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Olivar

versión On-line ISSN 1852-4478

Olivar vol.12 no.15 La Plata ene./jun. 2011

 

ARTÍCULOS

La estigmatización de los mendigos en El Buscón. Similitudes con la persecución de otros grupos marginados

 

Ana Inés Rodríguez Giles

CONICET - Universidad Nacional de La Plata

 


Resumen
Los mendigos fueron estigmatizados durante la temprana modernidad, convirtiéndose en sujetos sospechosos sobre los cuales recaían múltiples acusaciones. En el presente trabajo veremos cómo La vida del Buscón llamado Don Pablos reproduce este discurso, en el cual encontramos varias similitudes con la marginación de otros grupos sociales en este mismo período de consolidación monárquica. A partir de esto, manejamos la hipótesis de que este texto es parte de la configuración de un enemigo interno que debía ser perseguido y respecto del cual era necesario generar, a través de la aversión y el temor generalizados, el rechazo de la población.

Palabras clave: Modernidad; Marginalidad; Temor; Ocultamiento; Mendicidad.

Abstract
Beggars were stigmatized during the Early Modern Age, becoming frequently accused suspects. In this article we study how La vida del Buscón llamado Don Pablos reproduces this discourse, in which we find many similarities to the marginalization of other social groups during this same period of monarchic consolidation. Therefore, our hypothesis is that this text is part of the configuration of an internal enemy that should be persecuted, against whom it was necessary to arouse public rejection, by means of generalized aversion and fear.

Keywords: Modernity; Marginality; Fear; Hiding; Begging.


 

Durante la Baja Edad Media y la temprana Modernidad, España -como el resto de Europa- vivenció un aumento significativo del vagabundeo y la presencia de mendigos en las ciudades y caminos como consecuencia de la crisis del sistema feudal.1 Muchos campesinos desclasados se vieron obligados a emigrar a los centros urbanos, donde el anonimato les permitía vincular la limosna con diversas actividades delictivas que combinaban con trabajos temporales no especializados. Esto condujo a la estigmatización de estos sujetos, que fueron víctimas de una marginación progresiva, dando surgimiento a la figura del pícaro, fenómeno significativo de la crisis del siglo XVII (Maravall, 1987:11). La imagen de estos sujetos funcionaba como el reverso de lo que era esperable socialmente: mientras provenían de un sector obligado a trabajar -según el mandato divino- se negaban a hacerlo, y con esta actitud cuestionaban el orden social.
Este fenómeno conllevó la reacción adversa de variados sectores, expresada a través de diversos escritos que constituyen nuestra fuente documental. En este marco debemos tener en cuenta que si bien la literatura no constituye un retrato de la sociedad, refleja sus imágenes mentales, pues tanto en una como en la otra es posible observar las consecuencias de la idea construida acerca de la dicotomía ricos-pobres y la condena de los últimos por parte de los novelistas (Maravall, 1987:13,159 y 330).
En el siglo XVI este conflicto dio lugar a una multiplicidad de textos que nos informan sobre la preocupación de la élite intelectual española por el problema. La escolástica discutió acerca de la alteración que la circulación de mendigos producía dentro de la estructura social -y el consecuente trastorno en el mundo de las ideas-: era necesario reconsiderar a los pobres, ya que la dimensión del problema que planteaban no podía ser evaluada desde los antiguos parámetros. En segundo lugar, la emergencia de la novela picaresca colocó en el centro de la escena literaria a estos marginales, que se convirtieron en los protagonistas de este género representativo de la literatura española de los siglos XVI y XVII. Por último, los "avisos" recogen asimismo este tipo de imágenes estigmatizantes.
En esta oportunidad analizaremos la forma de representación de los mendigos realizada por Francisco de Quevedo en La vida del Buscón llamado Don Pablos (a partir de aquí El Buscón). Observaremos las suposiciones que recaían sobre estos hombres, produciendo su estigmatización; con este fin examinaremos las formas que se presumía que dichos sujetos utilizaban para generar una imagen falsa sobre sí mismos, principal mecanismo que se acciona para acusarlos. Esta idea está en relación con lo que se conjeturaba sobre ellos: se suponía que conformaban una contracultura en el seno del espacio que compartían con el resto de la sociedad; dicho grupo manejaría sus propios códigos y escondería prácticas particulares que, cuando los pícaros se mezclaran en la sociedad, quedarían diluidas en el anonimato de la urbe -marco que las haría posibles. Veremos la imaginación del autor sobre el accionar de los marginales cuando estaban reunidos y no eran vistos por el resto de la sociedad; en este sentido, evaluaremos la función de divulgación de la obra, que mostraba el reverso de la conducta social que era previsible en una persona. Dentro de la dinámica de crisis social la marginalidad resultaba atractiva para los literatos, en tanto se presentaba enfrentada con el sistema establecido. Así, los inasimilados jugaban una función importante: su presencia exhibía a la integración como un proceso social (Maravall, 1987:349). En este marco, Quevedo era partidario de acabar con las corrientes que afectaran a la estructura tradicional, contexto en el cual la picaresca constituía un fenómeno corrosivo para el tejido social, que se veía alterado por la movilidad geográfica y vertical de los individuos dentro de una comunidad estratificada (Maravall, 1987:9,158 y 349).
Si bien estos marginales desarrollan diversas actividades ilícitas, en este trabajo observaremos específicamente la forma que adopta el retrato de la mendicidad, que ejercen tanto el protagonista como otros pícaros que lo rodean. Esta actividad estaba siendo regulada en diversas regiones de la Península Ibérica desde el siglo XIV, aumentando la intensidad de los reclamos por su condena y de las penas impuestas a quienes la desarrollaran2, con el fin de amedrentar no sólo a los pobres marginados, sino también a sus cómplices3 , cuya intervención fue fundamental para la perpetuación de este grupo. Los procuradores pidieron en las Cortes que los hombres baldíos fueran sometidos al trabajo. Pero la reiteración del problema en las actas y el aumento de la severidad en las penas sugieren que las reglamentaciones emitidas por este organismo no fueron atendidas; consecuentemente, desde el siglo XVI las demandas versaron sobre la regulación de la caridad y la coerción sobre los mendigos.4 También observamos a partir de la lectura de estos documentos su persecución mediante la condena de diversas actividades en las que se insertaban.5
Durante la temprana Modernidad, la legitimidad de la limosna estaba siendo cuestionada a partir de las dudas que recaían sobre sus beneficiarios, mientras se discutía sobre la forma correcta para su efectivización y la necesidad de controlar a los vagabundos. Varios autores demostraron el uso ilegítimo que los mendigos hacían de la caridad y, consecuentemente, la necesidad de modificar su práctica. Si bien en este período se seguía exaltando la limosna, ya no había una imagen positiva de la pobreza, mientras el concepto de mendigo comenzaba a asociarse al de malhechor (Maravall, 1987:57 y 58).
El Buscón desarrolla varias actividades ilícitas y otras éticamente cuestionables: una mendicidad condenada, estafas, juegos de azar, robos, etc. La mendicidad, a la que recurre fingiendo que se encuentra incapacitado para trabajar, cumple un papel importante entre estas prácticas y no está precedida o determinada por la necesidad, pues el personaje no considera el trabajo como forma de sustento antes de practicarla. Sin embargo, ejerce diversas ocupaciones no especializadas que alterna con este tipo de actividades para subsistir. La lectura del corpus que conforma este género literario ilustra reiteradamente el prototipo del hombre joven y sano que recurre al engaño y la simulación de deficiencias físicas para limosnear, treta que resulta ser -al menos en la ficción- efectiva, pero en caso de ser descubierto, el protagonista consigue evadir hábilmente las penas.
El pícaro sobrevive gracias a la posibilidad de fingir diversas apariencias, cambiando de manera casi permanente su imagen, simulación malintencionada debido a los fines que la movilizan. Así, el picarismo constituye una manifestación del abandono del ideal cristiano-medieval del pobre (Maravall, 1987:49). La primera vez que Pablos finge una deficiencia física es cuando huye tras robar. Esta situación inicial define de antemano el presumible carácter delictivo de aquellos minusválidos que mendigaban en las calles.6 El personaje, que practica por primera vez la mendicidad, ya conoce las prácticas acostumbradas: simular deficiencias físicas, pedir por Dios y mostrar ostentosamente su devoción. La novela testifica de este modo el conocimiento de estos hábitos dentro del hampa, pero fundamentalmente la sospecha por parte del resto de la sociedad -refractada a través de la óptica del autor-, pues vemos que todos los mendigos que intervienen en el relato fingen enfermedades. Sin embargo ninguno está realmente incapacitado, pues una característica de los pícaros reside en su plenitud en cuanto a sus capacidades físicas y su vitalidad, cualidades que, junto a su ingenio y adaptabilidad, les permiten sobrevivir.
El juego de ocultamientos encuentra dos explicaciones. Por un lado, la apariencia de debilidad genera piedad en los posibles benefactores; en segundo término, la mendicidad de los sanos era ilícita en tanto podían trabajar, lo que convertía esa simulación en ineludible. Sin embargo, queda un aspecto para cuestionar: ¿cómo es que en la novela no aparece ni un limosnero que verdaderamente se vea incapacitado de trabajar? Este prototipo, que se imprime abusivamente en esta obra, constituye un tópico de las novelas españolas y europeas (Geremek, 1991), esta repetición indica la existencia de un mito según el cual algunos mendigos inválidos eran en realidad hombres que habían acumulado cierta riqueza con su actividad, a quienes la codicia los llevaba a simular enfermedades y a cometer atrocidades como deformar a sus hijos para incentivar la caridad mediante la conmiseración, a través de la exhibición patética cuando pedían.7
Este juego teatral de ocultamientos y exhibiciones se vincula con la sociedad barroca que constituía la cosmovisión del mundo social de la picaresca, esta cultura antiguorregimental, según J.L. Sánchez Lora, "no está pensada para el intelecto, pues no pretende convencer, sólo mover a conductas conmoviendo, sacudiendo la sensibilidad emocionando, y nada emociona más que lo que entra por los ojos" (Sánchez Lora, 1995:75). La sociedad barroca se constituye como una cultura de la simulación, que puede ser, según sus fines, positiva o negativa. En este sentido, P. de Ribadaneyra sostiene que "hay dos artes de simular y disimular: la una, de los que sin causa ni provecho mienten o fingen...; la otra de los que sin malengaño y sin mentira dan a entender una cosa por otra con prudencia cuando lo pide la necesidad o utilidad". (Sánchez Lora, 1995:83). Esta diferencia se evidencia en el corpus de la picaresca, donde encontramos múltiples pasajes en que los amos u otros personajes integrados socialmente hacen trucos inocuos con el objetivo de divertir o de develar la verdadera identidad de los pícaros, en abierta contradicción con los objetivos maliciosos de los engaños efectuados por los protagonistas.8
El personaje simula ser un verdadero pobre en varias ocasiones, fingiendo deficiencias corporales que no sufre. Veamos la primera oportunidad en que el protagonista decide "meterse a pobre". El texto se extiende en primer lugar acerca de la descripción de la imagen que el pícaro desea presentar ante la sociedad, para lo cual cambia su ropa por otra en peores condiciones y agrega un Cristo y un rosario; estos dos objetos que el pícaro superpone remiten a la fuerza última que justifica la caridad. El retrato continúa con la simulación de deficiencias físicas -relativamente fácil de realizar-, "Llebaba metidas entrambas piernas en una bolsa de cuero, y liadas, y mis dos muletas" (Quevedo, 1965:249); según deducimos por la lectura de esta obra, así como de otras contemporáneas y los tratados de los escolásticos, esta práctica constituía uno de los principales motivos de la sospecha que recaía sobre estos mendigos. Esta descripción de la imagen que el falso pobre presenta a la sociedad es luego acentuada mediante su discurso "fiado en mi buena prosa", que constituye uno de los recursos más importantes de los picaros, mediante el cual el personaje refiere a la supuesta causa de su penuria: "dalde una limosna al pobre tullido, y lastimado de la mano del señor (...) trabajando en vna viña me trabo mis miembros, que me vi sano, como se veen y se vean, loado sea el señor...". (Quevedo, 1965:249). Es fundamental tener en cuenta, en el marco del conflicto ideológico al que hemos aludido, que el protagonista sostiene haber sido herido cuando trabajaba, lo cual potencia la legitimidad de su condición, en un mecanismo que apela a todos los medios para estimular a quien posee riquezas a desprenderse de ellas en favor del inválido.
En este caso de necesidad vende sus ropas para adquirir harapos y sale a pedir por Dios valiéndose de diversas estrategias discursivas vinculadas a la devoción cristiana, para mover a la caridad. El protagonista y sus pares estudian minuciosamente a sus benefactores para lograr una mayor efectividad en sus plegarias, que adecuan a cada uno de ellos, mostrando la individualización de la limosna, no sólo por parte de quien la recibe, sino también de quien la otorga. Vemos una forma de elección mutua ya que, si quien entrega la limosna elige individualmente quién será el beneficiario, aquel que la demanda encuentra formas particulares de pedirla a los diversos transeúntes (Quevedo, 1965:249 y ss.). El falso pobre se convertiría, por el hecho de ser sano y no merecer asistencia cuando podría subsistir a través de un trabajo, en un estafador. El rico tenía la obligación de entregar parte de su riqueza, pero el incumplimiento de este mandato sólo sería castigado luego de la muerte, en la vida ultraterrena (Maravall, 1987:25). Quien otorga limosna supone entregarla a un hombre incapacitado para trabajar y, mediante esta buena acción, comprar el perdón divino, en el marco de una cosmovisión dominada por la religión cristiana que plantea la salvación eterna como una relación de don y contradón: la limosna que se entrega al pobre en la tierra es retribuida ultraterrenalmente luego de la muerte. Pero como quien la recibe es en realidad un vago y vicioso -según la consideración del autor-, el benefactor no está haciendo más que cooperar con la reproducción de un mal social. En este sentido, los escolásticos plantearon si la buena voluntad de quien se desprende de sus riquezas -aunque inocentemente errado- es suficiente para acercarlo al paraíso (Santolaria Sierra, 2003:91 y 122). Mediante este mecanismo se cuestiona el ocultamiento del pícaro como un acto mucho más grave que quitar el pan al verdaderamente necesitado -físicamente incapacitado, ya que con su accionar también está robando a su benefactor la posibilidad de recibir el perdón divino.9
La estructura de las descripciones sobre la forma que adopta la mendicidad -de cuyos múltiples ejemplos sólo tomamos algunos aquí- se repite a lo largo de varios pasajes de la novela. En primer lugar se hace referencia a la apariencia del pícaro y luego al discurso mediante el cual ejerce el pedido; posteriormente se muestra su efectividad. Veamos como ejemplo la descripción de un pícaro de la Corte: Polanco. La apariencia de este personaje es construida a través de cuatro elementos: "su saco pardo, cruz grande, barba larga postiza, y campanilla". La indumentaria refiere a la pobreza, dada la calidad, estado y tamaño de la prenda. La novela menciona en repetidas ocasiones que debajo del atuendo harapiento, los mendigos esconden vestidos de mayor calidad y mejor estado.10 La cruz implica la referencia al cristianismo y, en este sentido, apela emotivamente a sus valores. Entretanto la barba remite la falsedad de su imagen, ya que no es auténtica. Por último, la campanilla se asocia a los leprosos, grupo cuya enfermedad inspiraba piedad y horror. Este falso mendigo, portando la batería de símbolos visuales antes detallada, pide "diciendo acordaos de la muerte, y hazed bien para las animas". Con este pedido muestra que interiorizó la lógica de reciprocidad contenida en el acto de la limosna, que es un don inmediato y un contrato a largo plazo, constituyendo un concepto clave de una religión de salvación eterna como la cristiana. En esa incorporación de conceptos, imágenes y sintaxis de la Iglesia, el personaje exhibe el marco social urbano de religiosidad que lo había educado, lo cual sugiere el grado en que se había difundido el cristianismo elemental entre el pueblo. Este es un argumento fundamental, ya que imposibilitaba la efectivización de la norma que apuntaba a abandonar la limosna y denunciar al mendigo falso. Inmediatamente se alude al éxito de este reclamo o se introduce el robo como vía alternativa: "y entrauasse en las casas que veia abiertas, si no auia testigos, ni estorbo robaba quanto auia" (Quevedo, 1965:191 y ss). Este marginal fluctúa entre la mendicidad y el robo, lo cual indica su carácter delictivo. Pero de cualquier modo, ¿pedir limosnas siendo un hombre sano no es una forma de robo o estafa? La novela presenta a los marginales como mendigos/ladrones y los estigmatiza, incitando la aversión de los lectores. En este caso su ocultamiento es lo que dispara el temor hacia estos hombres, que pueden ser victimarios de cualquier persona que ignora la situación real. Así, la causa del rechazo respecto a estos sujetos no radica en lo que se sabe de ellos a través de la percepción directa, sino exactamente en lo oculto, que constituye una parte esencial de la trama de la novela.
Debemos tener en cuenta un tercer factor que conduce a la estigmatización: el temor a la propagación. Las Cortes refieren a la expansión de los mendigos como consecuencia del "contagio" de sus conductas, adjudicándoles la responsabilidad de la carestía del reino (Viana Razola, 1805-1829:429). Sin embargo la picaresca se detiene en un examen microsocial de este fenómeno: los mendigos se enseñan entre sí las prácticas para embaucar a sus benefactores. Como una plaga, estos hombres se propagan de manera invisible y, consecuentemente, peligrosa y temible. Este fenómeno se vincula con la asociación que se hacía de los pobres con la transmisión de enfermedades, contexto en el cual el nomadismo resultaba un factor agravante (Maravall, 1987:156).
Como vemos, el protagonista aprende a refinar sus prácticas a partir de la imitación de sus pares. Este elemento apunta a la noción de contagio social a la que aluden los procuradores en las Cortes. Cada mendigo resulta un peligro no sólo por ser él mismo un criminal, sino por la posibilidad de expandir esta plaga. El aprendizaje dentro del ámbito marginal es un tópico en la picaresca, que es funcional a su objetivo didáctico vinculado con la estigmatización de estos hombres, a quienes se supone agrupados en un mundo paralelo que se imagina antagónico a las normas sociales, donde se enseñan las prácticas delictivas. Este aspecto se alinea con otro que también constituye la imaginación negativa de la picaresca sobre estos sujetos: la idea de que los pícaros se insertaban en un grupo oculto. Estos hombres, incrustados en dicha contracultura con su propia cosmovisión y su sistema de valores particular, admiran a quienes se destacan en el ejercicio de sus actividades, a los mejores farsantes, como aquel que Estaua riquísimo, y era como nuestro Retor, ganaba mas que todos, tenia vna potra muy grande, y atauasse con vn cordel el brazo por arriba, y parecia que tenia hinchada la mano, y manca y calentura y todo junto. Poniasse echado boca arriba en su puesto, y con la potra defuera tan grande como vna bola de puente. (Quevedo, 1965:249 y ss)
Lo más destacado de este mendigo es su destreza discursiva, principal recurso del Buscón. Dentro del grupo de pícaros, aquellos con más habilidades consiguen cierto poder, pues la admiración y respeto de sus pares les otorgan un liderazgo carismático. El vínculo que establecen estos personajes fluctúa entre la competencia y la cooperación y ambas relaciones conducen a la expansión de sus conductas; en primer lugar, la relación competitiva implica la necesidad de perfeccionar las estrategias que ponen en práctica para sobrevivir, a través de la creatividad o la imitación; por ejemplo, el mendigo novato aprende a partir de la observación de "vn moceton mal encarado manco de los brazos y con vna pierna menos, que me rondaba las mismas calles, en vn carreton" (Quevedo, 1965:250). La efectividad de este sujeto reside en su forma de rogar aludiendo a las imágenes cristianas:

...decia con voz ronca rematando en chillido Acordaos sieruos de JesuCristo del castigado del Señor por sus peccados, dalde al pobre lo que Dios reciua. Y añadia por el buen Jesu. y ganaba que era vn juicio. Yo aduerti, y no dixe mas Jesus sino quitabale la S. y mouia a mas deuocion. (Quevedo, 1965:251)

La observación del pícaro-narrador resulta una mediación para la exposición de las suposiciones del hombre integrado, el escritor. Así, la imitación de un mendigo por el otro resulta en una doble observación: 1) los mendigos son falsos; 2) su falsedad es imitada y reproducida. En este contexto debemos encuadrar la acusación de que miente con la limosna, que entra en la misma lógica religiosa, en la medida en que es un engaño a la práctica de la caridad cristiana.11
La relación competitiva entre los hombres que se disputan la beneficencia es descripta en un episodio en que un pícaro trata de apropiarse del estipendio por sobre sus pares, encontramos una reacción cooperativa de defensa grupal que se activa cuando uno de ellos quiere sobrepasar la cantidad estipulada para cada uno. Este exceso, que si beneficia a uno, daña a los otros que cuentan con menos en la distribución, es característico de los gremios. Según la novela los marginales regulan sus prácticas mediante sistemas de disciplinamiento interno que sirven para garantizar la subsistencia del conjunto.12 La cooperación entre los pícaros también se expresa en la enseñanza de las diversas "artes" del gremio. El protagonista aprende rápidamente -en un mes- de sus pares los falsos mendigos, distintas formas de hurtar, o lo que es lo mismo, conseguir una limosna que no le corresponde (Quevedo, 1965:191); esto refiere a la posible velocidad de propagación de este mal social, a partir de la oculta -y en tanto que oculta, incontrolable- socialización de estos hombres.13 La forma de nombrar la expansión de esta plaga es semánticamente comparable con la noción de contagio de la enfermedad, en tanto es involuntario y silencioso; según vemos en los "avisos" de A. Liñán y Verdugo, el contacto con el hampa puede conllevar la degeneración de quien lo frecuente, lo cual puede ocurrir de una manera no intencionada, escapando a la voluntad de quien incurra en ello. En este sentido, encontramos alguna similitud con la demonología, no sólo en la comparación de quiénes pueden ser víctimas de los maleficios de las brujas así como de los engaños de los pícaros (toda la población), sino también a partir de la pasividad de quien puede caer en este mal: así como los poseídos son habitados por el diablo en un trance que escapa a su voluntad, los "avisos" describen algunos casos de mujeres que de modo inocente caen en los engaños de los pícaros sin poder posteriormente reintegrarse a su entorno social.
Varios capítulos de la novela están dedicados a describir la vida pícara en la Corte, prototipo que también es recurrente en el género, que retrata una práctica habitual. La convivencia entre quienes encarnaban el poder y aquellos que quedaban por fuera de él14 era problemática, según constatamos en las Cortes.15 La existencia de un número elevado de marginales en este espacio conlleva la suposición de que se agruparan en una cofradía.16 Varios aspectos de la dinámica grupal tienen características similares a este tipo de organizaciones de la sociedad corporativa que enmarca a la obra.
La novela hace referencia al habla en germanía entre los pícaros dentro de dicho espacio (Quevedo, 1965:164). La existencia de un lenguaje propio del grupo muestra que se trataría de una subcultura particular que tenía su propia cosmovisión y una lengua para expresarla, además de comunicarse las artes y los secretos como en un gremio.17 La existencia de códigos propios, mediante los cuales los marginales representan su propia visión del mundo y la comunican de manera secreta, otorga un sentido de pertenencia a los miembros de esta contracultura. La funcionalidad de la jerga reside en su carácter críptico, sólo comprensible para los delincuentes, posibilitando la comunicación hermética entre ellos. La existencia de este lenguaje otorga a sus hablantes un aspecto aun más peligroso, ya que es indicativa de la consolidación de este sector como una subcultura particular que conspira contra la sociedad.18 Estos códigos son utilizados para organizar y comunicar los distintos artificios que los miembros del grupo accionan contra el resto de la población cuando abandonan este espacio y están diseminados en la sociedad.
El grupo tendría, como indicamos anteriormente, otras características comunes con los gremios. Cuando ingresa en el "colegio buscón", Pablos entrega su dinero, que pasa a ser administrado de manera común, y se le otorgan ropas adecuadas a su trabajo (harapos de pobre). Los mendigos se dividen la ciudad en diócesis para proceder de manera ordenada y así no superponerse, consiguiendo un mayor beneficio por esta buena administración.19 Por otro lado también constatamos la idea de la iniciación y su prueba, pues al novato se lo envía a pedir en soledad a una "diócesis" de la ciudad -según la categorización de la cofradía-, para que "el solo busque y apolille" (Quevedo, 1965:171). Varios autores han interpretado este tipo de descripciones, que representan al mundo marginal como una contracultura organizada, sin inquirir sobre qué grado de verosimilitud hay en ellas, aunque es cuestionable la posibilidad de que existieran realmente dichos grupos. En este sentido hay dos aspectos sobre los cuales debemos reflexionar: en primer lugar observamos que las descripciones de estos grupos por parte de la literatura se reproducen en tiempos y lugares relativamente distantes de un modo similar, lo cual provoca la duda sobre su veracidad; en segundo término, los marginales establecen con el resto de la sociedad una relación de engaño y traición permanentes, trato que refractan en los vínculos que establecen entre pares, lo cual imposibilita los lazos estables entre ellos. En este sentido coincidimos con la propuesta de J.A. Maravall, quien postula que, en tanto el pícaro se aísla de manera individual, no está ligado a los grupos de delincuentes. Según el autor, el planteamiento de la soledad radical del pícaro anula la idea del pandillaje, idea que niega la posibilidad de existencia de un grupo esotérico que formara su propio argot (Maravall, 1987:57 y 316). Este aspecto no es tenido en cuenta habitualmente, por ello debemos considerar las relaciones entre marginales expuestas en La vida de Lazarillo de Tormes: el pícaro es un personaje solitario que encuentra compañeros ocasionales con quienes no establece relaciones duraderas, sino que preponderan la traición y la deslealtad.
Finalmente, encontramos la referencia a la peligrosidad de estos marginales a través de la descripción de la imposibilidad de efectivizar el control sobre ellos. El poder político intenta, tal como vimos en las Cortes, regular la vida y las conductas de estos hombres; pero esta voluntad es contrariada ya que la existencia de estos marginales encarna una lógica diferente de aquella a partir de la cual se maduran las normas y se pretende la efectivización del poder, por medio de la fijación espacial, suponiendo una sociedad sedentaria y corporativa, pero estos postulados son contrariados por los marginales que aquí nos ocupan.20 De ahí que, ante la imposibilidad de su subsunción al trabajo, se pretenda instalarlos en las comunidades, intención que tampoco resulta efectiva. La novela exhibe minuciosamente las causas de la ineficiencia de estas regulaciones; los pícaros saben eludir ese poder a través de su capacidad de evasión y adaptación adecuada a las circunstancias, consiguiendo incluso hacer uso de la caridad institucionalizada. En la Corte vemos a un pícaro que esgrime "vna carta con la qual diciendo, que era licencia para pedir para vna pobre" (Quevedo, 1965:164), demostrando la ineficacia de la autoridad para regular la mendicidad con el sistema de cédulas.
Otro motivo que imposibilita el control sobre estos hombres radica en la complicidad de los oficiales y verdugos hacia los pícaros.21 Estando Pablos en lo de su tío, entra "vno de los que piden por las animas" (Quevedo, 1965:136). Este personaje es evidentemente uno de los azotados, y menciona cierta negociación: "quatro ducados di yo a Flechilla, verdugo de Ocaña (...) por que no lleuasse la penca de tres suelas, quando me palmearon" (Quevedo, 1965:137). En este pasaje vemos cómo la aplicación de la norma falla por la negligencia de sus ejecutores, que tampoco temen ser penados por ello, lo cual sugiere la pervivencia de los mendigos gracias a la complicidad de los oficiales. En el caso de los verdugos observamos una colaboración consciente y decidida con los pícaros, lo cual pone en tensión la idea de un rechazo generalizado.22 Si bien la intención del autor es demostrar la segregación de los marginales, consideramos que a lo largo de la obra se trasluce la posibilidad de supervivencia del pícaro a través de su inserción en la sociedad de manera individual.

Conclusión

En este trabajo analizamos El Buscón como un ejemplo de la estigmatización de los mendigos. El supuesto que encontramos en la novela se basa en la idea de que estos hombres son sanos y jóvenes, esto es, aptos para el trabajo corporal. A partir de ahí se especula sobre diversas simulaciones que ellos pondrían en práctica para engañar a quienes pudieran darles limosnas. Estas estrategias se basan fundamentalmente en la imagen de los mendigos, retrato compuesto por su atuendo, al cual se le otorgan extensas descripciones, y por las diversas deficiencias físicas -renguera, manquedad, llagas, etc.- que simulan mediante variados trucos. Los pícaros refuerzan esta apariencia a través de su expresión verbal, con la cual piden por amor a Dios, la Virgen o los santos, así como aludiendo a su pasado como trabajadores y a su incapacidad para seguir viviendo como tales en el momento en que requieren dádivas. Los marginales hacen un uso profano de la iglesia, utilizando este espacio físico para hurtar, estafar o seducir al resto de la población cristiana, así como robarle a los ministros a través de la caridad que no merecen. Del mismo modo, usan de la sintaxis evangélica para adquirir su sustento. La manipulación del discurso religioso con fines profanos, la apelación malintencionada a la devoción ajena para torcer las voluntades en pos de vivir disolutamente, convierte su simulacro especulativo en un crimen aun más grave, pues además de la estafa, encontramos la profanación de los valores cristianos para arribar a fines antagónicos a los que la institución eclesiástica profesa, causando así daño al reino y la cristiandad. A partir de esto podríamos suponer que el autor apunta a la necesidad de extraer de los organismos religiosos la administración de la limosna. Sin embargo, como vimos en otros pasajes, también demuestra las falencias del poder político para su regulación. De este modo, encontramos que la novela expone cómo estos hombres consiguen evadir todo tipo de control y cómo, finalmente, la supervivencia de estos viciosos es responsabilidad de las personas socialmente integradas, mientras se hace alusión a su peligrosidad. Por eso consideramos que esta es una obra que pretende predisponer a los lectores contra los mendigos, mostrando que detrás de su aspecto simulado esconden un submundo extremadamente nocivo para el reino.23 Esta idea se repite a lo largo de otras novelas del mismo género, cuyas descripciones son relativamente parecidas. La similitud de la imagen presentada por los textos, a los que hay que sumar obras de otras regiones de Europa, puede provocar la duda sobre su veracidad.24 Debemos tener en cuenta que estas obras tenían un objetivo didáctico -que se efectivizaría a través de la exhibición del reverso de lo que era esperable socialmente-, pero no menor es su perfil condenatorio. Aquí exploramos la posibilidad de pensar que se trata una literatura propagandística que se presenta en apoyo de la segregación y persecución de los vagabundos apelando al miedo; para construir la estigmatización de un sector que funciona como chivo expiatorio, haciéndolo encarnación de los problemas de la sociedad, refiriendo a su peligrosidad.25
Varias suposiciones sobre este tipo de marginales encuentran cierto paralelismo con las sospechas que recaen sobre otros grupos segregados -y acusados de crímenes imaginarios- durante la modernidad europea (Delumeau, 1989). La novela picaresca pone en guardia a los lectores sobre la peligrosidad de los mendigos a través del minucioso retrato individual: son difamados como estafadores, burladores de mujeres, hechiceras, ladrones y, nuevamente en referencia a su pobreza fingida, de embaucar a quienes les otorgan las limosnas, pues quien la entrega supone -a partir de su percepción inmediata y visual- estar beneficiando a una persona que no es lo que parece. Si la caridad con el necesitado era una obra de bien, no lo era mantener a un "vicioso".26 Así, se los imagina dañando individual y sigilosamente a la población, tanto de manera directa sobre sus víctimas o benefactores como de modo general, "estos reynos", según indican las Cortes.
La imagen atemorizadora es construida también a partir de la idea de un grupo oculto que tiene sus propios códigos -que se supone que representan el reverso de las normas sociales-, en el cual se inventan, organizan y comunican los distintos artificios que utilizan contra el resto de la población cuando los pícaros abandonan este espacio y están diseminados en la sociedad.27 Justamente su incrustación epidérmica en el cuerpo social es lo que les permite actuar, ya que no son excluidos absolutos. La imagen construida sobre las posibles acciones de estos hombres es extensa y se asienta en la contradicción de los valores aceptados socialmente. Se los supone enfermizamente ambiciosos y mezquinos, sujetos que pueden acumular grandes riquezas a partir de la limosna y otras actividades de rapiña sin, a pesar de ello, dejar de practicarlas. Se les imputan aberraciones como lastimar sus cuerpos y los de sus hijos u otros niños para generar compasión.28
Los mendigos, como vemos en la novela, deben mostrar una licencia para pedir como pobres -normativa que en la obra también es burlada por un pícaro-, este mecanismo se instauró como consecuencia de la duda sobre la veracidad de la pobreza de los limosneros, esto es, de que estuviesen incapacitados para trabajar. Esta desconfianza nos conduce a la presunción de culpabilidad del mendigo de ser un falso pobre a priori.
Por último, el grupo cuenta con sus propios códigos semánticos y de comunicación mediante los cuales los marginales representan su propia visión del mundo y la comunican de manera secreta, lengua cuyo conocimiento, además, otorga un sentido de pertenencia a los miembros de esta contracultura. La existencia de este lenguaje otorga a sus hablantes un aspecto aun más peligroso, ya que es indicativa de la consolidación de este sector como una subcultura particular que conspira contra la sociedad.
Esta imagen construida en El Buscón se reitera en otras novelas picarescas, cuyos autores también recurren a este tipo de retratos que pretenden incitar al temor de la sociedad frente al accionar organizado y oculto de un grupo del cual todos pueden ser víctimas debido a su carácter secreto. La misma imagen es reproducida por otro tipo de textos, como los "avisos" que, a través de diversos casos que se someten a análisis, presentan historias muy similares a las de la picaresca (Liñán y Verdugo, 1980). Los escolásticos, en los tratados mediante los cuales debaten sobre el derecho a la limosna por parte de los pobres, imputan a los mendigos algunas prácticas y vicios que se mencionan en la picaresca (Santolaria Sierra, 2003).
Debido a todo lo expuesto nos vemos obligados a cuestionarnos ópticas tan uniformes. La narrativa es una fuente de destacado interés porque plantea la necesidad de deslindar qué descripciones corresponden a la realidad, cuáles son determinadas por los recursos literarios y qué observaciones dependen de la subjetividad del autor -que responde asimismo a la demanda de un público lector y al interés de un mecenas.
Si consideramos que la imagen se repite no sólo en la narrativa sino también en otro tipo de escritos, en primera instancia podemos creer que aquello que leemos se corresponde con la realidad. Sin embargo, justamente la similitud de estas imaginaciones, no sólo en las fuentes españolas sino también en las europeas puede sugerir lo contrario. ¿Es posible que las prácticas de los mendigos se repitan casi idénticas en lugares alejados e incluso en tiempos relativamente distantes? Entonces, esta imagen puede haber sido creada por los propios perseguidores, basada en parte en prácticas reales, pero cuya tipologización -vale decir, la construcción de un modelo de enemigo del orden social- es necesaria para estigmatizar a este sector de la población cuando se convierte en un problema por su dimensión y por la imposibilidad de erradicarlo.29
Esta marginalización y condena basadas en la suposición de un complot oculto con fines maléficos, tienen puntos de contacto con la persecución de las brujas durante la temprana modernidad, pues se trataba de personas que eran acusadas también de aparentar algo diferente de lo que realmente eran, para así poder hacer el mal guiadas por el diablo. También podemos pensar en las ideas sobre el complot de los judíos para envenenar aguas, etc. En el primer caso, la maldad escapa a la voluntad del ejecutor, que es guiado por una fuerza superior (el demonio); en el segundo el motor de la marginación es religioso (una característica heredada familiarmente), pero a partir de eso se supone la conspiración con el fin de, por un lado culparlos del crimen y por otro despertar el miedo en el resto de la población (Ginzburg, 1991:73 y 74). Esto los diferencia de los marginales que aquí estudiamos, que por su propia voluntad deciden volcarse a esta forma de vida.30
Los mendigos son marginados a partir del hecho de