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Olivar

versão On-line ISSN 1852-4478

Olivar vol.12 no.15 La Plata jan./jun. 2011

 

RESEÑAS

Joan Oleza, La vida infidel d'un Arlequí, Pagès Editors: Lleida, 2009, 311 pp.

María Rosell

Universitat de València

A lo largo del gran arco temporal que trazan La mansión roja y La vida infidel d'un Arlequí, primera y última novelas, respectivamente, de Joan Oleza, el autor ha ido narrando los procesos de transformación del imaginario colectivo español, desde el ámbito más autóctono y particular, hasta el más europeo y universal.
De las novelas clásicas de recreación histórica, sus escritos han asimilado el hecho de que los grandes relatos se cuentan mejor a través de las vidas privadas de los individuos que las recorren. No sólo los héroes actuales han traducido al lenguaje de nuestros días la épica del yo romántico; hoy también hay terreno literario para las peripecias de los espíritus medianos, que ayudan a los más aventajados a hacer historia. Éste es el caso de La vida infidel d'un Arlequí, del hispanista Joan Oleza (Palma de Mallorca 1946), que retoma la poética de las narraciones sobre sucesos sociopolíticos, ahora protagonizados por lo que podríamos llamar un individuo sin atributos, Ramon Descós.
Movido por una voluntad ética y estética, Oleza va desentrañando en el libro las claves interpretativas de un período reciente de la historia española a través del seguimiento -empapado de ironía y humor negro- de una amplia gama de personajes envueltos en la difícil gestión de los espacios públicos y privados.
La posición de Oleza para ofrecer una visión propia de los principales affairs que se suceden, aproximadamente, desde mayo del 68 hasta los últimos coletazos del gobierno de Felipe González, es privilegiada: como persona situada en la vanguardia cultural y política en unas décadas decisivas, ha sido capaz de reelaborar en materia novelesca algunos de los asuntos que han sacudido a nuestra sociedad, en los cuáles ha actuado como espectador y parte implicada a la vez.
Mediante el discurso polifónico de Ramon Descós y de su hija Marcel·la -que luchan por seducirnos en cada capítulo con voces enfrentadas y contradictorias- el lector asiste a un universo caleidoscópico de verdades escurridizas que el autor se encarga de ir dejando por el camino para que las sigamos y podamos salir indemnes del laberinto emocional al que nos lanzan. Se trata de poner en marcha un plan de identidades estratégicas con las que apoderarse de unas vidas que escapan cada vez más a su propio control.
Ramon Descós, por una parte -desprovisto de los atributos de antiguo triunfador de las altas esferas del periodismo y la política- aparece como un personaje vacío de ideales utópicos, forzado a elaborar mecanismos de readaptación a un medio hostil donde ya no hay lugar para la fidelidad entendida a la manera clásica. Con la joven Marcel·la, por otra parte, se revela un camino iniciático que puede conducir tanto a la emancipación de un mundo heredado, como a un inminente descenso a los infiernos.
Parece que estos procesos, con los que viajamos al back stage de la historia reciente, muestran paralelismos con la trayectoria del autor, reinventado en cada una de sus novelas, que, como él, han evolucionado con los tiempos.
En este sentido, la experimental La mansión roja (1979) daba paso a Tots els jocs de tots els jugadors (1981) y, con ella, a otro experimento arriesgado: la autotraducción y versión en castellano de ésta con el título Cuerpo de transición (1992). En todas ellas, como en la última, se aprecia la insistencia sobre notas dominantes: la presencia poderosa del paisaje y la arquitectura, la evocación mítico-poética de un mundo personal, y la encrucijada de las relaciones humanas vista desde la perplejidad.
Por todo esto, tanto para los estudios literarios, como desde una perspectiva interdisciplinar, la aportación del escritor merece, hoy más que nunca, ser abordada. En primer lugar, porque La mansión roja es una novela inaugural en la que se funda la cosmovisión de un escritor que, en 1971, abandona forzosamente, por motivos políticos, la ciudad española de Valencia y comienza un periplo nórdico: una etapa personal y académica como profesor de literatura en Dinamarca, desde donde redacta, en 1973, su ópera prima, de la que la crítica ha destacado un tipo de búsqueda representativa de las derivas literarias peninsulares durante los últimos años setenta, en la línea de la "novela alucinada" definida por Pablo Gil Casado.
Por otra parte, había en su escritura rasgos que ejemplifican la vertiente menos individual y más colectiva del libro, que refleja marcas de identidad generacional, al estar profundamente comprometido con las vías que se abrían a los nuevos narradores, mientras el país se debatía entre el franquismo agónico y una democracia que comenzaba a gatear; pero también entre un modelo de realismo agotado y las propuestas que algunos han calificado de deshumanizadas.
La novela era, pues, el resultado de un momento cultural muy particular: el de una década contradictoria vivida desde una inquietud no disimulada por el novelista, que nos transportaba al clima literario y, sobre todo, ideológico, social y político, de un País Valenciano convulso por el debate candente sobre la complicada coexistencia de distintas lenguas literarias en un único territorio.
En el sentido de lo apuntado, La mansión roja surgía de un contexto en que los novísimos demostraban una atención dominante por la materia estilística de los textos, por los valores compositivos de los relatos y los poemas. Sin embargo, a pesar de estas notas epocales, Joan Oleza tenía compromisos artísticos y humanos de diferente tipo y, en consecuencia, evoluciona hacia otras propuestas más próximas al lector y a la trama argumental, como se puede observar rastreando su obra hasta llegar a La vida infidel d'un Arlequí, aparecida treinta años después, y de la que próximamente se publicará una versión en español.
Una mirada panorámica de su escritura permite, pues, concluir que La vida infidel d'un Arlequí concentra los grandes topoi que han ido preocupando a Joan Oleza: en primer lugar, el poder evocador de una gran casa familiar -la finca natal mallorquina-; en segundo lugar, las diversas geografías tienen en común estar pobladas por personajes femeninos de imponente presencia: mujeres de trayectoria biográfica poco convencional que atraen como imanes a los individuos que quedan atrapados en su campo magnético. Son, en conjunto, personajes autosuficientes y cosmopolitas: Marcel·la, en La vida infidel d'un Arlequí, es una joven que se ha formado en Europa, y es heredera de las bellas Sigurd y Gudrum, de La mansión roja, -prefiguradas como deidades nórdicas que dominan el universo de Ulriksholm, donde su libertad de costumbres contrasta con el bagaje moral y cultural del protagonista masculino, y mediterráneo, narrador de su propia historia.
En efecto, La vida infidel d'un Arlequí es una novela en la que las ciudades europeas -ciudades "de novela"- permiten a los ciudadanos que las habitan experimentar con mayor libertad y librarse de convencionalismos y ataduras, en unos ambientes que, a pesar de su empeño, desvanecerá la memoria cuando traten de reconstruirlos.
A través de sus personajes, en La vida infidel d'un Arlequí, Oleza se cuestiona sobre las posibilidades de novelar la biografía, y sobre la función de un narrador que descubre el juego de imponerse o de disolverse en el paisaje emocional de sus personajes. Un paisaje natural, pero también urbano, siempre tamizado por el filtro del arte, por la visión artística de la vida.
En conclusión, Joan Oleza se afirma en modelos literarios que presentan el nexo de los grandes mitos personales, por un lado, y el de la hibridez genérica, por otro: modelos que conjugan elementos de la lírica, la novela histórica de actualidad, la autoficción y la metaficción, y en los que se cuestiona tanto el pasado reciente como la nueva condición de ciudadanos en la sociedad global.