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Cuyo

On-line version ISSN 1853-3175

Cuyo vol.28 no.1 Mendoza Jan./June 2011

 

ARTÍCULOS

De la España africana a la América teocrática: notas sobre el ideario de Simón Bolívar

From African Spain to Theocratic America: Notes on the Ideas of Simón Bolívar

 

Hernán G. H. Taboada1
CIALC, UNAM

 


Resumen

Las ideas de Simón Bolívar sobre América y sobre Europa han recibido alguna atención de los investigadores. Mucho menos las que expresó sobre Asia y África. Aunque fueron marginales a su pensamiento, la reunión de sus alusiones al respecto permite arrojar alguna luz sobre la reflexión de la Independencia y sobre los cambios que el Libertador experimentó en su percepción del naciente mundo que aparecía ante sus ojos. Partiendo de una actitud orientalista y despectiva inicial, con el tiempo llegó a pensar que el Oriente no podía descartarse como influencia en las instituciones americanas.

Palabras clave: Simón Bolívar; Pensamiento político; Orientalismo latinoamericano; Pensamiento de la independencia; La Idea de Europa en América Latina.

Abstract

Simón Bolivar's ideas regarding America and Europe have attracted some attention from academic researchers, but much less so those regarding Asia and Africa. Even though they were secondary to his thought, gathering these references allows us to throw some light on Bolivar's and his Hispanic-American contemporaries' views on Independence, and on the changes in the Libertador's perception of the nascent American world taking shape before his eyes. Departing from an Orientalist and contemptuous attitude at first, Bolivar eventually arrives at the idea that the "Orient" could not be dismissed as an influence over American institutions.

Keywords: Simón Bolívar; Political Thought; Latin American Orientalism; Independence' Thought; Idea of Europe in Latin America.


 

En otra parte he sostenido que los "otros" del pensamiento europeo y por extensión del criollo tuvieron su presencia en el ideario de los actores de la independencia: el Oriente antiguo y los pueblos lejanos que aparecían en el horizonte colonizador de entonces asomaron en los escritos de polémica y vieron transformada su imagen en corto espacio de tiempo, como resultado de las nuevas influencias y de las nuevas exigencias de la lucha, así como de la búsqueda anhelante de modelos aplicables a los monstruos políticos que nacían (Taboada, H. 2008, 2010).

Ejemplar y a la vez atípica de este momento es la figura de Simón Bolívar, a cuyo pensamiento se han dedicado cantidad de análisis, pero que pocas veces ha sido visto en relación con los "otros" antecitados, aunque contamos con algunas páginas sobre el asunto debidas a un gran conocedor del Libertador e interesado en la cultura china (Vargas Martínez, G. 1985). Agregando aquí más evidencias a las que entonces arrimara, trataré de ofrecer algunas pistas que parecen haber escapado a los múltiples estudiosos de Bolívar y del pensamiento de la independencia.

* * *

Por empezar, conviene repetir unos datos sobre los intereses intelectuales de Bolívar: cuando quiso refutar a cierto viajero francés que había negado su ilustración, compiló la siguiente lista de autores por él frecuentados: "Locke, Condillac, Buffon, D'Alembert, Helvetius, Montesquieu, Mably, Filangieri, Lalande, Rousseau, Voltaire, Rollin, Berthot y todos los clásicos de la Antigüedad" (Bolívar a Santander, 20-V-1825)2. No es una lista completa de quienes figuran en sus citas, y a su lado pueden tomar lugar otros autores como el abate De Pradt y el Volney que después comentaré, pero son indudablemente los que el Libertador más quería que se asociaran con su formación: los modernos de esta lista son philosophes y autoridades ligadas a la economía clásica y a la teoría política.

Ciencias relativamente nuevas, producto de los tiempos revueltos que se vivían, del crecimiento económico ilimitado, la voluntad popular y las relaciones internacionales como algo más que las intrigas cortesanas. Los criollos acababan de descubrirlas entre el alud de libros que habían roto el dique impuesto por el régimen colonial: entre otras facetas, hoy diríamos que condensaban el gran relato sobre la hegemonía europea, relato que contenía como parte fundamental la interpretación de las otras sociedades en el mundo y en la historia. Las referencias a ella son en Bolívar omnipresentes, sirviéndole para esmaltar la conversación, cartas, artículos y proclamas de quien llamaba a contemplar "las lecciones de la historia, los ejemplos del viejo y nuevo mundo" (Bolívar al Congreso de Colombia, 20-I-1830).

Junto a sus grandes ideólogos que ventilaba ante el francés de marras, hallamos fuentes complementarias de aquella interpretación en otros libros que la indagación pormenorizada de Manuel Pérez Vila comprobó en las bibliotecas del Libertador: unos Travells in Africa, una gramática y un diccionario árabe, ciertas Béautés de l'histoire de Turquie, un ejemplar de la Descripción de China y Tartaria del padre Du Halde (1735) (Pérez Vila 1960). Mención repetida hacía de Volney, autor muy frecuentado por sus coetáneos y el primer gran viajero espía por el Mediterráneo islámico. En el estudio citado, Vargas ha supuesto que también debía de conocer las investigaciones de Joseph De Guignes sobre los viajes precolombinos de los chinos, ya que en la Carta de Jamaica habla de Quetzalcóatl, "que en lengua mexicana y china quiere decir Santo Tomás", reminiscencia lingüística del autor francés. Sin embargo, creo que éste había sido mediado por fray Servando Teresa de Mier3.

En todo caso, la ligereza con la que expone tal correspondencia onomástica sinomexicana nos confirma que Bolívar podía sí haber leído los volúmenes citados, pero no tuvo mucho interés por el Oriente y se conformó con una base de conocimiento reducida, desde la cual podía considerar "esclarecido autor" al de cierto libro llamado Historical Researches on the Conquest of Peru, Mexico, Bogota, Natchez and Tolomeo in the 13th Century by the Mongols, Accompanied with Elephants, de 18274. Aunque muy lector, careció de la curiosidad que llevó a reunir tan minuciosa ciencia a su maestro Andrés Bello, cuyos estudios sobre la épica medieval española le hicieron conocer la producción académica europea y la literatura de viajes de las que podía derivar ideas menos esquemáticas sobre el Oriente.

Para más, su ciencia no le fue ampliada por la experiencia de político y militar, como sí lo fue en la aprehensión del mundo americano. Ningún contacto directo tuvo con el Oriente ni con África. Hablando de otra cosa pero acertando en la comparación con José de San Martín, el chileno Benjamín Vicuña Mackenna pintaba a un Bolívar que "prodiga los días de su juventud en las Cortes europeas, mientras el Cadete de Orán y de Melilla, oscuro y rígido, está encerrado en las guarniciones de los presidios de África" (Vicuña Mackenna, 1868). En efecto, dicho cadete, José de San Martín, había cumplido ahí su servicio, como muchos otros oficiales patriotas o realistas de la época, incluyendo a algunos subordinados de Bolívar y a Francisco de Miranda, que además viajó por Grecia, Anatolia y quizás Egipto. Experiencias que Bolívar no tuvo ni quiso tener.

* * *

Siguiendo a sus libros, Bolívar concebía con rasgos preciso las diversas partes del mundo, entre las cuales Europa constituye su punto principal de referencia. Ya Salvador de Madariaga aportó una serie de expresiones que muestran cómo sentía por Europa una admiración "que rayaba en un sentido de inferioridad para con todo lo americano" (Madariaga 1951, t. 2, 413). Baste como ejemplo la carta enviada al general inglés Robert Wilson, en que alude a "Europa, metrópoli del mundo" (Simón Bolívar a Robert Wilson, 16-IV-1828). Sin embargo, este eurocentrismo no es el de un europeo, es un eurocriollismo, retomando el término de Carlos Tur, con el cual los criollos por un lado exaltan e idealizan a Europa, esa "metrópoli del mundo" de la que derivan su prestigio local, pero por el otro pretenden alguna superioridad o distinción enarbolando la tierra, la historia y los hombres de América, base de su riqueza y poder. Los señalamientos de Alberto Filippi nos hacen ver que Europa constituye sí el centro de sus ideas, tanto por el origen de éstas como por la elaboración a que las sometió, pero no siempre el modelo (Filippi, A. 1983).

Por momentos éste estuvo anclado en América, núcleo de sus problemáticas; el nombre mismo del Continente era un neologismo para los criollos, que una generación antes hablaban todavía de Indias y Nuevo Mundo, y junto a pocas y circunscritas referencias a los americanos del norte (los autonombrados Americans), en general Bolívar usa el término para referirse a la herencia de los viejos dominios españoles. Complementariamente, el "continente de Colón" y "Colombia" constituyen denominaciones ligadas al futuro y la esperanza. La posición que asumían Europa y América nos señala que era la suya la partición del mundo que asigna a cada sector no sólo un determinado territorio, sino también hondos significados simbólicos. Quedan por ver, y han sido menos estudiadas, las otras dos partes de ese mundo ideológicamente partido desde una visión eurocéntrica.

De ellas África, otro neologismo semántico5, se define por la barbarie. Puede ser, como se ha dicho, que la infancia del Libertador entre los esclavos familiares, su apego a la nana negra Anastasia y el contacto con militares de color oscuro (¿y su lejano origen?) le hayan inspirado alguna simpatía por los negros, diferente a su desconfianza del indio. Pero en todo caso era actitud ante los que habitaban América, no ante el mundo del que provenían, y que siguió presente en sus escritos bajo los registros semánticos de África, Guinea o Etiopía para evocaciones poco aduladoras: "podemos ser indulgentes con los cafres del África", pero no con España (Carta de Bolívar al gobernador de Curazao, 2-X-1813). Indulgencia que no lo refrenaba de utilizarlos como referente negativo: "su redacción es de Guinea" afirma de una carta mal escrita (Carta de Bolívar a Santander, 25-IX-1820); "su conducta es digna de Guinea" (Carta de Bolívar a Santander, 10-XI-1824) dice para criticar la conducta nada ejemplar de los gobiernos chilenos; y al mencionar los peligros de un levantamiento racial profetizaba "Guinea y más Guinea tendremos" (Carta de Bolívar a Santander, 8-VII-1826), una "nueva Guinea" (Carta de Bolívar a José Antonio Páez, 26-XII-1826; a Leandro Palacios, 27-VII-1829). Usaba en otra ocasión un término equivalente: el emperador de Brasil "tiene tal terror a los republicanos como nosotros a los ciudadanos de Etiopía" (Carta de Bolívar a Santander, 21-X-1825). Aludiendo a la anarquía, que también atribuía a otro país de gentes oscuras, uno que lo había ayudado con generosidad y desinterés, Haití: "no está ni en Constantinopla ni en Haití, aquí no hay tiranos ni anarquía", aseguraba a Pedro Briceño Méndez (Carta de Bolívar a Pedro Briceño Méndez, 19-VI-1817).

Pero es el otro polo, el Oriente cuya sinécdoque Constantinopla acabamos de ver, que aparece más en los escritos de Bolívar. Coextensivo con el Asia, confundido con el Islam, no es difícil caracterizarlo, porque reproduce los rasgos típicos del orientalismo europeo en su indeterminación temporal y geográfica. Su existencia es milenaria, como dice implícitamente al caracterizar a España como "the most infamous tyranny that ever has appeared since the era of the Pharahos" (Carta de Bolívar a St. Iago Gazette, 16-XII-1815). Cuando reflexiona que la aristocracia y la monarquía pueden cimentar poderosos imperios durante siglos se pregunta "¿qué gobierno más antiguo que el de China?" (Discurso de Angostura, 15-II-1819). Faraones, sátrapas, sultanes, mandarines son en efecto generaciones sucesivas de déspotas igualmente odiosos y sin diferencias entre sí. La terminología misma que usa trasunta la intemporalidad: Bolívar parece creer que todavía en su época gobernaban sátrapas en Persia, y nombra a Constantinopla, Babilonia, Arabia Petrea, Hircania, echando mano de nombres que no figuraban en la corografía viva de entonces6.

Homogéneo en el tiempo, el Oriente lo es también en el espacio, sin que la geografía lo diferencie: Turquía, Persia, Indostán, Tartaria y China constituyen en la mayor parte de la ecumene sus uniformes paisajes. Uno de sus rasgos es la violencia, de la cual ofrecen los tártaros y turcos ejemplo para sus comparaciones. Hermano de la violencia, el despotismo campea en aquellas extensiones, como afirma contundente en el discurso pronunciado al inaugurarse el Congreso de Angostura, el 15 de febrero de 1819: "En el régimen absoluto, el poder autorizado no tiene límites. La voluntad del déspota es la ley suprema ejecutada arbitrariamente por los subalternos que participan de la opresión organizada en razón de la autoridad de que gozan. Ellos están encargados de las funciones civiles, políticas, militares y religiosas" (Discurso de Angostura, 15-II-1819).

Los paradigmas de este despotismo son los que había enumerado unos años atrás, cuando ideas y vocabulario muy semejantes fueron publicados en inglés en la famosa Carta de Jamaica (1815). Ésta ofrece importantes matices y agregados:

En las administraciones absolutas no se reconocen límites en el ejercicio de las facultades gubernativas: la voluntad del Gran Sultán, Kan, Dey y demás soberanos despóticos es la ley suprema, y ésta es casi arbitrariamente ejecutada por los bajaes, kanes y sátrapas subalternos de la Turquía y Persia, que tienen organizada una opresión de que participan los súbditos en razón de la autoridad que se les confía. A ellos está encargada la administración civil, militar, política, de rentas, y la religión7

Nótese que este resumen sobre el despotismo es típicamente impreciso y sumario y que en la versión inglesa los nombres tienen una caprichosa grafía ("chams" son los khanes, "bashaws" los bajáes).

Uniforme en el espacio y en el tiempo, el Oriente despótico está en permanente lucha contra la libertad: "por la opinión ha preservado Atenas su libertad de la Asia entera. Por la opinión los compañeros de Rómulo conquistaron el universo" (Discurso del 23-I-1815). Cambiar las leyes en estas latitudes es peligroso: buena es la ley del Evangelio, pero "es un diluvio de fuego en Constantinopla, y el Asia entera ardería en vivas llamas si este libro de paz se le impusiera repentinamente por código de religión, de leyes y de costumbres" (Discurso de Angostura, 15-II-1819). Lenguaraces, lengüeteros o deslenguados son quienes "quieren que se gobierne la China como la Inglaterra" (Carta de Simón Bolívar a Belford Hinton Wilson, 3-VIII-1829).

* * *

El contraste con el Oriente, de acuerdo con las versiones eurocéntricas de entonces, y aun de hoy día, es el mundo clásico grecorromano. La visión que Bolívar tenía de este mundo sí se ha investigado (Briceño Perozo, M. 1971; Nava, M. 1996), y aún un repaso somero por sus escritos deja claro que ocupaba un lugar principal en su mente, como en la del conjunto de los patriotas y la del movimiento revolucionario euroatlántico de entonces, desde George Washington al Risorgimento. Mencionando sólo al pasar lo que necesita de mayor espacio, aclaro aquí que no se trataba de un simple recurso retórico, porque las ciudades libres de la Antigüedad, Atenas, Esparta y Roma, o lo que de ellas se creía saber, constituían modelos reales a los cuales se pensaban adaptar las leyes y costumbres de las modernas repúblicas. Esto fue ridiculizado como quimera por las generaciones posteriores, pero lo hombres de la independencia no veían el anacronismo.

El otro foco eran los Países Bajos y el mundo anglosajón, los protagonistas del relato liberal canónico sobre el camino de la razón y la libertad en el mundo, con la ventaja adicional de haber combatido también ellos a España. De la admiración de Bolívar por Gran Bretaña y por los Estados Unidos no hay duda, a pesar de los intentos de incluirlo entre los precursores del antiimperialismo del siglo XX. Para confirmarlo basta recorrer sus escritos, no sólo los dirigidos a un público inglés, y aun se debería releer con atención aquella famosa referencia a quienes parecían "destinados por la Providencia para plagar la América de miserias a nombre de la libertad"8

Si sacamos a cuento esta predilección es para destacar una muestra adicional de ella en la escasa o nula condena del colonialismo europeo en Asia y África. Es decir que, fuera del que ejerciera España en América, el colonialismo no figura en el ideario de Bolívar. Como mucho podían criticar la expedición de Bonaparte a Egipto como "una demencia" (Carta de Bolívar a Santander, 30-III-1824), y los periódicos que controlaba, cuando se podía temer un ataque de la Francia de la Restauración, recordaban cómo los mamelucos, "en nada comparables con nuestros llaneros y nuestros gauchos", habían hecho morder el polvo a las tropas de Bonaparte (Gaceta del Gobierno del Perú, 3-III-1825), "los invencibles de Egipto, Santo Domingo y Waterloo"9. Cuando se dirigía a los ingleses ni siquiera esta condena relativa podía caber: para ganarse su voluntad, escribe el 27 de agosto de 1815 a Ricardo Wellesley que "Gran Bretaña, libertadora de Europa, amiga del Asia, protectora del África" también tiene que ser salvadora de la América" (Carta del 27-VIII-1815). Protectora del África. Si otros criollos habían condenado el papel inglés en el tráfico, Bolívar termina echando la culpa de éste a los mismos negros: "¿dónde están los títulos de los usurpadores del hombre? La Guinea nos los ha mandado, pues el África devastada por el fratricidio no ofrece más que crímenes" (Proclama de Bolívar al Congreso Constituyente de Bolivia, 25-V-1826).

De todos modos el mundo clásico o las potencias liberales sólo podían considerarse antecedentes de la libertad que estaba hallando su sede en América, sobre todo después del triunfo de la Santa Alianza en Europa. Una carta que le envió fray José Calixto, obispo de Cuzco, expresaba este sentir: la independencia de América se había dado cuando Dios, "cansado de sufrir tanto insulto y depravación en las costumbres de la mayor parte de la Europa, parece haberla sentenciado al mismo abandono y tinieblas en que ha tantos siglos yacen la Asia y la África"10. Expresiones que para muchos patriotas, en el entusiasmo del triunfo, significaban cómo la libertad americana estaba destinada a ser un faro de la humanidad, a la que liberaría de la barbarie africana, el despotismo asiático y el feudalismo europeo. De ahí cierta altisonancia de declaraciones muy locales que asumen un tono de empresa ecuménica en multitud de artículos y proclamas.

A tanto no llegó Bolívar, salvo alguna escapada retórica, que sin embargo considero sólo de nombre ecuménicas y que en realidad tenían en vista a un público europeo: su proclama (29 de julio de 1824) antes de la batalla de Junín anunciando que "la libertad del Nuevo Mundo es la esperanza del Universo", su Manifiesto dirigido a las naciones del mundo, datado en Valencia el 20 de septiembre de 1813, en plena derrota; su Llamamiento del 16 de agosto de 1813, impreso en Caracas en castellano, francés e inglés, por el que invita "a los extranjeros de cualquier nación y profesión que sean, para que vengan a establecerse en estas provincias".

Salvo estas escapadas, repito, mucho no hablaba del resto de la ecumene, pero no dejaba de albergar una esperanza que le era alentada por cierta filosofía de la historia bastante común en su tiempo: la luz había "soplado del Oriente" y alcanzado en Roma "todas sus faces" [sic], como habría dicho en su juramento del Monte Sacro (15 de agosto de 1805). Si como episodio histórico éste es dudoso, la idea reaparece, y ampliada, en una reflexión que adornaba uno de sus pedidos de ayuda inglesa, donde auguraba que "las ciencias y las artes que nacieron en el Oriente y han ilustrado la Europa volarán a Colombia libre que las convidará en un asilo" (Carta de Jamaica, 6-IX-1815).

Ubicados entre Asia, África y Europa, "en el centro del globo" (A los gobiernos de Colombia, México, Río de la Plata, Chile y Guatemala, convocatoria para el Congreso de Panamá, 7-XII-1824), a los territorios libertados les esperaba un futuro brillante: Colombia, como Tiro o Alejandría, "puede acumular en su seno los perfumes de Asia, el marfil de África, las manufacturas de Europa, las pieles del Norte y la ballena del Sur. Puede gozar del comercio de China, Groenlandia y Kamchatka sin enfrentar los peligros de los cabos de Hornos y de Buena Esperanza" (Artículo en inglés de The Courant, de Jamaica, 27-IX-1815). Los estados del Istmo de Panamá se hallan en una magnífica posición y, como Bizancio, "estrecharán los lazos de Europa, América y Asia" (Carta de Jamaica, 6-IX-1815). En medio de batallas y problemas, Bolívar encontró el tiempo para ordenar nada menos que el corte del istmo de Panamá. Por supuesto, nada se inició siquiera.

* * *

Lo anterior situaría a Bolívar entre coordenadas bastante habituales para sus coetáneos. No creamos sin embargo que al despotismo y vicios del Asia contrapusiera siempre la libertad y virtudes de Europa, ni que concibiera la historia como una lucha secular entre ambas. Los dos males tienen, en efecto, sedes geográficas más ubicuas: a lo largo de todo el Oriente, en África, pero también en parte de Europa, los siervos eran más que los libres (Artículo del 28-IX-1815). Las constituciones despóticas europeas son equiparables a las del Oriente y sobre todo lo es la de España. El aislamiento de Chile lo ha librado de "los vicios de Europa y Asia" (Carta de Jamaica, 6-IX-1815).

Podría ejemplificarse lo contrario con un par de menciones a las Cruzadas, tan mal vistas por la Ilustración: Caracas "debe merecer su redención, como otra Jerusalén, a nuevas cruzadas de fieles republicanos", afirmaba en una exposición ante el Congreso de Nueva Granada, para reiterar en una arenga a sus soldados, en marzo de 1813: "vosotros, fieles republicanos, marcharéis a redimir la Cuna de la Independencia Colombiana, como los cruzados libertaron a Jerusalén, cuna del cristianismo" (Exposición del 27-XI-1812 y Proclama del 1-III-1813). Quizás estaba leyendo entonces una versión francesa de la Jerusalén liberada de Torquato Tasso, libro que mucho más tarde encontramos enlistado en su biblioteca (Pérez Vila, 1960). ¿O es excesivo pensar que el agnóstico Bolívar trataba de tocar la tecla religiosa después de la propaganda eclesiástica en su contra que presentaba el terremoto del Jueves Santo de 1812 como castigo divino a los impíos patriotas?

Lo mismo vale para los mitos historiográficos españoles sobre los godos y la Reconquista. No olvidemos que eran temas que en la época estaban siendo utilizados ampliamente por la España borbónica y por la resistencia antifrancesa, antes de convertirse en arma ideológica de los realistas en América. Muchos criollos siguieron, y siguen, reivindicando tan noble origen, y no es extraño que también a Bolívar, como a otros patriotas, se lo terminara comparando con aquellos héroes fundadores: en vida una nación patriótica peruana le atribuyó "más victorias ilustres que el Cid" (Miró Quesada Sosa 1971, 482), se elogió su prosapia recordando que "hijo de un soldado de las montañas de León, tiene en su sangre la reserva de la raza de Pelayo" (Comparación entre Bolívar y San Martín, Bogotá, 1868, en Blanco y Azpurúa , t. 14, 495) y Romancero del Libertador Simón Bolívar, Cid Campeador de América se tituló la compilación de Carlos María de Vallejo realizada hacia 1945; no faltó quien se preocupara por trazar su genealogía hasta los primeros combatientes de la Reconquista (Lloréns Casani, M. et al. 1998).

Son ejemplos de la general insistencia criolla en blanquear a Bolívar. Él no habló de esto. Cierto es que algo de esta mitología quedó en su imaginario: tras la toma de Pasto, se le hizo decir al coronel español vencido que "los descendientes de los conquistadores de Granada han humillado al león de Castilla"11. Admirando la tenacidad de los españoles en Perú, afirma que "cada uno muestra descender de más cerca del gran Pelayo" (Carta de Bolívar a Santander, 5-VII-1823). Paralelamente, si veía la historia del lado de los lejanos vencedores de la Reconquista, Bolívar seguía manteniendo automatismos del lenguaje en referencia a los perdedores, el mismo lenguaje que el absolutista Olañeta cuando despotricaba desde su feudo absolutista en el Alto Perú contra "liberales, judíos y herejes": Bolívar consideraba a los guayaquileños "unos judíos que no piensan más que en el dinero" (Carta de Bolívar a Santander, 10-II-1824).

Pero era demasiado iluminista para ceder ante tales espejismos medievales. Fue uno de los muchos que usaron el apodo de godos para los españoles. Y lo eran por su barbarie, no su noble origen, como pretendían, siendo también unos vándalos12 (el actual significado despectivo de este etnónimo es neologismo que data de la Revolución Francesa). Insultos congruentes para quien hablaba con disgusto de lo gótico y que sentía rechazo frente a la parafernalia carolingia de Napoleón Bonaparte (Lomné, 1990). Por ello, los referentes a la historia goda asoman en sus escritos en forma ligeramente burlesca: el ejemplo de Bamba, que prefería morir a subir al trono, fue empleado con relación a personajes americanos que mucho respeto no le merecían13. Cuando se refiere al Cid Campeador no es el del Poema del Cid, que su maestro Andrés Bello fue entre los primeros eruditos en el mundo en comentar, sino el de Corneille y aun el de la parodia de éste hecha por el español Ramón de la Cruz en su sainete Manolo (1769): "Manolo y el Cid son hermanos" (Carta de Bolívar a José Joaquín de Olmedo, 27- VI-1825). Se alejó de la discriminación que los españoles trajeran a las Indias, y lo vemos en contacto con judíos: escribiendo una afectuosa carta de agradecimiento a Mordechai Ricardo, sefardí de Kingston, y aceptando a judíos en sus filas14.

* * *

Dado que los documentos arriba citados son los más conocidos de Bolívar, es fuerte la tentación de basar en ellas sus ideas sobre el Oriente, pero para seguir poniendo las cosas en su lugar, quiero reiterar aquí que semejantes ideas, que tuvieron cierta coherencia entre los autores de la independencia, aparecen en cambio en Bolívar de modo esporádico y muy enfocado: al público inglés de Jamaica, al absolutista Olañeta, a corresponsales ingleses, al pueblo de sus proclamas. Las citas más significativas se concentran precisamente en estos documentos. Y en ellos tienen una precisa función polémica. Primero contra España, a la que Bolívar, en la ruta de muchos otros autores, explica con el Oriente: "bandas de tártaros que embriagados de sangre intentaban aniquilar la América culta" (Proclama de Bolívar, 13-II-1814); "bandas de tártaros que quieren borrar los rasgos de la civilización" (Proclama de Bolívar, 24-II-1814); "el famoso Monteverde, que se presentaba en Caracas contrahaciendo a los déspotas de la Asia en sus maneras, estilo y conducta" (Manifiesto de Bolívar dirigido a las naciones del mundo, Valencia, 20-IX-1813). "Para qué han de ir a Turquía, cuando los españoles nos han transportado el Asia a América, nos han enseñado el Alcorán con sus prácticas y nos han inspirado por el espíritu nacional el terror" (Carta de Bolívar a Santander, 1-VI-1820).

No hay mucho más: Bolívar no prodiga tales denuestos, como sí hacía el resto de los escritos patriotas. Compensando la escasez, él va más allá y se empeña en un análisis en el cual los caracteres españoles tienen su explicación histórica, también muy socorrida en la crítica transpirenaica a España: "no somos ni europeos ni americanos, puesto que hasta España deja de ser europea por su sangre africana" (Discurso de Angostura, 15-II-1819). Tanto que dudamos que pueda liberarse de su condición, porque en carta al absolutista altoperuano Pedro Antonio Olañeta pinta al régimen de la constitución española

[...] semejante al gobierno del Gran Turco, aunque con apariencias enteramente opuestas. Lo que en Constantinopla hace el Gran Señor, en Madrid lo ejecuta constitucionalmente una asamblea de infinitas cabezas. Así se ha visto que ha hollado la religión, ha hollado el trono, y no ha sembrado la libertad, porque esta preciosa planta no nace ni en los páramos helados, ni en los ardientes arenales, sino en aquellos terrenos donde la naturaleza ha combinado sabiamente los principios del calor y del frío (Bolívar a Pedro Antonio Olañeta, 21-V-1824).

Esto es Montesquieu. ¿España parte del Oriente? No, todavía peor, como antes habían asentado en la comparación el mexicano Francisco Javier Clavijero y el peruano Juan Pablo Viscardo y Guzmán: ya se dijo que para Bolívar el despotismo español sólo es comparable al de los faraones. Siguiendo los conceptos reproducidos, desde la Carta de Jamaica hasta el discurso de Angostura, los orientales tienen algún punto a favor: "Pero al fin son persas los sátrapas de Persia, son turcos los bajáes del Gran Señor, son tártaros los sultanes de la Tartaria. La China no envía a buscar mandatarios militares al país de Gengis Khan que la conquistó"15. En cambio los americanos sufrieron un despotismo administrado con personal extranjero, peninsular.

* * *

Creo que hay que seguir reflexionando. Ya dije que son opiniones enfocadas a determinado público. Fuera de retórica y desahogos, en el mundo real de la política internacional su actitud estuvo lejos de basarse en las abstracciones de la teoría europea. Ello se ejemplifica con su actitud ante la insurrección griega contra los turcos, que motivó cuantiosos comentarios de la prensa patriota (Taboada, H. 2009). Él menciona a veces la cuestión, pero con notable distancia, diferente del apasionamiento de otros correligionarios. Más aun, en carta a Jeremy Bentham estampa tal conmiseración: "Me han sido muy sensibles las desagradables ocurrencias que ha tenido Ud. con los griegos, en Londres, los que Ud. se ha visto obligado a abandonar por justos motivos, según parece por su apreciable carta. Por desgracia el peso de la esclavitud apaga los espíritus y los pone en estado de ser indignos de la libertad" (Bolívar a Jeremy Bentham, 15-I-1827). Quizás influyó una de las pocas experiencias directas que tuvo con esas gentes exóticas, cuando durante su misión de juventud a Londres, al entrar a un burdel, la prostituta de turno "se imaginó o fingió que yo era algún griego pederasta" y lo expulsó. Años después la conducta escandalosa del cónsul holandés le debió de recordar el episodio: "no creía yo que en Holanda hubiera hijos de Sodoma y sólo los hacía en Italia y en Grecia" (Perú de Lacroix, L. 1987, 58 y 95).

Por todo ello las posibilidades de una alianza con los griegos le motivaron líneas de alguna ironía. Aunque nos parezca disparatada, dicha idea fue considerada seriamente y se lo consultó al respecto. He aquí su respuesta: "Desde luego se declara la guerra a la Turquía, porque es la que está en armas contra la Grecia, y hétenos allí el Chimborazo en guerra con el Cáucaso" (Carta de Bolívar a Bernardo Monteagudo, Guayaquil, 5-VIII-1823). Como más que una confrontación entre la libertad y el despotismo le interesaban las posibilidades reales de triunfo. Después de la victoria de Ayacucho, cuando por un momento se temió el peligro de un ataque de la Santa Alianza, Bolívar contempló como aliados contra ella a los Estados constitucionales de América y Europa "y el imperio Turco por salvarse de las garras de Rusia" (Carta de Bolívar a Santander, 11-III-1825).

Muchos años después, cuando el culto a Bolívar había borrado abundantes evidencias y cuando personajes nacidos en aquel Oriente de los europeos por fin hicieron escuchar su voz, expresaron gran admiración por él: el caudillo marroquí Abd el Krim, jefe de la rebelde República del Rif (1919-1925), que hablaba castellano, dirigió a los pueblos latinoamericanos una proclama en la que comparaba su lucha con la de varios próceres, entre ellos Simón Bolívar (Abd-El-Krim, 1925). En nuestros días, el palestino-venezolano Kaldone G. Nweihed escribió un volumen que trata de probar lo que el título dice, que Bolívar fue un precursor de la unidad del Tercer Mundo (Nweihed, K. 1984 y 2010). Adhesiones significativas, que la actual popularidad de Hugo Chávez en el Medio Oriente probablemente esté renovando y multiplicando.

* * *

Además, las ideas de Bolívar, como las de todos, sufrieron cambios. Se los ha notado con relación al mundo clásico: las repúblicas antiguas, modelo en sus primeros años, fueron para él cada vez más el andurrial de disputas internas, traiciones y mezquindades y cada vez menos el templo de la virtud cívica (Hernández Muñoz, F. G. 1998-1999); los amerindios, que Bolívar conocía de forma muy vaga y literaria al principio, idealizándolos al tiempo que creía en su casi desaparición, le fueron revelando una realidad hostil con el avance de sus expediciones hacia la zona andina (Chassin, J. y Dauzier, M. 1984; Favre, H., 1987; Lavallé, B. 1994). Y su repensamiento se ejercitó sobre todo con relación a la América conquistada por España, a medida que la iba conociendo y se le mostraba muy lejos del oasis de libertad que había soñado.

En la ruta de tantos europeos, Bolívar había usado del Oriente para entender a los pueblos pastores y a las civilizaciones precolombinas. Para hacer inteligibles a los llaneros ante un interlocutor francés, no dejaba de señalar que "son nuestros cosacos" (Perú de Lacroix, L. 1987, 72), nombre que ya había usado al pedir a Santander que le enviara "quinientos de esos cosacos" (Carta de Bolívar a Santander, 8-XII-1823). Era por otro lado una referencia que se estaba difundiendo. Al llegar a Cuzco, una carta a Santander mencionaba las ruinas "de este inocente imperio antes de su destrucción por los españoles" y a continuación, en frase algo confusa: "Diré a Ud. con toda ingenuidad que si no hubiera leído Las ruinas de Palmira, siempre hubiera saboreado la memoria de las grandes cosas y de los grandes sucesos que han precedido a la época presente" (Carta de Bolívar a Santander, 28-VI-1825). Creo que acertaron quienes han interpretado al respecto que la cita del libro de Volney -quien reflexionó sobre el pasado de los imperios contemplando desde una altura aquello que dio título a su libro, lectura favorita de Bolívar- le hizo evocar a Alejandro ante las ruinas asiáticas y a Napoleón ante las Pirámides (Lavallé, B. 1994, 160-161). Para que no quepa duda, en carta a Hipólito Unanue, criollo sabio y ensalzador del Incario, escribe: "He visto los monumentos de los Incas, que tienen el mérito de la originalidad y un lujo asiático" (Carta de Bolívar a Hipólito Unanue, 22-VII-1825).

Y al lado del lujo precolombino, la América actual comparte los caracteres negativos del Oriente. Para los indios que habían obstaculizado su avance recurre a su insulto preferido, originalmente mezclado con otro ligado a la historia de España: son "numantinos tártaros" (Carta de Bolívar a Santander, 23-I-1824). Como Asia y España, la América así orientalizada era difícil de gobernar por las instituciones libres. Que "no somos ni europeos ni americanos, puesto que hasta España deja de ser europea por su sangre africana" lo ejemplificaban figuras como el mulato Manuel Piar, "un sátrapa de Persia" (Manifiesto de Bolívar a los pueblos de Venezuela, 5-VIII-1817), un tal padre Florido, "de la naturaleza de Omar, eléctrico y fanático, pero ilustrado, patriota y creo que bueno" (Carta de Bolívar a Santander, 25-VI-1820), sus enemigos que "brutalmente, como los turcos, no entienden de derechos ni de diplomacia" (Carta de Bolívar a José Manuel Restrepo, 20-IX-1829). Hasta su ex amigo Santander, que en carta que cayó en sus manos lo había llamado musulmán: "esto de musulmán es muy bonito: eso es él, musulmán o etíope, ladrón o verdugo" (Carta de Bolívar a Mariano Montilla, 24-IV-1828). Había episodios como el del congreso peruano pidiendo cuentas al corrupto gobierno de Riva Agüero y "lo trataron como al Diván de Constantinopla" (Carta de Bolívar a Santander, 4-VIII-1823), y pueblos como el de Quito, "el más descontentadizo, suspicaz y chino en todas sus cualidades morales"16

Si Atenas, Esparta y Roma no eran lo que había soñado, y América y los indios tampoco, si en Holanda había hijos de Sodoma, si Europa tenía vicios, también el Oriente podía ser distinto al infierno despótico que imaginara. No hay que olvidar que si Montesquieu figuró entre sus influencias también lo hizo Voltaire, y para éste había en las antiguas civilizaciones del Egipto, Mesopotamia o Persia una sabiduría que debía rastrearse y constituía China un ejemplo de gobierno tolerante y próspero, un despotismo ilustrado, para retomar un término que sólo historiadores posteriores inventaron. Si la historia eurocéntrica escrita en el siglo XIX nos ha hecho olvidar algunos hechos, Bolívar sí los tenía presentes: el centro económico de la ecumene no era sin disputa Europa, y si bien China iniciaba su decadencia, todavía era vista como una potencia económica y demográfica. Las visiones del futuro dichoso de América dependían de su establecimiento como emporio entre Europa y Asia y del fortalecimiento de los nuevos gobiernos "con las armas, la opinión, las relaciones extranjeras y la emigración europea y asiática que necesariamente debe aumentar la población" (Carta de Simón Bolívar al editor de la Gaceta Real de Jamaica, septiembre (?) de 1815).

Y hay más: China no puede gobernarse como Inglaterra, había dicho; y con el tiempo agregó "yo pienso que mejor sería para la América adoptar el Corán que el gobierno de los Estados Unidos, aunque es el mejor del mundo" (Carta de Bolívar a Daniel Florencio O'Leary, 13-IX-1829). Quizás eran los modelos a seguir. El francés Perú de Lacroix nos cuenta de él cómo en tertulia de sobremesa, cuando al final de su carrera se enfrentaba al desánimo, "pasó de esto a hablar de gobierno teocrático, sosteniendo, con una especie de ironía, que es el que más convendría a los pueblos de la América del Sur, visto su atraso en la civilización, su corta ilustración, sus usos y costumbres" (Perú de Lacroix, L. 1987, 88). Bueno, alguna añoranza de aquellos funcionarios que en Jamaica y Angostura acusaba de reunir "las funciones civiles, políticas, militares y religiosas".

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Añoranza mezclada con ironía de sobremesa, pero no faltó quien pensara que a Bolívar le hubiera gustado tener el poder y la sugestión religiosa que atribuía a un gobernante oriental para imponer sus ideas ilustradas. Él mismo inducía la comparación con ciertas frases: "ya Ud. habrá recibido la omnipotencia y con aquel firmán está Ud. autorizado para todo", felicitaba a Santander17. "No permita Dios que me disputen la autoridad en mis propios hogares, como a Mahoma, a quien la tierra adoraba y sus compatriotas combatían. Pero él triunfó, no valiendo su causa tanto como la mía" (Carta de Bolívar a José Antonio Páez, 23-XII-1826). De nuevo la imagen ilustrada de Mahoma, la de la benévola y fantasiosa biografía de Boulainvilliers de 1730, que aparece a menudo entre los autores de la independencia: un conductor de pueblos, que quizás se vio obligado a fingir un origen divino para introducir benéficas reformas. Se alegraba Santander, que lo conocía, porque "los bolivianos recibirán de la mano de usted todas las cosas con el fanatismo con que los discípulos de Mahoma recibían sus lecciones" (Carta de Santander a Bolívar, 21-IV-1826, en Santander 1953, v. 6, 283). Algo que terminaba diciendo también Antonio Leocadio Guzmán, al elogiar esa misma constitución: que "será tan fuerte con la vara de la justicia como lo son con la espada del terror los sucesores de Darío, de Mahomet y del czar Pedro" (Blanco, J. F. y Azpurúa, R. 1877, t. X, 360, 370 y 364).

Sus adversarios lo orientalizaron de otra forma: "el sultán de Colombia", lo llamó José María Obando (Carta de José María Obando a José de La Mar, 29-XII-1828, en O'Leary, D. F. 1880, v. 4, 431-432); otro Gengis Khan, lo consideró El Republicano de Arequipa, aunque generoso, mientras el mongol fue cruel (El Republicano, nº 19, 1-IV-1826, v. 1, 84). En juicio igualmente mezclado, Vicuña Mackenna comparaba a San Martín con Washington, agregando que "Bolívar diversamente recuerda al terrible Tamerlán", dejando caer el dato que fusiló a ochocientos prisioneros (Vicuña Mackenna, B. 1868, 492). En Perú trasladaron el epíteto peninsular de "persas" a sus seguidores18. Cuando dejó de serle amigo, Santander lo acusó en el mismo sentido, llamándolo musulmán19 y consideró que el consejo de Estado de su constitución colombiana "hace las veces del diván de Constantinopla"20. Por fin, el argentino Bartolomé Mitre, que contrastaba su figura a la del inmaculado José de San Martín, notaba cómo el caraqueño en Lima se había entregado a "la existencia voluptuosa de un monarca oriental, como Salomón pero sin su proverbial sabiduría" (Mitre, B. 1940, t. 5, cap. 50, 8, 94).

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No me digan que era lo que faltaba para completar la galería de los retratos que del Libertador se han trazado: revolucionario llamando a la insurrección de las masas proletarias, precursor del antiimperialismo y tercermundismo, liberal modelo de repúblicas parlamentarias, conservador moderado y admirador de los regímenes anglosajones, heredero de la tradición hispánica, aristocratizante y monárquico. Ahora le agregaríamos un Bolívar teocrático.

Pero no quise llegar a tanto. Cuando califiqué en el primer párrafo de "ejemplar y a la vez atípica" la figura de Simón Bolívar fue por los motivos que en las páginas siguientes traté de señalar y aquí retomo: a diferencia de la gran mayoría de los criollos de siempre, él escapaba del empaque retórico y se inclinaba hacia la adaptación de los preceptos leídos a las circunstancias americanas. En ello tomó lo mejor de cada uno de sus maestros, Simón Rodríguez y Andrés Bello. Si optaba por un manejo sencillo y americano del lenguaje, lo hacía especialmente en la expresión de sus ideas políticas. Era consciente que para aprehender la América que emergía ante sus ojos era necesaria una nueva ciencia, que buscó en el tumulto de su vida batalladora tanto como en los libros que siempre llevaba consigo.

El balance entre ambas inspiraciones lo mantuvo alejado de la sobreactuación ideológica que nos distingue, por la cual tendemos a exagerar los rasgos de nuestros inspiradores extranjeros. Esto lo llevó a reírse de muchas pretensiones de sus coetáneos. Cuando José Joaquín de Olmedo ensalzó a los combatientes de Junín con trompa homérica, Bolívar le dictó una lección de preceptiva y sentido común: "Ud. nos eleva con su deidad mentirosa, como el águila de Júpiter levantó a los cielos a la tortuga para dejarla caer sobre una roca que se rompiese sus miembros traseros [...] si yo no fuese tan bueno y usted no fuese tan poeta, me avanzaría a creer que usted había querido hacer una parodia de la Iliada con los héroes de nuestra pobre farsa" (Carta de Bolívar a José Joaquín de Olmedo, 27- VI-1825).

Supo que no lo entenderían, que el público al que se dirigía tenía menos inteligencia y en general menos conocimientos que él. A veces da la impresión que en sus respuestas a Santander retoma sus conceptos para corregirlos burlonamente. El mundo era mucho más complejo de lo que declamaban las prensas y las tribunas patriotas, repitiendo los preceptos que la Europa transpirenaica volcaba sobre América en un alud consiguiente a la ruptura de los diques coloniales. Entre muy escasos pensadores, Bolívar llegó a sospechar que esas categorías y esas recetas iban a servir de muy poco, y que el Oriente, ese fantasma de los europeos, podía no ser lo que éstos decían, podía hasta ser un modelo para aquella humanidad nueva y en cierto modo antigua. ¿Qué saben los libros de América? ¿Qué sabemos nosotros de Oriente?

Notas

1- Profesor e investigador Universidad Nacional Autónoma de México, CIALC. haroldo@unam.mx

2- Aprovecho para referirme al origen de las citas: como se sabe, los escritos más o menos completos de Bolívar fueron compilados en varias ocasiones. Para evitar recargar las notas, voy a referir simplemente la fecha de cada escrito, con lo cual puede ser fácilmente hallado en dichas compilaciones.

3- No es tan sencillo como Bolívar y Vargas dicen: en realidad la correspondencia china sería con el nombre maya de Quetzalcóatl, como explicaba fray Servando Teresa de Mier en su "Carta de despedida a los mexicanos", de 1821. La misma carta cita como referencia los apuntes de un autor francés cuyo nombre no recordaba y que tiró al mar en Soto la Marina al fracasar la expedición de 1817. Probablemente era Guignes, que Mier entendió como quiso y que comentó a Simón Rodríguez (¡tal para cual!), y alguno de los dos hizo llegar la etimología que apresuradamente apuntó Bolívar. Así es la ciencia criolla, por ahora la cuestión importa poco.

4- Y que le fuera enviado por Sir Robert Ker Porter, autor que había viajado por Oriente, carta del 29-V-1827.

5- Hasta el siglo xviii, África en castellano solía designar a África del norte o Magreb. Para el continente en conjunto se prefería Etiopía. El uso moderno empezó desde entonces, al mismo tiempo que América iba sustituyendo a Indias. Como muestro aquí, Bolívar alterna el uso del nombre y el gentilicio derivado con los más tradicionales de Guinea y Etiopía. Este último, antes de fijarse como nombre del moderno Estado abisinio, era desde Homero la imprecisa denominación de la tierra de los hombres "de rostro quemado", áCéèßïðåæ.

6- Perú, "una Babilonia de crímenes", Bolívar a Santander, 21-XII-1823; las costas del Perú "lo mismo que vivir en la Arabia Pétrea", Bolívar a Santander, 7-I-1824.

7- Dadas las dificultades textuales que ofrece este célebre documento, aquí sí me refiero a una edición en particular, la de Sociedad Bolivariana de Venezuela, 1966, v. 8.

8- Tan aprovechada frase en general se exhibe cortada de sus palabras iniciales, "los nuevos estados americanos y"; es decir que el sujeto, los que parecen destinados a plagar de miserias, son tanto las repúblicas de origen español como los Estados Unidos; el resto de la carta parece apoyar esta interpretación. No olvidemos que está dirigida al coronel Patricio Campbell, encargado de negocios de SMB, 5-V-1829.

9- Hacía notar esta ironía antifrancesa del periódico, la cual debía de haber sido aprobada por Bolívar, un despacho del capitán Maling a Lord Melville, de marzo de 1825, reproducido en Temperley, H. 1966, ap. 4, 559.

10- Carta del 31-XII-1824 (es decir posterior a Ayacucho), publicada en la Gaceta del Gobierno del Perú, 30-I-1825, v. 2, 316.

11- La referencia la da Madariaga, S. 1951, 2: 204, que dice muy vagamente tomar el dato de Boussingault y Ricardo Palma, pero en ninguno de los dos he encontrado la cita.

12- Tropelías de los "vándalos de España" en Caracas, proclama del 2-XI-1812; "el famoso vándalo que ha levantado el estandarte de la rebelión", carta a Pedro Murgueytío, 23-I-1823.

13- En efecto, Wamba se resistió antes de ser elegido rey de los godos (672-680), cartas de Bolívar a Santander, 7-III-1826, 29-IV-1823.

14- La carta a Ricardo es del 15-XI-1815, menciones de judíos al servicio del Libertador en Cohen, M. 2000.

15- Discurso de Angostura, 15-II-1819. Es útil comparar con la carta de Jamaica: ahí se dice casi lo mismo: "Pero al fin son persas los jefes de Ispahán, son turcos los visires del Gran Señor, son tártaros los sultanes de la Tartaria. La China no envía a buscar mandatarios militares al país de Gengis Khan que la conquistó, a pesar que los actuales chinos son descendientes directos de los subyugados por los ascendientes de los presentes tártaros". No sé si estoy buscando cinco patas al gato, pero creo que la versión de 1819 corrige algunos errores: ya los sátrapas no son de Ispahan, turcos dice que son los bajáes, no los visires, y no parece creer que la dinastía de Gengis Khan seguía reinando en China, cuando en realidad fue destronada en 1368.

16- Carta de Bolívar a Santander, 23-IX-1822. Hildebrandt, M. 1961, s.v. interpreta "chino" como un galicismo tributario del francés chinois, "complicado, extravagante".

17- Carta de Bolívar a Santander, 20-V-1820. El firmán era una orden emitida por algunos gobiernos islámicos, entre ellos los sultanes turcos.

18- Basadre, J. s. f., 1: 84. "Persas" fueron llamados en España los ultras del absolutismo, así llamados por el "Manifiesto de los Persas", publicado por diputados de Cádiz que disentían con el liberalismo y que comienza: "Era costumbre de los antiguos persas pasar cinco días en anarquía después del fallecimiento de su rey, a fin de que la experiencia de los asesinatos, robos y otras desgracias los obligase a ser más fieles a su soberano". Bolívar lo usó una vez (carta al arzobispo de Popayán, 31-I-1822), luego fue aplicado también a los conservadores peruanos, Hildebrandt, M. 1961, 426.

19- Véase antes, Santander lo hizo en carta que cayó en manos de Bolívar, quien indignado comentó lo antes reproducido: "esto de musulmán es muy bonito: eso es él, musulmán o etíope, ladrón o verdugo", carta de Bolívar a Mariano Montilla, 24-IV-1828.

20- "Memoria sobre el origen, las causas y progresos de las desavenencias entre el presidente de la República de Colombia, Simón Bolívar, y el vicepresidente de la misma, Francisco de Paula Santander, escritas por un colombiano en 1829", en Santander, F. 1988, 90.

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