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Cuyo

versión On-line ISSN 1853-3175

Cuyo vol.28 no.1 Mendoza ene./jun. 2011

 

TEXTOS

Tres Lecciones inéditas de Alejandro Korn sobre Historia de la Filosofía

 

Juan Carlos Torchia Estrada1

 

Nota preliminar

Lo que sigue a continuación es el texto de las tres últimas lecciones de un curso de Historia de la Filosofía que Alejandro Korn dictara en la Universidad de Buenos Aires. La fecha del curso, por indicios que se encuentran en el mismo texto, podría ponerse aproximadamente entre 1915 y 19172. Las tres lecciones aquí reproducidas contienen: (1) la exposición del positivismo europeo; (2) la opinión de Korn sobre este movimiento filosófico como etapa agotada; y (3) la aplicación del examen al caso del positivismo argentino.

Estas clases, y sobre todo el curso completo, representan un aporte a la historia del pensamiento filosófico argentino del siglo XX. No disponemos, hasta hoy, de muchos testimonios semejantes. Es fácil encontrar escritos que representen la posición filosófica de un autor, pero no recoger su enseñanza de viva voz, pasados muchos años, lo que constituye de por sí una contribución a la historia institucional de la filosofía.

Tampoco se trata de cualquier disciplina. La historia de la filosofía es la más básica y la más formativa en la educación filosófica. Después de tener, al menos, una idea de ella, se puede tomar por cualquiera de los infinitos caminos (seguros y confusos) que la filosofía ofrece, y alejarse del cuadro general para profundizar y valorar más positivamente un segmento de él –o ninguno. Pero cualquier intento de formación filosófica que parta de menospreciar la historia de la filosofía hace pensar en una parcialidad ingenua. Korn explica a sus alumnos, desde el comienzo del curso, por qué no se enseña la filosofía (porque nadie se puso de acuerdo sobre un contenido universalmente aceptado) sino historia de la filosofía. Y en tono coloquial, en forma simple sin simplificación, con gran paciencia didáctica, cumplió muy bien su función, que no era la de dirigir un seminario de estudiantes graduados con formación avanzada.

El significado de cualquier enseñanza está ligado al momento en que se da. La exposición de la historia de la filosofía puede ser hoy una actividad corriente, pero en la primera década del siglo XX, con clima y profesorado positivistas, cuando los maestros no habían contado con la oportunidad de formarse técnicamente en Filosofía, echaba serios cimientos para el futuro.  

Esto nos lleva a otro significado de las Lecciones: reflejan un momento temprano del desarrollo filosófico de Korn. Posiciones que luego tomarán forma definitiva –de pensamiento y de expresión– en los escritos que componen el corpus principal de su obra filosófica se ven adelantadas en sus explicaciones de clase. A veces por poco, como en el caso del artículo inaugural "Incipit vita nova" (1918), a veces por más tiempo, como con referencia a La libertad creadora (1922) o "Filosofía argentina" (1927).  

Relacionada con este tema está la cuestión de una primera etapa en que Korn habría adherido al positivismo. Conociendo la radicalidad de su crítica al positivismo en su posición definitiva, el asunto no es muy relevante, pero no deja de ofrecer interés atendiendo a que otros pensadores que cumplieron la misma función histórica, como Carlos Vaz Ferreira y Alejandro Deustua, pasaron por el mismo proceso. El propio Antonio Caso, en 1910, todavía se refería al positivismo en un tono poco crítico que le sería censurado por su amigo pero ya maestro Pedro Henríquez Ureña. En el caso de Korn la simpatía había ido hacia Spencer, y más propiamente hacia la teoría de la evolución. En las Lecciones (recordemos: ca. 1915-1917) el aprecio por esta concepción todavía es visible, pero ya el positivismo es asunto del pasado –aunque haga justicia a sus aspectos rescatables dentro de la historia del pensamiento. El dijo alguna vez que quienes lo llevaron a la cátedra ("los hombres del 80") distinguieron a quien ya se había liberado de la visión del mundo positivista. Aun sin aceptar completamente este recuerdo, si al hecho de que Korn llega a la cátedra de Historia de la Filosofía en 1906 se une el hecho de que estas Lecciones no parecen representar un descubrimiento de último momento, podría pensarse que aproximadamente hacia 1910 ya hubiera llegado a su posición definitiva. Mayor precisión de calendario sería difícil de lograr y no agregaría nada a lo esencial. Rara vez una filosofía se aparece como el arcángel Gabriel, y actúa por iluminación súbita. Lo normal es un proceso de cierta maduración, aunque alguna intuición o temple de ánimo esté allí desde el origen, esperando la racionalización posterior.

* * * 

Como se anticipó, Korn expone a sus alumnos el pensamiento de varios representantes del positivismo, pero Comte y Spencer son los que reciben mayor atención, especialmente en lo que se refiere a la filosofía social de cada uno de ellos: el altruismo de Comte y el individualismo de Spencer. Considera que esta divergencia en materia de filosofía social es la más importante entre los dos pensadores. Dentro del mismo clima positivista explica que se da también la doctrina que afirma que lo determinante son los intereses económicos y que éstos rigen la historia (materialismo histórico).

Todas las filosofías positivas tienen como finalidad una mejor organización social sobre bases científicas, y tienen mucho que ver con las cuestiones económicas. En palabras del profesor: "Esto explica que en la época en que ha predominado el positivismo, como en la segunda mitad del siglo pasado, [hayan sido] las cuestiones económicas y las cuestiones sociales las que en primer lugar han ocupado la atención de todos los investigadores" (29: 1).

Da también indicaciones que omitimos sobre el positivismo francés posterior a Comte (Taine, Renan) y sus características; las manifestaciones en la literatura (Zola); algunas muestras de crítica y renovación (Renouvier, Nietzsche); el positivismo y el cientificismo en Alemania, caso este último en que habla del neokantismo, pero no menciona a Büchner.

Lo más importante es el juicio que al profesor le merece el positivismo. En esencia, se trata del reconocimiento de la insuficiencia de esa doctrina para una concepción de la personalidad humana y para el fundamento de una ética, tema central en Korn, como es sabido.

Formula a sus alumnos esta directa pregunta: "¿Cuál es el lado débil del positivismo? ¿Cuál es el motivo por el cual hoy está en decadencia?" (29: 4). Pareciera –dice– una posición segura, que se basa en los datos de las ciencias positivas. Tiene un ideal que consiste en levantar el nivel económico, con su benéfico efecto sobre la humanidad. Nos llama a dedicar todas nuestras fuerzas al mejoramiento de las condiciones del hombre sobre el planeta, a tratar de imponer nuestro dominio sobre la naturaleza. ¿Por qué, entonces, no nos satisface? Porque identifica los fenómenos psíquicos, morales y sociales con los físicos, y se basa en una ciencia donde todos los hechos están sujetos a leyes, con la aspiración al descubrimiento de una sola ley, si fuera posible matemáticamente formulada. "Es decir, que suprime nuestra libertad y nuestra espontaneidad, deprimiendo nuestra personalidad, porque nos convierte en un simple engranaje dentro de un mecanismo universal, en el cual todo se desarrolla forzosamente" (29: 5). Aquí Korn no se limitaba a exponer el tema, sino que compartía con su clase la cuestión fundamental, y la resolvía según su convicción.

Aclarado así el contenido del positivismo y realizada la crítica a su deficiencia básica, quedaba, para el final, la cuestión del positivismo argentino. Las Lecciones muestran el vivo interés que el profesor revela por tratar este tema nacional: aunque decide que a él dedicará la última clase, lo comienza en la penúltima, cuando ya ha concluido el tiempo regular, por lo que pide a sus estudiantes prolongar la lección para hablar de ese tema. En esta parte desarrolla la cuestión del "positivismo autóctono", peculiar a la concepción de Korn.

Para entender lo que nuestro filósofo quería decir con la expresión 'positivismo autóctono' es preciso recordar un supuesto interpretativo que está en la base de su opinión. En concepto del profesor, la exposición del positivismo presupone la distinción entre una época como "mentalidad" (sus ideas generales, sus tendencias, sus preferencias valorativas, el Zeitgeist, en una palabra), por un lado, y por otro su expresión teórica –es decir, una filosofía– que representa esas orientaciones vivas y actuantes. "La filosofía no es nada más que la sistematización de las orientaciones, de las tendencias, de los instintos, de los intereses de una época histórica determinada. ... Lo activo, el factor verdadero, lo radical, son esas fuerzas que alientan en el seno de las colectividades humanas, y la filosofía no hace sino encontrarles la expresión ética" (30: 1). A esto se une otra apreciación: las grandes épocas y sus correspondientes filosofías surgen de necesidades que no son satisfechas por el pensamiento vigente. Para responder a esas nuevas exigencias se desarrollan otras ideas, hasta que también éstas dejan de ser representativas, entran en decadencia y tienden a ser reemplazadas. Importa retener, entonces, que el positivismo filosófico era visto por Korn como la cristalización teórica de una época o etapa 'positiva', que llenó gran parte del siglo XIX, pero que hacia el fin de ese siglo y comienzos del XX mostraba las fisuras producidas por su falta de respuesta a nuevas necesidades. Y todavía agregaba, en otro aspecto de su interpretación de la historia de la filosofía, que aunque las filosofías decaen y pierden vigencia, no desaparecen del todo, porque dejan "un remanente que persiste": "cumplen su misión de empujar las ideas humanas un poco más adelante, encontrando algunas verdades que se incorporan luego al movimiento que sigue" (30: 1). Es decir: no todo es una pura curva de ascenso y decadencia.

Desde estas bases se comprende que distinga la filosofía de un período y el período mismo, o la época y la filosofía de la época. Con un claro ejemplo, si alguien dijera: esta crisis la provocó el positivismo (o para el caso, cualquier otra filosofía), estaría equivocado, porque "un sistema filosófico no es capaz de producir ese efecto" (30: 1). Es la época positivista (siguiendo con el ejemplo elegido) la que puede producir esa consecuencia.

Trasladado este supuesto a la situación argentina, piensa Korn que existió en el país una época positiva en la cual, al igual que en Europa, predominaron los intereses económicos. En efecto, después de la caída de Rosas hubo consenso en la preocupación por el desarrollo del país, considerado ante todo como desarrollo económico. Lo expresan las Bases de Alberdi y son el fundamento de la acción de éste y de la gestión de Sarmiento y Mitre. El objetivo era la promoción de la riqueza, con un gobierno fuerte que amparara la paz y permitiera a todo el mundo desenvolverse en el orden económico. Esta orientación positiva es para Korn una manera de descubrir el positivismo antes de llegar a su concepción teórica; más aún, dejando intencionalmente de lado toda cuestión teórica, porque lo urgente era la constitución de la riqueza nacional. Por eso, en la Argentina, los orígenes del positivismo son espontáneos, no reconocen una fórmula filosófica, pero responden a la nota característica de la época positiva.

Korn trató este tema en el capítulo sobre el positivismo de Influencias filosóficas en la evolución nacional, donde habló de "positivismo en acción", y en el artículo "Filosofía argentina", donde empleó la expresión "positivismo autóctono". El primero se incorporó a Influencias en 1936, pero pudo muy bien ser escrito antes. El segundo se publicó en 1927. Ahora bien, en ninguno de estos dos trabajos está la tesis que se da en estas Lecciones sobre la distinción entre época y filosofía de la época, que es básica para entender la idea de un positivismo avant la lettre, que Korn no concebía como el equivalente filosófico de la teoría de nuestro abnegado Ameghino sobre el origen del hombre en el Plata, ni como un positivismo filosófico pampeano independiente del europeo. Los supuestos de esta posición pueden, naturalmente, aceptarse o no. La idea en los párrafos precedentes fue solamente explicar el concepto de 'positivismo autóctono' y por qué Korn estimaba que había sido una etapa del desarrollo argentino.  

Pero en estas Lecciones la última palabra quedaba para el futuro del país. Si algo falta entre nosotros –concluye– es que la juventud se convenza de que no es la vitalidad económica el único fin que debemos perseguir; que el desenvolvimiento económico "no puede ser el fin sino tan sólo el medio para llegar a una mayor cultura intelectual, a una mayor cultura del carácter; porque si no van a continuar los tiempos que hemos vivido, que han sido bajo ciertos aspectos grandes y hermosos, pero bajo otros, bajo el punto de vista moral, sumamente tristes" (30: 7). Sus últimas palabras: "A eso tenemos que ir; lo otro ya está realizado" (30: 7). Todo el análisis del positivismo y su expresión argentina venía a convergir, finalmente, en un ideal de vida para su país, en una aspiración ética superadora del presente.

* * *

Estas tres lecciones son una buena muestra del curso en su conjunto. Si confirman lo que sabíamos de Korn, lo confirman hacia atrás. El valor histórico de ellas reside en el anticipo, en permitirnos atisbar un desarrollo de ideas que retrocede en el tiempo y muestra las raíces de los escritos definitivos. Sin hablar de que por este medio asistimos a una función formativa que abarcaba la totalidad de la historia filosófica en el tramo final de la belle époque, cuando respetables maestros no podían salir del encierro positivista y entusiastas de lo nuevo no lograban todavía articular una posición orgánica. También anticipan (con una explicación más compleja del positivismo argentino) la preocupación de Korn por la interpretación de la realidad argentina, y lo que ésta requería para alcanzar una condición más digna. Sin inocentes juvenilismos señalaba a los jóvenes el camino de la superación de la etapa positiva.

Prácticamente un siglo ha transcurrido desde que el maestro fue desgranando sus clases, en un terreno poco menos que virgen. Además del privilegio testimonial de escuchar su palabra tal como resonaba en el aula, el texto nos permite acercarnos a lo que realmente ocurría en aquel momento incipiente de la profesionalización de la filosofía en la Argentina. Dice también del bagaje formativo que Korn llevaba consigo, y que no era en absoluto común en aquellas circunstancias.

HISTORIA DE LA FILOSOFÍA

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Clase 28ª

Vamos a comenzar con el positivismo, que es la orientación filosófica dominante en la segunda mitad del siglo XIX; que debe interesarnos especialmente porque en gran parte estamos todavía bajo la influencia de esa dominación. Lo fundamental, lo que caracteriza al positivismo, es el renacimiento [renunciamiento] a toda metafísica.

Como les dije, Comte elige este nombre para designar esta posición filosófica, y lo expresa diciendo: no podemos investigar ni las primeras ni las últimas causas; que la filosofía, por consiguiente se reduce a formular los principios generales que se desprenden de nuestros conocimientos positivos, es decir, de nuestros conocimientos científicos; conscientes de que estos conocimientos no expresan sino una relatividad, pero abandonando el propósito de llegar a verdades absolutas, como es inútil pretender alcanzarlas.

Ahora bien, la manera en que Comte formula y desarrolla la posición positiva no es la única; debemos hacer distinciones cuando empleamos la palabra positivismo. Podemos entender por positivismo el positivismo expresamente comteano; podemos entender luego por positivismo el desarrollo de la filosofía francesa después de Comte, [que] no es precisamente comteana; y podemos abarcar con el nombre de positivismo toda esta orientación, en cuanto se extiende a los países que comprenden nuestra civilización europea y americana.

Al extenderse en esa forma, el positivismo toma distintas formas según las distintas regiones, los distintos países y las distintas orientaciones históricas y étnicas, pero conservando siempre, como carácter fundamental, el de no hacer metafísica. Comte mismo, si bien vislumbró la posición positivista, era todavía, en el fondo, un romántico, puesto que escribió y publicó su gran tratado allá por el año 36, es decir, en pleno romanticismo.

Y así se explica que en Comte duren todavía elementos que corresponden a su época, en la cual es un iniciador, y que se desprenda recién en un periodo filosófico para inaugurar uno nuevo.

Esos elementos románticos se encuentran en lo que Comte llama "política positiva", que él desarrolla por medio de su sistema positivo, en el cual desenvuelve nada menos que un concepto religioso, después de haber declarado que la humanidad pasa por tres periodos: por el teológico, por el metafísico y por el positivo, y haber declarado precisamente al periodo teológico o al religioso como los más remotos, como lo que ya pertenece completamente al pasado, y habiendo declarado que tampoco el periodo metafísico responde ya al estado actual de los espíritus, y que entramos plenamente en el periodo positivo. A pesar de todo esto experimenta la necesidad de satisfacer de alguna manera el sentimiento religioso y al efecto se le ocurre nada menos que construir el dogmatismo, el rito, el culto de una nueva religión. Pero había de ser una religión positiva, una religión sin más allá.

Ahí está toda la empresa romántica de Comte.

Comte afirma, a pesar de todo, que fuera de nuestras necesidades intelectuales, hay necesidades del sentimiento, que no se satisfacen puramente con el sistema filosófico positivo; y a pesar de su posición él produce una tentativa de darnos una nueva religión, lo cual resulta algo paradojal. ¿Cuál debía de ser el objeto de nuestro culto, puesto que Dios o cualquier principio del más allá queda naturalmente excluido del positivismo? Comte imaginó de una manera genial convertir a la humanidad en objeto de su propio culto. Como el positivismo en última instancia no tiene sino por objeto de mejorar las condiciones en que se desenvuelve la especie humana, esa finalidad de la filosofía positiva se convierte en objeto de su culto.

Lo malo de Comte es la forma en que él dio a su culto, que [es] todo un plagio de los viejos ritos católicos. Él imaginó una especie de trinidad, imaginó una serie de sacramentos, días festivos con un culto especial, imaginó también todo un calendario, en el cual los santos de la iglesia eran reemplazados por los grandes benefactores de la humanidad. En fin, a esta idea, que en su fundamento no era de ninguna manera extraviada, la llevó hasta sus últimos detalles y

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pequeñeces. Y no se conformó con eso; y aquí hay otro elemento romántico en Comte: imaginó una nueva organización de la sociedad europea basada hasta cierto punto en la vieja utopía platónica. Quería organizar la sociedad de una manera que estuviera constituida por los obreros, por el proletariado que trabaja, y por el capitalismo, que debía colocarse un gobierno que en el fondo era una imitación de la teocracia: el gobierno del sacerdote del culto de la humanidad, es decir de los filósofos, asignándose el mismo Comte el modesto rol del Sumo Pontífice.

Como esto era un remedo de la teocracia que él perseguía con esta renovación social lo llamó a su sistema: Sociocracia, y creyó buenamente que él todavía en vida, alcanzaría a ver la instalación de esta nueva organización social, –tan profunda era la convicción del efecto de la doctrina positiva– y que una vez difundida ésta en el Occidente había de conquistar inmediatamente todos los espíritus, acudiendo todo el mundo a realizar el culto de la humanidad.

Naturalmente nada de eso ocurrió; de la obra de Comte sobrevivió lo que el espíritu de la época podía aceptar, es decir, todo lo que fuera anti-romántico.

El positivismo de Comte, como posición filosófica, lo vemos degenar [degenerar] en el culto de una pequeña secta que todavía conserva en París su templo: la vieja casa de Comte, en la cual éste pontificó hasta su muerte y tuvo discípulos que celebraron en reducido número el culto de la humanidad. Por algún motivo tuvo también una sucursal en Londres.

Donde mayor influencia ha ejercido este positivismo comteano con su complemento del culto de la humanidad, ha sido en el Brasil, donde no se extendió mayormente como número, pero donde logró reunir una parte distinguida de la intelectualidad brasileña, perteneciendo a esta secta los hombres que hicieron la revolución contra el Imperio instalando la República Brasileña. Y tanto predominó en su espíritu la influencia comteana que modificaron su lema, es decir las armas del escudo del Brasil, poniéndole el lema comteano: "Orden e Progrezo" [Ordem e Progresso].

Pero, para que todo esto pudiera surgir, para que esta nueva organización social correspondiera a su fin de una manera completa, era necesario renovar el sentimiento de las masas y de los hombres en general. Y efectivamente Comte en su sociología y sobre todo en la política: nos predica una ["] ética social" [;] todos los males que existen en la sociedad provienen de nuestro egoísmo, proviene de que el hombre no se da cuenta de sus propios intereses individuales, cuando en realidad nuestros intereses individuales quedan mucho mejor salvados si los sacrificamos al interés general de la sociedad, de la colectividad en que vivimos. Debemos reemplazar, pues, el término "egoísmo" por el "altruismo" [,] por el de "amor a nuestros semejantes". Y emplea los mismos medios que el cristianismo; porque el altruismo no es más que otra palabra para designar el amor; viniendo, otra vez a pretender establecer como base de la organización social, un pensamiento generoso, casi místico, pero que se estrella contra la misma naturaleza humana en la cual el egoísmo desempeña un papel tan im[por]tante, sobre todo un papel útil.

Podemos explicar por consiguiente que rápidamente, sin abandonar la posición positiva, anti-metafísica, vinieron otras doctrinas también con proyecciones sociales, pero, fundadas en principios completamente distintos.

Frente a esta escuela el altruismo absolutamente comteano llega hasta el punto de decir que el hombre no tiene derecho alguno; no tiene nada más que deberes: los deberes que su posición individual le imponen; los deberes que le impone la condición social, los deberes para todos los demás que constituyen la colectividad; pero, no tiene absolutamente ningún derecho, no tiene nada que exigir, sino que únicamente tiene que dar.

Esas exigencias del altruismo llevan luego a una doctrina igualmente positivista que dice: todo esto es utópico, es romántico, lo que mueve a las masas humanas es único y exclusivamente el interés económico; son los intereses económicos los que determinan todo el desenvolvimiento histórico de una manera consciente o inconsciente.

En realidad, las instituciones sociales, las instituciones

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jurídicas, las mismas instituciones religiosas, no son sino expresión de la casta gobernante. 

Entonces, eso lleva a la conciencia de las muchedumbres esta verdad: que son sus intereses los que tienen que determinar su organización social y jurídica. Esta teoría se conoce con el nombre de "materialismo histórico" y es positivista como posición filosófica, puesto que no persigue, tampoco, ningún fin trascendente, ningún fin que esté más allá de ese mundo en que vive el hombre y se organiza en sociedad. Pero la explicación que dan [a] los fenómenos sociales y la manera de resolverlos es completamente distinta de la de Comte.

Estas preocupaciones sociales que se revelan en el Comtismo, son las que mueven el materialismo histórico, no desaparecen durante el siglo XIX. Y, fuera naturalmente del terreno doctrinario de la filosofía, tiende a ejercer su influencia en forma concreta en la acción política y adquirir influencia, naturalmente, sobre las legislaciones. La resultante de todo esto es la gran importancia que, durante este periodo de la evolución de la humanidad, han adquirido los problemas sociales y el desarrollo en la humanidad de lo que podemos llamar una conciencia social, la convicción de que no podemos perseguir exclusivamente nuestros fines individuales, que por grandes que sean la libertad individual a que aspiramos, debemos de subordinarla a los intereses de la colectividad; y con ello forzosamente, se modifican los conceptos jurídicos y , la legislación tiene que tomar un carácter completamente distinto.

Por ejemplo, para que Vds. vean las consecuencias prácticas que suelen fluir de esta posición, fíjense en la evolución que ha experimentado el concepto de la propiedad: En el derecho romano no sólo existía el derecho de acrecentar la propiedad de cada uno de una manera ilimitada, también existía, el derecho de abusar de ella, "de lo que es mío", de hacer con la propiedad lo que le cuadrara a cada uno, ya fuera su empleo bueno o malo. Y llegamos a estos tiempos nuestros en los cuales el derecho de propiedad se limita cada vez más y se somete su uso a preceptos y conveniencias que excluyen el uso abusivo de ella; nuestra legislación social tiende a modificar ese viejo concepto. Naturalmente los que ocupan en esta lucha una situación extrema llegan hasta el punto de negar completamente el derecho de propiedad; por lo menos de la propiedad de los medios de producción, es decir el instrumento indispensable para la existencia. Conocida es la frase de Proudhon, cuando dice a este respecto: "la propiedad es un robo", lo que naturalmente no hay que entenderlo al pie de la letra, sino con toda la sal que le ha puesto Proudhon, que casualmente es un defensor de la propiedad, por [pero] el ideal de Proudhon no es sino el de convertir a todos en propietarios; lo que resulta algo distinto de los que sostienen aquellos que quieren suprimir la propiedad individual. Y sin embargo, dentro de esta orientación, que como les acabo de decir, llevan estas tendencias sociales [,] se levanta un sistema positivo que pretende salvar una vez más todos los fueros del individualismo. En Inglaterra [,] bajo la influencia de la tradición de la vieja filosofía empírica [,] es comprensible que fácilmente se desarrollara una posición positiva; el mismo empirismo era poco metafísico; se limitaba a la afirmación de la causa primera. Hume había provocado la convicción, con su escepticismo, de esta causa primera. De manera que se pasó, casi sin transición, del empirismo inglés a lo que se ha llamado agnosticismo, que es la fórmula inglesa que contribuyó también al desarrollo del positivismo inglés, a la vieja escuela utilitaria, que sostenía que hasta lo moral, lo ético es lo útil.

Según la vieja fórmula de Smiles [sic] [Stuart Mill]3, debe existir el mayor bien para el mayor número de individuos, es decir, la mayor utilidad posible de cada uno y para la colectividad.

Spencer es el continuador de esta posición positiva; pero de Comte a Spencer han sobrevenido una serie de hechos nuevos, sobre todo en la evolución de las ciencias naturales. Comte escribía en la época de Cuvier, un hombre que ocupó un puesto eminente en la historia de las ciencias naturales, sobre todo de la Zoología y la Paleontología. Pero Cuvier era partidario todavía de las teorías de las catástrofes; él creía que de vez en cuando debía sobrevenir una catástrofe excepcional que abarcara todo el globo, cambiando las con-

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diciones de la vida, destruyendo las especies existentes y dando lugar al nacimiento de especies nuevas. Lo mismo en su clasificación zoológica él admite cuatro tipos distintos en la organización de los animales, a los que se creía irreductibles unos a los otros; y no solo creía que estos cuatro tipos eran distintos, sino que cada especie dentro de estos tipos representaba una unidad perfecta, sin relación alguna con las especies aparentemente afines.

Comte, contemporáneo de Cuvier, como les acabo de decir [,] se apropia de esto que él creía la última palabra de las ciencias naturales, y aunque en Francia precisamente Lamarck había precedido a Cuvier, y había lanzado el pensamiento de la evolución de las especies, Comte se empeña en una polémica contra Lamarck y adopta la doctrina de Cuvier. Pero cuando empieza a escribir Spencer empiezan ya a surgir vistas distintas dentro de las ciencias naturales; y aunque no se puede decir que Spencer deriva de Darwin, puesto que él enuncia sus ideas unos pocos años antes que Darwin, él vino a ser sin embargo un contemporáneo de aquél. Darwin no fue el iniciador ni imaginó la teoría de la evolución de las especies, pero es el que la hizo triunfar dentro de la biología. Y así nos explicamos la gran diferencia que existe entre el sistema de Comte y el de Spencer, hasta el punto de que Spencer se indignaba cuando se le decía que el positivismo de él deriva[ba] del positivismo francés; Spencer no admitía por un solo momento semejante enlace. En el sistema de Spencer, ocupa por consiguiente un puesto importante el principio de la evolución.

Spencer concebía [,] lo mismo que Hegel [,] que [había] una ley existente, algo así como un proceso, como un devenir; pero Hegel creía, con su romanticismo, que ese proceso era un proceso trascendental, y sobre todo psíquico, puesto que él era idealista. En cambio Spencer creía que ese proceso era real, un proceso al cual está sometida la naturaleza y nosotros mismos, como parte integrante de la naturaleza, pero él protestó contra los que pretendían sobrepasar el conocimiento empírico de la naturaleza.

Él convenía, en el fondo, lo mismo que Comte: que estos conocimientos naturales nuestros, que nos demuestran la evolución de lo existente, no tiene[n] sino un carácter relativo, que hay un más allá, un algo que nos es desconocido, y no solo desconocido, dice Spencer, porque lo desconocido al fin y al cabo podríamos irlo descubriendo, sino algo que es incognoscible, es decir, algo que jamás podremos llegar a conocer tan incognoscible como el noumeno de Kant, que también se halla en ese caso.

Para Spencer hay un límite para nuestros conocimientos, algo que es lo último que podemos desconocer. Y eso último –según Spencer– es la fuerza, la energía que se manifiesta [en] este universo, a la cual todo está sometido, pero Spencer no intentó explicar ni enseñaba qué es esa energía en sí; para él no era más que un hecho que observamos directamente en los fenómenos físicos y orgánicos; pero lo que intrínsecamente posee, eso cae en lo incognoscible. Nosotros lo único que podemos hacer es ver cómo esta energía se desenvuelve en el universo explorable, sensible, que se presenta ante nosotros. No desconoce sin embargo, Spencer, que de este universo nosotros tenemos única y exclusivamente la imagen que se presenta en nuestra conciencia y que de ninguna manera podemos afirmar la identidad de nuestra representación del universo con el universo mismo. Por eso Spencer llama a su sistema realismo, pero no realismo ingenuo, burdo, sino realismo transfigurado, con lo cual quiere indicar que existe una realidad independiente de nuestro conocimiento, pero que esa realidad solo la conocemos en las formas propias de nuestra organización psíquica, que a veces depende de nuestra organización física. Se empeña Spencer en establecer la existencia de una sola ley de la evolución, y que a ella está sometida absolutamente todo, como por ejemplo, el desarrollo de los sistemas planetarios, el de un planeta como el que habitamos, el de los seres vivos sobre este planeta, es decir de los fenómenos biológicos, el desarrollo del hombre, de la cultura y civilización humanas, del lenguaje, de las instituciones sociales y jurídicas; en fin, todo lo que existe dentro de los dominios de lo físico como de lo psíquico [,] está sometido según Spencer a una sola la ley. A esa ley él [la] formula diciendo que la evolución tiende de lo homogéneo a lo heterogéneo, de lo simple a lo complejo, y que en ese desenvolvimiento se verifica una disipación de energía y una concentración cada [vez] más mayor de materia.

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La ley de Spencer es discutible, sobre todo la identificación de los fenómenos del espíritu con los físicos; pero [no] hay que desconocer que son muchísimos los hechos que abonan la ley de Spencer, y que a veces se presentan fenómenos de orden psíquico que tienen una analogía extraordinaria con los físicos. Por ejemplo, tenemos para explicar la formación de un sistema planetario, la teoría de Laplace, sobre una nebulosa primitiva, perfectamente homogénea, al estado gaseoso no hay diferencia alguna en sus partes. Sin embargo, lentamente –porque esas partes las tenemos que concebir en movimiento– se forman núcleos más condensados. Esos núcleos, naturalmente dan lugar a un desequilibrio en la nebulosa, determinando en ella un movimiento giratorio, que contribuye a su vez, a la formación de un núcleo central más denso, y que de la periferia se desprenden fragmentos, que a su vez se condensan para constituir los planetas que han de girar en torno del sol.

A esta teoría la podemos aplicar, por ejemplo, a nuestra patria, perfectamente, si observamos los fenómenos que se han producido desde la emancipación hasta la fecha: podemos ver a nuestro virreinato también como una especie de nebulosa bastante homogénea, pero también con escasísima cohesión, vemos cómo una vez que se rompe el equilibrio dentro del virreinato se forman núcleos en distintos puntos que determinan un movimiento: la revolución, las guerras civiles, en fin, una serie de partes distintas que se forman, que se desprenden del núcleo central. Vemos, por ejemplo, los más externos separarse del todo: el Alto Perú, el Paraguay, etc. Vemos en nosotros también verificarse un desprendimiento con la emancipación de las distintas provincias y formarse el núcleo central, que es el que mantiene hasta cierto punto la cohesión, hasta que llega un momento en que esa cohesión se afirma de una manera más estrecha. En fin [,] podemos interpretar y haciendo un poco de violencia quizá, pero sin gran esfuerzo, nuestra evolución histórica, con arreglo a la ley de la evolución de Spencer.

Aquí tienen Vds. el caso de una analogía entre una evolución física y una evolución política. Bien [,] pero esto es algo más que una analogía. ¿Los hechos políticos y los físicos obedecen a la misma ley de la evolución, como afirma Spencer?

Vds. ven que el problema es sumamente serio, que no basta el hecho aislado de nuestra evolución histórica, que necesariamente se presta a esta interpretación. Habría que recurrir a otras evoluciones semejantes a las nuestras. En fin [,] hay aquí un campo de interpretaciones, discusiones y divergencias innumerables. El interés que yo tengo es el de tratar de exponerles el pensamiento de Spencer con claridad, para que comprendan qué es lo que pretende abarcar al establecer su ley de evolución como el último principio general y el más universal de todos, y que [se] desprende del estudio de las ciencias positivas. Porque para llegar a este principio hay que recorrer la astronomía, la geología, la biología, la antropología, la sociología, la política, la ética, es decir, hay que abarcar todo el conjunto de nuestras ciencias para ver cuál es el principio general a todas ellas, que es naturalmente el ideal así [hacia] el cual aspira el positivismo.

Spencer ha pretendido realizar con esta ley la evolución, como principio universal de todo lo existente, aquello que precisamente, algunos sostenían que era imposible: el pretender la ley única a la cual se someten todos los fenómenos.

Comte dice: ese sería nuestro ideal; encontrar, por ejemplo, una ley como [la] de la gravedad, aplicable a todos los fenómenos, tanto los cósicos [sic], como los psíquicos, morales y sociales. Pero dice Comte luego, que esta es una ilusión, que no podemos aspirar a encontrar esa ley. Spencer, sin embargo, se atreve a formularla.

Vds. ven aquí las diferencias fundamentales que se presentan a pesar de la posición positiva, común a estos dos filósofos. La divergencia es aún más notable si comparamos las conclusiones de la sociología de Spencer con la de Comte. Les acabo de decir que para Comte el ideal es una organización sociocrática. Para Spencer, por el contrario, el ideal es una organización política en la cual la colectividad intervenga lo menos posible en la vida individual. Es decir, que Spencer es uno de los representantes del viejo indivi-

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dualismo inglés, según el cual lo importante es garantizar a cada uno el pleno desarrollo de su individualidad y evitar que se le restrinja en lo menos posible.

Existe una frase que no sé con exactitud si es del mismo Spencer, pero pertenece con seguridad a la escuela llamada Manchesteriana, cuya fórmula es la siguiente: "El máximun de libertad y el mínimun de gobierno". Este mínimun de gobierno lo aceptan porque al fin y al cabo es una necesidad práctica; si Spencer hubiera podido renunciar a ese mínimun de gobierno también lo habría hecho; porque el gobierno –para él– es un mal evidente, y él acepta del mal la menor parte posible.

Bajo este punto de vista Spencer tendría cierta afinidad con otras doctrinas que se han desarrollado también en la época positiva: las doctrinas anárquicas, según las cuales deben suprimirse completamente el estado y el gobierno, para reemplazarlo, según los distintos factores, con combinaciones más o menos utópicas, pero en las cuales solo interviene la convicción directa de los individuos.

Las doctrinas anárquicas en su mayor parte tienen un gran valor crítico, en cuanto realizan el análisis de las instituciones existentes. En cambio, son sumamente débiles cuando nos presentan las soluciones con que quieren reemplazar lo existente. Como doctrinas destructivas han ejercido influencia, como constructivas no puede afirmarse que exista algo dentro de ellas.

Bien, la diferenc ia dentro de los partidarios de la anarquía y Spencer es en el fondo pequeña: consiste solamente en la supresión de ese pequeño mínimun de gobierno que Spencer pretende mantener en pie.

Esto les demuestra que el positivismo ha logrado mantener en su seno las tendencias más divergentes, pero considero que la más fundamental de estas divergencias que lo han dividido, es la oposición entre el individualismo y el colectivismo.

En el fondo todas las doctrinas positivas tienen como finalidad una mejor organización social sobre bases científicas.

Todas las escuelas positivas se halagan con la esperanza de que la ciencia nos ha de dar los elementos para organizar de una manera más eficaz la convivencia humana. Pero al interpretar, al hacer uso de los datos que nos da la ciencia llega –como les acabo de decir– a conclusiones sumamente distintas.

Entonces, como les decía, la divergencia fundamental a mi juicio que existe en el positivismo es la que separa al individualismo del colectivismo: el primero que pretende que la sociedad es puramente un medio para que el individuo pueda desarrollar toda su actividad sin trabas, y el segundo, que quiere que el individuo se someta a los intereses sociales. De ahí se comprende lo relacionada que está toda esta filosofía con las cuestiones económicas. Porque al fin se trata de organizar la economía humana. Y entre nosotros, por ejemplo, en nuestra historia intelectual, el positivismo ha ejercido una influencia extraordinaria, desde el momento que hace su aparición con esas tendencias económicas. Alberdi al formular las bases de la constitución política, después de Caseros, trata por todos los medios que le da la publicidad, la propaganda, para despertar en nosotros la convicción de que la primera obligación nuestra es desenvolver nuestras condiciones económicas. Para él la condición necesaria para salir de la semi-barbarie, para regularizar el funcionamiento de las instituciones políticas [,] es la de crear intereses.

"Gobernar es poblar" dice él, pero en el fondo de la finalidad de él no es sino poblar con elementos activos para explotar nuestros territorios y elevar, entonces, con las condiciones económicas en que [se] desenvuelve nuestro pueblo. Y efectivamente, lo que Alberdi nos aconseja es lo que hemos dicho; es la característica de la época que va desde Caseros hasta la fecha.

Hemos de volver sobre este asunto.

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HISTORIA DE LA FILOSOFÍA

Clase 29ª

Estábamos hablando del positivismo y resolvimos insistir en el tema, puesto que es esencialmente interesante para nosotros dado [que] la mayoría todavía somos positivistas. De manera que conviene aclarar la posición que ocupamos y establecer sus antecedentes históricos.

Como posición general se define diciendo que es la posición que declara imposible la metafísica. Como consecuencia queda excluido todo propósito trascendente. De nuevo la meta más alta que se nos presenta [,] puesto que tenemos que reducirnos a este mundo en que vivimos [,] es el hombre, sea individualmente, sea como parte de una colectividad o como miembro de toda la especie. El ideal más alto que cabe por consiguiente, dentro del positivismo, es la humanidad; y el fundador del positivismo tuvo por objeto sustituir el ideal trascendente por el ideal de la humanidad. Esto explica que en la época en que ha predominado el positivismo como en la segunda mitad del siglo pasado, sean las cuestiones económicas y las cuestiones sociales, las que en primer lugar han ocupado la atención de todos los investigadores. El problema económico, el problema de los intereses materiales, como base para el mejor desenvolvimiento de la humanidad, se impone inmediatamente y provoca la discusión sobre la importancia que tiene el factor económico en la vida social, en la historia de la humanidad. El ideal de una mejor organización humana está vinculado naturalmente a la solución del problema económico, y esto da lugar a que el positivismo se divida en dos tendencias: una individualista y la otra colectiva. Voy a mencionar, antes de continuar con estas consideraciones, los [re]presentantes más conspicuos del positivismo. Tenemos en Francia, como fundador, a Comte, que, sin embargo, como ocurre siempre en la historia de la filosofía, no se presenta sin tener precursores. Los precursores son Saint Simon y otros utopistas sociales, es decir, hombres que sin llegar a una concepción filosófica universal ya se preocupaban con preferencia de los problemas sociales y de una mejor organización de la sociedad. En Comte se resumen estas aspiraciones un tanto vagas de la época romántica en que nacen, y construye su sistema positivista, agregándole elementos románticos, porque Comte era un romántico. Si Vds. leen su biografía verán la importancia que tienen en su vida sus relaciones con Clotilde de Debois [de Vaux], un pasado romántico, la historia de una pasión ferviente que ejerce sobre la vida de la filosofía de Comte, una influencia excepcional. Y Comte deja dos clases de discípulos: los que aceptan íntegramente toda su filosofía, que se había convertido en una especie de religión, que continúan celebrando los ritos de la iglesia positivista, en la vieja casa de Comte, presididos por Lafitte, que se titula pontífice del positivismo. En la historia de la filosofía esta secta tiene poca importancia. Más importante fue la fracción de los discípulos de Comte que renunciaron a la parte religiosa del positivismo y solo aceptaron la parte genuinamente filosófica. Estos están representados principalmente por Littré; pero también la influencia de Littré no ha sido muy grande fuera de la acción que él desarrolló como hombre de ciencia. Pero toda la intelectualidad francesa después del 50, puede considerarse impregnada del positivismo. El positivismo es la orientación filosófica que preside a todas las manifestaciones dirigentes. No dejan de haber otros pequeños grupos, pero, para la orientación dominan los hombres representantes del positivismo, aunque no siempre se hallan dentro del cuadro trazado por Comte, sino que, al contrario, la mayor parte de ellos se emanciparon del Comtismo propiamente dicho.

De manera que hay que distinguir entre el positivismo Comteano y el positivismo francés en general. Los representantes del positivismo francés son en primer lugar: Taine y Renan. Taine [,] que nos ha dejado una serie de trabajos sobre psicología, sobre estética y sobre política; y Renan [,] que ha tratado con preferencia el proble-

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ma religioso. Ellos comprendieron perfectamente que todos los problemas no quedaban resueltos con el positivismo, que en el espíritu humano sobrevivían necesidades a las cuales había que responder de alguna manera, y la solución que Comte había dado en la religión de la humanidad, no satisfacían [sic] plenamente; pero ninguno de ellos, ni Taine, ni Renan, ni ningún otro, nos ha dejado un sistema positivo que hubiera reemplazado al de Comte. La filosofía de estos hombres hay que extraerla de las obras que publicaron y reconstruirla a posteriori. Así, por ejemplo, es posible demostrar que en Taine, además de la posición positivista, hay otras influencias en que se combinan las teorías de la evolución, que surgen del desarrollo de las ciencias naturales, con reminiscencias de Hegel, que es otro representante de la evolución, aunque en sentido místico. Lo mismo ocurre con Renan, el cual, si intelectualmente es un positivista, sentimentalmente experimenta la necesidad de apelar a otros factores. Y, en realidad, el autor de "La vida de Jesús", el hombre que había dicho que se había emancipado de todo dogmatismo, de todo culto religioso, en el fondo sigue siendo religioso, a pesar de todo su escepticismo aparente. La influencia del positivismo francés no se cristaliza en obras filosóficas, propiamente dichas, sino que se manifiesta hasta en la literatura. El hombre en el cual estas tendencias positivistas, encuentran su expresión literaria más perfecta es Emilio Zola. Emilio Zola pretende en sus novelas no tomar en consideración sino los factores extraños que actúan sobre el espíritu humano, haciendo que éste se desenvuelva de una manera forzosa. Los factores de la herencia, del ambiente, los toma Zola y pretende demostrar que los héroes de sus novelas tienen necesariamente que portarse así, como él los presenta. Y no se contentó con escribir sus novelas en este sentido sino que quiso darnos una teoría de la novela, a [la] que llama "novela experimental"; es decir, que la novela deja de ser una oración de la mente del escritor y va a ser como cualquier producto químico: un resultado de la experimentación.

Si vamos al fondo de la cuestión resulta eso completamente falso; los tipos que actúan en la novela son imaginarios, los ha forjado el escritor; ellos pueden tener mayor o menor cantidad de verdad dentro de un ambiente conocido, de manera que creemos reconocer en estos tipos a nuestros contemporáneos que andan por ahí; pero no podemos sostener que eso sea experimental, porque, al fin y al cabo, [a] esos individuos imaginarios no los han podido someter a un experimento, ni pudo tomar tampoco individuos reales para experimentar con ellos; no pudo rehacer la vida de un hombre para ver si efectivamente cumple o realiza todo lo que una psicología aparente pudiera dar lugar a suponer. De manera que esto de "experimental" no puede tomarse al pie de la letra.

Así, pues, no se contenta con tener una filosofía científica, basada exclusivamente en la ciencia.

Hay una analogía estrecha entre Thiers y Zola, en cuanto al [sic] primero pretende explicar los fenómenos históricos que estudia por la influencia del ambiente.

Ahí ven Vds. cómo las ideas predominantes en una época surgen y se manifiestan en los puntos más extremos y actúan sobre personalidades que [,] vistas en particular [,] son distantes, como Taine y como Zola.

Inmediatamente de la Novela naturalista, sobreviene otra orientación, que coincide con una orientación de las ciencias filosóficas. Les acabo de decir que ninguno de los pensadores franceses realizó un sistema filosófico completo, después de Comte. En gran parte esto fue imposible, porque la filosofía como ciencia de conjunto despreció [desapareció] casi, y en lugar de la filosofía se cultivaron las distintas disciplinas aisladamente: la psicología, la lógica, la sociología, y la ética; es dentro de estas disciplinas la de [sic] mayor importancia tuvo fue la psicología, por una razón fácil de comprender. Aunque la iniciativa no partió en este caso de franceses, éstos pronto se avinieron a darle un carácter experimental, positivista por excelencia. Tras de la novela experimental vino la psicología experimental. Se llegó a abrigar la ilusión de que los fenómenos fisiológicos [...] y que estudiando los fenómenos orgánicos que contribuyen a la actividad psíquica habríamos encontrado la clave de estos fenómenos.

Fue un momento de entusiasmo, en el cual la investigación psicológica experimental se realizó con verdadero empeño, con la mayor convicción de que estudiando los centros nerviosos y sus reacciones muscu-

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lares, habíamos de llegar a resolver realmente los problemas psíquicos. Y se pretendió llegar a explicar la lógica y la metafísica como fenómenos puramente psicológicos, y éstos, a su vez, como fisiológicos. A este momento, en la evolución filosófica, corresponde en la literatura el desarrollo de la novela psicológica. Un representante de ella es D' Anuncio, por ejemplo, con esta tendencia de tomar al hombre, analizarlo y demostrar que sus actos dependen de ciertos estados psicológicos. Mientras Zola estudiaba especialmente el mundo externo, los novelistas psicológicos toman al hombre aisladamente y lo analizan en sus funciones psíquicas. Esta situación corresponde a la segunda etapa del positivismo. La tercera etapa es ya la de la descomposición de esta orientación.

Estudiadas las influencias del mundo externo, analizado el mundo interno de nuestro espíritu, ya no quedaba otro campo en que extenderse. Así sobreviene, entonces [,] la crítica de los hombres que están dentro del positivismo, pero que empiezan a notar sus [las] deficiencias que observan, que en parte nos achata y en parte nos eleva a conclusiones inaceptables, y tratan entonces de reaccionar dentro del positivismo mismo. Y entonces sobrevienen los "paradojales".

En Francia hay una serie de ellos, pero los de renombre universal pertenecen a otras naciones. Tenemos en Alemania a Nietzsche, que representa esta época del positivismo, y en Inglaterra tenemos, en la literatura –propiamente dicho, a Wilde, que es por excelencia el representante de esta época paradojal. Hay una serie, sin embargo, de autores franceses que se titulan simbolistas, decadentes, etc.

Los que representan este periodo del positivismo no lo han podido superar, no han podido, todavía, tomar otra posición filosófica, pero dentro del positivismo lo socavan con sus paradojas que señalan la parte débil de la posición.

Así llegamos hasta los primeros años del siglo presente, en el cual empiezan a iniciarse orientaciones filosóficas nuevas y que al surgir naturalmente nos hacen ver que mientras el positivismo dominaba de una manera despótica, al lado de él había otras corrientes despreciadas, débiles, pero que repentinamente, cuando la época les fue propicia, acaban por surgir y tratan de imponerse con mayor energía. En las Universidades de Francia el positivismo, a pesar de todo, no llegó a dominar de una manera efectiva; varias razones contribuyeron a ello. Hombres como Littré, como Taine, como Renan, no llegaron a la enseñanza oficial, o si llegaron en algún momento fueron eliminados rápidamente de ellas. De manera que este movimiento positivo se desenvuelve fuera de la universidad; en la universidad francesa, a pesar de todo, por mucho tiempo se mantuvo la tradición del eclecticismo francés; más o menos atenuado pero sosteniéndose, sin embargo, con hombres de la importancia de Lachellier [sic], por ejemplo, y de otros que tienen sus afinidades con el neo-criticismo francés, una escuela filosófica sumamente importante, anti-positivista, de tendencia metafísica, pero que durante el siglo pasado no logró prosperar mayormente. Un hombre como Renouvier, que vivió hasta la edad de ochenta años, recién a esa edad la academia francesa le ofreció un puesto; ochenta años tuvo que esperar ese hombre, que tenía una obra extraordinaria, para que se le hiciera justicia. ¿Por qué? Porque no se hallaba dentro del positivismo. Lo mismo le pasó a Boutroux, todavía vive, sumamente anciano, que en la época en que produjo sus obras, tampoco encontró mayor ambiente, por representar durante el siglo pasado, la oposición del positivismo.

Cuando el positivismo empieza a decaer, a principios de este siglo, entonces viene la era de estos hombres y las nuevas orientaciones tienen precursores sobre los cuales pueden afirmarse. El representante de esa reacción en Francia es Bergson, que dedica su obra fundamental "La evolución creadora" a Lachelier. Este último es un hombre que probablemente es desconocido; no lo han oído nombrar Vds. nunca probablemente; y sin embargo en la historia de la filosofía francesa debe ocupar un alto puesto; pero son las fuerzas que acaban de surgir.

Volvamos al positivismo. En esas tres etapas se desenvuelve el positivismo en Francia y es un reflejo de la marcha general en todos los países europeos. Más o menos como se desenvuelve en estos tres periodos en Francia: naturalista, psicológico y paradojal, así se ha desenvuelto en Alemania y en Inglaterra.

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Tenemos, pues, a Comte, luego a Littré, como su sucesor inmediato, luego a Taine y a Renan, como los representantes más conspicuos del positivismo después del 60; después de éstos, la escuela psicológica francesa y la escuela psicológica experimental. En Inglaterra la evolución positiva se vincula directamente a las tradiciones del empirismo inglés.

Spencer, es, fuera de duda, el filósofo más importante de toda la época positiva. No es, sin embargo, Spencer, un espíritu superior al de Comte. Comte era mucho más genial que Spencer; este ultimo no es más que el sentido común personificado; pero su filosofía resulta superior a la de Comte, por el hecho de que Spencer incorpora a su positivismo la teoría de la evolución, que viene imponiéndose lentamente desde fines del siglo XVIII, y que empieza a predominar en las ciencias naturales. Pero en la época de Comte, todavía no se había impuesto, mientras que 30 años después de Comte, cuando escribió Spencer, ya el evolucionismo era algo que no se podía evitar. Entonces Spencer tuvo la ventaja de incorporar a su filosofía esta teoría. Lo que ha hecho que la filosofía de Spencer adquiera una importancia mucho mayor que el comtismo propiamente dicho, y fuera una expresión más perfecta de la orientación positiva. En el fondo no representa mayor novedad: es, como todo positivismo, anti-metafísico, separando lo incognoscible.

Ya les expliqué anteriormente los caracteres principales de la teoría de Spencer; tampoco él tuvo en Inglaterra sucesores; ha habido un gran número de escritores que se han asimilado más o menos [a] las teorías positivistas, pero otro sistema filosófico fuera del de Spencer no ha surgido.

La Psicología experimental no ha tenido en Inglaterra un desarrollo semejante al que tuvo en Francia y Alemania; en cambio fue acogido con entusiasmo en los Estados Unidos, donde inspiró mayor interés. En Alemania el positivismo revistió una forma especial: no presenta el positivismo en este país un sistema comparable al de Comte o Spencer; hay una serie de tentativas en este sentido, pero ninguna que tenga para nosotros la importancia de estos pensadores.

En Alemania el positivismo reviste principalmente la forma que se ha llamado del "retorno a Kant".

Vds. recordarán que Kant, en su obra fundamental declara que la metafísica es imposible como ciencia. Bien, tomando al pie de la letra, refugiándose en esta posición Kantiana [,] surgió en Alemania un neo-kantismo, que no hay que confundir con el actual neo-criticismo francés; se llama "retorno a Kant", y quiere fundamentarse sobre la base ofrecida por la crítica Kantiana, resumiéndose en una interpretación positiva de Kant; interpretación naturalmente falsa, porque Kant no escribió la "Crítica de la Razón Pura" solamente, sino también, la "Crítica de la Razón Práctica". Si en la primera negaba la metafísica, en la otra la afirmaba.

Bien, pero el retorno a Kant, quiere prescidir [prescindir] de las construcciones de éste y detenerse en la parte negativa, en la cual había considerado imposible la formación de una metafísica. De manera que así resultaba ser una posición positiva.

Contribuyó naturalmente al desarrollo del positivismo en Alemania, como en todas las otras naciones, el florecimiento de las ciencias naturales; por lo que es inseparable esta reunión del positivismo con el desarrollo de todas las ciencias físicas y naturales, que han dado una base científica a estas especulaciones y mantienen la ilusión de que la filosofía puede revestir un carácter científico y reducirse exclusivamente al enunciado de los principios generales de todos nuestros conocimientos.

Para darles un nombre vinculado al "retorno a Kant", en Alemania, les citaré a [Lange]4, autor de una obra sumamente importante, que conviene leer alguna vez: la "Teoría del Materialismo", en la cual hace una exposición de la doctrina de Kant interpretado en el sentido de que les hablo.

¿Cuál es el lado débil del positivismo? ¿Cuál es el motivo por el cual está actualmente en decadencia? Al fin y al cabo esta posición fundamental parece segura; descansa sobre las ciencias positivas, sobre los conocimientos que tenemos; tiene un ideal que consiste en levantar el nivel económico y moral de la humanidad; nos llama a dedicar todas nuestras fuerzas a mejorar las condiciones de la

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humanidad sobre este planeta, al tratar de imponer nuestro dominio sobre la naturaleza.

¿Por qué no nos satisface al fin? La ciencia, forzosamente, si pretende ser ciencia, tiene que considerar a los hechos como sometidos a leyes; la última aspiración de la ciencia es encontrar la ley inmutable que rige los fenómenos, y si le es posible realizar todo este ideal, convertir esta ley en una fórmula matemática. Cuando se ha llegado a este sumun de la aspiración científica nuestro espíritu se sentirá satisfecho. Así Comte cita como un ejemplo de esa realización científica más alta, la ley de la gravedad, que rige todas las relaciones entre las masas físicas y cuya acción podemos reducir a una fórmula matemática. Decimos: "Los cuerpos se atraen en razón directa de sus masas y en razón inversa de la distancia". Es una ley de carácter universal, a la cual suponemos que no escapa ningún fenómeno en las relaciones físicas de los cuerpos.

Bien, pero, ¿cuál es la consecuencia de esto? La ciencia no puede ocupar otra posición; a eso tiene que aspirar. Si aceptamos eso como un hecho, todo lo que se realiza forzosamente obedece a una ley; y si, como aspiraba el positivismo, identificamos los fenómenos psíquicos, morales y sociales, no son sino del mismo orden que los fenómenos físicos, forzosamente todo lo [que] ocurre está sometido a leyes inmutables. Es decir, que suprime nuestra libertad y nuestra espontaneidad, deprimiendo así nuestra personalidad; porque nos convierte en simple engranaje dentro de este mecanismo universal, en el cual todo se desarrolla forzosamente.

Bien, al principio, cuando surgió el positivismo, esta consecuencia lejana no se imponía mayormente. Pero vivimos o hemos vivido en una época en la que la aspiración a la libertad, a un desenvolvimiento libre del individuo, en todas las esferas de su acción, es precisamente una aspiración fundamental de nuestro espíritu. Y cultivando esa aspiración a la libertad de conciencia, a la libertad política, comercial, etc., ¿habíamos de negar al hombre la libertad intrínseca? El positivismo nos obliga a ello; el positivismo obliga a una concepción mecanicista del universo. Y ahí estaba –diremos con la vieja metáfora– su talón de Aquiles; ahí empezó el ataque contra el positivismo; con razón o sin razón.

Yo no ocupo esta cátedra para decirles lo que es la verdad, sino para darles los elementos con que han de tratar de buscarla. De manera que no emito mi opinión sobre el asunto. Yo les digo dónde está el conflicto que produce al último, dentro de una orientación filosófica, la reacción contraria, fenómeno que se ha repetido desde que la humanidad hace filosofía. Cada vez que una orientación filosófica ha llegado a predominar en los espíritus, llegando a su apogeo, nace la reacción en el seno mismo de esa orientación. Dentro de la Escolástica misma de la Edad Media, nació el nominalismo que había de destruirla. Así [,] dentro del positivismo, como orientación filosófica dominante, tenía que nacer también en su momento oportuno la dirección contraria. Y esa es la que en este momento trata con éxito o sin éxito, de sobreponerse.

La crisis del positivismo está representada fuera de toda duda por la guerra actual. Comparen Vds. todo lo que se ha escrito antes de la guerra y lo que se dice actualmente, y verán cómo esto que acabo de decirles se confirma de una manera excepcional. Se nos ha predicado que los intereses económicos son los únicos que rigen los fenómenos históricos; se ha llegado a constituir la teoría del materialismo histórico, según la cual hasta el derecho, hasta la religión no eran más que construcciones que descansaban sobre una base común. Los intereses económicos debían de ser, pues, los que prevalecieran.

En las ciencias biológicas se nos había dado, como la última expresión científica, la teoría de la lucha por la existencia según la cual no prevalece ningún factor de justicia o de derecho, sino que prevalece el más fuerte, el más apto o el más pícaro para aprovechar las circunstancias. Se había eliminado, entonces, del conjunto universal todo factor moral; el devenir, el proceso natural es un proceso amoral. Y puesto que en nosotros no hay sino fenómenos naturales, y nuestros fenómenos psíquicos no son sino naturales, según ellos, también somos amorales. Un principio moral no podía tener influencia en este mundo donde todo está sometido a leyes forzosas.

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Esas son las teorías que nos predicaron antes de la guerra, que todos han aceptado, a las cuales se ha ajustado el derecho.

Y ahora, ¿de qué se habla? Se habla de la justicia, de la civilización, del derecho, de la paz, es decir, de una serie de ideales de carácter ético que se consideraban eliminados de una apreciación científica. Es decir, se ha modificado el concepto, completamente, en presencia de la angustia enorme que ha puesto esta guerra en los espíritus; nadie se atreve a decir ahora: Yo me bato para que las entradas de aduana aumenten en mi país o para que vivan las industrias. Hay que hacerle ver al pobre diablo, que santifica su vida en las trincheras, que lo hace por la justicia, por un ideal, y no por mejorar las industrias, el comercio, etc.

Bien, eso va a surgir en la nueva orientación filosófica. No va a ser posible decirle al hombre: lo único que nos interesa es llenar los estómagos y nos batimos simplemente por eso; que en términos crudos [es] la última conclusión del positivismo.

Vds. pueden comprender, entonces, cómo, lentamente, se han preparado los elementos para una reacción anti-positivista y cómo esta guerra tendrá que ser forzosamente la crisis en que sucumba la vieja orientación filosófica y surja una nueva.

Desearía decirles algunas palabras sobre el positivismo en nuestro país, puesto que es del mayor interés para nuestro conocimiento. Ya ha terminado la hora de clase, pero si Vds. tienen paciencia, voy a decir cuatro palabras al respecto.

Entre nosotros el positivismo surge primero de una manera inconsciente, no como una fórmula filosófica. Después de Caseros surgen algunas orientaciones que predican el ideal económico como el primero; el desarrollo de la riqueza de nuestro país, la construcción de un gobierno fuerte que ampare la paz y permita a todo el mundo desenvolverse económicamente. Esa es la teoría de Alberdi, de Sarmiento y de Mitre, tres hombres que han presidido la evolución de la república en la segunda mitad del siglo XIX. Ninguno de ellos hace abstracciones. 52 volúmenes tiene Sarmiento y no hay en ellos artículos sobre cuestiones abstractas; son cuestiones concretas. Siempre trata de desenvolver las cosas en el sentido que él llamaba de "la civilización contra la barbarie".

Lo mismo Alberdi, que tiene un fondo filosófico tan cultivado, prescinde de él, no trata de imponer sus convicciones filosóficas sino que nos predica la realización de las necesidades prácticas, que adelantan el estado de la civilización del país.

Mitre conserva ya un fondo romántico, pero en los hechos sigue esta misma corriente.

La consecuencia que para nuestra historia tiene este siglo es que la cuestión religiosa queda eliminada. De común acuerdo creyentes y no creyentes, apartan esta cuestión; lo que interesa son las cuestiones concretas; ninguna cuestión abstracta debe venir a perturbar la vida del país.

Bien, viene la segunda generación, que ya es más cultivada pero que todavía no tiene un fondo verdaderamente filosófico. Es una generación que se distingue por su inteligencia, por su actividad, porque se encausa [sic] completamente en esta orientación positiva, pero que también es completamente ajena a todas las cuestiones abstractas. Son los López, Pellegrini, del Valle y otros hombres de ese estilo.

Y viene la tercera generación, en la cual todo esto se va pervirtiendo, en la cual esta eterna prédica del ideal económico, como único ideal, trae las consecuencias que pueden preverse. Ya no se trata de un ideal económico colectivo sino de un ideal individual y lo importante es [,] en primer lugar [,] realizarlo cuando se pueda, por cualquier camino. La consecuencia es la corrupción administrativa y política.

Y se inicia, entonces, la reacción, se inicia primero dentro del positivismo y ya de una manera consciente. Se buscan, dentro de la filosofía positiva, los elementos para oponer una valla a este exceso de economías. Y surgen, entonces, entre nosotros, dos corrientes positivas. La una parte de la escuela Normal de Paraná, iniciada por Scallabrini [sic], sobre la base del Comtismo, pero como era naturalista le incorporaba al Comtismo primitivo la teoría de la evolución, pero con tendencia ética. Porque de eso se trataba, a eso se inspiraba: a

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ver si dentro de la filosofía positiva se encontraba un medio para oponerse a estas demasías de la vida nacional. Nace allí y de allí sale una corriente poderosa que ha actuado sobre una serie considerable de maestros que la han defendido después. Tenemos algunos representantes como el Doctor Ferreyra [sic], que desempeña una cátedra; es todavía uno de los Comtistas primitivos.

La otra corriente nace en Buenos Aires bajo la acción de Spencer.

Esas fueron las dos corrientes positivistas que se produjeron en nuestro país, con el objeto de dar las bases de una cultura filosófica.

El positivismo llegó a ser entre nosotros, como en Europa, la orientación dominante, ya no tan solo en materia instintiva sino de una manera verdaderamente consciente. Y todavía hoy la mayor parte de nuestras cátedras están ocupadas por los hombres del positivismo.

La reacción se inicia luego en la masa popular también. Pero, esto me obligaría a hablar de asuntos a los cuales no quiero llegar.

De manera que el 90 representa en nosotros una fecha tan importante como Caseros. Pero, por otra parte estos asuntos todavía no se presentan en la proyección histórica necesaria para que se puedan tomar en cuenta. Pero, es evidente que a medida que se desarrolla entre nosotros esta cultura filosófica, sobreviene la reacción política que le corresponde.

HISTORIA DE LA FILOSOFÍA

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Clase 30

Ya nos urge el tiempo; tenemos que reservar una parte del año para el repaso de nuestro programa; así es que en estas lecciones estoy apurando un poco para finalizar con nuestra tarea.

Era mi intención haber terminado en la clase anterior con el positivismo, para dedicar todavía una clase al problema ético y otra al problema estético y después retornar al principio, con la colaboración de Vds., que supongo que será activa y fecunda; pero no tengo inconveniente, porque realmente considero importante el tema, de que volvamos por una hora más sobre el positivismo. Efectivamente hay una serie de cuestiones interesantes que no he podido tocar sino muy rápidamente, y rápidamente tengo que tocarlas ahora, porque si fuéramos a estudiarlas con detenimiento, podríamos haber hablado todo el año sobre este tema.

Pero vamos a tocar algunos puntos que pueden inspirar todavía interés al desarrollo del positivismo en nuestro país, que es interesante; porque debe preocuparnos a nosotros, dada nuestra calidad de argentinos, conocer el movimiento intelectual propio, que nos es familiar y que nos ofrece el ejemplo de cómo se desarrollan estos periodos históricos tan importantes. Porque lo que ha pasado con el positivismo, ha pasado con toda las otras orientaciones definitivas: el racionalismo, el empirismo, la Reforma, el Renacimiento, todos esos grandes movimientos que por algún tiempo han agitado el espíritu de la humanidad, que para los contemporáneos han parecido ser las orientaciones definitivas, terminales, pero que luego han continuado su curso y se han incorporado a la evolución de las ideas humanas; desaparecen en parte y dejan todas ellas, sin embargo, un remanente que persiste hasta la fecha. Ninguno de estos grandes movimientos desaparecen totalmente; ellos cumplen su misión al empujar las ideas humanas un poco más adelante, encontrando algunas nuevas verdades, que se incorporan luego al movimiento que sigue.

Debemos distinguir, naturalmente, la filosofía de un periodo y el periodo mismo. Algunas veces, por ejemplo, se oye decir: esta guerra ha sido terminada por tal o cual sistema filosófico. Bien, tomando eso al pie de la letra, es perfectamente falso; un sistema filosófico no es capaz de producir ese efecto.

Al que dijera: el positivismo ha dado lugar a esta crisis, refiriéndome a la filosofía del positivismo, le diría: no señor, a la inversa, la época positivista es la que [la] ha producido. La filosofía no es nada más que la sistematización de las orientaciones, de las tendencias, de los instintos, de los intereses de una época histórica determinada. Ella, por sí no es nada más que la expresión de todas esas causas. Lo activo, el factor verdadero, radical, son esas fuerzas que alientan en el seno de las colectividades humanas, y la filosofía no hace sino encontrarles la expresión ética.

Bien, pero no podemos desconocer que una vez que estos factores se vuelven conscientes y encuentran su expresión ética en un sistema filosófico, se vigorizan, y ese sistema es a su vez un factor activo que se incorpora al movimiento. De manera que lo que existe es una correlación entre las tendencias y las fuerzas históricas de un periodo y su filosofía y, a su vez, de la filosofía con esas tendencias. De manera que no debemos ver en la filosofía de un periodo sino uno de los aspectos que presenta, que es el aspecto superior en el cual se condensan todos los demás aspectos; pero no debemos valorar la filosofía solo como el elemento que ha determinado el movimiento de ese periodo.

Entre nosotros, por ejemplo, el positivismo aparece primero de una manera inconsciente. Los que inician entre nosotros la orientación positivista, no hacen filosofía: por el contrario, le tienen horror; no quieren saber nada de filosofía, porque por filosofía entienden la vieja discusión abstracta sobre cuestiones metafísicas, sobre cuestiones que no ofrecen ningún interés positivo inmediato. Ellos quieren empujar las cosas en el sentido de los beneficios prácticos inmediatos, y nada más.

Yo les decía, en la clase anterior: tomen la obra de Sarmiento, –son cincuenta y tantos tomos– y ustedes no encontrarán allí ningún trabajo sobre temas abstractos; todos los que escribió Sarmiento son de una aplicación concreta, sobre cuestiones inmediatas, y siempre en

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el sentido de fomentar los intereses activos, los intereses económicos, o los intereses intelectuales estrechamente ligados a aquéllos.

Lo mismo podemos ver en Alberdi; lo mismo en la acción directa de Mitre, que, como les decía, son los tres hombres bajo cuyo auspicio se desenvuelve este periodo de nuestra historia. No es que no haya otra tendencia, sino que ellos significan la tendencia predominante. Al lado de ellos hay grupos de tendencias distintas. Al lado de ese grupo central, formado por esos tres hombres dirigentes, tenemos el grupo católico y una agrupación liberal; pero ellos, que llegaron a imponer su pensamiento, no se complican ni con unos ni con otros.

Cuando a Sarmiento le echaban en cara que él era liberal, anti-religioso, decía: no, que voy a ser anti-religioso, si en Chile he publicado un catecismo para la instrucción religiosa. En cambio si le decían que era clerical, respondía: qué voy a ser clerical, si he difundido las teorías de Darwin. Así es que no quería declararse clerical ni liberal; no quería estar vinculado a ningún dogmatismo abstracto. Para él la cuestión era desasnar al soberano, al pueblo; enseñarle a leer, a escribir, a trabajar. Esa era su preocupación eminentemente positiva.

Lo mismo Alberdi, era un espíritu ajeno a todo dogmatismo; pero en la constitución argentina incorpora el artículo que ampara el sentimiento religioso de la mayoría. ¿Por qué? ... Porque eso era prácticamente necesario: no podía prescindir de eso para organizar el país.

Bien; al lado de ese grupo, como les digo, hay dos puntos pequeños que tienen efectivamente tendencias determinadas: Está el grupo católico, compuesto de personajes sumamente distinguidos: en la generación primera Esquiú, Félix Frías; en la segunda generación, Pedro Goyena, José Manuel Estrada, Manuel Pizarro, Tristán Achával, todos intelectuales que merecen nuestro respeto, pero que no logran imponerse, a pesar de contar con tan valiosos elementos y de tener en el interior de la República un foco tan importante donde apoyarse, como Córdoba, el partido clerical no logra formarse entre nosotros.

A la izquierda del grupo positivista está el grupo liberal: Juan María Gutiérrez, Vicente López, numerosos propagandistas en la prensa y en el libro; pero un partido liberal, con tendencias francamente liberal, en el sentido, digamos, filosófico, no consigue formarse. Es el positivismo el que se impone, sin sistematizarse todavía.

Luego viene la segunda generación, que podemos llamar la generación del 60, un grupo de hombres jóvenes que tuvieron una intervención extraordinaria en nuestras luchas políticas de esa época.

Casualmente hoy me fijaba en una nómina de los abogados recibidos en la Universidad de Buenos Aires. Allí se encuentran en un mismo curso los nombres de Del Valle, de Pellegrini, –me parece que de Leandro Alem–, en fin, una serie de los hombres que después gobernaron al país.

Ellos tampoco quieren saber nada de orientaciones filosóficas. Tendría, alguno que otro, sus pequeñas veleidades personales, pero como hombres públicos no intentan imponer ninguna orientación filosófica; prescinden del problema religioso, que les es indiferente. Pero tampoco ese grupo busca todavía, en la sistematización del positivismo [,] el fundamento de su actitud.

Cuando yo hacía mis estudios secundarios, correspondientes al Colegio Nacional, recuerdo que en nuestros programas teníamos dos años de filosofía: estudiábamos psicología, lógica, ética y teodicea; y los textos que se empleaban en la enseñanza eran textos que correspondían a la escuela ecléctica espiritualista francesa. Bien: eso estaba todavía en la enseñanza, pero ya nadie hacía caso de eso; eso era superficial, nadie tomaba en serio su estudio; y a poco andar se suprimió esa enseñanza en los programas oficiales; se la redujo a la psicología, a un poco de lógica, y la filosofía desapareció completamente.

Es recién la tercera generación, la del 80, la que se vuelve consciente de estas orientaciones positivistas y la que busca entonces fundamentarlas filosóficamente. En esta generación podemos citar como hombres representativos a Joaquín V. González, Rodolfo Rivarola, José N. Matienzo, Ernesto Quesada, Norberto Piñero; en fin, todo ese grupo que hace tiempo está ejerciendo una influencia excepcional sobre la orientación de la enseñanza entre nosotros.

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Esos fueron positivistas conscientes; esos ya buscaron en los sistemas filosóficos la explicación de la orientación que se seguía. Además de ellos, el grupo que les dije que salía de la Escuela Normal de Paraná: Herrera, Mercante y tantos otros que defendieron en el profesorado la orientación positivista. Así es que ustedes ven que se verifica en el país una evolución de las tendencias positivistas prácticas, inmediatamente, hasta que se vuelven acción consciente.

¿Por qué se vuelven acción consciente? Hay un motivo fundamental para eso: la dirección intelectual nuestra, sin orientación filosófica determinada, encaminada burdamente al desarrollo tan solo de los intereses económicos, había degenerado al último. Porque hay que tener presente que los hombres de la época de Sarmiento y Alberdi, que nos señalan como los más importantes el desenvolvimiento económico, pensaron en el desenvolvimiento económico colectivo; no pensaron en ningún momento en el desarrollo de sus pequeños intereses personales. Eran, en ese sentido perfectamente románticos; ninguno de ellos intentaba hacer la aplicación práctica a sí mismo: querían el desarrollo de las riquezas nacionales, el desarrollo de la riqueza pública. Pero a medida que se desenvuelve esta orientación, pueden explicarse ustedes que cada uno se dijera: si lo importante es el desenvolvimiento económico empecemos por casa, empecemos por la mía, y así llegamos a un momento en que estos intereses económicos son el interés predominante que cada uno trata de realizar para su utilidad particular de cualquier manera, por medios buenos o malos.

Bien, sabemos cómo se desenvuelve entonces nuestra situación política, cómo llega un momento de corrupción política y administrativa. Y aunque es ingrato en una cuestión de esta naturaleza dar nombres propios, citaré el de un muerto –ya que [de] los vivos no quiero acordarme– el de una intelectualidad superior: Eduardo Wilde, quien hacía gala de su perfecta indiferencia para todo lo que revistiera un carácter moral, para todo lo que representara un ideal superior.

Pues bien: si esa era la manera de pensar de un hombre de esa clase, de tal cultura y tal talento ¿qué no ocurriría en los adocenados en la muchedumbre más o menos torpe? Pero llega un momento en que la gente se da cuenta de que no podemos seguir por ese camino; que es necesario poner al lado de ese ideal económico un ideal ético. Entonces la juventud del 80 tuvo que recurrir a la filosofía de su tiempo y buscar dentro del positivismo la posibilidad de una reacción ética. Con esa orientación esa juventus [sic] se esterilizó para la acción práctica; todos los hombres del 80 quedaron fuera del gobierno efectivo de nuestro país; tuvieron que refugiarse en la enseñanza; en el profesorado para ejercer su acción. De los hombres que acabo de nombrar ninguno ha llegado a desempeñar efectivamente funciones políticas; las fuerzas que todavía predominaban alejaron a estos hombres. ¿Por qué? Porque eran fuerzas instintivas que venían ya con un propósito definido.

Bien; lo natural fue buscar dentro del positivismo los elementos para una reacción ética. Los buscaron en Comte, con su teoría altruista, de las obligaciones sociales del hombre; los buscaron en la ética individualista de Spencer. Pero, las cosas marchan, y lo que ocurrió aquí no es más que un reflejo de lo que ocurría en todo el mundo civilizado. El positivismo había llegado a sus últimas consecuencias, había culminado, y la reacción se imponía, orientándose en todas partes en ese sentido ético. Y a poco andar hubo que convencerse que dentro del positivismo no se podía encontrar esa reacción ética.

La ética de Spencer reduce toda la moral simplemente, a una cuestión de costumbres; se trata de instintos sociales desarrollados en el hombre que trata de adaptarse a la vida colectiva. Pero de ella no se deduce ninguna obligación; porque yo soy entonces como mis atavismos y el ambiente en que me he criado me ha hecho forzosamente. De estos saca la Escuela penal italiana la consecuencia inmediata: no hay responsabilidad ni obligación, ni siquiera culpa, ni debemos hablar de castigo; el hombre actúa como le es necesario.

De manera que lo único que puede hacer la sociedad es adoptar medidas de defensa, es decir, medidas puramente externas; pero, queda eliminado el concepto de una perversión moral. Yo soy un ase-

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sino porque mis atavismos me obligan a serlo. El delincuente, según esa teoría, tiene forzosamente que vivir su vida. Y eso está dentro del positivismo, porque éste [,] queriendo ser única y exclusivamente una interpretación de las verdades científicas [,] tiene que considerar los fenómenos psíquicos como fenómenos naturales, forzosamente, como fenómenos fisiológicos. El hombre –llevando la doctrina a sus últimas consecuencias– resulta ser un mecanismo.

Entonces podemos explicarnos cómo [,] agotados ya todos los elementos que en el sentido de una reacción ética ofrece el positivismo, sobrevenga en los últimos años del siglo pasado una reacción anti-positivista. Se apela de nuevo a las viejas teorías religiosas o metafísicas o se intenta encontrar una nueva solución. Aparecen hombres en Europa como Tolstoy, que independizados de todo dogmatismo se declaran, sin embargo, eminentemente religiosos y quieren renovar la vida sobre la base de un cristianismo ideal.

Y no es solo en Rusia donde aparece un hombre de esa talla; en todos los demás países se producen movimientos más o menos intensos en ese sentido. Y en la Literatura también aparecen tendencias místicas.

Les contaré el ejemplo conocido por ustedes de Maeterlink [Maeterlinck]. En esa situación estamos todavía. El positivismo, como posición filosófica está francamente agotado; aspiramos a algo más, pero eso que es motivo de nuestras aspiraciones no lo tenemos, o si lo tenemos no nos damos cuenta de ello, como les suele pasar a los contemporáneos. Tenemos a Bergson, a Croce, que nos quieren llevar por otras orientaciones filosóficas, pero, hacer ahora el juicio de los contemporáneos es demasiado aventurado. De aquí a cincuenta años veremos quizá que esos hombres estaban en lo justo; pero nosotros que estamos muy cerca de ellos no podemos apreciarlos, y mucho menos yo, particularmente, a los hombres de mi generación.

Ustedes que son jóvenes, que van a constituir la intelectualidad futura, van a tener que resolver este problema y fijar las nuevas orientaciones intelectuales de nuestro país. Ustedes van a decidirse así como se decidan en Europa, porque vivimos una vida de reflejo. Se iniciará con tales o cuales tendencias el nuevo periodo.

Ahora, si ustedes me preguntan si el positivismo no sirve para nada, yo les contestaré que no es que el positivismo sea una posición falsa, anti-filosófica; de ninguna manera. En filosofía no se puede asegurar que esta o la otra es la verdad filosófica. Es preciso que ustedes se emancipen de un criterio simplista. Las cosas tienen una serie de aspectos, y según que las miremos de un punto de vista u otro, el juicio que formemos tiene que ser distinto.

Esas orientaciones filosóficas, como el positivismo, no son un hecho estable, sobre el cual podamos formar un juicio; son una evolución histórica y cuando nacen responden a las necesidades del espíritu humano, como respondió en su época el positivismo, como una protesta contra las divagaciones del romanticismo. Y entonces fue fecundo, y entonces fue necesario para dar forma a todo el desarrollo científico contemporáneo, para apartar una serie de prejuicios antiguos, libertar nuestro espíritu, y convencernos de [que] la base de una gran cultura es forzosamente una base económica.

Pero, el positivismo se impone, triunfa, llega a su apogeo, cumple su misión y se inicia, entonces, forzosamente, un descenso, y otras necesidades de nuestro espíritu reclaman satisfacción.

Ustedes pueden darse cuenta de todo lo que hemos conquistado en la época positiva, que abarca toda la segunda mitad del siglo XIX con su desarrollo científico y sus aplicaciones técnicas. Si lanzamos una mirada hacia atrás vemos que se ha dominado el globo de un pueblo hacia el otro, que se ha dominado el mar, el aire, que todos los grandes problemas técnicos han sido resueltos; dentro de las ciencias particulares están resueltos una gran serie de problemas. Por ejemplo, en medicina se han resuelto problemas importantes. De modo que hemos ampliado de una manera extraordinaria nuestro saber y nuestro poder técnico. Pero es evidente que ahora, conseguido esto, surge la pregunta: ¿Teniendo ahora todo eso, qué hacemos? ¿Vamos a seguir explotándonos los unos a los otros? ¿Hemos adelantado algo con todo este saber en el sentido de vivir una vida más justa, más buena, o hemos satisfecho tan solo todos los instintos que tratan de satisfacerse burda-

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mente, utilizando los medios que la ciencia pone a nuestro servicio? Porque un descubrimiento científico en sí es perfectamente indiferente; no es ni malo ni bueno; será verdadero o falso; será del todo útil o inútil, pero no es bueno ni malo.

El carácter bueno o malo resulta de la aplicación que hacemos de ese descubrimiento. El hecho de que podamos elevarnos en el aire en aeroplano no es bueno ni malo; depende del uso que hagamos de él. Si lo usamos para matar a nuestros semejantes, maldito el progreso que realizamos. En cambio si sirve para estrechar las relaciones de los hombres es sumamente bueno.

De manera que lo que digo del aeroplano o de cualquier otro perfeccionamiento técnico lo aplico a toda esta evolución científica y acabo por preguntarme: ¿Qué hacemos con toda esta ciencia que hemos acumulado? Es necesario que sirva a un mejor desenvolvimiento de la humanidad. El viejo ideal de justicia surge entonces de nuevo en nuestro espíritu. Y como ese viejo ideal ha informado también en otros tiempos grandes revelaciones intelectuales, se explica que algunos espíritus vuelvan hacia atrás y crean que los viejos dogmatismos, que en la actualidad constituyen un perfecto anacronismo, sean algo mejor que lo que se nos quería imponer y que ellos pueden ser un refugio para nuestro espíritu.

No podemos retroceder ni encontrar amparo en esas viejas doctrinas. Por lo menos tenemos que adaptarlas al estado actual de nuestros espíritus.

¿Cómo se ha de hacer eso? ¿En qué sentido se ha de hacer? Hay varios caminos para ello. El positivismo se empeña en resolver todo por el criterio económico, pero da lugar al desarrollo en su seno de dos tendencias opuestas: el individualismo y el socialismo o colectivismo. Digo colectivismo, porque el colectivismo practica todas las formas en que se pretende sobreponer los intereses de la colectividad sobre el individuo, lo que ocurre también en el socialismo. Pero como a la palabra socialismo la monopoliza un determinado partido político, diré, pues, individualismo y colectivismo.

El individualismo creía que abandonando al individuo a su acción propia, al fin y al cabo, por la fuerza misma de las cosas irían ellas a su equilibrio. Fue una ilusión: así como hemos dicho que el positivismo nace y es fecundo y llega a su apogeo, hasta que por último resulta insuficiente, lo mismo ocurrió con el individualismo, que nació en su época como una reacción contra las trabas que dañan la acción individual, persiguiendo un ideal de perfecta libertad. Así aparece en Locke, sigue desarrollándose durante el siglo 18 y se impone casi completamente en la evolución jurídica inglesa. Pero cuando llega a su apogeo el individualismo, se ve que no trae el equilibrio social y que no ha dominado por la justicia, sino que [,] al amparo de su acción, los materialmente fuertes, los económicamente bien situados, someten a su servicio a los que están en condiciones menos favorables. El producto del desarrollo individualista fue el dominio del capitalista y la sujeción del proletariado. Porque ¿qué importa que me digan a mí: usted es libre de hacer lo que quiera, si yo antes que todo tengo que comer? Y bueno; entonces me dicen: sométase a estas o aquellas condiciones, si no no le doy de comer; es decir, tome el salario que le doy, trabaje las horas que le impongo. Entonces ¿qué libertad tengo? Surge la evidencia de que para dar al hombre la libertad que pretende el individualismo es necesario darle primero su independencia económica.

Bien: el colectivismo se propone darnos esa independencia económica, pero sobreviene entonces el temor de que ese imperio demasiado extenso de la colectividad ahogue toda la libertad individual y el resultado sea que la sociedad se convierta en un gran cuartel en que todos trabajen tantas horas, coman con arreglo a un mismo horario, y [,] en fin [,] se sometan a una reglamentación general. Ese es el otro extremo. Mientras la cuestión se plantee exclusivamente dentro del problema económico, la solución definitiva no se ve. Es necesario buscar una solución superior, quizá –tratándose de estas cuestiones contemporáneas no avanzo sino una opinión hipotética– esa solución superior nos encuentre en la teoría de la personalidad como seres conscientes y dotados de voluntad; en una palabra, suponer que el hombre no es solamente el producto casual de este desarrollo natural, como tantos otros, sino que posee una autonomía, una libertad personal, con la cual se puede sobreponer interiormente a todas estas restricciones o someterse

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a ellas conscientemente de que es un miembro de la sociedad que debe aceptarlas sin sentirlas como un peso, como un yugo, que se le impone; esto solamente es posible si se desarrolla en todo lo que se ha llamado la conciencia de nuestra posición social, es decir, la conciencia de que no vivimos única y exclusivamente para los intereses de nuestros semejantes.

Pero ustedes ven que esta tendencia a afirmar una personalidad autónoma [,] a formar una conciencia social, es inseparable de la constitución de una ética, porque si no se nos dan normas éticas todo eso es inútil.

Observen ustedes lo que pasa en esos movimientos nuestros que tenemos ocasión de ver de cerca: Las huelgas de nuestro proletariado que luchan por conseguir una mejora de sus condiciones económicas. Según la teoría del materialismo histórico esos hombres no luchan sino por su interés. Y bien ¿qué es lo primero que ellos proclaman y exigen?: la solidaridad. Los obreros se vinculan entre sí, cumplen un propósito común y al que no lo hacen [sic] le llaman "carnero", lo presentan ante los demás de una manera despectiva; es decir, pronuncian un juicio moral sobre el individuo que no posee la conciencia moral del gremio, la conciencia social. ¿Y qué es eso suponer que el hombre tiene deberes morales? ¿Sino con qué derecho, yo, que soy obrero y no me adhiero a la huelga, soy incomodado en mi libertad?

Si tengo un deber moral para mis compañeros, las cosas cambian. Eso es lo que pretende implantar. Le llaman solidaridad, pero no es más que el viejo deber moral que tiene que vincular a los hombres, y la falta de ese deber trae una sanción moral, un juicio despectivo. Es evidente, entonces, que por todos lados surge la necesidad de una ética. ¿Dónde fundarla?

Yo creo que algo quedará del positivismo a pesar de todo; y entre lo que ha de quedar se encuentra la cuestión de que podremos hacer metafísica, que no podemos volver a construir las viejas metafísicas ni volver a ellas, ni a los viejos dogmatismos religiosos. De manera que tenemos que buscar un modo efectivo de formar esta ética.

Entre las teorías más importantes se encuentra, a mi parecer, la de los valores, que supone que el hombre, además del raciocinio, del pensamiento, tiene una voluntad que afirma valores. Y una vez que afirma esos valores lucha por realizarlos. Y así como es posible que el hombre pueda afirmar valores, es necesario suponerle capaz de modificar lo existente y crear nuevas condiciones, de acuerdo con los valores establecidos por él. Es decir, que hay que suponer en el hombre una capacidad creadora.

El hecho de suponer una capacidad creadora en el hombre, obliga a suponer que lo desconocido, el enigma que hay en el fondo de todas estas cosas y que para nosotros se manifiesta en la evolución constante, es una fuerza que se manifiesta en nosotros por medio de la capacidad creadora y que el universo [,] en cada momento que transcurre [,] es la creación de esta fuerza, de esta energía desconocida, creación no solo forzosa, mecánica, sino creación libre de ese algo.

Una parte de esto se transparenta en la teoría de Bergson en la obra fundamental de éste, que se llama: La evolución, pero no la evolución simple, sino la evolución creadora. Es decir, supone la existencia de un principio que no obedece a un simple mecanismo, sino que determina el rumbo, la orientación hacia la cual se dirige.

Ese principio lo podemos imaginar de una manera absoluta, determinando el devenir cósmico, y podemos suponer que de una manera relativa se manifiesta en cada personalidad autónoma. Y entonces venimos a quedar capacitados para fijar rumbos a nuestra actividad, en virtud de esa espontaneidad, de esa capacidad creadora nuestra.

Bien; quiero enseñarles con esto, solamente, cómo salimos en estos momentos de transición del viejo positivismo anti-metafísico para caer otra vez en orientaciones de distinta naturaleza.         

Todo pronóstico al respecto es aventurado; sobre todo en estos momentos, antes de que termine la guerra. Después que termine la guerra, indudablemente estos movimientos tienen que estallar de alguna manera y concretarse, tomando una forma más definitiva.

Tenemos que esperar que surja una mente genial, capaz de

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sistematizar todos estos anhelos que todavía se hallan en un estado vago, en el espíritu de la humanidad; pero indudablemente en sentido reaccionario que, contra la época positivista, contra la época científica, ha de avanzar una orientación ética. Y para nosotros y para el desenvolvimiento del país, esto es, a mi juicio de la mayor importancia.

Si algo falta entre nosotros es que la juventud se convenza de que no es la vitalidad económica del país el único fin que debemos perseguir; que todo este desenvolvimiento económico no puede ser el fin sino tan solo el medio para llegar a una mayor cultura intelectual, a una mayor cultura del carácter; porque si no van a continuar los tiempos que hemos vivido, que han sido bajo ciertos aspectos grandes y hermosos, pero bajo otros, bajo el punto de vista moral, sumamente tristes.

A esto tenemos que ir; lo otro ya está realizado.

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Notas

1- Investigador de Historia de las Ideas en América Latina. Philosophy Contributing Editor, Handbook of Latin American Studies.<jctestrada@verizon.net>

2- El texto completo de las Lecciones será publicado por el mismo Instituto de Filosofía Argentina y Americana de la Universidad Nacional de Cuyo que ahora adelanta esta publicación parcial. Se ha modernizado la ortografía.

3- El texto del copista dice 'Smiles', pero lo que sigue difícilmente se aplicaría a Samuel Smiles (1812-1904), autor escocés de libros de "autoayuda", aunque muy leídos en traducción española. (Una de sus obras más conocidas, El carácter, todavía tuvo una versión castellana en 1942). Dada la fórmula utilitarista del pasaje, y buscando similitud con la grafía, podría tratarse de John Stuart Mill, ya que la grafía no autorizaría a pensar en Bentham.

4- El autor que el copista no pudo reconocer podría ser F. A. Lange, y la obra: Historia del materialismo (1866). Lange es incluido entre los primeros neokantianos.