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Revista Universitaria de Geografía

versión On-line ISSN 1852-4265

Rev. Univ. geogr. vol.22 no.2 Bahia Blanca jul./dic. 2013

 

ARTÍCULOS

Globalización y transformación del paisaje agrícola en América Latina: las nuevas regiones de expansión de la soja en Brasil y la Argentina

Fernando Campos Mesquita* - Vicente Eudes Lemos Alves**

* Geógrafo. Magister en Geografía. Doctorando en Geografia por el Departamento de Geografía de la Universidad Estadual de Campinas (Unicamp). Campinas, San Pablo, Brasil. fernandocmesquita@gmail.com
** Geógrafo. Doctor en Geografía Humana. Docente del Departamento de Geografía de la Universidad Estadual de Campinas (Unicamp). Campinas, San Pablo, Brasil. veudes@ige.unicamp.br


Resumen
Con el aumento de la producción de soja en América Latina, se está construyendo una nueva relación entre agricultura y las regiones productoras. Por consecuencia de esto, determinados lugares, discontinuos y marcados por contextos históricos y sociales distintos pasan por procesos análogos con respecto a la transformación de su paisaje; como si fuesen parte de una misma región. En el siguiente artículo se ofrecerán evidencias que definen este sistema productivo sojero partiendo del estudio de las condiciones recientes que marcan el avance de esta actividad en los estados de Maranhão, Piauí, Tocantins y Bahía en Brasil, así como, en las provincias de Chaco y Formosa en la Argentina. Para la investigación de este estudio se tomaron textos que han trabajado con estos temas en estas regiones, así como datos secundarios e información sobre la producción de soja en ambos países. Las conclusiones indican que, en el período marcado por la globalización, las áreas estudiadas pueden ser comprendidas como partes integrantes de una misma dinámica de expansión de territorios funcionales a la soja.

Palabras clave: Producción de Soja; Transformación del Paisaje; Nuevas Áreas de Expansión de la soja; Brasil y Argentina.

Globalization and transformation of the agricultural landscape in Latin America: the new regions of expansion of soybean cultivation in Brazil and Argentina

Abstract
With the growth of soybean production in Latin America, a new relationship between agriculture and region is being built. As a result, certain areas marked by different historical and social contexts have gone through similar processes to those of landscape transformation; as if they were part of a same region. The aim of this paper is to present evidence to define the soybean production system from the study of recent conditions which highlight the progress of this activity in the states of Maranhão, Piauí, Tocantins and Bahía, in Brazil, and the provinces of Chaco and Formosa, in Argentina. This analysis was based on literature concerning these regions, secondary data and information about soybean production in both countries. Conclusions point to the fact that in the period marked by globalization, the studied areas can be considered as part of the same expansion dynamics of territories intended for soybean growth.

Key words: Soybean Production; Landscape Transformation; New Regions of Expansion of Soybean Cultivation; Brazil and Argentina.


 

Introducción

Con el aumento de la producción de soja en América Latina se está constituyendo una nueva relación entre la agricultura y las regiones productoras. En estas circunstancias, en la medida en que crece esta actividad determinados lugares aunque discontinuos y marcados por formaciones socio-espaciales distintas (Santos, 1982) pasan a reproducir procesos análogos de transformación de su paisaje, como si constituyesen una única región que se define más allá del ámbito nacional.

Este artículo describirá esta situación a partir del estudio del crecimiento de la producción de soja en las provincias de Chaco y Formosa, en el nordeste de la Argentina (Fig. 4) y en los estados de Bahía, Maranhão, Piauí y Tocantins, en las regiones del nordeste y norte de Brasil (Fig. 6). Ambas están caracterizadas como zonas periféricas de sus respectivos países, que, a partir del año 2000 fueron incorporadas a las áreas de agricultura moderna de cultivo de la soja. De cierta manera, ellas compiten con las regiones tradicionales de producción de soja. En el caso brasileño, con el sur y en la Argentina con la región pampeana.

Figura 4. Media de la producción de soja en la Argentina en años selecionados. Fuente: Elaborado por Gomes Pinto, Campos Mesquita y Lemos Alves sobre la base de Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca - Sistema Integrado de Información Agropecuaria (SIIA, 2013).

Figura 6. Media de la producción de soja en Brasil en años seleccionados. Fuente: Elaborado por Gomes Pinto, Campos Mesquita y Lemos Alves sobre la base de Produção Agrícola Municipal (PAM) - Instituto Brasileiro de Geografia e Estatística (IBGE, 2012).

Las acciones realizadas en estas nuevas regiones están produciendo un proceso de organización económica y de interrelaciones entre firmas y agentes. En primer lugar esto significa reconocer que en ambas se tiene una sustitución de extensiones de tierra que, hasta entonces, podrían estar desocupadas o centradas en explotaciones agro-extractivas de pequeños y medianos productores. Por ello la producción en estas zonas comenzaron a ser en gran escala y altamente técnificada. En segundo lugar, ambas zonas se organizan en especial a partir de decisiones económicas externas a su territorio. En general, estos procesos son marcados simultáneamente por el avance de una frontera moderna sobre comunidades menos capitalizadas y por una división regional del trabajo vinculada a los segmentos de los sistemas productivos de la soja.

El objetivo del artículo es brindar evidencias de esos fenómenos y, a partir de aquí, destacar que en el período marcado por la globalización parte del Chaco argentino y del bioma del cerrado brasileño pueden ser consideradas integrantes de un mismo proceso de expansión macro-regional de territorios funcionales a la soja.

El artículo identifica por un lado los agentes y los procesos responsables por la expansión de la frontera de la soja y, por otro, la dinámica de transformación del paisaje de las nuevas áreas de producción. ¿En qué medida es posible observar una misma lógica de organización del espacio en las regiones que están siendo incluidas en este sistema? ¿De qué forma las regiones analizadas en Brasil y en la Argentina colaboran para comprender estos procesos?

Por esta razón, se busca en primer lugar realizar un breve estudio de la intervención histórica de estas regiones a partir de un soporte bibliográfico con el objetivo de comprender el tipo de desarrollo económico anterior a la expansión de la soja. En segundo lugar, a través de datos estadísticos se pretende analizar la intensidad de ese crecimiento. Finalmente, el artículo evidencia la transformación del paisaje tomando en cuenta a las empresas, los productores agrícolas y las actividades de investigación y desarrollo (I+D) relacionadas con este sector.

Se hace necesario tomar consciencia de lo que está ocurriendo en la agricultura de estos países en la medida en que, como afirma Celso Furtado (2007a: 127) "las estructuras agrarias son en América Latina, no solo un elemento del sistema de producción, sino también la base de toda la organización social". En otras palabras, las transformaciones impuestas por la soja tienden a trasladarse de la esfera de la producción al impacto de la sociedad en su totalidad.

Para abordar estas cuestiones, el artículo está dividido en cuatro partes: (i) breve discusión sobre las nuevas formas de pensar la relación entre región y agricultura frente al proceso de globalización; (ii) recorrido histórico de la agricultura en Brasil y en la Argentina poniendo el énfasis en las condiciones que llevaron a estos países por caminos semejantes y distintos en este sector; (iii) descripción de aquello que viene ocurriendo en las provincias de Chaco y Formosa en la Argentina y; (iv) análisis de las nuevas áreas de expansión agrícola en el bioma de cerrado en la región centro-norte de Brasil.

Región y agricultura en el panorama económico de la globalización

Al final del siglo XX ha tenido lugar una reorganización de los arreglos espaciales debido al avance de la globalización entendida como el "ápice del proceso de internacionalización del mundo capitalista" (Santos, 2010: 23) y de la mayor liberalización de los mercados nacionales. En este contexto, nuevos criterios de competencia y técnicas de producción se crearon estimulando una dinámica distinta que define la relación de la agricultura con la región.

Inicialmente, estos cambios se deben al propio papel que la región viene asumiendo como un activo esencial en la competición económica. La idea es que, como muestra Allen Scott (1996: 397), el resurgimiento de la región no se vincula apenas con la definición de una escala de análisis sino que también con la nueva dimensión espacial de los complejos económicos y sociales. Las regiones se organizan como un sistema que permite una alta generación de externalidades, el aumento de la relación entre los agentes y las ganancias en términos de productividad (Scott, 1996).

Es necesario puntualizar que la región, como un activo de competencia, de la forma como la presenta Michael Storper (1997) no debe ser entendida como algo material sino como un "activo relacional". Ello lleva a incluir los contactos humanos existentes en las relaciones y coordinaciones de la economía. Ahora bien, estos arreglos no obedecen a un único modelo. Por un lado existen ambientes capaces de estimular la generación y decodificación del conocimiento; proveer activos esenciales a las empresas y sistemas productivos y fortalecer una dinámica territorial favorable a la conexión entre ambos. Por otro lado, siguen existiendo áreas pautadas por la estandarización e imitación donde se localizan firmas desvinculadas de las capacidades locales y sin un sistema territorial que estimule un progreso económico y tecnológico (Storper, 1997). Estos modelos, aunque distintos, se conectan formando un sistema heterogéneo con áreas centrales y periféricas.

La definición de ese sistema regional sigue la idea de Rogério Haesbaert, para quien son "espacios-momento que resultan efectivamente en una articulación espacial coherente (aunque sea modificable) y compleja donde puede dominar lo económico lo político y/o lo cultural" (Haesbaert, 2010: 121). Un aspecto crucial es que en el período reciente sus dimensiones espaciales "pueden manifestarse no sólo en la tradicional forma zonal, por lo general contigua, pero también en redes, incluidas en una lógica discontinua de articulación reticular" (Haesbaert, 2010: 121).

La evolución de estas articulaciones está en consonancia con la expansión de flujos que, muchas veces, "estuvieron contenidos en los límites de los territorios nacionales" pero que atraviesan esas fronteras e introducen un nuevo orden derivado "de sistemas reticulares cada vez más liberados del control territorial" (Dias, 2005: 11). El desarrollo del sistema de transporte y de las comunicaciones al incentivar una reducción del tiempo "permitió establecer un puente entre lugares distantes" (Dias, 1995: 141) garantizando una mayor flexibilidad en la localización de la actividad productiva y en las interrelaciones entre los espacios (Scott, 1996).

Por lo tanto, el concepto de región se desvincula parcialmente de una interpretación tradicional y rígida centrada en la idea de combinación e integración de áreas contiguas (Corrêa, 2002). Nuevos elementos se incorporan en el análisis de su espacialidad a partir de criterios que incluyen, entre otros factores "la especificidad o singularidad regional, que involucra la cuestión más amplia de la 'diferencia' de la regionalización como proceso de diferenciación espacial" y de las articulaciones y discontinuidades "promovidas por dinámicas/sujetos sociales en la imbricación diferenciada de múltiples dimensiones del espacio geográfico" (Haesbaert, 2010: 123).

Sin embargo, aunque se haga referencia a dinámicas de regiones discontinuas la forma como ellas expanden sus fronteras no tiende a seguir un modelo nuevo. Sigue siendo por lo tanto, una situación caracterizada por los dos lados que definen el conflicto social conforme señala José de Souza Martins (1997). Ese proceso es determinado por tiempos históricos distintos. O sea, incluye tanto una frontera de la modernización marcada por agentes de la reproducción del capital que incorporan la innovación y el proceso de urbanización que avanzan sobre poblaciones tradicionales y grupos indígenas (Martins, 1997).

Desde esta óptica, resulta una regionalización de un sistema agrícola cuyas orientaciones se definen en dos sentidos. Por un lado, se establece un aumento de la influencia externa que en términos de Milton Santos (1996; 2010), puede ser entendida por la intensificación de una verticalidad1 formada por medio de la condición geoeconómica favorable a la producción de commodities. Por otro lado hay una influencia endógena asociada a la forma en que el territorio interfiere en la actividad económica a partir de ese impulso externo (Benko & Pecqueur, 2001).

Este sistema regional funciona a partir de una agricultura científica y globalizada regulada por las "mismas leyes que rigen los otros aspectos de la producción económica" (Santos, 2010: 88). En este contexto dos atributos merecen especial atención. El primero, se vincula a la rapidez con que ocurre la adaptación para esa nueva realidad (Santos, 2010). Así, en un corto intervalo de tiempo las regiones pasan a organizarse para garantizar atributos que promuevan la competividad de las empresas atadas al agribusiness o, más concretamente, al agribusiness globalizado, como lo define Denise Elias (2007). El segundo se refiere a los múltiples segmentos que están vinculados al funcionamiento de la agricultura moderna haciendo que esta actividad fuera mucho más allá de lo que tradicionalmente se entendió como el sector primario. De acuerdo con José Graciano Silva (1994: 216)

"...el sector agroalimentario comprende cuatro subsectores: el de las empresas que abastecen a la agricultura de servicios y medios de producción (crédito, asistencia técnica, fertilizantes, semillas, plantas, fitosanitarios, alimentos para el ganado, maquinaria agrícola, etc.), llamado d'amont; el subsector agropecuario propiamente dicho; el subsector de las industrias agrícolas de transformación, llamado d'aval; y el subsector de distribución de alimentos".

Por otro lado, la agricultura establece vínculos con actividades de innovación y conocimiento relacionadas con los centros de investigación y con las universidades (Salles-Filho et al., 1997).

De forma general en el transcurso de la globalización surgen elementos que hacen que la agricultura latinoamericana siga una nueva dinámica de organización económica y espacial. En resumen esta actividad pasa a obedecer un modelo y próposito económico particular cuya espacialidad se presenta de forma tanto contigua como discontinua. Esto no significa un cambio completo, sino la introducción de un condicionante moderno que se expande delante de la necesidad de atender a un nuevo orden económico vigente.

Distinciones y asimilaciones en la estructuración del espacio agrícola latinoamericano: evidencias de una nueva configuración macrorregional comandada por la soja

Los rasgos históricos que definen las estructuras agrícolas de América Latina pueden ser entendidos como resultado de la división internacional del trabajo que surge a partir de la Revolución Industrial. En ese momento, teniendo conciencia que por un lado, la actividad agrícola ha tenido rendimientos decrecientes por unidad productiva y, con ello, una alta dependencia de la disponibilidad de tierra y que por otro lado, que la actividad industrial al romper con la barrera de los recursos naturales permitió por su propio dinamismo generar rendimientos crecientes e impulsar el progreso técnico; estaba claro que la opción -sobre todo de Inglaterra- sería la de profundizar en esta segunda actividad (Furtado, 2007: 90). En este contexto adquirir productos agrícolas con rendimientos generados por los productos industriales constituye una significativa ventaja económica. Se configura así un proceso de organización comercial entre países industrializados y periféricos (esencialmente agrícolas) que continuaría a lo largo del siglo XIX hasta inicios del XX (Prebisch, 2000).

En este contexto América Latina se incorpora al mercado mundial sobre la base de actividades primarias-exportadoras. Aunque aspectos como el binomio latifundio/minifundio y la práctica de la agricultura itinerante o sea la "incorporación de nuevas tierras más que la intensificación de los rendimientos para expandirse" (Furtado, 2007a: 234), eran características comunes al continente, cada país optó por distintos modelos de inserción (Furtado, 2007b).

Hacia finales del siglo XIX en la Argentina los cultivos de clima templado como el trigo y el maíz ocuparon la región pampeana. A su vez creció la cría de ganado, que acompañó la incorporación de las tierras patagónicas a la producción (Furtado, 2007a; Silveira, 2003). Otras actividades que merecen destacarse son: "el cultivo de azúcar en Tucumán, de frutas y la elaboración de vinos en Mendoza y la yerba mate en el Nordeste (Silveira, 2003: 26). En el caso brasileño aumentó la producción agrícola de clima tropical (Furtado, 2007a) observándose por un lado la expansión de la producción de café, inicialmente concentrada en Rio de Janeiro y en São Paulo y por otro lado, la decadencia de las plantaciones de tabaco, cacao, algodón y caña de azúcar hasta entonces localizadas sobre todo en la región del Noreste (Furtado, 2007b).

A partir de la década de 1930, ambos países siguieron trayectorias diferentes en términos agrícolas. Es interesante notar que en 1961 la Argentina presentaba un fuerte predominio del cultivo de trigo que ocupaba el 31,4 % del área total cosechada y de maíz que representaba el 19,5 % de ese total. Otras producciones que ocuparon áreas importantes fueron en ese orden, las semillas de lino, girasol y sorgo (FAOSTAT, 2012). En Brasil la mayor parte del área total cosechada fue ocupada por la producción de maíz con un 25,9 % situándose en un segundo lugar la producción de café, con el 16,5 %. Cabe destacar que la producción de café era la mayor generación de valor y de volúmenes de exportación. Los otros cultivos que le seguían en términos de superficie cosechada fueron el arroz, los frijoles y el algodón2 (FAOSTAT, 2012).

Lo único que compartían las trayectorias agrícolas de la Argentina y Brasil era la producción de maíz, orientada principalmente al mercado interno. Se trataba de un cultivo espacialmente difundido y que desde mediados del siglo XX fue un elemento básico en la alimentación de ambos países.

Esta condición cambiaría en la medida en que la influencia de la Revolución Verde se hizo más fuerte en la configuración de la agricultura latinoamericana. En este contexto se conformó un modelo de difusión de la modernización agrícola que se basaría en una reestructuración tecnológica que ya había tenido éxito en Estados Unidos sobre todo luego de la Segunda Guerra Mundial. En algunas zonas de las regiones subdesarrolladas la Revolución Verde provocó una intensificación de la productividad (Griffin, 1982). En términos de Schultz (1965) en ciertas partes del continente se rompían definitivamente las barreras entre la agricultura tradicional y empieza a ganar importancia una nueva actividad basada tanto en el aumento del capital humano como el material. Destaca en este último caso la mayor incorporación de fertilizantes y maquinarias agrícolas.

Poco a poco, la agricultura en países como Brasil y la Argentina dejó de ser una ventaja comparativa estática como en el período agroexportador, para pasar a desarrollarse como una producción moderna. Una de las consecuencias más ilustrativas de este proceso lo ofrece la expansión del cultivo de soja. Esta última pasa de ser un cultivo poco conocido por los agricultores del siglo XX a convertirse en uno de los mayores cultivos producidos en tierras argentinas y brasileñas en la década del ochenta. Esa evolución está indicada en la figura 1.

Figura 1. Evolución de la producción de soja entre 1962 y 2010 en la Argentina y Brasil (en tn). Fuente: Elaborado por Campos Mesquita y Lemos Alves sobre la base de Food and Agriculture Organization-Statistic Division, FAOSTAT, 2012.

Es interesante notar que en el caso brasileño el crecimiento de la soja tiene sus primeros saltos en la década de 1970, mientras que en la Argentina ese aumento ocurre hacia la mitad de la década de 1980. Sin embargo, ambos países elevan su producción de forma más consistente a partir de la década de 1990 y sobre todo después de 1996. En 2010 la producción alcanza un punto máximo ya que ambos países produjeron un total de 121,4 millones de toneladas, correspondiendo un 56,6 % a la producción brasileña y un 43,4 % a la Argentina.

Del punto de vista de la demanda, una de las razones de ese crecimiento se encuentra en la amplitud de productos que se derivan de la soja. Como indica Bertrand et al. (1987: 25) "la transformación industrial de estos granos permite la obtención de aceite y de un residuo, llamado torta, utilizado en la alimentación animal". Así se observa un redireccionamiento de la producción tanto hacia consumidores finales, como hacia industrias que pueden orientarse a la producción alimenticia, a la química o, más recientemente, hacia combustibles renovables como el biodiesel (Bertrand et al., 1987). A partir de la década de 1990 el ingreso de India y, sobretodo de China como grandes consumidores de soja, impulsan la producción con una fuerte orientación al mercado externo.

Aunque la producción de soja es un elemento común en la realidad agrícola brasilera y argentina, ella registra valores diferentes en la dinámica local. Esas distinciones pueden ser identificadas en las figuras 2 y 33.


Figura 2. Evolución de los cuatro principales cultivos en términos de área total cosechada en la Argentina entre 1961 y 2010 (en %). Fuente: Elaborado por Campos Mesquita y Lemos Alves sobre la base de Food and Agriculture Organization-Statistic Division, FAOSTAT, 2012.


Figura 3. Evolución de los cuatro principales cultivos en términos de área total cosechada en Brasil entre 1961 y 2010 (en %). Fuente: Elaborado por Campos Mesquita y Lemos Alves sobre la base de Food and Agriculture Organization-Statistic Division, FAOSTAT, 2012.

De la comparación entre los países la diferencia más relevante que se observa tiene que ver con la mayor dependencia que la agricultura argentina presenta respecto de la soja. Mientras que en Brasil este cultivo ocupó el 35,6 % del área cosechada en 2010 en la Argentina ese valor alcanzó un 57,4 % para ese mismo año. Esto significa que en tierras argentinas el avance de la producción de soja tuvo lugar simultáneamente a una reducción en la participación relativa de la superficie ocupada por otros cultivos estimulando en palabras de Cafiero (2005) una "sojización" de la agricultura. Esta situación también se produce en relación con la ganadería donde en algunas provincias argentinas tal actividad está siendo sustituida por cultivos de soja, como destaca Castro et al. (2010) para el caso de la provincia de Santa Fe. En Brasil si bien los volúmenes de producción de soja fueron mayores el aumento de la soja fue acompañado sobre todo por el avance de la caña de azúcar lo cual de cierta forma redujo estos grados de especialización.

De forma general, el hecho es que Brasil y la Argentina extendieron el área cosechada asociada a la soja de 242 mil hectáreas en 1961 a 41,5 millones de hectáreas en 2010 (FAOSTAT, 2012). Esa extensión de área con soja no ocurre sin tener ningún vínculo con las regiones. Por el contrario uno de los elementos centrales que estimula esta alta producción es justamente la manera como los territorios promovieron la formación de un sistema macrorregional que hizo posible los intercambios de información, tecnologías y personas entre sus partes. Éste a su vez intervino en la expansión de sus propias fronteras y en el aumento de la productividad4. Los centros de decisiones que definen la expansión de las fronteras de la soja y de los procesos de transformación del paisaje, están involucrados en el sistema definido por la actuación de las actividades de la I+D, de los productores y de las grandes empresas en las escalas nacional y/o supranacional.

El primer elemento a tener en cuenta es el de I+D. El desarrollo de tecnologías agrícolas como la introducción de la biotecnología es esencial en la medida en que fueron las inversiones realizadas en investigación y en innovación las que hicieron posible el cultivo en áreas con suelos de menor fertilidad y, consecuentemente, en el desplazamiento del cultivo de soja hacia nuevas regiones. Este proceso involucra instituciones tales como las universidades, cooperativas, empresas privadas y centros de investigación agropecuarias. Estos últimos merecen una atención especial sobre todo por la actuación de la Empresa Brasileña de Pesquisa Agropecuaria (EMBRAPA), en Brasil y el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) en la Argentina5.

La EMBRAPA fue creada en 1972 y hoy es una de las principales instituciones mundiales centradas en el desarrollo de tecnología agrícola de clima tropical (Fuck et al., 2009). Su evolución está directamente conectada al éxito de la soja en el país debido a los esfuerzos en investigación que han permitido el mejoramiento genético el desarrollo de cultivos resistentes a las plagas y a las condiciones climáticas adversas, así como, la adaptación de semillas a nuevos tipos de suelos y ambientes (Suzigan y Albuquerque, 2011; Fuck et al., 2009).

En el caso argentino el INTA fue inaugurado en 1956 durante la Revolución Verde. Esta institución juega un papel importante en la promoción de cultivos y actividades ganaderas. Sin embargo, en el caso concreto del mercado de semillas de soja su influencia ha sido discreta (Fuck et al., 2009). Según Fuck et al. (2009: 13) el "instituto trabaja con un germoplasma resistente a las sequías, plagas, enfermedades y en la mejora de la calidad nutritiva". Su aporte "se manifiesta principalmente en las técnicas de manejo de cultivo, control de plagas, enfermedades y técnicas de plantío (Fuck et al., 2009: 13) teniendo así una función que se aproxima más a la "extensión rural que propiamente a la investigación" (Fuck et al., 2009: 14). De lo dicho hasta aquí es importante señalar que el INTA se mantiene al margen de los eventos relevantes en la investigación agrícola en el país como es el desarrollo de la variedad de soja transgénica (Fuck et al., 2009; Fuck, 2009). Así, empresas privadas multinacionales como Monsanto vienen adquiriendo un destacado papel en el sector.

El segundo aspecto son las migraciones de productores y grupos empresariales que viene ocurriendo en el ámbito nacional y supranacional. Por un lado es bien conocido el papel que los emigrantes oriundos de los estados de la región sur de Brasil, denominados sulistas tuvieron en la ocupación del bioma del cerrado en el interior del territorio brasileño y de poblaciones del área pampeana en la colonización del noreste argentino. Por otro lado, las interrelaciones entre ambos países también vienen aumentando. Esto se evidencia en las estrategias del grupo brasileño Maggi en tierras argentinas y de los grupos argentinos El Tejar, Los Grobo y MSU en tierras brasileñas. El grupo El Tejar, por ejemplo, llegó a ser el mayor productor de soja en tierras brasileñas con una producción total de 673 mil toneladas en 220 mil hectáreas sembradas en la campaña de 2010/11 (Hennemann, 2011).

El tercer elemento a tener en cuenta tiene que ver con los tradings y agroindustrias vinculadas a la soja. Estas empresas desenvuelven sus estrategias de reproducción capitalista, instalando sus tentáculos en distintas partes del planeta, especialmente en aquellos lugares que les ofrecen mejores condiciones para su reproduccion capitalista, conforme señala María Laura Silveira (2010: 78):

"De esta manera, las grandes empresas escogen puntos y áreas aptas para su ejercicio, diseñando en el territorio verdaderas tipologías. Cada punto o área representa una o alguna etapa técnica, generalmente la producción de materias primas agropecuarias o minerales, o, inclusive, cuando se trata de etapas industriales, la fabricación de piezas y montaje de partes. Estos son momentos aislados de una cadena de producción extrovertida que difícilmente se completa en la región o en el país".

En el caso de los grupos viculados a la soja, la situación de oligopolio crea una concentración del poder de decisión en pocas empresas multinacionales que controlan el mercado como por ejemplo, Archer Damiel Midlandas (ADM), Bunge y Born, Cargill y Louis Dreyfus6. Según estimaciones de inicios de 2005, en Brasil estas empresas adquirieron el 55 % de la producción nacional de soja y participaron "con el 61 % del total de las exportaciones de granos, harinas y aceite y con el 59 % de la molienda interna"7 (Zafalon, 2005). En la Argentina, ADM tiene un papel menor. Sin embargo, en el año 2011, las otras tres empresas participaron con el 51 % de la exportación de harina y el 43,8 % de aceite (CIARA, 2012).

Es cierto que no solo las similitudes forman ese sistema macrorregional de la soja. Como destaca Gras (2010), hay importantes distinciones entre estos países con respecto a la presencia de la soja. Una primera diferencia es la rápida expansión de este cultivo que ocurre en la Argentina vinculada a la soja transgénica al paso que en Brasil el marco normativo ha provocado un retraso en la introducción de esta tecnología; en ese sentido una segunda diferenciación son los impactos de la adopción de ese nuevo paradigma en la agricultura de la Argentina; un tercer rasgo es la existencia en la Argentina "de un activo mercado de contratistas de maquinaria y servicios que facilitó la tercerización de tareas y la reorganización de las estructuras productivas, siendo este un factor de importancia particularmente en las estrategias de expansión de la agricultura empresarial" (Gras, 2010: s/n), mientras que en Brasil ese tipo de acuerdos productivos en el sector de la soja todavía no está muy extendido aunque observó el crecimiento de este modelo en los últimos años. Otras distinciones importantes entre los dos países se refieren a las políticas macroeconómicas adoptadas en relación con los incentivos a las exportaciones de soja en Brasil, con la llamada "Lei Kandir" en vigor desde 1996 al paso que las políticas en la Argentina estimulan la molienda interna.

Sin embargo, en general es la forma como los tres factores mencionados se organizan en las regiones que configuran la expansión territorial de la soja. Esta representa el lado moderno y hegemónico de las fronteras que resultan en el avance de la homogeneización del paisaje agrícola, creando según Valenzuela (2005: 3) "un mundo rural prácticamente sin misterios donde cada gesto y cada resultado debe ser previsto, con el fin de asegurar la mayor productividad y la más alta rentabilidad posible". Al mismo tiempo se tiene el otro lado de la frontera compuesto por cultivos agrícolas y paisajes naturales que definieron previamente estas regiones. Es sobre estos territorios que la soja ha impactado de forma que los lleva hacia un mismo padrón de transformación del paisaje. Con base en estas ideas es que se analiza la expansión de la soja en el Chaco argentino y el Cerrado brasileño.

Nuevas aréas de expansión de soja en la Argentina y procesos de transformación del paisaje agrícola en las provincias de Chaco y Formosa

En la Argentina la soja paso de ser una actividad de poco valor y pequeña expresión, hacia mediados de la década de 1970, a transformarse a partir del 2000 en la principal actividad agrícola del país tanto en términos de generación de valor como en extensión de área cosechada (FAOSTAT, 2012).

Su dinamización fue acompañada por cambios en la dinámica espacial de la agricultura argentina, que básicamente estaba dividida en dos sistemas productivos. El primero corresponde a la región pampeana donde se localizan tierras de alta fertilidad y cuya apropiación como demuestra Furtado (2007a: 130) tiene lugar desde el siglo XIX. En esta parte del país, desde final de los años sesenta se observa que el aumento de la producción no está vinculado solamente a la expansión del área cultivada sino también al desarrollo de nuevas tecnologías vinculadas a la producción de las cosechas. El segundo sistema productivo correspondería a otra argentina rural que con escasas excepciones está conformada por pequeños productores que abastecían el mercado interno bastante limitado (Reboratti, 2006).

En el transcurso de las década de 1970 y 1980 la soja se instalará sobre el primer sistema productivo especialmente en las provincias de Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe. En este caso, el aumento de la producción se produjo a partir de un alto incremento de la productividad que entre los años 1970 y 2003 casi se ha triplicado (Reboratti, 2006). Según Reboratti (2006: 180)

"Mucha de la tierra antes utilizada para la ganadería a campo fue transferida a la producción sojera, mientras el ganado o bien se concentraba en feed lots o era desplazado hacia las provincias peripampeanas. Entre 1988 y 2002 la región pampeana perdió más de 2 millones de cabezas de vacunos y 3 millones de ovinos, mientras que la superficie implantada con granos aumentó en 4,6 millones de hectáreas".

Un elemento central en la configuración productiva de la agricultura argentina en ese período tiene que ver con la liberación en el año 2003 del uso de semillas transgénicas de soja RR (Roundup Resistent) desarrollada por Monsanto (Vara, 2004). A partir de entonces esas semillas serían incorporadas con una alta velocidad conformando "un nuevo patrón de acumulación, basado en la intensificación agrícola, la necesidad de niveles más altos de capitalización, la conexión con cadenas globales de producción y comercialización y un peso creciente del capital financiero en la actividad" (Gras, 2010). En general, ese proceso sirve como un nuevo estímulo a la expansión de la soja en el país (Vara, 2004).

Este avance ocurrió en un contexto en el que el gobierno y el capital agrícola se concentraran en crear las condiciones ideales para la ampliación de la producción de soja. Como muestra Manzanal y Arzeno (2010: 198) la modernización que ha hecho posible ese crecimiento no "representó a todo el sector agrario, ni enarboló una problemática universal para la mayoría de los que viven para y del campo". Por el contrario se ha estimulado los conflictos sociales que desembocan tanto en el interior de los grupos dominantes que disputan la apropiación de la renta generada por la soja como en áreas rurales del país con grupos de resistencia a la "sojización" y la deforestación (Manzanal y Arzeno, 2010).

En ese contexto, el espacio agrícola vinculado a la soja ya no se limita a las regiones pampeanas. El cultivo de soja se extiende en dirección a la frontera boliviana incluyendo las provincias de Chaco y Formosa en su sistema productivo como se observa en la figura 48.

El primero aspecto a tener en cuenta en esta reconfiguración espacial de la soja argentina tiene que ver con las diferencias de los paisajes naturales que caracterizan las regiones del Chaco y de la Pampa. Mariano Zamorano (1964: 73) basa esta distinción en las diferencias de vegetación.

"... los tipos de vegetación que los caracterizan, siendo el Chaco una llanura boscosa, donde el quebracho es el árbol más típico, y la Pampa una llanura sin árboles, en la cual se distingue una porción oriental o Pampa húmeda, de pastos tiernos, y otra occidental o Pampa seca, que marcha a confundirse con el piedemonte de la Cordillera".

Aunque el Chaco estuviese habitado por poblaciones tradicionales, especialmente grupos indígenas el área fue por muchos años vista como un "desierto" o una "área vacía" del territorio argentino (Zusman, 2000). Esa situación cambió a partir de finales del siglo XIX e inicio del siglo XX, cuando la región pasó a ser ocupada por un lado por grandes propiedades ganaderas y, por otra parte, en su interior por actividades agrícolas marginales (Bolsi et al., 2006).

A partir de entonces, el desplazamiento poblacional según Bolsi et al. (2006: 243) se definió de la siguiente forma:

"en la provincia del Chaco, donde la presencia aborigen era más pronunciada, el proceso asociado con la colonización estatal implicó el "desplazamiento" de aquella población, el desarrollo de un frente pionero correntino y luego la migración internacional; las actividades productivas generadas por la colonización requirieron una nueva "articulación" con los aborígenes sobrevivientes. En Formosa, donde se destacaba una fuerte presencia paraguaya (y también de correntinos) la intensidad de la colonización estatal y de las migraciones intercontinentales fue menor que en el Chaco".

Desarrollándose en áreas al margen de los pastos y de la ganadería (Bolsi et al., 2006) la actividad agrícola con un mayor índice de crecimiento en la primera mitad del siglo XX e inicios de la segunda mitad del mismo siglo fue el algodón alcanzando un volumen de 173 mil toneladas en la provincia de Chaco y de 34 mil toneladas en Formosa en la campaña 1970/71 (SIIA, 2013). Sin embargo esa especialización no produjo grandes avances económicos ya que "la producción algodonera constituye un ejemplo de un complejo productivo y empresarial con serios déficits en sus eslabonamientos físicos y en su entramado social e institucional que afectan fuertemente su desempeño agregado y la propia evolución de las empresas" (Valenzuela y Scavo, 2008: 165-166).

De este modo, una amplia porción del territorio chaqueño estaba ocupada con una actividad que poco contribuía al desarrollo regional y a la absorción de mano de obra. Es sobre esas condiciones que las provincias de Chaco y Formosa empezaron a tener un aumento del cultivo de la soja, conforme lo ilustra la figura 5.


Figura 5. Evolución del total de la superficie implantada con los cuatro principales cultivos en las provincias de Chaco y Formosa entre las campañas de 1990/91 y 2010/11. Fuente: Elaborado por Campos Mesquita y Lemos Alves sobre la base del Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca - Sistema Integrado de Información Agropecuaria (SIIA, 2013).

Según Valenzuela (2005: 4) entre las décadas de 1970 y 1990 la actividad agrícola en esa región estuvo marcada "por períodos de expansión y retracción alternativa de alguna de las cinco especies anuales (maíz, sorgo, trigo, soja y girasol) en las épocas de crisis de la actividad algodonera". A partir de 1990 la región se inserta en un contexto económico distinto definido por las decisiones en el ámbito del gobierno nacional. En este momento "la desregulación y apertura de la economía a la competencia externa impactó de manera diferencial sobre la agricultura chaqueña que quedó expuesta de manera desigual a la inestabilidad de los mercados internacionales y sin protección ni sostén ante los vaivenes de los precios en esta escala" (Valenzuela, 2005: 6).

En estas condiciones la autora identifica dos fases distintas. Una primera tiene que ver con un período acotado de reanudación del crecimiento de la producción del algodón entre 1994 y 1998. Esta producción estuvo destinada, sobre todo, al mercado brasileño, y entra en crisis a finales de esa década (Valenzuela, 2005). Dado los lazos históricos y el número de pequeños y medianos agricultores que se dedicaban a esta actividad, la decadencia del cultivo del algodón (en la provincia de Chaco el área sembrada pasó de cerca de 614 mil hectáreas, en la zafra de 1995/96, a 381 mil hectáreas en la recolección de 2010/11) representó un retroceso social para la región (Valenzuela y Scavo, 2008; 2009).

El Chaco dejaba por lo tanto, "de ser la principal provincia algodonera argentina para incorporarse a la producción de soja transgénica" (Valenzuela, 2006: 1). En este sentido, la segunda fase se inicia a partir de 1995, precisamente con la intensificación de este segundo cultivo.

Cabe destacar que en los inicios de la década de 1990, la región tradicional todavía respondía por el 93,3 % del área sembrada con soja del país, mientras que la nueva región productora presentaba apenas el 6,1 % del total9. En la zafra de 2010/11 esa proporción pasó a 85,5 % en la primera región y 14,1 % en la última. En estos veinte años, en la nueva región productora, cerca de 2,4 millones de hectáreas fueron destinadas a la plantación de soja. Ellas posibilitaron el pasaje de una producción de aproximadamente 619 mil toneladas en la campaña de 1990/91 a 6,6 millones de toneladas en 2010/2011 (SIIA, 2013).

En sus inicios esta actividad se localizó de forma más acentuada en las provincias de Salta y Santiago del Estero pasando a las provincias de Chaco y Formosa sólo durante la segunda mitad de la década del 1990. A partir de los inicios de esta década y en apenas cinco años entre la campaña de 1995/96 hasta la de 2000/01 el cultivo de la soja en esas provincias, pasó de aproximadamente 72 mil hectáreas plantadas a 411 mil hectáreas (SIIA, 2013). En la década de 2000 ese volumen continúa creciendo y alcanza un total de 707 mil hectáreas sembradas en la campaña de 2010/11 (SIIA, 2013). Al respecto, cabe añadir que aunque Chaco y Formosa tengan trayectorias semejantes en términos agrícolas existen diferencias importantes en relación con el volumen de soja producido en estas provincias. En la campaña de 2010/11 mientras que en la primera10 la producción abarcó una superficie de 701 mil hectáreas, la segunda todavía registraba bajos índices, con apenas seis mil hectáreas. Estos datos indican que la provincia de Formosa debe ser entendida como un área donde la frontera de la soja está por avanzar.

La soja pasa a imponer en estas provincias una nueva dinámica de organización espacial y económica. Sin embargo, la forma como esto viene ocurriendo revela que no hay una simple reproducción del modelo de las regiones tradicionales sino que esas áreas de expansión se definen a partir de nuevas relaciones económicas y sociales.

Aunque la región cuenta con instituciones relevantes localizadas en su territorio, como, por ejemplo, la Universidad Nacional del Nordeste y unidades de investigación del INTA la capacidad de generación de conocimiento en el campo de la soja no emerge como un elemento central en la organización económica de las provincias de Chaco y Formosa. Por el contrario "la adopción del 'paquete' tecnológico asociado a la oleaginosa significó el relegamiento de toda la infraestructura (cosechadoras y desmontadoras) y las prácticas propias del cultivo algodonero" (Valenzuela, 2005: 11). O sea, las provincias se distanciaron de aquella actividad que tenía un mayor potencial para inducir un conocimiento propio local y pasaron a especializarse en un modelo de producción globalizado, altamente dependiente de tecnologías externas.

De este modo, un factor importante en la innovación agrícola en la región guarda relación con un elemento exógeno, o sea, la soja transgénica. Su incorporación estimula la coexistencia de dos sistemas bastante distintos:

"... la soja genéticamente modificada (RR) con el paquete tecnológico biocidas-siembra directa, precios estables y comercialización segura en explotaciones medianas y grandes con modelos de manejo empresarial, y el algodón en unidades predominatemente familiares con diversos grados de capitalización y sistemas tradicionales de producción, mayores costos y falta de transparencia en el mercado de precios" (Valenzuela y Scavo, 2008: 168).

En relación con los agricultores, los que progresan en la región son aquéllos que se desplazan de la región pampeana en busca de tierras más baratas. En ese contexto "se asentaron, particularmente desde 2003, productores oriundos de Santa Fé o Córdoba que compraron o alquilaron tierras para sembrar soja, en un proceso de ampliación de la frontera productiva pampeana con la incorporación de tierras marginales en el sudoeste y oeste de Chaco y Santiago del Estero" (Valenzuela, 2005: 11). Al mismo tiempo, los desplazamientos "por medio del desmonte y arrendamiento temporal de vastas áreas semiáridas que beneficiadas por un coyuntural "ciclo húmedo" posibilitaron la implementación del nuevo paquete tecnológico caracterizado por su alta dependencia de insumos y su escaso requerimiento de trabajadores rurales" (Valenzuela, 2007: s/n).

Finalmente, dentro del sistema de división regional del trabajo que acompaña el sistema productivo de la soja las provincias de Chaco y Formosa responden casi exclusivamente por la producción agrícola propiamente dicha. Pocas son las fábricas de molienda de soja que están en las tierras cosechadas. Casi la totalidad de la producción de harina de soja se encuentra en las provincias de Buenos Aires, Córdoba, Entre Ríos y Santa Fe. Entre 1993 y 2010 la única alteración importante que ocurrió fue una acentuación de la molienda de soja en Santa Fe, que subió de 79,7 % a 87,9 % del total producido de harina proteica en el país (CIARA, 2012). Excluyendo esas provincias las demás (donde están incluidas Chaco y Formosa) han producido 202 mil toneladas de harina de soja en 2010 representando un total de 0,7 % del país (CIARA, 2012). Lo mismo ocurre con la producción del aceite. Por lo tanto, contrariamente con lo que sucede con la producción agrícola, las actividades agroindustriales no se transfieren al Chaco o Formosa.

Los intercambios de esa región con Brasil fueron evidentes con la utilización de las semillas de soja Bt RR2. Según se registra en las palabras de un gran productor de Santa Fe, "si esa semilla es bien sucedida en partes de Brasil como en los estados de Mato Grosso y Goiás, no hay la menor duda que también será en el norte argentino, donde el clima es bastante parecido" (Rittner, 2010: s/n). En efecto, ocurrió un aumento de la comercialización ilegal de esa semilla para esas áreas, incluso para el Chaco, lo que de cierta forma también estimula la producción y el rendimiento de ese cultivo.

Aunque la expansión de la soja hacia el Chaco es reciente la velocidad con que está produciéndose permite identificar algunas transformaciones en el paisaje. Conforme a lo planteado hasta aquí el cambio más significativo guarda relación con la sustitución de los campos agrícolas de algodón11 por los de soja. Ni en el Chaco o en Formosa se sitúan los factores responsables de la expansión sojera. Estas provincias son solo áreas hacia donde se difunden las innovaciones y se desplazan los productores agrícolas. Por lo tanto, su dinámica espacial se define como reflejo de una inserción periférica en un sistema más amplio donde los centros de decisión y el capital humano están fuera de sus dominios.

Nuevas áreas de expansión de la soja en el bioma del cerrado brasileño y el proceso de la transformación del paisaje de la región centro-norte del país

La producción de soja adquirió una importante expansión en el territorio brasileño especialmente a partir de la década de 1970, debido a diversos factores internos y externos. El contexto económico vivenciado por el país en aquel momento explica en gran medida, la creciente inversión del Estado nacional en políticas que incentivaron la ocupación de áreas del interior brasileño con cultivos agrícolas modernos. Particularmente los eventos de la segunda mitad del siglo XX permitieron la aparición de condiciones favorables para hacer avanzar la agricultura moderna. El crecimiento de la urbanización se incluye dentro de estas condiciones. Este fenómeno se ha acelerado asociado a la intensificación de la industrialización brasileña a partir del gobierno de Juscelino Kubitschek (JK), entre 1956 y 1961 y posteriormente durante los gobiernos militares (1964-1985). Ello contribuyó al aumento de la demanda del consumo de alimentos. Paralelamente a la urbanización, los problemas vinculados con la crisis del petróleo en los inicios de la década de 1970 también contribuyeron a que Brasil ampliase la producción agrícola sobre bases modernas y que esta producción avanzase sobre nuevas áreas del territorio. Los costos económicos derivados del nuevo modelo de desarrollo urbano-industrial y la crisis energética que obligó a buscar recursos en instituciones financieras han llevado al país a aumentar su dependencia económica externa y a internacionalizar su economía (Oliveira, 1998). Los recursos se obtendrían en parte a partir del crecimiento de la producción agrícola y de su comercialización en el mercado externo. Tal comercialización sería garantizada por la propia demanda favorable al consumo de commodities agrícolas en el mercado internacional en particular de la soja.

Por lo dicho hasta aquí, la década de 1970 es un período de especial importancia para la formación de las características productivas actuales del campo brasileño en la medida en que las nuevas coyunturas económicas -externas e internas- fueron favorables a la expansión de la agricultura moderna. El aumento del consumo de las nuevas mercaderías agrícolas (caña de azúcar, soja, algodón, naranja, trigo, café, entre otros) en el nuevo contexto mundial y nacional fue un elemento inductor importante para la formulación de las políticas del gobierno brasileño de aquella década.

En este contexto, la agricultura ha comenzado a recibir grandes volúmenes de inversiones públicas que se dirigieron de manera más incisiva hacia aquellos cultivos con mayor inserción en el mercado externo o en aquellos otros que tuvieron relación con el mercado interno de combustibles, como es el caso de la caña de azúcar destinada a la producción de alconafta. Para promover la aceleración de la expansión de una agricultura modernizada se institucionalizó en los años de 1960 el Sistema Nacional de Crédito Rural (SNCR) como una forma de proporcionar mecanismos legales para el financiamiento del capital agrícola. Según aclara Guilherme Delgado (1982: 34)

"el proceso de modernización [agrícola] solamente encontrará un dinamismo y una amplitud significativa a partir de mediados de la década de 1960, hasta el final de la década de 1970, cuando la conjugación de un sistema financiero apropiado-El Sistema Nacional de Crédito Rural; la implantación de nuevos bloques de sustitución de importaciones de medios de producción para la agricultura patrocinados por el II PND, una cierta liberación cambiaria en las transacciones externas posibilitaran la introducción en masa de las transformaciones en la base técnica de la agricultura".

El Estado pasa a actuar como prestamista incondicional de los grupos económicos que se encargarían de introducir las nuevas tecnologías para la producción agrícola en el campo brasileño. Estos grupos hegemónicos, impulsados por las exigencias del gran mercado interno y externo, conducirán los nuevos procesos productivos agrícolas. Ellos definirán los cultivos que serán escogidos conforme a la rentabilidad financiera que pudieran generar.

En este contexto, más allá de las políticas públicas de créditos vehiculizadas por el Sistema Nacional de Crédito Rural (SNCR) se propusieron otros incentivos estatales direccionados a la modernización agropecuaria. Esto permitió la transferencia de recursos hacia medianos y grandes productores agrícolas y la orientación de regiones del territorio nacional hacia la producción agrícola en gran escala. Estas áreas se dedicaron a la producción de cultivos con fuerte integración en el mercado externo. Se escogió el bioma del cerrado para expandir este tipo de agricultura y la soja se tornó en el producto preferido para cultivar en esta área especialmente a partir de la década de 1970. Antes de este período sin embargo, la soja ya se había establecido en la región sur de Brasil a partir del estado de Rio Grande do Sul. Los primeros cultivos fueron implantados en los años de 1940 en pequeñas propiedades, pero pasan a adquirir prominencia en la región desde 1950 cuando ocurrió el aumento de la superficie cultivada con esta cultura, que todavía ocupaba una posición secundaria en frente de otros cultivos, como trigo y maíz. La soja fue a menudo plantada en esta región en el sistema de cultivo en consorcio con otras culturas. En las décadas siguientes, sin embargo, el cultivo de soja pasa a ocupar grandes extensiones de tierra en los estados de Rio Grande do Sul y Paraná situación que coincide con la internacionalización de la economía brasileña (Brum, 1987).

En este sentido desde las primeras siembras en Rio Grande do Sul en la década de 1940 el cultivo de soja viene superando gradualmente a la producción obtenida por cultivos más tradicionales de la agricultura brasileña como el café, el algodón y el maíz indicando la transferencia de prioridad del sector hacia aquella actividad que pudiera insertarse mejor en el mercado externo. En esos primeros años del siglo XX la soja presenta un predominio absoluto sobre la cantidad producida frente a otras producciones agrícolas brasileñas incluso frente al maíz que compite en los mismos segmentos de la cadena alimentaria (aceite y margarinas, entre otros). Actualmente, la superación numérica en valores de producción y de exportación en comparación con otros commodities indica la centralidad de este cultivo en el proceso productivo agrícola brasileño.

Las ventajas para el cultivo agrícola moderno del cerrado se define en función de algunas condiciones locacionales y económicas. La disponibilidad de tierras en las mesetas, los bajos costos, los incentivos fiscales y el acceso a créditos estatales para los productores y/o empresas que podrían instalarse en esta región, junto a la posible incorporación de mejoras en las condiciones de infraestructura a ser llevadas adelante por el estado nacional contemplaron los intereses de los sectores económicos hegemónicos. Estos factores, combinados con la posibilidad de invertir en cultivos rentables facilitarían la rápida expansión de la soja hacia el norte del país, conforme se observa en la figura 6.

Los programas gubernamentales también sirvieron para apoyar la expansión de la agricultura modernizada en la región centro-norte del país. Ellos fueron aplicados especialmente con el objetivo de ampliar la producción agrícola orientada a la exportación. Estos objetivos incluyen la creación de los Polos de Desarrollos Regionales como Polocentro, Poloamazonia, Polo nordeste y PROCEDER (Programa de Desenvolvimiento del Cerrado). Este último, creado en el año 1974 resulta de una asociación entre los gobiernos brasileño y japonés y tuvo como objetivo direccionar el capital de grandes empresas de ambos países para la modernización del bioma del cerrado brasileño (Oliveira, 1998). Estos programas han sido unos de los pilares de la expansión de la soja en varios estados del Brasil y se constituyeron en el apoyo financiero con que contaron agricultores que pasarían a incorporar este cultivo en el cerrado.

Hacia la década de 1960 la producción agrícola en este bioma se llevaba adelante solo en los valles húmedos. Mayormente se trataba de una agricultura campesina volcada en gran medida al sustento familiar. La ganadería extensiva era otra actividad económica llevada adelante en el cerrado, que se complementaba o entraba en conflicto con la pequeña propiedad en la medida que gran parte de las haciendas ganaderas pertenecían a terratenientes. A partir de aquella década se cambia completamente de concepción y las tierras de este dominio fitogeográfico se transformaron en las preferidas para la expansión de los nuevos procesos de modernización capitalista, introducidos por la agricultura, portadora de innovación tecnológica. Frente al interés de grandes productores por el bioma del cerrado, los propios órganos estatales brasileños articulan el discurso del interior con el objetivo de sustituir la agricultura campesina y la ganadería extensiva de esta área por un agricultor llamado moderno, con estructura de producción empresarial y especialmente nacido en el sur de Brasil. Para lleva adelante este proyecto la asesoría técnica y las investigaciones orientadas al mejoramiento genético de la soja y su adaptación a regiones de clima cálido quedaron a cargo de la EMBRAPA.

En este contexto, el cultivo de la soja se inició en el bioma del cerrado más precisamente en los estados de Minas Gerais, Mato Grosso, Goiás y Mato Grosso do Sul, en la década de 1970. En las décadas siguientes esta actividad agrícola se expandió hacia nuevas regiones particularmente hacia los estados de Bahía, Maranhão, Piauí y Tocantins. Esta región viene recibiendo la denominación de BAMAPITO (Bernardes, 2009). En esta denominación se recuperan las primeras sílabas de los cuatro estados cuyos territorios de extensión territorial contigua poseen cobertura de vegetación propia del cerrado (Fig. 6). Nuevas tierras se incorporan a la producción agrícola en la región, a la vez que se instalan productores modernos y distintas ramas de empresas asociadas con la industria de procesamiento, comercio y servicios. La presencia de grupos económicos está asociada, predominantemente, a la demanda creada por las actividades del campo y se destinan a atender al consumo productivo agrícola (Santos, 1993). Muchos de ellos están instalados en las zonas urbanas. Son grupos económicos destinados entre otras actividades al procesamiento de granos especialmente de soja, al comercio de maquinarias y productos agrícolas y a la prestación de servicios para agricultura (aviación agrícola, escuelas para la formación de profesionales con la intención de atender las demandas del campo, oficinas de asesoramiento agrícola, etc.).

Como resultado de las nuevas exigencias de avance del agribusiness en la región del BAMAPITO, se produjeron, en los últimos años, significativas mejoras de infraestructuras en los sistemas de logística de transporte, de energía y de telecomunicaciones. Las inversiones en este sector se hicieron posibles mediante la participación de inversiones públicas especialmente con recursos derivados de del Estado Nacional a partir de programas gubernamentales de inversiones para la construcción y/o mejoramientos de grandes obras de infraestructuras en autopistas, ferrocarriles, hidroeléctricas y red de telecomunicaciones. Tales inversiones han contribuido, en gran medida, al aumento de los intereses de los grupos económicos de la región. Asociados a esto, otros factores resultan atractivos como la presencia de tierras favorables a la agricultura con precios más bajos a los que se observan en otras regiones incorporadas a la modernización agrícola. Además, las cuatro unidades de la federación tomadas como referencia para este estudio (Bahía, Maranhão, Piauí y Tocantins) poseen programas de incentivos fiscales para atraer productores agrícolas modernos y emprendimientos empresariales. En este último sector, se destaca la presencia de las grandes empresas de almacenamiento y procesamiento de granos especialmente soja, como es el caso de ADM, Cargill, Multigrain y Bunge Alimentos. Además, en el ramo de semillas mejoradas y de insecticidas agrícolas están presentes en la región Bunge Fertilizantes (a través de varias empresas subsidiarias de este grupo económico) y Monsanto. Se trata prácticamente de los mismos grupos económicos que operan en la Argentina.

En el área de desarrollo de investigación agrícola se destaca la presencia de algunas unidades de EMBRAPA en la región. Ella desarrolló investigación especialmente en el mejoramiento de semillas y/o de adaptación de cultivos a las condiciones climáticas locales en la medida en que se trata de regiones de temperaturas más elevadas. Este papel viene siendo desempeñado principalmente por un brazo de la EMBRAPA llamado "EMBRAPA- Soja", cuyos laboratorios de investigación están instalados en varios municipios del área de expansión de la agricultura moderna. Esta política de pesquisa incentivó el crecimiento de los cultivos de la soja. Sin embargo, cabe destacar que la decisión de investigar un determinado producto agrícola no tiene lugar en estos laboratorios, sino en los centros de comando del Estado nacional y/o de las grandes empresas. En ese sentido, estas unidades de la EMBRAPA no tienen vínculo directo con el avance de tecnologías de la soja, sino que solo realizan experimentación a partir de los comandos generados en otros lugares. O sea, la generación de conocimiento asociado a esta actividad se presenta como un elemento exógeno a la región.

Aunque las decisiones tengan lugar fuera de la región de modernización agrícola en curso, las condiciones anteriormente señaladas permiten el avance de una nueva ruralidad en el cerrado centro-norte del Brasil. Se destaca, en primer lugar, el uso de medios técnicos modernos que auxilian la producción agrícola en gran escala contribuyendo al aumento en los niveles de productividad. En segundo lugar, la formación de sistemas de infraestructura proporcionados por el estado que garantice la mayor velocidad en el transporte de la mercancías hasta las plantas de procesamiento o a los puertos exportadores y, en tercer lugar, la presencia de sistemas de normatización elaborados por el poder público destinados a la atracción de capital. Todas estas iniciativas favorecen, sobre todo, a las grandes corporaciones. A través de esta orientación, el movimiento de modernización contemporánea observada en la región del BAMAPITO condujo a la formación de nuevas configuraciones espaciales tanto en las áreas rurales como en las áreas urbanas. En el área rural se observa que las antiguas formas de producción agrícola sostenidas en pequeñas unidades productivas del campo y en la ganadería extensiva son sustituidas por campos agrícolas modernos. En las ciudades se identifican cambios espaciales importantes, los cuales otorgan dinamismo económico. Se observa, por ejemplo, que las ciudades participantes en este proceso en los últimos años han presentado importante crecimiento demográfico y con intensa instalación de empresas de comercio y servicios. Además, hay que tener en cuenta la rápida expansión del perímetro urbano a partir de la incorporación de áreas periféricas sin infraestructura que reciben campesinos expulsados de sus antiguos hogares en la zona rural.

Aunque los responsables por la producción de soja sean mayoritariamente originarios del sur de Brasil no son los únicos grandes productores que emigraron para el centro norte del país. Los intercambios de tal región con la Argentina revelan la adquisición de tierras por parte de grandes grupos de ese país, sobre todo, a partir de la década de 2000. Por un lado, el grupo argentino Los Grobo desde 2008 está cultivando tierras en los estados de Maranhão, Piauí y Tocantins. Por otro, el grupo MSU que está en Brasil desde 2007 presenta importantes cultivos de soja en el estado de Bahia (Hennemann, 2011).

A pesar de que otros cultivos agrícolas también han avanzado en la región, la soja fue la que obtuvo mejores resultados. Este hecho se confirma en las figuras 7 y 8 donde se identifica el avance y/o consolidación de la presencia de los cultivos de granos en las cuatro unidades de la federación analizadas, cuya área cultivada con ese tipo de actividad se mantiene elevada. Sin embargo, la soja fue el cultivo que más creció en términos de superficie cultivada. Este expresivo avance tuvo lugar a partir de mediados de la década de 1980, cuando este cultivo pasó a adquirir cierta centralidad en la producción agrícola de la región.


Figura 7. Evolución del total de hectáreas cosechadas en los cuatro principales cultivos entre 1970 y 2010 en los Estados de Bahía, Maranhão, Piauí y Tocantins.
Fuente: Elaborado por Campos Mesquita y Lemos Alves sobre la base de Censos Agropecuários, IBGE, de 1970 y 1985. IBGE-PAM de 1990 a 2010.

Las informaciones contenidas en la figura 8 demuestran que el crecimiento de la producción de soja en la región analizada adquiere un destacado lugar. Sin embargo se observan diferencias en el ritmo de crecimiento y en la cantidad producida entre los cuatro estados brasileños analizados. En la década del 1990 Bahía fue el único estado de la región que tuvo cierta importancia en el cultivo de soja. Esta producción en el oeste bahiano se inicia sobre todo, en la década de 1980. Mientras que en los otros tres estados el avance en los cultivos de soja fue en una escala más grande a partir de la década de 2000. Por ser una de las áreas más antiguas de producción de soja, el oeste de Bahía es el que presenta actualmente el mayor volumen de producción y también el área del BAMAPITO cuya presencia está más consolidada. Se trata de la zona que dispone de condiciones económicas más favorables para la realización de actividades relacionadas con la agroindustria. Es decir, más ofertas de servicios para los productores agropecuarios, mejor organización del sistema de transporte por carretera y de asistencia técnica para las áreas de cultivo agrícola y de cría de ganado.


Figura 8. Producción de soja en los Estados de Bahía, Maranhão, Piauí y Tocantins entre 1990 y 2010. Fuente: Elaborado por Campos Mesquita y Lemos Alves sobre la base de Instituto Brasileiro de Geografia e Estatística (IBGE) - Produção Agrícola Municipal (PAM, 2012).

Sin embargo, este escenario de expansión agrícola gana mayor importancia en los años 2000, cuando los otros estados también pasan a disponer de más espacios para el cultivo de granos. La presencia de tierras con precios más bajos que en el oeste bahiano y la existencia de un sistema logístico de transporte multimodal o en construcción viene atrayendo productores agrícolas hacia los otros tres estados de la región, especialmente a aquellas personas que se dedican al cultivo de la soja. Este movimiento indica que a pesar de las diferencias en la cobertura de la zona de cultivo y en la intensidad de producción de la soja en los cuatro estados, la perspectiva es que en los próximos años ocurra un mayor avance de esta leguminosa en la región. Delante de esto se verifica que la región de BAMAPITO se está convirtiendo en las últimas dos décadas en un área relevante de producción de granos sobre bases modernas. Se destaca la presencia del cultivo de soja y de agroindustrias destinadas a su procesamiento. Influenciada por factores exógenos esta porción de las nuevas áreas de expansión de la soja en Brasil, sobre todo Bahía, posee la capacidad de promover un mayor avance en el desarrollo regional, con condiciones de integrar un mayor número de agentes en el sector industrial y promover una mayor productividad.

Consideraciones finales

La expansión de la soja en Brasil y en la Argentina no debe ser entendida como un evento aislado o limitado a las decisiones internas de estos países. La soja funciona como expansión de una frontera moderna y como parte integrante de un mismo sistema supranacional. Así, a pesar de muchas veces competir por un mismo mercado, no solo las diferencias definen la agricultura de esos países. En verdad, ese modelo de organización es uno de los responsables por hacer que en su conjunto Brasil y la Argentina se hayan convertido en el principal productor mundial de soja.

El modo como este proceso se construyó en el continente latinoamericano obedece tanto a cambios económicos y sociales como espaciales. En este sentido, se crea una agricultura moderna que no se dinamiza solo por el desarrollo tecnológico sino también por su dinámica espacial. En otras palabras, la expansión del área destinada a la producción de soja no obedece más al modelo de agricultura itinerante, sino que se define a partir de un sistema complejo de integraciones discontinuas y externalidades que aprovechan competitividad internacional.

Esa expansión sin embargo, no es homogénea. La forma como la soja crece, está marcada especialmente por la interrelación entre las escalas local, nacional y global; por regiones aptas para actuar como centros de decisión y por otras que se constituyen como parte de un sistema más amplio y donde están incluidas las regiones analizadas en ese artículo. En este sentido, en la división regional del trabajo asociada a la soja se definen: primero, los centros de decisión internos, de Brasil y la Argentina conectados sobre todo, con las actividades de investigación y con los productores que representan básicamente las regiones tradicionales. Eventualmente, esos centros pueden extender sus influencias para el país vecino; segundo, los centros de decisión externos al continente, pautados por las grandes empresas o por las decisiones sobre precios y tercero, las áreas periféricas a través de las cuales se expande la producción. Esas últimas corresponden a la porción del territorio que queda al margen de la generación de conocimiento, de las decisiones empresariales o aún más, de la formación de nuevos productores.

Si bien BAMAPITO y las provincias de Chaco y Formosa se incorporan a las áreas definidas por el tercer grupo, la región brasileña viene demostrando ciertas ventajas que estimulan el desplazamiento del sector agroindustrial hacia el área y una mayor madurez en la organización espacial requerida por la producción moderna de la soja.

A pesar de algunas diferencias, las nuevas áreas de expansión de la soja en Brasil y en la Argentina guardan muchas semejanzas entre sí. Estas semejanzas tienen que ver con una trayectoria común en la transformación del paisaje. Esta condición guarda relación con el proceso de modernización agrícola organizado para atender las demandas del capital. En este sentido, grupos económicos hegemónicos hacen uso corporativo y modelan los territorios nacionales de acuerdo con sus intereses, induciendo parte de ellos a la especialización productiva. Esto acelera la eliminación de las diversidades productivas locales. Si bien se trata de áreas discontinuas territorialmente ellas forman parte de un mismo fenómeno e ilustran las maneras en que se vienen manifestando las nuevas dinámicas organizacionales de las regiones en Latinoamérica.

Notas
1 Por verticalidad se entiende, "un subsistema dentro de la totalidad-espacio, ya que a los efectos de los respectivos actores lo que cuenta es, sobre todo, ese conjunto de puntos adecuados a las tareas productivas hegemónicas, características de las actividades económicas que comandan este período histórico" (SANTOS, 2010: 106).
2 Aunque los datos permiten identificar una cierta diversificación de la producción agrícola, es importante señalar que como demuestran Fausto y Devoto (2004) en 1940 en la Argentina el trigo representaba el 37 % y la carne el 39 % del valor de las exportaciones totales. En el mismo año, en Brasil el café representaba el 68 % del valor de las exportaciones totales.
3 Para la elaboración de estos gráficos se tuvieron en cuenta los cuatro principales cultivos en Brasil y la Argentina y el área cosechada. Así se reconstruyó la trayectoria histórica de estos productos para el período que se extiende desde 1961 a 2010. Para esto se utilizaron las encuestas realizadas por la Food and Agriculture Organization - FAO (FAOSTAT, 2012).
4 Este artículo problematiza los procesos asociados a la producción de soja en Brasil y la Argentina. Sin embargo es cierto que esta macrorregión incluye también áreas de Uruguay, Bolivia, y, sobre todo, áreas de Paraguay, donde los denominados brasiguaios muestran elementos de esta integración regional.
5 Otro ejemplo que evidencia ese tipo de intercomunicaciones entre Brasil y la Argentina son los intercambios de tecnologías agrícolas. En ese sentido leyes relacionadas con el comercio entre los países se han establecido, justamente, para combatir el comercio paralelo de semillas de soja y trigo que avanzaba desde la década de 1980 (Fuck, 2009).
6 Añade que dichas empresas no sólo funcionan en el sector de transformación y comercialización de soja, sino también, presentan importantes plantas de fertilizantes y centros de almacenamiento.
7 En Brasil la información es escasa en relación a este aspecto ya que los valores no son revelados. Sin embargo, las informaciones desactualizadas indican la concentración de la producción nacional en algunas empresas.
8 Para la elaboración de las figuras 4 y 6 se utilizó la media de la producción (en toneladas) de soja en los tres primeros años de la década de 1990 y en los últimos tres años de la década de 2000.
9 Para establecer el cálculo de la expansión de soja en la Argentina se considera como región tradicional la sumatoria de las provincias de Buenos Aires, Córdoba, Entre Ríos, La Pampa, San Luis y Santa Fe. Al paso que, la nueva región productora abarcaría las provincias de Santiago del Estero, Salta, Tucumán, Chaco y Formosa.
10 En ese año, los principales departamentos productores de soja de Chaco fueron Almirante Brown y 12 de Octubre, situados en la parte occidental de la provincia, es decir, en la divisa con Santiago del Estero (Chaco, 2012).
11 La producción de algodón que llego a tener 668.000 hectáreas de superficie cultivada en las provincias de Chaco y Formosa en la campaña de 1995/1996, pasa a contar con 403.600 de ese total en la campaña de 2010/2011. En ese mismo período la soja pasó de 70.500 a 700.800 de la superficie cultivada en estas regiones (SIIA, 2013).

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Fecha de recepción: 7 de enero de 2013
Fecha de aceptación: 22 de octubre de 2013

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