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Olivar

versión On-line ISSN 1852-4478

Olivar vol.12 no.15 La Plata ene./jun. 2011

 

ARTÍCULOS

"Arrimarse a los buenos": necesidades vitales y artificiales en el Lazarillo

Juan Manuel Cabado

CONICET - Universidad de Buenos Aires

 


Resumen
La presente nota analiza el recorrido de Lázaro de Tormes a través de su estadía con diferentes amos e identifica varios elementos que le permiten afirmar que la multiplicidad de sentidos, sobre la cual trabaja la obra, responde a un proyecto integral de crítica y puesta en evidencia de la crisis de los diversos sistemas de relaciones sociales: financiero, de intercambio, religioso, judicial, relaciones interpersonales, de costumbres. El autor señala como fuente de dicha crisis la falta de distinción entre necesidades reales y aparienciales.

Palabras clave: Lazarillo; Crisis social y económica; Crítica social; Necesidades reales; Necesidades aparienciales.

Abstract
This paper studies Lázaro de Tormes' journey through different owners. It makes out several elements, in order to affirm that the multiple levels of meaning present in this novel are due to an integrated enterprise of criticizing and pointing out the crisis in the system of social relations: finance, exchange, religion, justice, interpersonal relations, customs. The author indicates as a source of this crisis the lack of distinction between real and apparent needs.

Keywords: Lazarillo; Social and economic crisis; Social critique; Real needs; Apparent needs.


 

Que el autor anónimo eligiera como personaje central a un actor social omnipresente y conflictivo no fue casual. El pícaro-mendigo evidenciaba la falta de misericordia y la hipocresía de los estratos altos mostrando, a su vez, el grado de descomposición social de los estratos bajos, donde un niño de esas características debía criarse reproduciendo la mendicidad. El Lazarillo es un texto fundante, no solamente por su verosimilitud. Ésta se coloca al servicio de una crítica sistemática de los estamentos sociales de la época, activando dispositivos ficcionales en función de una desautomatización perceptiva que permita reconocer los problemas cardinales de una sociedad en crisis.
En el Lazarillo se evidencia sistemáticamente como gran parte de las relaciones humanas se han trocado en relaciones monetarias. El alimentarse, que en el ámbito urbano sólo se consigue a partir de una relación comercial, implica poseer dinero, y ante la falta de éste se genera una necesidad fisiológica imperante: el hambre. Impulso esencial del personaje para buscar su sustento agudizando el ingenio y recurriendo a la traza.
Como sostiene Agnes Heller (1996:59) las necesidades están determinadas históricamente. Con la irrupción de la Modernidad y la conciencia de la explosión demográfica comienza a acentuarse una división naturalista entre necesidades reales e imaginarias que intenta ser representada en los orígenes de la literatura picaresca a partir de diversos dispositivos de ficcionalización. Escisión entre necesidades reales -lo sustancial que permiten la supervivencia física y el desarrollo social, humano y espiritual- y las falsas necesidades que derivan de la obsesión por la honra, el lujo y la apariencia.
El Lazarillo pareciera ser uno los primeros textos que logra "diagnosticar" la incidencia de estas necesidades en el cuerpo y en la psique, y problematizarlas a través de una narración verosímil. Cuando el dinero se introduce como el gran mediador de las relaciones sociales, y las "necesidades vitales" no pueden ser saciadas instintivamente, se hace indispensable una adaptación al medio de circulación monetario" -que si bien no es pleno en el contexto en el que se sitúa la obra, sí nos muestra una clara tendencia cuyo diagnóstico hoy se manifiesta certero. El escudero es un claro ejemplo -llevado al límite del absurdo- de quien coloca las proyecciones artificiales por sobre el instinto de supervivencia, prefiriendo el hambre y la sed antes que la pérdida de la honra.
Si Cervantes se burlará algunas décadas después en el Quijote de aquellos que no podían distinguir lo real de lo ficticio en lecturas de carácter maravilloso1, es de esperar que un texto de las características del Lazarillo no pudiera ser entendido por la mayoría como una obra de ficción. La instauración de un género realista tal vez se relacione con la misma percepción que tuvo Cervantes unos años después pero con una configuración formal divergente. Si en el Quijote se exacerban las contradicciones y la deconstrucción autoral para evidenciar que nos encontramos "dentro de la literatura", criticando así la imposibilidad de establecer una distancia reflexiva con respecto a la mímesis ficcional; el autor del Lazarillo, tal vez consciente de esa imposibilidad, podría haber utilizado -e instaurado- el género realista para exacerbar esa mímesis, para generar un "recorrido vivencial" del lector, una experiencia paralela a la de Lázaro que genere una ácida crítica de los estratos bajos y medios de la sociedad, pero con la posibilidad de remisión directa a la praxis de los estratos más elevados.
El peligro que implicaba tratar ciertos temas y hacerlos públicos es evidenciado en el prólogo, identificando la escritura con la labor del soldado que lucha al descubierto por honrarse: "mas el deseo de alabanza le hace ponerse al peligro; y, así, en las artes y letras es lo mesmo"2 (1998:7). El fragmento, además, sugiere una postura estética que no se relacione con lo "esperado" por el público, con ese círculo vicioso que se genera a partir de los autores que escriben lo que se les pide y que también habrá de criticar la obra de Cervantes.3
La sentencia que habría dado origen a la teoría literaria moderna, según la cual la literatura debe permitir el reconocimiento de lo habitual automatizado4, funciona a la perfección dentro de esta primera argucia realista. El Lazarillo se abre con una frase que nos va a servir para comprender el recorrido del texto: "Yo por bien tengo que cosas tan señaladas, y por ventura nunca oídas ni vistas" (3). Lo que ha de relatarse es de público conocimiento, sin embargo el grueso de la sociedad pareciera no reconocer esa realidad en la que está inmersa. Para acentuar el sentido crítico, el texto se presenta en su corporeidad como aquello a lo que se dirige el foco de sus críticas: la caridad. El prólogo nos plantea: "los gustos no son todos uno, mas lo que uno no come otro se pierde por ello, y así vemos cosas tenidas en poco de algunos que de otros no lo son" (1998:4). Se propone, entonces, un sistema de "rebalse" tanto de la riqueza acumulada como de la densidad significativa. En ambos casos se paliará la situación de aquellos que no disponen de recursos, tanto materiales como de competencias lectoras.
Desde el primer episodio percibimos uno de los tópicos críticos que instala la literatura picaresca: el dinero compra todo -incluso los prejuicios- y condiciona las relaciones sociales: "Yo, al principio de su entrada, pesábame con él y habíale miedo, viendo el color y mal gesto que tenía; mas de que vi que su venida mejoraba el comer, fuile queriendo bien" (1998:17). El padre de Lázaro roba para poder mantener a su familia y es expulsado de España, el moreno entra en el hogar del pícaro a partir de una relación de intercambio material -alimentando a la familia a cambio del cuerpo de la madre- y, finalmente, ésta terminará prostituyéndose ante la extrema necesidad.
A partir del reconocimiento de las injusticas que recaen sobre su entorno, Lázaro reflexiona: "No nos maravillemos de un clérigo ni fraile porque el uno hurta de los pobres y el otro de casa para sus devotas y para ayuda e otro tanto" (1998:19). Aquí el problema del reconocimiento ("no nos maravillemos") se asocia a las diferencias que hace la justicia social y legal para con los distintos estratos sociales. Mientras un clérigo puede robar a los pobres y nadie parece reconocerlo, a un pobre se lo presume culpable por la mera acusación. Podemos apreciar entonces, otros dos tópicos que también serán importantes en el desarrollo del género: la crítica al sistema judicial y la configuración de la estructura narrativo-descriptiva en función de una profunda crítica de los diversos estratos sociales en crisis. Recordemos, en este sentido, el pequeño episodio del negrito que se asusta de su padre porque es negro, no reconociéndose a sí mismo como tal: "Cuántos debe de haber en el mundo que huyen de otros porque no se ven a sí mesmos" (1998:18). Lo central, por lo tanto, estaría puesto en la autorreflexión y la autocrítica. En este sentido las últimas palabras de la madre para con Lázaro son significativas: "Válete por ti (1998:22)". Si tomamos el doble sentido de la frase, en primer lugar comporta que Lázaro consiga sustento por sus propios medios; en segundo lugar que su "valor" lo consiga por sí mismo y no por la apariencia que el dinero brinda:

Lo que es mío a través del dinero, lo que puedo pagar, es decir, lo que el dinero puede comprar, eso soy yo, el poseedor del dinero mismo. Tan grande es la fuerza del dinero, tan grande es mi fuerza. Las propiedades del dinero son propiedades y capacidades esenciales mías -que soy su poseedor-. Eso que soy y puedo no está determinado de ninguna manera por mi individualidad. (Marx, 2004:181)

El valor que adquirirá Lázaro a partir de este episodio se relacionará con sus posibilidades de capitalizar la experiencia a partir del aprendizaje. Las diversas trazas que realizará implican poder aprehender la situación y a partir de ella generar una solución a una dificultad específica. Si bien la anécdota del toro se suele aplicar al renacer del personaje, no hay que olvidar que se intenta, también, iniciar al lector. El relato se abre con una advertencia sobre la ingenua credulidad sugiriendo una atención crítica para quien se adentre en la "realidad" textual.
Otro aspecto a tener en cuenta es la exacerbación del individualismo que se hace patente a lo largo de la obra. El "solo soy" que reconoce Lázaro desde el inicio del relato no es meramente una percepción particular, sino que se recorta contra un reticulado social que ha anulado casi por completo el sentido caritativo. Los diversos tratadistas de la época que analizaron el crecimiento de la pobreza, estaban muy preocupados por la educación de los niños ya que en el creciente ámbito en donde los "vicios" proliferaban se hacía imposible evitar la reproducción de los mismos:

No se puede decir quánto provecho harían a la república los varones sabios, si ellos mesmos quisiesen tomar cargo de enseñar a los niños, que son tiernos como cera, por hazer dellos todo lo que querrán, y para les exejir las buenas opiniones y rectos pareçeres, o sia a lo menos quisiesen ayudar a los que enseñan con consejos, con reglas y con avisos que fuesen como unas señales de camino. A los menos una cosa cumple mucho que los gobernadores de las ciudades y pueblos no sean en esto negligentes: deven escoger para enseñar sus hijos buenos maestros (Vives, 2006:117)

Si se lanza a un niño a los límites de su supervivencia física, difícilmente su futuro pueda ser prometedor. Implícitamente surge la pregunta: ¿qué le hubiera sucedido a un niño sin la astucia de Lázaro? Él mismo lo contesta: "si con mi sotileza y buenas mañas no me supiera remediar, muchas veces me finara de hambre" (1998:27). Si las trazas de Lázaro sorprenden por su agudeza, detrás de la broma subsiste la terrible realidad de los que no pudieron ser tan astutos.
La primera traza que nos describe el protagonista es la de "sangrar el avariento fardel". Al igual que su padre y su padrastro, sobrevive de lo que puede robar a los que acaparan. Nótese que la genealogía, si bien estaría parodiando la construcción del linaje propia de la nobleza, también muestra el carácter repetitivo y estructural de las diferencias sociales y sus conflictividades inherentes. La problemática de la presión contextual sobre el individuo queda también evidenciada en la historia del padre de Lázaro que se fue expulsado de España y al pasar al bando contrario -el de los moros- muere como un leal criado. Al margen de la parodia, no puede escapársenos el sentido crítico: la realidad social española convierte en un ladrón al hombre que en otra sociedad, la enemiga por antonomasia, es un fiel y eximio servidor. De este modo se hace patente cómo, a causa de un sistema hipócrita e injusto, se destruye la humanidad de quien le hubiera sido de provecho.
El ardid del protagonista de cambiar blanca por media blanca es una crítica al sistema de especulación financiera incipiente: "Todo lo que podía sisar y hurtar traía en medias blancas, y cuando le mandaban rezar y le daban blancas, como él carecía de vista, no había el que se la daba amagado con ella, cuando yo la tenía en la boca y la media aparejada, que, por presto que el echaba la mano, ya iba de mi cambio aniquilada en la mitad del justo precio" (1998:27)
El desplazamiento metafórico que convierte al cuerpo de Cristo en dinero -Lázaro lleva la blanca en la boca como si fuera una hostia- se dará como un tópico recurrente en la obra, señalando la farsa de una sociedad que se dice cristiana rindiendo culto, en realidad, al capital.
También, debido a la especulación y a la avaricia -terrena y celeste-, el sentido primitivo del rezo se pierde convirtiéndose en un "producto" vacío que entra en el mercado de la oferta y la demanda. Es así como el ciego "abreviaba el rezar" (1998:30) para obtener mayor lucro en menor tiempo.
El episodio del vino -sangre de Cristo-, en donde Lázaro es castigado severamente por su traza, seguiría una estructura similar en donde la ostentación entre iguales genera la codicia e instaura uno de los tópicos picarescos que Alemán leerá perspicazmente y reformulará en el Guzmán: el tema de la venganza5: "sintió el desesperado ciego que ahora tenía tiempo de tomar de mí venganza" (1998:32). Una crítica al sistema punitivo también surge del episodio. Foucault sostenía que uno de los motivos que llevó a terminar con los castigos públicos tenía que ver con la reversibilidad del hecho que igualaba a la justicia con su víctima.6 Lázaro reflexiona en este sentido: "Desde aquella ora quise mal al mal ciego, y, aunque me quería y regalaba y me curaba, bien vi que se había holgado del cruel castigo" (1998:33). Repárese en que "el bueno del ciego" luego de castigar y regocijarse en el castigo pasa a ser el "mal ciego". A partir de ese instante, Lázaro sólo piensa en la venganza. Si trazamos una analogía entre el ciego y la sociedad ciega que éste representaría, podemos entrever que la España que todo lo quita y que luego se huelga en el castigo de quien un poco le ha robado, sólo recibirá por parte de los despojados una reacción violenta.
La migración de los mendigos a las ciudades más ricas es evidenciada en la traslación de Lázaro y el ciego a Toledo. Los lugares que revisten la posibilidad de obtener mayor limosna se transforman en imanes para los pobres: "Donde hallaba buena acogida y ganancia, deteníamos; donde no, a tercero día hacíamos Sant Juan" (1998:35)
El episodio de las uvas se podría entroncar perfectamente con la crítica al sistema judicial esbozado en la primera parte. Si "la ley" es tomar del racimo una uva por vez y el mismo que enuncia el código lo quiebra, poco puede esperarse de quienes deben educarse en el ejemplo. Ya no es la racionalidad jurídica la que prima, sino el instinto. El episodio del nabo por la longaniza refuerza este sentido: "habiéndome puesto dentro el sabroso olor de la longaniza, del cual solamente sabía que había de gozar, no mirando qué me podría suceder, pospuesto todo el temor por cumplir con el deseo" (1998:39).
Como podemos apreciar, una persona "necesitada", ante la ostentación de lo que no puede disfrutar y fuera de la mirada inquisidora de la justicia -ciega- no piensa más que en satisfacer su apetito. Por ende, la obra pareciera manifestar que una sociedad que multiplique las personas necesitadas, las castigue injustamente y ostente frente a ellas lo que les quita, no tiene más remedio que soportar ocasionalmente el robo.
Lázaro utiliza dos términos para referirse a la traza de cambiar nabo por longaniza: "Yo torné a jurar y perjurar que estaba libre de aquel trueco y cambio" (1998:39). Nuevamente, la obra se refiere a la especulación como una transacción de pérdida. Si pensamos en la disposición de las Cortes de cambiar las Letras tan solo por su valor real, puede colegirse que el cambio generaba una considerable disminución en el capital ya que la inflación constante de los precios trocaría la longaniza en nabo podrido. Finalmente, cuando uno quiere volver a tomar su dinero -como el ciego la longaniza de las entrañas del pícaro-, este se ha convertido en desperdicio: vómito. Es sugestivo, en este sentido, notar que Covarrubias en su Tesoro recoge un proverbio que relacionaba directamente a la longaniza con la hacienda y su administración en el tiempo: "Más días hay que longanizas"; da a entender como se ha de compartir la hacienda y el gasto del año, porque no nos venga a faltar antes de cumplirse" (parte 1, fol. 528r.)
El ciego, gran contador de historias, puede con ellas manejar los prejuicios e incluso la percepción del propio protagonista: "Era la risa de todos tan grande, que toda la gente que por la calle pasaba entraba a ver la fiesta; mas con tanta gracia y donaire recontaba el ciego mis hazañas, que, aunque yo estaba tan maltratado y llorando, me parecía que hacía sin justicia en no se las reír" (1998:49). Este fragmento evidencia una clave interpretativa también esbozada al final del episodio con el clérigo avaro: "Ahí tornaron de nuevo a contar mis cuitas y a reírlas" (1998:70). Se insiste en ello para que el lector no se quede en la literalidad humorística y pueda entrever sentidos críticos en estratos más profundos de sentido, para que pueda percibir que la atrocidad y el dolor físico se han convertido en un espectáculo cotidiano, en una fiesta. Notablemente, el concepto de "pícaro" ha cristalizado su sentido borrando el matiz de sadismo al igual que los vecinos del ciego y del clérigo: "Ahí tornaron de nuevo a contar mis cuitas y a reírlas, y yo, pecador, a llorarlas. Con todo esto, diéronme de comer, que estaba transido de hambre, y apenas me pudieron demediar". (1998:70). Estos episodios parecieran sugerirnos que quién pueda entrever "lo trágico" en "lo cómico", podrá reconocer los problemas sociales bajo la falsa apariencia de la negativización de ciertas figuras desplazadas socialmente.
Al final del incidente se plasma que la excusa del ciego a su maltrato se funda, precisamente, en la diferencia que generó el delito: "más vino me gasta en lavatorios al cabo del año, que yo bebo en dos" (1998:43). El vino que uno toma y el otro no, la ostentación, genera el robo. Luego del mismo, quien ostenta castiga, se lamenta y justifica esa punición a partir de la pérdida, fruto de su propia injusticia. Guiño a una política de saqueo y pompa, que pierde más de lo que pudiera haber ganado con una distribución equitativa.
Si Lázaro nace inmerso en el agua que fluye -el tiempo y el cambio-, puede generar su autonomía cuando es capaz de saltar sobre ella -"habíamos de pasar un arrollo" (1998:44)- y darle una lección al ciego. Luego de su aprendizaje, ha sabido articular perfectamente la abstracción con los diversos elementos de la experiencia y proyectar así un plan, por eso sostiene: "yo que vi el aparejo a mi deseo" (1998:44). La palabra "olé" que cierra la traza, implica el triunfo ante el toro de piedra con el que había chocado en el comienzo -"póngome detrás del poste, como quién espera tope de toro" (45)- y se asocia, además, al olfato que le sirve al ciego para dirimir algunos problemas -por ejemplo la fiscalización de la longaniza- pero no todos. Vemos patente en esta resolución un procedimiento constante en el Lazarillo: la construcción de un episodio que genere una pluralidad significativa trabajando en varios niveles de crítica y la recuperación de un indicio que otorga circularidad al relato.
En el tratado segundo, la frase que introduce el episodio con el clérigo -ausente en la versión castigada, ávida de suprimir generalizaciones- nos da cuenta de un entramado reversible: "No digo más, sino que toda la lacería del mundo estaba encerrada en éste: no sé si de su cosecha era o lo había anejado con el hábito de clerecía" (1998:47) Este ir y venir, de lo concreto a la generalización y de la generalización a lo concreto, es una de las características fundamentales del texto que permite el reconocimiento de problemáticas a través de la fijación por el ejemplo. Además, hace patente que lo que se critica en el individuo perteneciente a un grupo, vale en su proyección a todo el conjunto.
Normalmente se asocia la avaricia y el arca a la acumulación de dinero, sin embargo, el arcaz que se refiere en la obra está lleno de pan. La imagen puede proyectarse a una sociedad que transfería gran parte de sus recursos a una Iglesia acaparadora; pero al mismo tiempo, a una sociedad tan pobre que cree acumular riquezas cuando apenas junta lo indispensable para su supervivencia. Otra interpretación posible es la que se relaciona con 'el cuerpo de Cristo'. La última cena, en donde el pan simboliza compartir en igualdad de condiciones, se convierte en el signo contrario, el gesto del avaro que lo acumula aunque se lo coman las ratas.
Cuando el clérigo le daba a Lázaro una cebolla como ración de cuatro días le decía: "Toma [la horca de cebollas] y vuélvela luego y no hagáis sino golosinar" (1998:48). Crítica a un clero que no sólo pondría a muchos en situación de necesidad, sino que además, exaltaría esa misma necesidad física a través de la renuncia a los bienes materiales. Así, transforman el hambre en gula mientras ellos comen a destajo.
Los diferentes sucesos con el clérigo están enmarcados dentro de una frase que implica la falta de caridad absoluta: "yo me finaba de hambre (1998:49)". La ausencia de humanidad se evidencia desde el principio, una carencia extrema que se opone a la ostentación del otro: "Toma, come, triunfa, que para ti es el mundo. Mejor vida tienes que el Papa". (1998:50) La frase no sólo es perversa con respecto a la situación particular de Lázaro comiendo las sobras del otro; sino que señala al pasar que el que se da la "mejor vida" -la representación automática de la existencia suntuosa- es el Sumo Pontífice.
La institución eclesiástica sería, en este sentido, la que mayor solicitud tiene en conseguir dinero. En la ceremonia religiosa, el cura sólo tiene su atención puesta en la colecta y el lugar destinado a la Consagración pasa a ser el depósito de lo recaudado en misa. Un ejemplo más de cómo las descripciones espaciales y objetuales se estructuran meticulosamente en función de la crítica social.
En contrapartida de la acumulación y el derroche material, la necesidad extrema lleva al protagonista a desprenderse de los preceptos éticos convirtiéndolo en un enemigo del género humano, deseando la muerte de cualquiera con tal de alimentarse en el velorio: "Dios me perdone, que jamás fui enemigo de la naturaleza humana sino entonces. Y esto era porque comíamos bien y me hartaban. Deseaba y aun rogaba a Dios que cada día matase el suyo" (1998:53). La carestía llevada al extremo de la supervivencia no sólo transforma la ética de Lázaro, sino que hiende sus garras en la base de cualquier tipo de construcción social. El dios del cristianismo, punta de la pirámide espiritual, se convierte en un asesino a sueldo de oraciones. Que sea un representante de la Iglesia a cargo del niño quien lo empuja a tal disquisición, no deja de ser sugerente.
El grado de descomposición es tal, que Lázaro persiste en su calvario por temor a uno peor. La imposibilidad, no ya de vivir dignamente, sino siquiera de sobrevivir desempeñando un "servicio", evidencia que no hay manera de conseguir un empleo que garantice lo mínimo indispensable para la supervivencia física, y que en esa sensación se funda la explotación de los criados. Este tópico también es retomado en el Guzmán al igual que el de "ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio"7: "Y santiguándose de mí, como si yo estuviera endemoniado, tórnase a meter en casa y cierra su puerta". (1998:71). La ironía es clara, el verdadero pecador es el que se santigua sin reconocer ni reconocerse -como el negrito-, el que especula a costa del hambre de los otros, el sádico, el avaro, el representante del clero. Para éste, el peor mal es el atentado contra la propiedad privada, representada paradójicamente en la acumulación de un cuerpo de Cristo en descomposición, un cuerpo de Cristo que no alimenta más que a quién lo acapara y ocasionalmente a quién lo roba -los mendigos o las ratas-. Del otro lado de la moneda, ironía también, el demonio será éste ladrón que roba las migajas de quién especula a costa del hambre de los otros.
Al llegar a la ciudad de Toledo, la actitud para con los mendicantes es muy ilustrativa de lo que sugerían los tratadistas de la época con respecto a los falsos mendigos. Sin embargo, la obra hace notar que no se quiere introducir al pobre dentro del circuito productivo, sino dentro de la "esclavitud" improductiva del servicio:

Y mientras estaba malo siempre me daban alguna limosna; más después que estuve sano todos me decían:
-Tú bellaco y gallofero eres. Busca, busca un amo a quien sirvas (1998:72)

En el tratado tercero, la inversión propia de la relación entre siervo y amo merece un atento análisis. En éste caso es el sirviente el que procura los víveres de su amo a través de lo que obtiene de la limosna. El escudero evidencia su completo desconocimiento del mundo, su desconexión de la praxis vital lo convierte en inútil ante una situación de extrema necesidad. Si Lázaro, ante los límites de la supervivencia persevera a partir de su ingenio; el escudero, por estar atado al paradigma cultural de la honra ociosa que no se corresponde con su realidad material, muere de hambre.
En esta Babel ya nadie tiene compasión por el otro, ya nadie comparte ni el pan ni el vino pues "la caridad se ha ido al cielo" (1998:72). Sin embargo, Lázaro puede tener aún en ese abismo, un gesto caritativo. Si el sacerdote guardaba su pan en un arca externa y material de forma avarienta; Lázaro guarda en el "arca de su seno" el pan que comparte con su amo. Si el pícaro, en el primer tratado, aprende por imitación, luego de la estadía con el sacerdote aprende por contraste. Sabe lo terrible que es pasar hambre y se compadece de quién siente lo mismo, ejerciendo así la auténtica caridad, según la tratadística cristiana, ya que comparte justamente lo que tiene.8 Ésta inversión en donde el sirviente -mendigo- es caritativo con el amo -"noble"-; hace patente el modo en que la "apariencialidad" de las falsas necesidades se sustentan en descargar en el otro -en el siervo- la "esencialidad" de las necesidades vitales.
Esta relación se complica ante la ley que promulga el Ayuntamiento y que implica la imposibilidad de supervivencia del pobre: "tanto que nos acaeció estar dos o tres días sin comer bocado". (1998:93). La anécdota deja entrever cómo las leyes no están destinadas al mejoramiento de las condiciones de vida de los más necesitados; ya que prohibir la mendicidad provoca que a la falta de caridad se agregue la crueldad y perversidad del castigo físico directo (azotes) o indirecto (hambre). Al igual que en el episodio del clérigo, la punición se suma a la inanición.
En el comienzo de la disquisición entre Lázaro y el escudero, éste último refiere una anécdota en que se crea una situación burlesca a partir del cambio de costumbres con respecto a los modos de salutación de la época. Ésta sirve como excusa para mostrar el contraste entre una clase productiva que puede generar su propio sustento y una clase parasitaria que si bien posee privilegios formales, no puede sustentar siquiera su propia subsistencia:

Acuérdome que un día deshonré en mi tierra a un oficial y quise ponerle las manos, porque cada vez que le topaba me decía: "Mantenga Dios a Vuestra Merced". "Vos, don villano ruin -le dije yo-, ¿por qué no sois bien criado? ¿"Manténgaos Dios" me habéis de decir, como si fuera quienquiera?". (1998:100)

El trabajo con la multiplicidad de sentido es evidente. En primer lugar, existe una crítica que ridiculiza a quien exacerba su ira por cuestiones meramente aparienciales -como los estratos sociales más bajos adoptan los tratamientos propios de la corte para aparentar ser de un estrato social más alto, la nobleza los descarta para diferenciarse-. La elección del saludo no es casual, se hace patente la vanidad que prefiere la moda a la bendición que invoca al Dios a quién supuestamente se sirve. En segundo lugar, la crítica más sutil surge de la fibra sensible que toca el "Manténgaos Dios", ya que implica que los que pertenecen a la clase del escudero no generan su propio sustento y dependen de la voluntad divina para subsistir. La réplica de Lázaro como discurso interno deja entrever este juego con el doble sentido: "Pecador de mí -dije yo-, por eso tiene tan poco cuidado de mantenerte, pues no sufres que nadie se lo ruegue" (1998:102)
La situación descripta por el escudero acerca del servicio es un espejo de lo que ha tenido que sufrir Lázaro en una escala inferior del estrato social. Se pone sobre el tapete -y este es un tópico que la primera parte del Guzmán explota al máximo- una crisis en el servicio que tiene su epicentro en aquellos que lo contratan:

Canónigos y señores de la iglesia muchos hallo, mas es gente tan limitada, que no los sacarán de su paso todo el mundo. Caballeros de media talla también me ruegan; mas servir con éstos es gran trabajo, porque de hombre os habéis de convertir en malilla, y, si no "Anda con Dios" os dicen. Y las más de las veces son los pagamentos a largos plazo; y las más y las más ciertas, comido por servido. (1998:103)

La fórmula "Anda con Dios" -en tándem con el saludo que produce la ira del escudero- se resignifica.9 Es el abandono absoluto a partir de la estafa y de la falta de caridad humana que deja al prójimo "aislado en sociedad". La imagen entonces se amplia y puede proyectarse nuevamente hacia la punta de la pirámide brindando nuevamente un diagnóstico estructural. Los caballeros -y canónigos- no retribuyen adecuadamente a quienes los sirven y esto se traslada material y éticamente hacia las relaciones de poder subsidiarias. Las relaciones humanas se han trocado en relaciones de explotación y fraude mientras los encargados de fiscalizar, los esbirros de la justicia, han transformado los "casos" en "negocios". Ante la huida del escudero y la imposibilidad de los rentistas de cobrar, el alguacil y el escribano piden a toda costa su parte alegando que "habían dejado de ir a otro negocio, que les importaba más" (1998:109).
El quinto amo de Lázaro es un buldero profesional. Lo barato de las coimas que le facilitan el trabajo da cuenta de la condición social y moral de los representantes menores de la Iglesia:

presentaba a los clérigos o curas algunas cosillas, no tampoco de mucho valor o substancia: una lechuga murciana, si era por el tiempo, un par de limas o naranjas, un melocotón, un par de duraznos, cada sendas peras verdinales. (1998:113)

Lázaro se suele referir a las actividades de los eclesiásticos equiparándolas a la actividad comercial. La escena del engaño en la iglesia no muestra solo una burla, sino también la ignorancia colectiva ante la manipulación ideológica que llega al extremo de generar el llanto en el auditorio. El miedo y la ignorancia son los puntos débiles del pueblo del que se obtienen beneficios monetarios: "algunos estaban espantados y temerosos" (1998:120) El "negocio" vuelve a equiparar el lugar más sagrado con el más vil. Negocio de quien recauda, pero negocio también de quién cree obtener la salvación divina -propia y de sus allegados- por unas pocas monedas: "no era menester sermón ni ir a la iglesia, que a la posada la venían a tomar, como si fueran peras que se dieran de balde" (1998:123)
La bula tenía una característica paradójica: era un documento que garantizaba la salvación espiritual y que se conseguía solamente a partir de una "donación" material que supuestamente se destinaría al salvoconducto de los cautivos en la lucha contra "el infiel". Su doble carácter documental y sagrado, se ve desarmado por una imagen carnavalesca en la que las bulas son regaladas como el producto más despreciable. En la sociedad de Lázaro sólo sobrevive el burlador a costa de los burlados, por ende, la única moral que se aprende es la del ingenio puesto al servicio de la estafa -avalada en este caso por el Rey y el Sumo Pontífice-. Por eso el pícaro se lamenta de su ingenuidad, de haber sido engañado como tantos otros. El milagro, lo sobrenatural, se revela fraude congeniado entre el poder eclesiástico y seglar. El lector, al igual que Lázaro, se desengaña y agudiza nuevamente su percepción para no volver a chocar con el toro de piedra.
En el tratado sexto, Lázaro ingresa en el trabajo por consignación: "entrando un día en la iglesia mayor, un capellán della me recibió por suyo; y púsome en poder un asno y cuatro cántaros y un azote, y comencé a hechar agua por la cibdad". (1998:126) Siguiendo con la crítica a los aspectos materialistas de la sociedad -y sobre todo del interés de los religiosos por acumular riquezas- en este caso se iguala la figura del capellán a la del mercader. Éste le presta a Lázaro un asno con la condición de que le traiga diariamente 30 maravedíes. Según el sistema económico vigente en el período, el grado de explotación que sufre Lázaro al trabajar para el eclesiástico era de un nivel extremo. Basta reparar en la siguiente frase, profundamente irónica: "Fueme tan bien en el oficio, que al cabo de cuatro años que lo usé, con poner en la ganancia buen recaudo, ahorré para vestir muy honradamente de la ropa vieja" (1998:127). A pesar de la esclavitud sistemática y alienante, Lázaro reconoce que el trabajo con retribución monetaria, es el primer escalón del ascenso social. En un contexto permeado de materialismo, lo único que permite elevar la condición social es acumular dinero y cubrirse de una exterioridad, de una fachada que permita acceder a otros ámbitos más amenos: "Éste fue el primer escalón que yo subí para venir a alcanzar buena vida, porque mi boca era medida" (1998:126). Medida por la facilidad para el pregón, pero también para el ejercicio de la hipocresía en las relaciones sociales como bien aprendió del escudero.
El "ascenso social" de Lázaro se da en el circuito de empleos denigrantes según la concepción cultural del período. De vendedor ambulante, pasa a ser alguacil. Siguiendo con la crítica al sistema judicial y burocrático, vemos que a esos ámbitos no se accede a partir de las competencias necesarias, sino sólo por la ostentación de una buena apariencia:

Desque me vi en hábito de hombre de bien, dije a mi amo que se tomase su asno, que no quería más seguir aquel oficio. Despedido del Capellán, asenté por hombre de justicia con un alguacil; más muy poco viví con él, por parescerme oficio peligroso (1998:127)

El cierre de la escena con los ladrones amparados por la Iglesia - retraídos- corriendo a los representantes de la justicia habla por sí sola.
Finalmente, Lázaro obtiene por sus "contactos" -no por sus capacidades- un oficio real. Éste se reconoce como la única forma de asegurarse una estabilidad económica y social. El oficio no es aleatorio, lo que se vende en el mercado es la sangre de Cristo. El pícaro ha cumplido con la profecía del ciego de salvarse por el vino lo cual tiene una importancia considerable ya que evidencia que el autor tensiona el relato hacia el final recuperando el indicio, brindándonos una pauta importante de su trabazón estructural.
En lo que se insiste, es en que los buenos puestos no se consiguen por poseer aptitudes adecuadas sino tan sólo por poseer dinero o tener las amistades apropiadas para tal fin10:

Y con favor que tuve de amigos y señores, todos mis trabajos y fatigas hasta entonces pasados fueron pagados con alcanzar lo que procuré, que fue un oficio real, viendo que no hay nadie que medre, sino los que le tienen. (1998:128)

El casamiento de Lázaro para limpiar la culpa del arcipreste amancebado se inscribe dentro de penas que preveían hasta diez años de galeras para los que recibieran dinero por consentir que sus mujeres tuvieran sexo con un tercero. Es verosímil pensar que el texto se concibe como una explicación de una supuesta acusación al respecto como sostiene Rico (2000), y que a su vez justifica las acciones a partir del casus social denigrado por el individualismo y el afán de lucro:

El señor arcipreste de Sant Salvador, mi señor, y servidor y amigo de Vuestra Merced, porque le pregonaba sus vinos, procuró casarme con una criada suya. (1998:130) [la cursiva es mía]

El eclesiástico -que "sirve" a la instancia superior a la que se dirige Lázaro- infringe la ley al propiciar un matrimonio que encubre su paternidad y negocia con el vino. Por ende, podemos ver que la historia referida no es solamente la defensa de un caso, sino también un chantaje encubierto. Lázaro refiere muy sutilmente la relación de amistad entre sus superiores y cómo la confesión de lo sucedido pondría a ambos en problemas.
Con esta extorsión se cierra el círculo de hipocresías con que se abría la obra. Lo falso se recubre del barniz legal de la carta-documento y lo verosímil surge a partir del rumor y la maledicencia. Paradójicamente es el rumor el que enuncia "la verdad" de lo sucedido. Lázaro con fingida inocencia, dice no ver lo que pasa ante sus propias narices: "Mas las malas lenguas, que nunca faltarán, no nos dejan vivir, diciendo no sé qué y sí sé qué de que ven mi mujer irle a hacer la cama y guisalle de comer". (1998:132)
La sátira culmina con un sacrilegio por parte del arcipreste: "siempre en el año le da [...] por las Pascuas su carne" (1998:131) Si sobre el altar se colocaba el dinero, en las Pascuas, no se respeta la prohibición de comer carne, en el sentido culinario y en el eufemístico asociado a las relaciones sexuales. Ante la evidenciación del concubinato entre el arcipreste y la mujer de Lázaro, éste último parece inquirirlo y el eclesiástico le contesta con cierto tono de amenaza: "Lázaro de Tormes, quien ha de mirar a dichos de malas lenguas nunca medrará" (1998:132). Parece dejarle en claro al protagonista que su estabilidad económica y social depende de la hipocresía.
La prostitución cierra el círculo con que se había abierto la obra. Si su madre vendía su cuerpo para sobrevivir, Lázaro "vende" el de su mujer para medrar. Si el protagonista aseguró de su madre que "se arrimó a los buenos" cuando empezó a ejercer la prostitución en las caballerizas, el hecho de que Lázaro afirme lo mismo de sí ("yo determiné de arrimarme a los buenos"), lo coloca en el mismo lugar. El final es intensamente irónico signado por la prostitución, la hipocresía, el afán de medro y la fachada.
A través de este recorrido de Lázaro se puede entrever la persistencia de problemáticas estructurales en el reticulado social. El texto trabaja en múltiples estratos significativos criticando los diversos sistemas de relaciones sociales: sistema financiero, de intercambio, religioso, judicial, de relaciones interpersonales, de costumbres, etc. Por ende, puede inferirse que la obra apunta a un proyecto integral de crítica y evidenciación de una crisis señalada que nadie parece ver ni oír: la de una sociedad que no puede distinguir entre las necesidades reales y las artificiales, la de una sociedad basada en el engaño a partir de una religiosidad y espectacularidad que sólo busca el lucro, la de una sociedad que pone en crisis el trabajo productivo para que los grupos privilegiados puedan mantener su servicio en el límite de la dignidad humana, en definitiva, la crisis de una sociedad en donde pueden entreverse los gérmenes de gran parte de nuestras problemáticas actuales.

Notas

1 "Los libros que están impresos con licencia de los reyes y con aprobación de aquellos a quien se remitieron, y que con gusto general son leídos y celebrados de los grandes y de los chicos, de los pobres y de los ricos, de los letrados e ignorantes, de los plebeyos y caballeros..., finalmente, de todo género de personas de cualquier estado y condición que sean, ¿habían de ser mentira, y más llevando tanta apariencia de verdad, pues nos cuentan el padre, la madre, la patria, los parientes, la edad, el lugar y las hazañas, punto por punto y día por día, que el tal caballero hizo, o caballeros hicieron" en Cervantes (2004: 509).

2 En adelante se cita la página según la presente edición de F. Rico de 1998.

3 "Si estas que ahora se usan, así las imaginadas como las de historia, todas o las más son conocidos disparates y cosas que no llevan pies ni cabeza, y, con todo eso, el vulgo las oye con gusto, y las tiene y las aprueba por buenas, estando tan lejos de serlo, y los autores que las componen y los actores que las representan dicen que así han de ser, porque así las quiere el vulgo [...] y que a ellos les está mejor ganar de comer con los muchos, que no opinión con los pocos, deste modo vendrá a ser un libro, al cabo de haberme quemado las cejas por guardar los preceptos referidos, y vendré a ser el sastre del cantillo [que hacía costura de balde y ponía el hilo]" en Cervantes (2004:493).

4 Para los formalistas rusos "el arte es un modo de restituir la experiencia consciente, de abrirse paso a través de hábitos de conducta amortecedores y mecánicos (automatización como lo llamarían los formalistas checos posteriormente) y de permitirnos volver a nacer para el mundo en su frescor y horror existenciales" en Jameson (1980:60).

5 "Siempre que había de hacer colación o comer alguna destas cosas, dábame la llave, que la sacase en su preseencia, sin fiarla nunca de mí a solas. Desta desconfianza nació ira; de la ira, deseo de venganza. Con él me puse a soñar estando despierto" en Alemán (1987:439).

6 "El castigo ha dejado progresivamente de ser teatro. y todo lo que podía llevar consigo de espectáculo se encontrará en adelante afectado de un índice negativo. Como si las funciones de la ceremonia penal fueran dejando, progresivamente, de ser entendidas, el rito que "cerraba" el delito se hace sospechoso de mantener con él turbios parentescos: de igualarlo, si no de sobrepasarlo en salvajismo, de habituar a los espectadores a una ferocidad de la que se les quería apartar, de mostrarles la frecuencia de los delitos, de emparejar al verdugo con un criminal y a los jueces con unos asesinos, de invertir en el postrer momento los papeles, de hacer del supliciado un objeto de compasión o de admiración" en Foucault (2001:16).

7 "Y que, si me hirieren la una mejilla, ofrezca la otra, que esa es honra, guardar con puntualidad las órdenes de los mayores y no quebrantarlas" en Alemán (1987:182).

8 En este sentido, cabe la comparación con el Guzmán de Alfarache, en donde una de las pocas figuras positivas de la obra se delinea con el fraile franciscano, evidenciando que la única caridad válida es la que da en la medida de lo que uno tiene: "Lo que podían y tenían, con su avaricia no me lo dieron; y hallélo en un mendigo y pobre frailecito". en Alemán (1987:269).

9 Este trabajo con la reformulación de los sentidos literales de los refranes es una constante en la obra.

10 Tema trabajado por los tratadistas sobre la pobreza y desplegado con más detalle en el Guzmán: "Usa tu oficio, deja el ajeno. Mas no es la culpa tuya, sino del que te lo encargó" en Alemán (1987:283).

Bibliografía

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