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Cuadernos del CILHA

versión On-line ISSN 1852-9615

Cuad. CILHA vol.10 no.1 Mendoza ene./jun. 2009

 

ARTÍCULO ORIGINAL

Silencios críticos en torno al compromiso ideológico y sociopolítico de Rubén Darío

Alberto Acereda a

a. Arizona State University, Estados Unidos

acereda@asu.edu

Recibido: 21-VI-2008 
Aceptado: 17-VIII-2008

Resumen: Los críticos sociológicos y marxistas del Modernismo han dado prioridad a la responsabilidad social del escritor. Algunos críticos cuestionaron a Rubén Darío por haberse despreocupado de la cuestión social y por su falta de interés en los temas políticos. Este artículo muestra cómo una lectura más detenida y completa de la obra de Darío revela la presencia de temas políticos y su oposición expresa al socialismo, al anarquismo y al marxismo. A su vez, este estudio muestra una visión más positiva de Darío sobre los Estados Unidos de América que la dada hasta ahora por ese sector de la crítica.

Palabras clave: Rubén Darío; Modernismo; Responsabilidad social; Estados Unidos de América.

Title and subtitle: Critical omissing surrunding Rubén Darío`s ideology and socio-political views.

Abstract: Sociological and marxist critics of Modernismo have given primacy to the writer´s social responsibility. Some critics challenged Rubén Darío for having detached himself from social themes and for his lack of regard for political issues. This article shows that a closer and more comprehensive reading of Darío´s works reveals the presence of political themes including his explicit opposition to socialism, anarchism and marxism. It also shows Darío´s positive view of the United States of America, an area often overlooked by most critics.

Key words: Rubén Darío; Modernismo; Social responsability; Unites States of America.

Durante demasiado tiempo la literatura modernista sirvió de coartada a un sector de la crítica y a los detractores del Modernismo para recriminar a algunos de sus autores, especialmente a Rubén Darío, una escasez de compromiso ideológico, social  o político. En otras ocasiones, cuando la crítica creyó haber hallado ese compromiso, éste se presentó más en línea con los intereses de un tipo de crítica sociológica o marxista particular que con la realidad total de la visión sociopolítica dariana. Cierto es que Darío estuvo siempre más interesado en el arte que en la política, más en la creación artística individual que en el activismo político de masas. Una lectura atenta del corpus literario dariano descubre el hondo desasosiego existencial dariano, cuyas manifestaciones pasan por preocupaciones universales ligadas al arte, la espiritualidad y también la sociedad. De esta última nace en Darío un compromiso ideológico, social y político más amplio del que normalmente ha otorgado la crítica al nicaragüense. Más allá del preciosismo estético con el que se juzgó en ocasiones a los modernistas, Darío tomó partido en la situación política y social de su tiempo, a veces de manera firme y otras tantas con las lógicas indecisiones propias del artista de su tiempo y de las complejas contradicciones de la modernidad y del Modernismo.

Una mirada a los textos y crónicas de los autores modernistas muestra que muchos de ellos estuvieron comprometidos con los avatares sociales de su tiempo y mezclados directa o indirectamente en la política. Repárese en la particular actividad ideológica de Justo Sierra y de Manuel González Prada; en la militancia revolucionaria de José Martí o en la vida aventurera y politizada de José Santos Chocano. José Martí, Guillermo Valencia y Leopoldo Lugones, por ejemplo, llegaron a ser candidatos a la presidencia de Cuba, Colombia y la Argentina respectivamente. Amado Nervo, por su parte, dejó escritos varios cantos patrióticos y textos escolares para la educación cívica y literaria de la juventud mexicana. El caso de Darío, aunque particular, no está exento de un compromiso que debe ser reevaluado a una nueva luz, la que permite hallar a un Darío expresamente alejado de los engendros ideológicos ligados a los colectivismos de raíz marxista y enraizados en el socialismo y el anarquismo político. De igual modo, hay otro Darío que —más allá de los siempre reiterados y manidos textos contra Estados Unidos— supo admirar expresamente a la nación norteamericana, en línea con lo que también hizo entonces otro modernista como Leopoldo Lugones.

Entre la crítica literaria y las agendas ideológicas

Cualquier estudioso del Modernismo conoce la oposición que el Modernismo recibió a finales del siglo XIX tanto en Hispanoamérica como en España. El debate antimodernista no se limitaba a lo meramente literario y artístico, sino que tuvo otras connotaciones más amplias en línea con una doble e inherente dimensión ideológica y espiritual. Aquella polémica finisecular en torno al Modernismo plantó las bases de posteriores cuestionamientos sobre los autores modernistas que adquirieron fundamentaciones de de índole ideológica, espiritual y aun económica1. De ahí nacieron algunas de las valoraciones sobre Darío y los modernistas que durante el siglo XX se fueron proyectando al hilo de particulares acercamientos teóricos a la literatura. Desde sus inicios —y en parte por la confusa visión política de varios intelectuales de fin de siglo— los modernistas fueron identificados con una especie de anarquismo rebelde; socialmente, se les percibía como seres peligrosos, ácratas y aun malditos decadentes. Por un lado, la postura antimodernista partió de la identificación de los modernistas como seres conflictivos, opuestos al sistema y los valores tradicionales. Tan errada visión llevó a que muchos antimodernistas relacionaran el anarquismo artístico y literario de los nuevos poetas y artistas con un anarquismo ideológico y político. Durante todo el siglo XX, este tipo de crítica reprochó a Darío y a otros modernistas una notable superficialidad y un supuesto desinterés por los problemas sociales, especialmente en la turbulenta historia hispanoamericana. En el caso de los ataques contra Darío, fue José Enrique Rodó quien sentó las bases de la errónea tesis de la antiamericanidad dariana, continuada por críticos marxistas como Juan Marinello (1977) y Françoise Perús (1978)2. Este tipo de lecturas y análisis sobre Darío y los modernistas bajo una dependencia crítica excesivamente dogmática genera, a nuestro juicio, lecturas muy restringidas que no favorecen la visión amplia, múltiple y heterogénea del Modernismo. En el caso de José Martí, el cubano Marinello (1977) juzgó que la revolución castrista recogía y exaltaba el mandato de Martí, insertándolo en lo que dicho crítico define como propósito fundamental de su época: el socialismo. Es así como Marinello intenta presentar un eslabón entre la revolución de Martí con la realidad castrista y particularmente con el discurso revolucionario de Moncada3. En el caso de Darío, la aparente ligazón del anarquismo político con el Modernismo no resultaba ser tan clara, como tampoco lo era su cercanía a los colectivismos ideológicos. Aun así, en la pervivencia de lo que fue un tipo de crítica antimodernista y antidariana, es significativa la labor realizada por un sector de la crítica literaria marxista. El reduccionismo de algunos de sus críticos perpetró durante el siglo XX deliberados silencios en torno a Darío que deben ser reevaluados para hacer justicia al escritor nicaragüense.

La crítica de raíz marxista contempla el Modernismo como un fenómeno dependiente de las transformaciones de la matriz económica, la estructura de clases y las modificaciones del papel del intelectual en el marco de la lucha ideológica. Un crítico del Modernismo de la clarividencia de José Olivio Jiménez (1994) ya observó  respecto a ese tipo de estudios "el grave riesgo a que están abocados cuando se procede de una manera simplista y dogmática"3. La exposición de tales postulaciones requeriría de un trabajo aparte pero valga aquí dar solamente algunos ejemplos representativos para los efectos de nuestra argumentación. Para Marinello (1977), en su referido artículo, el Modernismo fue un arte individualista, nada social y nada solidario. En la exclusividad de las individualidades modernistas se halla lo que Marinello (1977) definió en tono acusatorio como "el absentismo y el apoliticismo que dominan el momento modernista en Hispanoamérica" (285). Según Marinello (1977), la poesía de Darío es el vehículo deslumbrante de "una evasión repudiable" (291) elaborada por un poeta entendido como "minero brillante de una grieta desnutridora" (291). Se crea arte en el Modernismo "lejos del pulso dramático del mundo, [con] signo aristocrático, de hondo desprecio al pueblo" (295). En ese talante individualista, por tanto, radica para Marinello la debilidad primordial del movimiento: "en haber situado su campo lejos de toda apetencia colectiva" (317). Otro crítico, Yerko Moretic denominaba en 1975 como acertado y exacto el reproche al Modernismo realizado por el cubano Marinello (1977), y por esa misma vía Moretic (1975) denuncia "una real falta de correspondencia entre lo que los pueblos hispanoamericanos necesitaban y lo que les entregaron efectivamente sus intelectuales modernistas" (53)4. Entre los excesos vituperables de índole política o cívica de los modernistas, Moretic (1975) cita también la estridente exaltación racista de los artistas americanos blancos, el regodeo masoquista con los pequeños sufrimientos individuales, el mero juego epidérmico de sentimientos postizos y la complacencia servil con los dictadores de turno. Para concluir, Moretic (1975) concuerda con Marinello (1977) en otro concepto ligado al Modernismo: que la exacerbada sensibilidad de los poetas mo­dernistas les lleva a replegarse en sí mismos o a gritar su repugnancia y su indignación estériles. Así que para Moretic (1975): "la dispersión e intensificación de motivos contribuye en muchos de ellos a la sobreestimación de sus propios dolores. El individualismo negativo toca uno de sus momentos culminantes" (59). En 1978, otro crítico marxista, Françoise Perús, calificó el Modernismo en su ya referido artículo ("El Modernismo hispanoamericano...") como un intento de mostrar "el hedonismo agonizante en el que el orden feudal se defiende de los embates de las prácticas capitalistas" (128) y configuró la escritura modernista como "la plasmación de la agonía del orden señorial" (128). A esta crítica ideologizada se sumó, entre otros, Carlos Blanco Aguinaga  quien ya para 1980 había criticado también con dureza a Darío realizando una lectura empobrecedora de su obra. Su objetivo no era otro que presentar la figura del nicaragüense como la del poeta al servicio de la oligarquía a cambio de apoyo y protección. Blanco Aguinaga (1980) tachó a Darío de excesivamente conservador, sometido al poder, a la prensa y a la oligarquía de los países donde vivió5.

Los usos ideológicos y políticos de la figura de Darío como capital cultural de Nicaragua fueron ya estudiados de forma adecuada por David E. Whisnant (1992) en un recomendable artículo que perfila de forma imparcial y equilibrada los usos de la figura de Darío por parte tanto del régimen somocista como del posterior régimen sandinista. En ambos casos se perciben los esfuerzos de unos y otros gobiernos por ofrecer una imagen de Darío apropiada a sus agendas político-culturales. En el caso sandinista, Whisnant (1992) ya demostró el esfuerzo revolucionario por reconstruir a Darío y establecerlo nacionalmente en compañía de figuras como Diriangén, Zeledón y Sandino, en un intento oficial por asimilar políticamente a Darío en el marco del proyecto revolucionario sandinista6. En este contexto cabe entender el esfuerzo revisionista realizado por el ya entonces ministro de cultura, el poeta Ernesto Cardenal, proclamando categóricamente a Darío como figura anti-imperialista, revolucionaria y anticipo de la revolución sandinista, según prueban los extractos recogidos en la antología Pensamiento anti-imperialista en Nicaragua, publicado en 1982 en Managua por el Instituto de Estudio del Sandinismo. Cardenal llegó a argumentar la descendencia directa del Frente Sandinista de Liberación Nacional de la figura de Darío, a través de Sandino y Carlos Fonseca. Lamentablemente, algunos de los mejores críticos darianos que se encontraban entonces en la Nicaragua sandinista, acabaron por ceder —por miedo o por convicción— a la tendencia oficialista que pervivió hasta su derrota a inicios de los noventa. Con la más reciente vuelta del sandinismo al poder, el llamado Gobierno de Reconciliación y Unidad Nacional de Daniel Ortega ha vuelto a utilizar a Darío como pieza para sus agendas políticas, como prueba el panfleto publicado en Managua en febrero de 2008 por la "Casa de los Pueblos" y bajo el título "Nicaragua para la Humanidad. A 92 años de la partida de Rubén".    

Para romper con los silencios y tergiversaciones críticas en torno al auténtico compromiso ideológico y social de Darío se hace necesario realizar una lectura completa de la obra dariana. Sólo así puede revelarse la injusta manipulación que por vía de las agendas políticas y críticas se ha venido haciendo desde diversos frentes, especialmente desde el marxismo, de una figura como Darío. No es difícil para ello rastrear la raíz mayoritariamente liberal del Modernismo, apuntada ya por un agudo crítico como Julio Saavedra Molina (1938) y seguidas después por Ricardo Gullón (1964) y Ángel Rama (1970)7. Al estudiar el Modernismo, Saavedra Molina afirmó: "Lo esencial de esta actitud se identifica con la doctrina en todas partes conocida con el nombre de liberalismo" (139). Dicho de otro modo, asegura el mismo crítico, "lo que se ha llamado Modernismo en literatura no es otra cosa que lo que en política se llama liberalismo" (140). El mismo Saavedra Molina (1938) verifica su interpretación en el particular de que allí donde el liberalismo fue acosado por el dogmatismo antiliberal de uno y otro extremo ideológico, el Modernismo se vio negativamente afectado: "Confirma esta interpretación, a nuestro parecer, la historia misma del Modernismo literario, la cual corre pareja con la suerte de las ideas liberales: allí donde el liberalismo es acosado por el dogmatismo tradicionalista (...) el Modernismo se retarda; allí donde el liberalismo es sobrepujado por el marxismo (...) el Modernismo retrocede y da lugar a nuevas manifestaciones poéticas" (141). Tanto el "dogmatismo tradicionalista" al que apuntaba Saavedra Molina (1938) como el "marxismo" que menciona también el mismo crítico constituyeron ciertamente obstáculos serios para el Modernismo a ambos lados del Atlántico. En ese culto a la libertad, Darío se distanció tanto del absolutismo tradicionalista de talante inmovilista (de raíz ultramontana y reaccionaria), como de los socialismos colectivistas de corte marxista y los anarquismos radicales (de raíz jacobina y revolucionaria).

Cierto es que hay pocos términos tan imprecisos e indeterminados en su contenido como el del liberalismo político y que su sentido ideológico adquirió y sigue adquiriendo distintas definiciones en las variadas áreas geográficas y culturales transatlánticas, en especial en las del mundo hispánico. Con todo, y pese a las dificultades de generalización respecto al concepto ideológico del liberalismo, en el caso de Darío es verificable si negación expresa de las tesis del anarquismo, del socialismo y del marxismo. Esa es una de las razones que explican, por un lado, que Blanco Aguinaga atacara a Darío por "conservador" y, por otro, que sea notable el silencio u ocultamiento general de la crítica marxista respecto a esas posiciones darianas y a esos textos. Antes de comprobar textualmente tales opiniones darianas, debe entenderse que la obra de Darío se enmarcó orgullosamente en un proyecto modernista que fue insertándose paulatinamente en mercado que proponía con éxito el liberalismo económico. De ahí que tanto Darío como los modernistas sí sabían lo que estaban practicando y lo que era, en esencia, su actitud liberal ante el mundo. Sabían también quiénes eran, a la larga, sus potenciales compradores: la burguesía liberal, en mayor o menor grado liberal-conservadora e ilustrada, ubicada mayormente en las capas sociales acomodadas de las grandes capitales como Buenos Aires, Madrid, Barcelona o la Ciudad de México. Así se explica también que el primer número de la revista modernista española Helios proclamara en abril de 1903 la libertad absoluta como ideal artístico. También Darío usó  constantemente la palabra "libertad" al referirse al Modernismo, como en el prólogo a Cantos de vida y esperanza (1905): "El movimiento de libertad que me tocó iniciar en América se propagó hasta España y tanto aquí como allá el triunfo está logrado" (PC: 625, subrayado nuestro)8. El ansia de libertad en Darío queda probada no sólo en su escritura poética sino en la explícita mención de la libertad como concepto fundamental y ligado a la individualidad. En el breve prefacio que inicia su libro Opiniones (1906) asegura Darío: "No busco el que nadie piense como yo, ni se manifieste como yo. ¡Libertad, libertad, mis amigos! Y no os dejéis poner librea de ninguna clase" (OC, I: 228, subrayados nuestros). Lo mismo hace en 1912 en su autobiografía, ligando libertad e individualidad al tiempo que recuerda los debates antimodernistas y la oposición encontrada inicialmente en España: "Esparcí entre la juventud los principios de libertad intelectual y de personalismo artístico que habían sido la base de nuestra vida nueva en el pensamiento y el arte de escribir hispanoamericanos, y que causaron allá espanto y enojo entre los intransigentes. La juventud vibrante me siguió, y hoy muchos de aquellos jóvenes llevan los primeros nombres de la España literaria" (OC, I: 147, subrayado nuestro).

Una mirada a los textos darianos prueba que el nicaragüense fue consciente de todo un proyecto liberal que se alejó tanto del inmovilismo absolutista como del pensamiento utópico de los colectivismos igualadores. Ante todos ellos, Darío enfatizó la importancia del individuo sobre la colectividad que es percibida como masa o muchedumbre. Su deseo de gozar de la libertad como artista (y con ella de la libertad individual y la política) pasaba por la necesidad de reformar respetando también el pasado. Frente a las transformaciones radicales, Darío reivindicó el pragmatismo y la prudencia, con la consiguiente diferenciación entre el concepto político per se y la práctica política. A Darío le interesó más lo primero que lo segundo, como observamos en sus propias palabras recogidas por Diego Manuel Sequeira (1945): "La política es agua de pasto de todo Cristo en esta tierra. Política por la mañana y política por la tarde; política de día y política de noche; política hablada y política escrita. No hay quien no sea político. Ni las mujeres, ni los ancianos, ni los niños. ¡Demontre con la política! De politicorum omnium, libéranos Dómine"9. Darío, por tanto, se apartó siempre que pudo del apasionamiento político de partido o facción lo que no significa que no tuviera un compromiso o que se desinteresara por el problema ideológico como cuestión teórica10. El caso particular de Darío resulta especialmente significativo en su evolución ideológica, según puede confirmar el capítulo 10 de su Autobiografía o el de sus poemas exaltados de juventud, como "A los liberales", de 1881. Observaremos el paulatino paso en Darío desde posiciones liberales más cercanas al pensamiento libertario y aun revolucionario hacia posiciones menos radicales y más a tono con un liberalismo de talante conservador. Es así que el único refugio para Darío se hallará en una burguesía liberal a la que poco a poco se irá adecuando. Es aquí donde debemos matizar la aparente contradicción del fin de siglo hispánico: se ha apuntado que Darío y los poetas modernistas rechazaron a la burguesía porque, a su vez, ésta los rechazaba como seres improductivos; sin embargo, no es difícil observar cómo ante esa situación, autores como Darío fueron insertándose voluntariamente en ese nuevo mercado sin perder su individualidad. La realidad es que los modernistas entregan sus creaciones no para obtener únicamente los aplausos de la burguesía y del público, sino también para recibir una justa remuneración económica y poder vivir y ejercer como artistas. Por eso cabe matizar que el supuesto ataque modernista a la burguesía —otro de los aspectos reiterados por la crítica literaria sociológica y marxista— no fue en el caso de Darío un ataque a toda la burguesía, sino a la más antiliberal e inmovilista11.

Rubén Darío ante el anarquismo y el socialismo 

En diferentes ocasiones Darío escribió abiertamente contra los anarquismos violentos y las colectividades socialistas de raíz marxista. En Darío hubo un componente ideológico que resulta perceptible en su labor de cronista mundano, con textos como "La Prensa y la Libertad", en su oficio de periodista, en el ensayista, en el Darío de España contemporánea (1901), en el curioso lector de otros autores e incluso en el Darío prologuista. En el prefacio de 1902 escrito por Darío al libro del socialista argentino Manuel Ugarte, Crónicas del Bulevar (publicado un año después en París por Garnier Hermanos), Darío elogia a Ugarte por su conocimiento de la capital francesa y de la cultura cosmopolita. Sin embargo, en ese recuerdo personal dariano del autor argentino, Darío nos ofrece datos para comprender mejor el trasfondo ideológico de su propia obra. Así, cuando recuerda su amistad con Ugarte, reconoce en sí mismo no estar nada cercano a las ideas socialistas y anarquistas de aquél, sino más bien en el lado opuesto:

Hemos asistido juntos —escribe Darío— a reuniones socialistas y anarquistas. Al salir, mis ensueños libertarios se han encontrado un tanto aminorados... No he podido resistir la irrupción de la grosería, de la testaruda estupidez, de la fealdad, en un recinto de ideas, de tentativas trascendentales... No he podido soportar el aullido de un loco desastrado, al salir a recitar un artista de talento, porque estaba condecorado con la Legión de Honor; o el grito grotesco de un interruptor incomprensivo, en una peroración grave y noble; o al curioso cojo Libertad, vociferando contra el poeta Tailhade, y amenazando en plena escena con su muleta, en la fiesta misma en honor de Tailhade..., o a cuatro "anarcos" rabiosos, gesticulantes alrededor de Sévérine enlutada y pacificadora... No he podido resistir12.

Darío muestra en esta crónica un notable rechazo ante el anarquismo y el socialismo que había contemplado de primera mano en aquellos años parisinos. La defensa del poeta francés Lorenzo Tailhade y el varapalo al círculo de Remy Sévérine resulta significativa. Carolina de Guebhard, llamada Sévérine, era la periodista francesa que sostuvo en 1896 una célebre polémica en defensa del socialismo y que Darío presenta aquí rodeada de esos rabiosos anarquistas. Darío entiende y expone así públicamente la falsedad del radicalismo violento y la necesidad de aspirar a un verdadero ideario liberal al que adscribe su obra como vertebración del proyecto modernista. Con todo, el nicaragüense tiene bondadosas palabras para Ugarte —que sería iniciado masón en París— aunque por ello no deje de reiterar en dicho prólogo el error de su amigo al ubicarse en la órbita anarquista y socialista. De ahí que, tras relatar todo ese desagradable ambiente de los círculos socialistas parisinos, Darío (2003) afirme: "Y, sin embargo, Ugarte, convencido, apostólico, no ha dejado de excusarme esos excesos, y se ha puesto de parte del populacho que no razona, y me ha hablado de la próxima regeneración, de universal luz futura, de paz y trabajo para todos, de igualdad absoluta, de tantos sueños... Sueños" (101). Darío está apuntando así a  toda la demagogia utópica ligada a un falso socialismo que él no puede compartir y que tilda como simples aspiraciones inútiles frente a su preferencia personal por el individuo como generador de la verdadera libertad. Sabemos que Darío exploró todas las tendencias y es en este particular que no resulte contradictoria la participación de Darío en alguna revista anarquista francesa como la Revue Blanche13 en tanto en cuanto no es visible en el nicaragüense simpatía alguna por el anarquismo, según probaremos. Bajo la impronta de Darío, resulta difícil así hermanar conceptos como "anarquismo" político y "Modernismo", cuando resultaron ser, en el caso de Darío, irreconciliables. Una cosa es que Darío, por ejemplo, escribiera del "anarquismo en el arte" o de una ideología estética ácrata, y otra cosa bien distinta es que se pretenda sugerir una inexistente simpatía dariana con el anarquismo político. Bien mirado, hoy entendemos que, pese a ciertas críticas anti-burguesas realizadas por Darío, su carácter individualista era irreconciliable con los postulados anarquistas en su ligazón obrero-marxista. Una lectura de los juicios de Darío confirma que las posibles simpatías con la ideología ácrata se debían, en su caso particular, más a lo que tenían de destructivo con los viejos usos inmovilistas artísticos y literarios que con cualquier tipo de propuesta ideológica para un mundo donde el anarquismo político y el marxismo tuvieran protagonismo.

El propio Darío (2003) reitera estas ideas de rechazo a cualquier tipo de radicalismo en otro de sus prólogos, esta vez al del libro titulado La juventud intelectual de la América Hispana, publicado en Barcelona por el argentino Alejandro Sux. Era éste otro intelectual hispanoamericano ligado a las ideas socialistas y que había sido expulsado de la Facultad de Derecho de Buenos Aires. Se había dedicado a la propaganda libertaria de tinte radical, había sido desterrado dos veces —una a Montevideo y otra a Mendoza— y había sido encarcelado otras tantas. Al no poder resistir el ambiente liberal conservador porteño, Alejandro Sux estuvo en Barcelona y participó en las movilizaciones de la Semana Trágica de 1909 hasta el punto de ser herido y condenado a muerte, aunque logró escapar y llegar a París. Darío, que no simpatizaba con las ideas de Alejandro Sux, escribe este prólogo a modo de confesión personal en boca de Sux y es ahí, nuevamente, donde podemos hallar el rechazo de Darío a las prácticas del socialismo de Sux. Darío (2003) pone en boca de su amigo estas palabras: "Creí —¡aurora irreflexiva!— en la fuerza del odio, sin comprender todavía la inutilidad de la violencia. No acaricié el instrumento de mis cantos, sino que le apreté contra mi corazón con una como furia desmedida" (106). Unos párrafos después, y bajo capa de primera persona narrativa, prosigue el relato de los errores de su amigo argentino tras su llegada a Europa: "En el viejo continente proseguí mis anhelos libertarios. Tomé parte en luchas populares, vi el incendio, la profanación; oí los alaridos de la Bestia policéfala, y creí en el mejoramiento de la humanidad por el sacrificio y el escarmiento. (...) Y luego fue como mi despertar, como una nueva visión de vida. Comprendí la inutilidad de la violencia y el rebajamiento de la democracia" (2003: 208). No extraña así, por tanto, que Darío titulara su prólogo "Primavera apolínea", en referencia a la recuperación del sentimiento del bien, coherente, pacífico y hermoso de Apolo frente al mal, incoherente, violento y feo de lo dionisíaco, Dionisos. En este punto, Darío vuelve a aprovechar para conectar ese filón ideológico basado en el ideario liberal con el cultivo de un arte meditativo sobre la existencia humana en el mundo. Añade Darío (2003): "Comprendí que hay una ley fatal que rige nuestras vidas, instantáneas en la eternidad. Supe más que nunca, que nuestra redención del sufrir humano está tan solamente en el amor. Que el gozo de existir debe ser nuestra virtud de paraíso. Que el poema de nuestra simiente o de nuestro cerebro es un producto sagrado. Que el misterio está en todo, y sobre todo en nosotros mismos, y que puede ser de sombra y de claridad. Y que el sol, la fruta, la rosa, el diamante y el ruiseñor se tienen con amar" (208-209). En estas líneas tenemos al mejor Darío que pone en boca de Alejandro Sux sus propios sentimientos, desde su rechazo al radicalismo ideológico hasta la fe en el amor y la condición sagrada del arte y la poesía. Valoremos a continuación la visión que Darío da a sus lectores de la anarquía política para diferenciarla de la defensa dariana y modernista de la anarquía artística. Aquella supuesta anarquía fue en Darío más una pose artística que un verdadero compromiso político o ideológico. Aunque la crítica académica ya se ha ocupado del anarquismo finisecular la cuestión no puede zanjarse pues son muchas las contradicciones y aun sorpresas al respecto14.
 
Consciente de muchas de estas cosas, Darío mismo rechazó esa actitud fuera de la ley y censuró el anarquismo político como algo absurdo. En diferentes lugares de su obra, Darío menciona la cuestión del anarquismo, casi siempre en términos peyorativos. Precisamente, una de las crónicas darianas menos estudiadas y, a la vez, más reveladoras en cuanto a la posición dariana contra las ideologías ligadas al anarquismo y al socialismo político es la titulada "Dinamita", que debe fecharse a finales de 189315. En ella, Darío fustiga al anarquismo socialista y se queja de la expansión de esas falsas ideas a través de la violencia: "Toda Europa está minada por las caries socialistas. El anarquismo asoma su faz por todas partes" (OC: IV, 644), asegura el nicaragüense. Tras citar la expansión anarquista por Alemania, Francia, Italia, España, Portugal e Inglaterra, disecciona el contenido de lo que juzga como insensata teoría y práctica anarquista. Darío demuestra la falta de sentido del anarquismo, moda que supone un quebrantamiento de la libertad sobre las bases de un socialismo antiliberal. Lo que hay en el anarquismo socializante —representado por Caín, según Darío— se resume así: "Para Caín el labrador, el enemigo es Abel, el estanciero. El enemigo es el trabajador, que tiene ahorros; el propietario, que tiene casas; el caballero, que tiene frac; la noble dama, que tiene diamantes; el juez, que tiene autoridad; el rey, que tiene corona; el creyente, que tiene Dios. Dios también es el enemigo" (OC: IV, 644). Darío identifica, por tanto, el anarquismo con el socialismo trayendo a colación la actitud equivocada de una ideología tan vacía como erróneamente antirreligiosa y carente de valores humanísticos:

Los pseudo-anarquistas importados a esta tierra han escrito en sus papeles amenazantes con motivo de la peregrinación a Luján: "Ni Dios, ni Patria". Ya Engels había dicho en el país de Alemania: "Tiempo vendrá en que no habrá más religión que el socialismo". Esos filósofos de última hora, tras un hartazgo de Darwin, de Strauss, de Büchner, de Feuerbach, predican a las masas populares cerradas e ignorantes la muerte de las creencias y de los ideales religiosos (OC: IV, 645).

Darío desenmascara así abiertamente, y sin ningún tipo de miramiento, los auténticos fines de los anarquistas y los presenta como usurpadores de la libertad individual bajo la falacia de una supuesta igualdad que acaba siendo hipócritamente falsa. De este modo, Darío reproduce con ironía lo que serían los principios de los anarquistas: "Hay que ser ricos a toda costa, y puesto que no podemos serlo, destruyamos la propiedad ajena; igualemos a fuego y sangre las cabezas de la humanidad. Procuremos engordar y ser felices en esta vida; que más allá no hay nada". (OC: IV, 646). Darío dilapida así el anarquismo y a renglón seguido nos deja unas líneas tan ejemplares como olvidadas. En ellas, empieza por reclamar la justicia para todo ser humano: "¡Dios me libre de que yo esté nunca en contra del dolor, de que yo ataque o escarnezca a la miseria! Tampoco he de ponerme del lado del rico avaro, que no paga el jornal justo; de los que dejan morir de hambre a sus obreros" (OC: IV, 646). Tras ello, Darío aclara:

Mas he de estar siempre contra la avenida cenagosa, contra la oscura onda en que hierven todas las espumas del populacho, contra el odio de abajo, contra la envidia de lo negro a lo blanco, de lo turbio a lo brillante, de lo basto a lo fino, de la fealdad a la hermosura, de la vulgaridad a la distinción. Más que la moral es la estética lo que me impulsa a combatir la rabia anárquica (OC: IV, 646, subrayado nuestro).

Darío no oculta su rechazo a la ideología anarquista y equipara de modo general el anarquismo con el socialismo y el comunismo presentándolos como formas cainitas y nocivas para la humanidad. Vale la pena reproducir estas líneas por lo que tienen de clarificadoras respecto a la posición ideológica de Darío y su contundente fobia a los socialismos, aspecto pasado por alto con demasiada frecuencia por la crítica. Según Darío:

Socialistas, anarquistas, comunistas, todos son unos. El empleo de mayor o menor cantidad de agua y jabón es lo único que los distingue. Son los cainitas. No tienen corderos que ofrecer en el ara, y matan por eso. Son los que después del cautiverio del rey Juan, riegan la isla de Francia con sangre de sus señores, son los jacques, son los que siempre piensan que madama Veto debe bailar; son los que ponen en las picas las cabezas de las princesas; los que odian al aristócrata por su aristocracia y a la bella Lamballe por su cabellera de oro. ¿Patria? No tienen. Con los primeros turanios van caballeros del pillaje contra el Aryablanco. Parias furiosos se vengan de la suerte por la destrucción (OC: IV, 646-647).

No cabe mayor claridad en Darío en cuanto a su rechazo absoluto de los socialismos, anarquismos y comunismos. Por si esto fuera poco, la disección de esos anarquistas socialistas y comunistas apunta a la negativa —y profética— valoración de Darío respecto a Karl Marx y sus posteriores seguidores, siempre obsesionados con una forzada lucha de clases. Darío parodia a los anarquistas y a los seguidores de un nefasto marxismo carente de valores y negador de la moral occidental:

En nuestros días su patria es el mundo. Carlos Marx fundando la Internacional borra las fronteras, y en dondequiera que mira un burgués, un propietario, reconoce un tirano que hay que combatir. El francés, el inglés, como el yankee o el argentino, no es considerado como un Erbfeind, si profesa las mismas ideas. Terribles zíngaros, que en hablando la misma jerga exaltada se comprenden en todos los lugares, ¡como que son cabezas de una misma hidra! Klemich dice a Bécker: "La nacionalidad es una ficción no solamente absurda sino peligrosa". Y el come-ricos de Hamburgo o de Barcelona siente como si fuese en su propio pescuezo la soga que ahorca al anarquista de Chicago. Envídiase al potentado sus palacios, su lujo, su mesa, su mujer, y hasta su obesidad, y sus dispepsias. La moral no existe, las clases no existen, la propiedad no existe, la justicia no existe, Dios no existe. ¡Y si existe, dinamita con él! (OC: IV, 646-647).

Estas líneas darianas por sí solas confirman la inviabilidad de seguir otorgando a Darío posiciones ideológicas ausentes o faltas de compromiso. Por lo mismo, confirman la necesidad de revisar la sesgada visión anti-burguesa que se ha venido reiterando sobre Darío. En esa misma crónica el nicaragüense insiste en su demoledora disección anti-anarquista, ahora por vía de una irónica visión de las tesis darwinistas, tan del gusto de los socialismos ideológicos opuestos a cualquier idea de un Creador divino: "Los escritores ateos y sus filósofos explosivos que están repletos de Darwin -ironiza Darío-, no aplican seguramente a sus ejércitos de igualitarios la ley de la selección. ´¿Qué es la selección, dirá la palabra protestante, sino la herencia con todas sus consecuencias; desigualdades físicas, intelectuales, morales y sociales?´" (OC: IV, 646). Ante esta pregunta, el propio Darío  responde jocosamente con otra nueva interrogación:

Si mis lectores han visto alguna vez un congreso de socialistas, otros, ejusdem farinae, o junturas que los representen, ¿no se han fijado en la expresión fisonómica de cada uno de los ejemplares, o compañeros? Abundan los ojos torvos, las grandes mandíbulas, los rasgos marcadamente zoológicos; las señales de los apetitos, los gestos codiciosos, las miradas reveladoras. Acaba de observarlo mejor que yo Frank Duperrut (OC: IV, 647-648).

 La irónica animalización de esos socialistas perpetrada por Darío se apoya a continuación en la autoridad del comentarista Frank Duperrut, al que el nicaragüense cita:

Viendo pasar los cortejos y las manifestaciones a favor de las reivindicaciones sociales, el pensador y el creyente no pueden dejar de sentirse conmovidos y entristecidos a la vez, de la poca inteligencia que reflejan casi todas las fisonomías. Las fases testarudas y abobadas, limitadas, forman muy a menudo la mayoría. Esos hombres pretenden que son la fuerza. Se engañan. No son sino el número (OC: IV, 648).

A la cita de Duperrut, Darío añade sin ambages: "Son el número, en efecto, engrosado cada día más por la predicación de los oradores de taberna que van a contagiar al obrero bueno y a beberle la mitad del jornal, haciéndole soñar en una Jauja anárquica que debe llegar con el absoluto triunfo del Mesías llamado Democracia" (OC: IV, 648). Darío expone aquí su rechazo a la falsa demagogia socialista ligada a un falso concepto de lo que era la auténtica democracia, tras lo que prosigue: "El herrero, el zapatero, el carpintero que va el domingo a su centro favorito a divertirse, apura su aguardiente o su cerveza al propio tiempo que traga la prédica del haragán parlanchín, y es como si apurase petróleo. De allí sale el hombre laborioso con la ira y el odio al capitalista, al que vive de otra cosa que la labor manual" (OC: IV, 648). Unas líneas después y tras cuestionar a distintos ideólogos socializantes como Laslle, Bebel, Engels y el propio Marx, Darío se lamenta de ese anarquismo y de esas ideas que juzga falsas y que define como "bombas de la estupidez devastadora" (OC: IV, 650). Tras ello, Darío asegura: "Yo no me explico cómo en Europa hombres pensadores y plumas brillantes simpatizan con la más injustificable de las causas" (OC: IV, 650). El nicaragüense reconoce poder explicar la importancia de preocuparse por el tema de la pobreza y por las necesidades de los trabajadores, alcanzando así una justa posición compasiva ante los humildes. Sin embargo, matiza Darío: "Mas cuando se ve al obrero exigente dejar el trabajo y alzar la bandera roja, cuando turbas de descamisados proclaman la destrucción y la muerte, ¿quién que no pertenezca al crespo gremio de zapa y bomba no ha de mirar con poco amor esas bocas torcidas por la iracundia, esa manos alzadas y amenazantes?" (OC: IV, 650).

Darío, en suma, censura la falsa propaganda del marxismo y del socialismo, raíz de la violencia anarquista que también Darío rechaza de plano. Al escribir esta crónica, Darío parece estar recordando los ecos del terrorismo en Barcelona y la reciente bomba en la platea del Teatro del Liceo en noviembre de 1893, atentado a cargo del anarquista Santiago Salvador y que causó veinte muertos. Tras acusar a los anarquistas de "dinamiteros" y de "huelguistas" (OC: IV, 652), Darío apunta sin empacho: "Los socialistas no entienden ni quieren entender de las obras, leyes y bondades divinas. El anarquismo lo dice claro: ´ni Dios ni patria´; y ante el amenazante desborde de pasiones y de iras, empiezan los gobiernos y las sociedades a ponerse en guardia. Ya era tiempo" (OC: IV, 653). En resumidas cuentas, esta crónica apenas mencionada por la crítica y que Darío escribe en Buenos Aires constituye un documento inequívoco del Darío comprometido ideológicamente en lo que fue una urgente llamada de atención para la Argentina y para toda Hispanoamérica sobre los peligros del socialismo y el anarquismo europeo: un peligro que por vía de posibles "inmigrantes dinamitófilos" (OC: IV, 653) podría llegar a perturbar la paz entre los ciudadanos de Buenos Aires, justo los lectores a quien Darío se dirige.

Sobre la cuestión del anarquismo en Darío, podrían señalarse también otros escritos significativos, tres en particular posteriores en el tiempo, que confirman la negativa opinión dariana del anarquismo. Nos referimos a las tres entregas de las homónimas crónicas tituladas "La anarquía española". Fueron éstas escritas en junio y julio de 1905 y publicadas en La Nación respectivamente el 24, 28 de julio y 1 de octubre de ese mismo año. Se trata de tres crónicas desconocidas que Günther Schmigalle ha rescatado y publicado16. En la primera crónica, Darío (2006) confiesa su deseo de ofrecer a sus lectores argentinos "un cuadro lo más completo posible de esa endemia de la patología social en España" (38). Para ello se remite a su amistad con Alejandro Sawa que había tratado en sus crónicas de estos asuntos. Darío (2006) dedica la primera crónica a tratar de los predecesores del anarquismo español y menciona los escritos sociales de Teobaldo Nieva y Juan Serrano Oteiza para detenerse en dos figuras como Louise Michel y Amilcare Cipriani, al hilo de lo que Sawa le había relatado. La segunda crónica prosigue el relato del diálogo entre Darío y Sawa sobre la influencia de los anarquistas extranjeros en el pensamiento y la acción del anarquismo español. Darío (2006) recuerda también la importancia que Sawa concedió para el desarrollo de ese movimiento en España a hombres del anarco-comunismo como Pierre-Joseph Proudhon y Mijaíl Bakunin, especialmente en la figura del malagueño Teobaldo Nieva, ejemplo vivo de ese anarquismo intelectual reflejado en su obra Química de la cuestión social (1886). Darío (2006) menciona esta obra —que constituyó un compendio de ideas anárquico-colectivistas— pero afirma de ella y de su autor: "Fue, en suma, un hombre de buena fe, aunque se dispute que vivió en el error. Yo, es sabido, ¡y líbreme Dios de ello!, no comulgo en esos altares" (39). Al tratar de la otra figura importante de los antecedentes del anarquismo español, el citado Juan Serrano Oteiza, Darío (2006) explica su papel como editor desde 1881 de La Revista Social - Eco del Proletariado, portavoz de la Asociación Internacional de los Trabajadores y defensora de ideas federalistas y anarco-colectivistas. Frente a la compasión de Darío (2006) hacia Nieva, el nicaragüense deja otra vez clara su poca estima hacia Serrano Oteiza en un fragmento que vale la pena reproducir porque aclara la coherente posición de Darío y su rechazo ante lo que el juzga como la "barraganía" con el socialismo y el anarquismo personificado en Serrano Oteiza:

En Oteiza el mercader primaba y ocultaba al apóstol. Era Oteiza un curial en barraganía con el socialismo. De las ideas no veía sino su lado utilitario, mezquinamente utilitario, y de los hombres, el grado de explotación de que eran inmediatamente susceptibles. Pensó una vez entre dos alegatos en papel de oficio, que también hay minas en lo Azul, en la región de las ideas, y para explotarlas como conviene, hizo la denuncia ante la ley de una gran demarcación de Infinito. Fue el acaparador panta­gruélico de cuantos bienes da de sí la lisonja de los apetitos de la muchedumbre. Y se atracó a dos carrillos y redondeó su vientre hasta el prodigio lineal de la esfera matemática. Fue el cortesano de una multitud, el gran chambelán de la oclocracia. En su periódico ce­baba a las más bestiales multitudes de lisonjas, y en su mesa, engullía trufas y capones, hasta llegar a la ahitez, precursora del cólico. Y de eso murió, de un cólico miserere, arro­jando excrementos por la boca... (39).

La tercera y última crónica sobre el anarquismo español recoge algunas apreciaciones sobre la figura del republicano federalista Fermín Salvoechea al que Darío (2006) valora por la autenticidad de sus posiciones. No puede olvidarse, sin embargo, que en medio de estas crónicas, concretamente en la noche del 31 de mayo al 1 de junio de 1905, en la calle Rohan de París, estalló una bomba al paso de la comitiva oficial del presidente Loubet y de su huésped, el rey Alfonso XIII, que salían de la Ópera y se dirigían al ministerio de Asuntos Exteriores. La explosión hirió a diecisiete personas y a catorce caballos. Un caballo murió; el pre­sidente y el rey salieron indemnes. El responsable fue un anarquista es­­pañol, Aviño, llamándose Ale­jandro Farras, que escapó. Darío tuvo noticia de todo esto así como de la larga historia de atentados terroristas perpetrados en España por el anarquismo. Es así como años después, en 1909, al cerrar Darío unas páginas sobre el rey Alfonso XIII de España, el nicaragüense reconoce lo arduo de la vida de todo monarca, supeditado a las normas y protocolos, reglas ignoradas por la mayoría de las gentes y a las que Darío advierte refiriéndose a la Corona: "No saben los cuidados y las inquietudes de hombres que hay en esos personajes simbólicos que encarnan a los pueblos. Por eso es absurda, sobre todo, la ciega preocupación anarquista" (OC: II, 1056). Esa ceguera del anarquismo retrata al Darío más liberal conservador, monárquico en muchas ocasiones y, en otras, sanamente republicano (aunque no en el sentido del republicanismo antidinástico español) y siempre en el contexto de una libertad política paralela a la artística y nunca ajena a la defensa de las libertades del individuo17.

Desde su visión opuesta al anarquismo de raíz marxista y socialista, Darío también planteó negativamente, y en más de una ocasión, la ideología política del socialismo. Al elogiar al presidente liberal chileno José Manuel Balmaceda, Darío describe su suicidio como consecuencia el empuje de sus opositores a los que califica como "virus socialistas y de revuelta" (OC: IV, 1151), impulsores de desastres y huelgas tras haber inundado el país de sangre. No entraremos aquí en la particular discusión de las varias interpretaciones en torno a la figura de Balmaceda y de los episodios de la Guerra Civil chilena de 1891, pero la realidad es que, para Darío, Balmaceda representaba la libertad en todas sus formas, incluida la económica. En 1902 Darío había publicado una traducción de la novela Thomas Gordeieff (1899) de Maksim Gorki. En la crónica "Gorki", incluida en Opiniones (1906), Darío elogia al escritor ruso, pero asegura: "La organización social rusa ha herido con sus durezas y angulosidades la delicadeza del espíritu superior, nacido para otra existencia que la de la inacción y la esclavitud" (OC: I, 248). En otra de las crónicas parisinas enviadas a La Nación de Buenos Aires, titulada "París y el Zar", luego recogida en otro de los volúmenes en prosa de Darío, Parisiana (1908), el nicaragüense habla del espíritu revolucionario ruso y lo equipara al francés en lo que de supersticioso y salvaje tiene toda revolución como fenómeno cíclico y, a la vez, inútil:

De ese caos surgirá algún genio bárbaro, Atila-Napoleón, que limpiará Europa. Amén. Entretanto, los estudiantes y los obreros de las ciudades entran en la lucha con un noble entusiasmo. Quieren echar abajo a los Romanoff. Van a morir por la libertad, por la igualdad, por la justicia, por el progreso, así como murieron nuestros padres. Y dentro de cien años, la república triunfará a las orillas del Neva, tal como la conocemos aquí (OC: IV, 1335).

Las siguientes palabras de Darío que siguen a la anterior cita resultan proféticas sobre lo que el nicaragüense juzgó que iba a ser la futura revolución rusa. Esta opinión dariana, tan poco citada y mencionada por la crítica, resulta de necesario recuerdo, como clara prueba —otra vez— de la posición ideológica liberal conservadora de Darío y de su visión de las revoluciones socialistas como algo nocivo e inútil:

En lugar del zar, tiranuelos demagogos exigirán del pueblo homenaje y sumisión ciega. Los espías dispondrán del honor y de la libertad de cada ciudadano. Los cosacos sablearán a los huelguistas en nombre de la fraternidad. En lugar de enviar a los descontentos a la fortaleza de San Pedro y San Pablo, se les suicidará -se alude al asunto Syveton- en su propia casa. La corrupción insolente de los grandes duques dará lugar a la orgía crapulosa de los tribunos. La Ev´la Tomate y los Peaux de Requin, socialistas, danzarán el chatut en el Palacio de Invierno. (...) El Populo azotado, ametrallado, burlado, se arrodillará delante de los iconos de San Tolstoy y San Gorki aullando: "¡Viva la social!" ¡Radiante porvenir! (OC: IV, 1335-1336).

Darío adelanta aquí con clarividente visión histórica la tiranía rusa que llegará años después con la sangrienta Revolución Bolchevique. Su visión de las relaciones de Francia con respecto al Zar Nicolás de Rusia se plantean en términos del acoso que éste sufre por las imposiciones de una nobleza antiliberal e intransigente "y las demandas y protestas de un pueblo ya viciado en ideas de progreso y libertad por los directores intelectuales como Gorki y demás compañeros" (OC: IV, 1337). Darío saca a la luz las amenazas del terrorismo anarquista contra el Zar y al hilo de las manifestaciones de los intelectuales socialistas franceses, Darío añade con escéptica ironía:

Por Gorki se han hecho públicas demostraciones en el elemento socialista. Se recogieron firmas de literatos, de artistas, de pensadores, para pedir al Gobierno ruso su libertad, como si más bien semejante petición no fuera contraproducente, dadas la calidad política y las ideas revolucionarias de la mayoría de los firmantes. '¡Qué amigos tienes, Benito!', diría su majestad moscovita para su manto imperial (OC: IV, 1337).

Darío cierra su crónica señalando la oposición al zar ruso entre los círculos socialistas franceses y apuntando también el componente violento de esos círculos, ligados al terrorismo anarquista como probaba entonces la reciente bomba en la plaza de la República Francesa.

Darío y "el gran país de los Estados Unidos"

La incompleta visión y los silencios que un amplio sector de la crítica ha realizado respecto al compromiso socio-político de Darío se extiende también al particular del "imperialismo" norteamericano. Cierto es que la visión de Darío sobre Estados Unidos sufrió a lo largo de su vida distintos posicionamientos, pero también lo es que una buena parte de la crítica hispánica —movida acaso por posturas opuestas al capitalismo o bien por un caduco antinorteamericanismo— ha privilegiado ciertos textos darianos sobre otros. La política estadounidense en Hispanoamérica y los posteriores hechos históricos y militares de 1898 generaron en Darío variadas opiniones de las que un importante sector de la crítica ha ido seleccionando solamente las que más convenían a sus agendas. El ambiente finisecular de enfrentamiento entre la raza latina frente a la anglosajona, reflejada en los "arieles" frente a los "calibanes" del conocido ensayo Ariel (1900), de José Enrique Rodó, generaron un turbio ambiente donde los modernistas, y también Darío, tomaron distintas posiciones. Como buena parte de la crítica marxista posterior se ubicó de espaldas a cuanto representaba Estados Unidos, buscó seleccionar en Darío sólo aquellas opiniones donde el nicaragüense atacaba o cuestionaba a aquel país. José María Martínez ya elaboró una interesante lectura panlatinista de Darío al hilo de la intervención norteamericana en la Guerra de Cuba. En otros lugares, también dimos ya cuenta de las quejas de Darío frente a lo que por entonces constituyó la amenaza de Estados Unidos para la hispanidad18. Así lo corroboran poemas como la oda "A Roosevelt" y otros versos de Cantos de vida y esperanza, crónicas tempranas como "El triunfo de Calibán", "Por el lado del Norte", o algunos fragmentos de Los raros, textos citados muy frecuentemente por la crítica pero que no representan la totalidad de la visión dariana sobre Estados Unidos.

Los textos darianos de reproche a los Estados Unidos, muchos de ellos recogidos por José Agustín Balseiro (1967)19, tienen lógica en el contexto de la situación histórica finisecular en el continente americano, concretamente por la cuestión centroamericana, la guerra de Cuba y también al hilo de la Enmienda Platt. Con todo, al realizar una lectura más completa de Darío se observa que éste no dejó de admirar ciertos aspectos de los Estados Unidos, tal y como también había hecho antes otro modernista como José Martí y hacía también en esos años Leopoldo Lugones. Repárese, por ejemplo, en que a pesar de que el conocido poema al presidente norteamericano Theodore Roosevelt se haya convertido por parte de un sector crítico en símbolo del antiimperialismo modernista y dariano, lo que realmente estaba haciendo Darío es exaltar la herencia colonial hispanoamericana a través del símbolo del león español y los cachorros hispanoamericanos. Darío reconoció expresamente su admiración por la libertad, el pragmatismo y la constancia de los Estados Unidos. Darío mismo elogió a los grandes poetas norteamericanos, a sus hombres de ciencia, y, en general, a una cultura anglosajona donde el trabajo y la independencia intelectual constituían el éxito de una sociedad en progreso. Darío no fue ajeno al exceso de palabrería política en Hispanoamérica y fue consciente de las necesidades de esos pueblos y de la importancia de establecer unas instituciones representativas al servicio  pueblo soberano.

Pese a sus iniciales dudas y desconfianzas al hilo de los hechos de 1898, Estados Unidos acabó representando para Darío un sano ejemplo de organización social y  política. En el prefacio a El canto errante (1907), el titulado "Dilucidaciones", Darío elogia a Theodore Roosevelt por sus alabanzas a la poesía: "El mayor elogio hecho recientemente a la Poesía y a los poetas ha sido expresado en lengua 'anglosajona' por un hombre insospechable de extraordinarias complacencias con las nueve Musas. Un yanqui. Se trata de Teodoro Roosevelt. Por esto comprenderéis que el terrible cazador es un varón sensato" (PC: 691). Estas palabras de encomio al político conservador norteamericano las amplió Darío a todo lo que representaron los Estados Unidos en el polémico poema "Salutación al Águila", del mismo libro. El poema fue escrito en Río de Janeiro, donde Darío asistió en calidad de Secretario de la Delegación de Nicaragua a la Conferencia Panamericana celebrada en 1906. El poema lleva ya el significativo subtítulo en inglés, del poeta brasileño Fontoura Xavier, "May this grand Union have no end!" (PC: 707). Darío se dirige al águila, símbolo de los Estados Unidos, a la que da la bienvenida de parte de la América hispana: "Bien vengas, mágica Águila de alas enormes y fuertes, / a extender sobre el Sur tu gran sombra continental, / a traer en tus garras, anilladas de rojos brillantes, / una palma de gloria, del color de la inmensa esperanza, / y en tu pico la oliva de una vasta y fecunda paz" (PC: 707, vv. 1-5). Darío poetiza la unión de las dos Américas, la hispánica y la anglosajona, a partir del símbolo del Águila y del Cóndor: "Águila, existe el Cóndor. Es tu hermano en las grandes alturas" (PC: 709, v. 39). Las reacciones al poema de Darío no se hicieron esperar, sobre todo al romper con la dialéctica anglo-latina expresada años antes por el citado Ariel de Rodó. No fueron pocos los escritos de indignación por parte de varios intelectuales y poetas hispánicos contra Darío. El primero de ellos fue el venezolano Rufino Blanco Fombona, que en una carta desde Holanda el 3 de agosto de 1907 calificó el poema de infame. En esa misma carta, según la recogió Alberto Ghiraldo, Blanco Fombona aseguró: "¡Cómo no lo han lapidado a usted, querido Rubén! Le juro que lo merece. ¿Cómo? ¿Usted, nuestra gloria, la más alta voz de la raza hispana de América, clamando por la conquista...?"20. La "Salutación al Águila", efectivamente, chocaba de manera frontal, y también aparente, con algunas opiniones anteriores de Darío, pero más allá de la posible lisonja de la "Salutación al Águila" se hallan algunos versos sinceros, versos de hermandad cultural cuando Darío le pide a los Estados Unidos: "Tráenos los secretos de las labores del Norte, / y que los hijos nuestros dejen de ser los rétores latinos, / y aprendan de los yanquis la constancia, el vigor, el carácter" (PC: 708, vv. 31-33).

Frente a lo que comúnmente repite la crítica, Darío supo admirar también lo positivo de los Estados Unidos. Ya en uno de los artículos escritos en París en agosto de 1900, y luego incluido en Peregrinaciones (1901), titulado "Los anglosajones". Darío había afirmado: " No; no están desposeídos esos hombres fuertes del Norte del don artístico. Tienen también el pensamiento y el ensueño. Los hispanoamericanos todavía no podemos enseñar al mundo en nuestro cielo mental constelaciones en que brillen los Poe, Whitman y Emerson" (OC, III: 426). A renglón seguido, prosigue Darío: "Allá donde la mayoría se dedica al culto del dólar, se desarrolla, ante el imperio plutocrático, una minoría intelectual de innegable excelencia" (OC, III: 426). Tras citar a varios de los artistas norteamericanos, Darío acaba reconociendo: "Entre esos millones de Calibanes nacen los más maravillosos Arieles. (...) No son simpáticos como nación; sus enormes ciudades de cíclopes abruman, no es fácil amarles, pero es imposible no admirarles" (OC, III: 427). Ya antes, en una crónica porteña en elogio al escritor argentino Pedro B. Palacios "Almafuerte", Darío había reconocido también los logros artísticos de los norteamericanos y los había contrastado con Hispanoamérica: "Somos más viejos que el yankee; pero nuestro Emerson no se ve por ninguna parte; y lo que es nuestro Poe o nuestro Whitman..." (OC, IV: 776). Es cierto que Darío se puso de parte de España en la guerra con Estados Unidos por la cuestión de Cuba en 1898. Darío fue muy consciente del antinorteamericanismo general en el clima hispánico de la época. Así, al trazar una semblanza de Manuel Ugarte, Darío destaca la fama de éste en el mundo hispánico y  también "en el elemento socialista de Francia" (OC, II: 1004) a raíz de su libro El porvenir de la América Española (1910). En ese punto, Darío señala la posición anti-norteamericana de Ugarte y traza un breve recorrido de esa actitud en otros poetas. Interesa observar aquí las palabras de Darío:

El grito de alarma se había dado ya líricamente: Vargas Vila, entre otros, había lanzado terribles clamores; José Martí, más de una vez había dicho cosas bellas y proféticas sobre el acecho de los hombres del Norte. Yo mismo, hace ya bastante tiempo, lancé a Mr. Roosevelt, el fuerte cazador, un trompetazo, por otra parte, inofensivo. Pero ésas son cosas de poetas (OC, II: 1005).

Tras ese reconocimiento de su posición, ya pasada ("hace ya bastante tiempo", en palabras de Darío) y de su error pasado al valorar negativamente a Theodore Roosevelt, viene una valoración positiva del libro del argentino, pero con una matización que es en sí muy reveladora de las diferencias entre Darío y el socialismo de Ugarte: "Yo no soy de los hostiles —escribe Darío— y digo: el libro es interesante, muy interesante. Aplaudo el optimismo, porque es bello y saludable. Celebro la intención romántica y generosa. Y después de aplaudir el libro, aplaudo el viaje. Pero... en cuanto a los resultados, me declaro absolutamente pesimista" (OC, II: 1006). Darío, en suma, acepta ya la realidad del advenimiento del poderío estadounidense y asegura su distanciamiento del socialismo de Ugarte. Darío recoge en otros escritos variados elogios a los Estados Unidos, uno de ellos como resultado del respeto de dicha nación por sus artistas: "Hay que seguir —escribe Darío— el ejemplo de los Estados Unidos, que siendo nación de trabajo enorme, protege hoy largamente a sus artistas" (OC, I: 360). En la crónica "Miss Isadora Duncan", por ejemplo, sobre la famosa danzarina norteamericana tan estimada por Darío —a misma que inspiró su poema "La bailarina de los pies desnudos"—, el nicaragüense elogia la belleza de Duncan y aclara: "Y natural es que sea una norteamericana la que realice el prodigio, porque si hay un país donde el cultivo del cuerpo y de la euritmia humana hace modernos los días pindáricos, ese país es el gran país de los Estados Unidos" (OC, I: 373).

De hecho, Darío supo ver desde bien temprano el importante papel del país norteamericano a favor de causas importantes como la igualdad de la mujer. En sus tempranas crónicas para La Nación, desde 1890, Darío escribe a favor de la necesaria inserción de la mujer en todos los órdenes y espacios de la vida. En "La mujer americana", por ejemplo, Darío afirma: "En los tiempos modernos se ha comprendido en todas las sociedades civilizadas, la grandísima importancia que tiene la educación de la mujer, conocida su vasta influencia sobre los ciudadanos" (OC, IV: 1114). Seguidamente, ofrece ejemplos y muestra su admiración por la sociedad de los Estados Unidos y las posibilidades laborales para la mujer en aquella nación:

En todo el mundo —asegura Darío— se favorece hoy el engrandecimiento de la mujer por el trabajo. En ninguna parte como en la República del Norte. La mujer de los Estados Unidos quiere competir con el hombre. Aspira allí a todas las profesiones y cargos públicos. Es incalculable el número de inventoras americanas. La mujer americana ha contribuido y contribuye en gran parte al progreso y la grandeza de la tierra de Washington (OC, IV: 1115).

Los vaivenes de opinión de Darío frente a Estados Unidos son visibles en otros textos del nicaragüense, como su artículo titulado "Las palabras y los actos de Mr. Roosevelt", fechado en París el 27 de mayo de 1910, o su carta escrita a Manuel Ugarte a finales de noviembre de 1910 también desde París. Todos estos testimonios deben entenderse en el marco de la oscilante situación dariana de viajero hispanoamericano. Sus contradicciones son explicables en esa oscilación según la cual, Darío contemplaba por un lado el paulatino fracaso político de una buena parte de los pueblos hispánicos y, por otro lado, la suprema creación política que para todos los órdenes de la vida y para la libertad individual, creadora y económica constituía la organización sociopolítica de Estados Unidos.

Entre 1914 y 1916, es decir en los dos últimos años de su vida, Darío preparó una selección amplia de su obra poética que luego publicó en Madrid la Biblioteca Corona y que ya rescatamos y editamos21. No se olvide que es precisamente esa antología y el proyecto de la misma Biblioteca Corona lo que corrobora el interés dariano y modernista por ocupar un espacio en la economía liberal de mercado. Así cabe explicar que Darío y los modernistas, buscaran su originalidad, individualidad y el espacio público que se ampliaba también al público femenino. Resulta muy interesante señalar que en ese momento y en esa misma antología de su obra, Darío no incluyó algunos de sus poemas políticos, y más concretamente omitió de su selección por propia y expresa voluntad tanto la polémica oda "A Roosevelt" como la controvertida "Salutación al Águila". Esta decisión nos hace pensar en que realmente Darío no se consideró un poeta político, aunque sí un hombre comprometido con el ideario liberal. Tanto es así que Darío clamó contra la falta de un verdadero régimen político liberal en la época que le tocó vivir. Es ahí donde, pese a las lógicas diferencias que existieron entre los modernistas, hubo un fondo liberal enraizado en sus ideas. El crítico y escritor argentino Eduardo Muslip (2005) ya estudió la cuestión autobiográfica en la obra de Darío y el papel que sus entregas cumplieron dentro de la estrategia del nicaragüense para consolidarse como eje dentro del campo literario e intelectual hispanoamericano22. El recuento vital de Darío, según él mismo lo dejó escrito, permite definir en parte el lugar ideológico del autor, que aparece identificado con los valores de los destinatarios originales de su texto: los editores y lectores de la prensa liberal de talante conservador en Buenos Aires. Muslip (2005) mostró cómo los comentarios políticos, en la mayor parte del texto, aparecen expuestos de una manera muy sutil. La cuestión del supuesto antinorteamericanismo, por ejemplo, la explica Muslip (2005) a partir de la coyuntura desde la que Darío escribe: la cercanía de los sucesos de la intervención armada en Nicaragua y la voluntad de reforzar la unidad del mundo hispano al calor de la derrota militar de España y un conjunto de textos darianos. Sin embargo, Muslip (2005) sostiene con acierto que difícilmente puede entenderse en Darío una posición definida y permanente contra los valores que representaba Estados Unidos. Tampoco se trataba de una crítica contra el imperialismo o el colonialismo en general porque, de hecho, la mirada afectuosa de Darío hacia países como Francia o Inglaterra excluía toda referencia al papel político imperial que ejercían, sobre todo Inglaterra. De ese modo, Darío no tuvo ningún problema en rescatar para su autobiografía el poema "God Save the Queen", una apología de Inglaterra tanto en lo cultural como en lo moral, lo político y lo específicamente imperial. En este punto, Muslip (2005) observó una identificación ideológica completa de Darío con los valores del liberalismo que dominaban en ese momento en Buenos Aires, en cuanto al tipo de relación que se sostenía con el resto del mundo, con Francia, España, Inglaterra y Estados Unidos. No puede olvidarse que los sectores altos porteños estaban culturalmente muy unidos a Francia, empezaban a recomponer un acercamiento a España (con el viaje en 1910 de la infanta de Castilla, referido por Darío), y que además sostenían un sólido vínculo económico y político con Inglaterra.

Ese sustrato ideológico liberal clásico que vemos en Darío puede probarse en el caso de otro autor modernista como Leopoldo Lugones, en cuya obra temprana hay todavía una mayor admiración por los Estados Unidos al hilo de la controvertida cuestión "yankee". Baste como ejemplo un artículo de Lugones escrito para el diario La Tribuna, que fue el órgano periodístico que sostuvo la política del general argentino Julio A. Roca, y a quien Lugones conoció personalmente en su sala de redacción. El poco mencionado texto apareció el 4 de julio de 1898, precisamente con el título "4 de Julio", coincidiendo con la fiesta nacional de la independencia norteamericana y que fue escrito curiosamente unos días antes de la pérdida de las últimas colonias por España. Vale la pena transcribir algunos párrafos para corroborar su posición favorable a los Estados Unidos como primera democracia liberal del mundo:

Con los Estados Unidos del Norte —afirma Lugones— cumple años hoy la libertad. El Tío Sam, Jonathan, Calibán. Como queráis. Robinsón hecho nación, decía Sarmiento. Entre esas denominaciones, es decir, entre el lugar común, expresión de sórdidos celos, y la frase original y exacta, claro es que prefiero ésta. Sarmiento, el gran argentino, ese "hombre sarmiento", para decir como Carlyle, tenía razón. Un siglo de trabajo, y como fruto, un gran pueblo, tal es la obra realizada, para honra de la América y la humanidad, por aquellos tenaces constructores. La historia no conocía tales progresos. El hombre ignoraba sus propias fuerzas como fundador de naciones. (...) La velera Inglaterra había sostenido con cierta colonia suya una guerra pequeña y oscura, una gresca más bien, por varias libras de té. Triunfante la colonia, o mejor dicho, abandonada por la metrópoli, unos cuantos hombres de Biblia en mano y hacha al cinto, se internan por el desierto, trasponen el horizonte, desaparecen. El hacha obra y la Biblia sostiene. Un rumor de colmena en actividad anuncia que hay algo allá por el horizonte. Y efectivamente hay un pueblo, hay toda una civilización23.

Obsérvese el reconocimiento lugoniano del origen judeocristiano del pueblo norteamericano y su decisivo aporte a la libertad en todos sus niveles. A renglón seguido viene una irónica visión ante el Viejo Mundo que configura y ratifica la firme creencia del Lugones modernista, en línea con lo que había escrito años atrás Domingo Faustino Sarmiento, ante los impresionantes logros de los Estados Unidos:

¡Cómo! Exclamaron los pertinentes estadistas, los graves filósofos, los profundos historiógrafos: ¿Un pueblo? ¿Una civilización? ¡Imposible! ¡La iniciativa individual sustituyendo los colectivismos consuetudinarios! ¡Una absurda legislación que se permite subsistir sin la sagrada concurrencia del Derecho Romano! ¡Una insolente nacionalidad elevada al primer rango por su solo esfuerzo, sin los venerables consejos de la tradición! Tan ignominiosos procederes acarreaban, naturalmente, una concurrencia fatal, que las experimentadas gafas de aquellos señores, advirtieron sin tardanza. Tratábase de un progreso adventicio, de una ilusión fantasmagórica que no tardaría en disiparse al primer contratiempo encontrado en su transcurso. Un rápido crecimiento de población, una guerra civil, un sacudimiento cualquiera que pusiese a prueba los deleznables cimientos del edificio, ocasionaría su derrumbe, su aniquilación inmediata. La profecía, sustentada por uno de los talentos más perspicaces del siglo (Macaulay), falló, por desgracia, ante los hechos (1963: 77).

En este punto, Lugones (1963) constata esas falsas predicciones y augurios contra Estados Unidos, al haber ocurrido todo lo contrario generando el triunfo de un país joven, nuevo y apoyado en un régimen político auténticamente liberal. En lo literario, y tras elogiar a Poe y a Whitman, Lugones (1963) asegura que Estados Unidos confirma cómo "la prosperidad y la libertad individuales son propicias a la actividad mental" (77) y prosigue:

El ejemplo de la Nación del norte debe ser fecundo en emulaciones de grandeza para los débiles organismos políticos del continente. (...) Tengamos fe en el Norte. Para ser fuertes, aprendamos su sinceridad, su convicción intrépida, su indomable bravura de la vida. Calcemos sin miedo sus botas de nueve leguas, dejando que la pérdida sombra se desvanezca en el pasado (77).

Tras elogiar la fe y la seguridad en sí mismo del pueblo norteamericano, Lugones (1963) recomienda volcarse en esa confianza en el esfuerzo propio, a manera de eficaz medicina restauradora de bríos que se reflejan muy bien en los Estados Unidos: "A esa confianza debe el yankee su fuerza. Alentado por ella ha marchado, ha explorado, ha adquirido, se ha hecho grande y enviado para mayor halago de su orgullo. La América vale él ante las miradas frecuentes y justamente desdeñosas del Viejo Mundo" (77). Para finalizar, Lugones (1963) concluye así su texto sobre el 122 aniversario de la independencia norteamericana:

Saludar en su cumpleaños al pueblo generoso, centinela avanzado de nuestras libertades tantas veces próximas al naufragio, por agresiones y asechanzas que la historia registra, es más que una cortesía, es un deber. (...) En todo caso, con los Estados Unidos del Norte cumple años hoy la libertad. Es justo, pues, que sobre las alas de un arrogante cóndor andino, experto en soles de San Martín y en estrellas de Washington, enviemos al Águila capitolina nuestro franco mensaje de cordialidad (77).

Lugones se apartó de Darío a la hora de tomar partido por España cuando la guerra contra Estados Unidos al hilo de Cuba, pero los dos supieron valorar también lo positivo que existía en la cultura anglo-sajona. El avance estadounidense y su fe en la libertad y en las instituciones se concibieron por Lugones —y paulatinamente también por Darío— como ejemplo a seguir para el reconocimiento de los artistas.

Coda

A la luz del análisis precedente y de los textos darianos aquí reunidos se puede afirmar la necesidad de romper con ciertos silencios críticos en torno a las opiniones de Rubén Darío ligadas a cuestiones sociopolíticas e ideológicas. Tales silencios, cuando no tergiversaciones, por parte de de un sector de la crítica literaria e historiográfica muestran las lecturas a medias que se han venido realizando  en torno al Modernismo y particularmente en torno a Darío. Entendemos así el error de perpetuar esa visión de un Darío falto de compromiso, despreocupado por la cuestión social y desinteresado en los temas políticos. Nuestro análisis es sólo un punto de partida para corroborar cómo una lectura pausada y menos estrecha de la obra de Darío revela a un autor muy al día de lo que ocurría ideológicamente en su entorno. Corroboramos así a un Darío opuesto expresa y abiertamente al socialismo, al anarquismo y al marxismo. A la vez, este análisis también prueba a un Darío que, si bien se mostró crítico con Estados Unidos en muchas ocasiones, supo también dar una visión positiva de aquella gran nación, desde luego mucho más positiva que la que hasta ahora venía apuntando la crítica. Pese a todo esto, importa no olvidar que si seguimos leyendo a Darío no es por sus posiciones ideológicas, sociales o políticas, sino por su altura como escritor y su gran talla de poeta y prosista. Ante eso, la crítica literaria debe ejercer primeramente un papel evaluador del hecho estético y artístico que supuso el Modernismo y dentro de él de Darío, del papel fundamental que en la literatura y en el desarrollo de la lírica posterior tuvo el autor nicaragüense. Las incursiones críticas en el campo de la historia de las ideas, de la ideología y de la sociedad resultan beneficiosas para el estudio de la literatura siempre y cuando se realicen al margen de cualquier  sectarismo político y de trasnochadas tesis doctrinarias, curiosamente las mismas que Darío supo intuir como inviables propuestas para la libertad individual.

Notas

1 Sobre el debate modernista, véanse: Ignacio M. Zuleta. La polémica modernista: el modernismo de mar a mar (1898-1907). Bogotá: Publicaciones del Instituto Caro y Cuervo, 1988 y nuestro estudio "El antimodernismo. Sátira e ideología de un debate transatlántico". Hispania, 86 (2003): 761-772.

2 Para el caso de Juan Marinello, véase: "Sobre el Modernismo. Polémica y definición". Ensayos. La Habana: Editorial Arte y Literatura, 1977: 281-320. (Todas las citas de Marinello a lo largo de este estudio remiten a este artículo). Para la crítica de Françoise Perús, véase en particular su artículo: "El Modernismo hispanoamericano en relación con los cambios estructurales en las transformaciones sociales latinoamericanas hacia 1880. Algunos problemas teóricos y metodológicos en historia literaria: periodización, definición de corrientes y ubicación de autores". Actas del Simposio Internacional de Estudios Hispánicos. Ed. Matias Horanyi. Budapest: Editorial de la Academia de Ciencias de Hungría, 1978: 125-131. (Todas las citas de Perús a lo largo de este estudio remiten a este artículo). Los infundados alegatos vertidos por Rodó y la supuesta falta de americanidad de Darío fueron luego manipulados después a su favor por autores como José Santos Chocano. Durante todo el siglo XX y todavía hoy encontramos una repetida e injusta incidencia crítica sobre la supuesta inadecuación en los autores del Modernismo entre su cosmopolitismo y su nacionalismo, como si las dos cosas estuvieran enfrentadas. El caso de Darío es paradigmático al verse en su obra la perfecta cohabitación entre su amor por lo nativo americanista y el interés por lo cosmopolita. Véase nuestro estudio actualmente en prensa: "Los censores errados: Individualismo y cosmopolitismo en el Darío modernista". Rubén Darío: cosmopolita arraigado. Ed. Jeff Browitt & Wemer Mackenbach. Managua: Instituto de Nicaragua y Centroamérica, 2008. Discrepamos con la crítica que ha perpetuado una visión negativa del individualismo modernista. La vida y la obra de Darío ejemplifican cómo ese individualismo resulta perfectamente compatible con una sincera humanidad y con la compasión por los humildes y necesitados.

3 Hoy sabemos ya que Martí fue incluido en las cambiantes formulaciones del discurso oficial cubano, tanto en los años de Fulgencio Batista como después con la revolución castrista. Cuando dicha revolución fue declarada marxista, se hizo necesario buscar y aun forzar coincidencias entre el poeta y otras figuras como Marx o Lenin. Véase, entre otros: Ottmar Ette. José Martí. Apóstol, poeta, revolucionario: una historia de su recepción. México: Universidad Nacional Autónoma de México, 1995.

4 En Antología crítica de la poesía modernista hispanoamericana. Ed. José Olivio Jiménez. Madrid: Hiperión, 1994: 47. Keith Ellis realizó en 1974 una revisión parcial de lo que fueron algunos de los acercamientos críticos en torno al tema socio-político en Darío ("Socio-Political Considerations". Critical Approaches to Rubén Darío. Toronto: U of Toronto P, 1974: 25-45). Por nuestra parte, no pretendemos embarcarnos aquí a debatir la evolución de las diversas corrientes críticas sociológicas y marxistas, ni medirlas todas por el mismo rasero. Aunque la sociocrítica o sociología de la literatura ha tenido desarrollos bien diferenciados del pensamiento marxista estricto, los paradigmas teóricos y críticos más importantes han procedido directamente del marxismo. Se dieron así estudios de calcada correspondencia con las tesis ideológicas marxistas cuyo fin era buscar en la expresión de la literatura el testimonio de la dialéctica social de la lucha de clases, con el correspondiente determinismo de las condiciones económicas y materiales que, a nuestro juicio, tuvieron resultados más que cuestionables para los estudios en torno al Modernismo y a Darío. Bien es verdad que hubo después ciertos avances dentro de la crítica paleomarxista, con propuestas de integración ideológica del estudio de la forma que fueron llevando a esfuerzos de adaptación ideológica en cultivadores estrictos de la Crítica literaria formalista. A la luz de varios textos de Darío que aquí recogemos, a menudo silenciados, apuntamos únicamente las prevenciones que deben tomarse a la hora de aceptar cualquier lectura reduccionista o doctrinaria del Modernismo y de Darío.

5 Yerko Moretic. "Acerca de las raíces ideológicas del modernismo hispanoamericano". En: Lily Litvak (ed.). El Modernismo. Madrid: Taurus, 1975: 51-64.

6 Carlos Blanco Aguinaga. "La ideología de la clase dominante en la obra de Rubén Darío". Nueva Revista de Filología Hispánica, 29 (1980): 520-555. Véanse también otros estudios de Juan Marinello: José Martí, escritor americano: Martí y el Modernismo. México: Grijalbo, 1958; Sobre el Modernismo: polémica y definición. México: Universidad Nacional Autónoma, 1959; Ensayos martianos. Santa Clara: Universidad Central de las Villas, 1961. De Perús, véase también: Literatura y sociedad en América Latina: el modernismo. La Habana: Casa de las Américas, 1976. Para una lectura más ecuánime y ajustada de Darío y la crítica, consúltese: Luis Sáinz de Medrano. "Rubén Darío ante la crisis europea de su tiempo". En: Cristóbal Cuevas (ed.). Rubén Darío y el arte de la prosa. Málaga: Publicaciones del Congreso de Literatura Contemporánea, 1998: 31-54; y también, del mismo autor: "Acerca de la crítica sobre Darío". Anales de Literatura Hispanoamericana, 35 (2006): 107-121; véanse también: Ana Suárez Miramón. El Modernismo: compromiso y estética en el fin de siglo. Madrid: Ediciones del Laberinto, 2006; y Pablo Kraudy Modernidad, democracia y elecciones en Rubén Darío. Managua: CIRA, 2001.

7 David E. Whisnant. "Rubén Darío as a Focal Cultural Figure in Nicaragua: The Ideological Uses of Cultural Capital". Latin American Research Review, 27 (1992): 7-49.

8 Julio Saavedra Molina y Erwin K. Mapes, eds. Obras escogidas de Rubén Darío publicadas en Chile. Santiago de Chile: Imp. Universo, 1938; Ricardo Gullón. Direcciones del Modernismo. Madrid: Gredos, 1964; Ángel Rama. Rubén Darío y el Modernismo (Circunstancia socioeconómica de un arte americano). Caracas: Ediciones de la Biblioteca de la Universidad Central de Venezuela, 1970. Con todos los matices de rigor, y aunque el concepto de "liberalismo" tenga sus lógicas variantes, en el caso de Darío tal concepto ideológico enriquece la lectura de su obra y, según probaremos, desmiente las doctrinarias valoraciones del sandinismo y de buena parte de la crítica marxista sobre Darío.

9 Todas las citas de los textos de Darío remiten siempre a: OC (Obras completas. Madrid: Afrodisio Aguado, 1950-1953, 5 vols.), con indicación de volumen y página; o bien a PC (Poesías completas. Madrid: Aguilar, 1975), con señalamiento de página y versos.

10 Diego Manuel Sequeira. Rubén Darío criollo o raíz y médula de su creación poética. Buenos Aires: Kraft, 1945: 231.

11 Para profundizar en el caso dariano, véase el interesante corpus de escritos recogido por Pedro L. Barcia para su edición de Darío de Las repúblicas hispanoamericanas (Buenos Aires: Embajada de Nicaragua, 1997); bajo edición del mismo autor, véase además: Escritos dispersos de Rubén Darío. La Plata: Universidad Nacional de La Plata, 1968; y también Escritos inéditos de Rubén Darío. Ed. E.K. Mapes. Nueva York: Instituto de las Españas, 1938.

12 La posición liberal de talante conservador en Darío es comprobable en su amistad, cercanía y admiración hacia figuras de la época como Marcelino Menéndez Pelayo, Antonio Cánovas del Castillo, Eduardo Dato, personalidades con quienes Darío halla afinidad de pensamiento y junto a las que también comprendió la formulación deslegitimadora de la Restauración Española que se escondía detrás de las fórmulas del anarquismo y el socialismo, así como desde otras propuestas finiseculares de raíz jacobina, incluido el krausismo. El propio Darío defendió con frecuencia los valores tradicionales, rechazó los inútiles y defendió lo sabio de lo antiguo como elemento no contrapuesto al cambio en una idea de que tradición y modernidad corrían paralelas. De ahí parte el desdén dariano por el jacobinismo revolucionario, como bien apuntó él mismo en un artículo de noviembre de 1911 en la revista parisina Mundial Magazine y recogido por Pedro L. Barcia en su citada edición dariana de Las repúblicas hispanoamericanas: "Nada más desdeñable —escribe el nicaragüense— que el jacobinismo; y no seré yo quien censure y desee la completa desaparición de antiguallas, como el respeto a las jerarquías, el predominio de los excelentes, el orden y la disciplina, y la más antigua de todas, el concepto de Dios. Pero todo eso puede ir y debe ir en la vida moderna, acompañado de ferrocarriles, bancos, industrias, agricultura; esto es, trabajo y hacienda pingüe en los estados (61). Tal es el respeto de Darío por la tradición que, en otro lugar, afirma sin paliativos: "Los pueblos más felices son aquellos que son respetuosos con la tradición" (1938: 22).

13 Rubén Darío. Prólogos de Rubén Darío. José Jirón Terán (ed.). Managua: Academia Nicaragüense de la  Lengua, 2003: 100-101.

14 Véase: Anthony L. Geist, "Colaboraciones de Rubén Darío en revistas anarquistas francesas". En: Antonio Ramos-Gascón (ed.). La crisis de fin de siglo. Ideología y literatura. Barcelona: Ariel, 1974: 213-222.

15 Sobre el tema del anarquismo existe amplia bibliografía: véanse los trabajos de Lily Litvak, especialmente España 1900. Modernismo, anarquismo y fin de siglo (Barcelona: Anthropos, 1990); para el anarquismo terrorista finisecular: R. Núñez Florencio, El terrorismo anarquista, 1888-1909. Madrid: Siglo Veintiuno Editores, 1983, donde se comprueban los detalles concretos de lo que fue la propaganda anarquista por el hecho terrorista.

16 Sobre esta crónica, véase: Richard B. O'Keef, "Rubén Darío's 'Dinamita'. Left-Wing Terrorism in the Americas". Americas,41 (1985): 83-91.

17 Rubén Darío. Crónicas desconocidas. Ed. Günther Schmigalle. Berlín: Tranvía - Academia Nicaragüense de la Lengua, 2006.

18 En el caso de España, marxismo y anarquismo habían orientado la política de los círculos afines al republicanismo y al radicalismo socialista. En el seno de lo que luego será el Partido Socialista Obrero Español de Pablo Iglesias, los socialistas se habían enfrentado abiertamente a las políticas liberales conservadoras de la Restauración Española, cuyo régimen no era perfecto pero aspiraba a serlo bajo la tutela de un turno político entre las figuras de un conservador —Cánovas del Castillo— y un liberal —Sagasta—. Como bien ha apuntado J. M. Marco (2007) al estudiar los intentos de deslegitimación de la Restauración Española por parte de algunos intelectuales del fin de siglo, si el socialismo no alcanzó mayor representación parlamentaria fue porque Pablo Iglesias, fundador del Partido Socialista Obrero Español, hizo de éste "una secta obrerista, cerradamente dogmática" (José María Marco. La libertad traicionada. Siete ensayos españoles. Madrid: Gota a Gota, 2007: 331).

19 José María Martínez. "La intervención de Estados Unidos en la Guerra de Cuba: La lectura panlatinista de Rubén Darío". Rubén Darío. Addenda. Palencia: Cálamo, 2000: 15-28; y nuestros estudios: "La hispanidad amenazada. Rubén Darío y la Guerra del 98". En: Gary D. Keller y C. Candelaria (ed.). The Legacy of the Mexican and Spanish-American Wars. Legal, Literary and Historical Perspectives. Tempe: Bilingual Press, 2000: 99-110, así como "The Politics of Social Despair", en Modernism, Rubén Darío and the Poetics of Despair. Dallas: UP of America, 2004: 263-284.

20 José Agustín Balseiro. Seis estudios sobre Rubén Darío. Madrid: Gredos, 1967: 117-143.

21 Alberto Ghiraldo, El archivo de Rubén Darío. Buenos Aires: Losada, 1943: 141.

22 Rubén Darío. Y una sed de ilusiones infinita. Barcelona: Lumen, 2000.

23 Eduardo Muslip. "La autobiografía dariana: un análisis de La vida de Rubén Darío escrita por él mismo". Crítica Hispánica, 27 (2005): 33-48.

24 Leopoldo Lugones. Las primeras letras de Leopoldo Lugones. Ed. Leopoldo Lugones (Hijo). Buenos Aires: Ediciones Centurión, 1963: 77.

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