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Olivar

versión On-line ISSN 1852-4478

Olivar v.7 n.8 La Plata jul./dic. 2006

 

ARTÍCULOS

Historia de una amistad: Ramón Sender y Carmen Laforet desde sus exilios

Emilia de Zuleta

Real Academia Española de la Lengua - Academia Argentina de Letras

Resumen
El primer Premio Nadal, obtenido por Nada, novela de Carmen Laforet, en 1944, obtuvo muchos elogios en España. Pero más interesa registrar dos lecturas efectuadas en el exilio. La primera consiste en una nota de Francisco Ayala, publicada en el primer número de la revista Realidad de Buenos Aires. La segunda es una carta de Ramón Sender, cuyo texto figura en el libro Puedo contar contigo, donde se recogen setenta y seis epístolas intercambiadas entre ambos escritores. A través de estos textos se construye una suerte de diálogo-confesión en el cual se perfilan las siluetas de ambos con sus altibajos existenciales de dolor, nostalgia, depresión, esperanza. Este libro ilustra sobre uno de los múltiples modos de la interrelación entre la España de "adentro" y la de "afuera" durante el período franquista.

Palabras clave: Ramón Sender; Carmen Laforet; Epistolario; Exilio.

Abstract
Carmen Laforet's Nada received the first prize in the Nadal Awards in 1944. Although the novel was highly praised inside Spain, two of its interpretations made in the exile raise more interest. The first one is an article by Francisco Ayala published in the first number of Realidad, a magazine in Buenos Aires. The second interpretation, consists of a letter by Ramón Sender. This letter has been published, together with 76 other letters exchanged by him and Laforet, in Puedo contar contigo. Throughout these texts, both writers build up a sort of confesion-dialogue from which the reader can have a glimpse of their silhouettes, full of existential ups-anddowns of pain, nostalgia, depression and hope. Rolón Parada's book also illustrates a relationship between the Spain of the "inside" and that of the "outside" which took place during the Franquism.

Keywords: Ramón Sender; Carmen Laforet; Epistolary; Exile.

   El retorno, como se sabe, es el sueño constante de todo exiliado. Anclado a mayor o menor profundidad, ese sueño se alimenta de recuerdos cuyo carácter obsesivo puede llegar a construir un mito personal donde, en las horas de optimismo, las imperfecciones y los antiguos dolores se diluyen; y en las de desánimo y pesadumbre, los fantasmas se agrandan y los temores prevalecen.
   "El exiliado" escribe Santiago Silvestre, "para oponerse al destierro, no debe olvidar y es este recuerdo obstinado lo que más define su condición" (2003: 25). Ese recuerdo obstinado se nutre constantemente, también, de nuevas noticias que vienen del otro lado.
   Casi diez años habían pasado de la Guerra Civil española y, durante ese tiempo, las noticias y testimonios que comenzaban a filtrarse revelaban que la vida literaria en la Península continuaba, y aquel lejano horizonte, avizorado o imaginado desde el destierro, se poblaba de nuevas presencias. En efecto, desde mediados de los años cuarenta comenzaron a llegar desde España los primeros frutos de la irrupción en la industria editorial de un nuevo fenómeno, el de los premios literarios, que apuntaban a recuperar al público lector peninsular, primero, y casi enseguida, a aquel otro, panhispánico, que recibía la masa de libros producidos por el primer boom editorial surgido gracias al impulso de los exiliados españoles de Buenos Aires, México y, en menor medida, de Santiago de Chile.
   Aquellos premios españoles, en particular, el Nadal, instituido por la editorial Destino de Barcelona, fueron el vehículo de una nueva literatura peninsular. El primer Nadal, de 1944, obtenido por la novela Nada, de Carmen Laforet, una joven estudiante catalana desconocida, de apenas veintitrés años, fue publicado en 1945, inaugurando aquella serie de pequeños volúmenes encuadernados en tela azul que llegaron a las librerías de América o fueron traídos por viajeros que volvían de un primer regreso tentativo a España, u otros que reanudaban, muy mermada, la antigua corriente inmigratoria suspendida por la Guerra Civil y sus secuelas.
   Nada – que contaba la dolorosa experiencia de Andrea, una estudiante catalana, muy parecida a Carmen Laforet– había sido recibida en España con cierta sorpresa y muchos elogios: Pedro Laín Entrelago, un intelectual de primera fila, proyectaba aquel testimonio individual hacia el plano más amplio de un cambio filosófico occidental, el del existencialismo. En un artículo suyo, publicado en ABC el 8 de agosto de 1945, consideraba aquella novela como la representación del "alma agónica del hombre actual". Otros críticos del momento la leían, con cierto asombro, como un libro nuevo, de éxito inesperado y auspicioso. Pero resulta aún más interesante registrar dos lecturas provenientes del exilio. La primera consiste en una nota de Francisco Ayala, en el número 1 de la revista Realidad, publicada en Buenos Aires en enero-febrero de 1947, bajo el título de "Testimonio de la nada". En su análisis breve de Nada, la reconocía como la señal de una generación española recién llegada, tras el silencio posterior a la Guerra Civil, que hace oír "la voz de su desesperación absoluta, de su radical nihilismo" (1947: 128).
   El público receptor de aquella revista debió de abarcar un arco bastante amplio. Su director era el filósofo argentino Francisco Romero y en ella colaboraban un grupo numeroso de españoles residentes en Buenos Aires o en otros lugares del exilio en América, además de pensadores argentinos y extranjeros como Carlos Alberto Erro, Miguel Angel y Rafael Virasoro, Murena, Juan Adolfo Vázquez, Bertrand Russell, Guido de Ruggiero, Vladimir Weidlé, Jean Paul Sartre y otros. El género predominante en Realidad era el ensayo en sus más diversas modalidades temáticas y estilísticas. Alcanzó un sobresaliente nivel y se dijo de ella, con justicia, que era "una de las más ricas empresas que hayamos emprendido los argentinos en el plano de la inteligencia" (Lafleur et al. , 1968: 227)1. En este marco debe ser evaluada la posible repercusión de aquella reseña, aunque no poseamos datos concretos al respecto.
   De la segunda lectura de la novela a la que aludimos antes, tenemos ahora un testimonio preciso en la carta que Ramón Sender le escribe a Carmen Laforet el 5 de octubre de 1947, desde Albuquerque, Nuevo México, en cuya universidad enseñaba por entonces. Su texto figura en el libro Puedo contar contigo; correspondencia (2003), editado por Israel Rolón Barada, y donde se publican las epístolas intercambiadas entre ambos escritores que han podido ser reunidas hasta el presente.2 Aquella primera carta de Sender comienza diciendo:

He leído su Nada y me parece una buena novela. Hace años que no había tenido una impresión tan confortable intelectualmente hablando. Es un gran placer encontrar el talento literario sobre todo en nuestro propio idioma. (Cartas: 33)

   A continuación, supone, y en este verbo domina su matiz persuasivo, que ella habrá de subordinar todo lo demás a los intereses literarios y que conservará "ese dominio de la realidad, esa visión directa, sencilla y asombrosamente humilde [...]". En tercer lugar le ofrece ante sus editores en Nueva York la traducción de la novela al inglés y concluye: "En buena hora otra vez. Es Usted una espléndida escritora. Gracias por la alegría que me ha dado su descubrimiento ". (Cartas: 33-34).
   No hubo respuesta por entonces. Carmen Laforet no sabía que Sender era un escritor importante, según lo confiesa en la segunda carta de ese sabroso epistolario, fechada en Boston en octubre de 1965, y lo reconfirmará varios años después en un artículo publicado en ABC el 21 de abril de 1972, donde dice: "[...] no supe toda la generosidad de su carta, porque ignoraba la categoría de quien me había escrito al leer mi primer libro, animándome tanto. Luego me enteré". (Cartas: 269)
   A partir de esa fecha, 1965, y hasta 1975, cabe reconstruir la historia de aquella amistad aludida en el título del presente trabajo. El material que tenemos entre manos es un epistolario real, pero en el trasfondo de nuestra interpretación prevalece la hipótesis de que no sería impertinente examinarlo teniendo en cuenta las categorías literarias del diálogo y de la confesión. Menos directo que el primero cuya inmediatez preserva, al menos en parte, su origen coloquial en la viva voz de los intervinientes, se aproxima a la confesión y se complementa con ella por análogas razones. El intercambio epistolar, con sus elipsis temporales, condiciona y reelabora el discurso confesional. Un diálogo confesional sería, quizás, el modo más preciso para definir el carácter de esta correspondencia.
   El remitente/destinatario Sender irrumpe en la vida de la remitente/destinataria cuando ya es un escritor conocido, sobre todo por sus novelas anteriores a la guerra, especialmente Imán (1930) y Mister Witt en el cantón con las que había obtenido el Premio Nacional de Literatura en 1935. Ya en el exilio publicó, en México y en los Estados Unidos, numerosas novelas, algunas de ellas con rasgos propios del llamado realismo social y también del costumbrismo histórico; y otras, con inclinada intención simbólica y espiritualista.
   Anarquista en sus comienzos, Sender tuvo su etapa comunista, no muy ortodoxa, para orientarse, al final en el exilio norteamericano, hacia una posición de anticomunismo desesperanzado y renuente a todo compromiso político. Había participado en la Guerra Civil en la Brigada de Enrique Líster, con quien disintió ásperamente. En 1989 su hijo Ramón Sender Barayón publicó un libro titulado A death in Zamora donde acusa a su padre de haber aconsejado a su mujer que volviera a Zamora, zona nacional, donde todos la conocían, mientras él actuaba públicamente en el bando republicano. Ella fue fusilada y sus hijos fueron adoptados por una familia norteamericana y, tardíamente, recuperados por su padre cuando dejó su primer exilio en México y se instaló en Albuquerque (Buckley, 1989)3.
   Tenía Sender cuarenta y cinco años cuando escribió aquella primera carta sin respuesta a la novel escritora catalana, y sesenta y tres cuando verdaderamente se inicia la correspondencia como diálogo en 1965.
   Carmen Laforet había nacido en Barcelona el 6 de septiembre de 1921 y tenía, por lo tanto, veintiséis años en 1947, fecha de la primera carta de Sender, y cuarenta y cuatro en el reencuentro epistolar que precede en unos meses al conocimiento directo de su corresponsal. Después del Nadal había obtenido el Premio Fastenrath de la Real Academia Española. En 1952 había publicado La isla y los demonios y La mujer nueva en 1955, con la cual obtuvo el Premio Menorca y, en 1956, el Nacional de Literatura. Un volumen de artículos sobre su viaje a los Estados Unidos aparecería en 1967 bajo el título de Paralelo treinta y cinco. Se había casado con el escritor Manuel Cerezales, había tenido varios hijos y proyectaba nuevas obras a cuya penosa gestación podemos asistir hoy, a través de esta correspondencia. Sus largos silencios literarios han sido objeto de diversas explicaciones, entre las cuales juzgamos como especialmente autorizada la que esboza su hija Cristina Cerezales en el prólogo de esta edición, cuando se detiene en una cita del libro Paralelo treinta y cinco (Cartas: 9). Allí Carmen menciona "la vida tan áspera como es la de España para los escritores", y alude a "envidias, enemistades, rencillas". En el epistolario aparece abundante material que ilustra estos comentarios.
   El libro incluye setenta y seis cartas. Si separamos la primera, de Sender a Carmen, del 5 de octubre de 1947, y empezamos nuestro análisis a partir de la primera de ella a él, en octubre de 1965, fechada en Boston durante su primer viaje a los Estados Unidos, advertimos que en ese final de año sólo se intercambiaron dos cartas, la tercera del epistolario con la respuesta de Sender desde Los Angeles, donde enseñaba en la Universidad de Southern California, después de haber agotado, con sus malas relaciones entre colegas, su permanencia en Albuquerque.
   Durante 1966 el intercambio se intensifica (contamos con veinte cartas, siete de Carmen y trece de Sender); disminuye la frecuencia durante los años siguientes hasta 1970, cuando vuelve a aumentar: ocho cartas en total, siete de él y una de ella; y con ese ritmo, con leves disminuciones hasta 1975. Bajo los números 75 y 76 se transcriben en el libro fragmentos de misivas de cada uno de los corresponsales, fechadas en 1966 y 1967.
   La obra se cierra con tres apéndices: el primero, un artículo de Sender, "Carmen Laforet en inglés", publicado en Los libros y los días (8-61966), que Carmen Laforet le agradece en su carta del 25 de julio de ese año. Destinado a la A.L.A., la agencia literaria de Joaquín Maurín, debió difundirse en algunas de las publicaciones asociadas a aquélla. El apéndice número dos contiene el prólogo de Carmen Laforet a La aventura equinoccial de Lope de Aguirre, de Sender, que editó Manuel Cerezales en la editorial Magisterio Español en 1967. El tercer apéndice recoge un artículo de Carmen, en forma de diario, publicado en ABC el 21 de abril de 1972, reseña del libro El fugitivo de Sender.
   En el diálogo-confesión que se construye en este libro se distinguen, al menos, cuatro redes temáticas. La primera abre el intercambio amistoso de dos obsesiones que convergen: para Sender, el balance de su exilio y la perspectiva del retorno; para Carmen, su incomodidad, su inconformismo en España, y su depresión.
   Piensa Carmen que los exilios tienen sus efectos beneficiosos: "yo quiero decir que la semilla de personalidad y de inteligencia que dejan los exilios (aunque no voy a emplear la palabra) hace más por España que todos los esfuerzos interesados e ineficaces" (Carta 5, enero 1966). Testimonia de este modo la expectativa que había en España ante el regreso de los exiliados. Paralelamente, Sender se siente perplejo ante la actitud que observa entre los que están en la Península: "me tratan todos bien. Eso quiere decir que tampoco ellos tienen rencor. Yo no lo tengo hace mucho tiempo para nadie, aunque con la excepción del pequeño césar [Franco] a quien no he podido nunca tratar desde mis viejos tiempos de Marruecos, cuando él andaba por allí con su legión" (Carta 7, 2-2-1966). Quiere volver a su tierra y confiesa hacia ella un amor reconcentrado por la distancia: "Pocos españoles de dentro, a mi edad, tendrán un amor por su tierra tan fresco y juvenil como el mío. Algo bueno tiene que tener el destierro" (Carta 17, 28-8-1966). Sueña con reencontrarse con los viejos amigos sobrevivientes, pasearse por el Retiro y dormir a pierna suelta, como no había vuelto a hacerlo desde su salida de España: "[...] y pensar desde ahí en lo bueno que es América, lo mismo que desde aquí pienso en lo maravillosa que es España." (Carta 18, 29-9-1966)
   Los exiliados, después de treinta años desde la guerra, percibían –o creían percibir– una apertura que, en efecto, comenzaba en la Península y se disponían a un reencuentro civilizado y tolerante. El mismo Sender que, en la famosa polémica iniciada en 1951 entre los españoles de adentro y de afuera (cfr. Zuleta, 1997), había rechazado como imposible el puente que proponía, desde Buenos Aires, Guillermo de Torre, revelaba ahora un talante más abierto y cordial (cf. Díaz, 1983).
   Desde adentro había expectativas ante el posible regreso de los exiliados en esa etapa de fines de los sesenta que corresponde a la liberalización del régimen de Franco y de la publicación de sus libros en España. Sender desde 1965 ya publicaba mediante la editorial Destino en Barcelona, en Magisterio Español –donde trabajaba Cerezales– y en Gredos.
   Mucho exiliados volvieron en esta década y hallaron otra España, diferente de la que habían dejado. Vivían aquel "problemático regreso" del que hablaba José Marra-López en su libro pionero de 1963, Narrativa española fuera de España. Mucho más dura fue la experiencia de los que volvieron después de la muerte de Franco, en 1975, etapa en la cual muchos de quienes dominaban la escena intelectual y política no habían sido protagonistas directos de la Guerra Civil y, en general, no participaban del sentimiento de culpa que habían padecido sus mayores. De esa dureza hay ejemplos en los tres libros de Francisco Umbral La noche que llegué al café Gijón (1977), Trilogía de Madrid (1984) y Las palabras de la tribu (1994). "Lo que pasó con la vuelta del exilio y la difusión de sus libros, tras el primer deslumbramiento, es que no pasó nada", dice en el último refiriéndose, en general, a la literatura de los exiliados (Umbral, 1994: 316).
   La segunda red temática concierne a la profundización de las relaciones entre ambos corresponsales. El hombre casi viejo manifiesta su admiración por la mujer en su primera madurez, admira su belleza, con "la luz de los once años" "resplandeciendo en su cara", "tu cabeza juvenil y tu garbo adolescente". "Niña bonita" la llama en otra ocasión y revela, por momentos, una notable confusión de sentimientos: "pero pienso en ti como una persona muy cerca de mí, más que una amiga, más que una amante. Algo como una hija a quien el papá mima porque ella lo ha sabido reconquistar por entero" (Carta 58, 12-6-1972). En otros momentos la compara con Santa Teresa, capaz de llevar su vida intelectual sin disociarla de sus obligaciones domésticas. Este aspecto del complejo feminismo hispánico que han tratado algunas autoras, como Rosa Chacel, María Zambrano o Carmen Martín-Gaite, deslumbra al novelista aragonés. ¿Hasta qué punto no motivan este acercamiento sus definiciones de lo que él entiende por literatura femenina? En su re-examen de Nada para la traducción al inglés, anotaba que Carmen escribía sobre las mujeres mejor que los hombres, y sobre éstos, con bondad. "Y como le dije es la primera mujer que escribe sin tratar de imitarnos ni disfrazarse de gran hombre, que es lo que suelen hacer por ahí (Simone de Beauvoir y otros excesos)" (Carta 13, 25-5-1966).
   Se siente viejo y achacoso mientras procura su retorno a España que no condiciona ya a la desaparición de aquél a quien llama "césar", "cesa-rito" o "cesáreo". Ahora no quiere volver hasta que no se republique toda su obra en España. Está cansado, enfermo, pero no ceja en este esfuerzo. Cerezales, el marido de Carmen, publicó algunos de sus libros nuevos y reeditó otros en la empresa en donde trabajaba, Magisterio Español y, simultáneamente, otras ediciones aparecían bajo varios sellos españoles contribuyendo a esta recuperación de Sender.
   A lo largo de esta década de los sesenta, manifiesta lo que llama su religiosidad en diversos tramos de su correspondencia, en una especie de confesión contradictoria ante una mujer en la cual la religión ocupaba el centro de sus crisis. A veces lo hace como en un intento de aproximarse más a su interlocutora: "No sé si debo decirle que soy muy religioso a mi manera. Poco asiduo al ritual." (Carta 9, 4-3-1966). Unos meses después se contradice: "No soy religioso ni moralista. Soy un escribidor" (Carta 24, 8-1-1967). Pero, a pesar de esta aserción, en la misma carta, formula una definición que el mismo Unamuno –singular heterodoxo– no hubiera desaprobado:

Según mi entender, el carácter divino del cristianismo está en las palabras de Jesús en la cruz, cuando reprocha a Dios que lo haya abandonado. Sin la angustia que deja en todos los hombres esa declaración del más puro ser que la mente humana ha podido conseguir, no habría religión posible. (Carta 24, 8-1-1967)

   La tercera red temática desarrollada a lo largo de este epistolario corresponde a las búsquedas de Carmen y su enfermedad. Sin duda, una depresión profunda, el desagrado de vivir en una circunstancia que aborrece y que trasciende el ámbito familiar hacia la sociedad, hacia España y, aún más allá, hacia el tiempo que le ha tocado, prolongan en esta etapa de la madurez las angustias de aquella jovencita que vivía en la calle de Aribau, en la Barcelona de los años cuarenta. No cabe incluir a Carmen Laforet en la categoría del "exilio interior" del que hablan Paul Illie y otros críticos aplicable a los disidentes políticos que no salieron de la Península. Pero sí que vive como un exilio su inconformismo, su inadaptación, y su triple crisis religiosa, conyugal y literaria. La crisis de su matrimonio con Manuel Cerezales, que acabará en la separación, acompaña la crisis de su vocación literaria. Sender, quien fuera uno de los primeros descubridores de Nada, la acompaña con continuas exhortaciones a que reanude su obra. Reiteradamente ella anuncia su intención de hacerlo y trabaja para responder a esa conciencia vigilante que se le aparece como un aspecto singular de esta nueva amistad. Amistad que merece, a su juicio, la confesión que le hace a Sender en abril de 1966:

Para mí la cosa de Dios ha sido tremenda. Primero como algo que vino desde fuera. Luego una búsqueda de siete años en que hice las mayores idioteces y las dejé y me metí por todos los vericuetos de nuestro catolicismo español en lo que tiene de venero religioso y en lo que tiene absurdo y enmohecido, y todo. (Cartas, 6-5-1966)

   Luego, como consecuencia, vino la enfermedad física: "Y luego otros siete años en los que estoy de casi huida, de volver a mi ser, de encauzar todo a mi razón. Pero siempre encuentro a Dios en todas partes". No parece que el Sender que surge de sus cartas pudiera comprender el sentido profundo de esta dolorosa confesión. Más bien conjeturamos que no, mientras que algún otro documento no desmienta nuestra suposición. Las cartas de Sender en estas fechas, si bien deslizan palabras de consuelo, no entran de lleno en esta compleja materia de la crisis religiosa.
   En cuanto al rumbo que había tomado la vocación de la escritora, puedo aportar un dato interesante: En enero de 1968 almorcé con mi marido en la casa de nuestros amigos Gonzalo Fernández de la Mora y su esposa, Beluca, en compañía de otras personas. Me senté al lado de Manuel Cerezales, el marido de Carmen Laforet. Le pregunté por ella y me dijo que estaba algo enferma y retirada de la actividad literaria. Luego me contó que ella proyectaba otra obra de gran aliento sobre un tema que denominó "el gineceo", como encierro de la mujer en su ámbito doméstico, generador de enconos y resentimientos. En el pueblo bajo y, en especial, entre las campesinas esta situación originaba obscuras complicidades y venganzas que podían llegar hasta el envenenamiento de algún marido, presunto culpable, mediante la administración de la llamada "sopa mala". Era un proyecto literario sin final próximo, agregó Cerezales. Treinta y cinco años más tarde y gracias a esta correspondencia, descubro la definición de la propia novelista acerca de la posible continuidad de la trilogía encabezada por su novela La insolación. En su carta del 10 de febrero de 1967 ya le había escrito a Sender sobre este tema: "Quisiera escribir una novela (pero no antes de dos años o cosa así), sobre un mundo que no se conoce más que por fuera porque no ha encontrado su lenguaje... El mundo del gineceo". Y agrega: "En verdad es el mundo que domina secretamente la vida " (Cartas, 10-2-1967).
   Este mundo se rige según leyes inflexibles, hipócritas, y ejerce un dominio terrible. A partir de esto esboza lo que ella considera el sentido propio de la literatura femenina, con enfoque y lenguaje propio:

La literatura la inventó el varón y seguimos empleando el mismo enfoque para las cosas. Yo quisiera intentar una traición para dar algo de ese secreto, para que poco a poco vaya dejando de existir esa fuerza de dominio, y hombres y mujeres nos entendamos mejor, sin sometimientos, ni aparentes ni reales, de unos a otros. (Cartas, 10-2-1967)

   Esta rebelión, contra lo que se esperaba de la mujer y su literatura, coloca a Carmen Laforet en la avanzada de lo que he denominado el inconformismo de estas "muchachas de la guerra"; "ventaneras", como las llama Carmen Martín-Gaite, porque avizoraban detrás de los visillos el transcurrir de la vida y cuando se lanzaban a romper sus "ataduras" concluían en la soledad y el aislamiento (cfr. Zuleta, 1996). La rebelión de Carmen Lafortet quedó, por entonces, en estas cartas; luego, se aceleró su impulso de huida, ya no a Cercedilla o Alicante sino fuera de España y, finalmente, se impuso el silencio.
   En la carta 36, del 17 de septiembre de 1970, Carmen confía a Sender que piensa en tener más libertad en adelante; libertad para moverse y para trabajar. "Sender, amigo mío, yo no quiero hablarte de mí, porque estoy en un momento crucial de mi vida. Porque precisamente de eso no debo hablar". El editor apunta que esta etapa, en Cercedilla, el pueblo cercano a Madrid donde ella se refugiaba, corresponde al momento de la separación de su marido (Cartas: 121).
   Configura la cuarta red temática la interacción entre los impulsos acelerados de Sender hacia el retorno, y la concreción de los proyectos de Carmen de vivir fuera de España. Sender insiste en definirse sin rencores en materia política, pero teme la vuelta. En 1968 le habían negado el visado español y, por otro lado, Carmen lo había estado previniendo contra aquel "reino de Taifas" donde a una persona que no está declaradamente en ninguno de estos reinos belicosos, a la fuerza se la considera como enemiga de todos" (Carta 12, 6-5-1966). Y Sender dilata el regreso hasta el punto de que en 1970 llega a pensar que nunca volverá a España. Y lo peor es que comienza a no importarle (Carta 35, 29-8-1970). Corresponde a esta etapa, del comienzo de la década de los setenta, un incremento de la familiaridad con que Sender le manifiesta a Carmen sus problemas más íntimos. Mantiene relaciones esporádicas con su ex-esposa Florence Hall, que fue su alumna en Albuquerque y con quien se casó y se divorció dos veces, y tiene varias amigas. "A todas las he querido. Con todas ellas he sido apasionado y tierno. Incluso con aquellas que no quería, porque a éstas mi cuerpo les agradecía y les agradece todavía en el recuerdo su generosidad". Y burlonamente, agrega: "Soy un santo. Un santo del género fornicatorio" (Carta 42, 29-12-1970). En alguna ocasión análoga, se disculpa, "esta manera indecentemente confianzuda e intimista de escribirte" (Carta 64, 7-11-1973).
   En 1972 Sender se había radicado en San Diego. En septiembre y octubre de este año Carmen viaja a Roma y allí se encuentra con Rafael Alberti y María Teresa León. Su Roma es la Roma de Fellini, la de Alberti en su libro Roma, peligro para caminantes (1977) o la que coexiste con otros recuerdos en Memoria de la melancolía de María Teresa León (Carta 61, 16-10-1972).
   En la respuesta de Sender éste le hace conocer su opinión sobre los Alberti: "Entre Alberti, para quien he tenido siempre verdadera amistad y cariño, y yo, ha habido siempre un desnivel político". Y agrega que Alberti y sus camaradas "recelan y odian a los intelectuales, a no ser que se les sometan sin condiciones, como Neruda y algún otro pícaro oportunista" (Carta 62, 8-2-1973). Meses después insiste: "los Alberti son muy sectarios y la política todo lo ensucia" (Carta 66, 6-10-1973).
   Pero Carmen es feliz en Roma y rechaza algunas invitaciones para dar conferencias en Estados Unidos, que le había gestionado Sender. Vuelve a España y retorna a Roma, donde todo la encanta "la luz, las casas, las plazas, los siglos, los gatos romanos" (Carta 63, 18-3-1973). Por esas fechas ha terminado un libro, que reescribió y nunca se publicará. Piensa en volver a empezar su carrera de escritora, "como Pizarro, que se fue al Perú cuando tenía cincuenta años" (Carta 65, 11-9-1973). Luego vendrán los "dos últimos machacantes años" que la dejaron "entontecida". Quiso ir a París o a Londres y no pudo hacerlo, a pesar de que había comprobado que en cuanto salía de España recuperaba su facultad de pensar y trabajar (Cartas 69, 7-3-1975 y 70, 12-6-1975). Ya no ve tanto a los Alberti cuando va a Roma, e intima con los Rabal (Francisco, el actor, su mujer y su hijo Benito, que vive con su propia hija, Silvia Cerezales). Estos últimos tendrán un niño, Liberto, que será actor como su abuelo. Carmen es feliz en Roma, esa ciudad tan bella y tan llena de vida. En aquella carta del 6 de junio renuncia " total y definitivamente a la aventura universitaria en Estados Unidos". Esta carta seguramente se cruzó con otra de Sender, quien le ofrecía pagarle el viaje (ya en otras ocasiones le había enviado algún "chequecito" a ella o a alguna de sus hijas). Mientras Carmen sigue en Roma, transformada en una "nonna" vagabunda, como se autocalifica.
   En ese año de 1975 cesa la correspondencia entre ambos. Sender viaja a España por segunda vez y vuelve, al final, a San Diego donde morirá en 1982. Posteriormente, Carmen viajará a Estados Unidos en gira de conferencias, según cuenta el editor de estas cartas que la conoció en 1987, en su quinto viaje, ocasión en que recibió un homenaje de la "Modern Language Association of América"4. Como adelanta el editor, quizá aún se podrían encontrar más cartas correspondientes al silencio epistolar entre los años 1975 y 1982, fecha de la muerte de Sender. También agrega Rolón Barada que todavía queda material inédito de Laforet que él espera recuperar y publicar. Por ahora contamos con esta correspondencia que ilumina tanto la figura de Carmen Laforet como la de Ramón Sender, dos personalidades tan diferentes entre sí y que, quizá por eso, se complementaron en esta amistad en estado puro que se define muy bien con ese puedo contar contigo de una carta de Carmen, enunciado que también pudo suscribir Sender.
   Más allá de este plano individual, el libro ilustra uno de los múltiples modos que la interrelación entre la España "de adentro" y la "de afuera" adoptó durante la dictadura de Franco. Reconstruir esa red es imprescindible para una comprensión justa de esa etapa compleja y obscura.

Notas

1. Otra resonancia de la novela en la Argentina fue el filme Graciela (1956), dirigido por Leopoldo Torre Nilsson, sobre un guión de Arturo Cerretani basado en Nada, e interpretado por Elsa Daniel y Lautaro Murúa, entre otros.

2. Todas las citas corresponden a la edición de las cartas a cargo de Israel Rolón Barada citada en la bibliografía. Me referiré a ella como Cartas, indicando luego en número de página o la fecha, según resulte pertinente a mi argumentación.

3. No he logrado localizar el libro de Sender Barayón y recojo estas referencias del artículo de Ramón Buckley citado en la bibliografía.

4. Rolón Barada en la introducción a Puedo contar contigo (2003:13). Carmen Laforet, que había nacido en Barcelona en septiembre de 1921, murió a los ochenta y dos años, el 28 de febrero de 2004, en Madrid, después de varios años de silencio provocados por una depresión profunda.

Bibliografía

1. Alberti, Rafael, 1977. Roma, peligro para caminantes, Barcelona: Seix Barral.         [ Links ]

2. Ayala, Francisco, 1947. "Testimonio de la nada", Realidad 1, enero-febrero, 129-132.         [ Links ]

3. Buckley, Ramon, 1989. "Sender, otra vez", El Independiente, 14 de septiembre.         [ Links ]

4. Díaz, Elías, 1983. Pensamiento español en la era de Franco, Madrid: Tecnos.         [ Links ]

5. Lafleur, H.R., s.d. P Rovenzano y F.P Alonso, 1968. Las revistas literarias argentinas. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina.         [ Links ]

6. Laforet, Carmen, 1952. La isla y los demonios, Barcelona: Destino.         [ Links ]

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