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Olivar

versión On-line ISSN 1852-4478

Olivar vol.5 no.5 La Plata jul./dic. 2004

 

DOSSIER

El Hispanismo En Argentina

José Luis de Diego

Universidad Nacional de La Plata

Si entendemos por hispanismo lo que nos dice el diccionario, esto es: «Estudio de la cultura hispánica, especialmente por extranjeros», y lo leemos en un sentido académico y restringido, los límites de nuestras reflexiones se estrecharían. Si lo leemos en un sentido amplio, como la valoración que cierta tradición intelectual realiza del legado cultural y literario hispánico, el foco varía ostensiblemente. Pero si adoptamos este segundo camino, y analizamos el caso de Argentina, deberíamos, previsiblemente, cambiar el título y hablar del antihispanismo en Argentina. Porque en la medida en que iba rastreando algún material para esta ponencia, fui llegando a una conclusión que para muchos puede parecer obvia: en la mejor tradición intelectual argentina, el antihispanismo deviene el elemento no marcado; sea por mención u omisión, se trata de una suerte de grado cero en el establecimiento de relaciones posibles entre esa tradición y la peninsular. Estas notas procurarán justificar esta convicción.

I

Si se trata de considerar la génesis del antihispanismo en nuestro país, todo parece indicar que puede ubicársela en la gesta de la independencia y, como proyección de la misma, en la generación romántica del '37. Ya Echeverría, más prudente en sus escritos sobre arte que sus colegas, si bien reivindica a los grandes escritores del siglo de oro, critica con dureza a la España más reciente y caracteriza a Quintana, por ejemplo, como una mala copia de los clásicos franceses y como un obediente servil de las normas aristotélicas (Cfr. Echeverría, 1971: 53). Alberdi, por su parte, explicita un antihispanismo más beligerante en su contraste con Francia; en su conocido discurso ante «El Salón Literario»; leemos:

La España nos hacía dormir en una cuna silenciosa y eterna; y de repente aquella nación que no duerme nunca, y que parece encargada de ser la centinela avanzada en la gran cruzada del espíritu humano... (Alberdi, 1977: 139)

Pero es Juan María Gutiérrez el que asume una posición de ruptura más manifiesta, que lo lleva a negar cualquier aporte a los nuevos tiempos que provenga de la península:

La nación española presenta un fenómeno que sólo puede explicarse con conocimiento de su historia política. Dotada de un suelo feraz y variado, fecunda en hombres de talento e imaginación, atrevidos en la guerra, sufridos en los trabajos, constantes en las grandes empresas, nunca ha salido de un puesto humilde e ignorado en la escala de la civilización europea.

Pero, pocos renglones más adelante, esos «hombres de talento e imaginación» también son negados:

La Italia, acordándose que fue madre de los romanos, ha producido a Dante, a Galileo, a Miguel Ángel, a Cristóbal Colón (...); la Inglaterra a Shakespeare, a Bacon, a Newton; la Alemania, aquella Alemania bárbara e inculta, cual nos la dio a conocer Tácito, es una fuente fecunda de ideas valientes, de erudición profunda, de crítica eminente; y la Francia, colocada como centinela avanzada del mundo intelectual, no permite que una sola idea se pierda o desvirtúe, de cuantas emiten los hombres de todos los climas, en todos los idiomas. Yo busco un español que colocar al lado de los que dejo nombrados, y no le encuentro. (Gutiérrez, 1977: 150)

Félix Weimberg, en su conocido libro sobre la generación del '37, procura atenuar el rechazo de los jóvenes románticos hacia España y habla de un «presunto» antiespañolismo, el que se «explicaría por la supervivencia de la exaltación del patriotismo criollo de los tiempos no tan lejanos de la guerra de la Independencia». Por el contrario, agrega Weimberg que hay que tener en cuenta la influencia que ejercieron en ellos Espronceda y Larra, las páginas admirativas que dedicaron a Meléndez, Quintana y Zorrilla, y el reconocido aporte que prestaron los liberales españoles, especialmente Jovellanos, «ostensible en Belgrano y en Vieytes» (Weimberg, 1977: 68-69).

Es probable que Weimberg tenga razón en lo referente a la generación romántica; sin embargo, la persistencia del antihispanismo hace dudar de que sólo se haya tratado de un sentimiento ligado a una coyuntura política. En este sentido, son bien conocidas las páginas que Sarmiento dedica a España en la «Introducción» del Facundo. Nos hace falta un Tocqueville, afirma el sanjuanino para «penetrar en el interior de nuestra vida política»; hubiéranse explicado, de esa manera, las «partes» que la componen, entre otras: «su parte a las tradiciones españolas y a la conciencia nacional inicua, plebeya, que han dejado la Inquisición y el absolutismo hispano». Y agrega:

Entonces se hubiera podido aclarar un poco el problema de la España, esa rezagada de Europa que, echada entre el Mediterráneo y el Océano, entre la Edad Media y el siglo XIX, unida a la Europa culta por un ancho istmo, y separada del África bárbara por un angosto estrecho, está balanceándose entre dos fuerzas opuestas, ya levantándose en la balanza de los pueblos libres, ya cayendo en la de los despotizados; ya impía, ya fanática; ora constitucionalista declarada, ora despótica impudente; maldiciendo sus cadenas rotas a veces, ya cruzando los brazos y pidiendo a gritos que le impongan un yugo, que parece ser su condición y su modo de existir. (Sarmiento, 1971: 15)

Pero de los dos platos de esta balanza desnivelada, es evidente que pesa más el segundo, y la imagen de España pasa a estar relacionada inequívocamente con el atraso económico, el fanatismo religioso o el despotismo borbónico. Sabemos muy bien que esa valoración no será privativa del pensamiento hispanoamericano, ya que buena parte de esos argumentos aparecerán, por ejemplo, en el joven Unamuno que proponía, como Sarmiento, europeizar y desespañolizar (Cfr. Unamuno, 1945: 145).

Como decíamos, esta imagen parece ser una constante en nuestra tradición intelectual; sólo varían, con el paso del tiempo, los modelos positivos: la Francia jacobina para los jóvenes románticos, los pujantes Estados Unidos para Sarmiento; volverá a ser Francia para los dandies del ochenta, e Inglaterra para muchos de los niños bien de la intelectualidad porteña de los veinte y los treinta. Así por ejemplo en Borges, en quien puede advertirse un corte muy habitual a la hora de evaluar los aportes españoles: por un lado, la mejor prosa jamás escrita, Quevedo y Cervantes, por otro, el españolismo «profesional» de García Lorca o la mediocridad del hispanismo más o menos anquilosado. De esta actitud resulta un claro testimonio «Las alarmas del doctor Américo Castro», un pequeño ensayo-libelo contra el libro La peculiaridad lingüística rioplatense y su sentido histórico, publicado en el '41; el rechazo ideológico contra lo español se transforma, en Borges, en batalla idiomática. Borges no tolera la actitud paternal de Castro al señalar las debilidades del español rioplatense y su réplica, más que atacar los argumentos del autor, apuntan a desacreditar su prosa: «A la errónea y mínima erudición, el doctor Castro añade el infatigable ejercicio de la zalamería, de la prosa rimada y del terrorismo». Borges, que gustaba de la distancia irónica como arma de combate, resulta inusualmente duro en el cierre de la crítica reseña: cita las estrofas finales del Martín Fierro, y concluye con una pregunta «sin ironía»: «¿Quién es más dialectal: el cantor de las límpidas estrofas que he repetido o el incoherente redactor de los aparatos ortopédicos que enredilan rebaños, de los géneros literarios que juegan al football y de las gramáticas torpedeadas?» (Borges, 1960: 68-69). Si se lee con atención el ensayo inicial de Plenitud de España, que Henríquez Ureña publica en Buenos Aires el 40, se verá, por contraste, hasta qué punto se había difundido el antihispanismo, ya que se trata de una encendida defensa de los aportes de España a la cultura moderna, como si se tratara de una polémica contra interlocutores innombrados (Henríquez Ureña, 1967).

Un par de menciones más en este somero recorrido por el antihispanismo en Argentina. En 1979, Julio Cortázar, ya reconocido como uno de nuestros grandes escritores, publica Un tal Lucas; uno de sus capítulos se titula «Lucas, sus clases de español». Lucas debe dar clases se español en «la Berlitz»; su director, «de Astorga», lo previene: «nada de argentinismos, ni de qué galicados, aquí se enseña castizo, coño, al primer che que le pesque ya puede tomarse el portante. Eso sí usted les enseña a hablar corriente y nada de culteranismos que aquí los franceses lo que vienen a aprender es a no hacer papelones en la frontera y en las fondas». Para responder «a tan preclaro criterio», Lucas les da a sus alumnos un texto aparecido en El País en septiembre del '78; transcribo un fragmento del mismo:

El galache, precioso, terciado, mas con trapío, muy bien armado y astifino, encastado, que era noble, seguía entregado a los vuelos de la muleta, que el maestro salmantino manejaba con soltura y mando. Relajada la figura, trenzaba los muletazos, y cada uno de ellos era el dominio absoluto por el que tenía que seguir el toro un semicírculo en torno al diestro (...). Hubo naturales inmejorables y de pecho grandiosos y ayudados por alto y por bajo a dos manos, y pases de la firma, pero no se nos irá de la retina un natural ligado con el de pecho... (Cortázar, 1979: 35)

Previsiblemente, el desconcierto de los pobres alumnos es absoluto. El director irrumpe en el aula cuando «un joven de aire erudito» preguntaba si el «maestro salmantino» se refiere a Fray Luis; el director entonces le recomienda no empezar con poesía clásica, «a ver si encuentra algo más sencillo, coño, digamos algo típico como la visita de los turistas a un colmado o a una plaza de toros, ya verá cómo se interesan y aprenden en un santiamén» (Cortázar, 1979: 36). La ironía de Cortázar apunta en idéntica dirección que los reparos de Borges: la herencia del tan mentado casticismo es hoy un barroco de mal gusto, y la mejor prosa en español ya no se escribe en España.
Por último, sólo un año después del libro de Cortázar, en 1980, se publica la novela más reconocida de las escritas durante la dictadura militar, Respiración artificial, de Ricardo Piglia. Vladimir Tardewski es un personaje que recupera en su biografía, apenas apuntada en la novela, datos de la vida de Witold Gombrowicz. En 1939, arriba a Buenos Aires y descubre que en los círculos filosóficos «admiraban y exaltaban como a los grandes filósofos de nuestro tiempo (...) a dos individuos, a dos sujetos ...»:

Uno de los grandes filósofos de nuestro tiempo era, dijo Tardewski, el que voy a nombrar: Rey de los Asnos Españoles o Asno I, José Ortiga y Gasset. (...) ...se dedicaba, como le digo, este buen hombre, a escribir filosofía en una especie de disparatada declinación alemana del español. Era lo que se denomina un charlista español ¿no? El charlista radiofónico español par excellence, a quien, me entero yo al llegar, todos consideraban en esos círculos de Buenos Aires un Verdadero Maestro del Pensamiento de Nuestro Tiempo, un verdadero As ¿no? (Piglia, 1980: 214)

Hablábamos al comienzo de nuestra mejor tradición intelectual: Alberdi, Sarmiento, Borges, Cortázar, Piglia. El antihispanismo no parece ser, entonces, sólo una herencia de vocación independentista, sino el síntoma visible de una tradición que no reconoce en España modelo alguno y sólo alcanza a ver allí decadencia y estancamiento, casticismo vacuo y reaccionarismo ideológico.

II

Pero también decíamos al comienzo que si entendemos por hispanismo al «estudio de la cultura hispánica, especialmente por extranjeros», la perspectiva varía y también las valoraciones que podamos aventurar(1). Como no soy un especialista en literatura española, mi mirada sobre los estudios hispánicos en Argentina será necesariamente limitada. Voy a recurrir, por tanto, a una inevitable referencia autobiográfica.

Cuando ingresé a la Facultad, en años previos a la irrupción del golpe militar que inauguró la última de las dictaduras, la extrema politización del ámbito universitario nos inundaba de lecturas provenientes a menudo de lugares inverosímiles; previsiblemente, Francia, pero también, la Unión Soviética, China y Cuba, cuyas revoluciones triunfantes, ya que no siempre exitosas en la evaluación que hacían de ellas los intelectuales, se nos ofrecían como un norte siempre diferido y cada vez menos convincente. España era entonces un lugar innombrado o sólo mencionado para evocar las glorias de una guerra civil que, a pesar de la derrota, alimentaba el furor épico de aquellos años. Ni siquiera, me animaría a decir, fue una referencia fuerte cuando en 1975, con la muerte del general Franco, la apertura democrática llevaba esperanzas a una comunidad sepultada para el concierto internacional bajo una dictadura de casi cuarenta años. Lo mismo ocurría en el ámbito de nuestra disciplina: entusiasmados con Lukács, Sartre y Althusser, con los arduos debates teóricos entre marxistas y estructuralistas y, desde allí, remontando un río de complejidad creciente, a los formalistas rusos, lo español era rápidamente identificado con una filología atravesada por criterios de autoridad harto discutibles, y con análisis de estilo que desembocaban con frecuencia en paráfrasis elegantes y en el regodeo de una prosa más atenta a su propia construcción que al rigor metodológico que exigían los nuevos tiempos. Sin embargo, algunos textos críticos que comenzábamos a leer por obligación –recuerdo perfectamente un estudio de Amado Alonso sobre la prosa de Valle Inclán y el magistral libro de María Rosa Lida sobre La Celestina -nos alertaron: nuestro prejuicio contra la crítica de literatura española estaba fundado en la ignorancia o, quizás peor, en nuestra soberbia. Pero si algún sustento tenía ese prejuicio era la existencia de una suerte de vulgata filológico-estilística fundada en un presunto sentido común estético y en subjetividades valorativas sólo sustentadas en el principio de autoridad. Abandonar aquel prejuicio llevó tiempo, como también le llevó tiempo a la crítica española dejarse atravesar por el aggiornamiento de los debates contemporáneos. Algunas tareas críticas fundamentales, como la de Ana María Barrenechea, quien habiendo abrevado en la tradición filológica estuvo siempre atenta a las novedades producidas en otras latitudes, nos terminaron de convencer de que no sólo en aquella tradición había mucho de rescatable, sino también de que podía ser integrada fructíferamente en una labor crítica rigurosa y, por ende, liberada de prejuicios.

Una triple tarea enfrenta el hispanismo argentino en estos días: remontar una imagen negativa secular arraigada en nuestra tradición intelectual; rescatar de una injusta penumbra lo mejor de la tradición filológica del hispanismo local; incorporar de un modo creciente como objeto de estudio tanto a la vigorosa y original producción literaria española posterior al '75, como a aquellos autores y obras silenciados durante el oscuro período dictatorial de la posguerra.

Notas

1. En esta segunda parte, transcribo parcialmente las palabras leídas en la presentación de Olivar. Revista de Literatura y Cultura Española, el 15 de octubre de 2000 en la Oficina Cultural de la Embajada de España.

Bibliografía

1. Alberdi, Juan Bautista, 1977. «Doble armonía entre el objeto de esta institución, con una exigencia de nuestro desarrollo social; y de esta exigencia con otra general del espíritu humano», en: Weimberg, Félix. El Salón Literario de 1937, Buenos Aires, Hachette.         [ Links ]

2. Borges, Jorge Luis, 1960. Otras inquisiciones, Buenos Aires, Emecé         [ Links ].

3. Cortázar, Julio. Un tal Lucas, Buenos Aires, Sudamericana, 1979.         [ Links ]

4. Echeverría, Esteban, 1971. Prosa literaria. Selección, prólogo y notas de Roberto F. Giusti, Buenos Aires, Estrada.         [ Links ]

5. Gutiérrez, Juan María, 1977. «Fisonomía del saber español: cuál deba ser entre nosotros», en: Weimberg, Félix. El Salón Literario de 1937, Buenos Aires, Hachette.         [ Links ]

6. Henríquez Ureña, Pedro, 1967. «España en la cultura moderna», en: Plenitud de España, Buenos Aires, Losada, Biblioteca Clásica y Contemporánea, 3ª edición.         [ Links ]

7. Piglia, Ricardo. Respiración artificial, Buenos Aires, Pomaire, 1980.         [ Links ]

8. Sarmiento, Domingo F., 1971. Facundo, Buenos Aires, Losada, Biblioteca Clásica y Contemporánea, 5ª edición.         [ Links ]

9. Unamuno, Miguel de, 1945. En torno al casticismo, Buenos Aires, Espasa-Calpe, Colección Austral, 2ª edición.         [ Links ]

10. Weimberg, Félix, 1977. El Salón Literario de 1937, Buenos Aires, Hachette.         [ Links ]