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Revista SAAP

versión On-line ISSN 1853-1970

Revista SAAP vol.5 no.1 Ciudad Autónoma de Buenos Aires ene./jun. 2011

 

NOTAS

La opinión pública como tema de la política exterior. El caso venezolano

 

Carlos A. Romero
Universidad Central de Venezuela, Venezuela
eliodoropineda@hotmail.com

 

I. Introducción

La opinión pública, en cuanto a su vinculación con la política exterior de un país no es un tema completamente nuevo, pero sí de mucha mayor importancia en nuestros días. En la medida en que la disciplina de las relaciones internacionales ha experimentado unos cambios considerables, toma más importancia la pregunta sobre cómo responden los ciudadanos a los discursos y a las prácticas diplomáticas de sus dirigentes. Pero hay algo adicional: lo internacional se vuelve más complejo, con un mayor número de actores estatales, multilaterales y transnacionales, y con una serie de múltiples procesos y visiones. Por ello, la idea tradicional del interés nacional como algo homogéneo y representado por el Estado en su actuación internacional dejó de tener plena vigencia (véase Romero, 2009).
Desde la conformación de la ciencia política como disciplina independiente a comienzos del siglo XX, la opinión pública pasó a ser un interesante y controversial objeto de estudio. En ese marco, surgió un tradicional interrogante ético y práctico de cómo debía ser la relación entre gobernantes y gobernados y de qué manera los que mandaban recibían el apoyo y la obediencia del pueblo; o por el contrario, su rechazo. A partir de ese momento, el tema de la conformación de una opinión favorable al gobierno y en general, a las instituciones, fue y sigue siendo un problema fundamental para los pensadores políticos.
Esta preocupación se plasmó en interesantes escritos que trataron de explorar los fundamentos de la construcción de las ideologías, de la cultura política, de los mitos políticos y de otros elementos no tangibles que, desde la óptica de la formas y de las ideas políticas, dieron su aporte a la explicación y al uso y manipulación de las corrientes de opinión ciudadana, tanto en la Antigüedad, en lo que se conocía como la "aclamación y la gloria", como en los tiempos actuales, en lo que se conoce como la opinión pública y el consenso. En ese marco destacan autores que abordaron el tema: Aristóteles en la Antigüedad, San Agustín y Santo Tomás en la Edad Media, Maquiavelo en el Renacimiento, Hobbes en la Edad Moderna, Montesquieu en la Ilustración, Tocqueville, Saint Simon y Marx en el siglo XIX y Max Weber, a comienzos del siglo XX, por nombrar los más conocidos (Agamben, 2008).
Con la distribución masiva de la prensa y la aparición de la radio y de la televisión, y en estos últimos la proliferación de programas exclusivamente dedicados a temas locales e internacionales, más la generación de un creciente y estimulante debate sobre la decisión de los gobiernos de ir a la guerra, esa preocupación formó parte de las controversias intelectuales de esa época, una discusión en la cual algunos pensadores dejaron una huella permanente, tales como John Dewey (1927), Walter Lippmann (2007), Elias Canetti (1960), Jacques Ellul (1973), Noam Chomsky (Herman y Chomsky, 1988), Jürgen Habermas, Zygmunt Bauman (2000) y Gilles Lipovetsky (Juvin y Lipovetsky, 2010). Estos y otros importantes autores estudiaron a fondo y desde diferentes perspectivas teóricas el papel de la nueva industria de los medios de comunicación en la promoción del consenso, en el marco de la conformación del poder político y de la sociedad del espectáculo. Para estos y para otros autores contemporáneos, el consenso y los apoyos al gobernante se pueden controlar a través de la propaganda y otros recursos mediáticos y estadísticos como lo son las encuestas aplicadas, con el fin de medir y manipular la opinión pública.     
Esto permite precisar cómo los comportamientos de los decisores y del individuo- masa no pueden limitarse a los criterios emanados de la racionalidad pura, sino que a la hora del análisis hay que tomar en cuenta todo un campo lleno de una riqueza teórica que es el de la irracionalidad; los símbolos, los mitos, las creencias colectivas, las imágenes; todo aquello que sostiene el mundo de las percepciones, lo que Karl Popper llamó, "el tercer mundo", aquel plano de la realidad que no es propiamente material ni tampoco inmaterial (véase Almond, 1990).
En el caso que nos ocupa, la política exterior de Venezuela se ha caracterizado en los últimos años por reflejar las tensiones internas y externas de un proceso que ha tratado sostenidamente de romper con el pasado. En su conexión internacional, el gobierno del presidente Hugo Chávez ha buscado crear una plataforma antiestatus, la cual se ha expresado en el desarrollo de un discurso radical de izquierda, en una política de alianzas regionales y mundiales con gobiernos afines y en la promoción de un "paquete ideológico" conocido como el socialismo del siglo XXI. A su vez, Venezuela ha reafirmado su condición de país energético utilizando los ingresos petroleros para respaldar una serie de iniciativas externas e internas.
En este contexto, la relación entre la opinión pública y la política exterior de Venezuela se ha convertido en un instrumento fundamental para la acción política en un país polarizado. El gobierno quiere promover un mundo nuevo, con nuevas ideas, procesos, actores e instrumentos, y la oposición lo crítica y aspira a una diplomacia diferente. Este debate se da dentro de la nueva frontera de la humanidad: el mundo digital y la proliferación de la información y del conocimiento por la red.

II. Las modalidades de la política exterior

La política exterior fue concebida como de uso exclusivo de los gobernantes y bajo el manto del llamado interés nacional, lo que se puede resumir en la vieja frase: "la diplomacia se hace para el pueblo, pero sin el pueblo". La opinión de los ciudadanos sobre la conducta internacional de sus gobiernos vino a ser tratada en la ciencia política tardíamente, en la medida en que las protestas, las divergencias, el derecho a disentir del ciudadano sobre la actuación internacional de su gobierno, el pacifismo, los debates sobre el proteccionismo, el aislamiento y el debate sobre cómo hacer una buena diplomacia y cómo interpretar los intereses de la nación, dejaron de ser una preocupación exclusivamente legislativa para convertirse en un campo de juego muy complejo, en donde comenzaron a actuar no sólo los medios de comunicación con sus campañas de opinión sino también los poderosos intereses privados empeñados en influir en la formulación y ejecución de las políticas públicas.
En este contexto, la literatura especializada nos habla de la decisión de ir a la guerra durante la llamada "primera conflagración mundial" como un momento fundamental en el avance de una visión más incluyente del tema sobre la opinión de los ciudadanos, como también lo fueron los temas de la colonización, la independencia de las naciones, los conflictos bélicos, los problemas fronterizos, el comercio mundial y otros tópicos relacionados con la creencia mayoritaria sobre que el interés nacional debía ser interpretado y personificado por los gobernantes como los representantes legítimos de un interés nacional suprapolítico y ahistórico. De cierta manera, se creía en la idea de que los problemas internacionales no se debían mezclar con la política doméstica (Salomón, 2002).
Esta visión sobre la relación entre opinión pública y la política exterior de los gobiernos dio un giro fundamental luego de la Segunda Guerra Mundial. La extensión del poder de los medios de comunicación dado el desarrollo de la televisión, la expansión de la prensa escrita y de revistas y libros especializados en el tema que nos ocupa, más el uso creciente de las encuestas de opinión, configuraron un espacio de discusión lo suficientemente útil para comprender los cambios tecnológicos, económicos y políticos que dieron lugar a esa nueva etapa, y hasta ahora en lo que se ha llamado la globalización, en donde los medios de comunicación junto a las incesantes transformaciones de alta tecnología de diverso calibre y sofisticación ahora accesible y en manos del ciudadano de a pie, que lo convierte en protagonista y difusor instantáneo de acontecimientos, noticias y opiniones, reflejan crudamente que los medios y la información están jugando y seguirán jugando un papel vital en la construcción de unos discursos, imágenes y conductas que se quieren homogeneizar, -es la intención de algunos-, y en la lucha por deconstruir -por otros- esa tendencia.
Particular atención tiene el desarrollo de Internet. El llamado "escándalo" de Wikileaks coloca de nuevo en el tapete el tema de cómo la información restringida puede llevarse a la opinión pública y abrirse ante la arena pública, cuestionando no sólo el tema del ejercicio de la diplomacia por los estados; el secreto, la opinión especializada, las percepciones sobre la política, el juego del poder, sin la referida vigilancia democrática, sino también las transgresiones a la razón de Estado, porque legítimamente uno pudiera preguntar si se pone en riesgo el interés nacional por este tipo de acciones fundamentado en una muy posible exageración, extralimitación y exacerbación del llamado derecho de la ciudadanía a estar informada. En verdad, el manejo de la información y el uso abierto de los medios de comunicación social posmodernos no hacen sino fortalecer aún más este campo de reflexión.
Desde luego que de forma óptima se trataría de combinar los temas tradicionales de la fuerza militar y de la fuerza económica con la política, la diplomacia y lo audiovisual para buscarle solución a ciertos problemas en una nueva agenda global, tales como la economía internacional, el Medio Oriente, Pakistán y Afganistán, incluyendo a Israel, Irak, Irán, las armas nucleares, la no proliferación, el desarme, la defensa antimisiles, el terror, los rivales y socios (China, Rusia, India, Japón, Brasil, la Unión Europea y Estados Unidos), los temas relacionados con el desarrollo y la pobreza (alimentación, sanidad, agua, migración de poblaciones, crimen, narcotráfico, la energía, el cambio climático y el medioambiente). Esto suena fácil de realizarse, pero en la realidad no es así.
Pero todo esto no se puede concebir tan sólo como un problema unidireccional. La expansión temática de la agenda se da dentro del interesante proceso llamado "interméstico", en donde los actores e ideas, tanto de la política internacional como del espacio local, se mezclan en forma desigual, dejando atrás la visión de los países como fortalezas cerradas y cambiándola por la figura de una red entrelazada. Recordemos que la vinculación entre la política interna y la política internacional en la configuración de la política exterior de los estados ha sido una preocupación tanto de los estudiosos de las relaciones internacionales como de la ciencia política, y en particular, de la política comparada desde hace aproximadamente sesenta años. En el campo de las ciencias políticas, Gabriel Almond señala que mientras el paradigma dominante de la sociología política ha enfatizado la importancia de la estructura social interna y de la cultura en la formación de la política y el Estado, también se ha desarrollado una tradición menor en la que participaron Otto Hintze, Charles Tilly, Peter Gourevitch y Peter Katzenstein, tradición que subrayó el impacto de los factores internacionales sobre la estructura y el proceso político interno[1].
El trabajo de Peter Gourevitch titulado La "segunda imagen" invertida: los orígenes internacionales de la política doméstica revisa la repercusión del sistema internacional sobre la política doméstica. El autor señala, que

El sistema internacional no es sólo una consecuencia de la política y estructuras domésticas, sino una causa de las mismas (...) Las relaciones internacionales y la política doméstica están tan interrelacionadas que deberían ser analizadas simultáneamente, como un todo (Gourevitch, 1996: 23-24, 67).

Robert Putnam va más allá y plantea la necesidad de interpretar la política exterior como un juego de dos niveles, es decir, un juego en el que los estadistas deben atender dos tableros al mismo tiempo: el doméstico y el internacional y en función del conjunto de interacciones que se suceden entre la política interna y la política exterior. En ese mismo orden de ideas, Putnam pretende establecer cómo esto incide en la inserción internacional de ese país y en particular en las oportunidades y constricciones que se generan en ambos niveles (Putnam, 1996).
Ahora bien, esta redimensión del tema incluye tanto el creciente papel del multilateralismo y de la sociedad civil en la formulación de la política exterior, como el nuevo papel de las ideologías, de los temas del desarrollo y de los temas globales, junto con la existencia de muchos canales, inclusive de carácter intraburocráticos y en donde el tema democrático y el problema del control de la toma de decisiones gubernamentales referidas al área de política exterior se someten a un importante escrutinio. Desde luego que todo esto también comprende el tema de cómo se forma la opinión pública y en qué medida el carácter interméstico de la realidad internacional, los factores internos y los factores externos, (incluyendo los referidos a los medios de comunicación social) influyen como un todo en la formación de una opinión pública cada día menos homogénea y local.

III. Tres espacios para el tema

La discusión sobre el tema de la opinión pública y de la política exterior se ha desarrollado en los últimos años a través de tres vías. La primera de ellas tiene que ver con una perspectiva politológica, en cuanto a la pertinencia de analizar el papel de lo público y lo privado, de lo externo y de lo interno en la conformación del consenso político. En segundo término se tiene la discusión sobre el papel de los medios de comunicación en la construcción de discursos sociales mayoritarios y en la identificación de discursos alternativos, y de su tolerancia por parte de los factores gobernantes. En tercer lugar, se incluye todo lo referente a la problemática ética, los valores colectivos y su reinterpretación contemporánea.
En cuanto al primer tema, lo que salta a la vista es que por el mismo desarrollo de la democracia, la clásica concepción de la toma de decisiones basada en la idea de un lado impolítico del pueblo y la necesaria protección del gobierno ha dado paso a una reivindicación de la participación, razón por la cual el tema de la opinión pública se ha convertido en un campo de investigación muy amplio. Estamos entonces en la presencia de una verdadera "puesta en escena", en donde la opinión pública se convierte en la forma moderna de la "aclamación". En esta era de la comunicación, el control que tienen los grandes conglomerados mediáticos y la propia propaganda oficial, junto con la presencia de los mitos políticos y los rasgos de una cultura política conformada históricamente, que cada día más se observa con base en una diversidad étnica y cultural, impide que se impongan unas visiones totalizadoras y se dude sobre la pertinencia de la conformación de unos intereses comunes (Agamben, 2008: 404, 443, 450). En este marco, cabe destacar el interés de varios analistas por analizar el claro distanciamiento entre los gobiernos representativos y electoralmente constituidos y el proceso de toma de decisiones. De hecho, la idea de la democracia representativa no se puede desligar de la consulta popular, las políticas públicas deben reflejar los mandatos electorales sobre la decisión y cualquier desviación a este modelo debe ser motivo de preocupación.
En verdad, esto se consigue de manera parcial. La mayoría de los gobiernos llegan al poder con una plataforma electoral que no respetan, que marginan, o que acaso cumplen a medias. Por otra parte, a la hora de desarrollar una acción gubernamental, no se consulta y no se negocia; en fin, los gobiernos tratan, en la mayoría de los casos, de no ser supervisados por los ciudadanos y éstos en fin de cuentas no participan en las decisiones públicas. De esta manera, el gobernar por delegación va conformando una separación entre representación y decisión, algo inversamente proporcional a una realidad actual más compleja. Si a esto se le agrega el creciente papel distorsionado de la sociedad civil, en la medida en que sus representantes actúan en muchas ocasiones en nombre de una ciudadanía que no los ha nombrado como sus legítimos voceros, el ideal de representación pierde su impulso y propiedad. Al mismo tiempo, los medios de comunicación social contribuyen a formar una agenda pública separada de la opinión que los ciudadanos tengan sobre cuáles deben ser las prioridades gubernamentales.
Pero no todo está perdido. A pesar de una resistencia al cambio por parte de los gobiernos centrales, los modelos de ciudadanos posnacionales y la multiplicación de identidades y lealtades impulsan la conformación de unos actores transnacionales que se alejan del ideal de una población nacional compacta. Por otra parte, los gobiernos se ven limitados en sus funciones por las decisiones y acciones globales de organismos multilaterales y de las organizaciones internacionales de carácter no gubernamental. Esto es un fenómeno interesante, en el momento en que se desarrolla la teoría democrática y se presentan como alternativas a la coerción y a la negociación de los intereses particulares, las ideas de persuasión, accountability y participación; a la par que toman un mayor interés los problemas de la legitimación de la democracia, de los canales de participación de los ciudadanos en la toma de decisiones públicas y de la representación institucional. Estos temas se han convertido en uno de los problemas centrales de la política comparada (Keohane y Nye, 2000; Bauman, 2000).
En relación a la segunda vía planteada previamente, se dan dos mecanismos que de alguna forma condicionan el uso de la opinión pública como un instrumento fundamental para el apoyo del pueblo a sus gobiernos. En realidad, estamos hablando del papel de los medios de comunicación en la creación y desarrollo de la llamada opinión pública, en cuanto al peso de esos medios en la manipulación de la opinión. Pero también estamos hablando sobre el contenido interesado de esas transmisiones verbales, gráficas y visuales. Y en cuanto a ello, se entiende el discurso político como una interacción social y no sólo como un mecanismo de expresión de ideas. De hecho, esas expresiones de conocimiento no sólo consisten en estructuras de sonidos e imágenes, o en formas abstractas de oraciones o complejas estructuras de sentido global o local, sino que es necesario describirlas como acciones sociales en correlación con los medios de comunicación social.
Una de esas acciones sociales es el uso del mecanismo de la consulta por la vía de la medición de la opinión, pero también lo es la construcción de sus resultados y proyecciones, en tanto que se aspira a unificar criterios y percepciones en el marco de un fuerte cuestionamiento sobre la supuesta autonomía de la opinión, sea por una afirmación formada y dirigida por los medios de comunicación o por una mera imposición.
La especial relación que vincula la opinión pública con la política exterior debe tomar en cuenta la creciente presión de sectores fuertemente ideologizados que conscientes de la importancia que tienen los medios de comunicación en la conformación de la opinión pública, tratan de modelar la percepción de la realidad por la vía de imponer la terminología más favorable a sus postulados. Esto es un hecho tan antiguo como la historia, pero la importancia que la información tiene en la sociedad mediática hace que el escrutinio sea ahora mucho más severo, aún más en el caso de la política exterior, dada la influencia de factores "externos" en la conformación de una determinada percepción, de una visión de mundo, de un apoyo o de un rechazo a determinadas acciones de un gobierno en el ámbito internacional. Esto es una referencia a la vinculación directa de los problemas globales con un alto impacto social y la incidencia en el debate público, cuando los gobiernos pretenden aislar el diseño y conducción de la política exterior de los intereses y preocupaciones de la sociedad (Baum y Potter, 2008).
Una tercera vía tiene que ver con el tema de cómo influir en las decisiones y el interesante movimiento de generación de valores mundiales, discusión que también permite de alguna forma ampliar el espectro de la opinión pública en su relación con la política exterior. Lo primero que hay que destacar en esto es el problema ético que genera el derecho democrático de los ciudadanos cuya opinión debería desempeñar un papel en la configuración de los resultados de la política exterior. Sin embargo, aunque la literatura sobre la opinión pública y la política exterior ha hecho grandes progresos en los últimos decenios, los estudiosos y sus resultados no han llegado a un consenso en relación a lo que el público piensa con respecto a la legitimidad de la política exterior, cómo se tratan de sostener esas opiniones, o si se debe influir o no en las opiniones de la población sobre la política exterior.
En cuanto al tema de los valores universales, se entiende que la participación ciudadana debe incluir el mundo de la opinión pública como un lugar central, en donde se debatan los problemas éticos y que esta discusión parta de la base de la pertinencia de sociedades moralmente pluralistas, y de la promoción de una ética universal basada en los ideales políticos de la paz, la responsabilidad de los gobiernos, el derecho a disentir, el derecho a proteger, la defensa de los derechos humanos y la defensa del ambiente; temas que si bien son aceptados mayoritariamente como válidos, enfrentan las reservas que provienen de aquellos que defienden la soberanía de los estados (véase Cortina y García Marzá, 2003).

IV. El caso venezolano

Las recientes manifestaciones del gobierno del presidente Chávez en cuanto la radicalización de la llamada Revolución Bolivariana traen a un primer plano la caracterización del régimen. Venezuela ya no es una democracia imperfecta ni tampoco ha llegado a ser una experiencia totalitaria, pero sí podríamos decir que el país se encuentra ya dentro de un proceso de involución democrática con fuertes rasgos de ser un Estado autoritario en lo político y centralista en lo económico. Lo que se observa a nuestro modo de ver es una experiencia controversial. Por una parte, por el origen militar de la mayoría de sus dirigentes que creen que una experiencia nacionalista y anticapitalista es la salida para los males heredados. Por la otra, por la presencia de los sectores radicales marxistas que tratan de poner en jaque lo que queda de iniciativa privada y de libertad política en el país.
Desde luego que la caracterización del régimen no está aislada de un ejercicio de explicación sobre lo que es la política exterior de Venezuela. En este sentido hemos comentado en otras ocasiones que son tres las líneas maestras de esa política exterior (Romero, 2010). Nos referimos en primer lugar a la labor instrumental de la política exterior en la búsqueda de sostener y ampliar una participación internacional del país dentro de un marcado sesgo antioccidental. Este marcado sesgo se expresa en la intención de participar en la política internacional por medio de la diplomacia y a través de un juego bifronte: relacionándose con los estados, pero también con los movimientos políticos y sociales que le son afines y con el compromiso de establecer una política de alianzas con los que son "países problema" para Estados Unidos y la llamada "alianza occidental". De igual forma, el presidente Chávez juega un papel prioritario en esta senda, dentro de lo que se puede definir como su papel protagónico en la formulación y ejecución de la política exterior.
En segundo lugar hay que recordar el papel que juega la condición energética de Venezuela en esta proyección de la política exterior. Nos referimos no sólo al valor estratégico y geopolítico que tiene Venezuela con unas reservas petroleras que ocupan el segundo lugar en el mundo detrás de Arabia Saudita, sino también en la proyección positiva que para el gobierno del presidente Chávez tiene la red creada por Venezuela de asistencia y cooperación petrolera basada en la venta subsidiada de petróleo y derivados del petróleo a precio fijo muy por debajo del precio de referencia y con condiciones de crédito y plazos bastante generosos, en donde la empresa estatal Petróleos de Venezuela (PDVSA) juega un papel singular.
Una tercera línea de la política exterior de Venezuela descansa en el dato que proporciona el ejercicio activo de esa política exterior. Nos estamos refiriendo a que esa proyección de la política exterior de Venezuela en los planos multilateral, bilateral y social se concreta en tres procesos bien definidos: 1) promover una política de distanciamiento de Estados Unidos y de sus aliados, cuestión que ha estado presente de forma permanente en la agenda nacional desde la llegada de la experiencia chavista al poder en 1999; 2) promover una política de alianzas dentro del movimiento multipolar mundial; 3) incentivar el proceso de cambios en la esfera mundial desde una óptica tercermundista-radical.
Estas "líneas maestras" han funcionado mientras ellas se manejan de forma amplia y con la probabilidad de un menor costo para el proceso interno, en la medida en que encajan dentro del movimiento general de cambio en el mundo y en el hemisferio occidental. Por otra parte, las contradicciones del proceso interno venezolano permitieron saldar cuentas con holgura, en cuanto a la proyección internacional del país y en cuanto a la simpatía que generó en el exterior el proceso político iniciado en Venezuela en 1999. Sin embargo, desde este año 2010, las cuestionadas iniciativas internacionales del régimen, la permisividad que tuvo por todos estos años y la simpatía u omisión que tuvieron la mayoría de los gobiernos, medios de comunicación de masas y organizaciones sociales, se han visto limitadas por la polarización y la creciente involución democrática en Venezuela, por la campaña permanente de la oposición venezolana en denunciar la naturaleza del régimen y por la propia crisis de gobernabilidad que tiene el país, enlazado este al pésimo desempeño en la acción y el ejercicio cotidiano del manejo y gestión administrativa de la nación.
Lo curioso de todo esto es que, de forma diferente a otros países que se han visto en la misma situación, el gobierno de Chávez se ha "afincado" en su ruta radical y en el uso indiscriminado de la renta petrolera. Es en este escenario en donde resalta el tema de la política exterior y la opinión pública en Venezuela. Por su parte, tal como vimos, se da un proceso de concentración gubernamental de las decisiones públicas en donde la sociedad civil no sólo no participa sino que es cuestionada desde el gobierno por pretender alejarse de lo que se define como interés nacional y en el marco de una política exterior cada día más radicalizada y excluyente. A esto se le debe agregar el impactante conflicto entre el gobierno y la oposición por controlar los medios de comunicación en influir en una opinión pública totalmente polarizada.

V. Conclusiones

Nuestra narrativa nos lleva a una pregunta central: ¿cómo opinan los ciudadanos sobre la política exterior de sus gobiernos? Esta es un interrogante fundamental a la hora de diseñar, realizar e interpretar los resultados de las encuestas y otras formas de medición que tengan como fin conocer lo que los ciudadanos piensan sobre la política exterior del Estado y su relación con otros actores de la comunidad internacional.
De lo que se ha trata es de descontextualizar esas intenciones con base a dos premisas: la primera de ellas plantea que la configuración de una opinión sobre política exterior contiene al menos dos espacios críticos; nos referimos a las limitaciones a emitir un significado neutral, dado el peso de las ideas políticas, de la presencia histórica de la iconografía e imágenes políticas, de la cultura política, de los medios de comunicación y de las técnicas de propaganda, es decir, de la manipulación mediática.
La segunda premisa plantea la idea de la posibilidad de que la opinión sobre la política exterior incluya un espacio supraestatal, en la medida en que otros estados, actores multilaterales y actores transnacionales, entre los que se encuentran los medios textuales (académicos y decisorios) forjadores de opinión y los centros de configuración mediática, se entremezclen con procesos internos, en el marco de la ya citada tesis de lo interméstico (Baum y Potter, 2008).
Conocer la relación entre la política exterior y la opinión pública constituye un paso adelante en el conocimiento de una realidad muy heterogénea, como es el caso que nos ocupa y en donde la emisión de una opinión no sólo es un acto político sino que la polarización de la sociedad venezolana dificulta el control de esa política, en el marco de un desfase cada día más cierto entre la autonomía de los gobernantes y la imposibilidad de controlar que tienen los gobernados.
Por ello, dada la importancia que la política exterior ha adquirido en la Venezuela actual, se debe prestar una especial atención a las respuestas internacionales del gobierno a una situación que definen sus propios dirigentes como favorable al impulso de la revolución mundial. La oposición, tanto mediática como partidista también utiliza el tema internacional para influir en el debate público y sostener una actitud permanente de denuncia sobre lo que se percibe como una diplomacia parcializada, excluyente, poca ética y errada en sus planteamientos y objetivos (Egaña, 2009).

Notas

[1] Algunas de las publicaciones del profesor Rosenau en este ámbito son Rosenau (1969a, 1969b, 1992). Véase también Markel (1949).

Bibliografía

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