorden de
depresión mayor (DDM) y angina inestable o infarto de
miocardio reciente. El seguimiento sugiere que el tratamiento
con ISRS no perjudica la función cardiovascular y
se considera segura para la mayoría de los pacientes. Sin
embargo, en el caso del estudio ENRICHD, las mejorías
en la depresión fueron modestas. En un análisis posterior,
se descubrió que los pacientes con un episodio previo de
depresión o episodio grave presentaban una mejora consistente
en el control de la depresión, sugiriendo que el tratamiento
con ISRS es una buena opción para este subgrupo
de pacientes. Aunque el SADHART no fue realizado para
detectar el efecto del tratamiento sobre la mortalidad, hubo menos eventos adversos graves (muerte o re-internación
por IAM, IC, enfermedad cerebrovascular y angina de
pecho) en comparación con el grupo que recibió placebo.
El estudio ENRICHD también demostró que el tratamiento
con antidepresivos mejora el pronóstico en la IC. Los pacientes
tratados con antidepresivos tenían un riesgo menor
de muerte y de re-infarto en comparación con aquellos que
no utilizaron antidepresivos70-76.
Terapias alternativas
El ejercicio aeróbico y la rehabilitación cardíaca puede
reducir los síntomas depresivos y producir mejoras en el
sistema cardiovascular. Aunque la depresión puede ser un
obstáculo para la participación en la rehabilitación cardíaca
y programas de ejercicios, los cardiólogos pueden ayudar a
los pacientes deprimidos a superar este obstáculo mediante
el fortaleciendo el incentivo y el acompañamiento continuo.
También debe existir la ayuda de sus cónyuges, parejas
o familiares para mejorar la adherencia. La prescripción
del ejercicio debe ser evaluado sobre la base de la función
cardiovascular y la capacidad de ejercicio en forma individual77,78.
Conclusión
Basándose en la literatura analizada, la prevalencia de la
depresión asociada con la insuficiencia cardíaca, los resultados
clínicos y los cambios resultantes de las intervenciones,
generan las siguientes conclusiones: 1) la depresión es
muy común entre los pacientes con IC, 2) el diagnóstico
y la detección de episodios graves se realiza a través de la
aplicación de cuestionarios o es evidente en los pacientes
con insuficiencia cardíaca grave, 3) las tasas de mortalidad,
los eventos clínicos, rehospitalizaciones y los cuidados de
salud son mayores en este tipo de pacientes, 4) los estudios
que describen el tratamiento de la depresión en este tipo
de pacientes son pequeños y heterogéneos, no permitiendo
conclusiones sobre la eficacia de estas intervenciones.
Estas conclusiones identifican áreas poco desarrolladas que
necesitan más investigación, nuevos cuestionamientos y enriquecerse
con una mayor información sobre la prevalencia
de la depresión en la insuficiencia cardíaca y su evolución
clínica, lo que permitirá guiar a los investigadores y clínicos
en la realización de nuevos estudios para responder todas las
preguntas relativas a la asociación de estas dos patologías,
la depresión y la insuficiencia cardíaca.
Recursos financieros
No hubo apoyo financiero para este trabajo.
Conflicto de intereses
Los autores no poseen conflictos de intereses que declarar.
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