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Olivar

versão On-line ISSN 1852-4478

Olivar vol.12 no.15 La Plata jan./jun. 2011

 

RESEÑAS

Marcela Romano, Revoluciones diminutas. La "otra sentimentalidad" en Álvaro Salvador y Javier Egea, Mar de Plata: Eudem, 2009, 131 pp.

Lola Juan

Univesitat de les Islles Balears

Marcela Romano (Buenos Aires, 1959), profesora de Literatura y Cultura Españolas en la Universidad de Mar de Plata e investigadora imprescindible de la poesía española de la segunda mitad del siglo XX, ha orientando sus estudios en dos líneas básicas de investigación: el grupo del 50, del que destacan disertaciones sobre José Ángel Valente, Ángel González, Francisco Brines y el resto de sus principales figuras; y la "canción de autor", donde Juan Manuel Serrat, Joaquín Sabina y puntuales acercamientos a la canción popular argentina han propiciado interesantes análisis sobre las vinculaciones teóricas de aquellos textos con la poesía tradicional. Destacan en su haber las publicaciones Imaginarios re (des) encontrados. Poéticas de José Ángel Valente (2002), Almas en borrador (sobre la poesía de Ángel González y Jaime Gil de Biedma) (2003) y la edición del volumen colectivo Lo vivo lejano. Poéticas españolas en diálogo con la tradición (2009) así como colaboraciones en numerosas revistas especializadas como Ínsula, Revista de estudios hispánicos o Cuadernos para la investigación de la literatura hispánica, por mencionar tan sólo algunas. Revoluciones diminutas, publicado en 2009, es su nueva entrega teórica, necesaria y útil en el marco científico de los estudios sobre la poesía española de la década de los 80.
Reflexión obligada -y paso previo al análisis y descripción del contenido- es el título del libro: Revoluciones diminutas. La "otra sentimentalidad" en Álvaro Salvador y Javier Egea. El subtítulo sitúa inequívocamente al lector en un espacio literario e histórico concreto: Granada, en las dos últimas décadas del siglo XX. Así, el lector conocedor de la poesía española contemporánea sabe que las páginas que tiene entre sus manos están dedicadas a dos de los tres fundadores del mítico grupo granadino la "otra sentimentalidad" cuyo nacimiento -recuérdense aquí los manifiestos y los poemas difundidos desde Los pliegos de Barataria- no dejó de justificarse sino en "una creciente autoconciencia de diferenciación respecto a las poéticas reinantes" (12). Sin embargo, tan sólo al leer el sintagma antepuesto a la coletilla aclaratoria, el verdadero y fiel seguidor de los versos de estos poetas sentirá una satisfacción instintiva, de segura consolidación a medida que se avance en la lectura: "revoluciones diminutas" hace referencia a un verso del imprescindible Paseo de los tristes de Javier Egea. En el guiño no sólo aparece condensada la evolución de su poesía, sino también la continua dialéctica existencial que en algún momento llegó a ser centro gravitante de la filosofía e ideario poético del grupo. Los versos, que merece la pena transcribir, se recuperan asimismo -sólo los tres últimos- en una de las dos citas inaugurales del volumen: "No sólo soy, me siento muy distinto/ y cuando avanzo/ ella se asoma al ventanal del horizonte/ como una diminuta revolución/ o un sueño". La otra cita, esencial también -"del Amor nada sé, sólo conozco/ el cuerpo de mi amada"-, pertenece al poema "La Gacela del joven ignorante" de Álvaro Salvador y actúa, junto con la mencionada líneas atrás, a modo de umbral -acogedor y honesto- para todo aquel que se adentra en la lectura de las páginas.
Revoluciones diminutas. La "otra sentimentalidad" en Álvaro Salvador y Javier Egea está dividido en cinco partes, concentradas en ofrecer un sólido acercamiento a las poéticas de ambos autores y a las principales líneas de su producción en lo que a la temática amorosa respecta.
La introducción opera como espacio contextualizador donde quedan expuestos los presupuestos teóricos, ubicados en su correspondiente marco referencial y situados en la línea de su particular tradición, acertadamente armonizados con los testimonios directos de aquellos que fueron personajes esenciales del grupo como el tercer poeta-artífice Luís García Montero, el maestro y guía Juan Carlos Rodríguez o el propio Álvaro Salvador, de cuyas aportaciones teóricas se extrae el máximo partido. Las diez páginas dedicadas a la introducción son la antepuerta perfecta al análisis detenido en "las modulaciones de un proyecto que descubrió, en sus aporías y desde la inquieta costumbre de la (auto) interpelación, tanto la apertura radical de sus horizontes como sus propios límites" (21), premisa y eje en la estructura del libro.
Avanzando en su lectura, el lector se encuentra sin más preámbulos ante la primera sección del libro. Los títulos, a modo de candil, lo guían por las páginas del análisis técnica y teóricamente impecable; así, el capítulo "Conversaciones poéticas" -título-homenaje que evoca, por una parte, las tan recientemente recuperadas Conversaciones Poéticas de Formentor inauguradas a finales de los 50 por iniciativa de Cela y, por otra, al poema homónimo de Jaime Gil de Biedma-, incluye dos secciones dedicadas al estudio de los textos autorreferenciales en los que cada poeta "desde la misma actividad poética" reflexiona acerca "de sus principios constructivos, el montaje de sus materiales, las pleitesías y/o disputas establecidas con el propio sistema y el campo intelectual" (25). El logro del capítulo es presentar de forma equilibrada dos perspectivas dispares pero a la vez integradas en la idea grupal que representó la "otra sentimentalidad". De Álvaro Salvador se destaca su "voluntad persistente y perceptible de reflexionar sobre el hecho poético", subrayando su sólida formación académica y la convivencia aún hoy de ésta con su oficio de creador-poeta; por otro lado, de Javier Egea, alejado de los círculos universitarios, se analiza una poesía en la que, opuestamente, escasean las reflexiones metapoéticas, llegando la información, sin embargo, desde una fuente no menos cierta y poderosa que los propios versos o los presupuestos teóricos: "su propia figura de escritor [que] se vuelve preeminente y deslumbra por encima de todos sus compañeros de promoción como otro 'texto' que ilumina su forma de pensar (y sobre todo, de vivir), la poesía" (26).
La primera de las partes que integran el capítulo primero, "Álvaro Salvador: la experiencia de las palabras" presenta su contenido en tres estadios: "Los cuerpos poéticos", "Un hermoso artificio" y "El otro, el mismo". "Los cuerpos poéticos" está dedicado extensamente al análisis de su primer poemario Las cortezas del fruto, por ser, de acuerdo con la autora, el lugar donde "resuenan los matizados acordes" de la poética de Salvador, de quien se reconoce su intervención transgresora frente las teorías del momento y ante al lenguaje poético tradicional en una reivindicación de su sentido histórico. No descuida Romano títulos fundamentales para su propósito como Tristia -y su poema proemial-, El agua de Noviembre, La condición del personaje y Ahora, todavía donde la tensión provocativa que se establece entre poeta y obra -no sólo la suya, sino todas las que conforman la tradición literaria- y entre poeta y lector, es una de las claves estructurales de su propuesta artística: el ejercicio de distanciamiento poético y la elección de una tradición plural. "Un hermoso artificio" por su parte, analiza el intento de conciliar "con equilibrio inusual reconocimiento y extrañamiento para pensar [poéticamente] la vida". Destaca la idea que recorre la poesía de Salvador o mejor, la que es la clave de su personaje poético: el concepto de "impostor" que camina en pos de la armonía entre dos cuestiones básicas de la poesía de los ochenta: "la verdad de la literatura, la mentira de la vida". La idea continúa desarrollándose en la última sección "El otro, el mismo" donde la conciencia autocrítica del poeta dirige la reflexión hacia derroteros rupturistas con su propia obra y con la tradición desde la conciencia de la historicidad del discurso poético para acabar reconociendo su pertenencia a la "felizmente heteroglósica familia de los poetas de la experiencia" desde donde sus poemas, sin embargo, no dejan, como perspicazmente señala Romano, de acechar desde la calma.
La segunda y parte final del primer capítulo se dedica a Javier Egea, por quien la autora parece sentir especial debilidad. "Javier Egea: la intención y la tensión" se divide en "La vida en la poesía" y "Otro romanticismo" y resulta ser el espacio reservado para detectar las primeras intertextualidades que se reconocen en la poesía del granadino. Sobre Egea -descritas las influencias clásicas (Garcilaso, Bécquer, Herrera) que después abandonará en aras de un estilo personalísimo y desasosegante-, Romano escribe que es "un 'otro' entre los 'otros'". En este punto la autora reconoce sus "vacilaciones" al encuadrar al poeta en un grupo de plena autoconciencia como fue "La otra sentimentalidad" puesto que se trata de lidiar con una poesía que "se escribe desde el centro pero se lee en los márgenes". Como se viene anunciando, "La vida en la poesía" describe sucintamente la evolución intertextual que se reconoce en la obra de Egea, desde el clasicismo del poeta novel a los versos militantes posteriores en que la influencia de Lorca, Pavese o Alberti puede reconocerse. Finalmente, "Otro romanticismo" inteligentemente ubicado en el conjunto del libro como transición temática, habla -desvelando sus cartas en escogidos textos autorreferenciales- de un Javier Egea en plena madurez creativa y embarcado "en un 'viaje' (literal y poético) en todo personal, hacia una nueva 'conciencia' poética superadora de los engaños del 'inconsciente ideológico' heredado de su imaginario burgués de clase" (51).
El Capítulo "Razones de amor" dedica sus páginas al análisis de "la escritura de la intimidad (la intimidad amorosa, en este caso)" orientada siempre hacia una sentimentalidad distinta -la "otra"- que actúa como complemento de la sección anterior en una búsqueda de definición global y sólida de los paradigmas poéticos del grupo granadino. Se divide igualmente en dos subcapítulos, simétricos en contenido y extensión. El primero está dedicado a Álvaro Salvador y lo titula "Álvaro Salvador: las imposturas de la intimidad". Se disecciona a su vez en "Palabras de familia" -donde se estudia la influencia que la tradición ha ejercido en la poesía amorosa del poeta y se desvelan las claves de un nuevo modo de pensar y poetizar el sentimiento- y "Prontuario de un impostor", segunda parte, en que se retoma la idea del personaje poético escindido "entre la vida y la escritura de la vida" como protagonista de los versos para acabar concluyendo que "En este círculo paradójico y por lo mismo indecidible la tradición y la impostura vienen a confirmar, en la poética amorosa de Álvaro Salvador, una voluntad pero también un límite: ser poeta o ser poema" (86).
A Javier Egea se le dedica la última de las partes del estudio: "Javier Egea: los pasos del cazador" -reminiscencias claras aquí de José Agustín Goytisolo- donde interesa el análisis del sujeto en estos versos, "un personaje erguido y solo" que sin embargo "nos tienta a ir detrás del propio autor". "Trabajos de día", la primera subsección es un recorrido diacrónico por sus obras y por el imaginario amoroso que las transita: sensorialidad (el cuerpo como protagonista) y compromiso van abriéndose paso, dejando atrás un modelo poético pautado por influencias externas. Finalmente, en "De noche, dolor", tras el análisis de los tres últimos poemarios de Egea y de la imagen de travesía vinculada al amor y a la intimidad del poeta, se llega a la conclusión de que, en su tensión continua por definirse, Egea acaba haciendo visible "'otro' amor, seguramente el fundamental de su trayecto poético: el amor por el lenguaje, la lealtad a una belleza contradictoria, a veces cruel, pero siempre indispensable" (116).
Finalmente, la parada última del libro, la coda, es el colofón perfecto a las 116 páginas precedentes. En ella se resume la esencia de ambas poéticas y de la poesía del amor que no es otra que la conciencia de la provisionalidad, "maravillosa enseñanza machadiana que acepta lo relativo como fe de vida" (119), premisa que, por otra parte, no deja de intuirse a lo largo de las páginas del libro de Marcela Romano.
Es justo, en otro orden de cosas y antes de dar por concluida esta breve reseña, hacer mención a la sección bibliográfica, compendio esencial de la bibliografía "clásica" sobre el período y los autores y las últimas novedades en el asunto, guía imprescindible pues, para todo aquellos interesados en la producción poética española de los 80.
La reflexión de Romano en torno a las poéticas de Salvador y Egea viene punteada de constantes análisis y referencias a los textos de ambos y precisamente sobre esa trama urde la autora un estudio minucioso que aúna el rigor interpretativo con una lectura entusiasta. Por otra parte, la acertada elección de los textos queda patente desde su mismísimo inicio, primero, con las dos citas de apertura y las que inauguran los dos capítulos centrales (García Montero, Brecht, Sor Juana Inés, Gil Vicente) y segundo, con la incorporación progresiva de los versos de los poetas en una selección rigurosa y lograda, en la que no se abandona la premisa básica de que su propuesta gira en torno a una "conversación necesaria acerca de los alcances y los límites de la palabra poética" y de "la relatividad con la que somos escritos, leídos, amados" (120). Marcela Romano, en definitiva, resuelve con talento la presentación de unos presupuestos de precisada revisión, y hace alarde de un dominio de las estructuras poéticas de la tradición literaria y de los nuevos tiempos, hallando las palabras justas en el momento preciso, aunque al fin y al cabo, "las palabras entonces hacen lo que pueden: ni Revelación ni Revolución. Apenas unas próximas, ciertas, entrañables revoluciones diminutas".