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Olivar

On-line version ISSN 1852-4478

Olivar vol.4 no.4 La Plata July/Dec. 2003

 

Las fabulaciones de nuestra realidad. Apuntes para una poética del grupo leonés de J. P. Aparicio, L. M. Diez y J. M. Merino

 

Mabel Brizuela

Universidad Nacional de Córdoba

 


Resumen

Dentro de la llamada "generación del 68" en la narrativa española contemporánea, se ubica el "grupo leonés" de Juan Pedro Aparicio (1941), Luis Mateo Diez (1942) y José María Merino (1941), surgido en torno al filandón con una fuerte fascinación por los relatos de tradición oral y el compromiso con la reivindicación de la narratividad. Aunque han explorado mundos literarios muy distintos, su punto de conexión es un espacio que pertenece a la memoria de todos, y un personaje apócrifo común: Sabino Ordás, "patriarca de las letras leonesas". Estos escritores han producido, aparte del apócrifo, y paralelamente a su obra de ficción, un profuso material de reflexión crítica. Entre el discurso metatextual y el discurso narrativo se manifiesta una fuerte articulación cuyos mecanismos y estrategias nos permiten plantear una poética de la narrativa leonesa.

Palabras clave: Narrativa; Metatexto; Oralidad; Imaginación; Memoria; Ficción; Realidad.

The Juan Pedro Aparicio (1941), Luis Mateo Díez (1942) and José María Merino's (1941) "Grupo leonés" makes its appearance among what has been called in contemporary Spanish narrative "generación del 68", sprouted round about the "filandón" with a strong fascination for the oral tradition tales and the commitment to the recovery of narrativity. Though each of them had explored such different literary worlds, their connection point is a space that belongs to everybody's memory, and a common apocryphal character: Sabino Ordás, "patriaren of León's literature". These writers have produced, besides apocryphal, and at the same time they produced their fíctional work, a lavish material of critical reflection. Between metatextual and narrative speech a strong articulation is revealed, and their mechanisms and strategies allow us to state a León's narrative's poetics.


 

En el amplio marco de lo que Santos Sanz Villanueva (1992) llama la "generación del 68", en la narrativa española contemporánea, la obra de los narradores del "grupo leonés" de Juan Pedro Aparicio (1941) Luis Mateo Díez (1942) y José María Merino (1941)(1) revela unas constantes que determinan una manera de narrar y un compromiso con la realidad y con el paisaje urbano y rural, provinciano, del noroeste, basados en la reinvindicación de la narratividad a partir de un relato autónomo, fuertemente ligado a la tradición oral. La notable afición por el experimentalismo en la narrativa española de los setenta, tiene su contracara en la escritura de estos narradores que intentan diferenciarse de las modas transitorias y buscan las renovaciones a partir de la recuperación de las formas tradicionales de la narrativa hispánica.

Aparicio, Díez y Merino han construido diferentes y personales mundos literarios, sin embargo, hay dos puntos de conexión y de cohesión que los constituye como grupo: por una parte, un espacio que pertenece a la memoria de todos: la provincia de León y, por otra, un personaje común, Sabino Ordás, exiliado republicano en América, "patriarca de las letras leonesas" quien, para Aparicio (García, 1995:93), guarda muchas de las claves de su conformación como grupo. Luis Mateo Díez sostiene que, además de estar unidos por la proximidad cronológica y la amistad, lo están "sobre todo, por esa especie de estética común que destila en algún grado de nuestro personaje Sabino Ordás" (García: 1995: 90). Merino, por su parte, explica el sentido de la creación del apócrifo:

Tal vez primero era una osadía de jóvenes escritores. Era una manera de poner en público unas reflexiones que teníamos sobre la literatura, el momento cultural español, la Transición... Y también era una aventura que tenía mucho que ver con la tradición ibérica de inventarse apócrifos: Quevedo, Machado, Pessoa... En la cultura hispánica está la idea del super-autor, un autor metaliterario. Así que, por un lado, era un homenaje a nuestra propia cultura. Y, por el otro, la manera de concentrarnos para reflexionar sobre cosas que, tal vez, de manera independiente no teníamos la fuerza o la osadía de formularlas. En cambio una persona tan acreditada y respetable como Sabino sí podía decirlas. (Lorenzana, 2002: 30-31)

En 1985, en el libro Las cenizas del fénix, se reúnen los artículos firmados por Sabino Ordás, aparecidos originariamente en el suplemento literario del periódico Pueblo, entre el 30 de noviembre de 1977 y el 3 de noviembre de 1979. El apócrifo colectivo, legítima y cohesiona al grupo que, de este modo, presenta su común visión acerca de la literatura y otros temas. C. Estofán (2000:46) observa que Ordás es "una figura de relevo entre los autores (Aparicio, Díez y Merino) y el texto; pero es también el signo retórico, verbal, y por así decir, referencial, porque en su imagen convergen tres puntos de vista". Las cenizas del fénix se constituye en libro fundamental para indagar acerca de una poética de los narradores leoneses(2) en lo que ella tiene de afición por el arte de contar, la relación entre la literatura y la vida y la creación de mundos literarios con imprecisos límites entre la imaginación y la realidad. Las propias palabras de Sabino Ordás sirven para explicar el eje temático de esta visión o, mejor, vivencia de la literatura:

Toda mi vida "real" está interpolada por las vidas leídas. Los mundos que he conocido en la ficción van entremezclando sus paisajes, sus olores, sus sombras, con mi mundo de carne y hueso. (Ordás, 1985: 38)

Cuando un escritor no involucra la vida, está falto de atmósferas ciertas y respirables, es sospechoso. (Ordás, 1985: 63)

El maestro leonés, en aquellos complejos años de la transición española, no sólo, ha formulado una estética sino una ética del escritor. Asunción Castro Díez destaca su importancia:

Quizá lo más significativo de esta aventura fabuladora y lúdica es que reúna a tres escritores en una común voluntad de dar encarnadura real a un personaje que metaforiza una ejemplaridad intelectual y moral, además de un sustento teórico a su ejercicio literario. Huérfanos de maestros, formados a la sombra de la larga posguerra franquista, Aparicio, Díez y Merino buscan en la creación del apócrifo el prestigio del exilio republicano, drásticamente desgajado de la historia que ellos han vivido. Pero también la perspectiva cosmopolita, la mirada desprejuiciada ajena a los conciliábulos literarios españoles. (Castro Diez, 2002:28-29)

Si Sabino Ordás es el eje fundacional, indiscutible, de una poética de los narradores leoneses, no menos importantes son las aportaciones que, en forma particular, han realizado cada uno de ellos. De los tres escritores, ha sido Luis Mateo Díez quien ha reunido en un libro, El porvenir de la ficción, una serie de artículos y ensayos escritos entre 1973 y 1990 en los que, al decir de Susana Yudicello, "reflexiona sobre la creación literaria en general, analiza la génesis y la naturaleza de la obra narrativa y proyecta sobre lo observado su propia labor como escritor, su concepción y experiencia de la escritura. Al mirar, se mira". En su discurrir teórico, Luis Mateo Díez (1999: 48) sienta las bases de lo que es su concepción de la literatura, en particular la novela, sin apartarse de las formulaciones de Sabino Ordás:

Se trata del propósito de volver de alguna manera a las fuentes del género, de recobrar el valor de la anécdota, la intención de, antes que nada, contar una historia. De asumir, así, un grado más evidente y explícito de narratividad restituyendo a la novela su condición más genuina. No sería -ni obviamente ha sido- un regreso estricto a las pautas más tradicionales del género, pero sí un replanteamiento intencionado para recuperar, al menos, algo de su fascinación más sustancial y originaria. (Díez, 1999: 48)

En los últimos quince años Aparicio, Díez y Merino han producido un importante y profuso material metatextual en entrevistas, comentarios y notas que nos han permitido elaborar los postulados de su poética (Brizuela y otros, 2000) a partir de unos ejes temáticos recurrentes en la reflexión de los escritores:

a)  la escritura se concibe a partir del compromiso con la tradición oral y la recuperación de la narratividad, lo que importa, como ya señalamos "un acto de revelación de lo real y... un ejercicio de estímulo y descubrimiento de lo misterioso y maravilloso de la realidad gracias al poder de la palabra creadora" (Brizuela, 2000:57). Este carácter de la escritura, entendida como un modo de desvelar la realidad, se mantiene como una constante, que puede comprobarse en recientes declaraciones de los novelistas, como ésta de Luis Mateo Díez:

Me gusta escribir sin perder el azar. Sabiendo que el hallazgo te espera para tu consuelo. Soy dueño de la suerte de la historia como si supiera que lo que quiero contar va a ser narrado como pide o necesita el relato. Tengo lucidez sobre su sentido, sobre las significaciones que tiene, sobre su complejidad y sus sugerencias porque en realidad ese sentido de la fábula es lo que más me anima a escribirla, donde está la mayor ambición de poder contarlo de esa manera. (Castilla, 2001: 2-3)

Del mismo modo, destacamos la coincidencia de la imagen utilizada por Aparicio y Merino para referirse a la función de la escritura. Aparicio señala: "Lo que me gusta de escribir es eso: ir iluminando zonas oscuras a medida que avanzo. Sé lo que pasa a medida que lo voy escribiendo". (J. Cruz,1994:3). En tanto Merino (2002: 58-59), para quien la literatura "es un producto de la realidad y ordena esa realidad, al tiempo que crea otra realidad", se manifiesta "marcado por lo fantástico" en textos que pretenden "iluminar desde la imaginación ciertas parcelas de la realidad".

b)  los territorios literarios en donde se entrecruzan realidad/imaginación, vigilia/sueño, tienen siempre un punto de referencia en la experiencia, están anclados en la realidad: para Luis Mateo Diez (T. Val, 1999:36) la experiencia es "el elemento principal que conforma al novelista" y que "se relaciona con la memoria y la imaginación". La creación de esos complejos mundos imaginarios que sólo pueden expresarse a través de la palabra ha sido uno de los temas abordados por Diez en su discurso de ingreso a la Academia:

Los territorios imaginarios responden a necesidades que el propio universo del escritor segrega, con frecuencia necesidades imperiosas para que lo que se quiere contar tenga también el lugar imprescindible que enriquezca las significaciones y (...) auspicie el sentimiento. Las geografías de la imaginación son siempre geografías metafóricas y, con frecuencia, míticas, también algunas veces simbólicas. (Díez, 2001:34)

Acerca de la fuerte impronta leonesa de su obra, en la creación de ámbitos geográficos también a caballo entre la realidad y la ficción y con una notable relevancia temática y figurativa, es Aparicio quien explica:

El escritor leonés parece que es muy de la tierra, en sus novelas siempre acaba apareciendo León por algún sitio... No sé. En mi caso (...) He buscado voluntaria y conscientemente el enraizamiento (...) Toda buena literatura normalmente hunde sus raíces en la tierra como el más frondoso de los árboles en el que la envergadura que tiene hacía arriba se corresponde con una envergadura en las raíces similar. Y quizá, no sé si por unas coincidencias de formación o de lectura, puede decirse que nosotros hemos tendido a eso. (Lorenzana, 2001:31)

c) la memoria es el ámbito donde confluyen experiencia e imaginación. Para Luis Mateo Díez (T. Val, 1999:37) -quien cree que la imaginación no es otra cosa que la "memoria fermentada"- los novelistas se nutren "de la memoria, de la experiencia y de la imaginación y por ahí fluimos hacia la palabra". La novela, en este sentido es, según Aparicio (C. García, 1995:95) "una buena, quizá es la mejor, salvaguarda de la memoria, la más capacitada al menos para retener el conocimiento de la mano de las emociones". La memoria, por tanto, no es mero recuerdo o recuperación del pasado sino experiencia vital recobrada en su palpitar más íntimo, gracias a la imaginación.

En este sentido, es importante destacar de qué manera se plantea el tema, desde el plano metafictivo, en la ficción literaria. Un buen ejemplo es la novela El centro del aire de José María Merino (1991). Uno de los personajes, Julio Lesmes, alter ego del autor, planea escribir una novela para recuperar un ámbito de la infancia, una suerte de paraíso perdido: el Patio. En su afanoso y azaroso proceso creativo, Julio Lesmes "había descubierto que las novelas eran el verdadero lugar de la memoria, como esos parques ecológicos donde se conservan especies que, de otro modo, quedarían extinguidas" (Merino, 1991:84). Por ello, es consciente de que "...extintos los tiempos en que el Patio era un mundo vivo, el único Patio que podía quedar era el de su escritura, tras reproducirse en la memoria, por muy modificado que quedase a través de la imaginación." (Merino, 1991:133). Por el procedimiento de la metaficción, Merino da cuenta de esa función de la memoria que restablece lo vivo, mediante la literatura, ya que para Julio Lesmes el trabajo literario consiste "en arrancar de la memoria todas las palabras que dieron vida al Patio... y luego convertir aquello en escritura." (Merino, 1991:179)

d) los personajes no escapan a esa mezcla de realismo y misterio que caracteriza a estas novelas. Para Aparicio (S. Alonso, 1994:35), los suyos "son todos personajes que tienen una gran biografía, que se relacionan entre sí de varios modos, por antecedentes biográficos o casuales". Por su parte, Merino opina que su literatura "está hecha de personajes confusos, contradictorios, desdoblamientos y viajeros perdidos". (Loureiro, 2000:79). Díez los llama "héroes del fracaso" porque, afirma

... son seres extraviados que seguramente tienen que ver con mi idea de que el ser humano está siempre descalabrado, tipos con un grado importante de desconcierto que no acaban de entender la vida pero sí son dueños de la pasión de vivirla (...) son dueños de muchos secretos y en ellos se compagina la atmósfera y la extensión del paraje donde están con el interior de sí mismos. Hay un ámbito de misterio y, en algún sentido, las fábulas que ellos protagonizan y que yo escribo desvelan una parte de todo eso y le dan indicios al lector para entrar en el interior de ellos y conocer ese universo en el que viven. (Castilla, 200:2)

Más allá de estas "invariantes leonesas" hay en cada autor unas particulares preocupaciones y formulaciones estéticas y literarias que permiten distinguir su impronta personal. Sin embargo, los puntos de contacto se mantienen y se manifiestan claramente tanto en sus reflexiones teóricas como en la evidencia de las marcas textuales de su producción narrativa, lo que avala y legitima su condición de grupo. A este particular modo de ver y contar la vida por parte de los leoneses hemos llamado la "estética de la realidad" (Brizuela y otros, 2000) por cuanto los registros de su discurso narrativo, de lo temático a lo estructural, se inscriben en el marco de lo que podríamos denominar una resignificación crítica del realismo. Cuando concluimos nuestro análisis de su producción metatextual, escribimos:

Para Díez, Merino y Aparicio la escritura abre una nueva dimensión de la realidad, ilumina sus zonas oscuras, ensancha el mundo. La escritura, con su potencia fabuladora, desvela lo misterioso a través de un elemento insustituible: la palabra. Ella descubre esa "otra" realidad por vía de la imaginación que, a juicio de nuestros escritores, es otro ámbito de conocimiento.

La "estética de la realidad" supone un compromiso con la realidad a través de la superación del retrato documental y del verismo fotográfico para adentrarse en otro plano, en otros ámbitos, a los que se accede desde una visión totalizadora que sólo puede darse por vía de la memoria. Porque, ¿qué es la memoria sino esa región fronteriza entre la experiencia y la imaginación?

La "estética de la realidad" postula, en definitiva, una "literaturización" de la vida a través de la palabra porque -como pedía Sabino Ordás- es necesario alambicar lo real, lo vivo, para destilarlo en una nueva realidad también viva, también palpitante y entrañada (3) (Brizuela, 2000:66)

En veinte años de producción novelística, los escritores leoneses han mantenido el interés de la crítica y los lectores por los valores de su obra y han recibido numerosos premios y distinciones entre los cuales, el más relevante es, por su trascendencia, la incorporación de Luis Mateo Díez a la Real Academia en el año 2001.

En octubre del pasado año, Juan Pedro Aparicio, Luis Mateo Díez y José María Merino visitaron nuestra cátedra en la Escuela de Letras de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Nacional de Córdoba, al cierre de un seminario sobre su obra. En esa oportunidad, hemos podido constatar su vigencia como grupo, en lo humano y en lo literario, y comprobar, también, la coherencia estética de una escritura incesante y renovadora(4) en la que observamos "la preeminencia de la fascinación por contar, directamente relacionada con la oralidad y la memoria del filandón" y el motivo del viaje en las novelas de los ochenta, como La orilla oscura (1985) de J.M.Merino, La fuente de la edad (1986) de L.M. Díez y Retratos de ambigú (1989) de J. P. Aparicio. Sin dejar de lado los rasgos anteriores, esto es, manteniéndolos, se advierte "una mayor complejidad compositiva basada en las técnicas del punto de vista" en las novelas de los noventa (Brizuela, 2002:22) entre las que destacamos El centro del aire (1991) de J.M. Merino, El expediente del náufrago (1992) de L. M. Diez y La forma de la noche (1994) de J. P. Aparicio(5). Características que se mantienen -con las particulares marcas personales- en la última producción de los leoneses, como Los invisibles (2000) y Días imaginarios (2002) de José María Merino; El diablo meridiano (2001) y El oscurecer (un encuentro) (2002) de Luis Mateo Díez y La gran bruma (2001) de Juan Pedro Aparicio.

La narrativa del grupo leonés de Aparicio, Díez y Merino tiene, sin dudas, un destacado lugar en el vasto ámbito de la actual narrativa española, en cuyo marco se expresan con voz propia cada uno de ellos, pero también con el común aliento de Sabino Ordás, el maestro inventado quien, desde su refugio de Ardón, proclama la íntima e inescrutable conexión de la vida con la literatura.

En todo caso, yo seguiré leyendo y releyendo mis novelas, con esta sospecha, con la duda fascinante de no saber ya si mi recuerdo de tantos lugares y de tanta gente es lo que vi y viví o solo lo que leí y releo en ellas. (Ordás, 1985: 39)

Notas

1. Julio Llamazares y Antonio Pereira, fueron considerados integrantes del grupo en un comienzo, pero Llamazares no reconoce su pertenencia al mismo y Pereira, si bien se considera amigo y paisano, no tiene coincidencia cronológica ni literaria con el resto.

2. En este año se anunció la reedición de Las cenizas del fénix. También se ha publicado el estudio de Asunción Castro Díez: Sabino Ordás, una poética, León: Breviarios de la Calle del Pez, 2002.

3. Sabino Ordás, Las cenizas del fénix (1985:39). Cursivas, nuestras.

4. Remitimos a nuestro trabajo: "La narrativa leonesa. Entre los lindes de la realidad y la irrealidad" en Las horas del contar. Estudios sobre la narrativa del grupo leonés de Juan Pedro Aparicio, Luis MateoDíez y José María Metano. Mabel Brizuela (Ed.) Córdoba, Comunicarte, 2002, donde destacamos dos grupos de novelas en la producción de los ochenta y los noventa. El primer grupo está integrado por las novelas que legitimaron la escritura de los leoneses en virtud de los premios recibidos y de la aceptación unánime de crítica y lectores: La orilla oscura (1985), de José María Merino, Premio de la Crítica en ese año; La fuente de la edad (1986) de Luis Mateo Díez, Premio de la Crítica y Nacional de Literatura en 1987, y Retratos de ambigú (1989) de Juan Pedro Aparicio, Premio Nadal 1988; el segundo grupo lo conforman las novelas del período que llamamos de madurez expresiva de los leoneses, como El centro del aire (1991) de José María Merino, El expediente del náufrago (1993) de Luis Mateo Díez y La forma de la noche (1994) de Juan Pedro Aparicio.

5. Todas ellas publicadas por Alfaguara, de Madrid, a excepción de Retratos de ambigú que publicó Destino, de Barcelona.

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