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Olivar

versión On-line ISSN 1852-4478

Olivar vol.7 no.7 La Plata ene/jun. 2006

 

RESEÑAS

Arcadio López-Casanova, En oscuro desve­lo, Valencia: Institució Alfons el Magnànim, 2004, 242 pp.

 

Xelo Candel Vila

Saint Louis University Madrid Campus

 

La antología En oscuro desvelo (Poesía, 1972-2002), publicada por la Institució Alfons el Magnànim en 2004 con una extensa y detallada introducción de Joan Oleza, recupera casi la totalidad de la obra poética escrita en castellano por Arcadio López-Casanova. No se trata de la primera recopilación antológica del autor puesto que en 1987 ya había presentado una Antología personal (Esquío, Ferrol), pero sí es la primera ocasión en la que, con la excepción de contados poemas, recupera para el público sus tres libros en castellano: La oscura potestad (1979), Razón de iniquidad (1991) y Asedio de sombra (1997). A estas fechas hay que añadir las de sus libros publicados en gallego: Palabra de honor (1967), Memoria duna edá (1976), Mesteres (1976­-1999), Liturxia do corpo (1983) y (1994). Es obvia, pues, para este autor la alternancia natural entre las dos lenguas así como la continuidad poética que se da entre todos sus libros.
Previo a la antología en sí encontramos un apartado titulado "Umbral de la palabra", en el que se recogen dos poemas que sirven a modo de poética del autor. En ellos, que en su origen proceden de los libros Razón de iniquidad y Asedio de sombra, aparecen varios de los temas recurrentes en el desarrollo de sus libros: la palabra, el canto, la Noche, la Sombra, la oscuridad, el frío, la condena... En el primero, la palabra sirve como atenuante del dolor, como cobijo del desconsuelo: "Después de tanto, tanto tiempo,/ y todavía el frío parpadeo de la Noche, el oscuro temblor sobre la página,/ tan inútil fervor de la palabra, tal paciencia miserable del corazón", pero también, en fin, como redención y salvación, como fin último: "después de tanto tiempo,/ y todavía buscas con ansiedad aquella palabra que salvarte pueda de toda condenación". En el segundo poema, la hölderiana pregunta "Quién poeta en esta potestad de delirio y de sombra" imprime la huella de una voz en permanente duda sobre el poder de la palabra: "sigue la mano los trazos oscuros de la insidia, borda negruras, enigmas, grutas de oculto misterio,/ excava en el blanco vacío de la página, sobre el espesor de la llanura que es páramo, que es yermo de desolación". Y así, lentamente, esa palabra va apareciendo con "su delicada forma juvenil, su temblor sonoro, su música/ nupcial", en su esplendor "se hace manjar, se hace vino de celebración, licor en copa de tallado cristal, de fuego vidriado" pero al tiempo es ella la que nos reconoce en nuestra propia soledad, en nuestra miseria, dibujando lentamente "los designios de la condenación, la maldición de todas las condenas, la condenada inmolación". Esa dualidad entre "la potestad del canto" y "su música maldita", entre el poder de la palabra y su reverso, la iniquidad del canto, pervive como telón de fondo en gran parte de los poemas.
El primero de los libros aquí antologados , Oscura potestad, con el que Arcadio López-Casanova obtuvo el premio Adonais en 1978, fue publicado un año más tarde y reúne poemas escritos desde 1972. En clave de parábola, inicia el poeta un recorrido mítico por algunos lugares que alcanzan un valor claramente simbólico: "Años ha que esta tierra -¡oh luz de Alteia!- y esta Casa/ de voto y de perdón abandonas­te". Tanto la tierra, convertida aquí simbólicamente en el paraíso perdido de la juventud, como la Casa paterna identifican en su esencia al personaje lírico en su viaje iniciático: "Eras joven, laurel de juventud,/ y el dios de la aventura, yelmo de fuego,/ te poseyó" ("Iniciación de la parábola"). En "Ceremonia de la salutación" se refrenda la misma oposición entre la mirada hacia el pasado, la mirada hacia la juventud perdida: "Joven, joven viniste a esta tierra que no es tuya,/ hijo aquí te llamaron, te bendijeron,/ te abrazaron en la salutación" y la del futuro anciano en su declive: "Arrodíllate para morir". De nuevo también los grandes emblemas que se reiteran en toda la parábola que supone el hilo narrativo del poemario: Alteia, la Casa Paternal , la Noche , la tierra abandonada y la tierra de acogida, el largo y penoso peregrinaje, los ojos desafiantes de la juventud y los que arrastra impenitente hacia la ancianidad, el destierro y la salutación de una nueva vida. La maestría con la que el poeta inclina la balanza del tiempo alternando el pasado y el presente sirve de eje conductor a lo largo del libro. Así, la potestad del canto, su belleza encendida, su simbólica luminosidad van declinando a medida que se pierden dando paso a la Noche que maldice la belleza del canto: "Porque vivo estás, y eterno eres, y muerto y anciano acabas./ Tus ojos encienden ahora la luz frutal,/ y ciegos ahora tus ojos han visto el alto techo de las estrellas derrumbándose" ("Palabras de aceptación"). Por ello, aunque "(piensas todavía en la belleza del canto)," ya nada tiene remedio porque otro crepitar es éste, "otro el metal, la música de bronce sobre el oreo del mar, sobre la espuma/ funeral,/ y otro el cuerpo que yace ya detrás de la Noche " ("Un humilde temblor"). Cualquier signo de luminosidad queda cercado por el presente y los elementos simbólicos que lleva consigo: vacío, nocturnidad, desposesión, soledad. Esta dualidad se conjuga perfecta­mente en el poema que cierra esta primera parte, "Digna es la vida", en el que la mirada del hablante lírico se proyecta en dos tiempos y en dos espacios diferentes. Por una parte resuena el mar, en todo su simbólico esplendor y juventud, tal y como vemos reiteradamente en la poesía de López-Casanova: "Siglos hace que el mar, sal de estatuas, resuena aquí, manos de juventud,/ olas, dádivas, arpegios de luz." Por otra parte, ese mismo mar de antaño resuena de distinta manera ahora que la destrucción ha hecho mella, convertido en un báculo de sombra: "junto a las mismas olas, la noche, el mismo cuerpo que amaste/ en los racimos quemados del lecho,/ cuerdas del crepúsculo vibrando en soledad".
La segunda parte del libro, "Tres designios de desposesión", imprime quizás mayor intensidad negativa al privar al sujeto lírico de cualquier signo de vida: "Oscura sombra mineral de fuegos/ de Muerte. Oscura sombra sobre nada./ Existes tú, no existes. Nada es nada" ("Desposesión"). Se trata de la constatación de que ya no hay vuelta atrás, no es posible cambiar los caprichos del destino: ("En otra tierra hubieras sido/ feliz). Pero ya es tarde. Anciano habitas/ la soledad". Otra tierra le recibió y es demasiado tarde para vivir de otra manera: "Y anciano habitas. Padre/ de nada. Hijo de nadie". Y con la luz, al fin, se inclina también el cuerpo, la intensidad de la vida hasta que el "mar tensa un arco de música entre rejas" ("Hijo de otra tierra").
En la parte final del libro, "La oscura potestad", se recoge un poema vinculado inicialmente con esa fuerza misteriosa que acaba por subyugar al hablante lírico. Se trata de "Final: narración de vida". Quizás sea en esta parte del libro donde hallamos un mayor hermetismo en el lenguaje, una mayor complejidad en el tratamiento simbólico y una mayor rigidez en las formas: "Magnicidio, o suicidio, o juicio, o lanzas o azor, o ya ballestero vencido,/ nobleza aquí otorgas, aquí das, mientes acaso, enalteces o envileces,/ cuando sólo la sola mirada reniega de la claudicación, del benévolo beneplácito, de toda aquiescencia" ("Patética"). El poema "Enigma" lleva al extremo ese hermetismo. Tanto el espacio en el que tienen lugar la acción, un claustro de piedra, como el personaje del poema, la joven que desnuda despliega su nocturna danza, "trenzando el baile entre las piedras/ del claustro,/ ceñida a tu cintura, / sola,/ sola/ en el escándalo de la noche...", remiten a un universo simbólico. La desnudez de la mujer reaparece en los dos poemas siguientes. En "Cuerpo de tal suplicio" la hallamos vestida "de lentas/ ropas de sacrificio, cintura herida,/ cíngulo que quema/ sobre la piel,/ y conmigo, conmigo viniste" oponiéndose así a la desnudez de la libertad y convirtiéndose en un cuerpo de suplicio, en compañera de vida a la que hubiera querido salvar otorgándole hasta lo más preciado: "Lo hubiera dado todo/ por salvarte, amor". Mientras, en "Tránsito de ancianidad" aparece convertida en Dánae, plena todavía de juventud, "de luces de bronce que tantos años enaltecieron mi templanza" pero el hablante se pregunta para qué ha servido tanto sacrificio "cuando ya sola la Noche es dueña de mi báculo".
El segundo libro antologado es Razón de iniquidad, premio Internacional de Poesía "Ciudad de Melilla" en 1990. Los dos grandes polos simbólicos sobre los que vertebra Oscura potestad continúan teniendo un protagonismo principal aquí aunque quizás ahora se vayan configurando a través de la perspectiva del sujeto lírico que vive en la más absoluta soledad y derrota, sin tregua para la esperanza: "Los días de la ansiedad y el infortunio/ enseñanza han dado a tanto tiempo de cobijo en la desgracia;/ pues en la desgracia habitamos" (I). La sola memoria trae consigo la desgracia "al corazón de antiguo enaltecido" y no importa ya aquello que antaño nos hizo dignos "sino el vacío que las manos ofrendan" (II) , no el antiguo mirar sino el infortunio de los días presentes, de este atardecer "que en la mirada se abrasa como ascua última de soledad" (II). En estos poemas del "Libro de ignomi­nias", la primera parte del poemario, el sujeto poético aparece en un estado de total desolación y abatimiento, despojado de cuanto fue su inocencia, su juventud "de días como adioses o nácar, o caracolas encendidas de sombra" (IV), y ni siquiera le queda el refugio de la memoria porque ésta se presenta siempre de manera engañosa ya que te hace caer en la trampa de la añoranza: "Pero siempre miente memoria/ a quien como siervo infeliz se acepta en la desgracia" (VI). La memoria sólo trae pues la pesadumbre, el desamparo y el infortunio. El lamento se traduce en desesperación y, cuando ya ni siquiera el dolor es merecimiento, al menos le queda la última súplica: "y ven tú, única Amada, a habitarme/ con esa felicidad para mi engaño" (VII). Sin embargo, vivir es necesario y, a pesar de ese último resplandor del que ha podido gozar, "ahora (que) sabes lo duro que es el canto desde el maldito corazón", un inútil consuelo cuando todo lo ha perdido, "cuan­do sabes que, por fin, estás muerto" (X). En la segunda parte, llamada "Libro de revelaciones", se altera el orden y, en palabras de Joan Oleza, "el canto, al ser asociado a la luz, al amor, al impulso de vivir, se transforma profundamente (p. 36). El sujeto se pregunta quién es realmente después de todo: "es el vivir este amanecer de sombra que la Noche consagra,/ y soy yo -¿quién soy yo?- pesadumbre de frutos,/ alto otoño de fuego que en la luz da su canto" (I). Y en esa incertidumbre es cuando aparece el cuerpo antiguo, el de aquella figura femenina que "en tal milagro de luz y cántico escanciara mi pesadum­bre y orfandad" (II), aparece de nuevo desnuda, hermosa, luminosa y a la vez oscura, a otorgarle la voz, a ofrecerle el canto. Pero sobre el tiempo pesan demasiadas cadenas y la renuncia es la ley que prevalece cuando sólo queda ya la potestad del silencio: "No ahora ya, no ahora ya,/ y nunca,/ aun sabiéndote hermosa, y luminosa, y oscura,/ antigua/ niña" (III). En la desolación en la que ahora vive se agradece "la antigua ley del canto, todo menester de la palabra" (V) cuando ya creía que la canción era designio. Sin embargo, el canto sigue siendo aciago "¿Alguien/ aún levanta su canto entre cenizas?" (VII). Cautivo, pues, del desamparo, prisionero de la Noche , vencido, únicamente le resta el deseo de renacer y poder de este modo salvarse. En parte ese dolor se calma cuando recibe la dichosa llegada de la Visitadora : "cuando llegas/ feliz, antigua, toda ya remota/ en mi vivir, y es tuya mi templanza" (IX) pero otra vez la presencia inevitable de la Noche , inmensa, y con ella de la Sombra , poseedora, lo abarca todo hasta que al fin "calló sin rencor/ y sin remordimiento".
El último de los libros aquí representados es Asedio de sombra , con el que obtuvo el premio "Tiflos" de poesía en 1996. Como es habitual en la poesía de Arcadio López-Casanova, el cuidado entramado arquitectónico, el perfecto equilibrio entre las partes y el todo, consolida un edificio robusto y contundente. Parte de ese cuidado en la construcción de los poemas recae sin duda en la estudiada distribución de los mismos. Comprobamos, por ejemplo, que en la primera parte, titulada precisamente "Luminosa la sombra de tus días", encontramos títulos que nos remiten a un cierto sosiego en la interpretación final: "Plenitud del instante", "Claridad de celebración," "Palabras de merecimiento" y "Mirada de salvación". Predominan en esta primera parte poemas largos configurados por unos versos que fluyen sin cortes ni barreras métricas. No hay espacio, sin embargo, para el aliento narrativo, aunque se respira en ellos por debajo de ese juego simbólico una coherencia temática que nos resulta ciertamente familiar. La plenitud del instante que recoge el primer poema no es otra que la de las horas finales en donde renace la belleza, el esplendor del día. El mar es el testigo final de ese atardecer que trae al sujeto lírico el recuerdo de cuanto aconteció: "Quietas las lentas aguas azules,/ quieto el espeso verdor, los altos cantiles de sombra,/ las horas de esta tarde infinita, de esta luz de oro y malva que no muere". Ese valor simbólico de la luz continúa en el poema "Claridad de celebración", en el que el poeta recupera la tradición clásica que la presenta como conocimiento y como el complemento natural de la oscuridad: "La sé dádiva en mi vivir, y cómo lo agradezco,/ después de tantos días de infortunio". Con ese manejo de elementos básicos se contraponen incluso los planos cósmicos. Así, mientras permanezca su presencia, aun de forma velada, quedará su signo positivo: "Dura todavía el resplandor en este lento atardecer,/ y todo se da en bonanza", pero irremediablemente: "Llega poseedora la noche/ -ella, la enemiga, con su clámide de luto-". En "Mirada de salvación" es de nuevo "el Elegido" -remitiendo así a la primera parte de La oscura potestad - quien frente a ese mar de luces blancas rememora su pasado, "todo el incienso de sus días, el amor tan misericorde,/ el cuerpo feliz que tanto en la pasión había amado" y en un instante comprende que el final le acecha: "comprendió al fin -¡oh inocente!-/ el tiempo deshecho entre sus dedos, la leve brisa que en un tenue soplo todo lo arrastraba hacia el mar". En ese momento de absoluta soledad, volver a vislumbrar el cuerpo amado es su último deseo: "oyó su voz,/ oyó el latido de la vida,/ y cuando quiso, con pasión, abrazarla,/ sólo un fulgor de sombra pudo asir en sus manos". La segunda parte, "Cegados resplandores", está formada por un total de once sonetos divididos a su vez en dos apartados, "La noche poseedora" y "El sueño aciago", en los que el paso del tiempo, el recuento de las pérdidas y el acecho inminente de la melancolía deja paso a una ensoñación de raigambre calderoniana: "¿Era su vida...? Un soplo...¿O lo soñaba?". Situada estratégicamente en el centro del libro se configura como un paréntesis, un punto de inflexión en el que se pone en cuestión la propia realidad dejando las puertas de la quimera abiertas al sueño: "¿Quién sueña?...¡Oh, poderosa/ Noche final que en el principio era!". De manera que la luz y la penumbra se alternan al igual que lo hacen la realidad y el sueño, desterrando así del dominio de la sombra todo atisbo de esperanza: "Si hijo eres digno de la Noche ,/ qué luz confías en el alba." Y ya sabemos que ese permanente asedio de la sombra en la poesía de Arcadio se traduce en la imposibilidad de la palabra: "Inútil canto, voz oculta/ que entre la Sombra te desvela". La tercera parte, "Vigilia del desvelado", supone el último de los tres estadios por los que transita el sujeto lírico. Su circunstancia ahora es otra, cautivo de la noche, huér­fano de la luz que antaño anhelaba: "Qué lejos -¿recuerdas?- aquella luz salvadora del mar en el alto amanecer" ("Cautivo de orfandad"). El joven que fue se asoma con ojos de vigilia a otra noche, a otra ciudad, a otras calles, a la otra luz de la infancia, y en nada se reconoce: "(¿Era éste, en verdad, su mundo...?", ("Nocturno de ciudad"). El epílogo está formado por un único poema -"La llamada"- que, como acertadamente indica Joan Oleza en la introducción a la antología, resulta ciertamente atípico en la producción de López-Casanova. El texto sorprende en principio por el tono acusadamente narrativo pero sobre todo por el uso de un lenguaje cotidiano que responde a la descripción de la escena contada. Tras una reunión en casa, familiares y amigos se despiden dejando solo "en el vacío del espacioso salón" al sujeto lírico. Las palabras de agradecimiento y frases de despedida invaden de alboroto y alegre murmullo el ambiente. Aparece, sin embargo, en medio de esa soledad, de esa cotidianeidad que había predominado a lo largo del texto un elemento de extrañamiento, "como si algo oculto te atenazara,/ un súbito y misterioso dolor que te cortase las palabras" hasta que el silencio del salón se va espesando y por fin le vence un profundo sueño del que sólo consigue despertar cuando alguien llama violentamente a la puerta.
En oscuro desvelo muestra al lector un universo poético unitario no solamente en el tratamiento temático sino también a nivel enunciativo. Tanto las imágenes simbólicas como la perspectiva del sujeto modelada en sus propios conflictos, las diversas voces que éste aporta, el ritmo interno y la alternancia de esquemas discursivos se amoldan con asombrosa eficacia en cada uno de los libros. Prevalece en ellos un rigor constructivo basado en una jerárquica disposición de los poemas y en una arquitectura externa cuidada en extremo que obliga al lector a volver sobre sus pasos para hallar sin dificultad concomitancias y reiteraciones semánticas. López-Casanova no esconde las estrategias discursivas, muy al contrario, las deja al alcance de quien se acerque a sus versos con mirada precisa. Así es fácil hallar versos de diversos autores perfectamente encajados entre los propios o reconocer una serie de imágenes articuladas mediante un léxico recurrente. Su poesía se inscribe en una línea poética de tradición simbolista pero no renuncia a ampliar sus márgenes en ciertas ocasiones. En los casi veinte años que van desde el primero hasta el último de sus libros, sorprende la coherencia temática que se mantiene en ellos sin estridencias, ajustando en su exacta medida la voz lírica a los diversos escenarios por los que transita.