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Mora (Buenos Aires)

On-line version ISSN 1853-001X

Mora (B. Aires) vol.17 no.2 Ciudad Autónoma de Buenos Aires Sept. 2011

 

RESEÑAS

Ocampo, Victoria; Molloy, Sylvia (comp.), La viajera y sus sombras: crónica de un aprendizaje, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, Colección Tierra Firme, 2010, 296 págs.

 

La colección Tierra firme presenta una interesante serie de obras dedicadas a la literatura de viaje argentina, entre las que se destaca la recientemente editada La viajera y sus sombras: crónica de un aprendizaje. Allí, Sylvia Molloy reúne textos de viaje escritos por Victoria Ocampo a lo largo de su vida, desde su infancia hasta su madurez. El viaje, ya sea como tema o como táctica narrativa, marca la obra de la fundadora de Sur, señala Molloy en el prólogo. Con esta premisa, la autora de Acto de presencia (1996) presenta una atinada selección de escritos en formato autobiográfico, epistolar –cartas a amigos y hermanas– y testimonial, que acompañan los itinerarios de la escritora argentina por Estados Unidos y Europa. Ordenados cronológicamente, y de acuerdo a momentos significativos en la producción literaria y vida personal de Ocampo, los recorridos de estos textos –que incluyen dos cartas inéditas en español, escritas originalmente en francés– coinciden también con momentos históricos imposibles de soslayar: en "Primeros viajes", Molloy agrupa escenas de trayectos por entonces típicos de las familias de la elite argentina: prolongadas estadías en Europa que se inscriben en la educación de Victoria y que se extienden hasta el Primer Centenario de la Revolución de Mayo. "Aprendizaje y testimonios" encuentra a una mujer adulta, ya escritora, que en primera instancia viaja por Europa, donde se siente "como en casa", y más tarde conoce Nueva York a instancias de su amigo, el viajero y escritor Waldo Frank. La tercera parte del libro intercala cartas y textos de USA 1943, colección de crónicas de su extensa gira por Estados Unidos, como invitada por la fundación Guggenheim cuando el país estaba en guerra. El correlato de esta etapa es "El viaje de posguerra", que recoge sombrías impresiones sobre Alemania, Inglaterra y Francia, países que ante sus ojos desfilan derrumbados y vencidos. El último capítulo presenta postales de Nueva York: la guerra, sostiene Molloy, marca un punto de giro en los "viajes de conocimiento" de la escritora, que a partir de entonces realiza recorridos ya conocidos, donde "retorna a lo seguro".
     El viaje roza la escritura de Ocampo –afirma Molloy– y le permite narrarse a ella misma. Parte integral de su persona, el desplazamiento geográfico es también un ejercicio de "autofiguración y autoconocimiento". Los escritos que surgen de esos recorridos permiten a su autora no solo "dar a ver lo que se ve cuando se viaja sino darse a ver", "ser ella misma". Si, como género literario, el relato de viaje no tiene contornos demasiado nítidos, la escritura de Ocampo transgrede, afirma Molloy, la modalidad "habitual" de esta narrativa. Ya sea porque sus textos se muestran "estáticos" o porque su autora parece prestar más atención al estar allí que al movimiento, la serie de textos que integran este volumen pertenece, según Molloy, a una viajera que se distingue del resto. Sin embargo, los desplazamientos –sobre todo los físicos, pero también los hay en el tiempo, a través de los recuerdos– no están ausentes de la prosa viajera de Victoria Ocampo. Pongamos por caso la crónica del turbulento vuelo a Nuremberg, a bordo de un Dakota castrense para "hombres solos" –sin baño– y que hace saltar a Victoria en su asiento durante todo el trayecto. No bien pise la ciudad alemana, constatará que allí tampoco se ha contado con la presencia femenina. Es que en este juicio histórico, y como si la guerra les hubiese sido ahorrada, las mujeres brillan por su ausencia: no figuran ni entre los acusados ni en el tribunal que juzga a los jerarcas nazis. "Si los resultados del proceso van a pesar en el destino de Europa ¿no es equitativo que las mujeres puedan decir una palabra sobre ello?", se pregunta Victoria, única mujer invitada a asistir al juicio.
     En su propuesta narrativa, la diferencia sexual es vital. "No es que piense 'como' mujer: Ocampo escribe 'desde' el ser mujer", observa Molloy. La compiladora y prologuista rescata en la obra de la escritora y mecenas el vínculo entre sexo y producción literaria, imbricación que resulta más rica aún ante la experiencia del viaje y el contacto con la alteridad que todo desplazamiento conlleva. En su visita a Harlem, toma contacto con la comunidad negra, todo un acontecimiento para quien llega de una Argentina míticamente blanca y que solo encuentra puntos de referencia en los criados de su infancia. Con gesto bienintencionado, que no esconde una mirada "desde arriba", Victoria ejerce, como señala Molloy, esa operatoria que la inglesa Petrine Archer-Straw denomina "negrofilia", es decir, la objetivación y pasión por el sujeto negro. Pero si bien la escritora argentina detecta en sus viajes diferencias raciales y de clase –en Estados Unidos hay pobres, le responde a un periodista estadounidense que la disgusta– su mirada prioriza las distinciones que separan a los sexos. Lo femenino y chic queda debidamente registrado en el relato de sus peregrinaciones a la Maison Chanel, templo de la elegancia construido por una modista de origen humilde que revolucionó la fisonomía y el andar femeninos. Victoria se deja seducir por la atmósfera íntima que se teje entre las probadoras y las clientas de la rue Cambon, pero pronto se interesa en cuestiones de género más urgentes: en Roma se entrevista con Mussolini y lo interroga sobre el rol de la mujer en el Estado fascista. La respuesta del Duce le suena a cachetazo: la función del llamado sexo débil es traer hijos al mundo y le quedan vedadas áreas como la política, las artes, la filosofía y la medicina. Hay excepciones, claro: "como enfermeras, las encuentra eximias", relata Victoria, mientras se convence de que se encuentra en "un país para hombres". La transcripción de esta entrevista no esconde sin embargo su simpatía por el Duce, que aún no ha invadido África (no bien se desate la guerra ítalo-abisinia, Victoria condenará enérgicamente al régimen fascista). Tiempo después, la autora observa el papel de las mujeres estadounidenses en la guerra, muy diferente al que se les asigna en el Estado fascista. En Nueva York, la sorprende gratamente la cantidad de mujeres de uniforme que circula por las calles. Sin portar armas, ocupan todos los puestos posibles en el ejército y la marina, señala luego de visitar la escuela de entrenamiento de las WAACS (Mujer Asignada al Servicio Voluntario de Emergencia). En tierra estadounidense, y a pesar de la escasez y el racionamiento, la guerra parece lejana y casi pintoresca. Muy diferente será el tono de los pasajes sobre la Europa de posguerra. En una suerte de museo del holocausto, instalado en el Palacio de Justicia de Nuremberg, se la invita a oler el jabón fabricado con grasa humana proveniente de un campo. Victoria se rehúsa, pero aún así se siente obscena y fuera de lugar, como cuando unos transeúntes, pobremente vestidos, examinan su traje nuevo y sus abrigados guantes de cuero. Las secuelas de la guerra siguen frescas también en las playas de Normandía, que le saben a una Mar del Plata "apolillada" entre tumbas de soldados y tanques abandonados.
     Misma constatación en el caso de Londres, otrora "ciudad de sus amores": si en los 30, el hotel Claridge´s le parecía lujoso, a su regreso, en el 46, experimenta una gran desilusión. Allí, donde antes servían mayordomos de impecable librea, ahora quedan sirvientes que parecen disfrazados y que sirven lo que pueden, pues no hay manteca, ni azúcar, ni jabón, le cuenta a su hermana Angélica. París no será la excepción: allí comprueba con dolor que no siente "ningún placer, ninguna satisfacción al encontrarme en una ciudad en otro tiempo adorada [...]. Sufro de París en París", escribe a sus amigos Tota Cuevas y José Bianco por la misma época. Pero en esta escritura llena de contrastes, a cada negro le sigue un blanco, o al menos un gris que mitigue las imágenes precedentes. Claro que el paso del tiempo también hace lo suyo: a vuelta de página ya estamos en los años 60, en Manhattan –Nueva York, el "negativo de París", señala Molloy–, donde Victoria regala una deliciosa crónica del apagón que, por entonces, dejó a oscuras a esta isla y gran parte del nordeste estadounidense. Atrapada en el lobby del Waldorf Astoria, sin poder subir los 21 pisos que la separan de su mullida cama, toma una vela, tinta y papel, y escribe a los que la esperan en Buenos Aires. Horas más tarde, un "¡Aaaaah...! de alivio y aplausos" la arranca de sus ensoñaciones: la electricidad se ha restablecido. Inmediatamente piensa, "desde el país de las heladeras", en "la fragilidad de eso que llaman civilización". Civilización o barbarie, modernidad o atraso, ellos-nosotros, los otros-una misma, sus relatos de viaje circulan entre dicotomías y contrastes, y también entre vaguedades y omisiones. "La verdad del viajero es su error", dice en sus impresiones sobre la Argentina José Ortega y Gasset, filósofo y amigo de Victoria, quien cita estas mismas palabras en USA 1943 para inmediatamente corregirlo: "El error del viajero es su verdad", sostiene la autora, consciente de que todo trotamundos no es más que un fabricante de realidades. Sin embargo, ella misma advierte que su incapacidad para tomar notas durante las giras turísticas da pie a "olvidos lamentables" y "absurdas precisiones". Irónicamente, una de las pocas veces en que se propone anotar algo, durante una visita a una exposición de armas en Nueva York, un soldado le ordena guardar lápiz y papel, y someterse a lo que finalmente resulta un simpático interrogatorio (al fin de cuentas, se encuentran en plena guerra y Victoria se muestra comprensiva con los militares que la interrogan). Aunque se ufana de la infinidad de libretas que se desparraman por sus valijas, al término de sus viajes, estas siguen prácticamente en blanco y Victoria debe contentarse con reconstruir, con su "memoria caprichosa", recuerdos que terminan siendo "irremediablemente personales, escandalosamente privados, reprensiblemente subjetivos". "Que los profesionales de notas eruditas y de estadísticas reveladoras me absuelvan", pide con picardía en el mismo texto. Pero sus errores no la desvelan: su escritura es poderosa y libre, alimentada por viajes que la instruyen, en la juventud "y también a la edad madura y a la vejez", señala cuando ya ha pasado las cincuenta primaveras. Como propone Virginia Woolf, cuya influencia resulta decisiva en la obra de la argentina, Victoria tiene, además de dinero y un cuarto propio con llave, la posibilidad de escapar del encierro que las convenciones dictan para su sexo y salir al mundo. Cada viaje se le presenta entonces como un peldaño más hacia la libertad intelectual y personal. Obra indispensable para todo aquel o aquella que se interese por la intersección entre género y literatura de viaje –cruce por otro lado muy poco explorado por la academia argentina–, La Viajera y sus sombras resulta una valiosa contribución al conocimiento sobre la diferencia sexual, así como la vida cultural y política del siglo XX.

Milagros Belgrano Rawson