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Cuadernos del CILHA

versão On-line ISSN 1852-9615

Cuad. CILHA vol.12 no.1 Mendoza jan./jun. 2011

 

DOSSIER

Sociedades de revoltosos y rebenques en tiempos de Juan Manuel de Rosas

Societies of rioters and whips under Rosas' regime

 

Adriana Amante

UBA / NYU, Argentina
amante@retina.ar

Recibido: 23-I-2011
Aceptado: 4-III-2011

 


Resumen: El artículo analiza algunas relaciones de sociabilidad cultural y política durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas que involucran de manera directa a adeptos y a los opositores, primero de modo público en Buenos Aires, en torno del Salón Literario del 37, un año después en la clandestina Asociación de la Joven Argentina y finalmente en el destierro. Parte de la consideración del Instituto Histórico e Geográfico Brasileiro y de las asociaciones argentinas mencionadas y de los modos en que dos procesos nacionales articulan sus políticas en relación estrecha con su cultura para concentrarse en el caso argentino. En el Brasil se incentiva el desarrollo de las letras por medio de un sistema de favor -al que termina plegándose gustosa la mayoría de los artistas y letrados- con el fin de crear una imagen nacional de cohesión a partir de un programa diseñado y controlado por el poder. A diferencia del IHGB, el Salón literario es una entidad contraria al deseo del poder y, por lo tanto, no contará con la anuencia del Restaurador ni con su protección. En la disputa entre los dos bandos políticos contendientes en la Argentina, veremos cómo se dan y se perciben las redes (y también sus imposibilidades) políticas, intelectuales y afectivas entre propios, enemigos, pares y contendientes, bajo las diversas formas de la concordia, el juramento, la reconciliación, el martirologio, la criminalidad, la hermandad, la civilidad, la juventud, la brutalidad, la revuelta, el régimen.

Palabras clave: Amistad; Mazorca; Salón; Asociación; Rosas.

Abstract: The essay analyzes the relationship between cultural sociability and politics under Juan Manuel de Rosas' regime. Such relationship involve supporters and enemies: at the beginning, in a public manner, linked to the Salón Literario del 37 in Buenos Aires, a year later in the clandestine Asociación de la Joven Argentina and, finally, in the exile. The essay takes into consideration the Instituto Histórico e Geográfico Brasileiro and the above mentioned argentine asociations in order to evaluate the different ways in which the two nacional processes articulate their politics in connection to their culture, and ends up focusing in the argentine case. Brazil encourages literary development thanks to a system of patronage (from which the majority of artists and writers takes benefit) with the aim of creating an image of nacional cohesion designed and controled by the power. Compared to the IHGB, the Salón literario is an entity that confronts the power and, therefore, it can't aspire neither to Rosas' consent nor his protection. Through the dispute between the two political groups in Argentina, we'll study the political and the intellectual networks (when they emerge, how they are perceived, what their imposibilities are) between allied, enemies, peers and contenders to evaluate the diverse forms they adopt: the agreement, the vow, the reconciliation, the martyrdom, the crime, the brotherhood, the courtesy, the youth, the brutality, the revolt, the regime.

Keywords: Friendship; Mazorca; Salón; Association; Rosas.


 

La democracia noble del talento

El Instituto Histórico y Geográfico Brasileño (IHGB) se fundó en 1838, siguiendo el modelo y la sugerencia del Instituto Histórico de Francia, del cual Domingos Gonçalves de Magalhães, Araújo Porto Alegre y Torres Homem eran miembros. Ellos habían establecido una estrecha relación intelectual con el Secretario Perpetuo, Eug. de Monglave, quien en 1836 había celebrado la aparición de la revista Nitheroy (que los brasileños editaron en París) en una lectura del Instituto Histórico que se publica luego en el segundo número de la publicación (Monglave, 1836). El IHGB comienza a funcionar dentro de la Sociedad Auxiliadora de la Industria Nacional; y sus fundadores, el canónico Januário da Cunha Barbosa y el Mariscal Raimundo José da Cunha Matos,  proponen en el documento inaugural que

em uma monarquia constitucional, onde o mérito e os talentos devem abrir as portas aos empregos, e em que a maior soma de luzes deve formar o maior grau de felicidade pública, são as letras de uma absoluta e indispensável necessidade, principalmente aquelas que, versando sobre a história e geografia do País, devem ministrar grandes auxílios à pública administração e ao esclarecimento de todos os brasileiros.1

Es interesante observar cómo, en una sociedad noble, se propone una meritocracia. Ello no quita, por supuesto, que no se valorara (y cuánto) la posición social en relación con el sistema de títulos nobiliarios que -hay que aclararlo de todos modos- no eran hereditarios. Lo que sí se da en el caso de la monarquía constitucional brasileña es que muchos de los nuevos nobles obtendrán sus títulos no por dedicarse a la explotación de la tierra o a las armas, sino por ser destacados pintores, poetas o historiadores y por gracia del emperador, "[a] ponto de ter sido ele, paradoxalmente, um dos pioneiros dessa transformação, segundo a qual a velha nobreza colonial, nobreza de senhores agrários -os nossos homens de solar-, tende a ceder seu posto a esta outra, sobretudo citadina, que é a do talento e a das letras",  como sintetiza Sérgio Buarque de Hollanda. Claro que esa nobleza del talento irá incorporando actitudes que conservarán "el teor essencialmente aristocrático de nossa sociedade tradicional" -como también aclara el historiador brasileño-, que se mantendrá en el siglo XX y que postula la existencia de un talento de nacimiento, que se diferencia de la dedicación y el esfuerzo por adquirir conocimientos, más emparentados con los oficios, y por lo tanto -siguiendo esa línea- más monótonos y degradantes (Buaque de Hollanda: 164).

Una hipótesis comparable a la que sostiene -para una sociedad republicana y en particular para el caso de Domingo F. Sarmiento- el historiador argentino Tulio Halperin Donghi, cuando aclara que -pese a lo que parece- "el sentido general del libro [Recuerdos de provincia] rechaza esta imagen de la aristocracia del talento: la que Sarmiento nos presenta en una obra cuyo resumen está dado por un árbol genealógico no puede sino ser hereditaria" (Halperin Donghi, 1977).

¿Cuál es la postura de Sarmiento? Podemos seguir uno de tantos ejemplos posibles para abordar el punto. Entre mayo y junio de 1842, en Chile, el escritor argentino polemiza con Andrés Bello ("un quídam") y un discípulo de éste, José Núñez ("otro quídam")2. El estudioso venezolano se muestra alarmado por el mal uso de la lengua castellana por parte de los que se han iniciado en lenguas extranjeras, que ya no toman más como modelo los textos de literatura en español: el idioma, por lo tanto, se degrada. Sarmiento, en respuesta, explica el movimiento social que involucra a las lenguas y opina que la literatura en lengua castellana no provee ideas modernas. Casi como si estuviera hablando del exilio político, el argentino echa mano de una metáfora para hablar de las carencias de la lengua española: "en todo, sin excluir un ramo que tenga relación con el pensamiento, tenemos que ir a mendigar a las puertas del extranjero las luces que nos niega nuestro propio idioma" (Sarmiento, 1855)3. Las acusaciones de Bello y Núñez están dirigidas -fundamentalmente- a los jóvenes (argentinos) modernos (románticos), y las quejas se refieren a las incorrecciones en el uso del idioma y al estilo afectado. Al salir al encuentro, Sarmiento le hace frente a una posición aristocrática y explica, con gesto desafiante:

nos presentamos nosotros y arrojando al público una improvisación sin arte, sin reglas, hija sola de profundas convicciones, logramos llamar la atención de algunos, y sentándonos en la prensa periódica estamos diariamente degradando el idioma, introduciendo galicismos; pero al mismo tiempo ocupándonos de los intereses del público, dirigiéndole la palabra, aclarando sus cuestiones, excitándolo al progreso. Y cuando los inteligentes pregunten quién es el que así viola todas las reglas y se presenta tan sans façon ante un público ilustrado, les dirán que es un advenedizo, salido de la oscuridad de una provincia, un verdadero quídam, que no ha obtenido los honores del colegio, ni ha saludado la gramática. Pero esto no vale nada. A cada uno según sus obras, ésta es la ley que rige en la república de las letras y la sociedad democrática (Polémica literaria: 59-60, subrayado en el original).

Es el mismo espíritu que guiaba a los jóvenes de la Asociación de la Joven Argentina, que ya lo habían enunciado como parte de la doctrina en las palabras simbólicas, apelando a la misma sentencia saintsimoniana: "El problema de la igualdad social está entrañado en este principio: 'A cada hombre, según su capacidad; a cada hombre, según sus obras'" (Echeverria, 1940). Aparece, así, una nobleza democrática del patriotismo y del talento (como diría Sarmiento) que, de todas maneras, no iguala a los letrados con "las masas", a las que hay que ilustrar para "elevarlas a la igualdad", como proponen los hombres del 37 en un concepto un tanto oximorónico (Echeverría, 1940: 121).

"Yo creía desde niño en mis talentos como un propietario en su dinero, o un militar en sus actos de guerra", afirma el sanjuanino (Sarmiento, 1998). Hay, claro, una idea rousseauniana de los derechos sociales; e, incluso, del derecho a escribir una autobiografía, y Sarmiento se habilita a sí mismo como el ginebrino, que no pertenecía ni al clero, ni a la nobleza, ni a las armas. "¿Con qué derecho puede reclamar la atención sobre sí mismo?" (Starobinski, 1971). Con el que le dan sus propias obras: lo que ese hombre ha hecho, construido o conseguido por sus propios medios y capacidades. El mérito es el valor. Por lo tanto, lo que importa no es la aristocracia de cuna, sino la meritocracia: el gobierno (en el sentido amplio de la conducción y conformación de la res pública) de los que valen por lo que han hecho y por lo que -precisamente por ello- pueden hacer por la patria. La "noble virtud de la pobreza" es otro de los valores que el sanjuanino construye -para su familia y para sí mismo-, con dedicación y esmero, en cada oportunidad que se le presenta, como se ve claramente en el capítulo "La historia de mi madre", de Recuerdos de provincia, de 1850, pero que había empezado a esgrimir fundamentalmente desde Mi defensa, de 1843. Sin embargo -dirá Halperin Donghi-, entre Mi defensa y Recuerdos media la revolución del 48 en Francia, que vuelve sospechosa la pobreza; lo que llama a Sarmiento a la prudencia y justifica el linaje que se construye en Recuerdos. Para el año 50 ya no era un advenedizo, el sanjuanino tenía una carrera intelectual: "El hijo de sus obras se ha transformado en el heredero de una nobleza democrática, pero no por eso menos encarnada en un linaje" (Halperin Donghi, 1977).

Instituto Histórico y Geográfico Brasileño y Salón literario: proyectos y constitución

Volviendo al Instituto Histórico y Geográfico Brasileño, es importante señalar que el emprendimiento acaba consiguiendo el apoyo de Pedro II, que ya había sido nombrado su "protector", por lo que termina asociándose su figura a la imagen de la entidad. En 1839 el emperador cede una sala del Palacio Imperial de la ciudad para que allí sesione el IHGB. La participación personal de Pedro II irá aumentando con el tiempo4. El IHGB será un espacio fundamental para la conformación de una imagen nacional a través de la memoria y del desarrollo de la historia y de la geografía del país, que junto con otros emprendimientos literarios, artísticos o culturales en general ayudarán al imperio a generar el Brasil sólo naturaleza y cohesionado que lo hará singular frente al mundo y dominable para su gobierno5.

La formación del IHGB y la de la Asociación de la Joven Argentina (agrupación clandestina de la que participaba una selecta minoría desprendida del conjunto que había actuado públicamente en el proyecto del salón literario) se dio contemporáneamente y hace evidente el modo en que dos procesos políticos y culturales estaban articulándose y cómo tanto los letrados como los poderes respectivos estaban decidiendo sus posiciones.

En el Brasil se incentiva el desarrollo de las letras por medio del sistema de favor -al que termina plegándose gustosa la mayoría de los artistas y letrados-, con el fin de crear programáticamente una cultura nacional con un programa diseñado y controlado por el poder. En la Argentina, los límites de las acciones político-culturales que emprenden los jóvenes reunidos en el salón quedan claros cuando Rosas sugiere su cierre. A diferencia del IHGB, el Salón es una entidad contraria al deseo y, por lo tanto, no contará nunca con su anuencia ni con su protección (aunque al comienzo lo deje funcionar), límite que se hará visible en el hecho de que esa organización literaria se transformará en una asociación decididamente política, y clandestina, que no tendrá demasiado futuro6. Y si en las reuniones del IHGB, muchas veces se discutían temas de cultura nacional propuestos por el propio emperador, las dos lecturas que da Esteban Echeverría en el Salón, meses después de su inauguración, le definen a Rosas el rumbo que están tomando los jóvenes letrados. Es el disertante, en este caso, el que se pregunta, planteando con eso un problema de fundamental relevancia:

¿A qué objeto deberán encaminarse nuestras investigaciones? ¿En qué límites circunscribirse? En una palabra, ¿qué cuestiones deben ventilarse en este lugar? Hemos, llenos de ardor y esperanza, emprendido la marcha; pero ¿a dónde vamos? ¿Por qué camino y con qué mira? He aquí, en concepto mío, lo que importa averiguar antes de emprender la tarea (Echeverría, 1958).

Tanto el Salón Literario (e incluso la Asociación de la Joven Argentina, pero con otra modalidad) como el Instituto Histórico y Geográfico Brasileño reglamentan su funcionamiento. El IHGB se organiza con autoridades y establece la regularidad de las reuniones y la composición de sus socios, con el fin de "que especialmente se ocupe da história e geografia do Brasil", para lo cual se encargará de "coligir e metodizar os documentos" (Soares Amora, 1969). En el salón que funciona en la librería de Marcos Sastre, por su parte, se anuncia que

habrá cada semana dos o más reuniones en que se leerá todo trabajo literario importante que sea presentado con este objeto, sea traducción o composición original; y cada uno de los concurrentes podrá hacer libremente las observaciones que le ocurran en pro o en contra de las ideas enunciadas. El carácter de estas reuniones debe ser el de la franqueza, la cordialidad y la satisfacción,

como se aclara, entre otras disposiciones que regulan las condiciones de suscripción, la concurrencia de invitados o la impresión de obras que se consideran de interés (Weinberg, 1958).

Cuando Karl Mannheim da las características de los cafés o de los clubes (que conservan muchos rasgos de aquéllos) se refiere a su influencia en la política y a su papel como vía de democratización, y los describe como ámbitos de opiniones compartidas y de funcionamiento reglamentado. Así, a pesar de su nombre, el modo de funcionamiento del Salón Literario de la librería de Marcos Sastre lo acerca más a los cafés que a la tertulia de Mariquita Sánchez, que sí tiene actividades y formas de proceder más próximos a los del salón7. Los discursos que se pronuncian en la librería de Sastre también están más en sintonía con las actividades de los cafés o de los clubes que con los intercambios orales de conversaciones menos pautadas (aunque carguen con todas las imposiciones del código de civilidad) que se dan en los salones propiamente dichos. Y si, en efecto, el Salón Literario de Buenos Aires sigue la tradición del siglo XVII, que considera al salón como un espacio de pedagogía y como caja de resonancia de autores, cubriendo lo que la universidad (o las políticas universitarias) vedan, el del 37 es un salón sin mujeres, que era la característica más singular de una institución como ésta, volviendo imposible algo usual (y fundamental) de los salones: la enseñanza de la galantería, que -sin dudas- debe haber cumplido muy bien el de Mariquita Sánchez, anfitriona codiciada por varios extranjeros y seducida por algunos nacionales, como Echeverría o Juan María Gutiérrez.

Por su parte, Felipe Senillosa, que a pesar de ser un adherente al salón quiere dejar las cosas claras (y fundamentalmente que no se tomen como colectivas ideas que sólo le pertenecen a algún integrante en particular), se encarga de decir que el Salón Literario "a pesar de su título algo pomposo" no es "en la realidad más que un Gabinete de lectura" (Senillosa, 1940: 302);8 lo que -por otra parte- sus mismos integrantes, no sólo no niegan, sino que también enuncian, aunque terminen perfilando el establecimiento con miras más amplias. Por eso no es desacertada la impugnación que les hace Pedro de Angelis -el letrado europeo al servicio del rosismo- a estos jóvenes, ya que no se engaña respecto de la naturaleza de la asociación, con lo que demuestra que ha entendido bien "el potencial político" (la expresión es de Mannheim. 1957: 198-199),  de confraternizaciones como las del café o el club:

El plantel de este club de revoltosos se componía de unos cuantos estudiantes de derecho, inquietos, presumidos, holgazanes, y muy aficionados a la literatura romántica. Sin más nociones que las que se adquieren en el aula, y solamente por haber leído las novelas de Hugo y los dramas de Dumas, se consideraban capaces de dar una nueva dirección a las ideas, a las costumbres, y hasta a los destinos de su patria. Con aquel tono dogmático, tan propio de la ignorancia, abordaban las cuestiones más arduas de la organización social, y las resolvían en el sentido más opuesto a la razón, porque lo que más anhelaban era apartarse de las sendas conocidas (de Ángelis, 1940: 371-372).9

Juventud, romanticismo, innovación, deseos de reforma, espíritu de grupo, comunión de ideas. Es la sociabilidad, pero ahora vista desde los vínculos intelectuales y políticos, que no descarta los banquetes de juramentados, en medio de los cuales se hacen las propuestas (y las apuestas) ideológicas más fuertes o -según sus detractores- se hilvana alguna que otra idea desgajada produciendo "discursos de sobremesa", por lo que la misión patriótica de la joven generación gana, en la fantasía del poder rosista, alguna similitud con una bacanal de beodos.10

Amicitia

Que el hombre no es solo un animal político sino también un animal familiar ha propuesto Aristóteles, para explicar que la familia es una forma de la amistad, convirtiéndose así en cuna de la organización política y de justicia. Y agrega que el acuerdo, por su parte, es la amistad de los ciudadanos compañeros; por lo tanto, no hay amistad en relación con el estado, sino asociación, como sostiene en la Etica eudemia.

Se cree, en efecto, que los amigos están de acuerdo y que los que concuerdan son amigos. Pero la concordia basada en el sentimiento amoroso no se extiende a todo, sino a los actos de las personas concordes y a las cosas que tienden a la vida en común [...]. Entre los buenos existe la armonía [...]. Hay, pues, concordia cuando la elección es la misma tanto en lo que concierne al mandar como al obedecer, cada uno no escogiéndose a sí mismo, sino ambos escogiendo a la misma persona. En suma, la concordia es la amistad política" (Aristóteles [1995] libro VII, 1242ª: 517-519 y VII, 1241ª: 514-515, respectivamente).11

En la Argentina de la primera mitad del siglo XIX,

Rosas, por medio de una bárbara y tenaz persecución, había aproximado en el destierro y puesto en la necesidad de reconciliarse a los patriotas de todos los partidos. Un sentimiento común les hizo olvidar sus opiniones y resentimientos pasados: en unos el odio a Rosas, en otros el amor a la Patria. Pero ese vínculo no era sobrado fuerte para anudar de un modo indisoluble voluntades tan disconformes; no era una creencia común capaz de producir fe común, concentración de poder y acuerdo simultáneo de acción. Por el menor contraste ese sentimiento se relajaba y aflojaba el vínculo de la unión; el amor propio ofendido, las aspiraciones personales, la divergencia de pareceres sobre la situación producían entre ellos el desacuerdo, luego la dislocación, luego la impotencia y los desastres (Echeverría, 1956 a).

De este modo explica Esteban Echeverría, en términos generales (y tal vez más teóricos), lo que Mariquita Sánchez deducía a partir de su experiencia personal en las reuniones de emigrados en Montevideo; y el cuadro de situación nos permite pensar, incluso, cómo habrán sido, en Río de Janeiro, algunas de las reuniones en casa de la familia de Tomás Guido -el representante de Rosas en el Brasil que es, no obstante, amigo de varios antirrosistas- o en la de Andrés Lamas, el enviado oriental que haría la alianza con el Imperio para caer sobre Rosas.

Echeverría escribe, en su Ojeada retrospectiva sobre el movimiento intelectual en el Plata desde el año 37, la historia de los hombres que, mancomunados frente a un sistema de gobierno al que se oponen aunque con diferencias, vienen trabajando en la formación de la nación (sin Rosas). Se ocupa de mencionar y destacar las obras que han hecho; y hace su mayor apuesta cuando columbra el valor que para la patria tendrán las acciones en las que esos hombres están involucrados para la fecha: les asigna un lugar destacadísimo a Sarmiento (cree en la fundamental importancia del Facundo, aunque considera un defecto que sea una obra "poco dogmática" (Echeverría 1956 a: 57)12; y vaticina grandes provechos del viaje a Europa que está realizando), a Félix Frías, a Juan B. Alberdi, a Vicente Fidel López, a su amigo Juan María Gutiérrez y a Bartolomé Mitre, como también a Carlos Tejedor, Demetrio Peña o Luis Domínguez.

Son ellos los compañeros de ruta en la lucha ideológica: "Nos es grato observar que todos los jóvenes que se han distinguido en la prensa chilena y boliviana, excepto el señor Sarmiento que se incorporó después, son miembros de la Asociación formada en Buenos Aires el año 37" (Echeverría 1956 a: 55). El orgullo hecho público por Echeverría (que, pese a la discreta tercera persona que adopta en la Ojeada retrospectiva, no deja de colocarse claramente en un papel rector) debe ser leído también en relación con algunas opiniones más mezquinas, que recuperan las diferencias, no sólo entre los compañeros de una empresa común, sino entre los que -bien próximos- comulgan con el mismo credo. Refiriéndose al lapidario artículo que Pedro de Angelis le dedica al Dogma socialista que ya cité, Echeverría dice, en carta privada a su entrañable amigo Juan María Gutiérrez: "El Archivero me trata en él con un comedimiento extraño y como no acostumbra hacerlo con ninguno de los escritores antagonistas. A quien estropea y chafa malamente es a mis compañeros de la Asociación, lo que entre nos, no deja de tener visos de justicia con respecto a la mayor parte de ellos"13. En esto Echeverría piensa lo mismo que unos años antes -e involucrándolo también al poeta mismo- lamentaba Luis Domínguez en carta Félix Frías14.

La lista de compañeros de militancia se completa con los nombres de aquellos escritores que "aunque no profesan nuestra doctrina, se han distinguido por su devoción a la patria y por su perseverancia en la lucha contra Rosas" (Echeverría 1956 a: 62). No es tan extraño que Echeverría mencione, entonces, a Florencio Varela, cuyas diferencias estéticas con los jóvenes románticos son manifiestas, lo que une a este coetáneo con la generación unitaria propiamente dicha, ya que se muestra demasiado respetuoso del arte neoclásico, que cuenta a su hermano Juan Cruz como el más destacado de sus poetas. Las relaciones fraternales entre varios de los muchachos reformistas y el director del Comercio del Plata (y viceversa) son abundantes (excepto con Alberdi, de quien lo distancia un encono persistente), pese a las discrepancias estéticas que se dirimen con firmeza, pero también con buen humor y cariño, en el intercambio epistolar con su íntimo Gutiérrez, por ejemplo.

Un poco más llamativo es que figure en este seleccionado el nombre de José Rivera Indarte -primero adepto a Rosas, después furibundo opositor--, sobre quien los antirrosistas descargan más burla que furia, exactamente a la inversa de lo que les ocurre a los federales con el ex compañero, a quien consideran un traidor. En este caso, Echeverría celebra rotundamente su figura (que lo haya hecho Juan Thompson se entiende más, por los lazos que unían al ex rosista con su familia: Rivera Indarte era el ahijado de Mariquita Sánchez, pero esto no implicaba ninguna obligación para Echeverría, quien --de todos modos- se refiere a él con un bien resumido elogio):

El malogrado don José Rivera Indarte hizo con constancia indomable cinco años la guerra al tirano de su patria. Sólo la muerte pudo arrancar de su mano la enérgica pluma con que El Nacional acusaba ante el mundo al exterminador de los argentinos. La Europa lo oyó, aunque tarde, cuando caía exánime bajo el peso de las fatigas, como al pie de sus banderas el valiente soldado" (Echeverría 1956 a: 63)15.

Desconcierta la contundencia de la imagen positiva si se tiene en cuenta la polémica en la que se habían trabado Echeverría y Rivera Indarte, que empezó siendo tan vana como vanidosa (se recriminaban ambos no reconocer públicamente los méritos de las composiciones que cada uno había presentado en las Fiestas Mayas de 1844 en Montevideo) y que terminó con un Echeverría dispuesto a afirmar su papel de verdadero iniciador del nuevo movimiento intelectual del Plata y a dejar clara su posición respecto de la lucha activa contra Rosas por las armas o por la prensa. Entre las cosas que se reprochan se cuenta, en contra de Echeverría, su poca participación política activa de los últimos tiempos; en contra de Rivera Indarte, su pasado federal. Para volver más picante el intercambio de desafíos, Rivera Indarte -que es nueve años menor que Echeverría- le echa en cara que actúe como un "viejo" (cuando se suponía que era uno de los representantes de la joven generación) y que arroje contra él las mismas calumnias que la Gaceta Mercantil, órgano del rusismo. Saliendo al cruce, Echeverría saca a relucir su propia trayectoria de adelantado16; y explica con firmeza su decisión de no dar batalla como soldado porque considera que carece de fuerza para ello, agregando -además- que desestima el combate por los periódicos "porque hace mucho tiempo tengo la presunción íntima que [sic] la prensa nada puede, nada vale en la guerra contra Rosas; y que el plomo y las lanzas sólo podrán dar la solución de la cuestión" (Palcos, 1941: 183)17. Para poner paños fríos a la cuestión (que ocupó espacio en los periódicos y en cartas privadas), Juan María Gutiérrez -siempre contemporizador- le aconseja a Echeverría, en un plano personal, no pelearse con Rivera Indarte porque "es un mal enemigo, no olvida nunca"; y en el plano de la lucha política contra el adversario común, le enuncia la recomendación como una ley general: "no deben batirse a sangre los que se encuentran en unas mismas filas"18.

Volviendo a la Ojeada retrospectiva, lo que sí resulta sorprendente -al menos a simple vista- es que José Mármol figure junto con los que "no profesan nuestra doctrina", pero son igualmente antirrosistas. Mármol era bastante más joven que Echeverría y tal vez no haya sido tan intenso el contacto entre ambos en el 37; pero eso no bastaría como explicación. Echeverría -de todos modos- le da crédito al poema Cantos del Peregrino, de Mármol, guiado sólo por comentarios, ya que es evidente (y no lo oculta) que no lo ha leído. Es posible arriesgar la hipótesis de que Mármol les produzca a algunos cierta desconfianza: ¿no había conseguido salir de prisión por sus contactos con el rosista Salomón?, ¿no tenía vinculaciones muy estrechas con la familia del representante de Rosas ante la corte de Pedro II?, ¿sería, entonces, un doble agente?19

¿La amistad de su querido Gutiérrez con Mármol no le resultaba a Echeverría garantía suficiente? "Hemos sido hermanos de destierro, de desgracias, de ideas, de afecciones muchas veces y muchas veces de bolsa". Con estas palabras concluye Mármol la breve autobiografía que le envía a Gutiérrez desde Río de Janeiro20. La reflexión condensa la idea de comunidad tal como ha sido concebida por los románticos y que Georges Gusdorf caracteriza perfectamente:

'[...] La comunidad es el fundamento del estilo romántico de pensar, de vivir, de actuar y de crear espiritualmente. La expresión directa de esta actividad del espíritu es la conversación, y su forma más elevada, el diálogo. La carta, forma mediada del intercambio de pensamientos, debía adquirir una significación particular'. Medio de comunicación [...], lugar de encuentro entre el remitente y el destinatario; según Novalis, 'toda verdadera carta es poética por naturaleza', medio de aproximación al conocimiento día a día, diario íntimo de a dos, o de a más [...].21

El salón literario (o sus ramificaciones, no necesariamente orgánicas) ha sido un espacio de relaciones afectivas fuertes y de aprendizaje, conseguido por el contacto con los pares. Es, no la comunidad heredada en filiación (esta línea descendente es la que ponen en crisis los jóvenes reformistas que no quieren ser federales como su época pero tampoco unitarios como sus padres y que, para asombro de propios y extraños, buscan una tercera posición, con la formación de un partido nuevo), sino la comunidad elegida, ensamblada -si pensamos con Edward Said- por afiliación horizontal y no por una genealogía descendente (Said, 1994)22. Los participantes del salón literario hacen hincapié en que es de los pares de quienes se aprende, aun cuando alguno de esos pares sean -como dice Vicente F. López (1994: 39) respecto de Echeverría- "bastante mayor que yo, y no había tenido ocasión de tratarle antes". Tal vez Alberdi (1945: 51) condense del mejor modo esta afiliación, enunciando una tríada fundamental para el 37: Gutiérrez y Echeverría "[e]jercieron en mí ese profesorado indirecto, más eficaz que el de las escuelas, que es el de la simple amistad entre iguales".

La Sociedad popular y la Mazorca

Dice Sarmiento en Campaña: "Bastaba que el entrecejo de algún bárbaro se frunciese para hacer rodar la cabeza del que piensa, como no piensan los que no se tomaron nunca el trabajo de coordinar dos ideas. ¡Ah! ¡a veces han caído quinientas cabezas en un día y a veces una sola que valía por ciento de aquellas!" (Sarmiento, 1958: 58). En esta, que es una forma más de enunciar la dicotomía civilización-barbarie, se vuelve gráfica la brecha inzanjable entre letrados antirrosistas y federales.

Si en una de las posibles definiciones de barbarie se la plantea como discurso impropio (con los bárbaros no parecía posible entenderse), es necesario aclarar que los federales también sostienen la imposibilidad de entender a (ya ni siquiera de entenderse con) los jóvenes románticos: "nadie entendía su jerigonza" es la afirmación que resume el enojo que les producía a los rosistas el uso de una nueva forma de expresión (de Angelis, 1940 a: 371), y no dejan de parodiar ese léxico extranjerizante en sus escritos, que les llama la atención porque va asociado -paradójicamente, para el rosismo- con una pretendida búsqueda de la originalidad nacional en el desierto. Por eso, irónicos, proponen la necesidad de traducir lo que se piensa "a la lengua Pampa, por ser la más nacional que tenemos; de modo que pueda presentarse como un ser particular y propio, que participe del esencialismo de la invención, aun cuando todo él no valga un comino" (de Angelis, 1940 b, 299, subrayados en el original)23.

La sociabilidad política federal se canalizaba por medio de la Sociedad Popular Restauradora presidida por Julián González Salomón, un pulpero. Su brazo armado era la mazorca, integrada por personas provenientes del cuerpo de policías de la ciudad, dirigidos por Ciriaco Cuitiño, que contaba con la colaboración del jefe de serenos, Nicolás Mariño. La Sociedad Popular se crea para imponer la línea rosista en los desacuerdos entre federales, a comienzos de los años 30 y deviene luego custodia del sistema del Restaurador de las Leyes, una asociación a la que era sumamente difícil acceder, lo que se lograba por méritos que se hubieran forjado en la lucha activa a favor de la federación y no por una mera adhesión de palabra, para impedir -de alguna manera- que se cobijaran en su inmunidad los opositores miedosos por medio de una simple declaración de (nuevos) principios24. La mazorca condensa todas las formas de lo monstruoso, porque es la que pone en práctica la persecución de los que no adhieren al sistema federal, por lo que -en el furor del enfrentamiento- los opositores deciden llamarla "más-horca" como una forma de la injuria que denuncia los métodos y la crueldad de las acciones que caracterizaban a la organización, para usarse -extendida- también como impugnación de las actividades intelectuales del rosismo, que produce "literatura mashorquera". Es por demás conocido el mote con que Echeverría descalifica toda producción intelectual vinculada al sistema rosista y que -en su furia polémica e insultante-, no sólo le arroja a Pedro de Angelis, sino también al desertor de la causa federal, Rivera Indarte: "mashorquero de la literatura", en este caso (Echeverría 1941: 189, subrayado en el original). Pese a que con Rivera Indarte terminará uniéndolo la memoria de una lucha común, Echeverría vinculó para siempre los dos destinos que consideró deshonrosos, y los equiparó punto por punto: "igual cinismo y venalidad; igual charla y vaciedad de doctrina; igual presunción de saber y suficiencia; igual incapacidad para concebir lo bello, lo grande y lo noble [...]. Fueron ambos amigos un tiempo, y no debieron nunca reñir; porque son las dos llagas cancerosas de la prensa, los verdaderos mashorqueros de la literatura del Plata [...] (Echeverría 1941: 182, subrayado nuestro).

Jocoso, Gutiérrez le había contado a su amigo Pío Tedín:

Esta sociedad [popular] que comúnmente se llama de la Mazorca tiene por objeto el introducir por el flanco de la retaguardia del enemigo unitario el sabroso fruto de que ha tomado nombre, así es que toda aquella gente que recela este fracaso ha dado en usar el pantalón muy ajustado, disfrazando con el nombre de moda una prevención muy puesta en orden y razón25.

Entre tantos desentendimientos y desafíos, no es infrecuente que en las caracterizaciones del grupo (o de los enemigos en general) se recurra al humor o la ironía, como se ve en este caso, o se apele decididamente a la escatología para hablar de "la terrible Mazorca, cuerpo de policía entusiasta, federal, que tiene por encargo y oficio echar lavativas de ají y aguarrás a los descontentos, primero, y después, no bastando este tratamiento flogístico, degollar a aquellos que se les indique", como la caracteriza -en tono campechano- Sarmiento (1961: 207)26.

Aunque había sido precisamente Rivera Indarte, cuando rosista, el que inventara el término "mazorca", con la consecuente amenaza de sodomización, los federales se defienden27. Es Pedro de Angelis el que sale al cruce de las versiones que, desde la prensa opositora en el exilio, desparrama por el mundo la leyenda negra de la Mazorca, que sólo es

una porción de ciudadanos, sumisos a las leyes, adictos al Gobierno; amantes de su país, que en los días de peligro se reúnen a la voz de las autoridades subalternas por disposición superior, y sin misterio, abandonando sus negocios, separándose de sus familias, con ánimo deliberado y tranquilo, pasan los días y las noches en asiduas y patrióticas tareas, alternando con los encargados del buen orden, y no rehusando ningún servicio que se les exija para contener a los perturbadores.

De Angelis se empecina en declarar que el nombre de Mazorca aplicado a la Sociedad Popular Restauradora es una falacia de los enemigos, y explica -con la pulsión traductora que los caracteriza a él y al Archivo Americano que dirige- que en nada se parece ni al club de los jacobinos franceses ni a los comuneros españoles, ya que la agrupación no es un club político ni una logia: "si lo fuera no habría subsistido un instante bajo el gobierno del General Rosas, tan opuesto a esta clase de asociaciones", porque no quiere que "se introduzca en el país el espíritu de secta, que sólo fomentan los gobiernos débiles o facciosos"28.

Crueles o no, pacíficos o enaltecidos, los federales encuentran -como los unitarios de los salones, las asociaciones y la fraternidad- diferentes formas de reunión entre pares. Y a pesar de las capacidades o características que los antirrosistas se empeñan en negarles conscientemente a los enemigos, la "brutalidad" (y no sólo la "afabilidad") también es una forma de la sociabilidad, como recuerda Pilar González Bernaldo (1999: 22); y como lo demuestran las tías que se meten el sebo en las tetas y los matarifes que premian el valor de Matasiete, como "degollador de unitarios" con el matambre en "El matadero" mismo29.

Aristóteles desmonta una creencia (que tendrán también los antirrosistas), la de que los "malos" no pueden estar de acuerdo, ya que -propone- existe un tipo de amistad

según la cual, incluso los malos concuerdan, cuando eligen y desean las mismas cosas. Pero deben desear lo mismo, de manera que ambos puedan poseer lo que desean, pues si el objeto del deseo es tal que no es posible que pertenezca a ambos, se pelearán; en cambio, los que están de acuerdo no se pelean. Hay, pues, concordia cuando la elección es la misma tanto en lo que concierne al mandar como al obedecer, cada uno no escogiéndose a sí mismo, sino ambos escogiendo a la misma persona. En suma, la concordia es la amistad política (Aristóteles, 1995, libro VII, 1241ª: 514-515)30.

En su autobiografía, Alberdi recapitula, haciendo alusión al lema del salón literario: Abiciamus ergo opera tenebrarum et induamur arma lucis (Abandonemos, pues, para siempre las obras de las tinieblas, y empuñemos las armas de la luz):

Las armas de la luz no estaban de moda bajo el gobierno de ese tiempo; y el brillante club literario tuvo que rendirlas ante la brutal majestad de otro club de rebenque, formado para impedir todo club de libertad. La única forma en que la libertad de asociación podía existir fue la que asumió la Mazorca. Para azotar a los liberales era lícito asociarse, y para estudiar la libertad, la asociación era un crimen de traición a la patria. El Salón Literario estaba condenado a desaparecer, porque era público" (Alberdi, 1945: 53, son nuestros los subrayados de los sintagmas formados con la palabra club)31.

Los argonautas

Al emerger del ensueño tropical que lo confunde, y poco antes de recuperar su yo a través de un curriculum itinerante como si fuera un cursus honorum, ya derrotado su enemigo, Sarmiento cae en la cuenta de que todavía no habían pasado seis meses desde que se embarcara en Chile, junto con Bartolomé Mitre, Wenceslao Paunero, el coronel Aquino y tres compañeros más, para ponerse a las órdenes de Urquiza. Eran

los argonautas de la Médicis, circunnavegando en pos también de un vellocino de oro, guardado por un Dragón espantable; y el gran mágico Alexander que nos escuchaba, decía lleno de estupefacción: "¿Pero qué países son esos donde cuantos se nombran han muerto o en los combates o degollados?". Y, en efecto, el sacrificado coronel Aquino, que nos refería historias de vivaque, no acertaba a nombrar compañero, amigo, enemigo, que no estuviese ya sepultado" (Campaña: 58).

En el recuento de Sarmiento, el recuerdo de tantos argonautas muertos se lee -como usualmente en él, pese a sus esfuerzos por socializar los méritos y los sufrimientos- en clave personal y enmarañado en una escena de ensueño que remata en una aparición fantasmal, con toques góticos, al recordar al desgraciado Aquino, que también fuera degollado (en el libro sobre la campaña para derrotar a Rosas se está escribiendo una ficción que cuenta cómo una patria se hace sobre la base de sufrimientos).

Seis años antes, Echeverría le daba forma a un panteón patrio, puesto a la cabeza del estudio del movimiento intelectual -todavía en el medio de la lucha contra el gobernador de Buenos Aires- como dedicatoria, historia y modelo para el futuro: "A Avellaneda, Alvarez, Acha, Lavalle, Maza, Varela, Berón de Astrada, y en su nombre a todos los mártires de la Patria. ¡Mártires sublimes!". La patria ganaba su santuario32.

Por metonimia, donde la imagen que se construye de los que se honran se pretende en el fondo para uno mismo, cada uno a su manera va diseñando su propia figura pública ante la posteridad: Sarmiento (que entrará triunfante en Buenos Aires en febrero de 1852), como el héroe; Echeverría (que morirá en 1851 sin ver derrotado a su enemigo), como el mártir. Ambas funciones son estampas que resultan indispensables para el cuadro romántico nacional.

Es necesario remarcar que la lista de mártires que encabeza la Ojeada retrospectiva sobre el movimiento intelectual en el Plata desde el año 37 no coincide con o, mejor, no se ajusta a la lista de los participantes del Salón o de los integrantes de la clandestina Joven Argentina, con lo que se refuerza la relación estrecha que los jóvenes antirrosistas establecían entre la militancia intelectual y la armada. La historia de ese movimiento intelectual, aparentemente reconstruida pero en rigor establecida por Echeverría, es fechada por él -casi un lapsus- en junio de 1837 (fecha del Salón) cuando en rigor está instaurando su comienzo (y estableciéndolo como origen) con la asociación clandestina de la Joven Argentina que se forma al año siguiente y no con las reuniones en la librería de Marcos Sastre, a cuya inauguración no concurrió y cuya dirección -que se le había ofrecido- no aceptó, como sí aceptó ponerse a la cabeza del grupo de conjurados del 38. Y es interesante tener en cuenta, además, que si bien -como vimos- Echeverría se detiene en el Facundo e incluso menciona, en nota al pie, que Sarmiento había señalado antes que él alguna cuestión (Echeverría, 1956 a: 52), no tiene en cuenta (no lo trae a colación, no lo reconoce como antecedente) el fundamental último capítulo del texto, que ya propone la trama de una historia del movimiento intelectual en el Plata al escribir una breve historia de los letrados argentinos33.

Esa es la caterva que lee Pedro de Angelis. Allí donde los propios actores del 37 se creían (se estilizaban) apóstoles, mártires, argonautas, la astucia de la polémica política los encuentra (o los prefiere, o los provoca al considerarlos) no únicamente "inmundos salvajes unitarios", como en los documentos oficiales, sino también "genios díscolos",34 "degradados traidores", "furiosos demagogos", "hombres prostituidos u obcecados", "impíos", "revoltosos", "inquietos", "presumidos", "holgazanes", "reformadores", "románticos", "miserables". Pero la mayor transformación, la más contundente en cuanto a los efectos político-legales que eso implicaba, la sufrieron los "argonautas" que vagaban fuera de la patria35 cuando el peso de la ley del poder al que se oponían cayó sobre ellos bajo la forma de un dictamen moral enunciado por el escriba del rosismo: "todos los que él [Echeverría] apellida Mártires sublimes [...] no son otra cosa que "criminales famosos"" (de Ángelis, 1940 a: 375.

Notas

1 El documento que sienta las bases de la fundación del IHGB está fechado en Río de Janeiro el 16 de gosto de 1838. El IHGB estaría integrado por "25 sócios efectivos, residentes na Corte, e de número ilimitado de honorários e correspondentes, que residam aqui ou nas províncias" (reproducido en Soares Amora, 1969: 110-111).

2 "Quídam": pronombre indefinido: cierto, alguno. Un fulano, alguien, cualquiera, un sujeto, un quía.

3 Hay que hacer renacer el español con producción nueva es la propuesta; y no sujetarse a las restricciones de las gramáticas, que impiden el desarrollo de algo vivo como la lengua.

4 Lilia Moritz agrega cifras concretas: Pedro II presidió "um total de 506 sessões -de dezembro de 1849 até 7 de novembro de 1889-, só se ausentando em caso de viagem. Tal fato torna-se ainda mais relevante se comparado à pouca participação do monarca na Câmara: lá só aparecia no começo e no final do ano, para abrir e fechar os trabalhos" (1999).

5 Para ampliar este punto, cfr. Flora Süssekind, 1990; y Adriana Amante, 2010, donde trabajo ampliamente las producciones intelectuales de Argentina y Brasil y la relación que establecen.

6 El Salón Literario comunicará la interrupción de las suscripciones el 10 de enero de 1838, a través de un anuncio publicado en el Diario de la Tarde. El paso siguiente fue la decisión de rematar la biblioteca. Todo el detalle de este proceso puede seguirse en Félix Weinberg, 1958, "Estudio preliminar". En 1843 se crea el Instituto Histórico de Montevideo, del que Rivera Indarte forma parte. En 1856, ya sin Rosas, se creará el Instituto Histórico y Geográfico de Buenos Aires, a instancias de Bartolomé Mitre, que será su presidente e invitará a Pedro de Angelis a sumarse al proyecto como miembro fundador. De Angelis aceptará el convite y concurrirá a la sesión inaugural haciendo una excepción en su voluntario retiro de la vida pública, como le cuenta por carta a Tomás Guido, quien, junto con José Mármol, también será nombrado miembro del Instituto (cfr. carta de Pedro de Angelis a Tomás Guido, fechada en Buenos Aires el 18 de junio de 1856, en Arana (h), 1954).

7 Según Mannheim (1957: 198-200), las tertulias de los cafés de fines del S. XVIII y comienzos del XIX "constituyen las asociaciones más libres de la historia occidental". Sobre la sociabilidad en casa de Mariquita Sánchez, ver Adriana Amante, Poéticas y políticas del destierro. Félix Weinberg (1958: 147) menciona a Mariquita como una de las participantes del Salón Literario, pero nunca hemos visto material como para pensar que su papel en él (en sus reuniones propiamente dichas) sea de relevancia; como sí se hace evidente en la relación que establece con muchos asiduos concurrentes y suscriptores del mismo.

8 Lo más interesante es que Senillosa intenta separarse aquí justamente de las ideas de algunos de los miembros que le imponen su sello al establecimiento.

9 Para mayor mal del gobierno, este "club de revoltosos", había contado con "clubs segundarios" (sic) en otras provincias. La idea del salón como club puede confirmarse también con las palabras de un adherente como Vicente Fidel López, cuando recuerda el modo en que a Sastre se le ocurrió "la idea de reunir su negocio de librería a la de un Salón o club de discusión, de conversación y de lectura" con aproximadamente cincuenta socios (subrayado en el original). Había, también, asistentes, como Vicente López y Planes, a quien Rosas manda reconvenir por parecerle que él no debía dejarse seducir por esos muchachos; o como el propio Pedro de Angelis, que participó de las reuniones iniciales. Pese a los proyectos y declaraciones de principios o programas, Vicente Fidel López saca en limpio que "en el salón se produjo poco, se leyó mucho, se conversó más" (López, 1994: 38-39). Pilar González Bernaldo perfila al Salón Literario en relación con el gabinete de lectura y, si bien no manifiesta exactamente las mismas ideas que yo, también da características específicas para definirlo en relación con, pero diferente al salón (González Bernaldo de Quirós, 1999: 90-92). Para las asociaciones literarias que antecedieron o precedieron al salón literario, véanse el mismo texto de González Bernaldo de Quirós; Ricardo Rojas, 1960; y Adolfo Saldías (que se detiene en la Asociación de la Joven Argentina), s/f. Con respecto a la historia misma y detallada y fundamentada del salón, sigue siendo imprescindible el trabajo de Félix Weinberg. Hay nuevos abordajes a las ideas compartidas por este grupo de letrados, como los de Parada, 2008; Myers, 1998 y 2003.

10 Pedro de Angelis hace referencia al juramento y al banquete del 8 y 9 de julio de 1838, en los que se sella el pacto político-ideológico de los letrados antirrosistas cuya doctrina se leerá en el Dogma (Pedro de Angelis sobre el Dogma socialista, en Esteban Echeverría, Dogma socialista, edición de Alberto Palcos: 371).

11 Jacques Derrida sugiere: "Por un lado, la amistad parece ser esencialmente ajena o impropia para la res publica, por lo tanto no podría fundar una política. Pero, por otro lado, como se sabe, de Platón a Montaigne, de Aristóteles a Kant, de Cicerón a Hegel, los grandes discursos canónicos o filosóficos sobre la amistad (pero mi interrogación se dirige precisamente al canon filosófico en este territorio) han vinculado explícitamente la amistad a la virtud y a la justicia, a la razón moral y a la razón política".

12 Tal vez Echeverría sea muy exigente en la demanda que le hace acá a Sarmiento, que puede deberse al deseo de marcar su diferencia con él o su superioridad, señalándole un defecto a su obra. Es evidente que los dos capítulo finales del Facundo ("Gobierno unitario", pero sobre todo "Presente y porvenir"), para la economía discursiva del texto, resultan bastante dogmáticos.

13 Carta de Esteban Echeverría a Juan María Gutiérrez, fechada en Montevideo, el 24 de junio de 1847 (en Echeverría, 1940: 428). La alusión despectiva a de Ángelis como el "archivero" se debe a que era el director del Archivo Americano y Espíritu de la Prensa del Mundo, importantísimo órgano de prensa para difusión del rosismo, escrito en castellano, inglés y francés.

14 A diferencia de Domínguez, que descarga toda su furia contra Alberdi, Echeverría (que le manda a éste un ejemplar de la polémica con el letrado rosista) no sólo no parece incluir al tucumano en ese desencanto, sino que ha dedicado un párrafo de su Ojeada retrospectiva a justificarlo: "Existen [...] prevenciones en el Río de la Plata contra el señor Alberdi. Ha cometido, dicen, errores: ¿quién no ha errado entre nosotros? ¿pueden los que le acusan parangonarse con él como escritores, ni mostrar una frente sin mancha cual la suya?" (Echeverría 1956 a: 60). En carta desde Valparaíso del 26 de abril de 1848, Alberdi -feliz de tener noticias del "Lamartine del Río de la Plata" después de un año- le dirá: "[m]e complazco en ver que Ud. y yo somos los mismos de antes en ideas políticas (Echeverría, 1940: 430). Si bien Echeverría lo menciona, a Luis Domínguez sólo le dedica un parco y breve párrafo que tal vez refleje -a la fecha- una disconformidad mutua. Cuando Echeverría explica, hacia el final de la Ojeada retrospectiva, por qué él ha mantenido un "largo silencio, que nos importa poco interpreten como quieran los que gustan meterse en el foro interno" (Echeverría 1956 a: 84), puede estar refiriéndose a los que, aunque comulguen con sus ideas, no están de acuerdo con su retiro de la vida política activa. Salvo por el Dogma socialista (por demás relevante, decisiva y contundente intervención de un intelectual en el campo de la política), es verdad que Echeverría se mantuvo retirado en su exilio de Montevideo y no le resultaba grato desviarse del ambicioso proyecto literario que lo fue absorbiendo con los años, el de la escritura de El Angel Caído: "El diablo es que la  política a cada paso me interrumpe, me desvía de la región poética y me lleva a revolcarme con todos en la pocilga de los intereses, de las pasiones y de las miserias comunes", le confiesa a Gutiérrez (Carta de Echeverría a Gutiérrez, 24 de junio de 1847, en Echeverría,1940: 428). A contrapelo de sus compañeros de generación, que encuentran en la política el verdadero motor de la creación estética (el extremo es José Mármol que, caído Rosas, no podrá volver a escribir), el deseo de Echeverría anticipa en las letras argentinas del siglo XIX la autonomización de la literatura respecto de la política.

15 En 1842, Juan Thompson le había prologado a Rivera Indarte su poema La batalla de Caa-guazú.

16 A Echeverría le preocupa particularmente dejar sentado que él es un personaje destacado de la escena pública, y suele señalarlo tanto en cartas privadas como en aquellas por medio de las cuales polemiza, como sucede también en las que le dirige a Pedro de Angelis (cf. Echeverría 1956 b: 188).

17 Echeverría está visiblemente desencantado y sostiene que ya no cree en "la prensa como poder revolucionario".

18 Carta de Gutiérrez a Echeverría, Porto Alegre, 7 de agosto de 1844 (Gutiérrez 1979-1981, tomo I: 281). Para el momento de la escritura de la Ojeada retrospectiva se habían aplacado los ánimos: Rivera Indarte ya estaba muerto. La polémica (que se produce en mayo y junio de 1844) puede seguirse en Palcos, 1941: 162-189.

19 Dice Mariano de Vedia y Mitre (1917) a propósito del autor del Peregrino: "el preso político [...] estaba a merced de los caprichos del déspota. El jefe de policía o los edecanes Mariño o Corvalán decidían de su suerte. También podía hacerlo con incuestionable eficacia el presidente de la Sociedad Restauradora, don Julián González Salomón. El protagonista de la novela de Mármol, Amalia, cultiva la relación de aquél para tener quien lo defendiera en caso de que fuera denunciado como enemigo del Restaurador. En una carta en que él expresa sus sentimientos federales, le ofrece escribirle como otras veces los discursos incendiarios con que el falso presidente inflamaba el ánimo de sus compañeros de la Mazorca. El caso es que Mármol salió de su prisión por empeños del propio Salomón que, según es tradicional, le debía algunos servicios de carácter "literario"" .

20 Se la pide Juan María Gutiérrez para la América Poética que está organizando, sobre la que hablaremos en la Cuarta parte. Carta de José Mármol a Gutiérrez, Río de Janeiro, 26 de marzo de 1846 (Gutiérrez, 1979-1981, tomo II: 53).

21 Georges Gusdorf, 1993, tomo I: 448 (la primera cita que toma Gusdorf le pertenece a Richard Samuel). Como en los salones del siglo XVII, en el exilio antirrosista era habitual que las cartas fueran, además, materia de conversación. La idea de comunidad incluye la creación colectiva o la circulación común de ideas en textos de unos o de otros, desideratum que se impusieron los argentinos en un comienzo, pero que fue revelándose impostado con el correr de los años. Para más detalles sobre cómo funcionan estas ideas en el romanticismo alemán, ver: Jean-Luc Nancy y Philippe Lacoue-Labarthe, 1988.

22 Entre las quejas que los jóvenes intercambiaban con relación a la generación anterior, que no los representaba, es interesante la que le escribe Gutiérrez a su amigo Florencio Varela, en los intercambios epistolares sobre los discursos vertidos en la inauguración del salón: "Amigo, en cuanto a los discursos, estoy con la opinión de usted y creo que al mío hace usted más honor del que se merece: aquí los viejos me odian desde que las tales líneas aparecieron. Nuestros viejos sont des bien drôles des gens. Nadie según ellos puede abrir los labios si no ha encanecido; si no ha sido canónigo, fiscal del Estado, ministro o representante. También está mal con que se imprima: no, señor, se deben gustar las luces en la conversación, en la tertulia de malilla, en el café; pero para el pueblo nada; esto es cómodo porque la publicación suele evaporar la reputación de saber que con admiración de ellos mismos, persigue a ciertos hombres. [...] estoy tan disgustado sin saber por qué, que doblo la hoja para cuando nos encontremos y podamos conversar cuatro o cinco días sin respirar ni escupir" (en Ernesto Morales 1942: 22-23, subrayado en el original).

23 Éstas son alusiones a la presentación, en la inauguración del salón literario, del poema La Cautiva, de Echeverría, del que Gutiérrez lee tres cantos y que saldrá, incluido en el libro Rimas, en septiembre de ese mismo 1837. Había sido anunciado en el discurso del dueño del Salón: "Un poeta, inspirado por el espectáculo de nuestra naturaleza, prepara poemas, en que toda entera se refleja. Tomando por fondo de sus cuadros nuestras extensas llanuras, busca en ellas y canta nuestros hombres libres, poéticos, esforzados; no conocidos hasta ahora a pesar del interés que presentan al literato y al artista, en nada inferior al que nos ofrecen los árabes y sus desiertos. Poema enteramente original, sólo debido a la inspiración de las bellezas de nuestro suelo" (Sastre, 1958: 121). Es extraño que un federal ironice tanto con la lengua pampa cuando Rosas, como uno de los frutos de su campaña al desierto, ha escrito un diccionario de lengua pampa. Sobre lo inentendible que puede resultar el otro en estas relaciones entre bandos, es particularmente provechosa la propuesta de Raúl Antelo (1998: 9), cuyo texto Algaravia abre explicando, precisamente, el sentido del término del título, que une -en las diferentes acepciones e inflexiones léxicas- las ideas de extranjería, lengua árabe (desde la mirada occidental, ininteligible) y exilio.

24 Para más detalles sobre la naturaleza y la composición de la Sociedad Popular, cfr. John Lynch, 1981: 206-209.

25 Carta de Juan María Gutiérrez a Pío Tedín, Buenos Aires, 25 de abril de 1835, en Morales (1942): 16. La amenaza de sodomización de los unitarios tiene su escena clásica en "El matadero", con el cajetilla de frac como víctima; y ha sido tratada en varias ocasiones por la crítica literaria (cfr. Viñas, 1974 y Salessi 1995).

26 Para otras referencias escatológicas, recordemos la flatulencia de los habitantes de Buenos Aires en "El matadero" de Echeverría, por la ingesta de porotos motivada por la abstinencia de carne.

27 El término aparece en su composición "Viva la mazorca": "Aqueste marlo que miras/ de rubia chala vestido/ en los infiernos ha hundido/ a la unitaria facción./ Y así con gran devoción/ dirás para tu coleto/ sálvame de aqueste aprieto/ ¡Oh, Santa Federación!/ Y tendrás cuidado/ al tiempo de andar/ de ver si este santo/ te va por detrás" (en Crónica histórica argentina, Buenos Aires, Codex, 1969, tomo III: III-278).

28 Archivo Americano, Nº 6, 31 de agosto de 1843.

29 La puja a cuchilladas por una tripa gorda entre cuatro jóvenes, paralela a la lucha entre perros flacos peleando por un hígado embarrado se ve como el "[s]imulacro en pequeño [...] del modo bárbaro con que se ventilan en nuestro país las cuestiones y los derechos individuales y sociales" (Echeverría, 1874: 318).

30 Cuando caracteriza al enemigo como grupo, Echeverría adjudica la ventaja de Rosas al "poder compacto, centralizado por el terror, y por la fe en su estrella que tienen sus sostenedores" (Echeverría, 1956 a: 52), a cuyo nexo aludió irónicamente -en páginas anteriores- como la "comunión de los creyentes" (41, subrayado en el original).

31 Rivera Indarte da también su versión de las relaciones de filiación de los bandos, al decir "que todos los que estaban con Rozas eran hermanos en delito, y que todos (extranjeros, etc.)los que estaban contra Rosas eran hermanos de una misma fe" (en Saldías: 46).

32 Hay, voluntariamente, una asociación semiótico-léxica entre la militancia y el credo en los escritos doctrinarios del 37, particularmente en el Dogma socialista, que permite pensar que se adoptan formas cuasi-religiosas en la gesta de la formación nacional: así, el "movimiento socialista" del que Echeverría dice querer dar cuenta porque no ha sido advertido, ya que le ha faltado patria donde poner en práctica sus ideas, "ha tenido sus apóstoles y sus mártires" (Echeverría, 1956 a: 81).

33 El verdadero panteón artístico-literario, de todos modos, queda fijado en los Viajes de Sarmiento, quien -con el desenfado que lo caracteriza- selecciona, firme, a los iniciadores de una "literatura fantástica, homérica, de la vida bárbara del gaucho que como aquellos antiguos hicsos en el Egipto, hase apoderado del gobierno de un pueblo culto": "Echeverría describiendo las escenas de la pampa; Hidalgo imitando el llano lenguaje, lleno de imágenes campestres del Cantor, ¡qué diablos! por qué no he de decirlo, yo, intentando describir en Quiroga la vida, los instintos del pastor argentino, y Rugendas, pintando con verdad las costumbres americanas" (Sarmiento, 1993: 51). Es interesante ver que, entre los nombres fundadores de esa literatura, Sarmiento incluye a un viajero extranjero (y pintor) como Rugendas, lo que da muestras de cómo el siglo XIX aprovechaba la visión del otro sobre lo propio como material para la conformación de una cultura nacional.

34 "Genio díscolo" suena, en boca de de Angelis, tan simbólicamente pleonástico como el "gaucho malo" de Sarmiento.

35 Si había argonautas que vagaban (término que usa Echeverría 1956 a: 79) fuera de la patria, también había -según hacía creer el rosismo- "ánimas en pena de los unitarios sacrificados en la batalla de Chascomús", creencia alimentada por el gobierno como otra forma de ejercicio de la autoridad (cfr. Ramos Mejía, 1907, tomo II: 138).

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