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Cuadernos del CILHA

versión On-line ISSN 1852-9615

Cuad. CILHA vol.13 no.1 Mendoza jul. 2012

 

DOSSIER

Historia, leyendas y clichés del Oriente en la obra de Emir Emin Arslán1

History, legends and clichés of the East in the work of Emir Emin Arslan

 

Axel Gasquet

Université Blaise Pascal - CERHAC
Clermont-Ferrand, Francia
axel.gasquet@univ-bpclermont.fr

 


Resumen: El presente ensayo se propone estudiar la obra de divulgación oriental desarrollada en la Argentina por el diplomático e inmigrante turco Emir Emin Arslán. De origen druso-libanés, este aristócrata cosmopolita llegó a tener una notable gravitación en el medio cultural argentino entre 1910 y 1940. Sus vastos escritos, dispersos en cuantiosos artículos para periódicos y semanarios, amén de sus libros, constituye un corpus hasta ahora poco explorado del orientalismo vernacular. Arslán dirigió un importante semanario cultural, La Nota, entre 1915 y 1920, y fundó el periódico árabe-castellano Al-Istiklal-La Independencia en 1925. Esta investigación es continuación de la desarrollada anteriormente en mi obra Oriente al Sur (2007).

Palabras clave: Emir Emin Arslán; Oriente musulmán; Imperio otomano; Islam; Leyendas.

Abstract: This paper intends to explore the orientalist work developed in Argentina by the Turkish diplomatic and immigrant Emir Emin Arslan. Druze-Lebanese origin, this cosmopolitan aristocrat came to have a remarkable gravitation in the cultural Argentina between 1910 and 1940. His voluminous work, dispersed in numerous articles for newspapers and weeklies, in addition to his books, is a hitherto unexplored corpus of vernacular Orientalism. Arslan was in charge of an important cultural weekly, La Nota, between 1915 and 1920, and was also a founder of a bilingual newspaper in arabic and spanish in 1925, Al-Istiklal-La Independencia. This research is a continuation of my work, previously developed in the Oriente al Sur (2007).

Keywords: Emir Emin Arslán; Muslim & Arabic East; Ottoman Empire; Islam; Legends.


 

Pero sucede que estando poblado un cerebro de lo mejor, la humanidad va tan de prisa, está tan atareada, que cada día permite menos fertilidad a la erudición y menos desarrollo a la literatura.

Amado Nervo (1917)

Brillaron un instante y pasaron; más el trémulo relámpago de oro bastó al viajero para ver la bifurcación del camino, ¡y ya no se perdió en medio de la noche!

Amado Nervo (1917)

Emir Emin Arslán (1866-1943)2 fue un diplomático del imperio otomano, publicista político y periodista cultural que ocupó un lugar determinante en la labor de divulgación de los temas orientalistas en la Argentina. Analizaremos a continuación el corpus edito de sus libros, con algunas referencias a su extensa labor editorial. Su intensa actividad intelectual se despliega desde el Centenario hasta los años 1940. De nacionalidad turca, originario de la provincia del Líbano y de ascendencia drusa3, tras la revolución de 19084 Arslán llegó a la Argentina en octubre de 1910 como Cónsul General del Imperio Otomano, después de haber desempeñado el mismo cargo en Burdeos, París y Bruselas. Intelectual políglota, hablaba corrientemente seis idiomas: turco, árabe, francés, inglés, alemán y castellano. Su actuación en el medio letrado y la prensa local fue sumamente intensa y continuada, siendo la primera figura pública reconocida de la comunidad del Levante en el Río de la Plata. Su llegada como diplomático turco no le impidió integrarse con naturalidad en la  elite del mundo letrado y político argentino entonces, llegando incluso a ser una personalidad destacada. Sus amistades y relaciones abarcaban todo el espectro político y cultural, vinculado a figuras como Leopoldo Lugones, Rubén Darío, Alfonsina Storni, Alberto Gerchunoff, José Ingenieros, Victorino de la Plaza, Emilio Becher, Marcelo T. De Alvear, Joaquín V. González, Julio A. Roca, Alfredo Palacios, Roberto Mariani, Ricardo Güiraldes, Pedro Blomberg, Juan Pablo Echagüe, Victoria Ocampo y tantos más.

Su labor desarrolla en paralelo dos misiones culturales:

a) como periodista y editor, fundará y dirigirá el semanario cultural La Nota, publicado durante los años 1915-19215 y cuyo jefe de redacción fue Carlos Alberto Leumann. En 1925 creo y dirigió la fugaz revista semanal El Lápiz Azul6, y poco después creó el periódico bilingüe árabe-español Al-Istiklal/La Independencia, para federar posiciones dentro de la comunidad árabe a favor de la independencia nacional en Siria y el Líbano. Posteriormente será un colaborador asiduo de los periódicos La Nación y El Mundo, del semanario El Hogar y otros medios argentinos.

b) como publicista político, ensayista y escritor, desarrolla una importante obra divulgativa sobre el Medio Oriente, de carácter popular: La verdad sobre el Harén (1916), Final de un idilio (1917), Recuerdos de Oriente (c1925), La revolución Siria contra el mandato francés (1926), Misterios del Oriente (1932), La verdadera historia de "Las Desencantadas" (1935) y Los Árabes, reseña histórico-literaria y leyendas [1941]7. Publicó también tres libros en árabe8; en cambio, sus obras dramáticas permanecen inéditas: El loco cuerdo, La Sultana, El Libertador (la vida de San Martín), El amor en la diplomacia, Sangre y Amor en Jerusalén9. De las obras editas solo Final de un idilio es una novela que dramatiza el comienzo de la primera guerra mundial y la invasión devastadora de Bélgica por las tropas alemanas. Aunque es una novela de ficción -hilvanada con algunos episodios de sus diez años de vida en dicho reino- la obra tiene un carácter eminentemente político: la denuncia de la barbarie germánica y el diferendo que enfrentaba a Arslán con las autoridades del Imperio Otomano (aliadas de Berlín), que terminan por condenarlo a muerte in absentia. Sus otros libros son ensayísticos y la mayor parte de sus artículos periodísticos expresan su opinión política sobre la evolución de la situación en el Medio Oriente en el contexto regional e internacional de los años 1930. Este es el caso del folleto Las Mentiras, publicado en fascículo por el periódico Al-Istiklal (La Independencia) de Buenos Aires10, que toma partido por la emancipación política de Siria y el Líbano contra la tutela ilegítima del "mandato" francés sobre dichos territorios.

Cabe notar que sus tres primeros libros en castellano fueron editados por cuenta de autor, siendo los dos primeros regularmente publicitados en las páginas del semanario La Nota. En cambio, otros títulos suyos fueron publicados por editoriales conocidas y populares en la Argentina de aquellos años, como Tor y Sopena. Misterios de Oriente reúne ocho ensayos que Arslán había publicado inicialmente en la revista La Nota. Sus libros contaron con varias reediciones: Los Árabes tuvo cuatro, Misterios de Oriente tres, Recuerdos de Oriente tres, La revolución Siria tres, Final de un idilio cuatro, La verdad sobre el Harén siete. Esto supone una difusión generalizada de su obra según los criterios de la época; debemos tener en cuenta que las tiradas comerciales promedio en los años 1930 eran mucho más elevadas que las actuales, excepto para los libros de autor, cuyas tiradas raramente excedían los 500 ejemplares. Señalemos por último que el conjunto de artículos publicados en La Nota por Arslán pueden ocupar varios volúmenes, a lo que debemos añadir la innumerable cantidad de artículos de prensa editados en otros medios hasta su fallecimiento en 1943.

Testimonio y rango social

Aunque toda su obra tiene una gran continuidad temática, podemos dividir cronológicamente su obra en dos períodos: a) hasta fines de los años 1920 y b) desde 1930 hasta el final de su vida. En ambos entrega a sus lectores una aproximación legendaria del Oriente, revistando los clichés más persistentes en Occidente sobre los países y la cultura árabe-musulmana, y procura arrojar nuevas luces sobre estos temas. A pesar de su erudición y conocimiento detallado de la historia contemporánea del Medio Oriente, la labor divulgativa de Arslán no es la obra de un historiador. Antes bien, es el aporte de un publicista liberal que, aprovechando la moda orientalista puesta en órbita por los poetas y escritores modernistas, añade a dichos tópicos un elemento hasta entonces raro: su calidad de testigo presencial y experto. Aquello que otros intelectuales (Darío, Lugones) habían empleado como un mero recurso poético, o como pinceladas turísticas fugaces (Ángel Estrada, Ernesto Quesada, etc.), Arslán lo asume con un conocimiento intrínseco propio a quien conoce los hechos íntimamente y no exteriormente. Dicha historia doméstica del Oriente cultural, en sus aspectos exóticos y llamativos, tienen el valor agregado de haber sido enunciadas por un testigo directo de estos hechos. No eran legión los intelectuales argentinos que podían reivindicar para sus escritos esta cualidad; Arslán fue el único hombre letrado en posición de poder hacerlo. Junto a su formación cosmopolita, poseía un estatus social que le abrió las puertas de la elite político-cultural de la Argentina del Centenario. Sus coetáneos, los inmigrantes turcos y sirio-libaneses, no reunían a menudo este amplio bagaje vivencial: eran mayormente gente de escasa o nula instrucción, imposibilitados de acceso al mundo letrado del país. Arslán fue sin duda una voz atípica, que asumió la misión de portavoz de la entera comunidad sirio-libanesa en la Argentina.

Los tópicos del Oriente y la barbarie guerrera teutona

Repasaremos aquí sus observaciones de Arslán sobre el Harén, sobre la ausencia de modernización política y social del régimen turco (clásico tópico del "atraso" oriental), y detallaremos la fervorosa campaña literaria y propagandística que lo opondrá a la alianza del Imperio Otomano con Alemania -tema cuya obra Final de un idilio apenas disimula bajo una cobertura novelesca-.

a) El Harén como institución y sus implicaciones sociales

La extendida costumbre social de la poligamia entre las encumbradas personalidades musulmanas fue motivo de dilatadas intrigas entre los occidentales y cristianos. Harén es una palabra árabe que se aplica a todo lo que es privativo, prohibido e inviolable11; equivalente al gineceo de los antiguos griegos. Siendo la poligamia una práctica admitida entre los que profesan la fe islámica (cuatro esposas legítimas) y otros pueblos africanos o de la antigüedad europea, la posibilidad de casarse con varias esposas está en la práctica limitada a los hombres que gozan de una holgada posición social. El harén, el recinto donde viven un gran número de esposas y concubinas, es una práctica restringida a los grandes soberanos (jeques, sultanes, emires, visires) y hombres de prestigio (dignatarios, comerciantes). Como tal, desde antaño el harén ha suscitado las más fantasiosas suputaciones entre los occidentales. Esta fantasmática obsesión empujó a Arslán a redactar su libro para satisfacer las insistentes preguntas de los argentinos, cuya curiosidad al respecto fue azuzada por la lectura de la obra popular de Pierre Loti, Las Desencantadas y Aziade: "no podía presentarme en sociedad, ya fuese en reuniones o comidas, sin que me formularan la siguiente pregunta: ¿y el Harén? ¿A cuántas mujeres tienen derecho?" (Arslán, 1916: 5).

El Emir adopta para su ensayo un tono neutro y equidistante, afirmando en el prefacio: "yo no intento en este libro justificar ni condenar las costumbres; simplemente pretendo presentar las razones y explicarlas desde el punto de vista fisiológico y social" (1916: 7). Aconseja poner su libro a resguardo de manos malintencionadas, como si fuese un tratado de "cirugía ilustrada" que debe ser leído por personas bienintencionadas y de buen temple. Mahoma, mediante el Corán, civilizó a los árabes, reglamentando la vida política, social y familiar. Mahoma limita el número de esposas legítima a cuatro, pero aconseja como acto laudable el contentarse con una sola. Mahoma no siguió los preceptos por él pregonados y se casó con quince mujeres por razones políticas, para hacer alianzas con las diferentes tribus poderosas de la península arábiga. Arslán subraya que las tribus árabes anteriores al profeta eran polígamas, y que si Mahoma hubiera preconizado la monogamia su palabra no hubiese tenido eco entre la gente.

Amén de los motivos históricos y culturales, Arslán avanza argumentos científicos (remitiendo en forma dudosa a la obra de Darwin), afirmando que el hombre "siente mayores deseos sexuales que la mujer", y explicando la influencia del clima en la costumbre de la poligamia. Concluye su idea con una sentencia inaudita: "El Sol, por lo tanto, resulta polígamo" (1916: 17). Aduce también otros motivos para la poligamia entre los árabes: el hecho que los hombres eran minoritarios y que las tribus guerreaban entre ellas continuamente. Por último, concluye su capítulo inicial del siguiente modo: "Admitamos el hecho sin hipocresía: ¡Nosotros estamos obligados a reconocer que teórica y prácticamente la monogamia no es un éxito!" La monogamia, según él, no garantiza la supervivencia demográfica de los pueblos frente a las catástrofes sociales de todo tipo: guerras, pestes, hambrunas, etc. Frente a la desigualdad de la mujer en los pueblos poligámicos, Arslán sostiene -apoyándose en dudosas teorías higienistas y sanitarias- que "la mujer tiene mayor capital afectivo que el hombre". Con sus palabras el Emir busca disipar del análisis del harén todo enfoque moral del asunto. Según él, la monogamia de los pueblos occidentales está fundada en una hipocresía elemental: la monogamia está mantenida "artificialmente" gracias a la prostitución, es decir, que se sustenta en meras apariencias y "engaños sexuales tolerados". Para reequilibrar levemente su discurso, Arslán señala que los deseos sexuales desbordantes del hombre "pueden ser contenidos por el amor verdadero, profundo y noble, y un respeto tierno y consagrado hacia la mujer amada" (1916: 25). Parafraseando a Herbert Spencer, el Emir aduce que el sentimiento genuino del amor está sin duda ligado a la monogamia.

Lanza Arslán, "¿cómo vive la mujer musulmana en su harén? Pues exactamente como la mujer griega, de la época de Solón, Plutarco y Aristóteles. (...) ¿Qué puede hacer una mujer fuera de la vida privada? ¿Y qué servicios puede prestar al Estado? Procurarle ciudadanos, y con eso llena ampliamente su cometido" (1916: 28). Arslán cita a Aristóteles (para quien la mujer es, junto con los niños y los esclavos, una de las tres clases de personas que no pueden obrar por sí mismas) y a Platón para alegar que la condición de la mujer griega era aún peor que la de las musulmanas contemporáneas. Aunque los griegos no practicaron la poligamia, tenían las cortesanas y las casas públicas.

Luego Arslán se ocupa en diferentes capítulos sobre "las concubinas", "los esclavos", "los eunucos", deteniéndose extensamente en el estudio del último harén (cap. VII) del Sultán Abdul Hamid II, con cuyo reinado (1876-1909) concluye la agónica decadencia del Imperio otomano. Abdul Hamid fue la encarnación última del soberano absoluto, con derecho de vida y muerte sobre los súbditos. Tras su destitución y destierro en Salónica, dejó un harén de 400 mujeres de todas las edades, muchas de origen extranjero, sobre todo circasianas y georgianas; Hamid, de setenta años, tuvo el pesar de que solo fue autorizado a llevarse doce mujeres al destierro. Arslán cuenta que había un servicio de reclutadores del Gran Turco, que recorrían anualmente las comarcas del Cáucaso para comprar las doncellas más bonitas y prometedoras, que eran remitidas a un internado en donde se las educaba para convertirlas en distinguidas mujeres de la corte. Cuando sus familiares deseaban regalarle una nueva esposa o concubina, elegían directamente entre las doncellas del internado. Si la nueva pupila se convertía en favorita, quedaba embarazada y, si daba a luz un niño, se convertía automáticamente en Sultana pues su hijo podía ser oficialmente pretendiente al trono.

Emir Arslán relata cómo estaba regido el funcionamiento del Harén: "La persona que está a la cabeza de esta organización es la madre del Sultán, que la llaman Validé, que en turco y en árabe quiere decir madre" (1916: 99). La sultana validé beneficia de una gran influencia en el palacio y frente al propio Sultán, su hijo. A defecto de la madre, la misma función podía ser ejercida por la nodriza de leche del Sultán, que se designaba con el nombre de Taída-Kadine. En la jerarquía le siguen luego la Hasndar-ousta, o gran ama del tesoro, la Bache-Kadine, o primera mujer del Sultán, seguidas por la segunda, tercera y cuarta mujeres del harén. Después vienen las Geuzdes, que son las mujeres que en algún momento fueron distinguidas por el Sultán -mediante una mirada o una palabra elogiosa-, y que son aspirantes a compartir el lecho del soberano. Vienen luego las Kadines-effendis, madres de los príncipes o princesas imperiales, y por último las Sultanas, que son las princesas de sangre no casadas. Cada una de estas mujeres del harén recibe un apartamento propio, llamado Daira. Cada mujer de jerarquía en el harén dispone para su Daira de un servicio de unas diez subalternas, con funciones específicas (tesorera, secretaria, guarda sellos, guarda ropa, servicio del agua, de intendencia de bebidas y consumos, intendenta general, etc.). De modo que para el mantenimiento de unas veinte Dairas el personal era enorme. A esto se sumaba el lujo y la prodigalidad que requerían cada aposento, para los que se añadían sinfines de domésticos (eunucos, palafreneros, esclavas, bailarinas y músicas, damas de compañía, cocineras, etc.). El mantenimiento del harén insumía recursos ingentes del Imperio.

El código del ceremonial se conocía con el nombre de penche-divan. Los protocolos eran rigurosos y extenuantes y se aplicaban a toda la jerarquía del harén. Entre otras prerrogativas de la sultana validé, ésta tenía la función de conducir al lecho del Sultán la favorita escogida. Los ascensos jerárquicos al interior del harén estaban determinados por los favores recibidos del monarca. De este modo, se podía pasar de esclava a guezde, de guezde a favorita, y de favorita a Sultana si la mujer había engendrado descendencia del Sultán.

La damas del harén llevaban una vida de reclusas de lujo, aunque excepcionalmente las mujeres podían salir con la autorización de la sultana validé, en cuyo caso era acompañada por un par de personas de su séquito, junto a un par de eunucos. Podían ir también a otros palacios del Sultán por estancias cortas. La vida interna estaba ritmada por actividades de ocio como el canto y la música, la danza y el tejido, etc. Abdul Hamid había mandado incluso a construir un teatro especial para su harén.

Arslán dedica el capítulo VIII de su libro a la explicación de la institución matrimonial entre los musulmanes. El casamiento es un contrato puramente civil, en donde no interviene ninguna autoridad política o religiosa. Los contrayentes designan un procurador y dos testigos, que se encargan de la negociación del matrimonio (estableciendo la dote o muhur) y los preparativos de la boda. "Cuando un joven -dice el Emir- desea casarse no puede ver a su futura esposa hasta el mismo día del matrimonio, y por lo tanto no puede él mismo hacer la elección de la esposa" (1916: 109-110). El joven debe fiarse del gusto y sensibilidad de una familiar (la madre u otros parientes cercanos) y de algún amigo íntimo, para elegir por su intermedio a su futura esposa. Arslán señala que la ceremonia matrimonial tiene ligeras diferencias según el país y la condición social (elevada o popular) de los contrayentes. El novio es llevado a la casa de a novia acompañado de un cortejo de parientes hasta cuarto grado, y un séquito de cantores y músicos. La novia "se encuentra sentada sobre un diván, inmóvil como una estatua y engalanada como un ídolo. Un velo odioso cubre su rostro" (1916: 115-116)12. El novio levanta ahí el velo de su esposa viéndola por primera vez, la asistencia se retira y el matrimonio penetra en el cuarto nupcial; ambas familias y la asistencia esperan hasta que el marido salga del cuarto con la camisa ensangrentada de su esposa, garantía absoluta de su virginidad. Tal exhibición se corona con cantos de algarabía y entonces se inicia el festejo.

Emir Arslán comenta con marcado disgusto este hábito bárbaro: "Esta costumbre me ha espantado siempre. (...) Luego, calcúlese la vergüenza de la pobre muchacha y de toda su familia, si esta prueba de virginidad no se hace patente; sin hablar del divorcio inmediato y del escándalo consiguiente. (...) En una palabra, un verdadero martirio". A lo que añade, "en este caso... a veces... la superchería es cosa fácil" (1916: 116-117).

Aclara por último que el marido musulmán puede casarse con una cristiana, pero una mujer musulmana no puede hacerlo con un cristiano; hijos e hijas deben profesar la religión del padre. Si la contrayente es cristiana, tiene igualmente los mismos derechos que una musulmana y puede mantener su credo. El divorcio es para Arslán una cuestión que merece ser reformada, pues los derechos no son los mismos se trate del hombre o de la mujer. Existen efectivamente diferencias sustanciales "según que el divorcio sea decretado por el marido o solicitado por la mujer". El Emir es atinado y severo en este punto: "de la sola enunciación de lo que acabamos de decir, dedúcese que las diferenciaciones a que hacemos referencia, están todas a favor del marido y en contra de la mujer" (1916: 121). Señala que a pesar del desequilibrio y la arbitrariedad del divorcio según los sexos, la explicación de que el divorcio no se verifique muy a menudo en las sociedades islámicas se debe a que el marido que repudia a una esposa debe pagar la integralidad de la "dote" estipulada en el contrato de casamiento. Si embargo esta razón es de poco aliciente y escasa justificación para argumentar la diferencia real que existe entre ambos sexos. El hombre puede repudiar a su esposa con la "penalidad" de pagar nuevamente la dote, sin que intervenga ninguna instancia civil o jurídica, mientras que la mujer debe lanzarse a un largo proceso judicial sin garantías de obtenerlo.

Los capítulos finales del libro vuelven sobre dos aspectos esenciales: el lugar de la mujer en la sociedad musulmana y una relectura del cliché divulgado por Loti en Les désenchantées (1906).

Sobre el primer punto, prudente, Arslán asevera que el sitio ocupado por la mujer musulmana en la sociedad depende del país, de la región geográfica (entre los beduinos del desierto, la campaña o la ciudad), y de su condición social. El tópico de las mujeres indolentes y ociosas, fue grandemente acuñado en occidente por los relatos de Las mil y una noches. Este cliché, asegura, "es la representación viva de la musulmana de los tiempos de los Califas de Bagdad" (1916: 131). Otra era la condición de las musulmanas en los tiempos antiguos o bajo la dinastía de los Omeyas de Damasco, que instauraron la vida opulenta y el lujo. En los tiempos actuales, las musulmanas dependen de su condición social: las mujeres de la alta sociedad o de alcurnia, salen en público con gran aparato y rodeadas por una pequeña corte; las mujeres sencillas, se ocupan principalmente de la intendencia del hogar y se consagran a la educación de sus hijos, en fin, realizándose como una "dueña de casa consumada, teniendo ojo alerta para todo, conduciendo con mano firme pero suave a sus numerosos domésticos, ocupándose de su marido y sus hijos" (1916: 132). La vida de las musulmanas -incluso aquellas de la gran sociedad, que pueden recibir visitas en sus casas cuando gustan- es una vida de reclusas, pues difícilmente tienen ocasiones de frecuentar a la sociedad masculina. Esta prohibición es absoluta y válida también para los hombres, que no tienen derecho a ingresar en el harén, sino con el permiso otorgado por la sultana validé. Los hombres realizan su vida en el salemelik, el sector de la casa especialmente destinado a ellos.

Arslán afirma que las mujeres turcas no lamentan la vida en el harén, y que no abandonarían este sitio de confinamiento por nada en el mundo. El tópico de la mujer que se aburre en el harén, llevando una vida monótona y vacía, es para él un cliché forjado por la febril imaginación de los escritores europeos. El Emir sostiene que la realidad observada por los viajeros occidentales es mayormente un espejismo, o una simple proyección de sus deseos. Dice que "el libro de Las desencantadas de Loti ha dado una nueva recrudescencia a estas lamentaciones". Sin embargo, según Arslán la realidad es muy diferente:

todo el mundo cree que la mujer sufre en su vida de harén y no pediría otra cosa que salir de él. Error muy grande. Uno no puede juzgar la mentalidad de una nación por un romance; y supongamos que hay muchas desencantadas y el número no pasaría de cien... mientras que las otras, si les dieran la libertad de salir sin velo y correr libremente por las calles, no lo harían por espíritu religioso (1916: 137-138).

Las "desencantadas" aludidas por Loti, son un puñado de hermanas que recibieron la más alta educación occidental a mano de preceptores e institutrices europeas. Estas señoras estambulíes de cultura cosmopolita, son una ínfima minoría de las mujeres que pertenecen al sector privilegiado de la sociedad, y no representan al promedio de las mujeres turcas, pues sus hábitos y costumbres están occidentalizados. Vuelve a insistir Arslán: "la mujer musulmana no sufre por su reclusión y separación de la vida de los hombres; porque todo no es más que comparación" (1916: 138).

El ensayista procura mantener un tono neutro, distante y objetivo sobre el harén y la sociedades musulmanas, pero a menudo cae en justificaciones ilógicas, confiando sencillamente en la razón popular que inculcan las tradiciones, como si éstas fueran algo establecido para siempre y cosificadas, con escasas o nulas posibilidades de evolución. En el fondo, sus textos -excepto por algunas reformas leves- trasuntan una formal aceptación de las costumbres existentes que, aunque no sean justas, tampoco son inferiores a las occidentales de la época. Arslán procede por momentos con el espíritu de un antropólogo que analiza las diferencias, estudiando el funcionamiento de los diferentes aspectos sociales que hacen a la existencia del harén, pero sin emitir juicios de valor. Continúa así su explicación: "una mujer de Oriente no puede conocer en su vida a otros hombres que su marido, su padre, sus hermanos y sus tíos, y el musulmán no puede haber visto en su vida más que cinco o seis caras de mujer. Es cierto, eso sí, que en cambio puede ver las de las griegas, armenias y europeas". Para concluir poco después: "Naturalmente, este género de vida impide todo flirt y toda intriga amorosa" (1916: 138-139). Este último hecho no perturba a nuestro autor más de la cuenta, pues la aceptación de esta prohibición tiene según él, aspectos benéficos:

He ahí porqué en Oriente no se conocen los escándalos del adulterio ni los crímenes pasionales. En Europa se hace todo lo posible para hacer caer al hombre en la tentación (...), los ángeles mismos perderían la cabeza y el resto... Los turcos, no solamente no ven a las mujeres de los demás, sino que ni hablan de ellas, porque hablarle a un turco de sus mujeres es cometer la más grosera de las inconveniencias (1916: 139).

Tras evaluar los pro y los contras de la condición femenina en el Islam, el capítulo se cierra con una nota crítica, que expresa el fondo de su espíritu secular, modernizador y liberal: "es posible que estas costumbres tengan algunas ventajas desde el punto de vista de la policía de las costumbres, pero no son una impulsión para el progreso y la civilización de un país" (1916: 140). Arslán reivindica el programa de una reforma social de corte liberal en su país, para acabar de una vez con la separación de hombres y mujeres en las casas y espacios públicos. "Fuad Pacha -dice-, que ha sido gran visir y uno de las más grandes hombres de la Turquía moderna, decía abiertamente: 'El Imperio Turco no ocupará su sitio entre las grandes naciones civilizadas hasta que la muralla que separa el salemelik del Harén haya desaparecido'. Soy de la misma opinión" (1916: 140).

Las consideraciones sobre la obra de Pierre Loti hechas en La verdad sobre el Harén, en Misterios de Oriente y en su libro La verdadera historia de 'Las desencantadas' no las analizaremos aquí en detalle pues no arrojan nada nuevo al análisis sobre la condición de las mujeres turcas. Solo baste decir que lo que motiva las repetidas referencias a la obra del francés es el hecho que Arslán conoció bien a las hermanas que se fugan subrepticiamente del harén para afincarse en Francia. Sus verdaderos nombres era Jadiyah Zennur, Melek y Leila (prima de las primeras), que en la novela de Loti corresponden a los personajes Zeinab, Melek y Dyenan. Las dos hermanas eran hijas del gran dignatario imperial Nury Bey, jefe diplomático directo de Arslán cuando éste oficiaba de cónsul en Bruselas. Como esta fuga fue un suceso inaudito en la historia del Imperio, el sultán Hamid estaba sumamente enojado y si hubiera descubierto toda los subterfugios de la fuga y los responsables de la misma, los hubiese ejecutado. Las tres muchachas fugadas proporcionaron todo el material documental a Loti para que él escribiese una novela sobre la suerte de las mujeres turcas. Las desencantadas relata entonces una historia puramente verídica, que trastocando los nombres de los personajes, Loti hizo pasar por una ficción para proteger a las verdaderas muchachas fugadas. Arslán dice:

se preguntará [el lector], el porqué de mi silencio durante tantos años, conociendo todos los pormenores de aquella aventura única en los anales del Oriente. La razón es muy sencilla. En primer lugar, yo más que Loti no podía exponer a las heroínas de la novela al castigo severo del sultán Abdul Hamid que no gastaba bromas en esos asuntos. Segundo, fuera del castigo legal, había sanciones morales y compromisos para todas las personas que se habían mezclado en esos acontecimientos, y algunos que han desempeñado papeles fueron amistades personales mías, comenzando por el padre de ellas [Nury Bey], que era mi jefe y me honraba con su estima (Arslán 1935: 11).

Arslán publica su libro y los ensayos sobre el asunto una vez que todos los verdaderos protagonistas de los hechos no corrían ningún riesgo de represalias, y desentraña para el público toda la verdadera trama de los sucesos.

En conclusión, observamos que si bien Arslán tiene una cualidad esencial que lo distingue de los otros intelectuales argentinos, a saber, el hecho de ser un íntimo conocedor de la vida y las sociedades musulmanas del Medio Oriente, su condición de testigo privilegiado no le permite tomar una posición completamente semejante a la de los occidentales. A pesar de ser un defensor sin reservas de la modernización social y política del Imperio Otomano, no por ello es un defensor resuelto del modelo occidental, que en muchos aspectos afirma es menos desarrollado que el oriental. En materia social, sin duda Arslán no compartía las ideas vanguardistas de las feministas o socialistas. Al contrario, sus conceptos sobre la condición de la mujer, aunque reformistas para Turquía, reproducen muchos de los tópicos machistas occidentales. Su discurso tiende a ser moralizador, situando la moral musulmana por encima de las tribulaciones y contradicciones propias a las sociedades cristianas de occidente. A nuestro juicio, mientras las ideas sobre la condición de la mujer permanezcan dentro de un orden moral, la crítica de la "realidad social de la mujer", tal como existía en Oriente y en Europa, no es política ni socialmente progresista. En este sentido, su posición, aunque reformista, no está exenta de contradicciones: Arslán es liberal en cuanto a la reforma del sistema político, pero conservador en el orden moral tradicional que debe imperar en las sociedades. En este sentido, Emir Arslán no cumple con el pacto neutro y objetivista que propone a su lector al inicio del ensayo; toma a menudo partido, y su posicionamiento es con frecuencia ambiguo.

b) La felicidad truncada: tribulaciones amorosas e irrupción de la barbarie

Poco después de La verdad sobre el Harén, Arslán entrega su segunda obra, Final de un idilio (1917), que se presenta desde la cubierta como una "novela". Según confiesa en las páginas introductorias del libro, que dedica a la memoria y amistad del fallecido ex-presidente Julio Argentino Roca, la redacción de la misma fue laboriosa e intrincada. Esto se debe a sus dificultades intrínsecas con el género novelístico (el Emir no era un literato), pero asimismo por su contenido, que buscaba plasmar la historia política inmediata (la barbarie de la Primera Guerra Mundial), de la que él no fue testigo pues ya estaba afincado en la Argentina. La obra se publica con un breve prólogo de Amado Nervo -al que pertenecen los epígrafes-, editado en el periódico La Nación con fecha "viernes 22 de junio de 1917", que da cuenta de la modestia de su entrega literaria.

La novela de desarrolla en Bélgica entre fines del siglo XIX y 1914, y describe el amor pasional y puro entre Julio Van Doren, aristócrata y alto oficial del ejército belga, y Riette, una joven francesa de baja condición, oriunda de un pueblo de Lorena, quien debido a sus grandes cualidades humanas e intelectuales termina elevándose a la condición de su amado. Riette, "hija de una ciudad de la frontera [Pont-à-Mousson] que había sufrido en la guerra franco-prusiana del 70, todos los horrores de la invasión, estaba penetrada de repulsión hacia los enemigos de su raza... Van Doren, soldado de su corazón, no podía sino aprobar los patrióticos sentimientos de su amiga" (Arslán 1917: 114). El "idilio" angelical entre ambos hace de esta novela una obra caricaturesca y menor, novelita rosa que parece una variante de la Cenicienta. Van Doren, el gran soltero mundano, de noble alcurnia, es descrito con estos trazos: "Él, la mariposa que había pasado por todas las llamas del amor sin quemarse las alas, ¿se dejaría cazar esta vez entre las redes traicioneras de un amor romántico? Y ¿quién sería la experta cazadora?, ¿una pobre campesina, sencilla e ingenua?" (1917: 106). Las virtudes de Riette son el nuevo y único horizonte del otrora frívolo aristócrata; su personalidad concentra las cualidades que lo alejan de la seducción mundana de la nobleza díscola: "La gracia variada y renovada de la mujer, es la mejor satisfacción a las tentaciones de poligamia del hombre. La que ignora los medios de obtener esa variedad, no sabe hacerse amar..." (1917: 175). Esta cita es curiosa, pues reanuda con la explicación culturalista de la poligamia y el harén entre los musulmanes y otras culturas, esbozada en La verdad sobre el Harén. Pesimista y taciturno sobre la viabilidad de la monogamia occidental, al autor parece sugerir que la variedad física y de temperamentos propia al harén, puede ser recreada en la monogamia, a condición de que la exclusiva amante-esposa pueda reinventarse permanentemente encarnando (o representando) a diferentes concubinas. ¡Curiosa forma de aceptar el modelo amoroso monogámico!

Tras décadas de pasión compartida se abate sobre el reino de Bélgica la pesada sombra de la guerra, con la arrolladora invasión alemana en las Ardenas. Van Doren es movilizado junto a la alta oficialidad, convirtiéndose en un héroe de la resistencia belga; Riette se enrola como enfermera en el regimiento de su esposo, pero las hazañas de ambos no alcanzan para detener el avance teutón. Ambos perecen bajo los obuses de la ofensiva alemana, en las cercanías de Ypres, cerca de la frontera francesa. El final del idilio no es sentimental, sino debido a un cataclismo exógeno: la tragedia de la guerra iniciada por los germanos. Van Doren es un personaje cosmopolita, culto y mundano, que se regenera por el amor genuino y puro de Riette, que encarna a la muchacha del pueblo, cuya condición social y moral se eleva por el amor y sus dotes intelectuales, cultivadas en compañía de Julio. Los diálogos y los intercambios epistolares son tan ejemplares como inverosímiles; los amantes se solazan con las citas y referencias variadas de Goethe, de Les amours illegitimes de Alejandro Dumas, de los Discursos sobre las pasiones del amor de Pascal, de Talleyrand, de La Rochefoucauld, y numerosas personalidades históricas de Francia, Bélgica y Alemania, etc.

Los capítulos finales son aquellos del desenlace de la tragedia, que como una densa tormenta imprevista se cierne sobre los protagonistas. Lejos están los días en que los amantes paseaban enlazados y despreocupados por París, Londres u Holanda. Cuando la amenaza retumba, el amor de los protagonistas se estrecha, impetuoso, forjando a los personajes en una estirpe heroica. El capítulo final, el XX, se titula como un líbelo "Los bárbaros", en evidente referencia a las tropas del Kronprinz que arredran con Bélgica para avanzar hasta Dunkerque. Arslán insiste en varias ocasiones con sorna y repulsa sobre la Kultur patriótica alemana, que equipara en forma unívoca con la destrucción de Atila.

Final de un idilio es una novela que reposa sobre la peculiar experiencia de vida del autor: miembro encumbrado de la  elite otomana educada en los salones cosmopolitas de la Europa decimonónica, druso al servicio de la administración central otomana, Arslán toma sin embargo partido en el conflicto internacional por los aliados, enemigos de su estado. Francia y el Reino Unido encarnaban el modelo de la más elevada modernidad, liberal y reformista, no pudiendo Arslán embanderarse con la barbarie guerrera del eje germano-turco. Vemos que aunque esta obra representa un esfuerzo genuino por desplegar una ficción novelesca, su finalidad, en estos años en que la guerra reclama con urgencia una toma de posición clara, es principalmente política: defender a la cultura civilizada frente a la Kultur de los bárbaros. Arslán pensaba que la derrota de su país en este conflicto, abriría definitivamente las puertas de la refundación moderna del Imperio otomano, bajo la égida de la libertad. En esto no se equivocó, aunque los derroteros de este combate serían mucho más intrincados de lo imaginado. Veremos más adelante, que los términos de esta ecuación se invertirán: cuando el mandato francés en Siria y el Líbano se aferra al conocido modelo colonial, Arslán, profundamente decepcionado, se alzará contra los franceses como un gran defensor de la independencia nacional Siria y libanesa.

Esta novela Arslán la publica en los años en que dirigía la revista semanal La Nota, tribuna que pugnaba por romper la política de neutralidad del gobierno argentino. Final de un idilio puede entonces considerarse como parte integrante de esta campaña política pro-aliada, buscando tocar mediante la emoción a un público diferente (o indiferente) al de sus habituales lectores de La Nota.

De militante liberal a publicista nacionalista

En su tercer libro, Recuerdos de Oriente (1925), Arslán prosigue la labor iniciada con el primero: la difusión de temas orientales destinados a un público argentino amplio, cuya curiosidad estaba fundada en clichés compuestos por tabúes, "leyendas y fantasías". Arslán regresa en este volumen a los temas políticos que tanto lo habían ocupado desde el inicio de la primera guerra. En 1925 la revolución Siria contra el mandato francés apenas acababa de empezar (durará casi dos años), permitiéndole al Emir la ocasión de desplegar extensamente el tema de la emancipación nacional. Los episodios de Recuerdos son muy personales y están saturados de su densa experiencia como actor político reformista en el Medio Oriente y también en la escena europea.

El breve prefacio que introduce Recuerdos de Oriente fija el contorno de su propuesta en tres ejes, a los que no se atiene en forma rigurosa: a) el Oriente como tierra de misterios y leyendas; b) el Oriente cuna de grandes religiones que rigieron el mundo, judaísmo, cristianismo e islamismo; y c) la opción del autor por el relato testimonial directo a través del "relato simple y sencillo de algunos recuerdos personales, ya que las narraciones de un testigo resultan siempre para el lector más atractivas y menos arduas que la lectura de la historia pura y concreta" (Arslán c1925: 7). En primer lugar vemos que Arslán tiene una concepción clásica de las fronteras del Oriente, limitándolo al mundo árabe-musulmán y excluyendo así al Asia central y del sur, y el Extremo Oriente. Por omisión, el budismo o el hinduismo, no benefician del mismo rango que las religiones monoteístas o cultos del libro, que "rigieron el mundo". De forma tácita, Arslán se hace eco del pensamiento orientalista europeo moderno, que durante los siglos XVII y XVIII restringieron el "problema oriental" a la existencia misma del Imperio Otomano, la gran amenaza externa, común para todos los reinos de Occidente.

De los tres ejes señalados Arslán solo se ocupa del tercero, el carácter testimonial de la historia reciente (fines del siglo XIX y principios del siglo XX), vinculados a los sucesos de la revolución de los jóvenes turcos (oficialmente conocido como Comité de Unión y Progreso). Estos muy poco tienen que ver con los "misterios y leyendas" prometidos, ni con el mosaico multiconfesional del imperio otomano. Recuerdos de Oriente no solo explica con didactismo los hechos políticos que precipitaron el fin del imperio, sino que los hilvana con su propio protagonismo, como una de las eminencias propagandísticas de la revolución que derrocará al Sultán en 1908. A través de estos relatos podemos reconstruir algunos episodios claves de la vida de Arslán.

Con excepción de la segunda narración, "Amor perdido", cuyos hechos tienen un innegable carácter novelesco, los otros cuatro textos que componen el libro resumen páginas importantes de la vida política otomana en vísperas de su desintegración: las reivindicaciones liberales y democráticas del movimiento de los "jóvenes turcos" contra el autocratismo de Abdul Hamid II, las jornadas de la revolución de 1908 y asimismo la fallida contrarrevolución del 13 de abril de 1909 y los avatares políticos posteriores.

El primer gran relato se titula "Casamiento de la hija del Sultán", y refiere a un episodio menor que ilustra perfectamente la situación política turca hacia 1909, cuando tras el triunfo revolucionario los jóvenes turcos le impusieron al monarca una constitución y la reapertura del parlamento: el casamiento de la sultana Aicha, hija de Abdul Hamid, con Ahmed Bey, hijo de Fazil Pacha, ambos amigos de Arslán de cuando este vivía en Beirut. El casamiento se despliega bajo trasfondo de recomposición política y recelos múltiples entre el emperador y los revolucionarios. El casamiento es resultado de la propia revolución: antes las hijas del Sultán se casaban con los hijos de ministros y visires, pero tras la revolución el monarca no puede seguir con esta costumbre sin el riesgo de ser acusado de incumplimiento y de reaccionario. Debe entonces escoger a sus yernos entre los miembros de la nobleza, limpios de todo pasado de connivencia con el antiguo régimen y también libres de militancia revolucionaria. Ahmed Bey, el candidato para su hija Aicha, es un joven libanés noble y rico cuya familia no había adherido a ningún bando político.

Arslán sabe que, luego de quince años de autoexilio europeo, su reciente posición en Estambul como cuadro revolucionario es frágil e inestable: la suerte puede cambiar pronto según progrese la contrarrevolución planeada por Hamid (en plena euforia triunfal, Emir es uno de los pocos que la presumen en marcha). Por lo tanto, se apresta a abandonar nuevamente su patria antes que sea demasiado tarde. La contrarrevolución finalmente estalla -esto ocupa el tercer relato del libro- y gran parte de la dirigencia revolucionaria es asesinada (entre ellos su primo), mientras él se encuentra acorralado en el barrio estambulí de Pera, residencia de los europeos. Logra Arslán finalmente escapar de incógnito vía el Líbano, y de allí a Egipto para ganar Europa. Poco después, sofocada la contrarrevolución -quinto capítulo-, bajo el nuevo reino de Mehmed V (hermano de Hamid II, que el déspota mantuvo preso por treinta y tres años), sus otrora camaradas comienzan una rápida disputa por el poder, eliminando a las facciones liberales y reaccionarias, lo que conduce a la dictadura comandada por el líder revolucionario Ismail Enver Pacha (antiguo amigo de Arslán). En estos años turbulentos acontecen la nueva ocupación de Grecia, el genocidio armenio de 1911, la guerra contra Italia por Tripolitania, la nueva guerra de los Balcanes y la Primera Guerra Mundial. La caída del Imperio otomano no solo selló el final del despótico Hamid II; el nacimiento del nuevo régimen se salda con nuevos baños de sangre, más trágicos que bajo el autócrata. El corolario final de Arslán sobre esta página macabra de Turquía es muy amargo:

Ahora que el sultán Abd-ul-Hamid ha muerto, rememoro esos años transcurridos en una lucha constante contra su sistema de tiranía y de terror, y comparo su largo reinado con el de mis ex amigos los jóvenes turcos. Debo confesar que su tiranía era mil veces preferible a la de [Ismail] Enver y Cía. Si él asesino a cien mil armenios, Enver ha hecho asesinar a un millón, exterminando casi toda una raza y la mitad de la Siria. En diez años los jóvenes turcos han perdido nuestra última provincia en África: Trípoli, y las cinco provincias balcánicas. Y entrando en esta guerra [la Primera Guerra Mundial] con una locura sin nombre, Turquía ha perdido la Arabia, la Palestina, la Armenia y la Mesopotamia (c1925: 216-217).

Es importante señalar que Arslán, siendo druso, es uno de los primeros en señalar y condenar el genocidio armenio perpetrado por Ismail Enver en 1911. Hacia 1925 no se empleaba aún el término "genocidio" u "holocausto", pero las palabras del Emir son suficientemente elocuentes y sitúa la matanza de un millón de armenios en 1911 en continuidad con la emprendida por Hamid para sofocar la sublevación Armenia entre 1894 y 1897. Los jóvenes turcos refuerzan la alianza internacional hecha por Hamid con la Alemania del Kaiser Guillermo II. La entrada en la primera guerra mundial es el resultado de una deriva política belicista y errónea, que acabará con el desguace del imperio -de cuyo desmembramiento Arslán responsabiliza a sus antiguos amigos-. Las simpatías del Emir hacia los aliados le impidió cualquier futuro en la nueva administración turca. Su incidencia política estaba condenada a ser marginal, definitivamente expatriado en la Argentina, lejos de los destinos de su patria.

El nacionalismo antiimperialista contra los Mandatos

Si hasta 1918 Arslán defendió una política reformista, constitucionalista y liberal, desde la instauración del mandato francés en Siria y el Líbano, se hará el vocero de una política nacionalista contra los intereses coloniales de las potencias occidentales.

Efectivamente, en 1926 publica el libro La revolución Siria contra el mandato francés, en donde adhiere a la causa de la independencia nacional del Líbano y de Siria, contra la ocupación "colonial" francesa y británica de las antiguas provincias otomanas. El nacionalismo no era un componente nuevo en las ideas políticas de Arslán, al contrario, era un elemento primordial al igual que su liberalismo. Pero el Emir pensaba, hasta la derrota de la primera guerra mundial, que el nacionalismo podía encausarse dentro de una reforma constitucional y parlamentaria del Imperio. En su juicio cada territorio del enorme mosaico cultural y confesional otomano podía estar representado en un régimen democrático, constitucional y parlamentario. Por eso en su lucha primaba el combate contra la tiranía del sultán Hamid II; las distintas voces nacionales podrían expresarse políticamente una vez realizadas las reformas liberales del régimen de gobierno. Tras la contienda, Turquía se situaba entre los vencidos y el desmembramiento era ineluctable. Con la instauración de los Mandatos francés y británico, oficializados por la Sociedad de las Naciones (SN) en 1920, comienza una nueva etapa en la lucha política, dominada ahora por la reivindicación nacional.

Definitivamente cortado del público turco, Arslán debe explicar este cambio de cara a sus lectores argentinos, que lo identificaban como un tenaz propagandista aliado y francófilo. De este modo Emin Arslán asumirá el nuevo papel de vocero político de las aspiraciones nacionales de la numerosa comunidad sirio-libanesa argentina13.

La revolución Siria comienza explicando con claridad su reorientación política. Tras haberla inicialmente defendido como una buena alternativa de transición, Arslán se desilusiona pronto con la "realidad" del mandato galo en el Levante.

Los que han conocido mi actuación a favor del Francia durante la última guerra mundial, se extrañarán sin duda de verme hoy romper lanzas contra el mandato francés en Siria, habiendo sido uno de los primeros que había optado por él, y se preguntarán: ¿cuáles son la razones de este cambio de frente? (Arslán 1926: 9).

El tratado de Versalles sancionó la independencia de los pueblos "no turcos" del ex imperio otomano. Pero el camino hacia la independencia nacional no era inmediato, sino debía enmarcarse en un período de transición administrativa, denominado mandato. El término "mandato" no existía hasta entonces en la jurisprudencia internacional y fue creado en 1918. El mandato consistía en aconsejar y ayudar a las elites de aquellos jóvenes países para poner en pié una administración estatal nacional, velando por un nuevo desarrollo económico y procurando consolidar el autogobierno. La realidad era bien diferente: Gran Bretaña anhelaba la continuidad territorial entre Egipto, el Mar Rojo y la India, de modo que su mandato sobre Palestina y Mesopotamia le garantizaba dicho control, además del establecimiento de un oleoducto vital entre Mosul y Haifa; Francia anhelaba echar baza en una región que en varias ocasiones la había rechazado (con Napoleón I y durante el Tercer Imperio). Ambas naciones europeas soñaban desde el siglo XVII con la posesión de algunas provincias otomanas, sin querer medirse militarmente en una contienda directa con el Imperio turco. La derrota de los otomanos fue la ocasión esperada para hacerse con el control directo de estos territorios. El realidad, producto de la "entente cordial", ambos países habían suscrito el tratado Sykes-Picot en 191614, por el que se repartirían los territorios otomanos una vez concluida la guerra.

Franceses y británicos pretendieron instaurar en estas provincias sendos "protectorados" (a imagen de los que Francia tenía sobre Marruecos y Túnez), pero la moderación del presidente norteamericano Theodor W. Wilson impidió que se sancionasen nuevos protectorados europeos. Los mandatos fueron entonces una alternativa que disimulaba la creación de verdaderos protectorados para la región. La ingenuidad o utopismo reformista de Arslán le impidió hacer una lectura atinada de la realpolitik internacional. Las siguientes palabras del Emir traducen el sentimiento de traición por parte de Francia republicana en el Medio Oriente:

Educado en las escuelas francesas, imbuido de su historia, penetrado de sus tradiciones y, sobre todo, sabiendo que la Francia imperial hace sesenta años había pedido ante el concierto europeo la independencia del Líbano, mi país de origen, no me vino ni remotamente la idea de que la Francia republicana, radical socialista, negara hoy la Francia de la Revolución libertadora de los pueblos oprimidos y que, después de haber sufrido la más grande guerra por la defensa de la Justicia y libertad de los pueblos, (...) y después de haber sacrificado un millón y medio de sus hijos, (...) seguiría su política colonial y de conquista de "ante-guerra", y mandara un ejército a un país amigo para despojarlo primero de su oro, y para asesinarlo después, aplicándole los mismos métodos y procedimientos de guerra de que ellos acusaban a los alemanes. (...) Eso, porque el pueblo defiende el sentimiento más noble, más humano y más legítimo, es decir, su independencia (1926: 9-10).

Con estrategia militante, Arslán sabe que para defender su "imparcial" ataque contra el mandato francés en Siria debe multiplicar sus citas de periodistas y políticos franceses, críticos al status quo de ocupación encubierta que entonces buscaba perennizar el gobierno galo15. Emir apuesta a fundamentar una supuesta brecha entre los intelectuales franceses y la administración del mandato galo. Sabe que entre las plumas del oficialismo y de la oposición parlamentaria francesa hay críticos tenaces de las condiciones en que se ejerce el mandato en el Levante. Para el lector neófito, Arslán resume las circunstancias históricas en que la Sociedad de las Naciones aprobaron los "Mandatos": Francia y Gran Bretaña realizaron una suerte de chantaje ocupando el terreno primero y negociando a posteriori las reglas con que debían realizarse dichos mandatos. Con la aprobación internacional de la SN, las administraciones locales tenían las manos libres para interpretar en su propio beneficio dichas reglas, instaurando de facto un régimen de ocupación colonial.

Arslán detalla las condiciones específicas en que se instaura el mandato en los territorios, con la importación de miles de funcionarios galos que ocuparán todos los puestos de importancia en todas las esferas de actividad comercial, política e institucional del país, y en detrimento de las elites nacionales, a menudo educadas en las propias universidades francesas o europeas. El racismo de esta capa de funcionarios blancos que reciben doble sueldo en relación a los funcionarios nativos; el ejército que pasa en poco tiempo de 20.000 hombres a 80.000, en su mayor parte soldados provenientes de las colonias africanas, la ineptitud de la oficialidad que, impedida de hacer carrera pronto en Francia, elige voluntariamente como destino el nuevo mandato con la perspectiva de escalar posiciones rápidamente. Asimismo, Arslán condena el acaparamiento del poder económico local mediante la rapiña o la confiscación de riquezas y de tierras, junto a la marginación generalizada de los nativos de toda esfera de actividad importante. Los franceses reinstauran en el poder a personalidades revanchistas ligadas al antiguo poder despótico, como Ahmed Nami Bey, yerno del ex tirano, que el mandatario Jouvenel nombra Jefe del estado de Damasco. Los franceses prolongan prácticas detestables bajo el sultanato, como las ejecuciones públicas en los patíbulos. El descrédito de la nueva administración, junto con la marginación económica y social de los nativos, recortan rápidamente el apoyo popular inicial. Incluso los maronitas, comunidad cristiana del Levante que históricamente fueron favorables a la influencia francesa, por considerarlos sus protectores en las cruentas y periódicas guerras intestinas en el Líbano y en la región, retiran paulatinamente su apoyo a los europeos. En pocos años, las condiciones están dadas para el inicio de la revuelta. Esta estalla en agosto de 1925 con la sublevación de los drusos libaneses, que asedian la guarnición francesa de Sueida. El sultán El-Atrash es el líder de la revolución, numerosas familias de notables de Damasco adhieren a la revuelta y toman también las armas. El ejército francés es derrotado en su primera gran batalla abierta, lo que provoca desde París la destitución del gobernador militar Weingard, remplazado por Serrail, un general liberal y radical socialista, que sin embargo disuelve la cámara del Consejo representativo local.

Podemos resumir así las seis críticas esenciales de Arslán a la política colonialista francesa en el Levante (1926: 154): a) Francia se resigna a un "mandato" no pudiendo obtener en Versalles el "protectorado" sobre Siria; pero realiza en la práctica una colonización de tipo africana; b) la inestabilidad política de sus mandatarios: cuatro gobernadores se suceden en espacio de los primeros cinco años de Mandato; c) se apropia del oro, moneda de uso corriente bajo el dominio otomano, para sustituirlo por francos papel, arruinando a la población local; d) Francia cede a Turquía la Cilicia, perdiendo Siria un territorio y un mercado importante; e) la nueva administración trajo al Líbano y Siria "150.000 armenios harapientos", para hacerlos combatir a favor de la ocupación francesa y contra los nativos; esta inmigración miserable empobreció todavía más a los pueblos nativos; f) división de las dos provincias sirias originales en cinco estados minúsculos, propiciando así las rivalidades locales.

Con tesituras antiimperialistas clásicas, Arslán sostiene que la ocupación de Siria bajo el "mandato" perjudica tanto al pueblo oprimido como al opresor. Para ilustrar la insignificancia de los supuestos "derechos históricos [galos] sobre el Oriente, desde los tiempos de las cruzadas", cita una síntesis hecha por el diputado socialista francés Henri Fontanier:

Todo eso son palabrerías. No tenemos interés en Siria. De que "Siria es un complemento de Francia", según la expresión de un personaje oficial, es una broma pesada. Tenemos tanto derecho a reivindicar la herencia de Geodefroy de Bouillon, como Mussolini a la de Julio César. Estos famosos derechos históricos, no son más que pretextos para los Estados sedientos de conquista (1926: 155)16.

Termina Arslán su volumen con otra sentencia tajante, que resume el sentimiento de traición de un francófilo por la cultura en que se educó: "Los imperialistas franceses a pesar de un domino de seis años no han podido alcanzar sus anhelos, y no lo alcanzarán jamás, y con esta política Francia, en Oriente ha perdido todo, absolutamente todo, moral, material y espiritualmente" (1926: 156).

Cuando Emin Arslán publica su libro en octubre de 192617, la revolución Siria llevaba catorce meses de lucha y comienza a sufrir los primeros reveses militares. La sublevación es finalmente sofocada en la primavera de 1927 y se convoca a una asamblea constituyente que redacta la Constitución de 1928, nunca refrendada por Francia, que en cambio la anula. La segunda Constitución de 1930 facilita el inicio del diálogo. El gobierno francés del Frente Popular en 1936 lanza las negociaciones con vistas a la Independencia oficial de Siria, cuya realización queda sin efecto por la segunda guerra mundial y la derrota francesa. Recién tras la liberación de las fuerzas libres francesas junto a las británicas en 1941, se inicia la transición hacia la independencia real, que se declara en 1946 con el retiro definitivo del ejército francés.

Divulgador cultural del Oriente

a) Historia mayor e historia menor: galerías de personalidades

Ocho crónicas reúne Misterios de Oriente (1932), publicado por la popular editorial Tor. Son una serie de retratos de personalidades inauditas del Oriente, estampas de personajes históricos desconocidos ("Una sultana francesa", "Un hijo del Sultán fraile domínico", "Un rey bajo los cedros del Líbano", "Historias íntimas, anecdóticas y pintorescas") o conocidos (el Loti de "Las desencantadas", "El sultán Abd-ul-Hamid", "Enver Pachá", "Chateaubriand"). Este volumen retoma la actividad divulgativa del Emir, poniendo entre paréntesis su labor de propaganda nacionalista a favor de la independencia sirio-libanesa.

La combinación de personajes menores de la historia otomana -suerte de rosario de hechos pintorescos e insólitos en la vida de una gran nación- con otras personalidades célebres le da al libro su carácter heteróclito: son crónicas destinadas a un público deseoso de conocer los entretelones menores de la cultura e historia turca. No están animadas por debates políticos ni sectarios, ni están saturadas de testimonios personales. Son breves textos divulgativos, sin pretensión de erudición, de espíritu periodístico. Algunos de estos ensayos fueron inicialmente publicados por Arslán en el semanario La Nota, y compilados quince años después en este volumen, cuando el semanario era cosa del pasado. Hecho curioso, el libro no tiene prólogo ni posee un texto propedéutico.

Ante la imposibilidad de repasar toda la galería, permítasenos volver sobre las dos personalidades salientes: Hamid II y Enver Pachá. El primero es presentado no bajo el clásico retrato del tirano sanguinario, sino como un personaje jovial, abrumado por el peso de la tradición y de sus tribulaciones personales, que solo pudo perpetuar el despotismo político y social. Con pocas posibilidades de ascender al trono, es entronizado por varias circunstancias favorables -en gran medida facilitadas por el primer movimiento de los jóvenes turcos hacia 1876-. Hamid prometió a los liberales todo tipo de reformas, pero una vez en el poder los persiguió, sin realizar ninguna de sus promesas. "Se le podía tomar por un santo, pues tenía un aspecto tan modesto y parecía querer sacrificarse de tal modo por la salud de su patria", recuerda Arslán retomando la expresión de Midhat Bajá, jefe del partido de los jóvenes turcos (Arslán 1932: 57). Su personalidad era maquiavélica y palaciega, viviendo atemorizado por las conspiraciones en su contra. Amante de las letras y la música, apasionado de ópera italiana, llegó incluso a crear varias que se representaron en su teatro del palacio Ildiz. Parecía un hombre afable, conocedor de los pájaros y dedicado a la horticultura, otra de sus pasiones. Algunos elementos de su personalidad muestran la estrecha relación entre la política oficial y el temperamento del sultán, hostil al progreso técnico:

Durante los treinta años de su reinado no permitió que se establecieran teléfonos y electricidad en Constantinopla, pensando que esto podía favorecer las conspiraciones. Además, tenía miedo de los cortos circuitos y de las explosiones que pudieran resultar de las corrientes de alta tensión. Y sobre todo la palabra "dínamo" le daba horror por su parentesco etimológico con la dinamita (1932: 63).

La vida cotidiana estaba ritmada por sus miedos y obsesiones: el silencio, la soledad, el temor a ser envenenado, la fobia a la oscuridad (por lo que su palacio estaba iluminado en permanencia y la servidumbre se activaba sin descanso día y noche). La primer matanza de armenios entre 1894 y 1897 enfriaron las relaciones con Europa. Cuando en visita oficial el embajador francés Constans y el candidato presidencial León Bourgeois notificaron al monarca el disgusto europeo ante semejante carnicería, le oyeron decir por toda respuesta y sin cinismo "que deploraba más que nadie esas masacres, pues todos eran súbditos suyos, pero que no se debía, sin embargo, acusar a los turcos de fanatismo". Alabó luego el sultán la tolerancia imperial en materia religiosa, de la que se sentía garante. Retrueca entonces a los franceses al respecto: "Ved, por ejemplo, en Jerusalén; aún en el Santo Sepulcro, si yo no pusiera una guardia permanente en el interior de la iglesia, los curas se masacrarían todos los días entre ellos" (1932: 67-68). Podemos imaginar, como lo expresamos más arriba, que tras los trágicos avatares políticos que siguieron a la caída de Hamid en 1909, la opinión de Arslán sobre el último monarca se atemperó con los años. Sin llegar a defenderlo ni justificarlo, Arslán toma su justa medida respecto a los sucesos posteriores, las repetidas guerras al interior y al exterior del imperio, y su fatal desmembramiento tras la derrota. Sin decirlo nunca, deja entrever que a la luz de las tragedias del presente, las tragedias del pasado, aunque indelebles, se dignifican con el paso del tiempo.

Lo mismo sucede con la figura de Ismail Enver Pachá. Lejos ya del descrédito y del miserabilísimo político-militar del jefe revolucionario, Enver es descrito como una personalidad megalómana, dotado con buenas cualidades físicas e intelectuales, pero carente de la educación adecuada para ser ministro de guerra. Arslán lo pinta como un aventurero, con la estatura mítica de los antiguos piratas. Estambulí de condición humilde, hijo de un modesto funcionario de provincias, Enver se encuentra a la cabeza del ejército revolucionario cuando enfrenta a la contrarrevolución de Hamid -con solo veintiséis años de edad-. En tales circunstancias, el hombre sencillo se presiente como un Napoleón moderno cuyo destino es cincelar la nueva cartografía del imperio y del oriente europeo. Emin Arslán relata su encuentro en los siguientes términos:

Fue en Constantinopla donde tuve la oportunidad de conocerlo personalmente, después de catorce años de destierro. Enver era pequeño de talle, pero vigoroso; de una fisonomía atrayente y simpático de aspecto, con facciones regulares, modesto y sencillo en el trato, pero muy reservado, impasible e impenetrable. Nadie pudo jamás penetrar su pensamiento, o ver emoción alguna en su rostro. En aquel momento nadie sospechaba también la ambición frenética que le dominaba. Sus admiradores le llamaban "Napoleonik", es decir: el pequeño Napoleón (1932: 87-88).

Efectivamente, Enver Pachá admiraba a Napoleón y Federico el Grande. Su sueño fue resucitar el imperio otomano en todo su esplendor y magnificencia. Según Arslán, los documentos prueban que él fue el causante de la entrada de los turcos en la guerra como aliados de los alemanes y los austro-húngaros, y por eso mismo el máximo responsable de la tragedia turca contemporánea. Pero las páginas de su ensayo no están cargadas de animadversión hacia él. Al contrario, Enver es descrito como formando parte de una estirpe legendaria, como el libresco Sandokán de Emilio Salgari, capaz de infundir terror a sus adversarios y enfervorizar a las masas. En fin, una suerte de Mussolini oriental, pero desprovisto de ideología. Enver Pachá termina su vida rocambolesca en el Turquestán (hoy Tayikistán), liderando la revuelta basmachí -o revuelta de los "bandidos"- que luchaban contra el ejército soviético. Arslán entrega la estampa de Enver a sus lectores argentinos, ávidos de exotismo.

b) El legado arabo-musulmán

Su última obra es también un título destinado a un amplio público, Los Árabes, reseña histórico-literaria y leyendas (1941), publicado por la editorial Sopena. Este trabajo se destaca por su elaboración cuidadosa y documentada, con numerosas referencias eruditas pero sin caer en el exceso académico. El libro se compone de cincuenta y dos breves textos de extensión irregular, junto a quince textos adicionales que recogen las distintas leyendas populares de la tradición árabe. Resulta imposible aquí detenernos en detalle en cada texto, pero comentaremos sus temas más significativos. El volumen representa el legado más consistente y depurado de Arslán a la divulgación cultural orientalista en la Argentina, evacuando parcialmente de un primer plano los asuntos políticos y la vida otomana. A los setenta y cinco años Arslán opera un recentramiento sobre la cultura árabe, en detrimento del eje gravitacional turco. Esto puede interpretarse como una vuelta a las fuentes culturales comunes del Oriente, por encima de los derroteros políticos modernos de su patria. Cuando Arslán fallece en 1943, en medio de la segunda guerra mundial, aún no había comenzado el proceso de descolonización de los territorios árabes, que permanecían bajo el control de las potencias europeas.

En su libro Arslán busca enderezar entuertos, esto es, rectificar algunos persistentes clichés negativos del Occidente sobre el mundo árabe.

Un primer ejemplo de esta percepción distorsionada es la mala imagen de los beduinos, considerado como uno de los símbolos del tribalismo árabe. Aclara primero con criterios etnográficos la cuestión del bandidaje (o "gazú") propio a las tribus nómades del desierto. Afirma que ésta tradición tenía por único fin el apoderarse de los ganados de las tribus enemigas, sin jamás practicar el secuestro de mujeres y niños. Esta costumbre ha desaparecido por completo bajo el reinado de Ibn Saud (1932-1953), padre de la unidad saudí, de suerte que la característica que identifica a los beduinos contemporáneos es la hospitalidad, por demás enraizada en los todos pueblos musulmanes. Entre los beduinos, quien infringe la hospitalidad cae en el desprecio social y es excluido incluso de las actividades familiares. Los huéspedes son considerados sagrados: la tienda está siempre abierta al viajero cualquiera sea su condición y cualidad. Esta costumbre choca con el hábito moderno del viajero que debe pagar en los hoteles para poder dormir y comer (Arslán 1941: 20), hecho inconcebible entre los beduinos. A diferencia de los árabes urbanizados, los beduinos son menos devotos y las mujeres no llevan velo. Según Arslán, todas estas características hacen de la cultura beduina un hecho positivo, lejos de la aprehensión que por ellos sienten los occidentales.

El Emir quiere borrar la desconfianza que los occidentales tienen hacia la fe islámica, procurando acercar el conocimiento entre ambos mundos. Subraya la gran ignorancia que Occidente tiene de la vida y costumbres de los árabes. Su principal criterio para evaluar el aporte de esta civilización no es la comparación con Occidente, sino juzgar el avance que el Islam representó para los pueblos nómades de la península arábiga. "Es preciso recordar -dice Emir- lo que Arabia y los árabes eran antes de su aparición [Mahoma]. Tribus nómades, grandes aglomerados dedicados a la idolatría informe, sin nacionalidad, sin un ideal, sin un interés que los uniera. Mahoma les dio una religión, una civilización, y fue para ellos lo que Solón para los atenienses: un legislador" (1941: 25). En este sentido, el legado mayor de Mahoma, el Corán, es una "ordenanza y una constitución" de origen divino, revelada al profeta por el ángel Gabriel. Como otros intelectuales europeos en el siglo XIX (Lamartine, Le Bon, etc.), Arslán sostiene la cercanía del Islam con el cristianismo; ambos fueron factores de civilización surgidos de un mismo tronco.

Emin Arslán reivindica el principio de tolerancia que siempre ha pregonado el Islam, aún durante la fulgurante expansión de la Héjira. Reclama la tolerancia como parte esencial de las tradiciones islámicas, hecho que se materializó durante siglos en la España musulmana, entre otros sitios. Afirma que los musulmanes nunca forzaron la conversión de pueblos que practicaban otros credos; la diferencia consistía en era que los no musulmanes debían pagar impuestos más elevados, pero eran libres de seguir practicando sus cultos. Arslán señala que, históricamente, los árabes sintieron amor por los libros y el conocimiento, y que "estaban más orgullosos de sus bibliotecas que de sus armas y sus caballos" (1941: 35). El autor menciona la controversia en torno a la destrucción de la biblioteca de Alejandría (1941: 69-71)18, orden atribuida al califa Omar, señalando que es una leyenda. Cuando se produce la conquista musulmana en el 642 D.C., la ciudad ya había conocido el saqueo y la destrucción previas de los emperadores romanos Aureliano (273 D.C.) y Dioclesiano (297 D.C.), junto a la probable mudanza de los manuscritos restantes a nueva capital imperial, Constantinopla (330 D.C.); Alejandría sufrió también numerosos terremotos devastadores. Según Arslán, la tolerancia del Islam es callada con mucha frecuencia por los historiadores occidentales, quienes mostrando marcada parcialidad "silencian lo bueno, exagerando lo malo y lo bochornoso" (1941: 66). No solo la España mudéjar es testimonio de dicha tolerancia, sino que "lo mismo ocurre hoy con los judíos de Palestina, pues si cuando [los árabes] reconquistaron esta ciudad [Jerusalén] de los cruzados hubieran prohibido a los judíos que volvieran, hoy día los árabes no tendrían el conflicto del sionismo" (1941: 67). Este debate histórico merece sin duda otras consideraciones que las hechas por Arslán, aunque comprendemos que él lo presente como ejemplo de tolerancia confesional.

Más que un vector de propagación religiosa, la cultura árabe fue un factor esencial en la difusión y circulación del conocimiento científico más desarrollado de la época, entre el Oriente y Europa. Recuerda Arslán una cita del psicólogo social Gustave Le Bon extraída de su obra La civilización de los árabes: "Durante quinientos años las universidades de Occidente vivieron exclusivamente de los libros árabes, aprovechando su triple bagaje material, intelectual y moral. Cuando se estudian sus trabajos científicos y sus descubrimientos, se ve entonces que ningún pueblo ha producido una obra tan grande en un tiempo tan corto" (1941: 47). La producción científica de los árabes recubría todas las disciplinas de la época: la astronomía, la aritmética y el cálculo, la medicina y la filosofía, y el autor repasa sus aportes esenciales.

Arslán destaca la importancia de la cultura en la tradición musulmana como un hecho de civilización mayor, asociado a los libros y a la poesía. Realiza en varias ocasiones eruditas referencias a la literatura árabe, con menciones a poetas célebres de todo el Islam que aquí no podemos siquiera resumir. En Occidente se vincula la cultura musulmana con un epíteto conocido desde Las mil y una noches, mezcla de desdén chabacano y de envidia inconfesable: el "lujo oriental". Si bien en el siglo XX este calificativo está más bien asociado en el imaginario occidental con las figuras de los maharajaes hindúes o los magnates norteamericanos, la elevada concepción del lujo entre los pueblos musulmanes es un fenómeno antiguo y prueba, para Arslán, del gran refinamiento que adquirió esta civilización, equiparable a la europea.

Aunque Arslán no aborda directamente temas políticos en este libro, en varios breves capítulos realiza una cartografía de las comunidades musulmanas desperdigadas por el mundo y termina por abordar un tema de actualidad desde los años 1920: el despertar del nacionalismo árabe y la aspiración a la independencia política efectiva. Con palabras elocuentes, el Emir rebate el argumento del recelo religioso que los europeos sienten frente al deseo de emancipación árabe. Avanza el verdadero motivo del mantenimiento del yugo colonial en estos países y, contra quienes emplean el miedo al Islam como un gran espantapájaros político, concluye:

El movimiento pro independencia de los pueblos de Oriente es tema de todos los días. (...) El peligro no consiste en ver a todos los pueblos levantarse, unirse y asaltar Occidente, como piensan algunos exagerados. No; el peligro consiste en que aquellos pueblos rompan sus relaciones comerciales con ellos y que se abstengan de comprar mercaderías, que es el objeto principal de sus colonizaciones (1941: 63).

Conclusión

Con este recorrido por las obras de Emir Emin Arslán hemos querido evidenciar que su aporte intelectual representa un eslabón importante en la difusión de los temas orientales en la Argentina. Dichos motivos no solo se atuvieron a los clichés culturales pre-existentes sobre el Oriente, sino procuraron inaugurar una discusión franca en torno a la validez y legitimidad de muchos de estos preconceptos. Además, el ensayista aborda por primera vez, en el semanario La Nota, la discusión internacional sobre los sucesos políticos del cercano Oriente19, sucesos que luego continuará en sus libros. Es necesario insistir sobre la originalidad de este autor en el contexto argentino de las primeras décadas del siglo XX. Arslán aporta una mirada genuina y testimonial sobre la vida oriental. Este es un hecho único para la época. Es el primer escritor musulmán popularmente reconocido, en un segmento inmigratorio que aún no contaba con figuras públicas visibles. Aunque muchos de sus escritos son discutibles en sus aspectos históricos y políticos, tienen el valor insoslayable de haber militado por el debate público en torno a sucesos orientales hasta entonces ocasionales entre la  elite letrada nacional -cuyo conocimiento de los mismos era amateur e inorgánico, aunque muchos intelectuales hubieran viajado por estas regiones-.

Sus escritos poseen un estilo ensayístico, periodístico y propagandístico, poco académico, denotando a menudo imprecisión o inexactitud históricas. Arslán era un intelectual cultivado y erudito, que escribe bajo el imperativo de la urgencia (la guerra, su destitución diplomática, la desintegración y el derrumbe del imperio turco, la amenaza colonialista, la reivindicación nacionalista en el Medio Oriente, etc.). Su educación y cultura privilegiada lo situaron pronto en el centro del universo cultural argentino de aquellas décadas, oficiando de nexo vital entre su identidad cultural de origen y el país que lo recibe. Pero su persona y su pluma no pueden reducirse a un único sustrato cultural, sus sedimentos intelectuales eran múltiples y complejos: druso, libanés, musulmán, turco, francófilo, versado en la cultural europea universal, americano por adopción, etc. La suma de todos ellos eran más que el aporte cultural de cada uno de estos componentes por separado. Fueron todos elementos indispensables para comprender su gran curiosidad intelectual, viva y en ebullición, marcadamente libre y cosmopolita. Su elevada educación bifronte, oriental y europeísta, facilitaron su incorporación al medio intelectual argentino.

Con sus libros supo ganar un espacio entonces vacío en el mundo cultural argentino: el de divulgador orientalista y, más modestamente, el de experto del Oriente, en un medio letrado que desconocía dicha especialidad. Su obra estuvo destinada al público argentino, poco o nada versado en los temas que él trataba. Eso condicionó gran parte de sus textos, que claramente no se destinaban ni al público europeo ni al de su patria -exceptuando a los connacionales inmigrados en la Argentina-. Podemos legítimamente conjeturar que Arslán sintió la enorme frustración de verse marginado (desterrado, en el pleno sentido de la palabra) de la vida política de su país e incluso de la vida cultural europea, ambos auditorios naturales de los debates abordados en sus escritos. Sin embargo esta suposición nuestra no aparece explícitamente en ninguno de sus textos. Por el contrario, Arslán reconoce permanentemente la excelente acogida que le propinó su patria adoptiva. Nadie mejor que él era consciente de que su viaje a la Argentina en octubre de 1910 le "salvó el pellejo". En su país adoptivo procuró reconstruir un nuevo auditorio para mejor continuar (desde esa Europa de ultramar periférica) la militancia política liberal y reformista iniciada en su país y en su primer destierro europeo. Su obra puede interpretarse como un permanente pregonar en el desierto o como la vana gesticulación del exiliado20; pero también, al final de su vida, podemos concebir su obra como el resultado de una energía vital que le permitió acercar una cultura "exógena" a su país de adopción.

Notas

1. Este trabajo forma parte de un libro en elaboración: La causa del Oriente. Historia cultural del orientalismo argentino 1900-1940 y prosigue las investigaciones iniciadas en: Axel Gasquet. Oriente al Sur, el orientalismo literario argentino de Esteban Echeverría a Roberto Arlt. Buenos Aires: Eudeba, col. Ensayos, 2007.

2. Emir Emin Arslán nació el 13 de julio de 1866 en Chuayffet, Líbano. Hijo del príncipe Mayid y de la princesa Zahía, ambas familias encumbradas de la comunidad drusa libanesa y de gran trayectoria en la esfera pública del Imperio Otomano. Educado en la escuela francesa de los jesuitas y luego en Europa, donde reside por largos años, Arslán se forma en un ámbito cosmopolita y liberal. Será nombrado Gobernador del distrito de Tiberiades en Palestina a fines del siglo XIX, oponiéndose a la expropiación de tierras cultivables a los campesinos. Residirá en la Argentina desde 1910 hasta su fallecimiento, el 9 de enero de 1943. Está enterrado en una bóveda del Cementerio de la Chacarita.

3. La minoría drusa es una comunidad religiosa del Medio Oriente y de la diáspora que se reclama del Islam, aunque la mayoría de los musulmanes no los considera como tales. Son monoteístas originalmente emparentados con los ismailíes de quienes se separan hacia el siglo XI. Su teología es de inspiración neoplatónica y comparten concepciones comunes con el gnosticismo. Aceptan la liturgia musulmana y cristiana. Fueron perseguidos como heréticos y disidentes durante muchos siglos.

4. En 1908 se produce la revolución de los Jóvenes Turcos, de tendencia liberal, en la que Arslán participa. En junio de 1909 es nombrado diputado por el distrito de Latakia. Con la rápida evolución del movimiento reformador hacia el autoritarismo que culmina con la disolución del Parlamento Otomano, Arslán se refugia primero en París y logra obtener después -por intermediación familiar- el nombramiento de Cónsul General en la Argentina, adonde llega en octubre de 1910. La evolución despótica, militarista y racista del régimen otomano lo encontrará pronto en la oposición, hecho que se exacerba con el estallido de la Primera Guerra Mundial, en donde los otomanos serán aliados de Alemania. Favorable a los aliados franco-británicos, Arslán se opone con fervor a la alianza con Alemania y el gran visir Halim Salim Pachá lo condena a muerte in absentia. La legación otomana en la Argentina pasa a manos de los alemanes. Destituido, Arslán se convierte en un desterrado y adopta posteriormente la nacionalidad argentina. Tras la caída y disolución del Imperio como consecuencia del conflicto armado, Arslán tomará partido por la independencia nacional árabe en Siria y el Líbano, oponiéndose al mandato francés de la Sociedad de las Naciones a partir de 1920, apoyando la Revolución Siria de 1925. Hasta su muerte será uno de los líderes de la comunidad sirio-libanesa en la Argentina.

5. Arslán dirige La Nota hasta el 29 de octubre de 1920 (nº 272). Cfr. Héctor Lafleur, Sergio Provenzano y Fernando Alonso (eds.). Las revistas literarias argentinas 1893-1967. [1968] Buenos Aires: El 8vo Loco Ediciones, 2006: 80-81. Verónica Delgado es la única investigadora que ha trabajado sobre este semanario cultural. Ver: Verónica Delgado. "Reconfiguraciones de debates y posiciones del campo literario argentino en el Semanario La Nota1915-1920", Anclajes VIII, 8, Universidad de La Plata, diciembre 2004: 81-99 y Verónica Delgado. Revista 'La Nota' Antología 1915-1917. La Plata: UNLP, Biblioteca Orbis Tertius, Nº 3, 2010.

6. Lafleur, Provenzano y Alonso señalan que El Lápiz Azul fue una "revista semanal, humorística, política y literaria, [que] ofreció un panorama anecdótico del mundo de su tiempo, sin mayores alardes de erudición, pero incluyendo en su amplísimo temario desde la melena a la garçonne hasta las genialidades de Hipólito Yrigoyen". Cfr. Héctor Lafleur, Sergio Provenzano y Fernando Alonso (eds.). Las revistas literarias argentinas 1893-1967. [1968] Buenos Aires: El 8vo Loco Ediciones, 2006: 81.

7. Cfr. Emir E. Arslán. La verdad sobre el Harén. Buenos Aires: Otero & Co., 1916; Emir E. Arslán. Final de un idilio. 2ª ed. Buenos Aires: Rodriguez Giles, 1917; Emir E. Arslán. Recuerdos de Oriente. Buenos Aires: Talleres Gráficos 'La Lectura', 1925; Emir E. Arslán. La revolución Siria contra el Mandato Francés. Buenos Aires: Radio Cultura, 1926; Emir E. Arslán. Misterios del Oriente. Buenos Aires: Ed. Tor, 1932; Emir E. Arslán. La verdadera historia de 'Las Desencantadas'. Buenos Aires: Librería La Facultad, 1935; Emir E. Arslán. Los Árabes. Reseña histórico-literaria y leyendas. Buenos Aires: Ed. Sopena, 1941.

8. Las referencias son dadas por el propio Arslán en sus libros: Historia de Napoleón I, Tratado de derecho Internacional sobre la guerra, Los Secretos de los Palacios (novela histórica), Memorias políticas (editadas en árabe en Buenos Aires en 1935). La 2ª y 3ª obras fueron editadas en Egipto en francés y árabe: Cfr. Emin Arslán. Les secrets des sérails (roman historique), Le Caire, s/n, 1897. y Emin Arslán. Principes du droit international public (droit des gens). IVe partie. La guerre. 1ª ed. árabe. Le Caire: impr. Al-Hilal, 1901. No hemos podido hallar la edición de sus Memorias políticas.

9. Estas referencias las aporta Arslán en sus libros, pero no tenemos ningún registro de ellas ni hemos podido consultar los manuscritos.

10. Emir Emin Arslán. Las Mentiras. Buenos Aires: Diario Al-Istiklal, 1939.

11. Según la etimología establecida por la Real Academia Española, el vocablo castellano proviene del francés harén, adaptación del árabe harîm, que literalmente significa "lo vedado".

12. Mucho antes Emin Arslán había abordado la cuestión del velo, admitiendo que el tema es motivo de controversia entre los musulmanes y no se ha zanjado la discusión aún entre los especialistas del Corán y los ulemas del Islam. Atribuye el velo a la costumbre más que al dogma religioso.

13. Promediando los años 1920, el propio autor estima la comunidad sirio-libanesa en la Argentina en 160.000 personas. Cfr. Emir Emin Arslán. La revolución Siria contra el Mandato Francés. Buenos Aires: Imprenta Radio Cultura, 1926: 68.

14. El acuerdo secreto fue firmado el 3 de enero de 1916, y toma su nombre por los oficiales que lo negociaron: Sir Mark Sykes y Charles François Georges Picot. Inicialmente este acuerdo incluía al imperio Ruso, que aspiraba a una salida directa al Mediterráneo a través del Mar Negro. Pero la revolución rusa de 1917 frustrará la inclusión final de los eslavos en la repartición: el tratado de Brest Litovsk (marzo de 1918) entre los bolcheviques y los alemanes, liberó a los aliados de cumplir dicha promesa.

15. Dice Arslán en las conclusiones: "Siendo druso, hijo de aquel país, no quise que se me tildara de parcialidad, y expresamente no quise citar nada más que testimonios franceses calificados y de nota". Cfr. Emir Emin Arslán. La revolución Siria contra el Mandato Francés. Buenos Aires: Imprenta Radio Cultura, 1926: 153.

16. Arslán toma esta cita de Henri Fontanier del periódico "Le Peuple" del 12 de septiembre de 1926.

17. El libro incluye setenta grabados fotográficos de las personalidades sirias y francesas más destacadas en estos años, pero también material gráfico sobre las milicias revolucionarias.

18. Existe desde hace mucho una controversia entorno a la destrucción de la biblioteca de Alejandría. Algunos afirman que ésta fue obra de los conquistadores árabes, por orden del Califa Omar, y otros que la destrucción ya se había producido en varias ocasiones antes de la invasión árabe, y que estos se limitan a destruir algunos manuscritos remanentes. Un minucioso estudio reciente afirma que actualmente "la tesis de [la destrucción de] los árabes ha perdido fuerza y ha dado origen a nuevas hipótesis", lo que apoya la tesis de Arslán. Cfr. Fernando Báez. Historia universal de la destrucción de libros. De las tablillas sumerias a la guerra de Irak. Barcelona: Ed. Destino, 2004: 61-65.

19. Durante la segunda época de la Nueva Revista de Buenos Aires, dirigida por Vicente Quesada entre los años 1881 y 1885, dicha publicación seguirá muy de cerca toda la actualidad política internacional en la sección "Revista Europea", incluyendo los primeros conflictos balcánicos, que tuvieron a los imperios otomano y ruso como protagonistas principales. Este es el primer seguimiento histórico del Oriente moderno registrado en la vida cultural argentina, constituyendo un precedente importante para el semanario La Nota.

20. Los esfuerzos desplegados por Arslán en La Nota para romper la política de neutralidad entre beligerantes de la Argentina, no tuvieron éxito.

Bibliografía

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2. Arslán, Emin. Principes du droit international public (droit des gens). IVe partie. La guerre. 1ª ed. Le Caire: impr. Al-Hilal, 1901.         [ Links ]

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7. Arslán, Emir Emin. Misterios del Oriente. Buenos Aires: Ediciones Tor, 1932.         [ Links ]

8. Arslán, Emir Emin. La verdadera historia de 'Las Desencantadas'. Buenos Aires: Librería La Facultad, 1935.         [ Links ]

9. Arslán, Emir Emin. Las Mentiras. Buenos Aires: Diario Al-Istiklal, 1939.         [ Links ]

10. Arslán, Emir Emin. Los Árabes. Reseña histórico-literaria y leyendas. Buenos Aires: Ed. Sopena, 1941.         [ Links ]

11. Báez, Fernando. Historia universal de la destrucción de libros, De las tablillas sumerias a la guerra de Irak. Barcelona: Ediciones Destino, col. Imago Mundi, 2004.         [ Links ]

12. Delgado, Verónica. "Reconfiguraciones de debates y posiciones del campo literario argentino en el Semanario La Nota, 1915-1920", Anclajes VIII, 8, Universidad de La Plata, diciembre 2004: 81-99.         [ Links ]

13. Delgado, Verónica. Revista 'La Nota' (Antología 1915-1917). La Plata: UNLP, Biblioteca Orbis Tertius, 2010.         [ Links ]

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