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Población y sociedad

versión On-line ISSN 1852-8562

Poblac. soc. vol.17 no.1 San Miguel de Tucumán ene./jun. 2010

 

ARTÍCULOS ORIGINALES

Historias de los bosques que alguna vez fueron pastizales: La producción de la naturaleza en la frontera argentino-paraguaya

Gastón Gordillo

Profesor asociado en el Departamento de Antropología de la Universidad de British Columbia (Vancouver, Canadá), y doctor en antropología por la Universidad de Toronto.

Dirección: Department of Anthropology, University of British Columbia, 6303 NW Marine Drive, Vancouver BC V6T 1Z1, Canada.

Correo-e: gordillo@interchange.ubc.ca

Recibido: 28/08/09
Aceptado: 25/03/10

RESUMEN

En este artículo, combino recientes aproximaciones sobre la formación de lugares con una tradición teórica más antigua concerniente a la producción social de la naturaleza. En particular, examino cómo paisajes aparentemente "naturales" son creados y reconfigurados en relación a prácticas sociales y a divisiones geográficas creadas por una frontera internacional. Mi análisis se centra en el legado de las transformaciones espaciales que afectaron la región del río Pilcomayo, en el Chaco argentino, a principios del siglo XX, cuando la expansión ganadera sobre un territorio indígena causó la desaparición de amplios pastizales y la expansión de bosques formados (entre otras especies) por quebrachales, algarrobales, cactáceas y arbustos. En particular, analizo cómo entre la población toba de la zona, sus memorias, expectativas y experiencias históricas sobre el paisaje regional se entrelazan con la división espacial creada por la frontera entre la Argentina y el Paraguay sobre el río Pilcomayo, que ha creado paisajes muy distintos a uno y otro lado del límite. Este artículo, en este sentido, analiza cómo la formación de lugares está ligada a la creación socio-histórica de la naturaleza y a la territorialidad cultural y espacialmente productiva de las fronteras.

Palabras clave: Producción de la naturaleza; Chaco argentino; Frontera

ABSTRACT

In this article, I combine recent approaches to the making of places with an older theoretical tradition concerned with the social production of nature. In particular, I examine how seemingly "natural" landscapes are made and unmade by social practice and by the spatial cleavages created by an international border. My analysis focuses on the legacy of the landscape transformations that affected the western Argentinean Chaco on the Pilcomayo River in the early twentieth century, when the expansion of cattle raising on an indigenous frontier caused the disappearance of grasslands and the expansion of forests of hardwoods, cacti, and shrubs. In particular, I analyze how, among the Toba living in this region, their social memory, expectations, and historical experience of the local landscapes are intertwined with the territorial divide created by the nearby border between Argentina and Paraguay, which has created very different landscapes on each side of the border. Overall, this paper analyzes how the making of places is entangled with the socio-historical production of nature and with the culturally and spatially productive territoriality of borderlines.

Key words: Production of nature; Argentinean chaco; Border

Lo "natural" debería significar
aquello que todavía debe ser
deconstruido en las prácticas
sociales que lo hacen posible.1

INTRODUCCIÓN 2

En 1903, una expedición guiada por Domingo Astrada recorrió a caballo el curso del río Pilcomayo, el último territorio en el Chaco argentino aún controlado por grupos indígenas políticamente autónomos. Un miembro de la expedición escribió sobre el paisaje que encontraron a la vera del río: "Así llegamos a praderas hermosísimas que no vacilo en calificar, como las han bautizado los exploradores anteriores, como las pampas del Norte. Son treinta leguas [150 kilómetros] de campos espléndidos, totalmente cubiertos de pastos tiernos".3 Un siglo más tarde, un visitante que llegara por primera vez a esta zona del Pilcomayo nunca se hubiera imaginado que alguna vez existieron allí vastas praderas. En la actualidad, una masa compacta de árboles, cactáceas y arbustos de entre seis y doce metros de alto, que la gente de la zona llama "el monte", domina el paisaje como si fuera el producto imperturbable de la naturaleza. La gente indígena y criolla que vive en la región, sin embargo, a menudo se refiere a las historias que produjeron dicho paisaje. En particular, cuando la gente toba y wichí de la zona recuerda a sus ancestros, que recorrían esas mismas tierras antes de ser derrotados por el Ejército argentino en la década de 1910, señala que habitaban un lugar muy diferente: un mundo de amplios pastizales como el que encontró la expedición de Astrada. Y la memoria del surgimiento del monte y del fin de dichos campos es también la memoria de la incorporación y subordinación de estos grupos al Estado-nación argentino. Esta historia ha hecho del monte no sólo un lugar delimitado socialmente sino también una expresión de la naturaleza, que evoca imágenes de un espacio no-domesticado y moldeado por fuerzas que escapan al control humano.
En este artículo, analizo cómo los lugares y la naturaleza del Chaco occidental han sido generados como parte de un mismo proceso histórico, y cómo los paisajes resultantes de esta historia son, antes que objetos estáticos, procesos inestables de gran dinamismo. Mi análisis se suma al trabajo de un creciente número de autores que han tratado de superar la dicotomía entre "naturaleza" y "sociedad" como entidades separadas entre sí.4 Esta perspectiva ciertamente no es nueva. Ya en 1844, Karl Marx señalaba que los seres humanos se apropian de la naturaleza a través de su trabajo y de esta manera producen a la naturaleza y se producen a sí mismos.5 Y siguiendo esta visión, Marx hablaba de una "naturaleza histórica y una historia natural", y agregaba con Engels que "la naturaleza que precedió a la historia humana [...] ya no existe en ningún lugar".6 Si bien los escritos de Marx sobre el tema son dispersos y por momentos contradictorios,7 este énfasis en la interpenetración entre naturaleza y práctica social es mi punto de partida analítico. En este trabajo, integro esta perspectiva sobre la naturaleza con enfoques más recientes relativos a la construcción de lugares,8 y analizo cómo la producción de lugares y paisajes naturales está constituida localmente por la memoria social y la división geográfica creada por una frontera internacional.
Mi análisis etnográfico se centra en comunidades tobas del oeste de la provincia de Formosa, en las que realicé trabajo de campo en numerosas ocasiones entre 1987 y 2003. En otros trabajos he analizado cómo el espacio del monte que rodea a las comunidades ha sido producido social y culturalmente a través de las migraciones laborales que durante décadas, y hasta fines de la década de 1960, llevaron a varias generaciones de hombres y mujeres tobas a los ingenios azucareros de Salta y Jujuy.9 En este artículo, examino la configuración social del paisaje de esta región en su relación con los pastizales que han desaparecido de sus tierras y con los territorios ubicados del otro lado del bañado del Pilcomayo y la frontera paraguaya.
Las fronteras son espacios donde el poder estatal se hace particularmente explícito.10 Incluso en regiones como ésta donde el cruce de la frontera está poco controlado, un límite internacional delimita y regula la expansión y la reproducción de las relaciones sociales en el espacio y suele crear geografías distintivas a cada uno de sus lados. En este sentido, las fronteras son no sólo lugares de articulación entre entidades diferentes sino también lugares que producen diferencias: en este caso diferencias que se integran al paisaje de manera física, cultural y social. En las páginas siguientes, intentaré mostrar cómo la frontera trazada sobre el río Pilcomayo ha creado una división territorial que saca a la luz la dimensión histórica de la naturaleza y el espacio.
En la primer sección, examino cómo el monte ha sido históricamente producido como resultado de la desaparición de los pastizales y cómo, a su vez, el recuerdo de ese paisaje desaparecido marca las actuales experiencias tobas del espacio. En segundo lugar, analizo cómo el monte se constituye también en tensión con el lugar que la gente toba llama "la banda", lajeGó: las tierras que se extienden del otro lado del bañado y que son producto de la frontera y de profundos cambios en el curso del río Pilcomayo acaecidos en la segunda mitad de la década de 1970. Por último, examino cómo esta configuración espacial ha generado una nostalgia por geografías desaparecidas y cómo en la década de 1990 esta nostalgia creó en estas comunidades breves pero intensas expectativas de autonomía y libertad.

La construcción del monte

Debido a que esta región del Chaco argentino, mayormente semiárida, no atrajo la expansión directa del capitalismo agrario, los tobas del oeste de Formosa han continuado basando buena parte de su subsistencia en la pesca, la recolección de frutos silvestres y miel, la caza y la horticultura. Pero su incorporación al Estado-nación argentino, su reclutamiento como fuerza de trabajo estacional en los ingenios azucareros de Salta y Jujuy y la llegada de pobladores criollos a principios del siglo XX afectaron profundamente el paisaje social y geográfico que los rodea.
El legado de esta historia está profundamente inscripto en el monte. Durante mi trabajo de campo, visitaba regularmente distintas comunidades recorriendo sendas en el monte en bicicleta. Y en estas sendas era muy común encontrarme con vacas de los criollos, que vagan libremente en esta región, así como con innumerables huellas de ganado. Estos encuentros y estas marcas espaciales sacaban a la luz que los tobas no son los únicos actores que hacen uso del monte y que este espacio ha sido configurado también por la presencia de los criollos. Estos últimos son una minoría en la zona; la mayoría vive en condiciones de pobreza, habita ranchos dispersos y son dueños de unas pocas cabezas de ganado, pero su presencia está indisolublemente ligada a la historia del paisaje boscoso que hoy en día domina la zona. Muchas personas tobas señalan que cuando esas tierras eran campos (nónaGa) no había criollos en la zona. Aquellos eran los paisajes recorridos por los yagaik'pí, "los antiguos", como la gente llama a sus ancestros en contraste con ellos mismos, "los nuevos" (dalaGaikpí). Y la gente sitúa el fin de "la época de los antiguos" en la fundación en 1930 de una misión anglicana, Misión El Toba, por parte de misioneros británicos sobre el río Pilcomayo.11 En 1996, Enrique, un hombre de unos cincuenta años, recordaba la época de los antiguos y me dijo señalando el monte que comenzaba a pocos metros de su hogar: "Antes, todo esto era campo. Ahora es bien monte. Ahora no es como antes. Ahora todo esto es monte tupido, pero más antes dicen que no había monte. Antes, no había vacas, no había criollos, no había caminos. Todo era campo por acá". Como muchos otros, Enrique estaba definiendo los campos del pasado mediante la ausencia de algunas de los rasgos que caracterizan al monte en la actualidad: ganado vacuno, criollos y caminos.
A principios del siglo XX, dichas praderas cubrían ambas orillas del río Pilcomayo, alternadas con secciones de montes, y se extendían entre quince y veinte kilómetros tierra adentro. Los bosques dominaban el paisaje sólo hacia el interior del Chaco.12 La gente mayor señala que dicho paisaje había sido creado por el dóle aló (el gran fuego), un fuego mítico que quemó el bosque y forzó a los primeros antiguos a esconderse bajo tierra. De hecho, hasta principios del siglo los campos eran producto de los fuegos hechos regularmente por los tobas y otros grupos como los wichí y nivaclé para enviar mensajes, cazar y como arma en la guerra. Esos fuegos se esparcían por amplias aéreas de campos, frenaban el crecimiento de los árboles y empujaban el borde de los bosques hacia el interior del Chaco.13 Aquellos pastizales fueron por ende el resultado de un momento histórico particular, no sólo porque estos grupos indígenas hicieron dicha geografía de manera material sino también porque dicho espacio estaba bajo su control político y militar.
Como lo muestra la cita mencionada al comienzo de este trabajo, los primeros exploradores que llegaron a esta región del Pilcomayo se maravillaron al encontrarse con aquellas praderas, que enseguida vieron como comparables a la llanura pampeana y llenas de potencial para la ganadería. Buscando pastos para su ganado, los primeros colonos criollos arribaron al Pilcomayo en 1902 provenientes de Colonia Rivadavia (Salta) y fundaron la llamada Colonia Buenaventura, unos 150 kilómetros aguas arriba del territorio toba. La colonización criolla produjo decisivas transformaciones en el paisaje. Presionados por la ocupación de sus tierras y los enfrentamientos con el Ejército, los grupos indígenas dejaron de hacer fuegos. El ganado en poco tiempo agotó buena parte de los pastizales y comenzó a comer frutos silvestres (del algarrobo, mistol, etc.) y a diseminar semillas de árboles (a través de sus heces) sobre amplios territorios. Por ende, en pocos años el bosque comenzó a crecer en áreas anteriormente cubiertas de pastizales.14 A fines de la década de 1910, la derrota militar de los grupos indígenas y los cambios sociales creados por la presencia de los criollos tuvieron profundas implicancias espaciales, creando un paisaje dominado por el monte y por secciones de suelo arenoso degradado por el sobrepastoreo. En 1919, Castañeda Vega escribió sobre los cambios en el paisaje de la Colonia Buenaventura: "Según referencias de los pobladores, diez o quince años atrás no todo era monte como ahora: cerca del río [...] era toda una gran abra pastosa, salpicada de vez en cuando con grandes manchones de bosque".15 Con el desplazamiento de los criollos y su ganado aguas abajo del Pilcomayo, esta transformación espacial alcanzó el territorio toba. A fines de 1930, sólo dos décadas más tarde, los antiguos pastizales habían prácticamente desaparecido de sus tierras y se habían convertido en parte de la memoria colectiva del grupo. En 1939, la esposa de un misionero anglicano que vivía entre los tobas escribió: "Los indios viejos recuerdan cuando toda esta área era una pradera subtropical sin árboles -podían ver por kilómetros a través de la planicie".16
En la década de 1990, la memoria de "los campos" de la época de los antiguos seguía influyendo las experiencias tobas del monte, aunque de manera contradictoria. Durante mi primer trabajo de campo en 1987, me sorprendió escuchar que mucha gente adulta se refería al paisaje que rodeaba a su comunidad como "campo" cuando para mí todo a nuestro alrededor era "monte". Pronto entendí por qué la gente usaba aquel término. El monte que rodeaba a aquella comunidad no era tan denso como en otras áreas, y esta relativa apertura (difícil de percibir con ojos urbanos) indicaba que, décadas atrás, esa zona había sido efectivamente un "campo". También aprendí que la gente reservaba a menudo el término "monte" (viáq) para referirse a las zonas de bosque más densas y antiguas, caracterizadas por un denso entramado de árboles y malezas que muchos también llaman "monte grande" o "monte fuerte" (viáq ádaik). Me tomó un tiempo adaptar la mirada y poder distinguir el viáq ádaik de las secciones más abiertas del monte y comprender que la distinción entre ambos tipos de monte está moldeada por la memoria. Debido al peso de antiguas geografías en la subjetividad toba, los términos "monte" y "campo" se utilizan en estos casos como ecos que, reverberando desde el pasado, se proyectan sobre el presente como si se pasara por alto que el presente está formado por un paisaje distinto. Y esta particular fusión entre el lenguaje, el espacio y la memoria enfatiza lo que queda de aquellos paisajes de campos en el presente.
Sin embargo, en otros contextos la memoria de los pastizales de principios del siglo XX configura las percepciones del monte actual de manera muy diferente, confirmando que los significados dependen del contexto en el que son producidos. Cuando quiere subrayar las transformaciones que han afectado a sus tierras, la gente enfatiza el contraste entre los campos abiertos del pasado y el paisaje cerrado y boscoso del presente. Teniendo en mente este contraste, en estos casos la gente habla del "monte" de un modo en que este término incluye también a aquellas áreas de bosque relativamente abiertas. En este nuevo sentido, "el monte" representa para ellos la configuración actual de sus tierras en su conjunto (incluyendo el monte menos cerrado y "el monte grande") y la gente habla de "los campos" para hacer referencia a una geografía históricamente específica que ahora ha desaparecido. Segundo, un hombre de más de setenta años, se había referido en varias oportunidades al paisaje que rodeaba a su comunidad como "campo". Pero en una de nuestras charlas, mientras recordaba a los antiguos, miró a nuestro alrededor y dijo: "Antes, todo era campo. Ahora, es monte". En ese momento, para Segundo la memoria de la fractura espacial que separa el pasado del presente convirtió al paisaje actual en "monte". Y él quizo señalar que así como los yagaik'pí vivían en un mundo de pastizales los nuevos viven en un mundo dominado por el monte.
El monte ha adquirido significados adicionales a través de la experiencia de trabajo asalariado estacional. Debido a que en los ingenios azucareros los trabajadores aborígenes estaban sujetos a arduas condiciones de trabajo y altas tasas de mortalidad, la mayoría de los toba ha visto al monte como un lugar de relativa autonomía y un refugio frente a la explotación laboral, donde lograban reconstituir parte de su reproducción social a través de la caza, la pesca y la recolección. Y la memoria de lugares distantes y alienantes como los ingenios hacen que mucha gente se refiera al "monte" como su hogar: un lugar propio que incluye no solamente las zonas de bosques sino también sus comunidades y el bañado del Pilcomayo. Cuando la gente dice "aquí en el monte" mientras está en sus hogares, por ende delimita a sus tierras como a un todo espacial en relación a otras geografías.
El monte, sin embargo, no es sólo un lugar de relativa autonomía sino también un lugar de pobreza, que ha sufrido una muy considerable degradación ambiental y sólo garantiza un mínimo nivel de subsistencia, y por ende obliga a mucha gente a seguir recurriendo al trabajo asalariado estacional. La tala masiva de quebrachos colorados (Schinopsis quebracho colorado) en la década de 1970 por parte de obrajes dedicados a la producción de postes, la exploración petrolera llevada a cabo en la década de 1980 por la entonces empresa estatal YPF (que abrió numerosas picadas en el monte) y la apertura de nuevos caminos redujeron considerablemente las secciones de monte más espesas y ahuyentaron a buena parte de la fauna. Esta nueva transformación en el paisaje afectó la presencia de criaturas extraordinarias que según la gente poblaban sus tierras en el pasado: los nanaikpólio o "viborones", serpientes gigantes que la gente describe como de unos treinta metros de largo y un metro de grosor y que tienen sus madrigueras en sectores deshabitados del monte, y el wosáq, un ser que adquiere la forma del arco iris y desencadena fuertes tormentas. La gente concuerda en que estas criaturas, junto con numerosos animales salvajes, han huído del otro lado del bañado del Pilcomayo hacia el monte paraguayo, donde vive muy poca gente. Por esta razón, la mayoría de los tobas ve a "la banda", las tierras del otro lado del bañado, como un lugar que refleja cómo eran sus tierras en el pasado.

La creación de la banda

La noción de "la banda" es un resultado directo de la constitución de la frontera internacional a lo largo del Pilcomayo, ya que en el pasado las bandas tobas usaban ambas márgenes del río y no consideraban al ñachi (el río) como un límite entre territorios diferentes.17 En aquel entonces, la orientación espacial de los grupos aborígenes de la región se basaba principalmente en la distinción entre "río arriba" y "río abajo" y entre el río y los territorios del interior. Cuando las tropas de los Ejércitos boliviano y argentino llegaron a la zona, su presencia transformó el río en un espacio radicalmente nuevo, como una frontera entre Estados-nación que redefinió aquel patrón espacial confinando a los tobas a la orilla argentina. A comienzos de la década de 1930, las crecientes tensiones entre los gobiernos de Bolivia y Paraguay sobre el territorio al norte del río desencadenaron una enorme confrontación militar. Con cerca de 100.000 muertos, la Guerra del Chaco (1932-1935) fue la conflagración más sangrienta entre Estados-nación en América Latina en el siglo XX. Este nivel de violencia desplegado sólo sobre la orilla izquierda del Pilcomayo reforzó la percepción de que la línea invisible trazada por los blancos a lo largo del río tenía un efecto claro y poderoso sobre los acontecimientos que se desarrollaban en una y otra orilla. En 1934, el Ejército paraguayo lanzó una gran ofensiva a lo largo del Pilcomayo, lo que obligó a los grupos nivaclé y a los criollos argentinos que vivían cerca de los fuertes bolivianos a huir del área junto con las tropas bolivianas. Este masivo desplazamiento poblacional produjo profundos cambios en la geografía de la margen izquierda del Pilcomayo. En 1939, cuatro años después del fin de la guerra, el etnógrafo suizo Alfred Métraux escribió en su diario mientras se encontraba en San Andrés, aguas arriba sobre el Pilcomayo con respecto a los tobas: "La orilla boliviana solía estar bien poblada. En la actualidad allí no hay nadie".18 Métraux notó que la otra orilla del río había emergido luego de la guerra, como la calma después de la tormenta, como un lugar deshabitado, producto del masivo despoblamiento creado por la violencia estatal.
Bajo soberanía paraguaya, la banda fue sujeta a una dinámica de producción espacial significativamente diferente a la que se dio en la otra margen del río. En el lado argentino, la mayor parte de las tierras fue durante décadas de propiedad fiscal y estuvo compartida (en un contexto de tensión) por indígenas y criollos, mientras que en el Chaco paraguayo el gobierno fomentó la privatización de buena parte de la región, lo que dio lugar al surgimiento de grandes estancias ganaderas. Estas estancias emplean poca gente y tienen su ganado pastando libremente sobre amplias zonas, lo que generó vastas extensiones de monte prácticamente deshabitadas. La continua degradación ambiental de la ribera argentina, más densamente poblada, acentuó el contraste entre ambas orillas. "El bosque del lado paraguayo es más verde, más denso que en nuestra orilla", escribió Métraux en su diario, notando que la frontera internacional estaba produciendo diferentes paisajes a cada lado del Pilcomayo.19 Durante décadas, la gente en las comunidades tobas experimentó dicho contraste de manera cotidiana: podía ver la otra orilla desde sus comunidades y muchos hombres y mujeres cruzaban regularmente el río para aprovechar la mayor abundancia de animales, miel y frutos silvestres del lado paraguayo. Impresionada por este contraste, Dora Tebboth escribió en 1942 mientras vivía entre los tobas: "Debe ser un territorio interesante el opuesto a nuestra misión, porque está deshabitado, el hogar de muchos animales salvajes y pájaros. Los bambúes mueven sus tallos contra el horizonte, y los árboles están cubiertos por densas marañas de enredaderas".20
Personas nuevas en la zona como Dora Tebboth naturalizaban aquel paisaje exuberante y deshabitado como una expresión de la naturaleza, borrando la historia de violencia que lo había producido. Pero para la mayoría de los tobas la memoria de la Guerra del Chaco y sus experiencias laborales en las estancias hicieron del monte paraguayo un territorio tan exuberante como contradictorio. En primer lugar, esas tierras son propiedad privada y por ende sus recursos no están fácilmente disponibles para los cazadores tobas, quienes deben obtener permiso de los capataces de las estancias antes de comenzar una expedición, lo que no siempre es concedido. Además, el monte en el Paraguay está lleno de restos materiales de la guerra y está por ende empapado de recuerdos sobre la creación violenta de dicho paisaje. A principios de febrero de 1934, cientos de soldados bolivianos murieron cerca del Fortín Magariños, del otro lado del río a unos pocos cientos de metros de Misión El Toba, debido a la ofensiva paraguaya.21 Sesenta años después, muchos hombres tobas contaban historias sobre los restos humanos y los restos de camiones y armamentos dispersos en el monte de la banda. Muchos incluso aseguran que por la noche en esos lugares se pueden oír ruidos de explosiones, disparos y gritos, que impregnan el aire con ecos de la guerra. En esos lugares la memoria parece estar eternamente inscripta en el espacio, borrando el tiempo histórico y haciendo que antiguas batallas permanezcan latentes de manera indefinida, replicando las acciones que tuvieron lugar en la década de 1930. En 1995, un hombre de unos sesenta años llamado Diego me decía que décadas atrás, cuando volvían de los ingenios, él y otros hombres cruzaban el río a Paraguay para cazar iguanas para luego vender sus cueros. Diego me contó lo que sucedió en uno de esos viajes:

Fuimos a iguanear como doce días, con mucha gente. [...] Fuimos y pedimos permiso en la estancia. Dormimos ahí y sentimos un ruido de camión, como si estuviera cerquita. [Nosotros decíamos:] "¿Qué será eso?" Y el ruido se paró. Ya no estaba más. Después se escuchaban gritos, tiros. Pero no era cierto, era el ruido nomás. Se escuchaba un ruido de avión también. Ahí vimos muchos huesos. Está lleno de huesos. Ahí estaban las balas, ahí estaba la cabeza, ahí estaban los pies. Todo completo. Estábamos mirando. Pero había muchas iguanas.

Diego entrelazó la memoria social de la guerra con la exuberancia natural del monte paraguayo; y cuando después de describir los huesos humanos esparcidos en el monte agregó "pero había muchas iguanas" dejó en claro que dichos restos no lo distrajeron de su objetivo principal: cazar. Diego reveló indirectamente que la violencia ha sido constitutiva en la producción de la banda como un territorio relativamente despoblado y salvaje. La naturaleza y la historia se han configurado mutuamente en lajeGó, donde los restos materiales de la guerra se entremezclan con la abundante fauna que atrajo a los cazadores tobas durante décadas. Producto de la violencia estatal y de la frontera, la banda es un espacio tan natural y tan histórico como las tierras donde los tobas viven actualmente, pero que está definido en su contraste con la margen argentina como la expresión de una naturaleza más exuberante y salvaje.
A mediados de la década de 1970, cambios dramáticos en el curso del río Pilcomayo transformaron profundamente la experiencia toba de la banda. El Pilcomayo es un río propenso a cambiar su curso debido a la cantidad de sedimentos que acarrea desde los Andes y la poca gradiente de la llanura chaqueña, lo que hace que algunas secciones del río terminen siendo obstruidas por sedimentos y que en época de crecientes las aguas busquen nuevos cursos. A principios de 1975, en esta zona las crecientes anuales convirtieron al río, literalmente, en un bloque de barro, con lo cual las aguas se salieron del cauce e inundaron una amplia área. La inundación destruyó las comunidades tobas sobre el río así como la misión anglicana y provocó profundos cambios en el paisaje, creando un bañado que hoy en día fluye varios kilómetros al sur del viejo cauce. En el área, el río dejó de existir como tal. Después de perderlo todo, más de un millar de personas tuvieron que trasladarse y construir nuevas comunidades en la orilla sur del nuevo bañado.
Las viejas comunidades, Misión El Toba y el cauce seco del Pilcomayo están actualmente cubiertos por una densa capa de sedimentos y vegetación en un área donde no vive ningún toba. Como los restos de estos sitios se encuentran del otro lado del bañado, el antiguo hogar de los tobas está hoy en día en la banda, varios kilómetros al norte de sus actuales comunidades. Y mientras que en el pasado el término "la banda" hacía alusión a otra geografía nacional, tras la inundación de 1975 éste también pasó a incluir el espacio que se encuentra entre el bañado y la frontera sobre el lecho seco del río. Esta zona, de entre cinco y diez kilómetros de ancho, es una suerte de "tierra de nadie" con una fuerte liminalidad: está en territorio argentino pero físicamente separada de poblados argentinos;22 es el antiguo hogar de los tobas pero está actualmente habitada sólo por criollos, que mantienen estrechos lazos con las estancias paraguayas.
La memoria de su antigua vida junto al río Pilcomayo evoca por ende lugares hoy en día ubicados del otro lado del bañado. A pesar de que el bañado es una muy importante fuente de alimentos, la intrincada red de arroyos y pantanos que lo forman no permite realizar las pescas colectivas con redes que los hombres llevaban a cabo "cuando había río", y que generaban una enorme cantidad de pescados. La gente recuerda que la alta productividad de la pesca con redes permitía almacenar grandes cantidades de pescado secados al sol, así como también guardar su grasa. La actual memoria toba está impregnada de una profunda nostalgia por aquella abundancia. En 1996, Pablo, un hombre de unos setenta años, me decía sobre los días previos a la inundación: "Era más lindo, mucho más lindo. La gente no sufría. Siempre comíamos pescado. Había toda clase de pescados, cuando había río".
Los recuerdos del río son espacialmente significativos porque proyectan imágenes de abundancia y bienestar hacia ese lugar en la banda donde solía fluir el Pilcomayo. Y este lugar es además la frontera con el Paraguay. Durante años, cuando acompañaba a los hombres tobas en expediciones de pesca al bañado me intrigaban las historias que ellos contaban sobre lajeGó. Ellos enfatizaban que cuanto más uno se aleja del bañado en la banda yendo hacia Paraguay, más numerosos se vuelven los animales salvajes que casi han desaparecido de sus tierras (como pumas, pecaríes y tapires). Este desplazamiento hacia el Paraguay también incluía a los "viborones" y a wosáq. Como me dijo Mariano, un hombre de unos cincuenta años, sobre estos seres: "Se fueron a donde es más tranquilo. No les gusta el ruido de camiones". Este repliegue es significativo sobre todo para las mujeres tobas, ya que la gente señala que las nanaikpólio se sienten atraídas por el olor de la sangre menstrual, lo que en el pasado obligaba a las mujeres a quedarse en sus comunidades cuando estaban menstruando.23 Hoy en día, las mujeres concuerdan en que pueden entrar al monte a recolectar leña o frutos silvestres en cualquier momento porque "los viborones" han desaparecido de sus tierras. La huída de estas criaturas al otro lado del bañado y la frontera expresa la profundidad de los cambios que han afectado a la geografía regional. En su disgusto por la presencia de criollos, vehículos, ganado y caminos, el wosáq y los "viborones" simbolizan al mundo tal como lo conocían los antiguos tobas: sin criollos y sin agencias estatales. Estos seres también expresan un anhelo por reconstruir el pasado en otro lugar, lejos del monte degradado y empobrecido que los tobas conocen hoy en día y en una geografía que remite a antiguos paisajes.
Había otro aspecto de la visión toba sobre la banda que me intrigó durante varios años: el hecho de que según ellos del otro lado del bañado existían amplios pastizales entrelazados con zonas de monte. Lo que más me intrigaba era que algunas personas me aseguraban que esos campos eran "iguales" a los recorridos por los antiguos. En junio de 2000, buscando en parte confirmar dichos relatos, me uní a un grupo de seis cazadores tobas que fueron a la banda durante varios días a cazar ñandúes (Rhea Americana). Tras cruzar el bañado en dos botes y caminar durante varias horas por una zona de monte, establecimos un improvisado campamento junto a un cauce seco. Al poco tiempo, mis compañeros me llevaron a ver los campos que comenzaban a un par de kilómetros de distancia. A medida que caminábamos hacia aquel lugar, no sabía muy bien que esperar, y de hecho suponía que lo que iba a ver me iba a decepcionar, ya que el monte es una presencia tan dominante en el oeste de Formosa que me parecía difícil que pudieran existir grandes pastizales en la región. A medida que dejamos atrás los últimos sectores de monte, mi curiosidad se transformó en asombro. Allí estaban: pastizales que se expandían en todas direcciones por varios kilómetros hasta perderse en el horizonte, donde se podía distinguir una delgada línea oscura que marcaba la presencia de una lejana franja de monte. Mientras disfrutaba de aquel paisaje imposible, traté de imaginarme cómo habrían sido esas mismas tierras un siglo atrás, con los antiguos tobas recorriendo un mundo sin árboles, criollos, vacas y antropólogos.
Las primeras veces que acompañé a hombres tobas en sus partidas de caza y pesca en el bañado, muchos años atrás, a menudo se veían densas columnas de humo emergiendo desde el norte. Mis compañeros me explicaban que el humo era producido por fuegos prendidos por los criollos que vivían en la banda para abrir espacio para su ganado. Fue sólo mucho tiempo después que hice una conexión entre esos fuegos, que antes del siglo XX produjeron amplios campos, y el resurgimiento de pastizales en la banda. Paradójicamente, los descendientes de los criollos responsables por la desaparición de dichas praderas estaban recreando en lajeGó, el hogar de los antiguos, un paisaje que le hace recordar a la gente toba un pasado de abundancia y libertad.
Debido a que la banda es una geografía semánticamente densa e impregnada de significados históricos, es una referencia permanente en las percepciones tobas sobre sus propias tierras. En 1995, de hecho, la banda se volvió brevemente una fuente de expectativas colectivas.

El regreso del río

En 1991, los gobiernos de la Argentina y Paraguay comenzaron a construir dos canales en forma de horqueta sobre el Pilcomayo unos 100 kilómetros aguas arriba de las comunidades tobas, con el objeto de detener la gradual transformación del río en un bañado y garantizar un flujo equitativo de agua a ambos lados de la frontera.24 Sin embargo como resultado de errores técnicos y de la sedimentación del canal argentino, en 1995 el canal paraguayo comenzó a absorber la mayoría de las aguas. En pocos meses, grandes inundaciones cubrieron al Chaco paraguayo y los bañados formados por el Pilcomayo en territorio argentino se secaron casi por completo. En diciembre de 1995 no había agua de superficie cerca de las comunidades tobas. Sin pescado, la gente vivió en condiciones precarias por varios meses, recogiendo frutos silvestres, cosechando gradualmente sus cercos agrícolas y cazando yacarés que habían quedado varados en aguadas poco profundas.
La sequía creó una gran preocupación en las comunidades. Inicialmente, la gente tenía poca información sobre los canales y la mayoría empezó a interpretar la sequía en base a motivos que contradecían las explicaciones oficiales. Como lo señalara James Scott, los rumores no son arbitrarios sino que están entrelazados con las esperanzas y experiencias de aquellos que los escuchan y repiten.25 Los rumores sobre el motivo de la sequía que en aquellos días la gente toba compartía conmigo, en este sentido, estuvieron influidos por su memoria del río, su percepción sobre la banda y su desconfianza histórica hacia las agencias estatales, acentuada por los conflictos que existían en esos días por despidos en la municipalidad de la zona. Como lo he analizado más en detalle en otro trabajo,26 por un lado, mucha gente empezó a sostener que "el gobierno" había desviado deliberadamente el río Pilcomayo, ya sea para "matar a los aborígenes" o para "hacer negocios" con los gobiernos bolivianos y paraguayos. Pero por otro lado, y en tensión con esta interpretación, mucha gente empezó a decir que el río iba a volver a su antiguo cauce y fluir de nuevo como río. Algunos especulaban que el viejo cauce sería abierto con maquinaria pesada, la misma usada para cavar los canales río arriba. Pero muchos otros me comentaron que el cauce del río probablemente sería cavado por lék, un viborón que vive en el agua y que en tiempos míticos abrió el curso del río Pilcomayo con su cabeza. Pero el aspecto más significativo de estos rumores eran las implicaciones socio-espaciales que, según la gente, tendría el retorno del río. La mayoría coincidía en que si el Pilcomayo volvía a su antiguo cauce, la gente más pobre abandonaría sus comunidades y se asentaría en la banda, junto al río, donde podrían vivir de la pesca, la caza y la recolección "como antes". En base a esta esperanza, durante varios meses la gente proyectó fuertes imágenes de abundancia y bienestar colectivo hacia la banda.
La expectativa de un desplazamiento colectivo hacia un lugar de abundancia y autonomía saca a la luz dimensiones espaciales comunes a muchas tradiciones utópicas, que, como lo analizara David Harvey, suelen proyectar su tierra prometida hacia otro lugar.27 Pero este es un lugar que los tobas ya conocían, el río, y al que recuerdan con nostalgia. Durante la sequía, la memoria nostálgica del río hizo que muchos tobas se proyectaron afectivamente hacia ese lugar, al punto que muchos creían y esperaban que la materialización del río sería inminente. Sin embargo, esta esperanza también estuvo moldeada por la incipiente diferenciación social que existía en las comunidades más grandes debido al impacto del empleo público. En aquellos días, los hombres con empleo (auxiliares docentes, enfermeros, empleados de la municipalidad) concordaban que sólo las familias más pobres se irían a vivir a la banda. Algunos de ellos me comentaban que aunque ellos también esperaban que regresara el río, ya tenían muchos intereses invertidos en sus comunidades como para abandonarlas, sobre todo su trabajo y sus viviendas de material.
En febrero de 1996, fuertes lluvias aliviaron el impacto de la sequía y pocos meses después la apertura de un nuevo canal aguas arriba regularizó el flujo del agua, con lo cual la crisis socio-ambiental que había afectado a la región llegó a su fin. La gente fue recibiendo gradualmente más información sobre los canales, los líderes explicaron que el gobierno no tenía intenciones de "hacer el río de nuevo" y los rumores sobre el retorno del río gradualmente se disiparon. Las expectativas despertadas por la sequía de 1995-1996, no obstante, muestran la forma en que el bañado, el monte y la banda están entrelazados en una misma geografía social y cultural. El esperado "regreso del río" transformó el límite en una frontera de otro tipo, que separaba un lugar de dominación de otro de libertad. Durante décadas, el río Pilcomayo fue un límite tan cultural como real entre el monte paraguayo y el monte degradado del lado argentino. A mediados de la década de 1990, aunque el río había desaparecido como tal la frontera seguía estando allí como el umbral hacia un lugar que evocaba paisajes habitados exclusivamente por grupos indígenas. Fue esta densa ubicación espacial, saturada de recuerdos, la que generó la esperanza de volver a vivir "como antes".
El río emergió, al menos por unos meses, como una utopía en el sentido literal del término: un no-lugar proyectado hacia un lugar que estaba cubierto por secciones de monte y pastizales. Espacialmente contiguos al cauce seco del río, el monte paraguayo y los campos de la banda fomentaron con sus reminiscencias del pasado la esperanza del retorno del río; proveyeron el trasfondo de una abundante fauna silvestre sobre el que se proyectó la esperanza de este regreso. Sin embargo, el lugar donde se concentraron estas promesas de bienestar fue el río antes que el monte paraguayo. Después de todo, este último es un lugar ocupado por estancias privadas y acosado por restos de la Guerra del Chaco. ¿Pero cómo se relaciona el río, en tanto un no-lugar utópico, con la experiencia toba de sus tierras? El monte degradado que la gente transita a diario está demasiado cercano a su experiencia de pobreza como para producir sueños de libertad. Pero así como está despojado de animales, secretos y recursos, este lugar es para muchas familias tobas, junto con el bañado, su principal fuente de medios de subsistencia. El río, después de todo, ya no existe. Y los pastizales en sus tierras también son parte del pasado. Y el monte, la geografía creada por su inmersión en una nueva economía política, está todavía allí como el lugar que les ha permitido a muchos tobas hacer frente a condiciones de pobreza y dominación.

Conclusiones

Los procesos de producción del espacio que se han generado a lo largo de la frontera argentino-paraguaya nos retrotraen a la discusión inicial sobre la relación entre la naturaleza, el espacio y la historia. Georg Lukács escribió que la concepción de la naturaleza como una entidad externa a las sociedades humanas y separada de ellas es el resultado de una forma fetichizada de conocimiento.28 Para Lukács, el fetichismo de las mercancías propio de la sociedad capitalista genera una visión reificada de la naturaleza que tiene implicancias no sólo ideológicas sino también epistemológicas. La separación entre sujeto y objeto abogada por el positivismo es para Lukács el resultado de una práctica alienada que separa a los productos sociales de sus productores y oculta que el mundo es una configuración eminentemente socio-histórica. Influidos directa o indirectamente por esta perspectiva, un creciente número de autores ha analizado las dimensiones ideológicas de la visión de "la naturaleza" como un campo ontológico externo a la acción humana.29 Como lo argumentara Neil Smith, esta ideología se ha vuelto parte de un sentido común que asume que la naturaleza es aquello que, por definición, no puede ser creado.30
En este artículo, he tratado de mostrar que no es posible trazar una línea divisoria entre paisajes naturales y aquellos creados históricamente. Los paisajes de montes y pastizales que han dominado a esta región han sido producidos histórica, física y culturalmente en relación a la práctica de múltiples actores sociales. Antonio Gramsci sostuvo que aquellos que definen "la realidad del mundo exterior" independiente de la acción social recrean un pensamiento de corte metafísico-religioso, que borra la práctica histórica en nombre de un dominio superior: una "realidad objetiva" que adquiere el estatus de "un Dios escondido".31 Esta mistificación ha aparecido expresada en recientes intentos de dar cuenta de la naturaleza como un "actor histórico".32 Sin embargo, el conjunto de fuerzas atmosféricas, biológicas y físicas que impactan cotidianamente en la práctica humana no puede asimilarse a una "agencia histórica" sin desdibujar el significado social de la historia y el sentido político de la agencia. En el caso de los tobas en el oeste de Formosa, han sido sus prácticas, relaciones sociales y experiencias históricas las que han hecho que inundaciones, sequías o formaciones arbóreas particulares hayan afectado sus acciones de una manera específica. La naturaleza, como lo señalara Stephen Vogel, suele ser vista como "lo que aparece más inmediato, más directamente dado, más independiente de y anterior a prácticas sociales de construcción".33 En este artículo, he tratado de mostrar que la naturaleza no es independiente de, ni anterior a, formas socio-históricas de formación de lugares. Incluso antes de la llegada de los criollos, los pastizales que cubrían ambas orillas del Pilcomayo eran el resultado del uso sistemático del fuego por parte de grupos indígenas. Y la desaparición de dicho paisaje a principios del siglo XX, la consiguiente expansión del monte como una presencia espacial dominante y más recientemente el resurgimiento de campos en la banda del bañado son igualmente el resultado de prácticas sociales. Del mismo modo, la configuración del monte paraguayo como un espacio de abundancia natural no es otra cosa que el resultado de la Guerra del Chaco, los desplazamientos poblacionales generados por ella y la geografía creada por las estancias ganaderas. En conjunción con fuerzas físicas ligadas a la dinámica hidráulica de las aguas del Pilcomayo, estos paisajes son procesos dinámicos y en movimiento que son inseparables de cambiantes relaciones y prácticas históricas.
En otras palabras, el monte, la banda, los pastizales y el río han sido creados y desarticulados como lugares entrelazados en una misma geografía histórico-natural. Y la memoria social de la gente en las comunidades tobas de esta región ha sido parte constitutiva de esta configuración espacial, en tanto forma de subjetividad que guía la acción material y las expectativas asociadas a estos paisajes cambiantes. Y esta fusión entre lugares, naturaleza y memoria ha sido conformada simultáneamente por una frontera internacional. La frontera argentino-paraguaya, en este sentido, ha hecho de la producción de la naturaleza algo particularmente evidente, y socialmente significativo para la gente de la zona, debido a la fractura que dicha divisoria creó en el paisaje regional. Al inscribir relaciones sociales e imaginarios culturales en el espacio, fronteras como ésta tienen profundas implicancias en la formación de lugares y en la manera en que la naturaleza se manifiesta social y físicamente.

NOTAS

1 Steven Vogel: Against Nature: The Concept of Nature in Critical Theory. Albany: State University of New York Press, 1996.         [ Links ]

2 He presentado versiones anteriores de este artículo en la Universidad de Cornell, la Universidad de Sussex, la Universidad de California, Berkeley, la Universidad Nacional de Jujuy y la Universidad de British Columbia. Les agradezco a John Mackenzie, Michael Watts y Rohan D'Souza por sus observaciones críticas sobre este trabajo y a Luis María de la Cruz por sus diálogos sobre la historia de los paisajes del Pilcomayo.

3 Asp, citado por Astrada, Domingo: Expedición al Pilcomayo. Buenos Aires: Estudio Gráfico Robles & Cía, 1906, p.65.         [ Links ]

4 Ver, entre otros, Braun, Bruce: The Intemperate Rainforest: Nature, Culture, and Power on Canada's West Coast. Minneapolis: University of Minnesota Press, 2002;         [ Links ] Braun, Bruce y Noel Castree: "The Construction of Nature and the Nature of Construction: Analytical and Political tools for Rebuilding Survivable Futures", en Bruce Braun y Noel Castree (comp.). Remaking Reality: Nature at the Millennium. London: Routledge 1998, pp. 3-42.         [ Links ]; Escobar, Arturo: "Constructing Nature: Elements for a Post-Structural Political Ecology", en Richard Peet y Michael Watts (comp). Liberation Ecologies. London: Routledge 1996, pp. 46-68.         [ Links ]; Haraway, Donna: Simians, Cyborgs, and Women: The Reinvention of Nature. New York: Routledge, 1991;         [ Links ] Harvey, David: Justice, Nature, and the Geography of Difference. Oxford: Blackwell, 1996;         [ Links ] Latour, Bruno: We Have Never Been Modern. Cambridge: Harvard University Press, 1993;         [ Links ] Smith, Neil: Uneven Development: Nature, Capital, and the Production of Space. Oxford: Blackwell, 1984;         [ Links ] Vogel, Steven: Against Nature, citado.

5 Marx, Karl: Economic and Philosophic Manuscripts. New York: International Publishers. 1964 [1844], pp. 126-128.         [ Links ]

6 Marx, Karl y Frederick Engels: The German Ideology. New York: International Publishers. 1966 [1846], pp. 36-37.         [ Links ]

7 Ver Schmidt, Aldred: The Concept of Nature in Marx. London: New Left Books, 1971.         [ Links ]

8 Ver Smith: Uneven Development, citado; Raffl es, Hugh: "Local Theory: Nature and the Making of an Amazonian Place". Cultural Anthropology, 1999, 14(3): 323-360 y Raffles,         [ Links ] Hugh: In Amazonia: A Natural History. Princeton: Princeton University Press, 2002.         [ Links ]

9 Gordillo, Gastón: Landscapes of Devils: Tensions of Place and Memory in the Argentinean Chaco. Durham: Duke University Press, 2004;         [ Links ] y Gordillo, Gastón: En el Gran Chaco: Antropologías e historias. Buenos Aires: Prometeo, 2006.         [ Links ]

10 Ver, por ejemplo, Wilson, Thomas y Hastings Donnan: "Nation, State, and Identities at International Borders", en Thomas Wilson y Hastings Donnan (comp). Border Identities: Nation and State at International Borders. Cambridge: Cambridge University Press.1998, pp. 1-30.         [ Links ]

11 Gordillo: Landscapes of Devils, citado; Gordillo: En el Gran Chaco, citado, y Gordillo, Gastón: Nosotros vamos a estar acá para siempre: historias tobas. Buenos Aires, Biblos, 2005.         [ Links ]

12 La primera franja de bosque, de hasta unos doce metros de altura, incluye algarrobos (Prosopis alba and nigra), vinal (Prosopis ruscifolia), chañar (Gourliea decorticans) y tusca (Acacia aroma). Más hacia el interior del Chaco predominaban árboles de madera dura de hasta quince metros de altura: quebracho colorado (Schinopsis quebracho colorado), quebracho blanco (Aspidosperma quebracho blanco), urundel (Astronium balansae), palo santo (Bulnesia sarmientoi) y palo mataco (Prosopis kuntzei). Ver Morello, Jorge: "Modelo de relaciones entre pastizales y leñosas colonizadoras en el Chaco argentino". IDIA 276: 31-52, 1970;         [ Links ] Castañeda Vega, Rafael: Colonia Buenaventura y Oeste de Formosa: aspecto físico, habitantes y flora, oportunidades para el pequeño capital. Buenos Aires: Compañía Gráfi ca Argentina, 1920.         [ Links ]

13 Morello, Jorge y Carlos Saravia Toledo: "El bosque chaqueño (I y II): paisaje primitivo, paisaje natural y paisaje cultural del Oriente de Salta". Revista Agrícola del Noroeste Argentino 3(1-2): 5-82, 1959, 209-258;         [ Links ] Morello: "Modelo de relaciones", citado. Los desbordes del Pilcomayo también contribuyeron a la creación de campos al inundar amplias zonas y facilitar el crecimiento de diferentes variedades de pastos (de la Cruz, comunicación personal, 2003). Sin embargo la acción humana fue fundamental para producir dichas praderas y limitar la expansión de los bosques en ellas.

14 Morello y Saravia Toledo: "EL bosque chaqueño", citado, pp. 20, 76-77.

15 Castañeda Vega: Colonia Buenaventura, citado, p. 21.

16 Tebboth, Dora: With Teb, Among the Tobas: Letters Written Home from the Mission Field. Sussex, UK: The Lantern Press, 1989 [1938-46] p. 68.         [ Links ]

17 Gordillo, Gastón y Juan Martín Leguizamón: El río y la frontera: movilizaciones aborígenes, obras públicas y Mercosur en el Pilcomayo. Buenos Aires: Biblos, 2002, pp. 35- 37;         [ Links ] Mendoza, Marcela: Band Mobility and Leadership Among the Western Toba Hunter- Gatherers of the Gran Chaco in Argentina. New York: Edwin Mellin Press, 2002.         [ Links ]

18 Métraux, Alfred: Itinéraires 1 (1935-1953): Carnets de Notes et Journaux de Voyage. Paris: Payot, 1978, p. 82.         [ Links ]

19 Métraux: Itinéraires 1, citado, pp. 82-83.

20 Tebboth: With Teb, Among the Tobas, citado, p. 115.

21 Estigarribia, José Félix: The Epic of the Chaco: Marshal Estigarribia's Memoirs of the Chaco War: 1932-1925. New York: Greenwood Press, 1969 [1950] p. 126.         [ Links ]

22 A fines de la década de 1990, se estaba construyendo un camino de tierra con el fin de conectar el área con pueblos formoseños situados más al este.

23 Ver, Gordillo: Landscapes of Devils, citado; Gómez, Mariana: "Representaciones y prácticas en torno a la menstruación y la menarca entre mujeres tobas: entre la salud de las mujeres y la construcción social del género femenino". Papeles de Trabajo (Rosario), 2006, 14: 9-51.         [ Links ]

24 Para un análisis en detalle del impacto de estas obras en la región, y de las movilizaciones políticas que ello generó entre la población indígena y criolla del Pilcomayo, ver Gordillo y Leguizamón: El río y la frontera, citado.

25 Scott, James: Domination and the Arts of Resistance: Hidden Transcripts. New Haven: Yale University Press, 1990.         [ Links ]

26 Gordillo y Leguizamón: El río y la frontera, citado.

27 Harvey, David: Spaces of Hope. Berkeley: University of California Press. 2000, pp. 156-196.         [ Links ]

28 Lukács, Georg: History and Class Consciousness. Cambridge, MA: MIT Press. 1971 [1923], pp. 135-136, 234.         [ Links ]

29 Ver Braun: The Intemperate Rainforest, citado; Smith: Uneven Development, citado, Vogel: Against Nature, citado.

30 Smith: Uneven Development, citado, p. 32.

31 Gramsci, Antonio: Selections from the Prison Notebooks. New York: International Publishers. 1971 [1929-35], p. 441.         [ Links ]

32 Ver, entre otros, Tsing, Anna: "Nature in the Making", en Carole Crumley (comp). New Directions in Anthropology and Environment. Walnutt Creek, CA: Altamira Press, 2001, pp. 3-23.         [ Links ]. También, Raffles: In Amazonia: A Natural History, citado.

33 Vogel: Against Nature, citado, p. 35.