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Mora (Buenos Aires)

On-line version ISSN 1853-001X

Mora (B. Aires) vol.17 no.1 Ciudad Autónoma de Buenos Aires Jan./July 2011

 

RESEÑAS

Mónica Szurmuk y Robert McKee Irwin (coordinadores), Diccionario de Estudios Culturales Latinoamericanos, México, Siglo XXI Editores, 2009, 332 págs

 

Hace menos de una década, y en medio de la publicación de varios volúmenes vinculados con los estudios culturales latinoamericanos, todavía era pertinente reclamar en ellos un mayor énfasis en la disyuntiva a la que se enfrenta con mucha frecuencia el intelectual latinoamericano y que define en buena medida su posición enunciativa: la elección por la diáspora y la integración a los centros académicos metropolitanos o la decisión de quedarse en la más débil situación institucional de los países periféricos. El debate sobre qué es un intelectual, cuáles son sus funciones, desde dónde piensa, cómo se vincula con las diversas perspectivas críticas -temas centrales en libros como Latinoamericanos buscando lugar en este siglo de Néstor García Canclini, El recurso de la cultura de George Yúdice o los números especiales de la Revista Iberoamericana- no podía pasar por alto esa particular circunstancia, altamente diferenciadora de la cultura latinoamericana y, en general, de la cultura sur-sur. Para sortear cierta neutralización derivada del énfasis puesto en la circulación global de sujetos e información, convenía insistir en sus consecuencias para la transmisión y producción de conocimiento, sin que ello implicara necesariamente ni subrayar la perspectiva nacional o local por sobre la continental o transnacional, ni equilibrar en nombre de cierta experiencia localizada una situación materialmente desventajosa, ni tampoco revelar particularismos frente al homogeneizador gesto latinoamericanista de los centros académicos metropolitanos. Es que reflexionar sobre las propias condiciones de enunciación y sobre los modos de construir conocimiento supone saber escuchar, abrirse a instancias de intercambio y construir nuevos espacios de discusión.
     El Diccionario de Estudios Culturales Latinoamericanos (pensado y coordinado por Mónica Szurmuk y Robert McKee Irwin y editado en México en 2009) parece haberse hecho cargo inmejorablemente de un reclamo que todavía, en ciertos centros académicos, resulta pertinente. Esto se observa no solo en la selección de los términos que componen el diccionario y en la resolución buscada para abordar cada entrada, sino en la elección de los colaboradores que se hicieron cargo de ellas y en la propia reunión de Szurmuk (formada en la Universidad de Buenos Aires y en la academia estadounidense y con trayectoria docente en México y Argentina) y de McKee Irwin (formado en Estados Unidos y especializado en estudios culturales y de género con énfasis en México).
     La amplia y minuciosa presentación de los coordinadores supone, por una parte, una suerte de historización y reseña de la constitución de los estudios culturales en América Latina, mientras por otra da cuenta de los ejes más importantes del debate de los 90 e interviene con nuevos interrogantes. Así, Szurmuk y McKee exponen con claridad cómo se imbrica, en los estudios culturales latinoamericanos, la tradición ensayística latinoamericana de los siglos XIX y XX, y su particular inflexión en la crítica literaria de Ángel Rama y Antonio Cornejo Polar, con la recepción de la Escuela de Frankfurt, de los Estudios Culturales de Birmingham y del posestructuralismo francés. Pero, además, profundizan una cuestión que, si bien ya había estado presente en la discusión entre los mismos intelectuales cercanos a los estudios culturales (por ejemplo en los reparos de Nelly Richard desde Chile), no había sido expuesta de una manera demasiado sistemática, como es la elaboración de una agenda de investigación en la academia estadounidense, con las posibilidades y los límites que eso supone para muchos intelectuales de América Latina. En ese sentido, este es uno de los abordajes más complejos que conozco a la problemática institucional de los estudios culturales latinoamericanos, sobre todo porque se mete con cuestiones como los programas educativos y los programas de gestión cultural (una vez más: ¿cuáles son los límites de la participación de los intelectuales en las políticas culturales oficiales o en ciertas iniciativas privadas?, algo que era central en el oportuno, aunque quizás excesivamente optimista, El recurso de la cultura de George Yúdice).
     A todo esto se suma el análisis particular del caso mexicano, que responde no solo a una evidente necesidad editorial, sino a lo decisivo que resultó en la formación del campo. El hecho de que México no solo haya sido el lugar de la publicación del libro, sino de que, aprovechando eso, sea el caso elegido para mostrar un estado particular de los estudios culturales, es mucho más que una coincidencia: México es particularmente productivo para explicar diversas líneas de los propios estudios culturales (García Canclini y Carlos Monsiváis serían dos ejemplos paradigmáticos en ese sentido); la relación entre la academia mexicana y la estadounidense; la relación entre la alta cultura, la cultura popular y la cultura masiva; la inter y transdisciplinariedad; los cruces, transacciones, contactos y disputas que se condensan en la frontera; y finalmente, la dilemática relación entre el intelectual y el Estado. Creo que las tensiones que mencioné al comienzo entre lo local y lo transnacional y entre los diferentes posicionamientos institucionales se despejan en esta parte de la introducción.
     
En el diccionario propiamente dicho, es decir en el conjunto de las entradas, se pone en evidencia otro esfuerzo de los organizadores al idear este libro. Porque sus colaboradores arman, y a la vez hacen evidente, la existencia de una red continental, de mútiples trazados y recorridos posibles. Una mirada por la lista de autores de las entradas, con sus diferentes procedencias, posiciones, disciplinas, basta para advertir la pluralidad de los aportes: de Debra Castillo a Ileana Rodríguez, de George Yúdice y Jesús Martín Barbero a Juan Poblete; hay allí críticos literarios y culturales, hay historiadores y antropólogos.
     Menciono, arbitrariamente y a modo de ejemplo, a los investigadores argentinos que participan del diccionario, para ilustrar las redes intelectuales que se tejen norte-sur y a expensas, muchas veces, de la retracción institucional local: Graciela Montaldo, Juan Pablo Dabove, Sandra Lorenzano, Gabriel Giorgi, Horacio Legrás, Leila Gómez, Liliana Weinberg, la misma Mónica Szurmuk, entre los que enseñan en Estados Unidos y México, e Isabel Quintana, Valeria Añón o Marcela Valdata, que viven en Buenos Aires pero también han tenido allí diversas experiencias académicas. Desde aquellos investigadores más afincados en los estudios culturales, como es el caso de Horacio Legrás, hasta quienes se salen de los nichos críticos con sus lecturas, como es el caso de Gabriel Giorgi, todos contribuyen con su experiencia y sus hipótesis para que este sea un diccionario relevante.
     Si se piensa en los primeros libros de Graciela Montado, en particular su análisis del modernismo finisecular, ¿quién mejor que ella para describir y explicar el concepto de campo cultural? En su entrada, el cruce entre abordaje conceptual e historicista del sintagma es ejemplar. O si no, a la luz del modo en que en su libro sobre bandidismo Juan Pablo Dabove discute y redefine un corpus posible para leer la cultura latinoamericana, ¿quién más instigante para escribir la entrada sobre la ciudad letrada? Un ejemplo del rigor conceptual del volumen es la entrada "cuerpo" a cargo de Gabriel Giorgi, autor del excelente Sueños de exterminio. Homosexualidad y representación en la literatura argentina contemporánea que publicó hace unos años la editorial Beatriz Viterbo; allí Giorgi deslinda los modos en que los estudios culturales han intentado responder a la pregunta por la historia política de los cuerpos y confronta ese intento con las tradiciones teóricas y críticas que ven en el cuerpo una realidad ahistórica, anterior a las determinaciones culturales (para eso deslinda la relación entre cuerpo y violencia, de la relación entre género y sexualidad y entre enfermedad y salud, y a su vez todo esto de la cuestión del mestizaje).
     Otras entradas, en cambio, son propicias para desplegar, también en consonancia con la introducción, las líneas fundamentales de las perspectivas vinculadas con los estudios culturales, como ocurre con "producción cultural", redactada por Isabel Quintana, o "subjetividades", cuya autora es Valeria Añón. Antes de detenerse en las investigaciones más actuales (García Canclini, Martín Barbero, Sarlo), Quintana recorre las tradiciones críticas sobre el tema (Adorno, Williams, Macheray y la sociología de la cultura de los ochenta en Francia, pero también Noé Jitrik y su Producción literaria y producción social de 1975). Por su parte, del sujeto colonial al subalterno, del sujeto fuera de lugar al sujeto migrante, de los estudios coloniales a los poscoloniales, el análisis de Añón despliega a partir del concepto de subjetividad no solo los diversos enfoques que de él se hicieron cargo en el último siglo sino la actualidad de un debate de corte político-cultural.
     Un ejemplo de otro orden que exhibe el tipo de abordaje propuesto en este diccionario es la entrada de la propia Mónica Szurmuk -autora de un estudio sobre la narrativa de viajes de mujeres en la Argentina (Miradas cruzadas)- sobre "posmemoria", un término teóricamente controvertido. Además de definir y explicar la noción, Szurmuk la problematiza, pone de manifiesto la discusión que viene suscitando y plantea las posibilidades abiertas para su adopción definitiva o su rechazo; pero también, presenta un análisis de caso a partir de la película Los rubios de Albertina Carri, que se ha convertido en una suerte de caso testigo de la utilidad y límites de la noción de posmemoria. También hay que destacar ciertas convivencias o cruces muy productivos. Por ejemplo, el modo en que Kate Jenckes y Patrick Dove revisan una categoría de larga tradición y tan problemática para los estudios culturales como "estética", o el modo en que McKee Iwin presenta perspectivas críticas más recientes, en su entrada sobre "teoría queer", donde además de definir y explicar, releva publicaciones y analiza su anclaje institucional. O la riesgosa apuesta de que Saurabh Dube, especialista en estudios poscoloniales sobre Asia y África, escribe sobre "modernidad".
     Si hace veinte años Fredric Jameson pregonaba, en su ya clásico diagnóstico sobre los estudios culturales, que la importancia de las alianzas estratégicas debía superar la formulación rigurosa de sus principios para avanzar así en los diálogos y discusiones que fortalecerían el campo, el Diccionario de Estudios Culturales latinoamericanos parece orientado por ese consejo. Porque hay en él un estado de la cuestión al tiempo que la propuesta de renovar uno de los debates más intensos de los últimos tiempos en América Latina y en los Estados Unidos. Un debate en el que se propusieron nuevas categorías de análisis (como raza y género) y nuevos objetos, y en el que se discutieron los corpus de estudio y el canon latinoamericano. Un debate en el que, desde el sur, hay mucho todavía para decir y para pensar en términos de comunidad intelectual y en términos institucionales.

Alejandra Laera