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Revista SAAP

versión On-line ISSN 1853-1970

Revista SAAP v.3 n.3 Ciudad Autónoma de Buenos Aires ene./jun. 2009

 

NOTAS

Elogio de la política comparada*

Manuel Alcántara Sáez

Universidad de Salamanca
malcanta@gugu. usal. es

Soy un politólogo al que un cierto espíritu emprendedor articulado tras la búsqueda del saber le ha llevado, de manera primero personal y luego colectiva, a ser consciente de la necesidad de basar su conocimiento en las bondades de un método de investigación. En esta exploración he encontrado en la comparación la más rica y productiva de las opciones, de forma que el poder explicativo del método comparado ha terminado convirtiéndose en una de mis más fuertes convicciones intelectuales. Ustedes al brindarme hoy este reconocimiento así también lo han considerado entre sus motivos. Me enorgullece que ustedes valoren mi contribución desde la academia a mitigar el diagnóstico de los cien años de soledad que brutalmente aisló a los países latinoamericanos al renunciar a ser referentes teóricos unos de los otros. La dependencia conceptual de interpretaciones importadas de una realidad diferente, así como el desconocimiento del patio del vecino fue durante un largo lapso la nota dominante, no sólo en las ciencias sociales, sino en el ámbito genérico del saber, en el espacio tanto latinoamericano como iberoamericano. Mediante la comparación huimos del parroquianismo, concebimos taxonomías más sólidas y, sobre todo, utilizamos un riguroso método de control que se apoya en la verificación empírica de las hipótesis, así como de las generalizaciones y de las teorías que afectan a los fenómenos políticos. Algo que nos aproxima a generar conocimiento científico.

Quien es el patrón laico de la ciencia política, Nicolás Maquiavelo, ya apuntó un evidente reconocimiento de la utilidad del método comparado al establecer en el prefacio de El Príncipe que su obra surgía del "conocimiento de la conducta de los mayores estadistas que han existido", habiéndolo adquirido gracias a las "vicisitudes políticas de nuestra edad y por medio de una continuada lectura de las antiguas historias". La comparación sincrónica y la diacrónica simultáneamente surgían así, como una fértil receta para alcanzar el saber político. Esta cita no por desconocida pero sí con frecuencia olvidada es un excelente jalón para compartir con ustedes mis inquietudes sobre el papel de la política comparada en torno a la cual pretendo elaborar un efímero elogio.

Antes de Maquiavelo, Aristóteles y Platón, y después Montesquieu, Hegel, Tocqueville, Marx, Mill y Weber, hicieron también, entre otros, análisis comparado de la política, pero aquí no me queda más remedio que, por razones de tiempo y de oportunidad, dar un gran salto en la historia hasta situarles hace apenas un siglo. Es en torno al final de la década de 1950 cuando se alcanza lo que en mi opinión es la mayoría de edad de la ciencia política. En ese entorno, y bajo la potente conceptualización del sistema político, fue cuando Almond y Powell nos brindaron una guía de trabajo que partía de un axioma simple: "todos los sistemas políticos pueden ser comparados en términos de la relación entre funciones y estructuras". La utilidad de una aproximación según la cual se hacía posible comparar sistemáticamente las características asociadas a un tipo de sistema con otras asociadas a uno distinto fue defendida con ardor en virtud de que la comparación poseía una indudable capacidad a la hora de abrir el camino para la formulación de hipótesis generales sobre los tipos de relaciones asociadas.

El avance de la política comparada en las últimas décadas ha podido ser el responsable de generar un espacio de estudio densamente poblado en el que, como nos advierte Sartori, se dan cita académicos no comparativistas sin interés, ni noción alguna ni capacidad a la hora de comparar. Si la política comparada es un dominio de la disciplina distintivamente definido por la utilización de un método concreto, desde la década de 1960 hasta nuestros días la literatura sobre política comparada ha inundado los anaqueles de las bibliotecas. Sin dejar de estar presente la centralidad del método, como podemos constatar en los influyentes trabajos de Ragin, Landman, Collier y de "nuestro" Juan Linz, entre muchos otros, Sartori, no obstante, no ha dejado de sentirse insatisfecho ante los resultados de una disciplina con problemas, según su propio diagnóstico, en sus ámbitos lógico, metodológico e incluso lingüístico que le alinean con la advertencia de Przeworski, cuando señala que lo esencial del método comparado "no es la comparación sino la explicación".

Si en un principio lo que se deseaba era emular el trabajo de las ciencias naturales a la hora de buscar regularidades pronto topamos con los efectos que sobre las relaciones de poder ejercían los valores, las creencias y los intereses personales de los individuos. El marco de análisis construido primero sobre normas y luego sobre estructuras se complicaba y era forzoso ampliar los instrumentos metodológicos para gestar aproximaciones más fiables. El impacto de la revolución behaviourista fue, en este sentido, determinante a la hora de aportar soluciones. Primero la formalización a través de encuestas y luego mediante el análisis de las opciones maximizadoras de la elección racional, atrajeron al cálculo matemático como apoyo para la verificación de las hipótesis. Con frecuencia se han contrapuesto los métodos comparado, estadístico y de la elección racional, cuando pueden ser integrados perfectamente haciendo una comparación más fértil. Ligar el método comparado a la existencia de un número relativamente pequeño de casos empobrece su alcance potencial y lo encapsula en un normativismo metodológico excesivamente rígido. En cualquier caso, y como señala Lijphart, el método comparado termina resultando "un instrumento para descubrir relaciones empíricas entre variables, no un método de medición".

Como ha quedado ya manifestado, reivindico la necesidad de apoyar el conocimiento en observaciones que, a ser posible, fueran fácilmente medibles para su ulterior cuantificación. En este sentido viene a mi memoria el recuerdo que Gabriel Almond suscita al rememorar el texto que tanto le impactó situado en el frontispicio del edificio de Investigación en Ciencias Sociales de la Universidad de Chicago "nuestro conocimiento es poco si no podemos medirlo". La cuantificación es un instrumento poderoso del saber, no es la única aproximación al mismo, pero contar nos ayuda a entender más sencillamente las cosas y nos facilita la mejor interpretación matemática de sus relaciones causales. Bien es cierto, no obstante, que debo matizar el valor de la cuantificación ya que recientemente se han desarrollado estrategias analíticas innovadoras (ahí están los trabajos de Ragin con el análisis cualitativo comparativo y el análisis de conjuntos borrosos) para lidiar con aquellas situaciones en las que es difícil la cuantificación y en las que el número de casos es reducido. Ello ha aumentado la versatilidad de la caja de herramientas de los comparativistas y la posibilidad de combinar estrategias cualitativas y cuantitativas con una vocación siempre comparativa.

La integración del método comparado junto con una visión cuantitativa de la ciencia política ha supuesto, por mi parte, una ruptura considerable con patrones de análisis casi exclusivamente centrados en los estudios de los casos nacionales, que pontificaban el excepcionalismo del país en cuestión, y con aproximaciones especulativas que terminaban rayando con la opinión que tanto han dominado el pasado de la disciplina en nuestros países.

Ahora bien, si las instituciones importan las personas también o aún más. Algo que me recuerda que la importancia que ha tenido el neoinstitucionalismo para el desarrollo de la disciplina no debe dejar de lado aproximaciones clásicas que se centren en la actuación autónoma de las gentes y se engarce de manera sistémica con las instituciones. Ello es algo que particularmente me genera inquietud intelectual de manera que, con el acicate que esta distinción supone en mi carrera, espero que gracias a su impulso centre mi agenda de investigación de los tiempos venideros en el papel de los políticos. Ahí también la comparación no sólo es posible sino que se muestra imprescindible.

Pongamos por ejemplo el estudio de la calidad de los políticos algo que me parece especialmente oportuno como para centrar la atención investigadora. Estimo que la calidad de los políticos puede venir integrada por la yuxtaposición de tres grupos de variables que están compuestos por sendos ejes de ciudadanía, profesionalidad y liderazgo. Es decir, un político de calidad puede concebirse como el reflejo del ciudadano ejemplar, pero también como un profesional que lleva a cabo perfectamente sus tareas específicas y, finalmente, como alguien que es capaz de ilusionar a las masas y conducirlas hacia una meta deseada. En estas rápidas reflexiones no voy a abordar la primera de estas facetas centrándome brevemente en la profesionalidad y el liderazgo como aspectos más substantivos.

Si bien la profesión del político ha recibido atención académica muy notable, la mayoría de los trabajos se han centrado en perfiles biográficos de ámbito socioeconómico, familiar y educativo, donde la variable más relevante era la de su propio proceso de socialización. Ahora bien, en el camino hacia la profesionalización de un político se da un juego que se desarrolla a lo largo de un determinado lapso donde se confrontan variables contextuales con otras de carácter intrínseco. En sendos tipos de variables tiene un espacio imprescindible la perspectiva comparada.

De entre las primeras caben destacar tres: en primer lugar se encuentra el grado de institucionalización del sistema político, que hace alusión a la estabilidad de las reglas electorales y la confianza en las mismas así como el grado de perdurabilidad y de funcionalidad de los partidos políticos y de los sistemas de partidos que aseguran un clima de sosiego y de cierto nivel de certidumbre para el desarrollo de las diferentes tareas; en segundo término se puede considerar el nivel retributivo de la clase política, tanto en lo relativo al salario como a la existencia de otra serie de recursos que permitan generar un clima de confort y de previsibilidad a la hora de alcanzar ciertas ambiciones materiales; y, finalmente, los incentivos metainstitucionales de los que es potencial beneficiario el político que van desde aspectos intangibles como es el prestigio o la popularidad a la promoción social y a la apertura a los cenáculos de la elite económica donde muchos de ellos terminan quedando integrados.

En cuanto a las segundas deben considerarse facetas vinculadas al proceso de socialización en la política de los individuos que apuestan por ella como son la experiencia del político adquirida en el seno del partido medida por el tiempo de militancia así como por las responsabilidades adquiridas, pero también en el oficio público (como representante o como cargo ejecutivo con un nivel mínimo de responsabilidad). Su nivel educativo es asimismo ponderable tanto por las destrezas adquiridas como por lo que el mismo conlleva en el camino del ascenso social. Por último es igualmente tenida en consideración la evaluación popular de su tarea medida a través de la valoración de la opinión pública, en tanto que satisfacción y reválida de su actuación cotidiana por el pueblo soberano.

La relación entre liderazgo y política ha sido tortuosa en la medida en que diferentes formas de conducción política muy centradas en el líder han tendido a generar modelos de gobierno fuertemente personalistas y, con frecuencia, autoritarios. La irrupción generalizada de la democracia ha tendido a diluir el impacto del liderazgo como consecuencia del componente representativo de la misma sin que ello supusiera su desaparición. De esta forma se ha vuelto ineludible retomar su estudio adecuándolo a la nueva situación. En este sentido, el perfil del liderazgo político en sistemas democráticos puede ser analizado bajo un esquema que da cabida, según Sashkin, a diez escalas en las que en cada una de ellas se miden aspectos específicos del carácter o del comportamiento del líder.

Se trata de: la capacidad de gestión que mide la forma en que un líder desempeña cotidianamente las tareas básicas administrativas o de gestión; la equidad en la recompensa que se proyecta en la capacidad que tienen los líderes de prometer a sus seguidores lo que ellos valoran a cambio de su correcto rendimiento; la habilidad en la comunicación interpersonal por la que mediante metáforas y analogías los líderes consiguen que ideas abstractas sean claras; la credibilidad; el respeto y la preocupación por los demás que muestra el líder; la capacidad de creación de oportunidades para los seguidores para ser empoderados; la auto confianza; la centralidad de los seguidores mediante la cual un líder ve a sus seguidores como socios empoderados más que como subordinados fácilmente manipulables; las propuestas a largo plazo de carácter imaginativo; y la construcción de creencias y de valores compartidos que faciliten un rendimiento efectivo. Este decálogo permite configurar una aproximación al liderazgo político democrático mediante unos indicadores claros de medición.

Profesionalización y liderazgo, bajo reglas de juego democráticas, interactúan de manera relevante proyectando la figura de un político que establece nítidas diferencias con sus competidores. Las diferentes variables enunciadas dibujan perfiles muy variopintos que definen modelos de políticos altamente peculiares.

Estos aspectos que guían mi trabajo y que precisan las líneas de contacto con mis colegas y mis estudiantes no olvidan la crisis permanente que invade a la ciencia política en la medida en que lo está el binomio conceptual que integra su propio enunciado. El saber acerca del poder hoy sigue cuestionándose en la medida de las limitaciones de ambos. Si las diferentes teorías acerca del conocimiento científico ponen cotidianamente de relieve la inseguridad sobre la capacidad del mismo, las diversas aproximaciones al objeto primordial de la disciplina, que no es otro sino el poder, no se quedan a la zaga. Se diría que la más de las sombrías incertidumbres hobbesianas se yergue sobre la relación entre el poder y el saber. Como he podido leer recientemente "ni uno sabe tanto ni otro puede tanto".

Es probablemente esa titubeante relación la que mejor enmarca el estado de la disciplina hoy en día cuando el estudio sistemático y riguroso de cómo el sistema convierte las demandas en decisiones se hace cada vez más proceloso. De repente la búsqueda de legitimación se alza como un imperativo dual. Por una parte, se trata de la imprescindible legitimación democrática de cualquier decisión política que está en la actualidad afectada tanto por la penuria de los procedimientos como por la lejanía de los ciudadanos. Por otra parte, el saber se encuentra necesitado de contar con legitimación social. La desesperación presente acerca de la ignorancia real en torno a cuestiones que invaden el terreno político sobre los grandes acontecimientos recientes que van desde la crisis financiera internacional a los problemas medioambientales, temas ambos que requieren de la política comparada, son un ejemplo de ello.

Agradecimientos

A veces he escuchado elogios por mi capacidad empresarial universitaria, por mi habilidad a la hora de promover equipos de investigación, de establecer redes académicas y de organizar seminarios. Es muy posible que esa sea la razón fundamental por la que esta tarde de primavera porteña me encuentre entre ustedes. Reconozco que proviniendo de una sociedad con fuerte influencia católica, parafraseando forzadamente a Max Weber, el espíritu capitalista que podría estar detrás del término "empresarial", me llevaba al repudio y, por tanto, a la no aceptación y condena de mi supuesta condición de empresario universitario. No sería un elogio, más bien lo contrario. Sí que creo, no obstante, y practico una acepción diferente al término "empresarial" que le hace sinónimo tanto de institucional como de fabril. Creo en el esfuerzo cotidiano que lleva a poner en marcha instituciones así como en el valor de la interconexión humana, en el potencial del conocimiento recíproco, en la necesidad de relacionar a personas con bagajes culturales, teóricos y epistemológicos muy diferentes. Sostengo que, si bien nuestro trabajo tiene un componente solitario muy notable, es imprescindible apoyar y apostar por la gente vocacional, interrelacionar al mundo académico, abrir espacios de intercomunicación, dilucidar temas de estudio e investigación relevantes, presionar conjuntamente a los responsables públicos para llamar su atención de cara a la provisión de fondos para el trabajo cotidiano. Y curiosamente (o quizás no) estos rasgos que me describen, sintetizan también el carácter de esta Universidad Nacional de San Martín que, dado su enclave geográfico y la historia del partido en el que está situada, quiere distinguirse, según versa su Visión. "... por su carácter emprendedor e innovador, (y) por su vocación asociativa ... ".

Al recibir de Marcelo Cavarozzi la noticia de la concesión por parte de la Universidad Nacional de San Martín de su más alta distinción académica, dos imágenes vinieron abruptamente a mi cabeza. La primera, y creo que no podía ser de otra manera dada la generación a la que pertenece quien les habla, tenía un componente totalmente cinematográfico. No se sorprendan. Contrariamente a lo que ustedes podrían suponer de un profesor que proviene de la Universidad de Salamanca, donde el ceremonial de los doctorados honoris causa conlleva la carga de los ya casi ochocientos años que pesan sobre su historia, no era la evidencia y el significado de los doctorados en el longevo estudio salmantino. Era el recuerdo de una película que me impactó la primavera vez que la visioné hace cuarenta años y que sigue inquietándome cada vez que la vuelvo a ver. Se trata del memorable trabajo de Ingmar Bergman, "Fresas salvajes". Por si su memoria les falla, su argumento gira en torno a la figura de un anciano y sabio profesor en los prolegómenos de la recepción de su doctorado que incluye los sueños de la víspera y los producidos en un descanso de su viaje en automóvil desde la ciudad en que reside hasta la ciudad donde se le otorga la distinción. Mi derivada perplejidad era y sigue siendo, por tanto, natural, ni me tenía (tengo) por anciano, ni, menos aún, por sabio. Pero debo reconocer que los sueños, que articulaban los dramas recurrentes de toda vida humana, sí que me han acompañado estos días: el paso del tiempo, las relaciones personales, la felicidad, la desgracia, la infancia, el amor, la muerte, algo más sustantivo que la de la mera carrera académica.

La segunda era (sigue siendo) la excitación que producía en mí el hecho de que la concesión de este reconocimiento viniera de Argentina. Aunque mi carrera académica e investigadora, como ya ha quedado suficientemente señalado hace unos minutos, es la de un comparativista, Argentina fue el primer país de América Latina que hace treinta años visité, fue también el primero que atrajo mi interés como investigador y del que procedieron mis primeros estudiantes de doctorado. Aún en el presente el número de estudiantes de doctorado de este país que he tenido con sus tesis culminadas superan a los de otras nacionalidades latinoamericanas. Hoy es forzoso recordar sus nombres: Mario Serrafero, Jorge Alegre, Flavia Freidenberg y, en puertas, Fernando Pedrosa. La realidad argentina también estuvo presente en las tesis doctorales de esos excelentes académicos, y mejores personas, que son Esther del Campo e Iván Llamazares, ahora ambos catedráticos en España.

Argentina es un pedazo de esa otra gran "patria grande" que es el centro de mi interés, y que es América Latina, cuya presencia es, además, muy importante en mi corazón. Su realidad, cuando las cosas van mal, me hiere. La vitalidad e inteligencia de sus gentes son un permanente acicate frente a cualquier signo de monotonía y de conformismo. En Argentina no hay razón de ser para la mediocridad y, aunque la melancolía pueda ser un atributo porteño, la vivacidad y el talento opacan cualquier tentación hacia la depresión. Argentina está permanentemente en mi memoria. Para un lector empedernido de literatura latinoamericana permítanme el desliz de recordar, entre muchas, las palabras de Ricardo Piglia en Respiración artificial que tan bien definen el papel de la memoria sin la que todos nos abrasamos: "Un poeta sin memoria... es como un criminal abrumado y casi anulado por la decencia. Un poeta sin memoria es un oxímoron. Porque el poeta es la memoria de la lengua".

Recibir hoy la más alta distinción académica de la Universidad Nacional de San Martín es un honor y supone establecer un compromiso. No estoy seguro, sin embargo, que el reconocimiento que se me ofrece sea merecido.

Este doctorado representa un honor por cuanto que esta, aún joven, Universidad pública es ya hoy en día un referente fundamental de buen hacer, de calidad sobresaliente y de nivel muy elevado de la ciencia política no sólo en Argentina, sino también en América Latina. El nivel y el rendimiento de la plantilla de su profesorado y de su personal investigador, los resultados de su programa de doctorado así lo determinan. Pero es también un honor por el significado que tiene el hecho de que dos de mis maestros fundamentales como son Marcelo Cavarozzi y Guillermo O'Donnell estén vinculados a esta Casa de Estudios y el primero sea hoy mi valedor en este acto académico. Maestros no desde el aula, sino, como a tantos otros colegas les ha sucedido, maestros desde sus escritos, desde su prolífica e imprescindible producción intelectual centrada en aspectos básicos en torno al Estado y a la democracia en América Latina. Pero también maestros desde la conversación inteligente, el intercambio personal de ideas, la crítica directa en seminarios y conferencias, en fin, las tertulias vibrantes de los temas más variopintos. No menos importante es asimismo contar entre la plantilla del profesorado de la Universidad Nacional de San Martín con antiguos estudiantes míos de doctorado en Madrid que ahora son excelentes profesionales que unen a su tarea docente e investigadora labores de gestión como es el caso de Gabriela Delamata o, en otra Escuela, de Gerardo Aboy Carlés.

Esta distinción genera asimismo en mí un compromiso para con esta universidad, con quien a partir de hoy y por decisión de su cuerpo académico quedo vinculado como uno más de sus egresados. Una universidad, pública y metropolitana, que en sus ya quince años de andadura ha sabido posicionarse en el rico panorama de la educación superior argentina como una institución puntera. Venimos de una tradición, al menos es así en la universidad española, donde las ataduras institucionales son a veces demasiado laxas. Quiero aquí reivindicar la puesta en valor del vínculo con quienes son nuestras "alma mater". La importancia, si permiten ustedes el término coloquial, de sentir "una camiseta", el orgullo de reconocer las raíces y la presencia y el peso de quienes contribuyeron a su desarrollo. Una reivindicación, por otra parte, ni sectaria ni limitada ni, menos aún, excluyente. Si aceptamos que somos poseedores de múltiples identidades que generan otras tantas lealtades, permítaseme entonces que subraye el compromiso que este acto supone a la hora de adquirir una nueva identidad "sanmartiniana" y una sólida lealtad hacia esta universidad, y en especial a su Escuela de Política y Gobierno, y lo que ella supone de compromiso de mi tarea académica e investigadora en el futuro esté donde esté.

Pero también señalaba mis dudas en torno a la oportunidad del reconocimiento que hoy se me hace. No teman, ni voy a esgrimir argumentos que rayen en la falsa modestia ni pretendo cuestionar una decisión tomada por las autoridades académicas del Consejo Superior de esta universidad. Las dudas seguirán ahí como patrimonio de alguien que en su acerbo cobija al término dudar como uno de sus primigenios principios vitales.

Es muy posible, sin embargo, que la oportunidad de mis supuestos méritos, que son la excusa para compartir este acto con ustedes, sí sea una tarea colectiva. Como diría el clásico, "he cabalgado sobre hombros de gigantes".

Durante mis ya cerca de cuarenta años de vida universitaria he tenido (tengo) maestros (y no quiero dejar pasar la oportunidad de recordar a Federico Gil y a Antonio Lago Carballo), colegas y estudiantes, que de discípulos pasaron a ser colegas y terminan siendo maestros, que son gigantes. Para no cansarles a ustedes omito la larga lista, pero no puedo dejarles al margen, hoy, como siempre, están a mi lado y sin su presencia, de muy diferentes maneras, en unos países y otros, y con intensidades distintas, pocas cosas tienen sentido. Tampoco puedo soslayar al rosario de instituciones que han dado cobijo a mi actividad profesional universitaria desde 1969 hasta la fecha. Por tratarse de un número más reducido y por su carácter impersonal es más sencillo su enunciado, permítaseme que cite, por tanto, a aquellas siete cuya vinculación física, al menos, se ha acercado a un año, la Universidad Complutense de Madrid, la Universidad de Salamanca, el Colegio de Europa de Brujas en conjunción con la Fundación Juan March de Madrid, la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill, la Universidad de Georgetown en Washington y el Instituto Kellogg en Notre Dame. Aunque estas instituciones han sido de vital importancia en mi vida, son las personas las que, sin embargo, han estado, siguen estando y estarán en mi entorno más cercano como hacedoras de lo que soy.

Termino, les aseguro que todas esas personas, repito auténticos gigantes, sobre los que cabalgo y pienso seguir haciéndolo, son los protagonistas reales de este acto. Personas en ningún caso anónimas que llevan a cabo con meticulosidad diaria su tarea, una tarea iluminada por una vocación inquebrantable que se yergue sobre el buen hacer y el compromiso con su entorno social para lograr un mundo más sabio, más justo, más libre, más igual, más feliz. Hoy se ven encarnadas en este paraninfo a través de mi hija, Sara, y de mi rector, José Ramón Alonso, a quienes reconozco profundamente su presencia hoy, su esfuerzo personal para acompañarme. A ellas, a Toto, y a todos ustedes, a quienes representa de alguna manera el rector Carlos Ruta, muchas gracias.

Notas

* Disertación realizada el 28 de octubre de 2008 con motivo del otorgamiento del Doctorado Honoris Causa por la Universidad Nacional de San Martín.