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Revista SAAP

On-line version ISSN 1853-1970

Revista SAAP vol.6 no.1 Ciudad Autónoma de Buenos Aires Jan./June 2012

 

RESEÑAS

La modernidad global: una revolución copernicana en los asuntos humanos
Fernando Iglesias
Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 2011, 512 páginas

 

Mariano Roca

 

Lejos de los clichés y de las visiones conspirativas que caracterizan tanto a la izquierda tercermundista como al chauvinismo primermundista, Fernando Iglesias se propone analizar las profundas transformaciones que vive la humanidad desde una original perspectiva. A lo largo de los diez capítulos de La modernidad global, el autor se sumerge en los distintos fenómenos asociados al proceso de globalización. Lo hace a través de un minucioso estudio crítico de las teorías que desde distintas disciplinas sociales han abordado este complejo escenario. Al tiempo que cuestiona el fundamentalismo de mercado reinante, advierte acerca del riesgo de caer en un fundamentalismo de signo opuesto, el nacionalista, que no hace más que obstaculizar la necesaria democratización de la toma de decisiones a escala global que debería ser la contratara del actual modelo regido por la hegemonía de las finanzas. "Todo se ha globalizado menos la democracia", advierte el autor citando una frase del periodista británico George Monbiot (p. 233).
"La globalización no lleva al fin de las naciones, sino a la pérdida de su monopolio de los asuntos públicos, económicos, identitarios y culturales" (p. 40), considera Iglesias, quien caracteriza el actual período histórico como aquel en que "una nueva economía inmaterial basada en factores intangibles se desarrolla en un mundo en el cual el territorio desaparece como fuente de valor" (p. 29). Esta pérdida de primacía de las categorías espaciales trae consigo una problematización del concepto de identidad, ya que la pérdida de centralidad del territorio abre camino, por un lado, al cosmopolitismo y a la universalización de un conjunto de valores vinculados con los derechos humanos, pero encierra al mismo tiempo la tentación y el peligro del afianzamiento de una ideología victimista que se recluye en el tribalismo nacionalista, subnacionalista o continentalista.
En el plano de las relaciones de producción, el autor destaca el "fin del trabajo físico-repetitivo de tipo manufacturero-industrial" (p. 258). En un mundo postindustrial cobran particular relevancia los denominados "factores KIDCIS", acrónimo formado por las iniciales de las palabras knowledge (conocimiento), information (información), diversity (diversidad), communication (comunicación), innovation (innovación) y subjectivity (subjetividad). Al desatender estos profundos cambios en el mundo del trabajo, el viejo esquema de la teoría de clases marxista comete un error de diagnóstico: en lugar de concentrarse, como en el pasado, en el combate a la burguesía propietaria de los medios de producción, lo que es necesario comprender hoy es quién controla la cadena de valor que incorpora los citados factores inmateriales al proceso de maximización de las ganancias. El rol que asumen los técnicos y los managers en la toma de decisiones dentro de las corporaciones privadas transnacionales desplaza a los propietarios de esas empresas como actores centrales.
A juicio de Iglesias, ha quedado atrás en la historia la encarnizada lucha de clases entre la burguesía industrial y el proletariado manufacturero; a lo que asistimos en la actualidad es a la hegemonía de un conjunto de actores globales, desterritorializados, sobre los viejos sistemas territoriales que han quedado obsoletos. Como una suerte de Frankenstein que escapa de las manos de su inventor y adquiere una propia autonomía, en este nuevo régimen lo que se produce es la hegemonía del sistema económico-financiero sobre sus creadores, los seres humanos. La tensión entre economía y política, con un claro predominio de la primera sobre la segunda, es la marca distintiva de la actual etapa de la modernidad. Es por ello que, frente a los egoísmos nacionales que se niegan a abandonar el centro de la escena política, Iglesias reclama el surgimiento de un "orden democrático de escala mundial e índole cosmopolita" (p. 467). Lo que en cambio se ha consolidado, bajo la fachada del "consenso neoliberista" instaurado hace tres décadas a partir de la evidente crisis del keynesianismo, ha sido un matrimonio de conveniencia entre el primer sistema global realmente existente, el financiero, y un neo-conservadurismo político de tipo nacionalista. Son claros representantes de este esquema el ex presidente estadounidense Ronald Reagan, su socia británica Margaret Thatcher y, más recientemente, George W. Bush, cuyo gobierno condujo a los Estados Unidos y sus aliados -luego de los atentados del 11 de septiembre de 2001- a una cruzada mundial contra el terrorismo, al tiempo que se incubaba en el país la peor crisis económica desde la Gran Depresión de los años 30, que tras su estallido en 2008 arrastraría consigo al resto del planeta.
Retomando el debate que durante décadas desveló a los intelectuales marxistas, el autor desnuda un hecho que explica en parte la actual crisis de la izquierda en las sociedades avanzadas, y es la desaparición de los antiguos sujetos revolucionarios, los trabajadores, quienes manifiestan -particularmente aquellos que cuentan con menor calificación para adaptarse a la nueva economía global- un creciente acercamiento al conservadurismo político y una tendencia a caer en los brazos del populismo nacionalista. Es así como explica la deriva reaccionaria de los sindicatos europeos y las enérgicas protestas de los granjeros del Primer Mundo, identificados en la figura emblemática del francés José Bové, cuyos reclamos contra la globalización tienen el objeto de preservar los subsidios y las barreras arancelarias que los protegen de la competencia de los productores de los países del Tercer Mundo. ¿Cómo explica Iglesias esta "derechización" de los sectores populares del medio rural y urbano en las sociedades más avanzadas? Su respuesta es una contraposición entre las "posiciones reaccionarias" de estos representantes de las viejas labores manuales y repetitivas, y las "posiciones políticas más avanzadas y cosmopolitas" que ostentan quienes han logrado abrirse paso de manera exitosa en la nueva economía inmaterial y que no son otros que los "productores de factores KIDCIS".
En un mundo que marcha inexorablemente hacia la unificación, Iglesias se detiene, sobre el final de su obra, en las consecuencias de una polarización política cuya definición sellará el éxito o fracaso de las futuras generaciones. Se refiere a la tensión existente entre una perspectiva progresista, moderna, pro-global y universalista, y una visión conservadora, antimoderna, nacionalista y globalifóbica. Como potenciales actores del primer campo identifica la convergencia de sectores ligados a la socialdemocracia, el liberalismo (por oposición al "neoliberalismo") y una parte del socialcristianismo; mientras que los representantes de la vereda opuesta se distribuyen de manera confusa por todo el arco político. Ya no se trata, entonces, del tradicional "eje espacial derecha-izquierda", sino de un nuevo "eje temporal pasado-presente-futuro" cuya difícil convivencia es el signo característico del actual período de transición hacia una verdadera globalización política que sólo se conseguirá en caso de un triunfo de las fuerzas que vuelcan su mirada hacia el futuro.
Frente al peligro que en el inicio del Tercer Milenio encarnan las "estrategias zombie-nacionalistas" que perciben a la globalización como una amenaza externa y prefieren encerrarse en sus fronteras, el autor propugna la instauración de un verdadero "republicanismo democrático" a escala global. Los sectores que Iglesias identifica con el "victimismo tercermundista" y el "chauvinismo de bienestar" se niegan a abandonar sus obsoletas estructuras mentales y siguen apostando a las políticas proteccionistas de "arruinar a los vecinos", retomando una definición del propio Keynes (c. 10). Por el contrario, el advenimiento de una Era Global, que ponga fin a un mundo cuyo centro organizativo y axiológico gira en torno al principio de la soberanía nacional, deberá profundizar el concepto de global governance que comienza a prevalecer en ciertas instituciones de carácter transnacional, entre las que Iglesias menciona a la Unión Europea, una todavía imperfecta Corte Penal Internacional y una Organización de las Naciones Unidas necesitada de una urgente reforma. No conforme con estos tímidos ensayos, el autor propone la instauración de un "régimen democrático global" basado en un "sistema republicano parlamentario", que permita la extensión del voto universal y del principio mayoritario a escala mundial. En una sociedad cosmopolita, con ciudadanos que se conciben a sí mismos como "ciudadanos del mundo", ese sería -en opinión del autor de La modernidad global- el paso natural para garantizar la representación de toda la humanidad en el proceso de toma de decisiones que afectan al planeta en su conjunto.