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Mora (Buenos Aires)

versión On-line ISSN 1853-001X

Mora (B. Aires) vol.21 no.2 Ciudad Autónoma de Buenos Aires dic. 2015

 

LA CAJA FEMINISTA

Colette Guillaumin: la teoría como acto contestatario1

 

Danielle Juteau2

Traducción Aurélie Meignan.

Revisión Beatriz Cagnolati y María Luisa Femenías

 


Resumen

Colette Guillaumin presenta herramientas indispensables para transformar las dinámicas sociales contemporáneas. Sus trabajos revolucionaron el pensamiento científico y el sentido común al desmostar que el racismo es anterior a la "raza" y que la ideología racista se distingue de la teoría racista. Su teorización de la sexoesclavitud como relación de apropiación constitutiva de las clases de sexo, enfoque elaborado en un diálogo constante con otras feministas materialistas, sacude lo establecido desde siempre. En todo momento y lugar, esta autora se encargó de delimitar y profundizar la naturalización de las categorías sociales poniendo en evidencia el mecanismo que enmascara la dominación y reprime el debate. De esta manera, proporciona las herramientas que fomentan la toma de conciencia de los dominados y dominadas, lo que representa una etapa necesaria para cualquier acción liberadora. En la obra de Guillaumin, pensamiento y acción son inseparables.

Palabras clave: Clases de sexo; Relaciones de apropiación; Idea de Naturaleza.


 

La ira de los oprimidos y oprimidas

Los movimientos de liberación que surgieron en los países colonizados después de la Segunda Guerra Mundial y, luego, en Occidente en la década de 1960, cuestionan las estructuras materiales y simbólicas del orden establecido. Mujeres, negros, colonizados, minorías nacionales y homosexuales protestan, salen a la calle, escriben manifiestos, distribuyen panfletos, publican artículos, crean revistas para quebrantar los muros del saber. La irrupción de la voz de las minorías revelaría la intrusión de lo político en las ciencias humanas. Pero ¿realmente es así? Según Guillaumin, hablar de lo político, en teoría, remite a una tautología, puesto que la teoría es siempre política. Las teorías claramente orientadas a una perspectiva política práctica, sobre las causas y el funcionamiento de los sistemas sociales, aparecen precisamente en el siglo xviii cuando el poder político y la dominación del Estado pasan a manos de la burguesía.

Lo político está siempre presente en la teorización de las ciencias humanas, aunque mayorías y minorías establecen una relación diferente con él. Las mayorías pretenden ser objetivas en los análisis y critican a las minorías por ser parciales en los suyos, subrayando además su falta de decoro. Por cierto, para impedir que lo político invada la universidad –a mi juicio, es una tendencia frecuente de lo político–, se rechazó la implantación de cursos y programas de investigación sobre las relaciones de sexo: la ciencia debe ubicarse por encima de todo. Retomando la expresión de Guillaumin, la teoría fue una verdadera pesadilla para las minorías, palabras totalmente desprovistas de su cotidianidad. Sin embargo, esta situación está cambiando tal como lo describe en su libro sobre los efectos teóricos de la ira de los oprimidos y oprimidas, que echa raíz en las estructuras materiales de la dominación, esta última siempre acompañada de trabajo pendiente y de violencia. A veces se reúnen algunas condiciones que favorecen la toma de conciencia de esta dominación, como en el caso de Frederick Douglass que recibió unos pocos centavos por su obra. Este esclavo entendió la contingencia de la situación, cuestionó su estatuto, preparó su huida y se unió al movimiento abolicionista del que fue un líder. En este sentido la teoría es primero la toma de conciencia del lugar que uno ocupa.

Los efectos de esta toma de conciencia son múltiples. Produce una crítica radical en la interpretación de los hechos, que desplaza la mirada desde la Naturaleza a la Historia y a las estructuras sociales, dentro de las cuales están las de la opresión. Asimismo, esta toma de conciencia altera la perspectiva en el sentido en que se desplaza del "problema negro" a las relaciones y los sistemas –esclavitud, segregación, apartheid– establecidos por los dominadores. Hoy en día, que se hable de los problemas de la inmigración o del ocasionado por los inmigrantes en la identidad o la economía nacionales pone de relieve la difícil irrupción del pensamiento crítico, de la resistencia y del arraigo del pensamiento dominante. En definitiva, la ira de los oprimidos y oprimidas genera herramientas teóricas que sirven para analizar la dinámica de las situaciones minoritarias.

Así como lo veremos en trabajos sobre las relaciones de dominación constitutivas de las categorías de "raza" y de "sexo", la teoría no es sólo un acto contestatario en sí, sino que también incita al debate. Al teorizar las relaciones sociales en términos de dos caras inseparables, una concreta y otra ideológico-discursiva, Guillaumin define la dimensión material de las relaciones de apropiación, demostrando que generan la idea de Naturaleza que luego sirve para enmascararlas. Ahora bien, entender que la dominación no es natural sino impuesta, también es entender que se la puede rechazar. Puesto que la dominación genera el debate y la voluntad de abolir las relaciones de dominación, la teoría se traduce en la acción.

Raza, racismo y relaciones de apropiación

El racismo sigue existiendo en el seno de las sociedades contemporáneas: se pone en evidencia en las prácticas discriminatorias a la hora de buscar vivienda y trabajo, en las agresiones contra los inmigrantes y sus descendientes, en el trato de los indocumentados, en los discursos de exclusión, en los debates acerca de la identidad nacional y de los "derechos" de la mayoría. Hablo de racismo como si el término fuese nítido y su sentido el mismo en cualquier lugar. Sin embargo, además de ser polisémico es confuso, tanto en los artículos científicos como en los no científicos. Por lo tanto, es necesario aclararlo, como lo hizo Guillaumin en trabajos cuya pertinencia nunca fue objetada. Podríamos presentar más detenidamente su método de análisis, la comprensión del Sujeto por intermedio del trabajo como categoría central, la prioridad otorgada más bien al discurso que a las prácticas, la elección del discurso implícito en lugar del discurso explícito. Pero digamos, por ahora, que la autora buscaba aprehender algo más amplio que la teoría de la desigualdad racial y anterior a ella.

El racismo crea la raza y no a la inversa

Durante mucho tiempo, se creyó que la raza precedía al racismo y que conformaba sus cimientos. Según esta creencia, habría entonces distintas categorías llamadas razas, posteriormente jerarquizadas. El racismo, que se relaciona con prácticas violentas, correspondería a esta jerarquización y la creencia en la desigualdad racial constituiría su núcleo. Pero Guillaumin refuta este análisis y cuestiona lo que otros aceptaron como lo establecido al preguntarse: ¿qué son las razas?, ¿qué son estas categorías jerarquizadas?

Si bien el término raza es antiguo, su sentido cambió. Antes, se refería al linaje, a un grupo institucional de poder, mientras que ahora, la noción de raza incluye una ideología somatobiológica. Asimismo la herencia, que designaba los derechos de sucesión, se refiere ahora a la transmisión genética. La idea moderna de raza abarca la hipóstasis en el sentido en que la raza se piensa como una sustancia; a su vez, incluye el sincretismo puesto que dos niveles de significación se conforman en un todo. Por un lado, el que acota los caracteres somáticos y hereditarios, por el otro, el que designa conjuntos culturales. Por último, en esta idea moderna de raza se encuentra una dimensión biofísica justificada por la inmutabilidad de las pertenencias de grupos que se transformó en una fatalidad biológica. La Historia es sustituida por el genetismo puesto que las categorías existen como tales y no se busca entender cómo se formaron. La creencia en categorías naturales fijas con fronteras infranqueables y dotadas de un determinismo interno corresponde a la ideología racista. Por consiguiente, el racismo crea la raza y no a la inversa.

De este modo, Guillaumin distingue la teoría racista de la ideología racista, dado que la primera, especie de creencia en la desigualdad racial, se construye a partir de la segunda, más amplia y que es anterior a la teoría racista. A partir de ello, se esclarece una primera confusión. Esta importante distinción informa sobre las dinámicas racistas contemporáneas que atañen a la ideología más que a la teoría. Unos promueven la igualdad racial sin cuestionar el modo de categorización de las razas; otros, reemplazan la interpretación biologizante por un esencialismo cultural y se limitan así a la idea de una categoría homogénea. Algunos reducen el racismo a agresiones y prácticas violentas, mientras que la ideología racista suele ser elogiosa: los negros bailan bien, los judíos tienen el sentido de los negocios, las mujeres son intuitivas... Luchar contra las violencias, las agresiones y las exclusiones, rechazar la idea de una jerarquía entre las categorías y oponerse a la idea de Naturaleza son todas acciones importantes que quedan limitadas cuando no se cuestiona la categoría raza en sí misma.

La idea de raza se arraiga en una relación de apropiación que la genera

¿De dónde viene entonces esta ideología que instituye las categorías –negros, amarillos, blancos– actualmente naturalizadas? Según Guillaumin, la ideología racista remite a varios factores que se combinaron a finales del siglo xviii, dentro de los cuales se encuentran la aparición de valores igualitarios –por lo que es necesario justificar las nuevas desigualdades–, el desarrollo de las ciencias y su focalización en la causalidad interna, el desarrollo industrial con la proletarización y la colonización. El colonialismo apareció conjuntamente con el esclavismo, de donde resulta una relación específica que no sólo implica la apropiación de la fuerza de trabajo sin ninguna medición de tiempo, de dinero, etcétera; sino también la de su fuente, la máquina productora de la fuerza de trabajo. Esta relación de apropiación física directa cosifica a los seres humanos y es por ello que se elaboró un discurso según el que "los dominados apropiados son objetos naturales". Al preguntarse sobre la ideología racista, Guillaumin se remonta a la fuente y descubre su arraigamiento, la relación concreta de apropiación que genera la idea de Naturaleza que luego sirve para enmascararla. Al sacar a la luz el sistema dominante de pensamiento, este análisis favorece la toma de conciencia y la acción, dado que si la lucha contra el racismo implica el rechazo de la idea de Naturaleza, deberá apuntar a la abolición de la relación que la genera.

La marca no es previa a la relación esclavista sino posterior a ella

Surge un corolario en este análisis: si las categorías raciales se constituyen según una relación de apropiación, entonces, ¿de dónde viene la idea tan institucionalizada de que estas se vinculan con el color de la piel? Guillaumin advierte que las primeras taxonomías fundadas sobre esta marca sólo aparecen un siglo después del traslado de los esclavos. Fue casualidad que las personas sometidas a la esclavitud en aquella época tuvieran la piel de color negro, pero proporcionó una marca ready-made, retomando sus propias palabras. Por lo tanto, "la marca fue posterior a la esclavitud y de ninguna manera precedió al grupo de esclavos". Nuevamente, la autora esclarece una segunda confusión especificando que la relación social es previa a la elección de una marca. Para caracterizar el grupo determinado que es naturalizado, escribe raza sin comillas, mientras que "raza" se refiere al constructo ideológico. Guillaumin advierte que las clasificaciones de raza y de sexo son mentira y verdad simultáneamente. Mentira, porque la raza no existe; es un constructo ideológico. Verdad, porque existen grupos concretos, antes los esclavos, actualmente los indocumentados, los trabajadores temporarios, los inmigrantes oriundos de países colonizados, las personas que realizan un trabajo en forma gratuita, en negro o mal remunerado: categorías que ilustran la actualización de una relación social y que ocasionan prácticas discriminatorias, políticas de exclusión, agresiones y atropellos policiales. Se suele temer más a los miembros de las categorías racializadas, se los detiene con más frecuencia, se les niega alojamiento o empleo; en definitiva, se opera un perfil racial. Es fundamental rechazar la mentira sobre la naturaleza somática del grupo, pero sin abandonar las categorías de raza y de sexo que "se definen como formaciones imaginarias, jurídicamente ratificadas y materialmente eficaces".

Culturalización y racialización de las relaciones sociales

El tiempo de la esclavitud ya ha quedado atrás y pocos defienden hoy la idea de una Naturaleza diferente. Eso es cierto, aunque muchos tienden a defender "la Diferencia" en el respeto de la diferencia, el derecho a la diferencia, la igualdad en la diferencia. Sin embargo, ¿quién es diferente y con respecto a quién? Hablamos de "la diferencia" como si existiera por sí misma, tan obvia que saltaría a la vista. No nos damos cuenta de que, en realidad, define a los Otros, a minorías constituidas en el seno de relaciones ocultas de dominación: la inmigración correspondería a un desplazamiento geográfico que causa problemas de integración, la globalización consistiría en intercambios comerciales entre socios a nivel internacional y la discriminación se reduciría a comportamientos individuales. Muchos piensan que los grupos culturales son homogéneos; los haitianos son de tal forma, los árabes de tal otra... Del racismo biológico se pasa al racismo cultural, un nuevo esencialismo. Las relaciones que subyacen a la formación de los grupos y la elección de las marcas son ignoradas al asimilar la diferencia cultural con los cimientos de las categorías. Las minorías son reducidas a su cultura, eludiendo así sus componentes históricos, económicos y políticos. Nuevamente, surge la idea de un comportamiento propio de los miembros de un grupo cuyas fronteras se delimitan mediante marcas como el color de la piel. Tal como lo recuerda Guillaumin, la forma "natural" permanece en el centro de los medios técnicos utilizados por las relaciones de dominación con el motivo de imponerse y mantener el manejo de los grupos dominados. Robert Miles califica la racialización como "proceso representacional mediante el cual una significación social se relaciona con características humanas y biológicas determinadas –por lo general fenotípicas–, sobre la base de que las personas que poseen estas características forman parte de una colectividad social distinta".3 Este proceso se relaciona con la persistencia de las desigualdades entre clases, entre el norte y el sur, entre inmigrantes y no inmigrantes, entre indocumentados y ciudadanos. Como otros marxistas, Robert Miles y Annie Phizacklea vinculan las desigualdades raciales con las relaciones capitalistas. Rechazan por completo y con toda razón la idea de Naturaleza, por lo tanto, se niegan a estudiar las categorías raciales dado que las investigaciones sólo deben tener como objetos de estudio el racismo y la racialización de una población inmigrante determinada. Pero, procediendo así, pierden de vista lo esencial, porque desatienden las relaciones específicas constitutivas de las categorías racializadas, lo que reduce la complejidad de lo real y elude la especificidad de la explotación económica de las categorías racializadas que nos negamos a reducir a un simple análisis de clase. La teorización de Guillaumin, que se trata de una relación social analíticamente distinta de la relación de clase, se desarrolla en sus trabajos acerca de las relaciones sociales de sexo.

Sexo, sexoesclavitud y relaciones de apropiación

Para muchas feministas, las desigualdades entre varones y mujeres aluden a una relación de dominación que pone en escena dos grupos de géneros en vez de una relación constitutiva de las categorías de sexo. En el primer modo de teorización, el género se refiere a un proceso de aculturación diferenciada –no se nace mujer, se llega a serlo–; mientras que en el segundo, se piensa que el género se constituye en una relación de dominación. A continuación, se analizará la contribución primordial de Guillaumin y del feminismo materialista para entender dicha relación. También se examinarán las reacciones provocadas por tal análisis: ira, en el caso de los opresores; irritación, temor, negación o rechazo, en el caso de las oprimidas.

Las palabras de la ira

El final de las décadas de 1960 y 1970 presencian, en todo el planeta, el aumento, la explosión y la consolidación de movimientos sociales, entre los cuales se encuentra el movimiento feminista: manifestaciones a favor del aborto libre y gratuito, grupos de concienciación, reivindicaciones para el reconocimiento y la remuneración del trabajo doméstico... Se multiplican grupos y manifiestos cuyos acrónimos y nombres evidencian los sentimientos de sus creadores: el BITCH4 Manifesto (1969), el WITCH5 Manifesto (1969), el Redstockings6 Manifesto (1969), el scum7 (1967-1968), las Radicalesbians (Lesbianas radicales); en Francia, Elles voient rouge8, Monique Witting publica Les guérillères(Las guerrilleras) en 1969. Estos manifiestos denuncian la opresión de las mujeres con metáforas que les dan sentido, por ejemplo el movimiento Women as Niggers(Mujeres como negras) representativo de una clase de mujeres blancas oprimidas. El análisis feminista radical concibe la opresión de las mujeres como un fundamento arraigado en una larga historia que produce, hoy, una toma de conciencia y una lucha común "en calidad de mujeres". Luego de las palabras y de las metáforas, estudiaremos ahora los análisis científicos. A principios de la década de 1970, los debates se desarrollaron en torno a la utilidad de conceptos sociológicos tales como: esclavos, casta, siervo, grupo dominado, grupo minoritario...

Nuevas dudas surgieron, entre las que se destaca una de las más importantes expresada por Nicole-Claude Mathieu: las ciencias humanas hacen de las categorías de sexo una variable fundamental, pero no la definen. Por ello, la autora sugirió que propusieran una definición sociológica de esta categoría que, hasta entonces, sólo se caracterizaba en términos biológicos. A excepción de las feministas materialistas, hubo que esperar a la década de 1980 para que se volviera a plantear esta cuestión dentro de una teorización feminista con mayor interés en la categoría de género que en la categoría de sexo.

Las teorías feministas

Haya sido liberal, marxista, socialista o radical, la llamada segunda ola del feminismo profundizó las estructuras concretas y simbólicas de la opresión. El feminismo materialista trascendió los análisis de la época al teorizar expresamente la relación constitutiva de las clases de sexo. Mientras que el feminismo radical estadounidense describía las clases de sexo de manera sustancialista y sin teorizar el sexo, el feminismo marxista reducía las desigualdades de los sexos a la producción capitalista. En un artículo fundador, Christine Delphy proporcionó una respuesta materialista a las preguntas de las feministas radicales sobre la opresión específica de las mujeres. De esta manera, el feminismo materialista propuso una serie de aportes que coincidieron con el proyecto feminista de una revolución copernicana. Delphy teorizó la relación específica constitutiva de las clases sexuales inspirándose en la idea marxiana de una relación social fundadora de las clases, enfoque rechazado por las feministas marxistas y perturbador para el marxismo en general. Según esta autora, el modo de producción capitalista se acompañó con un modo de producción doméstica (mpd) que contiene una relación de esclavitud caracterizada por el "suministro gratuito de trabajo en el contexto de una relación global y personal". A diferencia de las feministas marxistas como Margaret Benson, no percibe una división entre actividades productivas y no productivas, ni entre los servicios suministrados gratuitamente por las mujeres y los servicios comercializados. Así, pues, "la naturaleza de los trabajos realizados por las mujeres no define sus relaciones de producción sino que las relaciones de producción justifican que estos trabajos sean excluidos del mundo del valor monetario". Por ende –esto es de suma importancia–, se deduce que las mujeres se constituyen en una clase en calidad de grupo efectivamente sometido a esta relación de producción o destinado a serlo. Las mujeres pertenecen a este grupo independientemente de su pertenencia de clase que también influye en las modalidades del trabajo realizado dentro de un mpd. Explicitada en la revista francesa L'Arc en 1975, la corriente feminista materialista encuentra su lugar privilegiado de expresión en Questions féministes, una revista publicada entre 1977 y 1981. En la introducción de esta revista, las autoras explicitan su posición teórica y política rechazando el esencialismo del feminismo diferencialista y el reduccionismo del feminismo marxista. Desde sus principios e incluso hasta la actualidad, esta corriente genera oposiciones fuertes puesto que, tanto para las feministas marxistas como para las feministas poscoloniales, las mujeres no pueden constituirse en clase por sexo debido a su pertenencia a clases sociales antagónicas.

A partir de este debate, se desarrollan diferentes posturas: para algunas marxistas existiría un sistema unificado capitalista y patriarcal, mientras que otras adoptan una postura dualista al admitir la existencia de dos sistemas distintos y relativamente autónomos, procediendo a un análisis transversal de la relación patriarcal, en su articulación con las relaciones de clase, así como en el debate sobre el classless sex(sexo sin clase)y la sexless class(clase sin sexo). Otras personas privilegian el trabajo de las mujeres en la reproducción y lo relacionan con el trabajo productivo. Durante mucho tiempo, la producción se redujo a la reproducción biológica sobre la que se fundó la división sexual del trabajo. Como las mujeres dan a luz y amamantan, son restringidas a tareas específicas y excluidas de otras, de donde resulta dicha división sexual del trabajo y las desigualdades que se derivan de esta. En este panorama surgen los aportes fundamentales del feminismo materialista: Nicole-Claude Mathieu demuestra que al ignorar la distinción entre reproducción y maternidad, así como entre maternidad biológica y maternidad social, muchos etnólogos y etnopsiquiatras elaboraron una concepción biosocial de la maternidad cuando sólo proponen un análisis sociológico de la paternidad. Años más tarde, Paola Tabet sostiene también que la diferencia sexual no determina el género. Su análisis de sociedades anteriores a las nuestras pone en evidencia "la roca sólida sobre la que se construyó la dominación masculina", el poder de los varones sobre las mujeres basado en la violencia que remite al monopolio masculino de las armas, y el infra-equipamiento de las mujeres que remite al monopolio masculino de las herramientas. Una nueva confusión determina el lugar de las mujeres en la reproducción como tributarias de las relaciones de dominación entre los sexos, y no a la inversa.

Se reconocen finalmente, pero con distintos matices, dos sistemas analíticamente diferentes de relaciones sociales a través de los que se ejerce conjuntamente las influencias del capitalismo y del patriarcado. La influencia patriarcal se manifiesta tanto en el mercado de trabajo como en el hogar, en las políticas gubernamentales y en las instituciones jurídicas. Una feminista materialista inglesa, Sylvia Walby, teoriza la totalidad del modo de producción patriarcal que se organiza en estructuras relativamente autónomas e interdependientes, incluyendo el trabajo doméstico, el trabajo remunerado, el Estado, la violencia y la sexualidad. Como Delphy, comienza por la explotación patriarcal en el mpd, donde se oponen la clase de las productoras (las esposas) y la clase de los no productores (los explotadores o esposos). En consecuencia, sólo las esposas pertenecerían a la clase de las mujeres, excluyendo a las solteras que se vinculan con los grupos de estatus. Esta distinción acarrea problemas ya que, de hecho, las solteras también trabajan gratuitamente al cuidar de otros seres humanos, ocupan puestos "femeninos", cobran sueldos inferiores, no escapan a la violencia, no comparten plenamente el poder político y económico. Por lo tanto, ¿podemos afirmar que quedan excluidas de la clase de las mujeres? ¿Las mujeres realmente pueden apartarse de la clase por sexo?

Guillaumin: la sexoesclavitud, una relación de apropiación constitutiva de las clases de sexo

Este planteo encuentra su respuesta en la obra de Guillaumin, donde la teorización de una relación transversal logra su formulación más precisa, inspirada –a mi parecer– en sus trabajos sobre el racismo. Como ya vimos, la esclavitud que existió antes del capitalismo y luego se articuló en él, se distingue de la explotación capitalista, en la que la fuerza de trabajo se mide y se realiza a cambio de un salario. Por cierto, la esclavitud era una relación de apropiación física directa que redujo a los actores a un estado de unidades materiales apropiadas, así como máquinas productoras de la fuerza de trabajo de las que el dueño disponía gratuitamente y sin límites de tiempo. Sin embargo, esta relación aún existe en el siglo xxi cuando se trata de las mujeres, ya que todas –esposas, viudas, abuelas, religiosas, solteras– cuidan física, corporal y afectuosamente de los seres humanos, sin sueldo ni límites de tiempo: cuidan de sus hijos, nietos, hijastros, sobrinos, padres mayores, discapacitados, enfermos e, incluso, de los hombres sanos. No sólo realizan este trabajo no remunerado en el seno de la familia, sino también en hospitales, hospicios y geriátricos, o en los lugares de trabajo junto a sus colegas, jefes o alumnos. Guillaumin define la noción de sexoesclavitud como esta relación constitutiva de las clases por sexo, generalizada y que contiene dos formas: la primera es colectiva, es decir que incluye a todas las mujeres y da a luz a la segunda, la forma privada de la apropiación, posterior a ella e institucionalizada por el matrimonio (o por la unión civil).9 Se invierte entonces el análisis femenino habitual sobre el que se basa la opresión de las mujeres en el ámbito familiar aclarando la situación de las mujeres no casadas que evolucionan fuera del MPD.

La apropiación tiene expresiones concretas como la gratuidad de un trabajo sin límites de tiempo, la carga física de los miembros de un grupo, la obligación sexual, tema que Tabet toma en consideración en sus trabajos sobre el intercambio económico-sexual: "fenómeno que designa el conjunto de las relaciones sexuales entre varones y mujeres que implican una transacción económica". En vez de oponer el matrimonio a la prostitución, propone un continuum que, para algunas mujeres, consiste en idas y vueltas entre formas legítimas e ilegítimas. La idea de un intercambio económico-sexual en el matrimonio u otra unión "legítima" causa malestar en las personas que tienen una visión menos utilitarista.

Luego, Guillaumin se detiene sobre los medios de apropiación –el mercado de trabajo, el confinamiento en el espacio, la demostración de fuerza, la obligación sexual y el arsenal jurídico– que siguen estando presentes: división sexuada del trabajo remunerado, inferioridad de los sueldos de las mujeres, violencia doméstica, violaciones, crímenes de honor, restricciones de espacio puesto que las mujeres no pueden ir ni salir a cualquier lugar ni a cualquier hora. Para entender la dinámica interna en las relaciones de sexo así como su articulación con el capitalismo, Guillaumin analiza dos contradicciones: la primera opone la forma colectiva de la apropiación con la forma privada, puesto que ser la esposa de un hombre significa estar sustraída, al menos parcialmente, a la influencia de los demás. La segunda oposición se ubica entre la apropiación física directa y la venta de la fuerza de trabajo. Aunque el trabajo remunerado no acabe con el trabajo gratuito de las mujeres, así como lo corroboran numerosos estudios sobre la "conciliación familia-trabajo", el acceso al mercado de trabajo remunerado transforma las modalidades de la apropiación privada y colectiva y, más ampliamente, del sistema en su totalidad. Por ejemplo, en Quebec, el sistema de sexoesclavitud basado en la división de las mujeres en tres categorías –esposas, religiosas y algunas solteras– perduró durante mucho tiempo; todas trabajaban gratuitamente por el cuidado de los seres humanos, pero en esferas distintas y herméticas: las primeras en el hogar y las otras en hospitales, orfanatos, cárceles, hospicios, internados, casas parroquiales y escuelas. Durante la década de 1960, surge un nuevo sistema de sexoesclavitud cuyas categorías ya no son herméticas, dado que cada mujer podía ser madre, asalariada, esposa, voluntaria, moviéndose de un espacio a otro, con tacos altos o llevando puesto el burka, "libre" de elegir entre todas las posibilidades que se le ofrecían. Por medio de la realización de este trabajo, las hembras se vuelven mujeres y, de esta manera, se construyen las clases por sexo.

Por último, Guillaumin investiga los efectos de la apropiación concreta de las mujeres. En primer lugar, se le niega la individualidad –conquista tan frágil– a toda la clase de las mujeres, ya que se atenúa materialmente en otras individualidades. La pertenencia física es otra de las consecuencias que se manifiesta en su cara ideológico-discursiva, "generando la creencia en un sustrato corporal que motiva tal relación material y corporal y que en alguna medida es su 'causa'. El dominio material sobre el individuo humano implica una cosificación del objeto apropiado". En otras palabras, las unidades materiales apropiadas se vuelven cosas en el pensamiento y las características físicas de las personas apropiadas –refiriéndose al sexo biológico– se interpretan como las causas de la dominación.

Las clases por sexo: una herramienta de análisis que ilumina las zonas de sombra

La teoría de la sexoesclavitud se elaboró a partir del diálogo con otras feministas materialistas que contribuyeron conjuntamente a la teorización de la clases por sexo, lo que permitió evidenciar fenómenos invisibles y darle sentido a lo que no se entendía.

Delphy analizó la relación que opone varones y mujeres en el modo de producción doméstica articulándolo al modo de producción capitalista lo que, luego, le sirvió para explicitar cómo los varones conforman una clase cuyos miembros en su totalidad sacan provecho de la opresión de las mujeres. Por su parte, Walby propuso una periodización de la dinámica de las relaciones patriarcales interpretándola en el modo de producción capitalista al identificar todas las estructuras del modo de producción patriarcal. El feminismo materialista invierte entonces el vínculo habitual entre lo biológico, el trabajo reproductivo y el trabajo productivo al teorizar las relaciones sociales de sexo. En cuanto a Mathieu, cuestionó la sensación de fatalidad biológica que pesa únicamente sobre la mujer: criticó lo que denomina la evidencia "natural" de la maternidad y la obnubilación por el vínculo biológico madre-hijo que llevan a los investigadores a considerar al hijo, y no a la madre, como el sujeto social de la maternidad. De esta manera, la autora nos exige que corrijamos la asimetría entre los estudios biosociales de la maternidad y los sociológicos de la paternidad.

Como señala Tabet, si las diferencias biológicas determinan la división sexual del trabajo, entonces, ¿por qué se necesitan tantos conflictos y violencias para avalarla? Mathieu propone otra inversión que perturba la relación entre género y sexo. Por cierto, desde Simone de Beauvoir e incluso antes, las feministas dejaron de lado la categoría "sexo" con el objetivo de explorar la construcción de las mujeres y del género. Aunque todas (o casi todas) se pusieron de acuerdo con el rechazo de un determinismo biológico entre sexo y género, nadie cuestionó la categoría "sexo" per se a excepción de las feministas materialistas. Ahora bien, mucho antes de Gender Trouble de Butler, Mathieu se preguntó "¿[...] en qué tipo de problemática nos ubicamos cuando utilizamos la confusa expresión 'en calidad de mujeres'?". Distingue tres modos de conceptualización del sexo al volver a analizar la relación entre sexo biológico y sexo social o género: la identidad sexual, la identidad sexuada y la identidad de sexo. El primer modo de conceptualización, la identidad sexual, se basa en una conciencia individual de la vivencia psicológica del sexo biológico: es la feminidad. El sexo representa la referencia principal y la correspondencia entre el sexo y el género es homológica: el género traduce el sexo. En el segundo modo de conceptualización, la identidad sexuada se relaciona con una conciencia de grupo puesto que el género constituye la referencia principal: es la feminitud. La correspondencia entre el sexo y el género es analógica, el género simboliza el sexo. En esta etapa, se evidencia que los comportamientos sociales son impuestos a personas en función del sexo biológico. Aquí, el análisis refiere a la construcción del género. En el tercer modo de conceptualización, la identidad de sexo, la bipartición del género se percibe como ajena a la idea de sexo en cuanto a realidad biológica. El sexo social no existe, porque existe el sexo biológico. Mathieu sostiene, refiriéndose a la teoría de la sexoesclavitud, que las sociedades emplean la ideología de la definición biológica del sexo para legitimar y apoyar una jerarquía de género basada en la opresión de un sexo sobre otro. El género –el sexo social– construye el sexo biológico y no a la inversa, de donde resulta la correspondencia sociológica y política entre el sexo y el género. A partir de ese momento, el sexo se asocia a la clase por sexo y tiene como referencia principal la heterogeneidad del sexo y del género. El sexo, como la raza, es una marca inscrita en el cuerpo que se utiliza para identificar categorías construidas por una relación de apropiación.

Por último, la teoría de la sexoesclavitud favorece el desarrollo de un paradigma multidimensional que no se limita a una sola línea de determinación, escapando así al doble reduccionismo criticado por Stuart Hall hace más de veinte años. El primero, vertical, reduce las instancias políticas e ideológicas de una formación social a lo económico, incapaz de delimitar sus mediaciones que nunca son inmediatas. El segundo, horizontal, ignora la multiplicidad de las contradicciones sociales, cada una de ellas refiriéndose a orígenes distintos y generando categorías diferenciadas. Al teorizar cada relación transversal y todas sus instancias, se puede entender su especificidad, articularlas y examinar su consustancialidad, es decir, su interpenetración y su coextensividad o la manera en que se constituyen mutuamente. Este enfoque comprensivo de la dominación sexual y racial no toma las relaciones sociales de producción ni las de norte-sur como único fundamento material. Además, permite entender cómo se construyen las clases por sexo en el caso de la burguesía y del proletariado, de los grupos étnicos mayoritarios y minoritarios.

Los análisis de la relación entre género y nación representan un ejemplo perfecto de la articulación de las relaciones sociales, mientras que el libro de Capitan ilustra la consustancialidad y la coextensividad de las relaciones de sexo, de la abolición de la servidumbre y de la construcción de la nación durante la Revolución Francesa. Muestra cómo la opresión de las mujeres fue completamente reestructurada por la revolución que, por cierto, liberó toda la propiedad pero solamente a la mitad de las personas, los varones-ciudadanos. Con el pretexto de la "Naturaleza" y por decretos sucesivos, cuando la revolución construyó la nación, excluyó metódicamente a las mujeres del derecho electoral, de la guerra revolucionaria, de la ciudadanía. Lejos de ser una equivocación, la exclusión de las mujeres se constituye en el objetivo de la construcción nacional, siendo el elemento que guía la formación de la entidad nacional. Pese a su privación de derechos cívicos, son capacitadas para satisfacer las expectativas y necesidades de la nación, por lo tanto, se transforman en los medios de la construcción nacional.

De esta manera, el reconocimiento de las clases por sexo es necesario para analizar la construcción de categorías sociales, tales como las mayorías nacionales, proceso que, por sí mismo, transforma las relaciones de sexo. Además, desplaza nuestra mirada desde la homogeneidad de las mujeres a la homogeneidad de la clase de las mujeres, influyendo radicalmente en los análisis teórico y político de las oprimidas.

De la conciencia dominada a la conciencia de clase

Anteriormente, vimos que pensamiento y acción se entremezclan en la obra de Guillaumin. Sus trabajos se caracterizan como un acto contestatario que sacude las estructuras del saber dominante. Su teorización fomenta la acción al poner en evidencia que la idea de Naturaleza exhibe un carácter impuesto y, por ende, contingente a la dominación. En fin, su obra orienta la lucha hacia la abolición de las relaciones de apropiación uniendo la ideología naturalista con la faceta concreta de estas relaciones. Sin embargo, si la teoría es una acción que se traduce en la acción, esta trayectoria no es lineal.

Acerca de los efectos concretos de la ira de los oprimidos

Aunque los análisis sobre el carácter ideológico de la raza quebrantaron la teoría racista y sirvieron para abolir las instituciones jurídicas de la segregación y del apartheid, las desigualdades raciales siguen existiendo, lo que, pensándolo bien, no es sorprendente. Por cierto, estas desigualdades están arraigadas en una relación concreta de la que algunos sacan beneficios importantes; por ende, es necesario seguir luchando contra las nuevas formas de explotación y de discriminación.

En cuanto a las relaciones de sexo, la ira de las oprimidas también generó cambios importantes. Se teorizaron las metáforas de la opresión –siervo, casta, esclavos, "negros"– mientras se puso en evidencia el androcentrismo del saber dominante y se analizó la dominación masculina. Por supuesto, se redujeron las desigualdades económicas, políticas y jurídicas entre los sexos, pero –al igual que las desigualdades raciales– no desaparecieron. Sin embargo, ocurre algo de mayor importancia. Si bien se pone en tela de juicio la ideología racista, la idea de grupo natural se mantiene muy arraigada cuando se trata de las categorías por sexo. Por más que se reconozca la existencia del racismo y la obligación de luchar contra él, los medios progresistas e, incluso, dominantes mantienen una actitud más reservada respecto de las luchas contra el sexismo, consideradas obsoletas. El feminismo suele ser deslegitimado, porque adquirió una connotación negativa aún mayor que en el pasado.

La transformación de las relaciones de sexo provocó la ira de los opresores, manifestada particularmente en varios fundamentalismos que defienden la ideología de una Naturaleza específica de las mujeres, justificando así la división sexual del trabajo y, de manera más amplia, la separación de las esferas masculina y femenina. En las sociedades donde la igualdad de los sexos se presenta como un valor central, incluso, como un marcador de la identidad nacional, subsiste la violencia contra las mujeres: en la familia, que sigue siendo el lugar más peligroso; en las relaciones "amorosas", por ejemplo, en un date-rape o violación durante una cita; y, también, en las venganzas después de una separación. Por otra parte, hay clínicas de aborto que fueron cerradas y hasta bombardeadas, se promueve el aumento de la natalidad, sigue existiendo la desigualdad salarial, se reduce la liberación de las mujeres a la liberación sexual, se promueve la hipersexualización de las mujeres así como la de las pre-adolescentes e, incluso se "generiza" la vestimenta para bebés. El discurso dominante enmascara las relaciones de sexo: la pobreza de las mujeres se disimula detrás de la pobreza de los hijos, la articulación del trabajo remunerado con el trabajo gratuito se presenta en términos de conciliación familia/trabajo, la violencia contra las mujeres se esconde detrás de la expresión "violencias sexuales". En definitiva, se defiende la idea de una cultura de los sexos radicalmente diferente –los hombres son de Marte, las mujeres de Venus–, arraigada en la maternidad, en el hecho de que una sea madre o no.

Del lado de las dominadas

Se sostiene que la ira de los oprimidos no tiene por qué sorprender ya que, de hecho, defienden sus intereses. Sin embargo, las reacciones de algunas oprimidas frente a los análisis feministas son aún más desconcertantes: negación, temor, irritación, rechazo. Incluso muchas feministas, si no se trata de la mayoría, rechazan la sexoesclavitud, su existencia y, por ende, su estudio. ¿Cómo entender lo que a primera vista parece paradójico –volviendo a la relación de sexoesclavitudy, más precisamente, a sus estructuras simbólicas–?

El análisis de Mathieu sobre la conciencia dominada de las mujeres y las trabas para que puedan afirmarse como sujeto "Yo" es de suma importancia. Para las mujeres, "pertenecer a" no sólo quiere decir "formar parte de" sino también "ser propiedad de". Por ello, en sociedades muy diferentes, se encuentran puntos comunes en las restricciones que obstaculizan la Conciencia de sí mismas, distintas de las que experimentan otros oprimidos. Primero, parte de sus restricciones mentales se relaciona inextricablemente con sus restricciones materiales en la organización de las relaciones con los varones. En virtud de la relación de sexoesclavitud, las mujeres se diluyen en otras individualidades, consumidas física y mentalmente. En segundo lugar, son prácticamente confinadas al hogar puesto que no son bienvenidas en los espacios públicos, a veces, hasta se les prohíbe el acceso. Por último, se impone una restricción a sus conocimientos sobre la polis, la sociedad, la política, de donde resulta la anestesia de su conciencia.

Otras mujeres se identifican con el Sujeto, es decir con el varón-referente, ya que "los varones que controlan a las mujeres (con modalidades distintas según las sociedades) se materializan en un auténtico espejo para ellas, en el doble sentido de referente que se entromete en la conciencia propia y de superficie opaca que refleja las decisiones masculinas en cuanto a su vida, a sus actos... y a su muerte". Se aferran a lo que Guillaumin llama la fantasía de nuestra autonomía e individualidad.

Algunas mujeres son conscientes de la opresión y buscan sus causas externas. Por un lado, están las que vuelven a la noción de Naturaleza como las ecofeministas criticando a Elisabeth Badinter que dejó de lado el aspecto biológico de las mujeres en su último libro. En un artículo recientemente publicado en el diario parisino Libération, estas ecofeministas le reprochan al feminismo igualitario inspirado en de Beauvoir el hecho de prescindir "del aspecto biológico de la diferencia de sexos" y al feminismo de sus madres, el hecho de influenciar sobre las mujeres "para que adopten conductas masculinas en detrimento de ellas mismas y de sus hijos".

Por otro lado, están las mujeres que vuelven a otros sistemas de dominación. A partir del momento en que se buscó comprender la opresión específica de las mujeres –comparándola con la opresión de los proletarios, de los colonizados y otros oprimidos– y construir una sororidad transversal, rápidamente empezaron a criticar el feminismo radical, blanco y pequeño-burgués que buscaba construir una falsa solidaridad que disimulara la heterogeneidad de la categoría de las mujeres. Por supuesto, se tiene que tomar en cuenta la heterogeneidad de la clase de las mujeres así como la divergencia de intereses que fueron desplazados y reforzados por los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001. Aunque las feministas negras profundizaron muy bien estos temas, la meta fundamental reside en la manera en que se teorizan.

Ciertas feministas, sobre todo las marxistas, eligieron subrayar las diferencias entre mujeres que denunciaban en un primer tiempo el esencialismo de las feministas radicales y materialistas. Por cierto, rara vez la teoría marxista de las clases fue calificada de esencialista, sin embargo, no percibió a tiempo la heterogeneidad del proletariado, concepto ya tenido en cuenta por la crítica feminista radical. Más recientemente, las feministas poscoloniales rechazaron la pretensión universalista de un feminismo occidental y centrista que ocultaría los antagonismos entre mujeres mayoritarias (blancas) y mujeres minoritarias (de color), que se desarrollan entre los países (norte/sur) y también dentro de sus fronteras (migratorias, étnicas, racializadas). Por ende, investigaron más el fraccionamiento de una categoría social que se construiría principalmente dentro de un proceso de aculturación –no se nace mujer, se llega a serlo– modulado por la pertenencia nacional y de clase. Puesto que no se cuestiona el fundamento material específico de las categorías por sexo, el constructivismo culturalista se asimila al reduccionismo. Al subordinar el género a otras relaciones sociales, este enfoque lo sitúa, así como las relaciones entre los géneros, en la instancia cultural, probablemente determinada por la instancia económica, las relaciones de clase, clásicas o poscoloniales. La reducción, por un lado, de la opresión de las mujeres proletarias al capitalismo y, por el otro, de la opresión de las mujeres colonizadas, inmigrantes y racializadas al poscolonialismo, parece ser más aceptable que adjudicarla a la sexoesclavitud; en definitiva, se aproxima a una identificación con el varón-referente. Se critica el capitalismo, el poscolonialismo y a las mujeres que sacan provecho de ellos. Bien. Pero si siempre se limita el análisis a una comparación entre mujeres, entonces, se oculta la relación de sexoesclavitud callando así los provechos que sacan los varones, tanto de la burguesía como del proletariado, tanto de los países del norte como del sur, tanto de las minorías como de las mayorías, según modalidades propias.

La homogeneidad de las mujeres: un proyecto político que pasa por el reconocimiento de la sexoesclavitud

En el nombre del antiesencialismo, mientras esas corrientes se dedican a desarticular la categoría mujeres, a desestabilizarla, el feminismo materialista, por su lado, teoriza la relación de dominación constitutiva de las clases por sexo proponiendo un análisis de la explotación y apropiación de las mujeres por los varones –blancos y negros, del norte o del sur, burgueses o proletariados– que trasciende el culturalismo y el sustancialismo. Por consiguiente, está capacitado para articular, en vez de reducir, las relaciones sociales de sexo con otras relaciones sociales teniendo en cuenta las instancias económica, política e ideológico-discursiva específicas de cada una de ellas.

Por último, otras feministas le reprochan explícitamente al feminismo materialista tener una concepción homogeneizante de la categoría de las mujeres. Éléonore Lépinard formula la siguiente pregunta: "¿Cuál es el estatuto de la categoría 'mujeres', figura central de la identidad feminista?" Dado que teorizan la opresión de sexo como transversal a las clases sociales, las feministas materialistas otorgarían una preeminencia de la diferencia sexual por encima de las otras diferencias sociales que caracterizan a las mujeres como un grupo homogéneo, determinado por una opresión común más allá de las otras divisiones sociales. Es la razón por la que el feminismo materialista sería responsable en Francia de la ausencia de articulación entre raza y sexo. Pero cuando Lépinard establece una ecuación entre opresión común y grupo homogéneo pasa subrepticiamente de la relación de opresión a la categoría de las oprimidas, estando la última por debajo de aquella. Por otra parte, teorizar una relación transversal no equivale a ubicarla por encima de otras divisiones, pero tampoco a menospreciar otras relaciones, salvo –quizás–, en el caso de los marxistas. Tampoco equivale a establecer correspondencias, incluso, un lazo necesario, entre clases de sexo y sororidad. De hecho, ¿qué entendemos exactamente por homogéneo?, ¿sería una esencia, una cultura o una experiencia en común? Lépinard precisa que en el caso de las feministas materialistas, la homogeneidad no es empírica sino normativa y representa un objetivo político, no un grupo concreto.

Por lo tanto, es necesario volver al objetivo político y a su emergencia. En el caso de la sexoesclavitud, Guillaumin menciona que las mujeres son destinadas a usos concretos diseminados: "En una especie de patchwork de existencias, tenemos que vivir experiencias distintas pero a la vez interconectadas entre ellas" de donde resulta su fragmentación a nivel ideológico. Luego agrega: "Nuestra resistencia a ser utilizadas (resistencia que crece cuando la analizamos) hace que nuestra existencia sea homogénea". Por ende, la resistencia a la dominación es la que crea el "Nosotras": la homogeneidad se revela como un proyecto inseparable de la relación que nos constituye como mujeres y, a su vez, es fuente de nuestra conciencia política y de clase. No obstante, esta relación cuyo reconocimiento provoca ira y lucha para su abolición "... tendemos a negarla, olvidarla y descartarla...". Finalmente, agregaré que, con el objetivo de deslegitimar esta relación, tendemos a calificar de esencialista y homogeneizante al feminismo materialista. En cambio, lo correcto sería descubrirla, delimitarla, profundizarla y describir su funcionamiento y sus modalidades. En este campo como en otros, conciencia, teoría y acción van de la mano.

Notas

1Titulo original Colette Guillaumin: la théorie comme acte contestataire.

2La presente interpretación de los trabajos de Colette Guillaumin y del feminismo materialista es exclusivamente de su autora.

3Cita original: "representational process whereby social significance is attached to certain biological (usually phenotypical) human features, on the basis of which those people possessing those characteristics are designated as a distinct social collectivity".

4N. de T.: este manifiesto reivindica las apelaciones de bitch (puta, perra). Denuncian la relación entre la prostitución y la institución del matrimonio.

5N. de T.: acrónimo cuya significación en inglés es Witches International Conspiracy From Hell; en español,Conspiración internacional de brujas del infierno.Asimismo, el acrónimo en sí se traduce por "bruja" (en inglés, "witch").

6N. de T.: Movimiento radical feminista. Literalmente, Redstockings se traduce por "medias rojas".

7 N. de T.: Society for Cutting up Men; en español, Sociedad para castrar a los hombres.

8N. de T.: nombre de un diario feminista del Partido Comunista Francés (pcf). A su vez, la expresión voir rouge significa "ponerse furioso/a"

9En el texto original, el pacs (en francés: Pacte civil de solidarité).

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