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Olivar

versión On-line ISSN 1852-4478

Olivar vol.5 no.5 La Plata jul./dic. 2004

 

DOSSIER

Nacimiento de una ciencia por orgullo nacional herido*

Hans Robert Gumbrecht

Stanford University

Contrariamente a una convicción muy extendida no puede ni debe haber garantías de existencia y aún menos de eternidad para las disciplinas universitarias. «Lo que tuvo un comienzo tiene que tener un final», solía decir Niklas Luhmann quien tenía un talento incomparable para intranquilizar a sus colegas a través de agudas trivialidades aforísticas. Con esta espada de Damocles, «las filologías que se desprendieron del árbol del Romanticismo alemán», como las llamara alguna vez con sequedad Erich Auerbach, sobrevivieron varias y opulentas décadas (un poco como aquellos jubilados cuyos rostros se tornan cada vez más rozagantes cuando hablan de su propia muerte). Pero de la misma manera que el optimismo de los jubilados rozagantes no los protege para siempre del colesterol ni de los excesos del alcohol, podría ocurrir también que la filología y los estudios literarios de comienzos del siglo XXI se cavaran su propia tumba.
La sensación de carencia existente hoy en día en la disciplina que se ocupa de las lenguas y literaturas románicas de la Península Ibérica y Latinoamérica (perífrasis no totalmente aceptada en la actualidad) se debe principalmente al rango secundario que se le otorga en Alemania al rendimiento de la propia asignatura en España y en Latinoamérica. Tales síntomas del malhumor intrínseco suelen ser compensados con el entusiasmo particularmente intensivo de los hispanistas hacia «su» literatura y «su» cultura. En este sentido la Hispanística sobre todo, y no solamente en Alemania, es mucho más optimista que las otras filologías en lo que refiere a su futuro, porque puede partir de la base, y con buenas razones para ello, de que el peso demográfico, económico y político de los idiomas que investiga va a ir en aumento.

Sin embargo es precisamente este optimismo lo que ahora podría conducir a la Hispanística a su fin. Pues si esta asignatura quiere sacar rédito del futuro de los países ibéricos y latinoamericanos, debería concentrarse en capacitar y proporcionar conocimientos útiles a hombres de negocios, ingenieros o diplomáticos. De esta manera, en el mejor de los casos, la Hispanística se convertiría en una ciencia social empírica, lo cual significaría al mismo tiempo el fin de su historia como filología nacida supuestamente del entusiasmo romántico por la literatura española. Paradójicamente, con respecto al optimismo del porvenir en la asignatura, hay entonces más motivos hoy que antes para rememorar otra vez el pasado de la Hispanística.

El ejercicio de rememoración comienza con una sorpresa. La primera institución académica en la que se tematizó la historia de la literatura española surgió antes de la época romántica. Ya en 1767 los «Reales Estudios de San Isidro», fundados después de la expulsión de los jesuitas, recibieron el mandato de organizar clases públicas referidas a la historia de la literatura nacional. Esta iniciativa era parte de una vasta reacción contra el incipiente intento de la monarquía borbónica de hacer obligatorias las normas estéticas del clasicismo francés en España, desde principios del siglo XVIII. Setenta años más tarde, Carlos III, un borbón ilustrado, promovió un nuevo interés hacia las tradiciones nacionales. Poco después este interés se vería reforzado con la provocación que constituyó la publicación del artículo sobre España en la segunda edición de la Enciclopedia francesa, que aseveraba literalmente que el país no había aportado absolutamente nada al progreso científico de la humanidad. El primer impulso de interés académico hacia la historia de la cultura hispánica estuvo entonces motivado por un doble esfuerzo apologético de ayudarla a obtener un reconocimiento justo contra el menosprecio internacional. Este comienzo a contraviento de los postulados de la Ilustración traería consecuencias de mucho alcance.

En 1800, cuando los hermanos Schlegel otorgaron una primacía europea a la literatura española «bajo la perspectiva de nación», partieron de premisas totalmente diferentes. Ellos vieron su presente como el final y la decadencia de una «época moderna» que ya había alcanzado su apogeo en la Edad Media. Los Schlegel y sus amigos románticos opinaban que en ninguna otra parte la tradición medieval había permanecido más vivaz que en España. Así entonces, el impulso del romanticismo temprano estaba unido sustancialmente al entusiasmo por España, lo que explica el doble resultado científico-histórico que determinó que la Germanística y la Hispanística nacieran de un entusiamo al principio compartido hacia las «antigüedades» medievales y que España ocupara un lugar central en la Romanística que se estaba desarrollando por primera vez en Alemania desde aproximadamente 1820.

En 1804 el profesor de filosofía de Göttingen Ludwik Bouterbeck publicó el tercer tomo de su «Historia de la poesía y la oratoria desde fines del siglo XIII», donde por primera vez se reconoció que el nuevo entusiasmo se había distanciado de un gusto mucho más clasicista, es decir se había instalado el gusto por el recuerdo vivo del medioevo del romancero medieval que se conservaba en España. Poco después Jacob y Wilhem Grimm se destacaron como editores de romances. Ludwig Tieck tradujo (para decirlo de alguna manera, en una triple refracción) la obra maestra de Cervantes, Don Quijote, que a su vez se nutría de la retrospectiva irónica y nostálgica que el siglo XVI tenía hacia la nostalgia medieval proporcionada por la novela de caballerías. En 1842, un año antes de la creación del primer Seminario de Filología Románica en la Universidad de Halle, Joseph Görres, en la introducción de un libro de Ludwig Clarus sobre literatura española, elogió otra vez a los romances, pero esta vez en contraste con las entretanto desacreditadas novelas de caballerías. Por cierto el amor casi ilimitado de los románticos hacia España que condujo a la Hispanística y también a la Romanística a transformarse en disciplinas alemanas fue siempre sentimental en su tono y en su autorreflexión. Esto significa que ese amor se consideraba a sí mismo como una añoranza de lo que se había ido para siempre, por lo cual él mismo al final de cuentas había dejado de lado motivaciones apologéticas referidas al presente.

El entusiasmo romántico por España fue malentendido

Fue justamente este carácter sentimental lo que Nicolás Boehl de Faber no captó. Él era un comerciante de Hamburgo, converso y admirador de Calderón que tenía un negocio en Cádiz pero que invertía su energía en intentar transformar la nostalgia por España de los románticos alemanes, absolutamente malentendida por él, en un nuevo argumento a favor de la imagen esmereda y apologética que se tenía en España del pasado nacional, y, después de 1815, se dedicó a propagar in situ una restauración verdaderamente reaccionaria. En la obra de Boehl la posibilidad de una intensificación de intercambio intelectual entre el origen de la Hispanística alemana y la española falló, y es este hecho específico lo que explica por qué la pedagogía universitaria de las historias de las literaturas nacionales en España permanecieron inquebrantablemente apolegéticas hasta finales del siglo XIX.

No obstante, los muchos gobiernos que se sucedieron a partir de mediados de siglo en Madrid entendieron que la creación de cátedras de ese tipo significaba un toque de modernidad que había que tener en cuenta. Sin embargo el tono y la perspectiva de las historias literarias que surgían continuaban estando afectadas por un complejo de inferioridad nacional.

En este sentido la convención hispanística, según la cual Marcelino Menéndez y Pelayo, la figura dominante de los estudios literarios españoles de fines del siglo XIX, se erige como fundador de la filología nacional, debe ser corregida, pues su obra estaba centrada en una doble tarea, defender a España contra el reproche de la Enciclopedia –a través de listas bibliográficas infinitas-y al mismo tiempo enfatizar el humanismo «cristiano» como esencia unificadora de la cultura nacional.

Un cambio fundamental que debe ser interpretado como el comienzo de una filología nacional en España puede estar vinculado con una crisis de conciencia nacional, tal como sucedió en Prusia hacia 1800, y en otros países europeos durante el siglo XIX. En los años 90, mientras Ramón Menéndez Pidal, que tenía apenas 30 años y se había formado en Francia, presentó una edición de la epopeya nacional del Cantar de Mio Cid que alcanzaba, y en parte superaba, los estándares filológicos de los países centroeuropeos, también los debates acerca del estatus de Catalunia en la cultura española y el impacto producido por la pérdida de las últimas colonias ultramarinas en 1898 desataron una amplia revisión de la propia imagen nacional. Todo esto condujo a la desaparición de los presagios apologéticos en el estudio de la literatura nacional. Menéndez Pidal aportó una nueva complejidad al paradigma a través de la incorporación que llevó a cabo de los impulsos románticos originarios referidos a la edición filológica y a la historia de la literatura nacional, ya que dedicó su vida y también la de muchos discípulos a rastrear y promover la supervivencia de la tradición cultural en su propio presente.

El efecto perdurable de ese impulso innovador introdujo una época de brillo fugaz en la historia común del estilo por fin compatible de la Hispanística en España y en Alemania. No por casualidad esto ocurrió en los años 20, época que actualmente es considerada como el momento de una modernidad transformada en clásica. El hecho de que los romanistas alemanes, como por ejemplo el gran Karl Vossler, dieran la espalda expresamente a la cultura francesa y en parte también a la italiana, en reacción al final de la primera guerra mundial y la paz de Versalles, impulsó la intensidad de los contactos intelectuales como así también la mirada española, frecuentemente sorprendida, hacia la República de Wiemar durante los años de la protofascista dictadura militar de Miguel Primo de Rivera. «La ciencia alemana», tal como se consideraba en España a los romanistas alemanes de aquellos años, se había transformado en Mito y Norma para historiadores como Claudio Sánchez Albornoz y Américo Castro, que disputaban el peso de los componentes islámicos y judíos en la cultura española, como así también para los filósofos Miguel de Unamuno y José Ortega y Gasset, cuyos libros obtuvieron gran acogida entre el público culto alemán.

Diez años más tarde, después de que la máquina militar de la Alemania nazi obtuviera la victoria para Franco en la guerra civil, llegó a su fin aquella ya aplacada intensidad de la fascinación intelectual recíproca entre España y Alemania, de la cual la Hispanística en ambos países, a pesar de toda la euroeuforia y las eurosubvenciones, hasta ahora no se ha podido reestablecer. En 1940, el entretanto profesor emérito antes de tiempo, Karl Vossler, todavía pudo publicar, quizás protegido por la marginalización de su persona, un libro sobre Poesía de la soledad en España, en el cual la mística de los judíos marranos españoles fue utilizada como medio de consuelo filosófico. Tres años más tarde, Werner Krauss, un discípulo suyo y de Erich Auerbach, que había sido condenado a muerte por propaganda subversiva, escribió en la cárcel de Plötzensee una reflexión sobre El oráculo manual de Baltasar Gracián, que constituye uno de los más destacados aportes de los estudiosos alemanes del siglo pasado. Pero estas obras son hasta hoy en España apenas leídas y seguramente mucho menos entendidas en su situación existencial específica.

Gracias a Franco la Hispanística se entusiasmó por Latinoamérica

Frente al vacío cultural que se extendió por España durante cuatro décadas de dictadura franquista, pero también a causa de la ausencia de una resonancia intelectual desafiante por parte de sus colegas españoles, muchos hispanistas de las dos Alemanias se volvieron entonces con creciente entusiasmo hacia las literaturas y culturas de Latinoamérica. Dos procesos culturales les salieron al encuentro. Por un lado el hecho de que en varias sociedades sudamericanas (tal es el caso de Brasil y Argentina) se había instalado en los años 30 y 40 del siglo XX una preocupación por las literaturas nacionales que correspondía al estilo de la «ciencia europea». Por otro, y este factor es más importante, especialmente para los romanistas de la generación de 1968, el llamado «boom» de la literatura latinoamericana que desde principios de los años 70 había dotado de repente a aquel continente con un aura brillante de atracción intelectual.

En este punto de la historia, a pesar de toda la buena voluntad de las instituciones en la Europa de finales del siglo XX no volvieron a reestablecerse ni el interés recíproco ni aquel entusiasmo: no se recuperó lo que en la historia de la ciencia del siglo XIX había quedado latente, ni lo que se había disparado en las primeras décadas del siglo XX para la Hispanística hispano-alemana en un corto lapso de intensidad y productividad intelectual, ni tampoco la figura de la convergencia entre la dedicación romántico-entusiasta desde una perspectiva alemana externa y la protección de la «vida de la tradición» en el correspondiente presente español. Quizás entonces es realmente en este momento que la Hispanística, si ya no puede ser el fruto del árbol del Romanticismo, se transforme en una ciencia social empírica, para satisfacer los canales de comunicación de los mercados globales. Yo no consideraría esto un escándalo y mucho menos una traición. En futuros momentos de frío, nosotros, los viejos, nos podríamos seguir abrigando con los libros de Ramón Menéndez Pidal o Américo Castro, de Karl Vossler, o Werner Krauss y así transmitirles a nuestros estudiantes una última instantánea de la melancolía por la desaparición de una fugaz pero importante tradición intelectual.

Notas

* Conferencia pronunciada por Hans Ulrich Gumbrecht el 6 de marzo de 2003 con motivo de la inauguración de Congreso de Hispanistas Germánicos celebrado en Ratisbona.
La presente traducción es el resultado del trabajo conjunto de Victoria Torres (Universität zu Köln) y Gloria Chicote (Universidad Nacional de La Plata), realizado en Colonia en junio de 2003.