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Revista de la Asociación Argentina de Ortopedia y Traumatología

versión On-line ISSN 1852-7434

Rev. Asoc. Argent. Ortop. Traumatol. v.74 n.2 Ciudad Autónoma de Buenos Aires abr./jun. 2009

 

MAESTROS DE LA ORTOPEDIA ARGENTINA

Rodolfo L. Ferré

La vida como médico de Rodolfo Ferré es una historia digna de ser contada, con un contar emocionado y de grandeza. Muchos de los que íbamos a trabajar con él creíamos, seguramente, que al ingresar en el Servicio de Ortopedia y Traumatología del Hospital de Agudos Juan A. Fernández cumplíamos una rutina para aprender la especialidad. Lo que no podíamos imaginar era que seríamos señalados, marcados por una profunda huella moral,ética y afectiva para el resto de nuestras vidas. No pudimos impedir ser atrapados por la férrea disciplina académica y de trabajo impuesta por Ferré.

Esto no es una mera leyenda transmitida, sino lo vivido en ese hospital y en la práctica privada durante casi veinte años al lado del Maestro. Se trata de una realidad que comienza mucho antes, en el siempre recordado y querido Hospital Rawson.

Es indudable que la influencia de los hermanos Finochietto en la formación médico-quirúrgica de Ferré fue determinante.

Hijo de un prestigioso cirujano santafecino, Rodolfo Ferré nació en la ciudad de Rafaela, Santa Fe, el 31 de enero de 1907. Estuvo casado con Ana Rosa Paz, descendiente de una distinguida familia de Tucumán, con quien tuvo cuatro hijos.

Estudió como alumno pupilo en el Colegio de la Inmaculada de la ciudad de Santa Fe y egresó de la Facultad de Medicina de Buenos Aires como médico en 1929, a los 22 años.

Ingresó en el Servicio de Clínica Quirúrgica que dirigía R. Solé, Sala XV, del Hospital Rawson.

Al poco tiempo, estaba trabajando en la Sala VI en el mismo hospital, que dirigía Enrique Finochietto. Allí fue creada, en 1938, la Escuela Quirúrgica para Graduados por los hermanos Finochietto. Desde 1940 hasta 1943 fue Jefe de Clínica de esa Escuela.

Por indicación de Ricardo Finochietto, de brillante cirujano general pasó a ocuparse de la ortopedia y traumatología; así se hizo ortopedista. Luego acompañó a Ricardo al Servicio del Hospital Alvear, cuya jefatura este había ganado por concurso.

En 1944, fue Jefe de Clínica de la División de Ortopedia y Traumatología del Instituto de Cirugía de Haedo, a cargo de Julio Piñeiro Sorondo. Cuando este falleció, Ferré pasó a desempeñarse como Jefe del Servicio hasta 1952.

En 1953 se presenta a concurso para la jefatura del Servicio de Ortopedia y Traumatología del Hospital Juan A. Fernández, de esta ciudad. El jurado del concurso, por unanimidad, lo declara ganador. Uno de los concursantes se considera disconforme y, así lo comunica a las autoridades del concurso. El jurado, para evitar hacer un nuevo llamado a concurso resuelve, con el visto bueno de Ferré y del médico quejoso, realizar otra prueba para determinar definitivamente al ganador. Se resuelve realizar al día siguiente la operación de una fractura de cadera que debían efectuar ambos cirujanos participantes. Antes de que terminaran de operar, el jurado decide nuevamente declarar ganador del concurso a Ferré, en vista de la excelente operación efectuada.

En consecuencia, desde 1953 hasta fines de 1972 se desempeñó como Jefe de Servicio de Traumatología y Ortopedia del Hospital General de Agudos Juan A. Fernández.

Desde 1950 hasta su fallecimiento, en 1975, ejerció la Jefatura del Servicio de Ortopedia del Hospital Alemán.

Fue Presidente de la SAOT (hoy AAOT) y en 1973, designado Cirujano Maestro Argentino y Rioplatense y Miembro Honorario de la SAOT.

Creo que hizo todo lo que hacen otros cirujanos ortopedistas, pero técnicamente, mejor.

Ferré estaba convencido de que para ser un buen cirujano ortopedista era necesario tener entrenamiento previo en cirugía general.

El culto por la verdad era una de sus virtudes. No toleraba la mentira, la simulación ni la adulación; más de una vez, por fallas en el tratamiento o en el acto quirúrgico, cuando era por negligencia o por falta de estudio, o si lo ocultaba mintiendo, indicaba al responsable la conveniencia de su alejamiento del servicio.

Sus conocimientos de inglés y de alemán le permitieron acceder a toda la literatura médica mundial.

Poseedor de una memoria prodigiosa, un espíritu crítico positivo y una gran formación médico-filosófica, no desdeñaba nada, por pequeño que fuera, para llegar a un diagnóstico de certeza y, en consecuencia, a un tratamiento eficaz.

Ser su discípulo y amigo no significaba privilegios; todo lo contrario, lo tornaba más exigente.

Su técnica quirúrgica era depurada, elegante en su sobriedad, sin afectación. Se aprendía más viéndolo operar que operando. Para él la cirugía era un arte.

El cirujano, manifestaba, aprende toda la vida, se perfecciona siempre y debe pensar que cada operación puede hacerla mejor. Creía que para enseñar a operar no sólo hay que saberlo hacer, sino que es necesario conocer y querer a los discípulos y estos, a su vez, a su maestro.

Consideraba el estudio, el trabajo, el sacrificio, el cuidado del enfermo, así como la ética en el ejercicio de la profesión, las reglas de oro del servicio.

Para tener autoridad médica, decía, hay que merecerla.

Nos animaba a realizar prácticas de anatomía; nos obligaba a practicar previamente en el cadáver una nueva técnica quirúrgica, como la remodelación del antepié, que hizo Lelievre cuando operó en el servicio. Esa noche la estábamos efectuando en la morgue del hospital.

Era obligación aprender inglés.

Se escribía el parte quirúrgico con todos los detalles, incluidos los errores. Ello serviría para corregirlos y para que los tuvieran en cuenta los más jóvenes. Fueron los famosos biblioratos con las técnicas quirúrgicas del servicio. Del quirófano de la Sala XII salieron los que "operaban a lo Ferré", aunque no todos.

Controlaba muy de cerca a sus médicos en el servicio y más aún, en el quirófano. Supervisaba los trabajos que iban a ser presentados en los congresos de la especialidad, en la SAOT o para publicar en revistas médicas, sobre todo los de los jóvenes, porque en la seriedad de los trabajos estaba en juego el prestigio del servicio.

Era humilde, a pesar de su seriedad, y creó una mística en sus colaboradores más íntimos, de seguridad y confianza, siempre pensando en el paciente. Decía, con pesar, que no todos eran sus discípulos porque no todos vivían el espíritu del servicio.

En una oportunidad, mientras lo ayudaba a operar una fractura de cadera, luego de hacer el abordaje y una prolija hemostasia, me dijo: "Continúe usted" y me entregó la pinza de dientecillo que tenía en la mano; quedé así, sorpresivamente, como cirujano y él, como ayudante. Era mi "primera cadera", si bien yo lo había ayudado y visto realizar esa operación varias veces. Terminada la sesión quirúrgica de ese día, me hace llamar para preguntarme: "Bien doctor... ¿está contento?" Sí doctor, le respondo."Pero ¿está muy contento?" Yo, que realmente estaba contento de que todo hubiera salido bien, le respondo: sí, doctor ¡estoy muy contento! "¡Que lástima", me contestó, "nunca debe estar muy contento con lo que hace, pues puede confiarse; debe pensar siempre que lo puede hacer mejor". Estas palabras se me grabaron para siempre. Así, él nos iba moldeando como cirujanos.

Siempre decía que el éxito de una operación está, en general, en el pequeño detalle que, a veces, pasa inadvertido. "Antes de operar, repase la técnica y la anatomía, y no piense que una intervención quirúrgica no es un espectáculo; cuide la hemostasia, no es tiempo perdido, se ve lo que se hace y se respetan mejor los elementos nobles". Refiriéndose al paquete vasculonervioso, decía: "Al enemigo hay que tenerlo a la vista, no exponerlo si no es necesario, pero sí saber dónde se encuentra. Separe con cuidado, no maltrate los tejidos; no introduzca los dedos en la herida operatoria; así, las infecciones serán mínimas o no se presentarán".

El día en que no se podía faltar era el "del ateneo". En rigor de verdad, no se faltaba nunca. El cirujano que no estaba en el horario en que debía iniciar la operación era reemplazado por otro.

Era parco, prudente y tenía un profundo sentido de responsabilidad; enseñaba con las palabras necesarias, pero mucho con su hacer, su personalidad y su conducta, y mostraba todo lo que sabía y hacía; no mezquinaba sus conocimientos.

Ferré fue un maestro, no un profesor. Ser profesor es una circunstancia académica, el tiempo que dura la clase. Los que escuchan, en general, son personajes anónimos. El maestro es una presencia cotidiana, un ejemplo, una conducta de quien se recibe una enseñanza constante, una persona digna de ser imitada; el maestro conoce a sus discípulos y los discípulos lo conocen a él.

Llegábamos al servicio a las siete y media de la mañana y nos retirábamos cuando el trabajo se había terminado, casi nunca antes de la una del mediodía. Consideraba muy importantes las cosas conseguidas con esfuerzo personal. Decía que Dios no da nada que no requiera un esfuerzo.

Fue un hombre de bien, jamás le escuché una palabra de descrédito para alguien, mucho menos hacia un colega.

Desempeñó con autoridad, conocimientos y hombría de bien la jefatura en los servicios de los Hospitales Fernández y Alemán hasta llevarlos al prestigio que aún conservan.

Ferré fue un prodigio de inteligencia, estudio, voluntad y fe inquebrantable; no podía permanecer quieto, porque eso, decía, era terminar. Su curiosidad y capacidad de observación eran notables; todo le interesaba y escuchaba con atención, aun las cosas que él ya sabía.

Sensato, razonador y criterioso, estimulaba a los que respondían a estas virtudes y deseos de superación. Su modestia hacía que, siempre que queríamos testimoniarle nuestro afecto y reconocimiento, los eludiera con cualquier pretexto.

Le dio real jerarquía al acto quirúrgico, porque consideraba que era un privilegio tener un cuerpo entregado voluntariamente para su tratamiento; por eso, había que respetarlo y tratarlo como a una criatura divina.

El quirófano era para él un templo a donde se concurría a realizar un rito, con el máximo de seguridad y en silencio; allí lo veíamos realizar el acto quirúrgico con movimientos suaves, medidos y acompasados; sin un movimiento más del necesario, sin solución de continuidad, como si estuviera dirigiendo una sinfonía. Era un deleite verlo operar todo lo hacía fácil.

Estudiar, observar, anotar (siempre sus palabras dejaban una enseñanza), practicar, preguntar, era su consejo permanente. Siempre llevábamos una libreta para notas.

Felices los que pudieron tenerlo como maestro y más aún los que pueden testimoniarle su lealtad y agradecimiento.

Rodolfo L. Ferré falleció el 27 de diciembre de 1975.

Pedro R. Yáñez