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Revista SAAP

versión On-line ISSN 1853-1970

Revista SAAP vol.5 no.1 Ciudad Autónoma de Buenos Aires ene./jun. 2011

 

RESEÑAS

Teoría política latinoamericana
Cicero Araujo y Javier Amadeo (compiladores)

Luxemburg, Buenos Aires, 2010, 304 páginas

 

Cecilia Abdo Ferez

 

El libro que aquí reseñamos surge de un encuentro latinoamericano de teoría política ocurrido en San Pablo en julio de 2005, y que fue dedicado a la relación entre lo nacional y lo cosmopolita en las actuales reflexiones del campo. Sus compiladores, Cicero Araujo, profesor de la Universidad de São Paulo, y Javier Amadeo, politólogo de la UBA y postdoctorando en Historia de la USP, asumen a la teoría política como "un esfuerzo que se realiza a fin de retirar la experiencia de su aparente aislamiento y autorreferencialidad" y entienden que ella, "mucho más que otros tipos de teoría, es una elaboración llena de sentido práctico" (p. 10). Este es el supuesto que parece haber animado la selección de artículos, mayoritariamente provenientes de profesores e investigadores de universidades argentinas y brasileras, y también el parámetro que permite juzgar el libro, que sin dudas termina rebosando, en su andar, el mero muestreo de las reflexiones que se dan desde y hacia América Latina, como podría sugerir la palabra "compilación".
Estamos ante un libro donde imperan tradiciones: sobre todo la marxista y la republicana (puestas en general en singular), pero también la liberal y otras vertientes latinoamericanas, como la teología de la liberación. Frente a ellas se deja traslucir cierto estado de desencanto, de insuficiencia y hasta de "relación formal": es un desencanto que se pretende combatir, porque parte de los supuestos que animan la obra es también el pretender "reapropiarse" de ellas, de mostrarles la falta, de solicitar su reconocimiento. Como si las tradiciones fueran lentes que a veces deforman, a veces performan, pero siempre son ineludibles, aquí se aborda América Latina desde una visión general en la que se pretende un diálogo entre universalidad y particularidad. Se trata de una búsqueda de universalismo que no duda de la inclusión del pensar del continente en el repertorio occidental de ideas y que, por asumir su posición subordinada, se permite criticar ese repertorio y ser -luckacsianamente si se quiere- "su verdad". En ese repertorio en el que los autores se incluyen, aunque con cierto desdén, se percibe -como decimos-, una evidente crisis: ya sea de la "confianza epistémica" en las ciencias sociales, como dirán Rojas y Amadeo en su artículo; o de los "modelos seculares de la historia", como dirá Barboza Filho; ya sea de la relación entre ideales de la izquierda y capacidad de hallar los mecanismos para ponerlos en práctica, como afirma Lizárraga; o que estemos ante una "crisis de la comunidad" y de la representación, como afirma Luis Felipe Miguel; o frente a un extrañamiento respecto de las pretendidas formas de ciudadanía en la globalización, como afirman Ciriza y Duarte Villa. Esa percepción de la crisis de las tradiciones y del deseo de perseverar en ellas, interviniéndolas, es lo que posibilita incluso que ciertos temas poco usuales y sin embargo, tan necesarios, se cuelen por la ventana en un libro de teoría política, como el del barroco y su persistencia como tradición estética y política. Pero es también cierta posición defensiva ante la conmoción la que invalida -quizá felizmente- que otros tópicos aparezcan: en este libro, por ejemplo, no se habla de populismo, haciendo caso omiso de la exagerada recurrencia al tema en las reflexiones en el último tiempo; tampoco, a pesar de toda su atención a la historia, de si se está o no ante un cambio de época en la política del continente, como si la reflexión teórica sobre el acontecer precisara más tiempo para poder arriesgarse a pensar lo que sucede o, como si, otra vez, el peso de las tradiciones invalidara el registro de trasformaciones de este tipo.
Hay aquí entonces un muestreo inconformista y selectivo de los diferentes temas y perspectivas  que pueblan hoy el modo de reflexión de la teoría política latinoamericana, un muestreo que evidencia algunas características del campo: la fuerte relevancia de la historia y sus métodos en el pensar académico de la política, la persistencia del análisis de pensamientos y de conceptos singulares (Gramsci, Kant, Habermas, Schmitt), el peso de la teoría jurídica y de lo transnacional; la necesidad de problematizar metodologías y epistemologías siempre insuficientes; la desigual presencia de ciertas problemáticas y geografías en la producción académica del continente (para decirlo más claro, la casi irrelevancia de la tradición política y estética iberoamericana para los mismos iberoamericanos). En el libro se usa, salvo escasas excepciones, un arsenal clásico de conceptos: justicia, Estado, sociedad civil, comunidad, democracia, y se escoge también clasificar los aportes de los autores desde una división que sea deudora de ese clasicismo, evitando los contrapuntos y las puestas en cuestión entre los que escriben. Quizá sea una deuda general de las compilaciones, pero aquí parece algo más: la fragmentación con la que se reflexiona sobre temas comunes, el monadismo de los que escriben, la escasa citación de trabajos publicados en el continente es en sí un diagnóstico de cómo se hace investigación entre nosotros/as y quizá una de las formas más persistentes del colonialismo en el pensar.
Uno de los grandes aportes de este libro entonces -además de su diagnóstico implícito y explícito sobre la crisis general de ciertos pensares y haceres- es pretender mostrar el modo en que se produce teoría política, sobre todo en Argentina y Brasil, a modo de puesta a contraluz. Ya esa convivencia genera extrañeza: el lector se ve gustosamente desbordado en el clasicismo de los conceptos escogidos cuando aparecen en estas páginas cuestiones tales como las de la periferia, el racismo y el colonialismo, o la necesidad de "pensar situado". Para un lector argentino de esta clase de textos resultará una sorpresa agradable leer cómo se revisa a Florestan Fernandes, por ejemplo, en el artículo de Souza, o cómo el republicanismo brasilero se vio encorsetado por el conservadurismo, en el de Lombardi Fernandes, o cómo abordar la actualidad de la discusión entre Sepúlveda y Bartolomé de las Casas desde el México posterior a la reforma constitucional de 2001, en el muy buen artículo de Velasco Gómez. Es muy sugestivo también cómo se alude a la producción de subjetividad en el barroco, tomándolo como una matriz alternativa de civilización en el texto de Barboza Filho, o cómo se  apunta a ofrecer marcos teóricos para el pensar desde América Latina en los artículos de Quijano y de Dussel. Sus producciones son conocidas entre nosotros/as y, en el caso de Dussel, quizá la ambición de su tratamiento de la voluntad oscurezca el argumento y merezca más páginas -algo similar sucede con el tratamiento del americanismo de Gramsci, en el texto de Werneck Vianna-, pero resultan de inclusión obligatoria en una compilación de este tipo.
Repasaremos rápido otras contribuciones: el artículo de Lizárraga, por ejemplo, apunta a revitalizar, en el pensamiento de Guevara, la discusión sobre los incentivos y la justicia y, en última instancia, a repensar la conjunción problemática entre humanismo y marxismo. El texto de Ciriza, de revulsiva riqueza, toma posición en las discusiones actuales del feminismo y la globalización y distingue formas de pensar sobre el cuerpo, para criticar aquellas que lo vuelven particularmente adaptable al capitalismo tardío: las que lo tornan abstracto, desmarcado, incorruptible. Merecen citarse también las reflexiones contemporáneas sobre la "ilusión de una sociedad civil global" y las ciudadanías posibles en el marco de lo jurídico-transnacional que abordan Duarte Villa y Hoyos Vásquez, y cómo estas transformaciones afectan la estatalidad nacional -en artículos que, a pesar de su interés, resultan muy abstractos para las modalidades latinoamericanas: hubiera sido relevante que Bolivia, por ejemplo, entre otros casos, apareciera en la compilación-. 
Estamos, en fin, ante un libro que, quizá sin quererlo, ofrece un diagnóstico inconcluso y disconforme del estado de las tradiciones de la teoría política en América Latina y a la vez, elige seguir pensando en ellas. Esa  inconclusividad y obstinación es su mayor aporte, junto con la evidencia de la necesidad de trazar puentes (aquí, sobre todo, con Brasil) para poder poner en conjunto la producción de teoría y salirse así -como bien dicen los compiladores- de la autorreferencialidad de la experiencia.