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Olivar

versión On-line ISSN 1852-4478

Olivar v.7 n.8 La Plata jul./dic. 2006

 

ARTÍCULOS

Las voces antiguas: la Guerra Civil española en algunas memorias y autobiografías del exilio literario de 1939

Eva Soler Sasera

Universitat de València

Resumen
La vindicación de la Guerra Civil española por parte de los intelectuales exiliados se convierte en las memorias y autobiografías en una deuda ética frente a la desmemoria de gran parte del interior del país y, sobre todo, en un campo de reconstrucción identitaria de un sujeto que ha quedado definido por un pasado perdido y por una obligatoria readaptación a la sociedad que lo acoge. La narración de la Guerra Civil en Vida en claro (1944) de José Moreno Villa, Recuerdos y olvidos (1988) de Francisco Ayala, Memoria de la melancolía (1970) de María Teresa León, Quan érem capitans (1974) de Teresa Pàmies, Una mujer por los caminos de España (1952) de María Lejárraga y Memorias habladas, memorias armadas (1990) de Concha Méndez recuperan los arduos sucesos bélicos para entretejerlos con el rescate y reubicación del yo.

Palabras clave: Guerra Civil española; Exilio; Memoria histórica; Autobiografías.

In exile's autobiographies and memories, the vindication of spanish civil war apears as a moral duty in front of the general forgetfulness inside Spain. In the same way, its became a place to construct the subject's identity determinated by a lost past. The civil war narrative in José Moreno Villa Vida en claro (1944), Francisco Ayala Recuerdos y olvidos (1988), María Teresa León Memoria de la melancolía (1970), Teresa Pàmies Quan érem capitans (1974), María Lejárraga Una mujer por los caminos de España (1952) and Concha Méndez Memorias habladas, memorias armadas (1990) gets arduous war's events back in order to link with the recovery and the placement of the self.

Keywords: Civil war; Exile; Historic memory; Autobiography.

   El final de la Guerra Civil española no sólo supuso la represión directa o indirecta de aquella parte del país que había respaldado el régimen democrático de la Segunda República o que, al menos, había luchado contra el avance del fascismo, sino también el comienzo del exilio de más de 160.000 españoles (Faber, 2002: 5), entre los que se encontraban lo más y lo mejor de científicos, profesores, escritores, artistas…, que en su gran mayoría habían permanecido al lado de la República. El panorama cultural y educativo, por tanto, quedaba desierto en el país; a través de distintos caminos, España perdía su "voz antigua", el espíritu de muchos años de esplendor cultural.
   Recuperando el consagrado verso de León Felipe "Mía es la voz antigua de la tierra", hablaremos de la importancia que, en el exilio literario español, tuvo la elaboración de una memoria colectiva consciente de su alteridad, de su naturaleza contra-discursiva frente a los discursos legitimadores del régimen franquista. La vigilancia de su propio testimonio como "voz antigua", depositaria de una parcela decisiva de la memoria histórica, se convierte en un motivo fundamental de identificación como grupo, frente a aquellos que se habían quedado en el territorio peninsular. "Hermano... tuya es la hacienda.../ la casa, el caballo y la pistola.../ Mía es la voz antigua de la tierra./ Tú te quedas con todo", escribía León Felipe; de ese "todo" quedaba, por supuesto, excluida la palabra.
   María Teresa León, con frases emocionadas, escribía en su Memoria de la melancolía sobre la preservación de la utopía y la palabra en el exilio español:

Bienaventurados los que os llevasteis a cuestas la dulce carga del recuerdo de España, los que salvasteis la palabra más alta de nuestro idioma, esa que tantas penas costó siempre a los que hablamos español, por la que el español ha muerto tantas veces, esa ¡Libertad! Que no alcanzaremos nunca. (1998: 363)

   Como ha indicado Joseba Martínez-Gutiérrez "El exilio español contó únicamente con esa memoria que lo identificó como grupo y que se propagó de generación en generación" (1998: 326). Los escritores vieron en su oficio no sólo una vía para dejar constancia de los hechos históricos, sino una posibilidad de compensar la necesidad de supervivencia de la imagen colectiva del exilio español.
   Si bien Marra-López (1963: 105-106) señaló, siguiendo a Serrano Poncela, la ausencia de una gran novela sobre la Guerra Civil, el exilio literario produjo un amplio número de escritos en torno al suceso histórico; muchos de ellos, textos fronterizos –novelas crónica, autobiografías noveladas o novelas autobiográficas–, recuperan la memoria del conflicto bélico desde un narrador independiente del autor: El Laberinto Mágico de Max Aub, Los cinco libros de Ariadna de Ramón J. Sender, La llama de Arturo Barea, En aquella Valencia de Esteban Salazar Chapela, En mi hambre mando yo de Isabel de Palencia..., son algunas de las obras depositarias de un fragmento de historia, que quedó soterrado en el interior del país y que, consecutivamente, fue reelaborado por la ideología totalitaria. Como dijo, en su momento, José R. Marra-López: "como [...] se sabían actores de un acontecimiento trascendental, uno de los más densos y dramáticos de nuestra historia, pródiga en hechos semejantes, es lógico y casi inevitable el testimonio" (1963: 104).
   Mientras se proyectaban estas obras de ficción, y, en algunos casos, llegada ya la transición política, otros escritores e intelectuales fueron elaborando un determinado tipo de discurso –memorias y autobiografías– donde el autor quedaba indiscutiblemente identificado con el narrador y el personaje de la narración. Esta identidad de nombre, fruto de lo que, en palabras de Philippe Lejeune (1994), se ha denominado "pacto autobiográfico", convierte la práctica social de la autobiografía en un texto referencial, donde los hechos pueden ser sometidos a una verificación histórica. Acometemos la recuperación de estos discursos autobiográficos centrándonos no sólo en la reconstrucción personal a la que se somete el autor en relación con el referente, sino en la construcción del sujeto en relación con el otro, esto es, la construcción de un yo que es, sobre todo, social. Este discurso del yo se halla directamente afectado por la difícil posición del individuo entre un pasado interrumpido y perdido, y un presente, al que necesariamente ha de ir readaptándose. De este primerizo análisis, en el que se ha obviado la cita de bibliografía específica sobre la literatura del exilio, excluimos también la revisión del concepto de autobiografía que tantos discursos ha producido en las últimas décadas, tanto en el ámbito hispánico como en el internacional1.
   El exiliado, víctima de la realidad histórica, convierte el asunto de la reconstrucción autobiográfica en un acto ético. El testimonio de su vida queda inevitablemente ligado a la vindicación de un proceso histórico concreto que ha definido su ambigua posición identitaria; la Guerra Civil, en nuestro caso, es, por tanto, el acontecimiento crucial que va a definir el conflicto de la identidad del autobiografiado. Se trata de narrar, de volver con antiguas y nuevas palabras al acontecimiento que marcó profundamente sus trayectorias vitales y, por supuesto, su escritura.
   Alejados, en el tiempo o en el espacio, de la España totalitaria, se dedicaron a escribir acerca de aquellos acontecimientos que, vividos a partir del ‘36,producirían su éxodo. En algunos, la Guerra Civil es casi el leit-motiv que conduce al sujeto por los caminos del pasado; en otros, es un episodio más en todo un recorrido vital; sin embargo, en todos ellos el malogrado trance imprime una profunda huella. En 1944, Vida en claro de José Moreno Villa (1976), Recuerdos y olvidos en 1988 de Francisco Ayala (1991), Memoria de la melancolía en 1970 de María Teresa León (1999), Quan érem capitans en 1975 de Teresa Pàmies, Una mujer por los caminos de España en 1952 de María Lejárraga (Martínez Sierra, 1989) y Memorias habladas, memorias armadas en 1990 de Concha Méndez son los textos que hemos ido entretejiendo para hablar de la dolorosa, pero a la vez bien preservada, memoria de la Guerra Civil española desde el destierro2.

La función del intelectual en guerra

   Muchas de las autobiografías analizadas albergan un fabuloso caudal de detalles en torno al ambiente intelectual en el conflicto. La mayoría de los escritores, excepto aquellos que dieron prioridad a su faceta política como Francisco Ayala, María Lejárraga o Teresa Pàmies, formaron parte de la Alianza de Intelectuales Antifascistas, punto de encuentro de científicos, artistas u hombres y mujeres de letras que llevaron a cabo numerosas iniciativas –las tareas de alfabetización en el frente, la publicación de El Mono Azul o el II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura–. Mientras algunos consideraban aquella circunstancia histórica un mal momento para coger la pluma –recordemos las palabras de Francisco Ayala: "En esa temporada, preferí olvidarme de que soy escritor" (1991: 217)–, otros hallaban en la profesión de la palabra una posibilidad de activismo social y político.
   Quizás sea María Teresa León quien, junto a su marido Rafael Alberti, figure entre los intelectuales más activos de aquellos tiempos revueltos, y de modo espléndido lo va relatando en sus memorias:

Muchas veces he tenido que subir a hablar a una tribuna, o a un balcón o a una silla o a cualquier sitio, porque los tiempos españoles de aquellos años nos hicieron tomar una posición clara en nuestra conciencia política. Muchas veces había tenido delante aquellos rostros profundamente serios y aquellos ojos oscuros de siglos que van heredando los hombres y mujeres de los campos de España. Íbamos por los pueblecitos hablándoles de lo que podía ser su esperanza. (1998: 125)

   Porque no sólo se trataba de una cuestión proteccionista con el arte, como la emprendida para trasladar los lienzos del Museo del Prado a Perelada, o propagandística, como la también relatada por José Moreno Villa en sus pocos actos públicos (1976: 230), sino la conciencia que encaminaba el trabajo del intelectual hacia todo aquello que comportaba la colaboración decidida en contra del avance fascista. El conflicto personal en torno a la utilidad o capacidad personal de asistencia deviene, en ocasiones, en un análisis de la propia tarea como intelectual:

Creo que dábamos cierta lástima. ¡Esta pobre gente sin fusil, con una pluma nada más para oponerse a los fascistas! Y nos empujaba y empujaba a los más jóvenes: Vamos, canten. Hagan canciones, hacen falta poemas. (León, 1998: 283)
Había tiempo para todo, menos para retirarse y concentrarse. Nadie lo prohibía, pero lo rechazaba la conciencia. El ambiente solicitaba colaboración [...] Hay quien se encuentra incapaz para todo lo que no había hecho antes, y ése está perdido. Confieso que si yo no hubiese tenido entonces cincuenta años, hubiera preferido tomar el fusil y marcharme al frente en vez de quedar en la retaguardia para menesteres necesarios pero de poca monta. Y, sobre todo, extraños a mis hábitos. Pero de esto he de escribir en otro momento. Aquí me corresponde decir que me encontraba desajustado y que para conservar el equilibrio que aparentaba gasté mucha fuerza nerviosa. (Moreno Villa, 1976: 231-232)

   Dedicado a la elaboración de litografías basadas en motivos del frente en los talleres de José Renau, en Valencia, junto a Aurelio Arteta y José Gutiérrez Solana, Moreno Villa emprendió la tarea que ocupaba a numerosos artistas e intelectuales de la época: la elaboración de un producto cultural que fuera aliento de los tiempos bélicos. Como reseñaba Teresa Pàmies, la misma población civil que era asediada por constantes bombardeos, era la que ansiosamente requería y gozaba de este arte:

Hi havia, però, una explosió d'apetència de coneixement i cultura i això explica que la població afamada, cansada i atribolada, temperés l'ànim i els nervis, sobretot en temps de bombardeigs freqüents, com ho fou el primer trimestre del 1938, cercant la força de l'art. Mai no havia jugat l'art un paper tan mobilitzador i sedant a la vegada, com en aquells dies. (1975: 80)

   En los días del Madrid sitiado, el público se congregaba, del mismo modo, para asistir al teatro. No hará falta recordar las representaciones que emplearon en aquellos tiempos a María Teresa León junto a Alberti (Oleza, 2003: 3-5); lo que nos queda en torno a esta cuestión son las razones que la escritora va entrelazando en su prosa para hacer constar el efecto catártico o, como apuntaba Teresa Pàmies, sedant que la cultura adquirió:

Muchas noches, mientras representábamos Numancia, María Teresa León lloraba entre bastidores viendo subir a su pueblo hacia la hoguera de la muerte común. Luego, llegaban los aplausos, nuestro público se secaba los ojos. El corazón se calmaba. Saludábamos los vivos y los muertos al pueblo de Madrid que teníamos delante. Se abrían de par en par las puertas del Teatro de la Zarzuela y todos un instante escuchábamos los duelos de la artillería, el bombardeo de la aviación a alguno de los barrios y salíamos hacia las calles de Madrid, reconociéndolas a tientas en medio de las sombras que iban, poco a poco, tragándose a nuestro público. (1998: 135)

La ciudad fragmentada: escenografía bélica

   La guerra creó otro escenario superpuesto al de la geografía urbana de los tiempos de paz. Las trincheras, los soldados, los tanques, las barricadas... iban recubriendo el espacio para crear otro tipo de referentes. Los espacios familiares iban perdiendo sus perfiles cotidianos para convertirse no sólo en el territorio de la violencia bélica, sino en el espacio de la lucha compartida, de la causa común.
   La descripción del Madrid sitiado durante la Guerra Civil es una constante dentro de las autobiografías de escritores e intelectuales del exilio; y es, a través de ésta, como se introduce el matiz trágico de una capital cada vez más aprisionada que se debate entre la esperanza y el terror. Madrid, capital de la gloria, se convierte, en el imaginario republicano, en un lugar mítico: ciudad de utopía, memoria y epopeya. Como afirma Teresa Pàmies en sus memorias de guerra:

D'aquell Madrid recordo una diferència essencial amb Barcelona: la guerra era allí i la seva presència donava a la ciutat un caire més greu, menys frívol i, ensems, més decidit a guanyar-la [...] Restava allò que en podríem anomenar "le petit peuple", i a l'hora d'esberlar carrers per obrir barrica-des, a l'hora de fer fortificacions o d'agafar el darrer fusell de la darrera batalla, allí el trobàveu. (1975: 90-91)

   El narrador no sólo manifiesta, en algunos casos apasionadamente, la nostalgia por los espacios perdidos en el recuerdo, sino la intensidad del sujeto que, unido a esta geografía específica por nacimiento o vínculo cotidiano, ha sentido cómo ésta ha sido golpeada. En este sentido, las memorias de María Teresa León resultan claramente descriptivas:

¡Cuánto íbamos queriendo aquellas calles que defendíamos con los dientes! Calles donde los tranvías circulaban despacio para dejar que en algunas bajasen los viajeros y luego lanzar el vehículo, a toda velocidad, hasta la protección de otra casa. Así engañaban a las balas, porque el frente se veía desde las azoteas. Calles que llegaban al frente, frentes que permitían descansar, de cuando en cuando, en la cama de la casa cuando se salía con permiso. Calles donde era posible reír o llorar como aquel día que, al ir a subir una escalera, me encontré con unos compañeros anarquistas, luciendo unos graciosos sombreros de señora, cargando con un piano y gritando: ¡Ahora somos los condes! Calles sin condes llenas de gracia madrileña, cuidadas por el sol, golpeadas de obuses, donde ya no había palomas ni gatos ni perros ni ratas porque el hambre la entreteníamos con orgullo, con la convicción de que el mundo nos estaba mirando. Y era verdad. (1998: 290-291)

   Y es que, cuando todas las casas de Madrid estaban demasiado cerca de los bombardeos, del frente o de la derrota, la división entre espacio público y espacio privado dejaba de tener sentido en una sociedad que se volcaba a la defensa de su vida cotidiana. Los hombres y sus vidas aparecen en el exterior, son la ciudad intentando sobrevivir, pero también son objetivo de la violencia que destripa casas y vidas, e interrumpe el transcurso habitual de las horas.

Mi barrio se quedó lleno de hoyos enormes colmados de agua. Agua de cañerías quejándose, cicatrices en los muros, astillas, cables y hierros rotos. Los árboles tenían su cabeza al pie del tronco: en el alero, el chal de una muchacha, y un poco más arriba, sobre el techo humeante, una maquina de coser. Estrellada en la acera, una muchacha que tal vez fuese la propietaria de las tres cosas. (León, 1998: 333)

   El espacio privado se convierte en un territorio franqueable, amenazado por el caos y por la violencia; Moreno Villa cuenta cómo su trabajo acumulado en la Residencia de Estudiantes se convierte en un territorio amenazado por el peligro de la huida precipitada:

El día 28 de noviembre leí en el "A. B. C." que el Ministerio de Instrucción Pública sacaría de Madrid a los intelectuales [...] Pasé la noche intranquilo, comprendiendo que la salida podía ser definitiva. ¿Qué sería de todo lo acumulado en aquel cuarto durante 20 años de trabajo? ¿Qué cosas me llevaría conmigo? Todas eran preciosas para mí. "No sacaré nada; puede ser que dentro de unos días volvamos todos", pensé para engañarme. (1976: 222)

   Frente a Madrid, Valencia, capital de la República entre noviembre de 1936 y octubre de 1937, se convierte en la residencia de gran parte de los intelectuales que, como José Moreno Villa, fueron reubicados por las autoridades gubernamentales. Dentro de las narraciones analizadas, Valencia conforma una geografía menos dramática que Madrid, a pesar de que la costa mediterránea española sufrió a partir de 1937 el acoso de los bombarderos italianos, que acabaron con la vida de un buen cupo de población civil3. La ciudad levantina, en contraposición a Madrid, es descrita como el paraíso amenazado, el lugar ameno apenas salpicado por la barbarie. Francisco Ayala resume en pocas líneas esta evocación: "¡La Valencia de la guerra! Nunca antes había estado yo en esa ciudad. Conservo de aquella temporada la impresión de una fulgurante hermosura desgarrada en ocasiones por jirones trágicos" (1991: 214). Valencia, entre el caos y el regocijo, se convierte en un hervidero de periodistas, intelectuales, funcionarios, colaborando contra el avance fascista. Como expresa Francisco Ayala:

Atrás quedaba el Madrid heroico y sufrido y cada día más hambriento, mientras que ahí, junto al Mediterráneo luminoso, la gente vivía y gozaba con un poco de remordimiento a ratos; y sólo algún que otro episodio venía tal vez a recordarnos que la guerra estaba en curso. (1991: 214-215)

   La descripción de José Moreno Villa es, en el mismo sentido, más explícita si cabe:

En Valencia no se oían los cañones ni las bombas. Las calles estaban concurridas, funcionaban las tiendas, los cafés y los teatros, podía comer uno ricas paellas en los restaurantes a la orilla del mar. Todos los Ministerios se habían trasladado allí, con sus numerosos funcionarios, y se encontraba uno a cada paso con amigos y caras conocidas. De no ser por ciertos síntomas, hubiéramos creído que estábamos en tiempos normales. (1976: 227)

   Madrid, Valencia o Barcelona; la tierra o España –como en la tragedia cervantina La Numancia – aparece representada, en el imaginario del exilio, como una mujer mutilada o lacerada para regocijo de aquellos que quisieron interrumpir por la fuerza el natural curso de los acontecimientos políticos. María Lejárraga4, diputada a las Cortes a partir de 1933 y exiliada tras vivir pocos meses de Guerra Civil en España, convierte en pura alegoría la narración del estallido del conflicto armado tras la segunda República:

Fue en la última campaña electoral de nuestra bien nacida y mal muerta Segunda República. Nació en paz, y murió a mano armada. Para traerla a la luz, España tuvo un parto sin sangre y sin dolor. Fenómeno acaso de mal agüero. Toda desviación de las leyes naturales puede pagarse cara. Para morir asesinada, derramó y vertió ríos de sangre, y suscitó quebrantos, llantos y duelo tal vez para un siglo. (Martínez Sierra, 1989: 185)

Anonimia y tragedia: la memoria de los seres

   "No puedo recordar algunos nombres, pero sí el surco que dejaron algunos seres" (1998: 139), decía María Teresa León. Las memorias son un campo propicio para dejar la estampa de seres y nombres con los que el individuo va tejiendo vínculos y que van construyendo la identidad del yo en relación con la sociedad. Más todavía, si el que escribe es testigo de violencias y de ciudades devastadas, de crímenes donde las víctimas, gentes anónimas, pertenecieron en su mayoría a la población civil de ambos bandos. En casi todos estos textos, encontramos la rehabilitación de la memoria de individuos sin rostro y sin nombre, golpeados por la brutalidad repentina, que aparecen y desaparecen de los ojos del narrador, pero que imprimen en su recuerdo un matiz verdaderamente deplorable.
   En las memorias habladas, y posteriormente transcritas por su nieta Paloma, Concha Méndez deja constancia de múltiples historias ajenas que, entrelazadas con su propio recorrido personal para dejar una España cercana ya a la victoria de las fuerzas rebeldes, dan imagen del tremendo terror sufrido por la ciudadanía y de los lazos extraordinariamente solidarios que se iban trazando entre las víctimas de la contienda civil:

Conseguimos un tren hacia Figueras. Al entrar en la estación, nos encontramos un matrimonio con dos niñas que lloraban de hambre. Al estar hablando con ellos me doy cuenta que Manolo ha desaparecido, y yo con la preocupación de que el tren llegaría sin estar él; al rato lo veo pasar con una olla de patatas hervidas que habíamos dejado en casa, para las niñas que no sé cuántos días llevarían sin comer. Llegó el tren. Íbamos a subirnos a los vagones últimos, pero, por un presentimiento, abordamos el centro; y fue que, al llegar a la segunda estación de Barcelona, cayó una bomba en la cola del tren, quedando destrozados los vagones, la gente muerta, y los heridos dando gritos. (1990: 105)

   No es extraño, entonces, que la huella del propio dolor por una muerte cercana aparezca, entre tanto, como la de muchos sin rostro que van quedando por las calles o los campos. El relato de la muerte del hermano de Manuel Altolaguirre –en las memorias de Concha Méndez– o la del padre de Francisco Ayala son algunas de las que aparecen para dar cuenta del modo en que la pérdida de los lazos geográficos y sanguíneos va tiñendo los discursos de los exiliados.
   Las memorias de María Teresa León son las que más ahondan, como en otros muchos aspectos, en la construcción de un yo colectivo inevitablemente ligado a la concepción de la Guerra Civil como tragedia de un pueblo –tragedia numantina–. "Cada uno tiene su guerra personal y su enfoque y sus porqués", dice la escritora en un momento de la narración del episodio bélico (1998: 295). Es así como la burgalesa narra su vida, entrelazada con la historia colectiva y también así es como –con el inevitable telón de fondo de La Numancia de Cervantes– finaliza el relato de la Guerra Civil española, aunque continuamente lo retome, convirtiéndolo en motivo fundamental de su historia personal:

El fin de nuestra guerra fue tan espantoso como esas tragedias colectivas que luego ocupan su lugar en la escena. Pensad en los miles y miles de seres que se acercaron en Alicante hasta la orilla del mar convencidos de que no iban a ser abandonados por los países democráticos, convencidos de que llegarían los barcos que no llegaron nunca. Pensad en los suicidios de la desesperación. (1998: 389)

   El discurso de la escritora parece dirigirse a un narratario concreto; "Desterrados de España, contad, contad lo que nunca dijeron los periódicos [...] Que recuerden los que olvidaron" (1998: 404), dice más adelante dirigiéndose al mismo colectivo desterrado. Queda, por tanto, la propia narración del exiliado, vertebrada conjuntamente por la exploración del territorio íntimo y por la necesaria vindicación del proceso histórico que pasa a definir su difícil situación profesional, económica y, sobre todo, identitaria. Al hablar del exilio, Moreno Villa afirma, para dar gracias a la creación de la Casa de España y del Colegio de México, "a esta hora no sé dónde estaría". Llega así al final de su relato autobiográfico, el cual ha intentado responder a la pregunta lanzada en el primer capítulo: "¿qué soy, cómo soy?". Su propia reconstrucción personal no ha podido evitar la amarga travesía de la Guerra Civil que ha definido su rol ambiguo en una nueva sociedad.
   Arraigados o desarraigados en la sociedad de acogida, los exiliados no abandonaron sus raíces y, mucho menos, el recuerdo del último acontecimiento vivido en su país. Con toda su carga de problematicidad histórica, la Guerra Civil marcó a esta generación que vivió en ese periodo los años de juventud, y se convirtió en leit-motiv de gran parte de su obra. Situados en circunstancias favorables para desarrollar el tema, han sido, por contra, víctimas del silencio que fue soterrando la memoria del conflicto español.
   Frente al discurso del régimen franquista que por más de cuarenta años encubrió las voces discordantes y frente a la voluntad de olvido impuesta por los discursos institucionalizados a partir de la transición, las memorias del exilio intelectual español se convierten no sólo en un contradiscurso susceptible de análisis, sino también en el saldo de una deuda ética con aquellas generaciones de escritores que fueron elaborando y publicando textos en diferentes puntos de los distintos caminos geográficos que entretanto iban trazando. Sus propias identidades personales quedan unidas, involuntariamente, a un conflicto bélico que no hizo más que minar sus propósitos y los de millones de españoles, y su obra literaria, totalmente enterrada para el gran público, se vuelve objeto de necesaria lectura y reubicación en la historia literaria.

Notas

1. Hemos obviado, además, la revisión de una amplia bibliografía que analiza el corpus textual que estudiamos. En el caso de la obra de María Teresa León, quizás la más estudiada, remitimos a la edición de Torres Nebrera (Madrid, 1998), así como al volumen Homenaje a María Teresa León en su centenario, Madrid, SECC, 2003.

2. Hacemos referencia aquí a la fecha de la primera edición de las obras; no obstante, excepto en los textos de Francisco Ayala, Concha Méndez y Teresa Pàmies en los que hemos podido hacer uso de ésta, citamos a partir de las siguientes ediciones: José Moreno Villa (1976), María Martínez Sierra (1989), María Teresa León (1998).

3. Comparado con el bombardeo de Guernica en la ofensiva contra población civil, la capital alicantina sufrió el ataque realizado por los aviones italianos Savoia a las 11 de la mañana del domingo 25 de mayo de 1938 cuando, tras soltar 90 bombas, murieron 313 personas, en gran parte mujeres y niños, que se encontraban en el Mercado Central.

4. María Martínez Sierra, esposa de Gregorio Martínez Sierra, además de ensayista, política y activista del movimiento feminista español, fue la principal "colaboradora" del escritor en su labor creativa. Cuando su marido, años después de su separación, muere en 1947, deja entre sus papeles un documento notariado en el que declara que sus obras están escritas en colaboración con su mujer, María de la O. Lejárraga y García.

Bibliografía

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5. León, María Teresa, 1998. Memoria de la melancolía, Ed., intr. y notas de Gregorio Torres Nebrera, Madrid: Castalia.         [ Links ]

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8. Martínez Sierra, María, 1989. Una mujer por los caminos de España, Madrid: Castalia - Instituto de la Mujer.         [ Links ]

9. Méndez, Concha y Paloma Ulacia, 1990. Memorias habladas, memorias armadas, Madrid: Mondadori.         [ Links ]

10. Moreno Villa, José, 1976. Vida en claro. Autobiografía, México: Fondo de Cultura Económica.         [ Links ]

11. Oleza Simó, Joan, 2003. "Rafael Alberti, Max Aub, Pablo Picasso: urdimbres", en Max Aub, testigo del siglo XX. Congreso Internacional del Centenario (Valencia, 7 a 12 abril del 2003), Valencia: Biblioteca Valenciana [En prensa. Cito por www.uv.es/entresiglos/max/pdf/ joan%20oleza%20y.pdf ].         [ Links ]

12. Pàmies, Teresa, 1975. Quan érem capitans (Memòries d'aquella guerra), Barcelona: Dopesa.         [ Links ]