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Olivar

versión On-line ISSN 1852-4478

Olivar v.7 n.8 La Plata jul./dic. 2006

 

ARTÍCULOS

Del Paseo de las Delicias a Corrientes: el largo fin de la guerra para un soldado

Natalia Corbellini

Universidad Nacional de La Plata

Resumen
El texto refiere una entrevista mantenida con un soldado republicano que se alista en Madrid, a quien fin de la guerra lo encuentra pasando a Francia por Cataluña. El diálogo refleja el largo camino que debió transitar aquel joven soldado, luego de soportar los campos de concentración franceses, para poder arribar a Monte Caseros, un pequeño pueblo del litoral argentino donde parte de su familia lo esperaba para que pudiera establecerse y llevar adelante una vida.

Palabras clave: Guerra Civil; Campos de concentración; Exilio; Memorias.

Abstract
The text refers an interview maintained with a republican soldier that it gets ready in Madrid, and the end of the war finds him passing to France by Catalunya. The dialogue reflects the long way that had to journey that young soldier, after supporting the French concentration camps, in order to be able to arrive at Monte Caseros, a small town of the Argentine coast where part of his family waited for him, so that he could settle down and take ahead a life.

Keywords: Civil war; Concentration camps; Exile; Memories.

   Esta entrevista fue realizada a José María1 el lunes 19 de diciembre de 2005 en su domicilio en La Plata por Raquel Macciuci, Federico Gerhard y Natalia Corbellini, por invitación suya, para compartir con nosotros sus recuerdos. La entrevista transcurre en un clima de cordialidad y alegría por poder trasmitir experiencias de una vida entera marcada por una decisión tomada en la primera juventud: participar en la guerra. En las palabras de José María se presiente su intención de dejar testimonio de lo que pasó, contar el siglo XX desde su mirada. Decisión esta tomada luego de años y años de elaborar un recuerdo y asumirlo de tal manera que permita relatar hoy, con humor, su paso por los campos franceses. El texto trata de conservar la espontaneidad del relato oral en sus expresiones y en sus giros temáticos, ya que, aunque José María permitió que le preguntáramos todo, él tenía muy claro de qué era de lo que quería hablar, y así eludió algunas preguntas, y cambió el rumbo de algunas respuestas. Esto marca también en el texto los temas en los que su memoria hace hincapié y los que intenta olvidar.
   La conversación comenzó en su mesa en el horario pautado por José María. Nos esperando para contarnos la historia de la Guerra Civil española a partir del momento que él consideraba necesario para que se comprendiera bien2: la dictadura de Primo de Rivera. Contó su surgimiento, con la anuencia de Alfonso XIII que se retira a Italia. Siguió su relato con el comienzo del proceso democratizador, con las elecciones del 31 y la creación de la Junta, de la que enumeró la mayoría de sus integrantes. La reforma agraria. El laicismo del estado. Relató el proceso por el cual la Iglesia y los terratenientes se unen y logran el triunfo en las elecciones del 32. Relató la exigencia del nuevo estado de la jura de fidelidad de los generales, y su re-ubicación en distintos cuerpos del ejército, con lo que, detalla, no se quitó el problema ya que "era el mismo perro con distinto collar".
   Su historia personal en relación a la guerra la tiene escrita en un cuaderno que lo acompañó en todo su viaje. Ahora la está pasando en limpio "porque el pobre ha pasado tanto sol y tanta agua, y se mantuvo sólo porque las dos tapas eran de cuero".
   El comienzo de la guerra lo encuentra trabajando en una gestoría en Madrid, próximo a cumplir los 19 años, el 11 de octubre. A finales de ese mes se alista con su compañero de trabajo como voluntario. Elige el cuerpo de Carabineros (protección de costas, como Prefectura–nos aclara). Luego de un mes de instrucción es derivado a diferentes frentes en las afueras de Madrid. (Detalló antes cómo se organizaron los distintos frentes que asediaban la capital según el cuerpo del ejercito del que provenían y del general que los comandaba).

Entrevistadores: –¿Y cómo iban de un frente a otro?
José María: –A todo esto íbamos en el tren, ¿por qué? porque nos dieron orden de ir al frente de Andalucía, luego la contraorden de ir al de Cataluña, primero a Andalucía, después a Cataluña y nos volvimos atrás. Y en el tren, que ahí nos tocó, a veces que teníamos suerte, íbamos en el coche dormitorio e íbamos como unos pachás, y otras veces íbamos como el ganado metido en unos vagones, como jaula de ganado
E: –Lo que tocaba.
J.M: –La guerra, la guerra.
3 de noviembre: marcha hacia Jaén.
11 de noviembre: llegada a Minaya, Albacete, provincia en el centro
de España, como te dije, Albacete está ahí, para ir a la zona de Cataluña.
Llegada a Vinaroz, el 18 de noviembre del 37.
23 de noviembre del 37, llegada a Vilanova i la Geltrú en donde permanecí de guardia de costa hasta el 24 de febrero del 38, ahí permanecí tres meses…
E: –Ahí ya estaba terminando todo...
J.M: –Ahí fue lo que yo le dije a Usted que nos bombardeaban3 … E.: –Los bombardeos
J.M: –El bombardeo, que nos bombardeaban Vilanova i la Geltrú, donde estaba la fábrica Pirelli, una población muy linda, muy moderna, cerquita de Barcelona, 40 kilómetros de Barcelona, más al sur, estaba en el límite entre Barcelona y Tarragona, una linda ciudad. Bueno, el 24 de febrero me nombraron ayudante del 21 batallón de montaña, ya me cambiaron de unidad, ya no estaba en el batallón 9, estaba en el 21. Nos cambiaban. Ya verá usted más adelante.
   Con fecha 16 de febrero fui nombrado Habilitada en el batallón 9. Habilitada es el que tiene que ir a pagar a las viudas, y tenés que pagar a los que estaban en actividad todavía. Algunas veces me tocó ir a Madrid, otras veces, me tocaría a lo mejor, otros lados, pero muchos, muchos, muchos muertos había en Madrid. Entonces se les avisaba a las viudas que fueran a cobrar en tal o cual lugar, igual que me tocaba pagar a los que estaban en actividad. Pero esto duró poco. Duró poco porque el 24 de febrero de 1938, reorganización, y me tocó en el batallón 21. El 28 de febrero salimos a relevar al batallón 41 en Puigcerdá, ya no estaba en ese batallón, estaba en el otro. Puigcerdá, en Girona, esta [ciudad] ya es conocida, verdad, Girona, es una linda ciudad, [al] norte de Cataluña lindando con Francia.
   Tanto es así que en Puigcerdá hay un puenterillo que se pasa a Francia, a la derecha está España y a la izquierda, Latour-de-Carol. Por la montaña, pasaban los que eran baqueanos, y pasaban a la gente que querían desertar de España. Y pasaron mucha, mucha gente. Y a alguno también lo mataron, porque para eso estaba la fuerza del ejército para vigilar que no se fuera mucha gente, pero, se iban lo mismo, no mucha pero se iban, ahí, en Puigcerdá. Se iban, cuando llegaban a Latour-de- Carol ya estaba, habían pasado los Pirineos.
   El 5 de mayo del 38, trasladado como ayudante del batallón 47 en Arenys de Munt. Ya me trasladaron de nuevo de batallón, ya no estaba en el 21 sino en el 47, estaba en Arenys de Munt que queda, Arenys de Mar, un poquito más al norte de Barcelona, está Barcelona, Mataró, Arenys de Mar, y cuatro kilómetros hacia el norte está Arenys de Munt.
   El 15 de enero del 39, ya se está terminando la guerra, la caída de una ciudad: Tarragona. Las fuerzas de Franco seguían avanzando y cuatro meses después llegaron a Barcelona.
   Del 16 y 17 de enero recorrida de líneas de servicio, a ver que ha pasado.
   Bien, el 26 de enero del 39 a las 16 horas se perdió la capital, Barcelona. Se rindieron porque no daban más, no daban más. Como dije al principio, la falta de morfi, la falta de material para encender, y Barcelona cayó, como después cayó Madrid, como una pera madura, ¿no?
Fue un triunfo de Franco, porque era la segunda población de España y la primera en importancia, porque Barcelona es el segundo puerto en importancia del Mediterráneo. El primero es Génova, Italia, y el segundo Barcelona. Allí, en Barcelona, me encontré por la calle con un primo, que era Guardia de Asalto. Nos saludamos, que tal y cual un rato, y después cada uno se fue a su cuartel, y nunca más lo volví a ver. Él regresó a España porque los franceses de m… esos (perdonan las señoritas)... Es que empezó la segunda guerra y a los que estábamos en Francia vinieron y dijeron "¿España o la Legión Extranjera?". Muchos volvieron a España, los metieron en el campo de concentración, muchos que hicieron la guerra conmigo, como Luisito García, que cuando voy, lo visito o lo llamo por teléfono. Quedó medio sordo. Era ametralladorista. Y el otro quedó medio rengo. Dijeron "y, mercenario no soy", y Franco los metió al campo de concentración por desertores.
E: –¿En el valle de los caídos?
J.M: –No, ahí no. Eso fue una fanfarronada de Franco, que como vio que estaba el Monasterio del Escorial que lo hizo Felipe II, también quería hacer una cosa así. Porque si al final de todo, este Franco hubiera dicho "año de la paz, año de la victoria", y los demás todos rebeldes y listo. Estos muchachos como yo, los meten al campo de concentración, y luego, como eran desertores según la ley de Franco, entonces a servicio militar: dos años en Zaragoza. Entonces, dos años y pico en la guerra de España, casi un año en el campo de concentración, y dos años de milicia. Luego [él] se casó un una muchacha que había conocido cuando estábamos de servicio. Él en los años cincuenta me buscó en la guía telefónica, lo encontró a mi hermano, y me escribió una carta larguísima a Monte Caseros, que la tengo guardada, contándome todo esto que les digo. Cuando volví a España, en el año ochenta y siete, lo llamé y nos encontramos. Nos re-conocimos, porque imagínese que habían pasado ¡cuarenta años!4 Él tiene dos hijas, que se han casado ya, trabajan como administrativas, una del gobierno y la otra en la policía, viven un poco lejos del centro pero tienen sus casas.
28 de enero del 39: A las 15 horas se salió para Francia, haciendo noche en la montaña.
E: –¿Iban todos juntos o como fueron?
J.M: –Habrán visto en las películas que van todos por la carretera, con su macuto. Macuto se llamaba a lo que ahora se llama mochila, pero del año 39 ¿no?, que era la frazada (que allá llamamos manta) arrollada, con la ropa dentro; la ropa interior, por ejemplo, porque teníamos que cambiarnos la ropa también. Y ahí pasamos muchos, muchos. Yo pasé por la montaña. Hay que atravesar el Pirineo y bajar. Mucha gente fue por la carretera.
   Llegada a [Le] Pertus, Francia. Ahí en Pertus, después nos dieron orden de volver nuevamente a España, cruzando a Coll del Portús, y llegamos al que era el pueblo más cercano y de ahí nos mandaron a Figueras, que ahí era donde le había dicho a usted que había un castillo muy famoso, donde ahí también se mató mucha gente…
   5 de febrero del 39, servicio en Coll del Portús, internacional.
   El 6 y 7 de febrero del 39, en del Portús, a mi me toca, me ordenan, pues ahí el lado derecho era español y el lado izquierdo era francés. Sobre el lado izquierdo se iban dejando todas las armas, los que llevaban fusil, los que llevaban ametralladora; y a mi me dieron la misión de hacer desarmar las bombas, las que llamábamos F1. Las F1 eran como una piña…
E: –Como una granada…
J.M: –La granada, que nosotros le llamábamos F1. Era como una piña, que tenía el percutor, que era como un llavero, pero liviano. Se tiraba de eso, y mientras usted sujetaba la espoleta de ese, no pasaba nada. Entonces ¿qué había que hacer? Antes de sacar la arandela ésta, había que desarmarla, porque se desarmaba. En un lugar dejábamos la dinamita, y en otro lugar, dejábamos la bomba, la granada. No tenía peligro porque ahí no estaba la dinamita. Digo ahí, digo 20, 30 metros más adelante. Con esa misión que me dieron a mí estuve dos días.
   -11 de febrero del 39, marcha a Perpignan. 10 de febrero, llegada de las fuerzas de Franco a del Portús, ¿no? Yo ya había pasado. Yo pasé a Francia el 8 y estos llegaron el 10, 48 horas después.
   En Perpigñan, en el consulado español, a mi me dieron 25 francos. Yo tenía una tía, más que tía una tía segunda, porque esa era tía de María Josefa5, que vivía en Salle [La Salle]. Salle queda en el otro lado de los Pirineos. Nosotros estábamos en los Pirineos Orientales y ella estaba en los Pirineos vascos, así que yo agarré y pum pum pum pum, hablaba bastante bastante el francés –ahora no hablo nada porque se me ha olvidado de todo, han transcurrido sesenta y pico de años que no tengo contacto. Nosotros teníamos en el secundario francés porque era, en aquel entonces, el idioma diplomático. Después de la segunda guerra cambió, ahora es el inglés.
   El 23 de febrero del 39, por no tener autorización para residir en Salle, me agarró la policía, tuve que presentarme en el puesto de gendarmería. Y de este lugar fui conducido a Hendaya. En Hendaya, se empeñaba el jefe que regresara a España, que Franco era muy buena persona, que no sé que, que no sé cuanto, que no me iba a pasar nada. Yo, que no no no no, que yo no vuelvo. Cinco o seis hicimos lo mismo, nos llevaron al campo de concentración de Argelès, o sea, de la parte este de Francia por decirlo así, al oeste, y ahí nos mandaron en unos días. Y ahí, en el campo de concentración, fue cuando la pasamos bastante mal.
E: –¿Ahí no había nada, no?
J.M: –No había nada. Era la playa, y teníamos el agua, y teníamos póngale ochocientos metros, un kilómetro, hasta una alambrada, alambre de púa, y ahí estaban los senegaleses, que dicen que nos cuidaron a nosotros. Porque aquello no se llamaba "campo de concentración", se llamaba "camp d' accueil", campo de acogimiento, sí, de acogimiento era, porque de verdad, eso era (risas).
   Bien. Ahí la pasamos muy mal. ¿Sabe qué? había arriba de 40.000 personas, viejos, jóvenes, de todo había, no había lugar, no había baños, nada. Si usted tenía que hacer su necesidad tenía que ir hasta la playa, daba una pena, lástima, ver a las mujeres, era una lástima.
E: –Y el frío.
J.M: –Y el frío, claro, era el mes de febrero. Un frío terrible. No teníamos cobijas, no teníamos nada. Dormíamos sobre la playa, sobre la arena del mar. Yo tuve suerte porque llevé bastantes diarios, y cuando había mucha humedad, lo tiraba sobre la arena, sobre la playa, y ahí más o menos la pasaba. Pero de techo teníamos el cielo, los primeros días. Después nos dieron, los franceses, nos dieron una carpa de un camión, nos dieron porque éramos cuatro que estábamos juntos, y fuimos a hablar porque eso no podía seguir así porque estábamos llenos de piojos, y nos iban a comer. Entonces nos dieron como una lona de camión y con eso hicimos como una especie de carpa, y ahí nos metimos los cuatro, decididos a matarnos los piojos. ¿Cómo los matamos? Cuando nos íbamos a acostar, digámoslo así, nos metíamos en la carpa, nos sacábamos toda la ropa, conforme vinimos al mundo, previamente habíamos hecho un hoyo en la arena y ahí metíamos la ropa, ¿no?, la ropa que nos sacábamos. Al día siguiente, esa ropa, nos habían dado un tacho, como esos que antes venía el aceite "Cocinero", "La patrona", pero más grande. Ahí, en esos tachos –esos los habían mandado de acá, sobre todo del Uruguay, con papas, en el tiempo de la guerra, y muchos, muchos, yo no, conservaron esos tachos vacíos, porque después sirvieron– nos dieron un tacho de esos, metíamos la ropa dentro y la hacíamos hervir, con el agua del mar. Teníamos agua del mar porque pusieron una de esas bombas reloj que escarbaban la arena y como el mar estaba a un pasito, el agua salía, ¿pero que agua? agua salubre. ¿Qué tomábamos? Agua salobre. ¿Qué pasaba con el agua salobre? Claro que a las criaturas y a los ancianos les daba una diarrea terrible, y plaf, se iban para el otro lado. ¿Qué hicieron los franceses? Enseguida armaron una caseta, como sanitario, como un hospital de sangre, y ahí murió mucha, mucha gente. Sobre todo ancianos y criaturas. Y después nos daban lo que hoy decíamos, el rancho, que cocinaban en las grandes cacerolas esas, arroz y fideos. La carne la veíamos cada 25 días. El único día que nos atendieron bien fue el 14 de julio, porque era el día de la fiesta de los franceses; ahí ya nos atendieron bien, pero yo ya no estaba en ese campo de concentración. Me trasladaron a otro pero después vamos a eso, vamos a ir por partes.
   Ahí entonces, pues hicimos eso y pudimos combatir a los piojos que nos iban a comer vivos a todos. Fue terrible, porque era triste ver, sobre todo a las mujeres, el hombre no tanto, pero ir a la costa del mar y agacharse para hacer sus necesidades, que en el agua, que la mierda la tenía que llevar el agua, que las olas las llevaban, pero esa agua era la que después tomábamos. Ahí, a trescientos metros, cuatrocientos, estaba la bomba reloj, que la usábamos para hervir la ropa pero también para otras cosas. Pero claro, los franceses después fueron reorganizando, llevaron camiones cisterna con agua dulce… Pero mientras tanto los primeros días, los primeros días, fueron terribles.
   A todo esto en Francia, en ese entonces, gobernaba el partido socialista. Erriot era el presidente. Pero estaban dominados por los ingleses. Que después, cuando ya Hitler comenzó a anexarse Austria, se anexó Checoslovaquia, y se anexó no sé cuanto, y con tal de que a ver donde paraban, le dejaban hacer todo lo que quería, los ingleses y los franceses, hasta que le llegó el momento en que les tocó a ellos, a los franceses también, ¿no?, porque la segunda guerra comenzó el primero de septiembre de 39. El primero de septiembre del 39 yo estaba en el campo de concentración de Gurs, ahora, ahora vamos a llegar allá.
   Como a ellos les tocó después, entonces tomaron medidas. Pero hasta entonces, mientras nosotros estábamos en el campo, los primeros días fueron terribles, terribles, terribles. Gente como le digo, con enfermedades.
E: –Y muerta de frío
J.M: –Y muerta de frío. Bueno. 24 de febrero del 39 salida para el campo de concentración Argelès-sur-Mer, llegando el día 25. Salida de Argelès: 6 de mayo. Vale decir, que yo estuve en Argelès setenta días.
E: –Larguísimo.
J.M: –Si. Bueno, de ahí, nos trasladaron al campo de concentración de Gurs que estaba todo bien organizado. Porque había como manzanas, había varias manzanas, por supuesto con alambre de púa con los senegaleses cuidando. Y habían organizado unas casetas de madera que se subía por cuatro escaloncitos, por la humedad, por el frío y, y a algunos, no a todos, nos dieron esas colchonetas de estopa. Y ahí teníamos madera y teníamos techo, así que ahí estábamos dentro de lo malo, lo mejor; y ahí también teníamos agua dulce, así que ahí cambiaba bastante el panorama. Y ahí estábamos cuatro, yo y tres muchachos, que nos daban la ración, por ejemplo medio kilo de papas, medio kilo de arroz, un poco de grasa, pimentón. Uno era cocinero, el otro era el sastre, cosía todo. A todo esto yo tenía la tía que me mandaba. Ya en el campo de concentración de Argelès me mandó plata, y me mandó cualquier cosa. Hasta camisones. Ella estaba de doméstica en una casa, de unos franceses de buena posición, así que me mandaba camisones de la señorita. Yo me ponía cualquier cosa total para mi era lo mismo. Y ya en el campo de concentración de Gurs a ella le quedaba cerquita de Salle, el pueblo donde ella residía, y trabajaba. Y ahí, una vez por mes, o cada tres semanas, me iba a visitar. Me llevaba dinero, me llevaba morfi, me llevaba ropa y alguna cosita más. Y me llevaba diarios para leer y enterarme de lo que estaba pasando. Alguna revista.
   Bueno, entonces uno cocinaba, de cualquier cosita hacía una comida especial, o capaz que era del hambre que teníamos. El otro, cosía excelente, y el otro, se dedicaba a la limpieza. Y yo me dedicaba a lavar la ropa. Nos habían puesto unas tinas, unas tablas de lavar de madera. Teníamos como dije agua dulce, y nos daban jabón, jabón en pan. Y después tendíamos la ropa como podíamos, nos la arreglábamos como podíamos. Yo tenía la suerte de que esa tía me llevaba de todo, una piola, broches de ropa, cualquier cosa. Era una mujer especial. Yo la quería… Pilar se llamaba. Mía era segunda tía, digámoslo así, o yo era sobrino nieto. Bueh, porque mi madre, mi madre no, que murió cuando yo era chico, mi madrastra. Yo no conocí a mi madre... Nací en octubre y mi madre murió en febrero. Yo no conocí a mi madre. Mi padre se volvió a casar, y se volvió a casar con una Imaz, (…) así que era tía de mi madrastra, que no fue madrastra sino una madraza porque era muy buena mujer yo la traje acá en dos oportunidades y … ¿qué iba a decir?
E: –Estábamos con lo del campo.
J.M: –¡Ah! Yo desde el campo de concentración escribía a los parientes que tenía acá [en Argentina]. A el padre de María Josefa, y un hermano de él, que murieron justo en el mismo año [en 1979] (…) Y en España quedaban seis o cinco, cinco hermanos, entre ellos mi madre, y otro mi tío que el otro día cumplió 98 años (…).
   Bueh, ¿por donde íbamos?: llegada al campo de concentración de Gurs: 7 de mayo de 1939. El 1 de julio, es que primero estaba en el islote C (islote eran las manzanas que estaban cercadas), y el 1ro de julio me trasladaron al islote J. Era lo mismo pero bueno. ¿Cuál fue el motivo, cual fue la razón? Sería para que nos conociéramos uno a otro, no sé, no tengo la más remota idea. Ahí lo que teníamos, ahí, era un soldado francés que había, que era el encargado de cuidarnos a nosotros, en el islote ese. Que era francés por casualidad: Era nacido en Hendaya, que es del lado francés, y Fuenterrabía es del lado español. Esos pueblos están separados por un puente, sobre el río Bidasoa, que divide. Este pobre nació en Hendaya, y todos sus hermanos habían nacido en Fuenterrabía. Y él, le gustaba estar con nosotros en el islote y en la caseta que teníamos porque él quería perfeccionar el español, y nosotros queríamos perfeccionar el francés. Y hablábamos mucho con la gente. Pero este, como buen francés, era…, hombre, que se creía todo: hablaban de la guerra como si estuvieran hablando de un paseo militar. Un incrédulo. Y nosotros le decíamos que la guerra era brava y que tal. Y él, no, él decía que los alemanes no iban a poder pasar "ne pas posible" por la línea Marinot 6. Imposible pasar por la línea Marinot. Los alemanes se pasaron la línea Marinot por el traste, así fue, se fueron por otro lado y se terminó la línea Marinot. Bueno, esta era otra de las tantas anécdotas.
Voy a preparar té y seguimos conversando. ¿Van a tomar té o van a tomar café?
E: –Lo que vos tomes, José María.
J.M: –Yo voy a tomar té, pero yo como buen demócrata respeto a la gente.
(…)
   Lo que pasa es que en esa época se decía cualquier cosa… que los comunistas nos habíamos comido a los curas fritos, a las monjas en salsa de tomate, cualquier cosa. Tanto es así…
E: –¿Usted tenía alguna filiación política?
J.M: –No. Si yo tenía diecinueve años, dieciocho.
E: –¿Simpatizaba?
J.M: –Yo lo único que era… Me gustaba la República. Inclusive ahora. ¿Cuál es la razón para que haya una monarquía, que esté el rey, que esté el heredero, ¿cuál es el sentido? ¿Cuál es la razón?, ¿no pueden renovarse, no pueden ser cada seis años, cada ocho años, cada cuatro años? No. Se perpetúan en el poder, secula seculorum. Eso para mí, eso si… Porque oiga, este rey que hay ahora, será una monarquía de la paz, pero una monarquía que cuesta mucha plata. Esta que nació el otro día, la Leonor, tiene de entrada nomás 23.000 dólares de renta, de sueldo, que sé yo. A eso no hay derecho. Esas son cosas que ya no deberían existir. Pero bueno, ese es el mal menor.
E: –¿Y? ¿Le gusta el nombre Leonor?
J.M: –Leonor, Juanita, me es indiferente.
E: –¿Usted entonces se educó en la época de la República, iba a la escuela en la época de la República? ¿Tiene recuerdos de la educación de esa época?
J.M: –Claro, claro. Así es. Yo en el 31 tenía 17 años.
E: –¿Conoció la escuela anterior?
J.M: –Claro, como te venía diciendo, yo conocí la dictadura de Primo de Rivera, Alfonso XIII, todo. A mí me gustaba leer. Me gustaba leer, y mi madre me retaba, de arriba abajo "¡basta niño que se te va a cansar la vista!". Tenía razón. Pero, así, a uno le da por beber, a otro… son cosas que aprendí. Una cosa que no aprendí fue a bailar. Qué va, la vida es así. Mí mamá…
   La vida es así. Bueno, como les contaba, mientras se cocina esto, yo estaba en el campo de concentración, pedí plata y me mandaron7. Saqué pasaje, para la República Dominicana, que era la nación a la que iría, porque estaban otros países como México, otros países como Chile, vinieron muchos españoles que están trabajando. Que en Chile, ustedes habrán escuchado, que Pablo Neruda…
E: –Sí, sí… fletó un barco
J.M: –Si, fletó un barco, el Winnipeg. Que fueron mil, mil doscientos españoles entre chicos y grandes y medianos, que fueron a Santiago de Chile, y otros que fueron a México. Pero, no todos podían ir a México. ¿Yo que hacía en México? La República Dominicana –que dicho sea de paso estaba gobernada por un dictador, por Rafael Leónidas Trujillo, que lo único que tenía de bueno el Trujillo ese era la hija, que era preciosa, entre paréntesis. Bien, la República Dominicana exigía, al llegar, un depósito de cincuenta dólares, y el pasaje para llegar, claro. Yo quería salir de Europa, que había comenzado la segunda guerra. Porque yo salí de Europa, de Francia, el 8, por casualidad. Me dejaron salir del campo de concentración el 8, yo tenía que embarcar en Burdeos el día de mi cumpleaños, el 11 de octubre. Y el barco que tenía que embarcar yo para venir a República Dominicana lo hundieron los alemanes con el barco este, el submarino, el Graf Spee, que hundieron los americanos acá en Montevideo. Yo había avisado acá que venía en tal barco, que tal día, pa-pa-pa… Cuando leyeron en el diario que lo habían hundido, ¡uff!... Llegamos, llegué a Burdeos para embarcar, ¿y el barco señorita? No, el barco no llegó. Tercer día, "no, el barco no llegó"; cuarto día, vemos en un pizarrón que el comando francés que el Lusitania y no sé cual otro, tres barcos, que venían de las colonias francesas acá del Caribe, los había hundido el Graf Spee ese. Porque de las colonias llevaban el morfi, porque ya había empezado la guerra. Entonces la compañía francesa de navegación puso otro. El Cuba. El barco Cuba, que era de la primera guerra, en aquel tiempo lo utilizaban para el transporte de ganado en pie, los franceses. Bueno, ahí armaron, en todo lo que era el barco, donde llevaban los animales, todas de esas camas cuchetas. Y embarcamos el día, lo tengo anotado, no en Burdeos, en Nantes, tuve que ir de Burdeos a Nantes, al oeste de París, trescientos kilómetros…
E: –¿Primera clase?
J.M: –Mira…
Primero pasamos por Inglaterra, porque salíamos en convoy. Un barco canadiense, uno norteamericano, un francés, un inglés, un polaco, … e iban aviones por arriba, hasta que salimos del canal de la Mancha. Una travesía que tenía que durar ocho días duró quince, porque tenía que ir esquivando el Graf Spee ese que todavía andaba por ahí. Paramos en algunos puertos franceses del Caribe, Martinica, Santo Tomé, Saint Tomas, y el Cuba nos bajó antes de llegar a Santo Domingo, porque el calado del puerto no le permitía entrar.
E: –Entonces ¡conociste todo el Caribe!
J.M: –Si, claro, turista…. (risas con ironía).
   Llegamos a República Dominicana (…). Ahí hice lo que pude, y al poco tiempo me empleé de mozo en un hotel. Porque parece que al candidato8, que era un sirio libanés, don Javier Abraham, parece que le caí simpático. Bueno, y ahí estuve trabajando de mozo de un hotel. En un hotel, que me llamaban para servir la comida. Porque allí la comida fuerte, la hacían en aquel entonces, temprano, tipo comida norteamericana: plato fuerte, jamón con esto, lo otro, lo de más allá, y almorzar generalmente no lo hacían. Y el desayuno era fuerte, era panceta, con huevo, tipo norteamericano. Y a mi me tocó servir la mesa al que era, fue, vice subsecretario de relaciones exteriores, doctor Joaquín Balaguer, que después, ustedes habrán leído, habrán escuchado, llegó a ser presidente de la república, llegó a ser presidente de la República9. Bien, yo le atendía, hablaba poco pero de lo poco que hablaba, bueno… yo le servía la comida y ahí estaba. No iba a estar hablando mucho con él, pero a él también le gustaba algo hablar de España y de la guerra. Y ahí, y ahí, que yo estuve desde el 8 de noviembre del año 39 al 8 de abril del año 40, duré seis meses –para mí todo comienza o termina en ocho. Bueno, entonces, los dos amigos míos que habían quedado en Francia, uno que cocinaba y el otro que cosía, querían venir a la Republica Dominicana, entonces yo salgo de testigo de ellos. Entonces le hablo a éste, Joaquín Balaguer, para que me autorice el pasaporte para que ellos puedan entrar. Pero entonces me dice "pero cómo, usted viene acá, y se va, y quiere que yo…" Bueno, pero el tipo me autorizó, así que yo le mandé los documentos, les conté lo que pasó, nos escribimos, una carta, dos cartas, tres cartas, tal así que ellos llegaron a República Dominicana, pero llegaron cuando yo ya había salido. Ya me venía para acá.
   Bueno, vamos a servir el té. Bueno, que pasa, yo llegué a República Dominicana pero yo quería llegar acá [a Argentina]. Entonces, la compañía italiana de navegación anuncia el paso por Santo Domingo –que entonces se llamaba "Ciudad Trujillo" en homenaje al dictador, igual que pasó acá: la calle Perón, la avenida Eva Perón, el hospital Perón, que se yo, lo que estaba se llamaba Perón; allí pasaba exactamente igual: todas las dictaduras son iguales, y son personalizadas, así que ésta entonces se llamaba Ciudad Trujillo; y después, cuando cayó Trujillo, que le hicieron una emboscada y lo mataron, se volvió a llamar Santo Domingo.
E: –¿Y usted que tenía?, ¿pasaporte español? ¿Tenía documentos?
J.M: –Tengo.
E: –¿Un pasaporte de la República?
J.M: –Claro, claro. Consulado de España en Perpignan.
   Bueno, entonces la compañía italiana esa anuncia la llegada a ciudad Trujillo de un barco que venía de Génova que iba Valparaíso, Chile. Ya en Valparaíso, yo aunque sea caminando, iba a llegar a Monte Caseros. A todo esto claro, estando en República Dominicana, tuve que pedir plata acá, a la familia, y todos me mandaron, me mandaron a República Dominicana, y saqué pasaje y me embarqué en Ciudad Trujillo y llegué a Valparaíso. El viaje, lo mismo que el primero fue un desastre por el alojamiento que teníamos en el barco, este fue completamente distinto. Aparte de que tenía muy buena comida, tenía muy lindo panorama, porque pasamos el canal de Panamá. Es una cosa de las más bonitas que yo vi. Son sesenta y pico de kilómetros creo, pero con una visual enorme; y además, el trabajo enorme que hacen para subir las exclusas. Ustedes saben que el Atlántico está un poco más bajo que el Pacífico, pero el trabajo que hacen es formidable. El tipo que hizo eso… del canal interno... un genio, una eminencia.
El único problema que teníamos al pasar allí era que había una cantidad de mosquitos impresionante, porque es una vegetación impresionante. Una vegetación muy rica. Bueno, claro que eso demoró unas cuantas horas. Y los dos puertos, tanto el del Atlántico como el del Pacífico, eran puertos francos, así que las cosas estaban baratísimas. Pero ahí nosotros veníamos secos, ¡no teníamos ni para hacer cantar a un ciego!
   Bueno, llegamos a Valparaíso, una linda ciudad. Llegamos de noche, a la tardecita. La ciudad está en una montaña, estaba iluminado, era precioso, precioso el paisaje. Llegamos Valparaíso, nos vamos al consulado, digo nos vamos porque éramos tres muchachos que queríamos venir a Argentina: uno que era sobrino de Francis, el de los casimires; otro que era sobrino de uno que hacía placas para el cementerio, ¿cómo se llaman?... ¡lápidas!
   Llegamos al cónsul argentino en Valparaíso, le explicamos lo que queríamos al cónsul argentino, y por poco nos largó todos los perros que tenía, si tenía perro. Cualquier cosa nos dijo menos bonitos. Tuvimos que salir rajando, porque sino... Pero que tipo maleducado, porque aunque uno sea enemigo, político digo yo, considero yo que se debe guardar el debido respeto, aunque seas enemigo político…, pero bueno, digo yo. Pero éste…
   Le dijimos que nos íbamos a Mendoza, pero no, no hubo caso. Fuimos a Santiago de Chile, al consulado general de Argentina en Santiago. El trato era igual, igual, igual. Tenían órdenes de no visarnos para nada10. Allá, en Santiago, había un Comité de Ayuda a los Refugiados Españoles. Ahí fuimos, y hablamos con el que mandaba en ese asunto. El tipo agarró y habló por teléfono. El gobierno de allá era Aguirre Cerdá, que era el revés de la medalla, más bien de izquierdas. Nos atendió personalmente, él habló, el presidente de la ayuda para el refugiado español, habló con el de Migraciones. Y el tipo dijo "dile a esos chicos que vengan acá". Subimos a un edificio al séptimo piso, nos hablo el tipo muy prolijo: "Nosotros les vamos a dar documentos, cédula de identidad chilena, pero a ustedes nunca se les ocurra decir que vienen de España", que pareciera que hacia treinta años que estábamos viviendo en Chile. Afortunadamente con esos documentos entramos acá, con la cédula chilena. Es chiquitita, tipo tarjetita. A todo esto lo que dijimos era que estábamos medio secos. Entonces dijeron que nos iban a pagar el pasaje. Teníamos algunos pesos, pero como teníamos que viajar como turistas, entonces tomamos taxis en Santiago y en la ciudad de Mendoza. Y tuvimos que parar en uno de los mejores hoteles de Mendoza de aquel entonces. Llegamos el primero de mayo, que todavía se trabajaba, en el correo, el telégrafo y todas esas cosas. El primero de mayo ahora no trabaja nadie. Entonces mandamos un telegrama para pedir que nos manden plata a Mendoza para poder seguir viaje. Allí me mandó un telegrama uno de mis tíos, Dionisio, y me dijo que vaya a Buenos Aires y me aloje en tal hotel. Tomamos el tren los tres a las cinco de la mañana y llegamos a Buenos Aires a las once y media de la noche. A mi no me fue a recibir nadie, a los otros dos chicos sí. Fui al hotel y ahí tenía una carta de mi tío, que no estaba en Buenos Aires, y que me decía "Te visitará Francisco Lasarte". El tipo fue, me llevó a comer, a pasear, a ver el fútbol, a la casa de él,… Y me fui el próximo día que había tren para Monte Caseros. Yo no conocía a nadie cuando llegué, pero con la cara de pajuerano que traía yo, me conocieron en seguida en el pueblo. El tipo del tren me llevó a saludar a la gente que yo conocía porque les quería dar la sorpresa de que yo había llegado. Monte Caseros es una ciudad que está en el vértice de los tres países. Está sobre el río Uruguay, enfrente a Bella Unión, de Uruguay y cerca de Uruguayana, Brasil.
E: –¿Y le resultó difícil conseguir trabajo?
J.M: –No, porque estaba con mis parientes y pude trabajar con ellos en el negocio que tenían: panadería, almacén. Yo sabía escribir a máquina, y tenía buena letra entonces. Dormía en una pieza, que todavía estaban solteros los tíos que me recibieron. Luego se casaron tuvieron sus hijas y sus nietos que hoy estudian en la universidad o ya se han recibido. Los que aún viven en Monte Caseros y vienen a estudiar a La Plata, viven en mi casa de acá.
E: –¿Y cuantas veces has vuelto a España desde entonces?
J.M: –En el 80 con mi sobrino. En el 87 fui sólo, nadie me quiso acompañar pero yo tenía que ir porque mi madre cumplía los años, 89, el 31 de julio, el día de San Ignacio de Loyola, y lo pasamos juntos, mi hermano, mi madre y yo (…). Después volví en el 90. Mi madre había muerto en el 89. Solo también, paré en casa de mi hermano. Me fue a buscar a Barajas y fuimos a la parroquia de la Paz donde mi hermano había encargado una misa para mi madre, pues era donde ella iba siempre. Y después fuimos al cementerio a llevarle una flor. Año 92 fui con mi sobrino nieto, dos meses, la pasamos bomba. Fuimos a la Expo de Sevilla. Granada. El País Vasco, pasamos por Santander, al pueblo de las tres mentiras: Santillana del Mar –¡no es llana, ni santa, ni hay mar que hay montañas! (risas). A Galicia no llegamos porque llovía mucho. A la Costa Brava, Cataluña. Luego a París. Palma de Mallorca. Tenerife, Cuenca. En el 98 me casé por segunda vez y fui de viaje de bodas. Ahí sí pude ir a Galicia y ¡me agarré un empacho de mejillones!.
E: –¿Y su hermano?
J.M: –Es menor cuatro años. Le tocó lo que le decís aquí la colimba, el servicio militar, cuando terminó la guerra, en Ceuta. Él quería estudiar para medicina pero como no alcanzaban las divisas estudió para técnico sanitario.
E: –¿De que barrio de Madrid es usted?
J.M: –Yo soy del Paseo de las Delicias, la puerta de Atocha (…)
E: –¿Y a tenido aquí contacto con alguien que estuviera del otro bando, del bando franquista? ¿Cómo fueron las relaciones?
J.M: –Sí, dos tíos de mi sobrina, en Segura, Jacinto y Rafael. Uno aún vive, con esquirlas de la artillería que le han traído cantidad de problemas; y el otro ya en el 80 cuando fui yo había fallecido de una tuberculosis que se agarró en tiempo de la guerra y no se curó más. Ellos estuvieron del otro lado, los agarró allí y les tocó. ¿Sabe dónde me encontré con más franquistas? Acá. Cuando llegué a Monte Caseros. Había muchos, muchos. Y con tal motivo me trataban como si yo fuera sapo de otro pozo. Yo no les llevé el apunte. Después de todo lo que pasé, a mí me podían decir lo que quisieran que a mí me importaba un bledo. Pero, pero, me marcaban. Bueno, igual murieron todos ya.
E: –¿Y no lo buscaban para integrarlo a grupos de republicanos.
J.M: –No. Allí no hubo eso. Ahí habían dos o tres que habían sido republicanos. Cuando yo llegué había una colonia española bastante grande, de cuarenta o más españoles. De ahí dos o tres republicanos, los demás eran todos que le daba lo mismo Franco, la monarquía o el arroz con leche, o los que eran franquistas. Yo ahí tenía veintidós años y esta gente toda cuarenta. ¿Sabe cuantos españoles quedamos ahora en Monte Caseros? Dos, el vasco Arrondo, y yo.
   Teníamos la Asociación Española de Socorros Mutuos. Pero se fueron muriendo, mudando los hijos. Al final que hace diez años o más, que quedábamos cuatro o cinco españoles, y lo donamos porque de asociación mutual no quedaba nada.
E: –José maría, toda esa épica de la guerra civil, las canciones, los romances, ¿formaba parte de la vida de ustedes, de los soldados, para animarse?
J.M: –Sí, sí sí. Eso sí es cierto. Pero qué pasa: La sobrina que tengo, hija de mi hermano, de la guerra, no sabe nada. Ni quiere saber. Y hacen bien. Mi hermano recuerda porque el estaba con mi madre en la guerra, y como no había comida tenía que salir a los pueblos a buscar. Dos o tres kilos de papas, las alubias, las lechugas, lo que fuere. Pero los que vivían en los pueblos no querían plata, querían ropa. Así que mi madre se fue desprendiendo primero de sábanas, de colchas, de frazadas. Mis zapatos y cosas así, y corbatas. Porque yo cuando trabajaba allí, hasta los diecinueve años al menos, era loco de las corbatas; todas las semanas me compraba una corbata. El último sábado, el 18 de julio, me compré la última corbata, me acuerdo perfectamente, era fondo amarillo con pintitas azules. Así que sirvieron para algo.
   Así se escribe la historia….
   Yo estuve todos estos años acordándome de la guerra.
E: –Ahora hay un poco de interés por recuperar historias que estaban un poco silenciadas…
J.M: –Es lo mismo que pasa con la gente joven, que yo les decía hace un ratito que no quieren saber nada de la guerra, y hacen bien. Cuando yo la traje a mi madre en dos oportunidades. La primera vez en el año 1954 y se quedó hasta junio del 55, ¡justo cuando estaban bombardeando la Plaza de Mayo! Mi madre se asustó y me decía que así, José, empezó la guerra en España. Afortunadamente aquello duró poco. Imagínese que los tanques que desfilaron en Curuzú Cutiá en el 55 eran los tanques que nosotros teníamos en la guerra de España. Estaban un poquito pasados de moda, no servían ni para prender un cigarrillo. Bueno pero ahora igual, ¿no ha leído el otro día que Argentina está por comprar no sé cuantos vagones de tren usados a España? Lo mismo. Negociados de los gobiernos de turno.
E: –¿Y usted percibe pensión o algo hoy de España?
J.M: –Resulta que en la plataforma de Felipe González decía que iba a reconocer a los republicanos españoles un sueldo, un viático, un subsidio… Entonces luego salió el decreto que a todos nos reconocían el sueldo mínimo que cobraban los españoles en España. A mi me pagaron lo que le pagaban a mi madre como pensionada. Esto fue en el 84, 85 empezó a regir. Junté papeles, visado por este, por aquel. Afortunadamente en mi libretita yo tenía anotado todo "ascendido a cabo en fecha ta-ta-ta boletín oficial ta-ta-ta". A mi me pagaron en el 87. Así arreglé la casa de Monte Caseros, que es muy antigua. Posteriormente, salió la disposición que a los que habíamos estado en la guerra nos reconocían la jerarquía que habíamos alcanzado. En el caso mío, teniente. Con ese dinero me pude comprar esta casa.
   ¿Y tú que estás tan calladito? ¡No te dejan hablar!
E: –¿Conoce usted a Max Aub?
J.M: –¡Ah! ¿Un escritor? Sí, he oído hablar de él, pero creo que no le he leído. ¿Español es?
E: –Nació en Francia pero se crió en España. Pasó también a Francia en el 39, a los campos, y luego pasó a México.
J.M: –Sí, de Francia, muchos españoles, muchos republicanos, se fueron a México. ¡Los que pudieron! En México estaba de presidente Lázaro Cárdenas y ayudó mucho, mucho, igual que Chile. Yo a la que conocí en España, que era cónsul general en Madrid era a la Gabriela Mistral. Cuando trabajaba en la gestoría, que llevaba al consulado algún papel a legalizar. Tenía las oficinas en la calle Menéndez Pelayo, en el Retiro, lindando con la calle de Alcalá. ¡Fea, era, y fumaba, mi dios! Y vestida de negro, siempre.
E: –¿Y usted pensaba que iba a durar tanto Franco una vez que terminara la guerra?
J.M: –No.
Yo nunca pensé que iba a durar cuarenta años. ¿Usted sabe lo que es del año 36 al 75? Casi cuarenta años. El otro día, treinta años que murió. Un día estábamos en una reunión en Monte Caseros y a uno se le ocurrió decir "¡qué lástima que murió Franco!", y le tuve que contestar, "¡lástima fue que nació!". No pasó nada, los otros pusieron los ojos así de grandes y nadie dijo nada.
E: –Quedan simpatizantes.
J.M: –Sí, sí, quedan, y quedan los que todavía añoran aquellos tiempos. Los que eran o tenían títulos de algo, paniaguados de él. Entonces vivían como unos pachás, y entonces añoran aquello.
   En abril del 31, cuando llega la República, lo primero que dice es por qué el estado le tiene que pagar a la Iglesia. ¡Para qué! Todos los curas, los obispos, los arzobispos, y todos los que iban a darse golpes de pecho. Y entonces luego fue terrible, el ensañamiento con los republicanos…
   ¿Sabe qué? Después de la guerra este Franco mató a 190.000 personas, después de la guerra. Entre ellos a mi amigo. Cuando en Francia le dicen [que elija] España o la Legión, se va a España. Lo llevan al Castillo Monjuich, y bum. Tengo cartas de la mujer, la señora, [avisando] que no estaba más. Después a la señora, como era de Palma de Mallorca la mandaron a Palma de Mallorca, y las dos hijas, que eran chiquitas, para subsistir, a trabajar de niñera o de lo que fuere.
   Ciento noventa mil personas mató cuando ya había terminado la guerra, según dice el diario ese11. Tres o cuatro días antes de morir, cuando estaba ya en estado de coma, firmó tres penas de muerte, que fueron muy, muy, muy comentadas. El Papa, el presidente de Francia, la Reina de Inglaterra, el Ronald Reagan, no sé quien y no sé cuanto, todos pedían para que no los mate, que no los mataran a esos tres. Serían revolucionarios, serían comunistas, pero no tenían por qué ya después de cuarenta años de terminada la guerra, o treinta años, que todavía la fusilaran a esta gente. Y los fusilaron. Ahí, en Burgos, por ahí, era donde los mataban. ¡Ciento noventa mil personas!, es grande el asunto.
   Mi padre era ferroviario. En Madrid. Y algunos compañeros de él, los que no comulgaban con Franco, o eran socialistas, o de la UGT (aquí es la CGT, allí es la UGT, Unión General de Trabajadores), los que eran de esos, los pasaban al medio, así nomás, sin soda. No, no.. fue… fue una dictadura muy pero muy grave. Porque la dictadura de Primo de Rivera, claro, al lado de esta, un poroto; pero, tuvo lo suyo. Esta era corregida y aumentada.
   Mi madre me contaba cosas terribles. Y se salvaron porque mi padre no se metía en nada, y mi hermano menos. Así que se salvaron por carambola. Y con mucho miedo. Y como ellos tenían que ir a buscar comida, porque no había, y por tal motivo cambiaban ropa por víveres.
¿Cuánto hemos hablado?
E: –Y, como tres horas, ¡más de tres horas!
J.M: –He hablado, ¿no? Y este no habla nada, parece que le tragaron la lengua.
E: –José María, ¿quiere sacarse una foto?
   Nos muestra una nota de periódico de Curuzú Cuatiá, del 3 de agosto del 84, que da cuenta de cierre del comercio "La amistad" de Monte Caseros ("panadería, fideería y ramos generales"), inaugurado por el español Dionisio Imaz en 1931, adonde llegó José María, y donde actualmente sigue teniendo su casa. La reseña finaliza diciendo: "Lamentamos esta situación por la cordialidad y la calidez humana de este español de ley, que hace más de cuarenta años se afincó en nuestro medio".

Notas

1. Por expreso pedido del entrevistado, no se proporciona su apellido.

2. Por problemas técnicos de la grabación debo referir de esta primera parte de su relato.

3. Hace referencia a un comentario previo de la presencia de la aviación italiana y alemana; en este caso en particular, llegaban desde las islas Baleares y se acercaban a bombardear la costa. En esta localidad existía una fábrica Pirelli, cuyos planos poseían los italianos por lo que bombardearon los puntos críticos de la construcción.

4. En realidad, han sido cincuenta.

5. Su sobrina, que actualmente vive en La Plata.

6. Se refiere a la línea defensiva Maginot.

7. Hace referencia a un pedido que hizo a sus parientes en Argentina, quienes entre todos le mandaron dinero.

8. Se refiere al dueño del hotel.

9. Asumirá la presidencia en 1960 por la renuncia del entonces presidente (Héctor Bienvenido Trujillo), y cayó el 30 de mayo del 61, tras el asesinato de Trujillo. En 1966 fue elegido por votación, y reelegido sucesivamente en 1970 y 1974; volvió a asumir en 1986, reelegido en el 90 y 94 hasta 1996.

10. El presidente argentino entonces era Roberto M. Ortiz.

11. Se refiere a la revista Radar, año 7, 424, del 3 de octubre del 2004, "España revive. Los nietos reconstruyen la historia hablando con sus abuelos y los intelectuales, escritores, científicos y documentalistas trabajan en las fosas comunes del franquismo para que España tenga su Nunca Más".