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Cuyo

versión On-line ISSN 1853-3175

Cuyo vol.26  Mendoza ene./dic. 2009

 

ARTÍCULOS

Charles Darwin: un navegante de los tiempos en el pensar argentino decimonónico*

Charles Darwin: a Voyageur of the Times in xixth Century Argentinian Thought

Clara Alicia Jalif de Bertranou
Universidad Nacional de Cuyo - CONICET
<cajalif@gmail.com>

Resumen
A propósito del bicentenario del nacimiento de Charles Darwin (1809-1882) y del sesquicentenario de su obra El origen de las especies por medio de la selección natural (1859), se indaga la recepción de su obra y las lecturas que de la misma se hicieron en la Argentina, como así también sus influencias, después de su famoso viaje, sobre la incipiente actividad científica en el país.

Palabras clave: Darwin; El origen de las especies; Pensamiento argentino del siglo XIX.

Abstract
The purpose of this essay is to consider the bicentenary of Charles Darwin (1809-1882) and the sesquicentennial of The Origin of Species by Means of Natural Selection. It inquires about the reception of his book and also the legacy of his famous travel on the intellectual and scientific community of Argentina. 

Keywords: The Origins of Species; Argentinian Thought of the Nineteenth Century.

Acogimiento de una obra

Para que una obra escrita tenga éxito y recepción es preciso que le anteceda un espacio de acogimiento, un clima donde encontrar eco y resonancias. En las páginas que siguen trataremos de referirnos a los momentos que anteceden a la llegada de la publicación de El origen de las especies por medio de la selección natural, o de la preservación de las razas preferidas en la lucha por la vida (1859), obra que confirió la fama a Charles Darwin (12 de febrero de 1809-19 de abril de 1882) -junto a su otra obra, El origen del hombre y la selección en relación al sexo (1871)-, llegando a horadar el tiempo que media entre su publicación y lo que derivó en el siglo XIX dentro de la Argentina, a propósito de lo que se conmemora en el 2009: los doscientos años del nacimiento del científico y los ciento cincuenta años de su célebre publicación.

Por el diario de viajes de Darwin -más concretamente Viaje de un naturalista alrededor del mundo (1839), cuya casi mitad está dedicada a la Argentina-, se sabe qué regiones recorrió de Sudamérica e incluso que pasó por Mendoza, nuestra provincia natal en la Argentina, donde en la zona conocida hoy como Uspallata registró, por ejemplo, los bosques de araucarias, compuestos de alrededor de cincuenta árboles petrificados. Esto está narrado en su capítulo XV (desde el 25 de marzo de 1835 hasta los primeros días de abril, pues con fecha 8 de ese mes dice haber llegado a Santiago de Chile). El viaje fue comenzado el 27 de diciembre de 1831 y finalizado en 1836. Conviene recordar, entre las conclusiones que coloca al final de su libro, donde narra haber experimentado más placer que desazones, las siguientes palabras:

Respecto de los seres animados, nada causa tanta extrañeza como los salvajes, es decir, el hombre en estado ínfimo. Se remonta el espíritu hacia el pasado y no puede menos de preguntarse si nuestros primeros antecesores se parecían á estos hombres, cuyos signos fisonómicos son para nosotros menos inteligibles que los de los animales domésticos; á estos hombres que no tienen el instinto de esos animales, pero que tampoco parecen participar de la razón humana, ó al menos de las artes que de ella se desprenden. No creo posible describir la diferencia que existe entre el hombre salvaje y el civilizado. Puede decirse, sin embargo, que es casi la misma que se encuentra entre el animal silvestre y el doméstico. Gran parte del interés que encontramos contemplando á un salvaje es el mismo sentimiento que nos impulsa á ver un león en el desierto, el tigre desgarrando su presa sobre el terreno, ó el rinoceronte vagando por las ignotas llanuras del África" [cursivas nuestras]1.

Finaliza el escrito con estas palabras:

Se puede estar seguro [en estos viajes], salvo en casos extremadamente raros, de no tener demasiadas dificultades graves que vencer, ni grandes peligros que afrontar. Ejercitan estos viajes la paciencia, borran todo rastro de egoísmo, enseñan á elegir por uno mismo y á acomodarse á todo [...]. También enseñan los viajes un poco á desconfiar, pero permiten descubrir que hay en el mundo muchas personas de corazón excelente, dispuestas siempre á servirnos aun cuando no se las haya visto jamás ni deban volverse á encontrar nunca2.

Un repaso a la historia de la recepción de El origen de las especies en la Argentina nos hace saber que Guillermo Enrique Hudson o William Henry Hudson (Provincia de Buenos Aires, Argentina 1841- Londres, Inglaterra, 1922) fue de los primeros, si no el primero, en leer su obra, cuyas ideas adquirirán amplia difusión dentro de los círculos científicos, políticos e intelectuales nacionales años más tarde3.

Hudson, nació en la Argentina, hijo de padres norteamericanos de origen inglés, algunos de cuyos ascendientes fueron parte del grupo de los pilgrims. Emigrados en 1837, Hudson, criado en los vastos paisajes pampeanos y conocedor de los no pampeanos, fue un gran observador de la naturaleza, a quien se deben trabajos fruto de esas observaciones, pero también bellas construcciones de carácter literario, como cuentos y novelas. Su lengua hogareña fue el inglés, y su opción por escribir en esa lengua no es de extrañar, pues se sentía mejor habilitado para hacerlo con ella, aunque sus motivos y sus desarrollos fueron casi en su totalidad referidos a lo que el paisaje natural le ofrecía. El joven Hudson crecería en una estancia -llamada "Los Veinticinco Ombúes", en Florencio Varela- donde sus padres se dedicaron a la cría de ovejas, alimentando su niñez mediante el contacto con lo que hoy sabemos constituye un ecosistema4. Tiempo después se mudarían a Chascomús, en la misma Provincia, donde una gran laguna, además de la flora y fauna del lugar, como la cría del ganado, le permitió seguir en contacto con la naturaleza.

Recibió de manos de un hermano mayor, quien había viajado a Inglaterra, el primer ejemplar de la obra de Darwin en la Argentina a poco de publicarse- según ha investigado Marcelo Montserrat- que, hasta donde se sabe, parece haber caído en manos de un atento, aunque crítico lector. Más tarde intercambiaría correspondencia con el autor, siempre referida a temas científicos, incluso para corregir algunas de las observaciones que había hecho el sabio inglés en aquel viaje iniciático. Si bien la primera lectura no parece haber despertado en él una adhesión inmediata debido a las creencias religiosas recibidas de su madre, en su autobiografía, titulada Allá lejos y hace tiempo / Far Away and Long Ago (1918)5, confiesa que luego se "había convertido en un evolucionista" al observar la riqueza de las formas de la vida en nuestro mundo, pero con la visión de quien se acerca a la naturaleza desde la profundidad de sus propias emociones, donde el alma se hace eco espejado en el que esa naturaleza se refleja y no teme asimilar esos sentimientos al fondo "salvaje" de nuestro ser, no desde una visión idealizada de la misma, sino como parte de la lucha por la vida para el logro de la felicidad y a los fines de no caer en la "degeneración", tal como lo expresa. De donde infiere que la interesada mano del ser humano sobre la naturaleza, las creaciones de la sociedad industrial, y las grandes urbes, no eran sino partes de una descomposición que, como la europea, había olvidado sus orígenes en nombre de la civilización y sus producciones artificiales. Convicciones que reafirmó al mudarse a vivir en Londres en 1874 contando treinta y tres años, cuando ya tenía contacto con naturalistas ingleses y norteamericanos y había colaborado con instituciones científicas. Nunca más regresaría a la Argentina, pero los reales motivos que lo impulsaron a ese traslado no se conocen.

Hudson fue naturalista por vocación, y esa misma vocación lo llevó a recorrer las inmensas pampas bonaerenses, a cruzar el Río de la Plata con destino al Uruguay (1868), a emprender distintos viajes por el Sur (1871) y aún el Norte del país. Herminia Solari ha sostenido que en realidad esos viajes "fueron siempre de regreso: la búsqueda de un reencuentro con la naturaleza", lo cual llevaba también implícita y explícitamente la crítica a la civilización, y su rechazo de "todo intelectualismo"6. Sin embargo, la autora ha señalado que nunca pensó que se podía volver a un estado anterior a ella y, junto con Alicia Jurado -biógrafa de Hudson-, nos ha alertado sobre la cuestionable postura del naturalista acerca de la guerra como factor de selección de los más fuertes, a propósito de la I Guerra Mundial.

A Hudson le cautivaban especialmente los pájaros, quizá muestra de su gran sensibilidad por esos seres pequeños e inquietos, por lo cual fue el primer ornitólogo argentino, respetado en Inglaterra, donde en 1889 fue uno de los impulsores de la Royal Society for the Protection of Birds, al parecer el primer antecedente ecologista del mundo, como también impulsor de la primera ley de protección de aves. Fue quien describió el ave típica de la pampa, el chajá, el "caballo salvaje" o ñandú, vizcachas y roedores, serpientes y ombúes. Anecdóticamente se ha comentado que fue crítico del uso de plumas en los ornados sombreros y capelinas de las damas de su época, como del cruel encierro doméstico al que eran sometidos los pájaros para deleite de familias. Lo cierto es que a los veinticuatro años comienza a intercambiar notas y a enviar pájaros embalsamados al Smithonian Institute de Washington DC ante el hecho de que constituían especies autóctonas. Estos trabajos fueron publicados en Proceedings of the Zoological Society of London.

Sus escritos, que suman alrededor de noventa libros e informes y comentarios científicos, fueron editados primero en Inglaterra y pueden dividirse en dos categorías: los científicos y los literarios, pero aún en éstos la reflexión gira siempre en torno de hechos vinculados con el medioambiente, algunos de los cuales han sido vistos como novelas de carácter utópico, como A Crytal Era (1887) o bien Green Mansions: A Romance of the Tropical Forest (1904). Parte de su obra ha sido considerada dentro del género gauchesco, pero ciertamente es más que eso. Erróneamente el Diccionario Enciclopédico de las Letras de América Latina7 no ha incluido su nombre, quizá por no estar escrita esa obra en español y/o por haber optado luego Hudson por la ciudadanía británica, cuando gran cantidad de sus textos se vinculan con temas y motivos argentinos, cualquiera fuese el tenor de los mismos.

Hasta donde sabemos, dos especies de aves -que él describió- fueron nombradas en su honor: Knipolegus hudsoni (viudita chica)8 y Asthenes hudsoni (espartillero pampeano o carpintero pampeano)9. Por la taxonomía de este último es que mantendrá una polémica con Darwin, dado que corrigió las observaciones hechas por el sabio inglés, incluso con términos duros, devueltos de igual modo10. No obstante, la presencia de Darwin en la obra hudsoniana será una constante como referente de sus propios escritos y, al mismo tiempo, esas observaciones de nuestro naturalista le conferirán un lugar respetado en el ámbito científico de la época, más allá de nuestras fronteras.

Girando el reloj hacia atrás

Las resonancias en Europa y en América de la obra de Darwin rápidamente se extendieron y acrecentaron, no sólo debido a los aspectos científicos, sino también a los discutidos aspectos religiosos y sociales que implicaba; cuadro dentro del cual la Argentina quedó incluida.

El interés por un despertar científico nuevo se remonta a las primeras décadas de la naciente República. Sus protagonistas explicitaron en ese escenario el deseo de revertir los siglos "perdidos" durante la Colonia, cuyo legado fue siempre, como sabemos, evaluado negativamente por los intelectuales decimonónicos. Dos sentimientos se conjugaban: por un lado el de orfandad ante una Corona que negaba el acceso al mundo moderno y, por otro, la falta de estudios más avanzados, al modo de las naciones europeas, cuyos modelos fueron Inglaterra y Francia. El panorama se les ofrecía yermo de mejores prácticas del conocimiento.

Respecto del balance que hace el historiador de la ciencia en la Argentina, José Babini nos dice:

Desde el punto de vista del saber científico, el período colonial fue [...] un período introvertido, si se nos permite el símil psicológico. La colonia vivió encerrada en sí misma, alejada e incontaminada del fermento científico que entonces agitaba y vivificaba a Europa11.

Si ya los próceres de la Independencia habían destinado dinero para crear academias de náutica, medicina, geometría, matemáticas y jurisprudencia (desde una nueva óptica, claro está), de corta y penosa duración, recién hacia 1821, con la creación de la Universidad de Buenos Aires, bajo las ideas de Bernardino Rivadavia, un cultivo sistemático de otros saberes distintos de los teológicos y de la antigua jurisprudencia, parecía querer despuntar. No fue casual que Rivadavia plantease una renovación de los estudios, pues en su viaje a Europa había permanecido en Londres y en París (entre 1814 y 1820), donde conoció y trabó amistad con la escuela de los Ideólogos franceses, especialmente en la figura de Destutt de Tracy. Éstos, herederos tardíos de la Ilustración, poseían el afán de los conocimientos científicos y de la nueva filosofía que buscaba el origen de las ideas, lo que conocemos como Ideología. Y así se llamó a los contenidos filosóficos que aparecieron en el nuevo Plan de Estudios que se estableció para la Universidad de Buenos Aires, cuyo ciclo parece haberse agotado -según lo que conocemos hasta hoy- en 184212. En una carta que fechara el discutido Rivadavia a un amigo en 1830, le expresaba aspectos que resultan de interés, por lo menos desde un punto de vista genealógico que nos vinculará a las aspiraciones de la generación del '37. Decía en esa misiva:

Las causas del mal no son las formas: los principios ni el sistema, son la desproporción del territorio con la población, la falta de capitales, la ignorancia e imperfección racial de los individuos, y las consecuencias del sistema colonial y de la guerra de la independencia13 [cursivas nuestras].

Frases que muestran la inmensidad de las tierras y el vacío demográfico por un lado y, por otro, la pobreza económica ante la falta de capitales, sumados a la ignorancia e "imperfección" de la población, expresada en términos de "raza", como herencia nativa y colonial. Este mismo sentir, del que se hacieron eco los hombres y figuras de la generación del 37, fue algo extendido en los países hispanoamericanos -aunque a veces apareciese la conmiseración por los indígenas, las poblaciones pobres, y campesinas-, pues pueden leerse en escritos del ilustrado hondureño José Cecilio del Valle (1777-1834) expresiones semejantes, como aparecerán más tarde en Juan Bautista Alberdi (1810-1884), con su famosa frase "gobernar es poblar" y la idea de "educar al soberano", ampliamente compartida por las élites del momento, con lo cual también se llegaba a la idea de "gobernar es educar". El arte debía ayudar a la naturaleza. De allí a la necesidad de fomentar la inmigración (una inmigración blanca y calificada), había un paso. Sus metas serían económicas y civilizatorias y se lograrían mediante la incorporación de europeos laboriosos, a quienes se ofrecería protección individual y familiar, el goce de los mismos derechos que a los ciudadanos, se les concederían tierras para la agricultura e instalación de establecimientos, y franquicias especiales, según las actividades, como la minería por ejemplo. La idea de "buenos hábitos", que serían imitados por las "masas incultas", y el ejemplo parecía una receta beneficiosa, cuyo primer intento hizo Rivadavia alentando una inmigración no espontánea, sino inducida, con lo cual la idea de selección demográfica apareció en aquellas primeras décadas de vida independiente. Inmigración, civilización, y progreso fueron desde entonces tres ideas imbricadas -con sus derivaciones-, que atravesaron el siglo junto a sus pares de opuestos, ordenando no sólo campos semánticos, sino también campos políticos, sociales, económicos y culturales para legitimar acciones dentro de una filosofía de la historia, donde el tiempo tendría la impronta de la evolución. El reverso más fuerte y temido de esas ideas fue sin dudas la idea de barbarie, asimilada a la de involución, retroceso, degeneración, o decadencia, mas indicando también salvajismo en una doble dimensión: como estadio prehistórico de la humanidad, y como aquello que podía pervivir y hasta convivir con la civilización, o bien como retroceso en determinados momentos.

Civilización o barbarie. Sarmiento y sus científicos

Como hemos indicado, una filosofía del progreso estuvo instalada desde los momentos pre-independentistas y no abarca sólo a la etapa finisecular del siglo XIX cuando cobró arraigo el positivismo. Insoslayablemente se nos presenta entonces la figura de Domingo Faustino Sarmiento (San Juan, Argentina 1811- Asunción, Paraguay 1888) con su Facundo o civilización y barbarie, obra que, como sabemos, publicó en Chile bajo la forma de folletín, en 184514. No es casual que lo hiciera de esa manera: apareció en un periódico, modo de información popular del momento, destinado a modelar opiniones en la población alfabetizada, y confeccionada como folletín para asegurarse la circulación y la recepción de quienes seguían la narración. Un modo de incidir en las inteligencias como la gota de agua que da cada día su dosis, sin prisa pero sin pausa. Lo hizo en el periódico El Progreso -de elocuente denominación-, por él fundado, como sabemos. La intención ideológica, y pedagógica, al modo sarmientino, es clara entonces. Su tema es la barbarie para que las gentes del momento y las futuras recogiesen una lección de lo que no debían ser. La tensión entre un momento descriptivo y un horizonte prescriptivo guía la narración. Es decir, la idea de que el cambio, el movimiento, la evolución, está a la base del proceso histórico que debe seguir la nación, una nación que es pensada en términos cívicos de acuerdo a principios racionales, como arquitectura de un proyecto que para entonces Sarmiento ya había pergeñado y será su programa político con el correr de los años. Facundo no es sólo un personaje maldito del acaecer, es un tipo humano, como lo era Rosas, del mismo modo que lo son el rastreador, el baqueano, el gaucho malo, y el cantor. Hay en todos ellos una clase de "sabiduría popular" que no posee el indígena, quien está fuera de la historia, por ser un salvaje que ni siquiera sabe leer lo que la misma naturaleza le ofrece y a quien Sarmiento no le confiere voz en su obra. Él mismo es mera naturaleza: ni bárbaro ni civilizado15.

Dentro de la arquitectura de un proyecto nacional no podía faltar, además de la educación popular, el avance en el cultivo de las ciencias e instituciones afines, y Sarmiento fue un activo agente en esa dirección. De las discusiones sobre el darwinismo fue testigo atento, recogiendo incluso la labor desarrollada por el médico y paleontólogo argentino Francisco Javier Muñiz (Pcia. de Buenos Aires, 1795-1871), cuya obra editó con su propio prólogo, bajo el título Vida y escritos del coronel D. Francisco J. Muñiz16. Muñiz actuó en política también, pues fue diputado, senador, convencional y, además, presidente de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires.

Su profesión médica la ejerció a cabalidad, pero su vocación de paleontólogo autodidacto lo condujo a realizar importantes labores hasta lograr una valiosa colección sistemática de fósiles, que se estima fue la primera en la Argentina. Colección que entregó a Juan Manuel de Rosas y éste, a su vez, al almirante francés Jean Henri Joseph Dupotet (1777-1852), aunque la idea de nuestro investigador era que constituyese la base de un museo de ciencias naturales en Buenos Aires17. De esos restos fueron valiosos los de tigres y caballos fósiles, los del Megatherium, del Clyptodon y del Megalonix, por ejemplo. Pero también recogió observaciones sobre los pobladores naturales de la zona de Luján, sus vidas y costumbres, donde trabajó por veinte años (1828-1848), y el Vocabulario rioplatense que registró. Gregorio Weinberg, de quien nos valemos en esta oportunidad, ha expresado que ese vocabulario es, casi con certeza, el primero que se elaboró en el país. Dice Weinberg:

Para comprender debidamente las circunstancias y el valor de los aportes de F. J. Muñiz debemos recordar -sin recurrir a mayores deslindes- que por entonces hacían su irrupción, entre otras, "nuevas" ciencias como la paleontología y la geología, y que las mismas se estaban convirtiendo en el eje de apasionados debates que, más allá de las disciplinas propiamente dichas y de sus implicaciones, interesaban a la cosmovisión misma del hombre; de otro modo no se explica la vehemencia con que se discutían Buffon, Lamarck, Cuvier, Lyell y, más tarde, a C. Darwin, quien pasó a ocupar -sin buscarlo ciertamente- el centro de la escena durante largas décadas, hasta que la física, ya en esta centuria, comenzó a desplazar el interés despertado por las ciencias de la naturaleza. Por eso importa subrayar que las manifestaciones de la actividad de nuestro Muñiz se anticipan a aquel momento fecundo. En realidad en nuestro medio el intenso debate público sobre el "transformismo" será algo posterior; [....]18.

Muñiz como médico había descubierto pústulas de la viruela en vacas criadas en estancias, utilizadas al mismo tiempo como vacunas. Hecho del que informó a la Royal Jennerian Society for the Extermination of the Smallpox (creada en 1803). Para el cow-pox había encontrado que existía "en este territorio la vacuna indígena", según sus palabras y tal como lo manifestó con fecha 20 de enero de 184219. Por otro lado, hizo una exacta descripción del ñandú o avestruz americano, distinto del africano, corrigiendo así a Buffon y a Cuvier. Su descubrimiento más importante fue el del "tigre fósil" (Muñifelis bonaerenses, hoy denominado Smilodon bonaerenses) en 1844. Con igual precisión describió lo que se conoce como "la vaca ñata" (similar a un perro bulldog por su hocico aplastado y leve deformación en su cabeza, atento a lo que consideró una degeneración del ganado vacuno)20, por la cual Darwin se interesó planteando siete cuestiones, que Muñiz respondió. Agradecidamente, Darwin contestó incluyendo también las noticias que tenía acerca de la fiebre escarlatina el 26 de febrero de 1847 y en elogiosas palabras manifestaba en su carta: "No puedo adecuadamente expresar cuánto admiro el continuado celo de Vd., colocado, como está, sin los medios de proseguir sus estudios científicos y sin que nadie simpatice con Vd., en los progresos de la Historia Natural"21. Esas respuestas fueron utilizadas luego por Darwin en la segunda edición de su diario de viajes y más adelante en El origen de las especies.

En el interregno que media hasta la muerte de Darwin, el alemán Carlos Germán Burmeister (Straslund, 1807-Buenos Aires, 1892)22 y Eduardo Ladislao Holmberg (Buenos Aires, 1852-1937) son los nombres más conspicuos en materia científica, cuyas ideas dividieron aguas resonantemente. El primero por no aceptarlas y el segundo por ser fiel admirador del sabio inglés, quien reflejó incluso en una obra de ficción, titulada Dos partidos en lucha (1875), la contienda ideológica23. Marcelo Montserrat afirma que con Holmberg el darwinismo encontrará "un heraldo singular" y a partir de entonces, junto al spencerismo, "el movimiento positivista tendrá una fuerte impronta biologista"24. En la obra intervienen tres personajes, donde la disputa llega a niveles tan acalorados como para hacer participar al propio Darwin, ficcionalmente llegado a Buenos Aires y recibido pomposamente por el presidente Sarmiento.

Cabe apuntar aquí que con la creación de la Sociedad Científica Argentina, en 1877, Darwin fue declarado miembro honorario, el tercero de la Institución, el mismo año que apareciese la primera edición de El origen de las especies en español. Un año más tarde lo haría la Academia Nacional de Ciencias de Córdoba, pocos días antes que la Académie des Sciencesde París. Incorporaciones dadas no sin resistencia25. Ocurrida su muerte, se le tributó un famoso homenaje en el Teatro Nacional el 19 de mayo de 188226, donde los conferencistas fueron el mismo Sarmiento, Florentino Ameghino y Holmberg. Las palabras de Sarmiento, recogidas bajo el título "Darwin", constituyen una larga pieza oratoria donde comienza por un breve recuento de los científicos en la Argentina, alude a los resultados de cruzas de razas en el ganado hecha por estancieros, un modo empírico de variación de las especies sobre los que dice: "Los inteligentes criadores de ovejas son unos darwinistas consumados y sin rivales en el arte de variar las especies", para agregar: "Me parece que hay motivo suficiente para que seamos los argentinos partidarios de la doctrina del transformismo, puesto que nosotros transformamos una variedad de oveja en otra. Hemos construido una especie: la oveja argentífera, porque da plata y porque es argentina además". Indica luego los resultados sociales de la teoría darwinista, para rematar con que si Darwin hizo sus investigaciones en nuestro país, por qué no habríamos de homenajearlo dado que todavía estaban frescos los rastros de "su paso por nuestro territorio, y es uno de nuestros propios sabios"27.

De los cincuenta y dos tomos que constituyen sus Obras, no hay que olvidar Conflicto y armonías de las razas en América (publicado el primer tomo en 1883; el segundo tomo, escrito cinco años después, se publicó póstumamente), obra de su madura ancianidad, a la que Carlos Octavio Bunge consideró "piedra fundamental de la sociología argentina"28. El título nos indica que el conflicto era uno (el origen hispánico, con sus instituciones y el mestizaje producido durante la Colonia) y podía haber armonías de razas. Es decir, una causa y consecuencias según los elementos culturales que aportaban, pero ciertamente ya en el origen había una lucha de grupos étnicos (lengua, religión y costumbres) llegados de Europa, que abrazó a todo el Continente, aunque la resolución había resultado diferente en donde habitaba "la raza sajona" y "la raza latina". El desplazamiento al plano cultural permitiría decir que no habría fatalismo, sino mejoramiento que podría extenderse a toda la humanidad, pues la historia de la civilización habría sido como la superposición de momentos disgregadores y momentos resolutivos en lucha, lo que podríamos llamar darwinismo social. Bien se ve entonces que aquella división binaria de civilización o barbarie estaba viva en su pensamiento y las armonías sobrevendrían con el triunfo de la primera. Pero debemos añadir un detalle significativo. En carta que Sarmiento le dirigiera al Perito Francisco P. Moreno con fecha 9 de abril de 1883, a propósito de la publicación de Conflicto y armonías y los comentarios que había recibido, le expresa:

Aprovecharé tan buena ocasión, sin embargo, de hablar del libro, dando algunas explicaciones y complementos. Bien rastrea usted las ideas evolucionistas de Spencer que he proclamado abiertamente en materia social, dejando á usted y á Ameghino las darwinistas, si de ello los convence el andar tras de su ilustre huella.

Yo no tengo ni la pretensión ni el derecho de serlo. Con Spencer me entiendo, porque andamos el mismo camino.
[...]

Pero volvamos a nuestro libro. En alguna parte he reproducido las ideas de Lecker, (de la Escuela) de que un hombre no es el autor del giro que toman sus ideas. Éstas le vienen de la sociedad; y cuando más el autor logra darles forma sensible, y enunciarlas. Realízase con Conflicto y armonías esta verdad, de una manera extraña. No esperemos nada de Europa, que nada tiene que ver con nuestras razas. Algo puede venirnos de los Estados Unidos, de donde nos vinieron nuestras instituciones29.

El movimiento positivista

Hacia la generación del '80, como bien sabemos, la Argentina vivió el movimiento positivista de un modo intenso, llegando a ser parte de la política oficial. Fue una amalgama de darwinismo, comtismo y spencerismo del que participaron la mayoría de los intelectuales, aunque hubo quienes se negaron a aceptar estos presupuestos desde posiciones religiosas. En la Escuela Normal de Paraná (Entre Ríos), creada por el propio Sarmiento en 1870 cuando era presidente, el comtismo fue la nota dominante en la enseñanza impartida para la formación de maestros, y en los escritos dejados por sus hombres más notables, aunque el sistema educativo argentino es mucho más complejo, no sólo en cuanto a política educativa, sino también en cuanto a "opciones curriculares y metodológicas"30. La operación que ya se había producido implicaba, sobre bases supuestamente científicas, una reducción de la psicología a la biología y con ello a explicar las diferencias sociales con un dispositivo que remitía a la herencia y la raza como fundamentos. Refiriéndose en términos generales -insistimos, en términos generales-, a los positivistas en materia educativa, dice Juan Carlos Tedesco:

El fatalismo biológico resultaría inmodificable; el fracaso escolar sería explicado por razones genéticas y la función de los métodos y programas escolares sería seleccionar a los "más aptos" y excluir rápidamente a los que no podrán avanzar en el sistema más allá de sus posibilidades "objetivas"31.

Varios son los nombres destacables dejados por el grupo de Paraná, comenzando por el de Pedro Scalabrini (Como, Italia 1848-Buenos Aires, Argentina 1916), llegado al país en 1868, de quien se dice ser el introductor del comtismo en la Argentina32, continuando con J. Alfredo Ferreira (Corrientes, 1863-Buenos Aires, 1938), además de pedagogos y educadores que tuvieron amplia acción en las décadas finiseculares y aún iniciado el siglo XX (José María Torres, Víctor Mercante, Rodolfo Senet, Maximio Victoria,...)33. Scalabrini, paleontólogo y pedagogo, nos ha dejado un escrito, titulado "Materialismo, darwinismo, positivismo. Diferencias y semejanzas", redactado en 1888, donde trata de incorporar el darwinismo al positivismo34. El maestro, seguido con veneración y respeto, se ocupaba de impartir enseñanzas dando lectura a la obra de Comte, con ciertas particularidades, como observa Arturo Andrés Roig, quien afirma que puede considerársele el iniciador de la filosofía positivista comtiana en el país. Scalabrini reelabora y ensambla, según su estudio, las ideas del filósofo francés con el "materialismo" y el "darwinismo" de un modo "no otodoxo", por lo que se trataría de un "neocomtismo". Posición que se organiza sobre distintos aspectos, según afirma Roig:

[...]: se asimila el "saber cosmológico" (denominado "materialismo") sobre la base de la crítica que el mismo Comte hace al "materialismo radical". Se impugna especialmente la pretensión de los materialistas de extender criterios metodológicos propios de la física y de la química, al terreno biológico y sociológico. De acuerdo con Comte se parte, pues, de una afirmación de la irreductibilidad metodológica de las ciencias. Se asimila al comtismo el "saber biológico" (denominado "darwinismo"), pero rechazando la postulación de lo que se ha denominado "darwinismo social". Todas estas asimilaciones parciales no podían por otro lado hacerse sin introducir fuertes modificaciones al comtismo mismo, que a pesar de esto es en todo momento la línea de pensamiento sobre la que descansa la síntesis. La primera innovación es la que deriva de la presencia del concepto de "evolución". Aparecen confundidas la "evolución transformista" con el "progreso" comtiano, aspecto éste tal vez el más discutible y no claramente resuelto. Se rompe además con el agnosticismo científico de Comte, exigiendo una ampliación del campo de investigación de la realidad físico-química y biológica. Se mantiene, sin embargo, la idea de una realidad biológica en la que los procesos no pueden ser explicados desde afuera, de modo mecánico. De ahí el rechazo de la formulación materialista del darwinismo tal como aparece en Haeckel y la aceptación de una definición de la vida, al modo como la ofrecía Claude Bernard. En el fondo se mantiene, pues, la idea de la irreductibilidad de los diversos niveles cosmológico, biológico y sociológico35.

Fiel discípulo del maestro mencionado fue J. Alfredo Ferreira, conocido por su labor educativa, pero con formación jurídica. La fecha de su fallecimiento da la medida de hasta cuándo el positivismo siguió vivo en nuestro país, a pesar de que ya habían aparecido formas espiritualistas de pensamiento. Pero retomando el tema, Ferreira fue el continuador de la obra de Scalabrini y editor de la revista La Escuela Positiva, fundada en Corrientes en 1895, con tirada mensual, cuya dirección ejerció hasta 1899. Más tarde fundó el Comité Positivista Argentino en 1924, y su publicación El Positivismo36. Para nuestro caso interesa destacar en esta oportunidad que sus Ensayos de Ética constituyen la única obra sistemática que dejó, publicada póstumamente en 1944. Cabe preguntar, ¿qué lugar ocupa Darwin en su pensamiento? Conviene citar un texto de la primera revista fundada, en su número inaugural. Decía allí:

El Positivismo es la ciencia espiritualizada, sistematizada y generalizada. Fuera de la ciencia no hay nada [...]. Los sistemas y teorías que no tienen por base los hechos y luego las leyes que a su vez son base de la ciencia, son vanas aspiraciones, sueños vagos, semejantes a las visiones místicas, que deben tenerse en cuenta, sin embargo, como productos cerebrales, para estudiar al hombre37.

Manteniéndose dentro de la síntesis comteana y ciertos elementos derivados de Herbert Spencer, como el organicismo, trasladará el materialismo y el darwinismo al ámbito social, sobrepasando el biologismo, para acudir a explicaciones físico-químicas como último reducto de lo existente. Mas recurre a la selección artificial y no a la selección natural, determinada por la evolución del pensamiento, del entendimiento y de la acción (ciencia, arte, industria, respectivamente), según nos dice en un estudio Luis Adolfo Dozo. Es claro, como lo muestra este autor, que Ferreira efectúa una operación, al modo de su maestro, para establecer grados de superación traspasando la interpretación materialista, que regiría sólo el ámbito cosmológico, y el darwinista, que sería sólo biologista y mecanicista, donde la "selección natural" sería insuficiente para el ámbito social, debiendo optar por una "selección artificial". Dice Luis Adolfo Dozo que en el pensamiento de Ferreira, Newton, Darwin y Comte expresan respectivamente las leyes naturales de la piedra inerte, la célula y el hombre, pasando por los tres estadios comteanos de evolución de la humanidad: desde su etapa teológica con Bossuet, al estadio metafísico con Descartes y, finalmente, al positivo, con Comte38.

Fervoroso seguidor de las ideas de Darwin y de su continuador, Ernst Haeckel (1843-1919) -aunque lo negara- y simpatizante de las tesis principales de Spencer, fue Florentino Ameghino, un distinguido paleontólogo nacido en Italia, aproximadamente en 1853, pero llegado a la Argentina desde muy pequeño, donde falleció en la ciudad de La Plata en 1911, orlado por el prestigio. Sin embargo, sus intereses estuvieron puestos también en la geología y en la antropología física, cuestión ésta que le acarreara no pocos enemigos, entre ellos el propio Burmeister39. Sus estudios formales se redujeron a ser maestro de escuelas elementales, por lo que en su carrera científica fue autodidacta. En 1878 un viaje a Francia le permitió llevar algunas colecciones paleontológicas exhibidas en la Exposición Universal de París, y trabajar con científicos, como el paleontólogo y entomólogo François Louis Paul Gervais (1816-1879); el médico, zoólogo y paleontólogo -quien, contra Darwin, defendió el monogenismo y popularizó el término Antropología-, Jean Louis Armand de Quatrefages (1810-1892); Gabriel de Mortillet (1821-1898) con su concepto del "fósil guía"; el antropólogo Ernest Théodor Hamy (1842-1908), y otros. En 1880 publicó su conocida obra La antigüedad del hombre en el Plata, que redactó en la ciudad parisina, pero sus escritos comprenden ciento setenta títulos, entre los que cabe recordar "A la memoria de Darwin" (1882), "Filogenia: Principios de clasificación transformista basados sobre leyes naturales y proporciones matemáticas" (1884), "Contribución al conocimiento de los mamíferos fósiles de la Republica Argentina" (1889), etc. Según datos proporcionados por la bibliografía, dio a conocer mil especies paleontológicas nuevas y a propósito declara en la obra sobre el hombre en el Plata que "[...] la colección de fósiles de la Pampa de nuestra propiedad es la más rica en especies que la que de la misma comarca, posee cualquier lugar del mundo y contiene casi todos los tipos conocidos"40.Además de sus trabajos sobre geología, dejó reflejado su pensamiento en Mi credo filosófico, conferencia dictada en la Sociedad Científica Argentina en 1906, obra que resulta de interés como síntesis de su pensamiento -fruto de su madurez- y a la cual nos referiremos brevemente.

Ya en sus palabras iniciales nos da la tónica de su postura: "Los esfuerzos del hombre deben encaminarse siempre hacia el conocimiento de la verdad, cuyo culto será la religión del porvenir"41. Obra en la que no menciona a un solo autor y más parecida a un catecismo científico, redactada casi aforísticamente, en la que no descarta el plano de las creencias -ciertamente no religiosas en el sentido tradicional- y en esta dirección dice que al dejar una creencia, ésta debe ser suplantada por otra, pues de lo contrario se crearía un gran vacío.

¿Cuáles fueron sus creencias? En primer lugar establece cuatro principios de toda la realidad, de los cuales provienen todos los seres: un infinito tangible, que es la materia, y los otros tres, a los que llama infinitos intangibles, que son el espacio, el tiempo y el movimiento. La relación entre la materia y el espacio es la de contenido y continente. La materia es indestructible y eterna, no tuvo principio ni tendrá fin. El espacio es visto como lo único inmutable, inmóvil y perenne. Tiene existencia por sí mismo. En cuanto al tiempo, es inseparable del espacio, pero corre paralelamente con él, en una sucesión infinita que atraviesa fases de la eterna transformación de la materia. Por su parte, el movimiento (fuerza o energía) es el cuarto principio infinito, que si bien es material, es sensible y tangible, a diferencia del tiempo. Los cuatro son irreductibles entre sí y dan lugar a lo que podría llamarse un pluralismo ontológico, aunque convive con una interpretación monista de la materia, primer principio del cosmos, al que llega a identificar con el éter. Asistimos de este modo a una concepción metafísica, de tipo inmanentista de la evolución, tal como aparece explicitada en su libro ya citado. Trasladada al plano humano, es una filosofía del progreso, que se asienta en la consecución de la verdad, según la proporcionan las ciencias, de acuerdo a las leyes que rigen el mundo físico y humano, tanto en su aspecto individual como social. La nota en este caso es que para Ameghino la materia es dinámica y coexiste con el determinismo evolucionista, a diferencia de lo que afirmaría Spencer. Frente a lo que podría pensarse de un naturalista, para el sabio argentino de esos cuatro principios se deducen todas las leyes de la naturaleza, cuyos pasos siguientes son derivaciones deductivas de esas mismas leyes. La experiencia aporta la observación, pero ésta debe ajustarse a un modelo de prueba deductiva, tal como lo sostiene en su ensayo "Visión y realidad (Alegoría a propósito de Filogenia)". Este modelo deductivo debía responder, por un lado, a la inferencia lógica y, por otro, al orden de los conocimientos según se procede de lo general a lo particular y más concreto42.

Puede colegirse, entonces, la confianza en la posibilidad predictiva de la ciencia que, anticipándose a futuros hallazgos -según la entiende-, muestra su idea del largo camino de las investigaciones bajo la idea de que el tiempo terminaría por armar el árbol aún inconcluso y, no sólo eso, sino también que el ser humano, merced a los avances científicos, podría alcanzar una longevidad insospechada, rayana en la inmortalidad, porque la materia era un elemento constante en el universo.

En La antigüedad del hombre en El Plata, nos dice:

La humanidad ha marchado siempre a pasos más o menos lentos hacia el progreso, pero se prepara a seguir esa marcha en el porvenir a verdaderos pasos de gigante; y todas las trabas reunidas que los oscurantistas quieran oponerle a su paso no producirán más efecto que el que causaría un diminuto grano de arena puesto sobre los rieles de una vía férrea con el objeto de detener la marcha de una locomotora lanzada a todo vapor43.

Si éste fue el pensamiento maduro y de síntesis, volvamos a la conferencia que tributó en el homenaje a Darwin, ya mencionada, bajo el título "Un recuerdo a la memoria de Darwin. El transformismo considerado como ciencia exacta"44. Entusiasta orador como Sarmiento, se pone a reparo y fustiga a quienes no han entendido las teorías del sabio inglés, de su predecesor francés Jean Baptiste Lamarck, ni de sus continuadores, particularmente porque les habían hecho decir lo que nunca dijeron. Afirma Ameghino:

Ni Darwin, ni su predecesor Lamarck, ni sus discípulos Huxley y Haeckel, ni ningún naturalista transformista ha dicho, que alguna de las razas humanas actuales descienda de alguna de las especies de monos actuales. Lo que afirman los transformistas es que los seres en general, y cada especie en particular, no han aparecido así nomás porque sí, de sopetón, de la noche a la mañana: que nada se forma de la nada, que por consiguiente todo debe tener antecesores, y concretándome particularmente a las formas superiores de la animalidad, cuya cúspide somos nosotros, lo que sostiene dicha escuela es que el hombre desciende de una forma inferior extinguida, que los monos antropomorfos actuales descienden de otro tipo también extinguido, que a su vez tuvo sin duda, por origen un tipo primitivo del cual se separaron igualmente en épocas sumamente remotas las formas precursoras del hombre. Ya veis que estamos muy lejos de la pretendida descendencia45.

Dada la magnitud de la teoría de Darwin, dice que no hablará de la teoría evolucionista de la formación de los astros, de las lenguas, de las religiones o de las naciones; tampoco de las plantas, circunscribiéndose a su propio campo: "soy antropólogo, y, sobre todo, paleontólogo". Resulta interesante entonces que afirme acerca de Darwin que "puede considerarse como uno de nuestros sabios, pues el descubrimiento de su teoría está ligado a la historia de nuestro progreso científico, por ser aquí, entre nosotros, donde recogió los materiales para ella y tuvo su primera idea"46. Y más aún, pues estima que es sólo en la "Pampa" donde puede encontrar su comprobación y hasta predecir los próximos descubrimientos. Mas a pesar de decir que no se referirá al tema de las lenguas, llegado el momento echa mano de lo que llama la familia lingüística, que cual árbol con muchas ramas, remitiría a un origen común, un "tronco común, actualmente extinguido", al que se reconoce como lengua aria primitiva, según nos indica.

El núcleo central de su conferencia versa sobre los mamíferos desdentados, aportando sus propias investigaciones, pero ya para finalizar con sus palabras recordemos una de sus conclusiones: "Esta teoría, señores, me parece tan sencilla, tan simple, tan lógica, tan natural, que no puedo comprender cómo haya personas ilustradas que no pueden concebirla, a menos que no haga intervenir para ello la ley transformista del atavismo intelectual". A lo que añade cuánto hizo Darwin en momentos en que no se disponía de los materiales a la mano y cuántos años tardó en publicar los valiosos resultados: "[...] cuando recuerdo todo eso, no puedo menos que admirarlo; y, señores, admiradlo conmigo y respetad su memoria, porque Darwin fue un gran genio y un gran sabio"47.

Ya decididamente en el terreno del biologismo social48, quisiéramos referirnos a dos pensadores que llenan la última parte del siglo, sin agotar otras posibles menciones. Nos referimos a José María Ramos Mejía y a Carlos Octavio Bunge. Cabe aquí reiterar la advertencia de que llegado el siglo XX éste no estuvo desterrado del pensamiento argentino y se prolongará por lo menos en sus tres primeras décadas.

El clima modernizador dispone los afanes de la generación del 80 y su continuación con la generación del 96. La nación pensada por la generación del 37 parece llegar a un punto donde, después de las convulsiones internas, se aspira a concretar algunas realizaciones. Ciertamente los grupos hegemónicos han consolidado su poder en el gobierno. Si la industrialización querida por Alberdi no tiene lugar, el modelo agrícola-ganadero logra su predominio. Se produce igualmente la inmigración a escala importante, que provocará reacciones diversas, muchas de ellas de franco rechazo. Dentro del momento hallamos los dos nombres mencionados.

José María Ramos Mejía (Buenos Aires, 1849-1914) vivirá como actor un momento contradictorio, de tensiones entre católicos y liberales, tradicionalistas y progresistas, por decirlo de un modo rápido, pero saltando el cerco de la contienda, manteniéndose en los ámbitos de lo que la ciencia y la escritura le permiten como vocación. Culmina sus estudios de medicina en 1879 con la tesis "Apuntes clínicos sobre traumatismo cerebral", fruto de observaciones experimentales. Creador del Círculo Médico Argentino, será uno de los responsables de organizar el homenaje a Darwin. Por sus gestiones se creará ese mismo año la Asistencia Pública y el Departamento de Higiene que dirige entre 1892 y 1898. Profesor de Neuropatología, ensaya allí sus ideas y pone a prueba en su laboratorio los conocimientos centrales que había adquirido. Lo hace en medio de un clima que considera la posibilidad del cambio social a través de la ciencia. Su confianza no está puesta en la acción política del acontecer histórico del momento, aunque ocupara una banca de diputado. Como dice Hebe Clementi: "[...] representó no un partido político, sino una especie de falange ilustrada y confiada, cuya gestión uniforme vino dada por la confianza en la acción orientada por la ciencia, volcada hacia la sociedad"49. De su pluma surgirá una primera obra, La neurosis de los hombres célebres en la historia argentina, cuyo primer tomo verá la luz en 1878, un año antes de graduarse. Más tarde dará a conocer La locura en la historia (1895), Las multitudes argentinas (1899), Rosas y su tiempo (1907) y Los simuladores del talento en las luchas por la personalidad y la vida (s/f)50.

Ciertas posiciones y características confieren a Ramos Mejía un lugar significativo dentro del positivismo finisecular, cuyo principal discípulo fue José Ingenieros (1877-1925). El registro predominante en ellos se mueve en la línea spenceriana, con todas las concomitancias del caso que permiten hablar de cientificismo, mediante los trazos de Darwin, Lamarck, Cesare Lombroso, Gustave Le Bon, Claude Bernard, y los avances de la psiquiatría especialmente francesa51.

Aquella primera obra, La neurosis de los hombres célebres en la historia argentina52,a la cual habremos de referirnos brevemente, es sin dudas, el "complemento científico" del Facundo, pues -fruto de la aplicación y ampliación de estudios neurológicos del momento- presenta una largo repaso de las principales orientaciones en los estudios de la psiquiatría moderna, específicamente sobre neurosis. Analiza a continuación la neurosis en la historia, para luego dar curso al estudio de los casos argentinos. No es un hecho casual que casi la mitad del libro esté destinada a la figura de Juan Manuel de Rosas, su neurosis y sus causas y, luego, a los efectos en la población de Buenos Aires, ya fuese porque respondían a su política, ya fuese por el terror en el que quedaban sumidas. El título del capítulo lo expresa bien: "Estado mental del pueblo de Buenos Aires bajo la tiranía de Rosas". El resto de la obra analiza el caso de la melancolía del "Dictador Francia", en Paraguay; del alcoholismo del Fraile Aldao; del "histerismo de Monteagudo"; del "delirio persecutorio del Almirante Brown", para completar la obra con un capítulo más breve acerca de "Las pequeñas neurosis".

Que su realización contara con la aprobación de Sarmiento se comprueba con su lectura, pero en el Prólogo, el mismo Vicente Fidel López (su maestro en temas historiográficos) se encarga de decirnos que fue celebrada por "los jóvenes cultores de la ciencia que, con Sarmiento a la cabeza, admiraban a Darwin y Spencer, pugnando por introducir en el país la afición por las ciencias de la naturaleza"53. Así pues, es un ensayo con pretensión científica, que dice ser el primero realizado en el país, aunque la lectura no nos devuelva las pruebas que uno esperaría encontrar en una investigación de ese carácter. Paul Groussac (Toulouse, Francia 1848 - Buenos Aires, Argentina 1929, llegado en 1866) se negó a escribir su prólogo y le hizo observaciones desde el saber histórico que practicaba. Y aquí todo lo que quiere fundar Ramos Mejía remite a la historiografía de terceros, al testimonio y a lo que le han narrado personajes de la historia. Mediaciones que indudablemente filtran su estudio y enderezan los diagnósticos en una dirección previsible. Sin embargo, dirá en su "Introducción" Vicente Fidel López que "En todo el ámbito del universo, desde el insecto al hombre, desde el hombre a los astros, no hay más leyes ni más causas eficientes, a los ojos de las Ciencias Naturales, que las que rigen la 'Materia'". Para ello se había dado el feliz resultado de ser reemplazada la antigua teología y la psicología por la fisiología que, ayudada por las demás ciencias naturales, observan la "Naturaleza natural" (es decir lo que no es naturaleza teológica), siendo la única "Revelación" aceptada con que se logran las verdades comprobadas. Es sobre este aspecto que afirma su pensamiento: "La doctrina, [...], de la evolución general y continua de los organismos y la de cada organismo en particular", que destrona las explicaciones de un "poder divino". Y ante los críticos de la idea de materia dirá que ni siquiera han reparado en la filiación de la palabra con la de "maternidad", porque su origen es en realidad "mater", que no es otra que la madre Naturaleza, escrita con mayúscula por el autor que apadrina la edición.

La neurosis es una patología del sistema nervioso cerebral que parece recorrer la historia de la humanidad, y ahora Ramos Mejía la buscará psicogenéticamente en la historia nacional, remontándose a los tiempos de la misma Colonia, verdadero proceso de selección de la especie, donde sobrevivieron los más aptos para la guerra, las hambrunas y las inclemencias del tiempo, más allá de la "barbarie enfermiza" que los condujo en las nuevas tierras, con un "vigor" y "un temple moral tan poco común". A sus ojos,

[...] todo ha venido transfundiéndose hasta llegar a las generaciones actuales. La "selección", con su principio de mejoramiento, ha ido agregando esas cualidades morales que complementan la fisonomía de la generación de la independencia [...]. Facundo Quiroga, Artigas y los otros caudillos de su talla, sólo atestiguan que la ley del "atavismo", en virtud de la cual el individuo tiende por un esfuerzo de su propia naturaleza a parecerse a un tipo o especie anterior más imperfecta, se cumple siempre con igual regularidad54.

Mas esos caracteres no sólo están en el individuo y en la familia, sino también en un pueblo, "puesto que es un organismo análogo al organismo humano". Con esta tesis quedará justificado su capítulo sobre el pueblo bajo la tiranía de Rosas porque los grandes sucesos políticos de la historia, como las revoluciones y las guerras, ejercen una acción poderosa en los estados nerviosos y en las enfermedades mentales. Efecto también de la evolución será la atrofia de aquellos órganos que no se usan. Indagará aquí la explicación si no de nuestra locura, como dice, al menos del estado de exaltación o de depresión intelectual y moral que nos ha afectado, con un fondo patológico tan acentuado. Añade a eso el factor climático (como los vientos del Norte), que sería causa de enfermedades del sistema nervioso, produciendo, por ejemplo, apoplejías o parálisis parciales.

El neurópata Rosas había llegado al mundo con una herencia (transmitida por vía materna: una señora histérica)55, que poseía el germen de la locura, acentuada por sus ataques de cálculos renales ("cólicos nefríticos"), y por el medio en el que había dado rienda suelta a sus ataques de furia, de donde provenía su "naturaleza para el crimen" y la perversidad moral. Todo se había conjugado en un "cerebro congénitamente enfermo", cuyo efecto fue el terror en "las clases superiores", una "'panofobia' depresiva y humillante", y en las "clases bajas" una "exaltación homicida, llevada hasta sus últimas consecuencias"56.

En su obra Las multitudes argentinas se referirá a lo que acontecía con las multitudes en los tiempos modernos, es decir, en los años finiseculares, cuando el fenómeno inmigratorio presentaba dudas, perplejidades y rechazos. ¿Qué hacer con esos seres humanos reconfigurados y transformados cuando se convertían en cantidades? Para Ramos Mejía había en la sociedad un movimiento análogo al lento procedimiento adoptado en la naturaleza por los tipos orgánicos. Y esto es lo que había sucedido con los inmigrantes, llegados cual "embrión primero", algo "amorfo", "celular", sin organización mental, "lento como el buey", "miope en la agudeza psíquica", que sin embargo habían recibido las influencias del "medio", operando "maravillas en la plástica mansedumbre de su cerebro casi virgen". Expresiones que repetirá más adelante en su obra: "Me asombra la dócil plasticidad de ese italiano inmigrante. Llega amorfo y protoplasmático a estas playas y acepta con profética mansedumbre todas las formas que le imprimen la necesidad y la legítima ambición"57. Formas que lo han llevado a fundirse con "el patrón que el medio le ha impuesto; de manera que las influencias hereditarias transmitidas, tienen que ser, en un treinta y cinco por ciento, indígenas, argentinas", según evalúa Ramos Mejía. Pero agregará más aún: "En esta lucha en que se forma la moderna sociedad argentina, el capital de las adquisiciones hereditarias que trae aquél es necesariamente modificado por la selección" en la lucha por la existencia.

Dentro de una mimetización con el ambiente geográfico y social, esa inmigración será "la depositaria del sentimiento futuro de la nacionalidad, en su concepción moderna, naturalmente". Allí se verá el sentimiento patrio, en los hijos "a medias argentinizado por el ambiente y la herencia", del cual no excluye a los padres en un primer y vago amor a la patria. Por ese "influjo trascendental" nuestro autor dice comprobar "cómo de generación en generación se va modificando el tipo del inmigrante hecho gente", pero un tipo humano en quien el apego al dinero estará antes que cualquier otro valor, alarmante cuando asume el carácter de masa: "Ese burgués aureus, en multitud, será temible si la educación nacional no lo modifica con el cepillo de la cultura y la infiltración de otros ideales que lo contengan en su ascensión precipitada hacia el Capitolio"58. Esta frase, en fin, explicaría casi por sí sola, que Ramos Mejía ocupara cargos públicos en materia de educación59.

Por su formación jurídica, Carlos Octavio Bunge (Buenos Aires, 1875-1918) produjo importantes escritos sobre derecho y psicología60, y obras literarias, pero las tensiones propias de su tiempo le llevaron a escribir un extenso libro, al que tituló Nuestra América. Ensayo de psicología social (1905)61, donde expuso lo que consideraba los males ancestrales y presentes desde tipificaciones que se enmarcan en el darwinismo, ahora extendido el análisis a la América hispana. Hay, sin embargo, el deseo de ver, a través de un diagnóstico, el salto hacia el futuro porque si antropológicamente no sabe si es europeo puro él mismo, psicológicamente se siente "tan hispano-americano como el mestizo azteca o guaraní o mulato". Por eso dirá: "Soy uno de ellos. Y de serlo me enorgullezco esperando que, una vez corregidos los defectos que en este libro esbozo, seremos los hispano-americanos, respecto de europeos y yanquis, ¡los mejores!". Estas palabras se afincan en la explicitación de lo que llama "mi Credo": el hombre es un animal que aspira al perfeccionamiento; el Bien al que aspira tiene dos "cimientos inconmovibles: la Felicidad y el Progreso"; "mi yo", que ha descubierto mediante estudios psicológicos, un yo que dice estar guiado por un triple amor: "[...] a la Verdad, al Progreso y a la Patria".

Sus primeras palabras orientan inmediatamente la dirección del autor: "La organización política de un pueblo es producto de su psicología. Su psicología resulta de los factores étnicos y del ambiente físico y económico". Recogerá la política de los pueblos hispanoamericanos, describiendo lo que entiende son vicios y modalidades, remontándose a los españoles, sus caracteres psicológicos, su configuración geográfica y los orígenes étnicos de los habitantes. Luego seguirá con el tratamiento referido a indios, negros y mestizos, para continuar con los hispanoamericanos, su política, el sistema gubernativo criollo. La última parte del libro está dedicada a los "políticos criollos" como prototipos: Rosas, el ecuatoriano Manuel García Moreno y el mexicano Porfirio Díaz. Todo ello dentro de lo que llama "tratado de clínica social", donde se estudia la "enfermedad", pero no el tratamiento, porque el mejor remedio será la cultura, la ilustración, la situación económica, y el mejoramiento de la "vida física". Lo que llama "la educación en artes y ciencias, las finanzas, la higiene": un progreso lento pero seguro, la "Evolución y no la Revolución".

La arrogancia será la característica fundamental del español, que para el autor hunde sus raíces en el medioevo, tal como visualiza en su teología, en su religión, en sus libros de caballería, y en el derecho. De la arrogancia derivará el "desprecio del trabajo" y otras formas "secundarias modernas": tiesura (o decoro exacerbado), truhanería, avaricia y prodigalidad, a las que agrega el matonismo, la fanfarronería, la verbosidad, la maledicencia y la "locura". Mas como la idiosincrasia es en parte hereditaria y en parte adquisición, en lo que llama raza hallará las claves de nuestros males: el mestizaje de europeos, indígenas y negros.

Rasgos típicos del indio americano son para él el fatalismo o resignación (con todos los matices del caso) y la venganza. La primera habría permitido a "Hernán Cortés realizar la maravillosa empresa". Explicado en términos bélicos dirá:

La obra de la conquista debía así continuarse en el coloniaje, y la del coloniaje, en la emancipación y la independencia de las colonias. El fenómeno es frecuente, acaso el más frecuente de la historia: una vez entablada una lucha de razas harto desiguales, esa lucha debe mantenerse hasta la dominación y absorción de la más débil, cualesquiera que sean las ideas, la política, la religión, la ética dominantes. La lucha en un principio religiosa y abierta, puede trocarse así en económica y pacífica, ¡pero siempre es lucha!62.

En cuanto a la raza negra habrá de negarles inteligencia al afirmar su "inferioridad" en cuanto a capacidad de pensamiento y de trabajo, algo que asienta en la curiosa e inexacta observación de que "en ningún clima y bajo ningún gobierno el negro ha prestado a la humanidad servicios de clase intelectual y directora. Tal es el hecho positivo"63. "Servilismo e infatuación" serán sus características como dos aspectos de un mismo hecho64.

De la unión de todos estos rasgos habían surgido nuestras características psicológicas, productos del hibridismo (noción que toma de Darwin): pereza criolla, tristeza gaucha, el desprecio y la envidia, dando lugar al estilo político de gobierno que llama cacicazgo. Pero quedaba una esperanza, el aporte de los inmigrantes una vez educados en los valores patrios, que darían lugar a una nueva psicología nacional, trabajadora, alegre, liberal en sus pensamientos y en su conducta. El sombrío panorama podía tener un horizonte redentorista, donde el intelectual Bunge dudará de la democracia para situar los quiénes de una clase dirigente, los aristós.

Algunas palabras de Marcelo Montserrat sintetizan el momento:

A mediados de la década que arranca en 1870, el recurso de Darwin comienza a ser empleado por los nuevos grupos que conforman la avanzada intelectual de la generación del ochenta. El evolucionismo -en su discreta versión darwiniana o en su radical postulación spenceriana- se convierte en elemento central de su utillaje mental e impregna de un militante progresismo biologista el estilo y el contenido de nuestro positivismo65.

Sin embargo, cabe decir que la perspectiva naturalista tenía sus antecedentes con la penetración de la Ilustración y luego, dentro de ese clima, con la Ideología. El ámbito creado por los estudios científicos fue creciendo lentamente y no es de extrañar que las ciencias naturales, en el sentido amplio del término, con su progreso y crecimiento terminaran por extenderse bajo ese modelo interpretativo a los aspectos sociales, económicos y políticos, pensado por etapas.

Conclusiones

Una historia de las ideas racialistas en América Latina puede remontarse hasta los inicios del siglo XVI. La esclavitud negra y el sometimiento indígena justificaron la superioridad de la raza blanca en una relación dialéctica. La racionalidad europea, desde una exclusión de lo humano más allá de sus confines, vindicó esa otra barbarie de la que hablaron las mismas élites americanas del siglo XIX. El disciplinamiento fue primero externo, sobrevenido con la conquista, colonización y evangelización, y, luego, también interno desde los propios sectores dirigentes. El marco estuvo atravesado por actitudes paternalistas que sintieron ser llamadas al ejercicio político con un pueblo ausente en las decisiones. El apotegma ilustrado "todo para el pueblo pero sin el pueblo" fue una constante que atravesó el siglo, hasta llegar a la primera democracia facilitada por la Ley Sáenz Peña que estableció el sufragio universal y secreto, reducido a los varones nativos o naturalizados después de los 18 años, mediante el cual se produjo el primer ejercicio democrático sin fraude, en 191666. La idea de un progreso indefinido había llegado a su fin de la mano de la I Guerra Mundial. Europa, paradigma cultural y civilizatorio, mostraba un rostro descarnado e inesperado, que países como la Argentina vivieron casi como una contienda propia. Como pulsión general, lo que sobrevino después fue una vuelta a lo nacional, mediante el espiritualismo puesto en circulación, a nivel continental, por el uruguayo José Enrique Rodó con su Ariel (1900), entre otros autores ya clásicos del momento.

Si al comenzar estas palabras nos hemos referido a Guillermo Enrique Hudson, diremos que con la muerte de Darwin el viaje de su nombre como navegante de los tiempos no se agota en el siglo XIX argentino. Las primeras décadas del siglo naciente muestran la perduración de ideas que, fusionadas con las ideas de evolución de cuño spenceriano, el transformismo, el comtismo, el biologismo y las distintas variantes que adquirió el positivismo, impregnan el pensar y los escritos de diversos autores. Habernos referido al propio Hudson, Sarmiento, Muñiz, Burmeister, Holmberg, Scalabrini, Ferreria, Ameghino, Ramos Mejía y Bunge, nos ha permitido mostrar el lazo con Darwin sin trasposiciones lineales en sentido estricto. De por sí constituyen un corpus digno de mayor análisis, al que se podría agregar momentos inmediatos y mediatos desde otras conceptualizaciones. Así, el positivismo jurídico, por ejemplo, insistirá en la idea de una concepción del Derecho en marcha de cambio y evolución, deplorará la fijación de algo que por naturaleza debería estar en movimiento, un movimiento adecuado a las épocas67. Pero estas ideas pueden ser vistas también a la luz de una historización que apelaba, no sin sentido romántico y al estilo alberdiano, a la adecuación de los principios y las normas jurídicas según los pueblos y territorios, donde probablemente aún resonaba desde lejanos tiempos el propio Herder, pero se lo hacía según los aportes científicos del momento.

Notas

* Texto corregido y ampliado de la conferencia dictada en el Interdisziplinäres Arbeitskreis Lateinamerika-IAKLA, Jornadas Interdisciplinarias "Darwin und Lateinamerika. Verständnis - Unverständnis - Missverständis", Universidad Johannes Gutenberg, Maguncia, Alemania, días 20 y 21 de noviembre de 2009.
1 DARWIN, Charles. Mi viaje alrededor del mundo. Trad. de Constantino Piquer. Valencia, F. Sempere y Cª, Editores, s/f, p. 240. La vida de Darwin se desarrolla durante la revolución industrial y la expansión colonial inglesa, debida al reinado de Victoria (1819-1901), quien asumió en 1838.
2
Ibid., p. 241.
3 Diversos trabajos de Marcelo Montserrat se han referido al tema. Los mismos son citados en la bibliografía, pero es de tenerse en cuenta que algunos son reediciones de escritos previos.
4 El ombú, llamado científicamente Phytolacca dioica, es propio de las pampas argentinas y uruguayas. Se considera el único árbol nativo de estas regiones.
5 Hay diversas ediciones. Cf. HUDSON, Guillermo Enrique, Allá lejos y hace tiempo. Trad. de Alicia Jurado. Col. Memoria Argentina. Buenos Aires, Emecé, 1999.
6 SOLARI, Herminia. "Guillermo E. Hudson: viajes, naturaleza y civilización", ponencia presentada en VIII Corredor de las Ideas del Cono Sur, 3 al 5 de enero 2007, Universidad de Talca, Chile. Agradecidamente debo a ella el haberme facilitado este texto; su ponencia "W. H. Hudson o la imposibilidad del encasillamiento", leída en VIII Encuentro de la Asociación Argentino/Chilena de Estudios Históricos y Sociales, Santiago de Chile, abril de 2009, como así también bibliografía adicional. Sobre aspectos biográficos: Alicia Jurado, Vida y obra de W. H. Hudson. Col. Ensayos. Buenos Aires, Fondo Nacional de las Artes, 1971.
7
Diccionario Enciclopédico de las Letras de América Latina. Tres volúmenes. Venezuela, Monte Ávila-Biblioteca Ayacucho, 1995.
8 Llamado hoy Black-Tyrant, perteneciente a la familia de los Tyrannidae.
9 Especie de pájaro dentro de la familia de los Furnariide.
10
Cf. Gómez, Leila (ed.), La piedra del escándalo. Darwin en Argentina (1845-1909), Buenos Aires, Ediciones Simurg, 2008, Introducción, p. 11-37. La obra es una antología en torno al tema.
11 BABINI, José. Historia de la ciencia en la Argentina. Col. Dimensión Argentina. Buenos Aires, Solar, 1986,         [ Links ] p. 66.
12 Del ciclo de la Ideología en la Argentina se conocen los textos de Juan Crisóstomo Lafinur, Juan Manuel Fernández de Agüero y Diego Alcorta. En fecha cercana hemos rescatado el siguiente texto: Luis José de la Peña, Lecciones de Filosofía, 1827. Primera edición y prólogo por Clara Alicia Jalif de Bertranou. Mendoza, Universidad Nacional de Cuyo, Facultad de Filosofía y Letras, Instituto de Filosofía Argentina y Americana, 2005. Este nombre viene a sumarse a la trilogía conocida hasta el momento.
13 PICCIRILLI, R. Rivadavia y su tiempo, Buenos Aires, Peuser, 1943, t. I, p. 291.
14 La edición príncipe de la obra dice en su tapa: Civilización i barbarie. Vida de Juan Facundo Quiroga. Aspecto físico, costumbres i ábitos de la República Argentina. En su margen derecho reza: "On ne tue point les idees", seguido del nombre de Fortoul. Debajo de este epígrafe aparece la frase "A los ombres se deguella: a las ideas no", por Domingo F. Sarmiento. Miembro de la Universidad de Chile, i Director de la Escuela Normal. Santiago, Imprenta Del Progreso, 1845.Entre 1831 y 1836 Sarmiento cumplió su primer exilio en Chile por razones políticas en su natal San Juan. Al parecer, en esas circunstancias conoció al Beagle y a su capitán Robert Fitz Roy, pero no a Darwin. Entre 1840 y 1855 vendrá un segundo exilio en el país trasandino. Entre 1845 y 1847 el presidente Manuel Montt lo envió a Europa y Estados Unidos para estudiar los sistemas educativos. Fruto de esa experiencia serán sus libros Viajes por Europa, África y América (1849)y Memoria sobre educación común (1856). Plasma en ese momento el proyecto educativo que le acompañará durante su extensa vida.
15 Susana Zanetti indica en el Prólogo a la edición de Facundo las fuentes en las que abreva su pensamiento después de la adolescencia: "Más tarde, en el contacto con Quiroga Rosas, ingresan las lecturas más definidas de su generación, el repertorio del romanticismo literario, y en él la lectura apasionada de Walter Scott -que comenta en Recuerdos de provincia-, tan significativa en la escritura de Facundo, el romanticismo utópico de Saint Simon, Blanqui y Fourier, tanto como el pensamiento de los socialistas utópicos. De ellos, Pierre Leroux le proporciona el concepto de guerra social; ese mismo Leroux que, como director de la Revue Enciclopedique, había apoyado la difusión y la lectura de los miembros de la generación de 1837 de Víctor Cousin, Lerminier, Jouffroy, Willemen y tantos otros. También se advierten en Facundo ecos de la Teoría de los cuatro movimientos de [Charles] Fourier, en la cual los fenómenos naturales y humanos seguían en su desarrollo las fases de salvajismo, estado patriarcal, barbarie y civilización". Cf. Domingo Faustino Sarmiento, Facundo. Civilización y barbarie. Prólogo y notas de Susana Zanetti. Madrid, Alianza, 1988, p. 12. Sobre la circulación de Facundo y sus modificaciones, ver Alberto PALCOS, El Facundo. Rasgos de Sarmiento, Buenos Aires, El Ateneo, 1934. Cf. TODOROV, Tzvetan. Nosotros y los otros,México, Siglo XXI, 1991 [primera ed. en francés 1989].El autor establece la diferencia entre racialismo y racismo. Las características del primero son: 1. Afirmar la existencia de razas. 2. Sostener la continuidad entre lo físico y lo moral. 3. Creer en la acción del grupo sobre el individuo. 4. Practicar una política fundada en este saber. También afirma que François Bernier en 1684 empleó por primera vez la palabra "raza" en su sentido moderno. Buffon con su Histoire naturelle sería quien juega un papel decisivo en el empleo del concepto. Agregamos, por otro lado, que de la hibridación de razas han derivado: criollo (españoles nacidos en América), mestizo (blanco+indígena), mulato (blanco+negro), zambo (negro+indígena), castizo (mestizo+europeo).
16 SARMIENTO, Domingo Faustino. Vida y escritos del coronel D. Francisco J. Muñiz,Buenos Aires, Félix LAJOUNE Editor, 1885. Puede verse una versión ampliada de este libro en Obras Completas, t. XLIII, Buenos Aires, Librería "La Facultad", 1913; MUÑIZ, Francisco Javier. Páginas científicas y literarias. Prólogo, bibliografía y notas de Gregorio WEINBERG. Col. Identidad Nacional. Buenos Aires, Secretaría de Cultura de la Nación/Marymar Ediciones, 1994. El Hospital de enfermos infecto-contagiosos más importante del país lleva su nombre. Comenzada su construcción en 1894, en 1904 se le dio el nombre del científico.
17 Jean Henri Joseph Dupotet combatió en la armada francesa durante las guerras revolucionarias y napoleónicas. Fue gobernador de Martinica. Dirigió la flota que sitió el puerto de Buenos Aires durante el período posterior a Rosas, cuando se estableció la Confederación Argentina. Dupotet entregó los restos fósiles al Museo de Historia Natural de París.
18 MUÑIZ, Francisco Javier. Páginas científicas y literarias, p. 5. Seguimos esta edición. También puede verse: MUÑIZ, Francisco Javier. Escritos científicos. Prólogo de Florentino Ameghino. Buenos Aires, Ed. Jackson, 1953, 272 p.
19
Ibid., p. 57.
20 Sobre esta especie: GIOVAMBATTISTA, G.  et al., "La vaca ñata: una pregunta genética sin respuesta", en Ciencia Hoy, v. 10, nº 59, oct.-nov. 2000.
Disponible en: www.cienciahoy.org.ar/In/hoy59/lavacanata0.htm Fecha de consulta: 31/10/09.
21 MUÑIZ, Francisco Javier. Páginas científicas y literarias, p. 137.
22 Burmeister nació en Straslund, Alemania. Realizó estudios de medicina y filosofía, obteniendo su graduación en 1829. En 1843 publicó su obra más famosa, Historia de la creación. Realizó viajes a América del Sur con las consiguientes publicaciones sobre el Río de la Plata. En 1861 Sarmiento lo contrató para ser director del Museo Nacional de Buenos Aires, cargo que ocupó entre 1862 y 1892. Su libro se difundió principalmente a partir de la edición francesa de 1870. Realizó importante labor científica que ha sido reseñada, por ejemplo, por José Babini, Historia de la ciencia en la Argentina, ob. cit. Hay ediciones anteriores. También, Arturo Andrés Roig, El espiritualismo argentino entre 1850 y 1900,México, Cajica, 1972, p. 307-308. El autor afirma que el científico sostuvo una posición ecléctica. Resulta especialmente de interés la Introducción general del libro, p. 7-137.
23 HOLMBERG, Eduardo L. Dos partidos en lucha. Fantasía científica,Buenos Aires, Imprenta de El Arjentino, 1875. Se ocupó de diversas ramas científicas, como mineralogía, botánica, zoología, y dentro de ésta sobre los arácnidos e insectos. Lo más importante de sus investigaciones está contenido en Resultados científicos, especialmente zoológicos y botánicos de los tres viajes llevados a cabo en 1881, 1882 y 1883 a la sierra del Tandil, en Actas de la Academia de Ciencias de Córdoba, t. V, 1884-1886. Uno de los más firmes opositores a la teoría darwiniana fue el escritor y educador católico José Manuel Estrada, El génesis de nuestra raza. Refutación de una lección del Dr. D. Gustavo Minelli sobre la misma materia,Buenos Aires, Imprenta de La Bolsa, 1862.
24 MONTSERRAT, Marcelo. "La recepción del darwinismo en Argentina. La etapa prepositivista", en Criterio, año XLV, 23 de noviembre de 1972, nº 1656, p. 652-656.
25 Aspectos más detallados por Marcelo Montserrat se hallan en la bibliografía citada al final.
26 Erróneamente aparece en la edición de las Obras de Sarmiento y en cierta bibliografía que el homenaje habría sido tributado el 30 de mayo de 1881. Recordamos, como hemos puesto en el cuerpo de este escrito, que Darwin nació el 12 de febrero de 1809 y falleció el 19 de abril de 1882 de un ataque cardíaco.
27 Sarmiento, Domingo Faustino, "Darwin", Obras de D. F. Sarmiento. Ed. Augusto Belín Sarmiento. Buenos Aires, Imprenta y Litografía "Mariano Moreno", 1899, t. 22, p. 104-133. También en Leila Gómez, La piedra del escándalo. Darwin en Argentina (1845-1909),p. 67-93. Las cursivas son nuestras.
28 Bunge, Carlos Octavio, Sarmiento. Estudio biográfico y crítico, Madrid, Espasa-Calpe, 1926, p. 60. Edición póstuma.
29 SARMIENTO, Domingo Faustino, Obras de D. F. Sarmiento, t. 37, p. 322-323.
30 Tedesco, Juan Carlos, "La instancia educativa", en Hugo BIAGINI (comp.), El movimiento positivista argentino,Buenos Aires, Editorial de Belgrano, 1985, p. 333-361.
31
Ibid., p. 356.
32 Véase DOZO, Luis Adolfo. "Alfredo Ferreira (1863-1938)", en Hugo Biagini (comp.), El movimiento positivista argentino, p. 476-481.
33 De Marcos Victoria puede leerse sobre su padre Maximio un pasaje donde éste recuerda los diálogos mantenidos con Pedro Scalabrini. Véase: VICTORIA, Marcos, "Pedro Scalabrini (1848-1916)", en Hugo BIAGINI (comp.), El movimiento positivista argentino, p. 377-387.
34 SCALABRINI, Pedro. "Materialismo, darwinismo, positivismo. Diferencias y semejanzas". Edición preparada y anotada por Arturo Andrés Roig. En CUYO. Anuario de Historia del Pensamiento Argentino. Mendoza, Argentina, UNCuyo, Instituto de Filosofía/Sección Historia del Pensamiento Argentino, año 1967, t. III, p. 171-236. La primera edición del texto fue tomada del folleto homónimo, con el pie de imprenta que reza: "Paraná, Museo de Entre Ríos, Tipografía y Encuadernación "La Velocidad", 1899, 70 p.". Era reimpresión, según aclara el propio Scalabrini, del publicado en Entre Ríos, "La Opinión", 1888, de acuerdo con el verso de Dante: "poca favilla gran fiamma seconda", que puede traducirse "a un poco de chispa, gran llama se sigue", pero favilla significa también conversación, por lo que hay un juego de palabras. Otra frase, nos aclara Roig, que solía decir Scalabrini y según testimonio de Víctor Mercante, era: "El fuego es una potencia benéfica cuando el hombre lo vigila".
35
Ibid., p. 172-173. Arturo Roig apunta que este intento de síntesis también se había dado en Europa, por ejemplo con la obra de Cournot, Matérialisme, Vitalisme, Rationalisme, en 1875. La obra de Haeckel a la que se hace referencia es Historia natural de la creación. En cuanto a la de Comte: Système de Politique Positive. 3ª ed. Paris, Sociedad Positivista, 1890, cuatro tomos, utilizada para las notas del editor del texto de Scalabrini.
36
Cf. DOZO, Luis Adolfo. "Alfredo Ferreira y el positivismo argentino", en Cuyo. Anuario del Pensamiento Argentino. Mendoza, Universidad Nacional de Cuyo, Facultad de Filosofía y Letras, Instituto de Filosofía/Sección Historia del Pensamiento Argentino, año 1971, t. VII,p. 160-175; "Alfredo Ferreira (1863-1938)", en Hugo BIAGINI. El movimiento positivista argentino, p. 476-481.
37 Citado por Dozo en El movimiento positivista argentino, p. 477.
38 DOZO, Luis Adolfo, "Alfredo Ferreira y el positivismo", p. 175.
39 Remitimos a dos estudios sobre Ameghino: Diego F. PRÓ. "Manifestaciones filosóficas de la generación del 80: 'La metafísica de Ameghino'", en Cuyo. Anuario del Pensamiento Argentino. Mendoza, UNCuyo, Facultad de Filosofía y Letras, Instituto de Filosofía/Sección de Historia del Pensamiento Argentino, año 1974/1978, t. X-XI, pp. 37-63; Margarita ORIOLA ROJAS. "Florentino Ameghino (c. 1853-1911)", en Hugo BIAGINI (comp.), El movimiento positivista argentino, p. 399-409. La autora indica que los enfrentamientos provinieron desde sectores católicos tradicionales por su ateísmo y por el determinismo, lo cual llevaba a negar el libre arbitrio, especialmente porque para Ameghino "el hombre puede realizar un solo acto libre: encaminar la evolución, darle dirección y colocarse resueltamente en el camino de la inmortalidad". Por otro lado, tuvo enfrentamientos con "las posturas liberales del momento, pues racismo y determinismo equivalen a una minusvaloración de la experiencia como motor del cambio social".
40 AMEGHINO, Florentino. Conceptos fundamentales. Conferencias y escritos científicos. Comp. hecha por Alfredo J. Torcelli. Col. Grandes Escritores Argentinos Dirigida por Alberto Palcos. Buenos Aires, El Ateneo, 1928, p. 39. En adelante las citas remiten a esta edición.
41Ibid., p. 207.
42
Cf. ORIOLA ROJAS, Margarita, "Florentino Ameghino", en Hugo BIAGINI (comp.), El movimiento positivista argentino, p. 407.
43 AMEGUINO, Florentino. Conceptos fundamentales, p. 44.
44 El texto constituye la segunda parte de la conferencia "La edad de la piedra", dada en la Exposición Continental efectuada en Buenos Aires en 1882. Exposición sobre la Industria, pero donde -según Ameghino- no podía faltar una disertación sobre la historia de la humanidad, es decir, "la historia retrospectiva del trabajo humano". En la antología de Leila Gómez figura en el índice que dicha exposición se realizó en 1882, pero en la trascripción del texto aparece bajo el título la fecha 1889.
45 AMEGUINO, Florentino. Conceptos fundamentales, p. 85-86.
46 Adviértase la coincidencia con Sarmiento al considerar a Darwin un sabio "nuestro".
47 AMEGHINO, Florentino. Conceptos fundamentales, p. 109.
48 La expresión "biologismo social" parece haber sido acuñada en 1879 por el anarquista francés Emile Gautier, que dio título al libro Le darwinisme social, fruto de un ciclo de conferencias impartidas en el Circle d'Études Sociales du Panteon de Paris.
49 CLEMENTI, Hebe. "José María Ramos Mejía (1849-1914)", en Hugo BIAGINI. El movimiento positivista, p. 388-398. La cita en p. 390.
50 Un análisis del pensamiento de Ramos Mejía, en TERÁN, Oscar. Vida intelectual en el Buenos Aires fin-de-siglo (1880-1910),Buenos Aires, FCE, 2000, p. 83-134.
51 Recordemos que el francés Jean Baptiste Lamarck (1744-1829) formuló la primera teoría de la evolución de un modo sistemático mediante la división entre el mundo inorgánico y el mundo orgánico, regido éste por la organización de los seres vivos. Su idea de la generación espontánea por el movimiento de la materia y las fuerzas de la naturaleza -según la cual se va de lo más simple a lo más complejo-, fue luego refutada por los descubrimientos de Louis Pasteur. A Lamarck se debe el término biología como ciencia de los seres vivos y la teoría de la herencia de los caracteres adquiridos.
52 RAMOS MEJÍA, José María. La neurosis de los hombres célebres en la historia argentina. Precedido de una introducción por Vicente Fidel López. 2ª ed. (Completa en un volumen) con un prólogo de José Ingenieros. Buenos Aires, La Cultura Argentina, 1915, 455 p. El autor dedica el libro a su abuelo Francisco Ramos Mejía y es de observarse que la edición la realiza Ingenieros al año de la muerte de su maestro, en la Colección por él dirigida. La primera edición se realizó en dos volúmenes, donde el caso de Rosas, precedido por las partes introductorias, abarcaba enteramente el primero. Para el autor "Las 'neurosis', que en el estado actual de la ciencia pueden definirse como afecciones que tienen por carácter distintivo una perturbación funcional sin lesión perceptible en la estructura material del centro encefálico y sus dependencias, se dividen, según Hardy y Behier, en convulsiones, neuralgias, parálisis y vesanias, presentando algunos rasgos comunes que hasta cierto punto las hacen inseparables las unas de las otras", p. 102. Un diccionario común define la neurosis como afección mental caracterizada por la conciencia clara y evocación dolorosa de un conflicto psíquico, por la existencia de un proceso de defensa, por una discreta alteración, y la ausencia de lesiones anatómicas. Las neurosis más importantes son: la "neurosis de angustia", "la neurosis fóbica", "la neurosis obsesiva" y la "histeria". Hay cuatro tipos de teorías para explicarla: 1. Teoría psicogenética: la neurosis es consecuencia de la influencia o presión de la sociedad, de las circunstancias del ambiente social sobre el individuo. 2. Teoría de Pavlov: a partir de la experiencia con animales, se admite la influencia de las condiciones de vida anormales en las alteraciones del comportamiento del individuo, valorándose menos el factor individual, receptivo, del sujeto como desencadenante de la neurosis. 3. Teorías de Pierre Janet: enfermedad debida a la alteración de la evolución y el desarrollo de las funciones psíquicas. 4. Teoría psicoanalítica de Freud: acentúa la importancia del inconsciente, de los traumas en la infancia, de los medios de defensa del yo frente a la angustia y la incertidumbre. Valora los impulsos instintivos de la evolución de la sexualidad y los mecanismos de defensa inconscientes contra la angustia. Cf. Diccionario Enciclopédico Planeta, Barcelona, Ed. Planeta, t. 7, p. 3423.
53 RAMOS MEJÍA. La neurosis..., p. 14.
54
Ibid., p. 140.
55 El autor acentúa en la línea materna las mayores patologías, aunque también el padre, pero en menor medida, podía ser transmisor. Utiliza para ello los estudios hechos por Henri Legrand Du Saulle (1830-1886), La folie héréditaire. Leçons professées à l'Ecole Practique. Paris, Delaye, 1873. Este científico estudió los problemas de la personalidad, como fobias y desórdenes obsesivo-compulsivos.
56
La neurosis...., p. 223.
57 GÓMEZ, Leila. La piedra del escándalo..., p. 183.
58
Ibid., p. 191.
59 El Poder Ejecutivo lo nombró Presidente del Consejo Nacional de Educación entre 1909 y 1913, donde desplegó un programa con orientación nacionalista entre dos presidencias: José Figueroa Alcorta, 1906-1910, y Roque Sáenz Peña, 1910 y 1914. En noviembre de 1895, bajo la presidencia de José Evaristo Uriburu, se había establecido el Servicio Militar Obligatorio mediante la Ley 3.318.
60 La admiración por la personalidad y obra sarmientina lo llevó a escribir Sarmiento. Estudio biográfico y crítico,Madrid, Espasa-Calpe S. A., 1926, publicado póstumamente. Fue su última obra.
61 BUNGE, Carlos Octavio. Nuestra América. Ensayo de psicología social,Buenos Aires, Valerio Abeledo Editores, 1905 [1903], 376 p. El libro fue editado luego varias veces hasta aparecer con el siguiente pie de imprenta: Nuestra América. Ensayo de psicología social. 6ª edición. Texto definitivo, muy corregido. Con una introducción de José Ingenieros, Buenos Aires, La Cultura Argentina, 1918, 317 p. Había recogido en ella artículos publicados previamente en periódicos y revistas. Seguimos la primera edición modernizando la ortografía.
62
Ibid., p. 118.
63
Ibid., p. 124-125.
64 La palabra "fatuo" posee algunos de estos significados: necio, falto de discernimiento, vanidoso.
65 MONTSERRAT, Marcelo. "La mentalidad evolucionista", en Gustavo FERRARI y Ezequiel GALLO (comps.), La Argentina del ochenta al Centenario, Bs. As., Sudamericana, 1980, p. 795.
66 La Ley 8.871 fue sancionada el 12 de febrero de 1912. Roque Sáenz Peña era miembro del ala moderada del Partido Autonomista Nacional que había gobernado la Argentina, mediante el fraude, durante treinta y cinco años.
67
Cf. TAU ANZOÁTEGUI, Víctor. (coord.), Antología del pensamiento jurídico argentino (1901-1945). T. I, Buenos Aires, Instituto de Investigaciones de Historia del Derecho, 2007. Especialmente José Nicolás Matienzo, Carlos Octavio Bunge y Ernesto Quesada.

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