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Olivar

versión On-line ISSN 1852-4478

Olivar vol.7 no.7 La Plata ene/jun. 2006

 

RESEÑAS

Joaquín Rubio Tovar, La vieja diosa. De la Filología a la posmodernidad, Alcalá de Henares: Centro de Estudios Cervantinos, 2004, 516 pp.

 

María Mercedes Rodríguez Temperley

Universidad Nacional de La Plata SECRIT - CONICET

 

Muchos "fazedores de paños invisibles" deberán abandonar el reino (junto a los pusilánimes que rodeaban al rey engañado). La aguda pluma de Joaquín Rubio Tovar deja al descubierto sin eufemismos algunos de los males de nuestro tiempo enquistados en las instituciones académicas: la jerga críptica, la pretensión científica de los estudios literarios, la compulsión "publicatoria", la desmesura bibliográfica, la erudición inútil, la aplicación mecánica de conceptos y métodos, el abandono de los viejos saberes, la devoción por las modas intelectuales efímeras, el regusto por los discursos artificiosos y generalmente ineficaces y el alejamiento de la lectura de los clásicos. Estos son algunos de los conceptos que el autor irá desarrollando a lo largo de casi 500 páginas con la solidez de su experiencia como profesor de literaturas románicas en los claustros universitarios españoles. El volumen, escrito en tono ensayístico, recoge el contenido de un curso de doctorado impartido por el autor entre 1998 y 2002 en la Universidad de Alcalá de Henares y busca describir "una parte del formidable pandemonio en que se han convertido los estudios literarios. La pluralidad ha sido beneficiosa, pero ha traído también su carga de veneno" (p. 16).
Rubio Tovar aclara que su libro nace de la perplejidad que le produjeron los cambios en los estudios literarios, en todos sus aspectos, desde que dejó de ser estudiante universitario en 1978 (p. 14). En tal sentido, propone analizar tanto los excesos de historicismo y pedantería erudita de los llamados críticos tradicionales como el relativismo de muchos críticos modernos quienes por medio de la variedad interpretativa y la libertad de opinión han impuesto su tiranía de la mano de una frivolidad creciente.
El marco en el que cabe este libro es el de las reformas educativas llevadas adelante en universidades europeas, sobre todo a partir de la unificación del Viejo Continente. En este contexto, el autor advierte con preocupación la mengua paulatina de las Humanidades frente a disciplinas provenientes del campo de las Ciencias Sociales y la Informática, erigidas como "insustituibles" para el mundo moderno (para el mercado laboral, a decir verdad), y el progresivo abandono de viejos saberes como la filología, la retórica o la historia, ya casi sin cabida en los planes de estudio de las carreras humanísticas.
En orden cronológico, el autor va exponiendo los cambios que van de la Filología a la Posmodernidad. Así, comienza con una historia de la Vieja Diosa , su férrea unidad inicial plasmada en disciplinas como la historia (de la lengua, de la literatura y de las lenguas comparadas), la morfosintaxis y la edición de textos, y su posterior partición en disciplinas autárquicas como la lingüística o la ecdótica; recuerda las polémicas filológicas más importantes y la historia tradicional de la literatura. A partir de la crisis del lenguaje y del desarrollo que comienza a adquirir la lingüística, expone el estudio de las obras literarias desde el psicoanálisis de Freud, el marxismo y las sociologías de la literatura, las corrientes formalistas y estructuralistas, hasta llegar a la Posmodernidad, con la crisis de los grandes relatos, la deconstrucción y la magnitud alcanzada por el ciberespacio. Es en este capítulo ( IX. La Posmodernidad ) y en el siguiente ( X. La politización de los estudios literarios ) donde reorienta el libro. La posmodernidad ha desintegrado completamente el modelo unitario (el viejo speculum , capaz de reunir múltiples saberes); la politización de los estudios literarios, enarbolando la bandera de que "todo es cultura", va en camino a demonizar cualquier manifestación cultural europea, a cuestionar el canon (cuando se especializa a los estudiantes en asuntos diminutos mientras falta el conocimiento de obras básicas) y a desbancar a la vieja filología de los planes académicos. Ya hemos llegado demasiado lejos y es necesario retomar el rumbo.
A partir de aquí, comenzará a establecer algunas relaciones entre antiguas y nuevas disciplinas. Así, a la vez que reflexiona sobre la recuperación de la retórica (en el sentido aristotélico-ciceroniano), enlaza aspectos de la filología con la hermenéutica contemporánea y las estructuras simbólicas del imaginario , mientras traza "nuevas y antiguas síntesis" entre la filología, la semiótica, la retórica y la pragmática.
Su método de exposición es sumamente didáctico: 1) ubicación temporal del movimiento, teoría, o corriente crítica; 2) contextualización "ideológica" y relación con otras teorías; 3) aportes principales; 4) críticas recibidas, puntos débiles, desaciertos y contradicciones; 5) opinión personal y balance general. Esta forma de exposición brinda un panorama completo de las discusiones generadas luego de la aparición de cada teoría. Rubio Tovar distingue entre aquellas que surgieron pensadas para el análisis literario y aquellas otras que se "aplicaron" a la literatura (como el psiconanálisis o el marxismo), y las jerarquiza basándose en sus aciertos (mensurables por sus conceptos operativos y resolución de problemas) y en su perduración en el tiempo.
Lejos del tono irreverente y sarcástico de Juan Luis Alborg ( Sobre crítica y críticos. Historia de la literatura española. Paréntesis teórico que apenas tiene que ver con la presente historia , Madrid: Gredos, 1991) o provocativo de Jean Paul Aron ( Los modernos , México: FCE, 1988) el libro de Joaquín Rubio Tovar se emparenta con ellos en la denuncia de excesos, en la reflexión metódica y en la defensa de los viejos saberes humanísticos agonizantes en la babélica posmodernidad. Su enfoque, sin embargo, se caracteriza por el consciente equilibrio en los juicios, por la permanente ejemplificación práctica con la que ilustra cada aserción y por las propuestas que buscan aportar solucio­nes alejando así cualquier especulación apocalíptica. De este modo, traza un panorama de la teoría literaria de los últimos cincuenta años a la vez que denuncia el progresivo arrinconamiento de la disciplina filológica y su reemplazo por corrientes críticas que en ciertos casos poco o nada han aportado a la resolución de los grandes problemas literarios. Con precisión y agudeza indaga en las contradicciones y en el carácter monolítico, omnipresente y cuasi-estelar de algunas corrientes teórico-críticas que, insuficientemente leídas, mal interpretadas y peor enseñadas, se han adueñado del curriculum universitario sin que otras voces hayan podido desmentirlas o, al menos, dejar sentada una sana oposición. Uno de los axiomas sobre los cuales descansa su trabajo es que con el argumento de la tiranía filológica, se ha impuesto el despotismo de las nuevas corrientes.
Por otra parte, denuncia cómo la crítica -nacida para acompañar a la literatura- ha pasado a convertirse en los últimos tiempos en un discurso artificial que ha desplazado los textos a los que debía servir, ocupando su lugar (p. 158). El crecimiento de la teoría literaria en los planes de estudio universitarios ha tenido como consecuencia una disminución del contacto con las obras literarias. El hecho de que en los últimos años se formaran docentes "con conocimientos teóricos pero poco familiarizados con las obras" (p. 212) es parte del preocu­pante fenómeno que advierte como profesor: sus estudiantes ya casi no leen las obras literarias sino "la bibliografía" escrita sobre ellas (y me permito remitir a mi propia experiencia y a la de otros profesores argentinos -ya que ocurre lo mismo en nuestras universidades- cuando durante los exámenes últimamente nos hemos visto obligados a hacer preguntas sobre cuestiones meramente argumentales al verificar que los alumnos podían exponer los análisis de tal o cual estudioso pero difícilmente recordaban aspectos esenciales del texto a analizar). Con la ecuanimidad que lo caracteriza, Rubio Tovar advierte que, en este caso, parte de la culpa es nuestra. Esto, sumado a la selva bibliográfica imperante, la falsa erudición, la jerga excesivamente críptica y el cre­ciente fragmentarismo plasmado en el auge de lo breve, plantea una de las contradicciones más flagrantes de los últimos tiempos: el divorcio entre los lectores corrientes y el ámbito académico, entre los hombres y las Humanidades (p. 357).
En el fondo, busca rescatar la tradición europea frente a los avan­ces de corrientes críticas provenientes, sobre todo, de universidades norteamericanas. Europa está perdiendo saberes que la ayudaron a forjar sus cimientos culturales y que han dejado monumentos textuales que parecían indestructibles. De esto pareciera no darse cuenta así como tampoco de que la recuperación de saberes perdidos puede llevar siglos (pensemos en el caso del griego durante la Edad Media en Occidente).
Para Rubio Tovar, la tradición crítica de Europa está en la filología, no sólo por una cuestión cronológica (desde Dante a Erasmo, pasando por el Romanticismo hasta casi mediados del siglo XX) sino también porque fue la disciplina que dio sus mejores frutos y que mantiene intacta su capacidad para seguir dándolos, porque el secreto de su éxito ha estado siempre en mirar el texto antes que otra cosa. Una tradición importada (o varias), erigida por presiones políticas , impuesta sin la menor autocrítica y con el único fin de estar a la moda, es asimilable a una especie de derrota cuando sólo se trata de desdeñar los saberes centenarios. Por eso Rubio Tovar confronta y coloca un espejo frente a cada "nueva diosa posmoderna" para objetivar su ver­dadero valor, mensurable en la resolución concreta de problemas que preocupan a la disciplina y en el desarrollo de conceptos útiles para la comprensión del fenómeno literario.
Los últimos capítulos ( XIII. Renuevos de la filología ; XIV. La edad de la desmesura y la musa de la paciencia ; XV. Las Humanidades y los hombres y XVI. Elogio de un saber inútil y necesario ) invitan a volver a la humildad de los trabajos esclarecedores, a indagar -conjuntamente con otras disciplinas o corrientes críticas- en los temas y problemas planteados otrora por la filología y aún no resueltos, a intervenir activamente en los nuevos medios informáticos donde se requerirá del concurso de filólogos para cualquier trabajo de edición:

Son muchas las investigaciones que no podrán llevarse a cabo con otras metodologías y se quedarán en la cuneta trabajos pendientes. Pienso en el estudio de la transmisión de textos como los que realizó Branca para el Decamerón o Diego Catalán para las obras historiográficas medievales o para la literatura oral, pienso en los trabajos de fijar textos como los realizados por Blecua en el caso del Libro de Buen Amor , Antonio Carreira con la obra de Góngora o Cesare Segre y la Chanson de Roland, pienso en el papel relevante que deben cumplir los filólogos a la hora de concebir una historia de la imprenta y en el trabajo de la edición electrónica. (p. 397)

Quien no lea el libro completo (o quien manifieste una animosidad hacia los viejos saberes) podrá acusar a Rubio Tovar de atacar las manifestaciones modernas de la crítica. Nada más alejado de eso. Rubio Tovar no ataca, a lo sumo se defiende en ciertos casos. Tiene la virtud de la moderación, y es capaz de conciliar posturas de diversas tendencias privilegiando los logros de cada una. Si algo define su trabajo es la mesura y la honestidad intelectual, el mostrar todas las caras del prisma en un lenguaje transparente. En ningún momento oculta su filiación filológica, y justamente porque la ve en vías de extinción (sin que ello tenga un justificativo valedero) asume la responsabilidad que le cabe como profesor otrora formado en los viejos saberes que hoy se les niegan a sus estudiantes.
Porque este libro tiene receptores diversos. Rubio Tovar se dirige, en primer lugar, a los profesores y maestros (a quienes cabe una cuota de responsabilidad, consistente en la transmisión honesta del legado recibido); en segundo lugar, a los estudiantes (para prevenirlos de lo porvenir y que de esa manera, tengan al menos la posibilidad de organizar la autodefensa), y en tercer lugar, a los "políticos" y gestores de la educación encargados de las reformas universitarias y diseño de los planes de estudio (ante quienes deja asentados reparos y demandas a la vez que, como un nuevo Tiresias, presagia malos rumbos de continuar con este estado de cosas).
Sólo puedo limitarme a felicitar y agradecer a Rubio Tovar su excelente trabajo en nombre no ya de los filólogos, sino de los profesores, de todos los que nos dedicamos a enseñar. Muchas veces no tomamos en cuenta que las nuevas teorías se reducen al pensamiento desarrollado en las últimas cinco o seis décadas mientras que los "viejos saberes" han recorrido siglos y merecen toda nuestra gratitud y respeto. La propuesta de Rubio Tovar consiste, sobre todo, en recuperar la unidad de saberes (p. 466) y en volver con ojos renovados hacia la literatura. Porque la vieja diosa no es la deidad envejecida sino la diosa sabia enaltecida por la experiencia de centurias.