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Argos

versão On-line ISSN 1853-6379

Argos vol.34 no.1 Bahía Blanca jan./jun. 2011

 

RESEÑAS

Genaro Chic García, El comercio y el Mediterráneo en la Antigüedad, Madrid, Editorial Akal, 2009, 494 pp.

 

He aquí una obra de síntesis histórica que al mismo tiempo sintetiza una vida universitaria de investigación y docencia. Genaro Chic García, catedrático jubilado de Historia Antigua en la Universidad de Sevilla desde 2010, ha dedicado muchos años de estudio al fenómeno económico en la encrucijada de lo arcaico y lo clásico, lo antiguo y lo moderno, por emplear una terminología más convencional que otra cosa. Su tesis doctoral sobre el comercio aceitero de la Bética (1977), bajo la dirección de Francisco Presedo, fue publicada con el título Epigrafía anfórica de la Bética. I (Écija 1985) y Epigrafía anfórica de la Bética. II: Los rótulos pintados sobre ánforas olearias. Consideraciones sobre la annona (Écija 1988). La última obra dirigida por él, Economía de prestigio versus economía de mercado (Sevilla 2006), presentaba los resultados de un grupo de investigadores de varias universidades andaluzas e introducía en el debate historiográfico español una tradición disciplinar tan novedosa como la proveniente de la neuroeconomía (Neuroeconomics), además de insistir en conceptos de la antropología económica aún no bien digeridos por nuestros analistas actuales -y ahí está, por ejemplo, el debate incompleto sobre la crisis económica actual para ilustrarlo-. Algunos libritos suyos de aliento más divulgativo, como El mundo mediterráneo arcaico (Sevilla 2003), o Andalucía: reflexiones sobre su historia (Sevilla 2003), ofrecen visiones originales y hasta provocadoras, siempre atentas a las confluencias de lo económico, lo político y lo religioso en las sociedades mediterráneas. La peculiaridad de la personalidad intelectual de Chic García es que su abordaje del mundo antiguo se ha hecho a la vez desde una perspectiva unitaria (mediterránea), diacrónica (próximo-oriental y greco-latina), y sobre todo ecléctica, en que los textos -él es, para suerte suya, filólogo clásico de formación- se han querido combinar con las fuentes arqueológicas. Hay, por añadidura, otra característica en dicha personalidad que confiere a su historiografía vitola de autor, y me refiero a la incorporación de las ciencias sociales con todas sus consecuencias, en particular la economía, la antropología y la neurociencia. Reflejo de estas inquietudes hermenéuticas ya fue la aparición de sus Principios teóricos en la historia (Écija 1990).

El libro que ahora nos presenta se trata de una obra temática y conceptualmente ambiciosa, una obra abierta, en la que Chic García se enfrenta al fenómeno económico a través de un indicador siempre crucial, el intercambio. La primera parte, Presupuestos teóricos (11-214), precede al gran lienzo de historia que se desarrolla en la segunda parte y nos muestra la paleta del historiador. Ocupa casi la mitad de la monografía y consta de los siguientes capítulos: "El ser humano" (11-68), "La objetivación de la vida" (69-128), "Entre el comercio de prestigio y el de mercado impersonal" (129-182), "Los condicionamientos geográficos. El Mediterráneo, un mar corruptor" (183-196), y "Letras y números" (197-214). Como se adivina, hay un espectro cromático muy variado, y muy mezclado también, que anuncia la riqueza de matices del futuro cuadro. Y esto es así porque lo que hoy llamamos economía, o sea, la economía de mercado, no llegó a institucionalizarse como esfera autónoma de funcionamiento en las sociedades pre-capitalistas. Si hablamos de producción y consumo, parece evidente que la agricultura ha sido el color básico de la existencia humana desde el Neolítico y que ha teñido de autarquía el paisaje social de Occidente. La vida doméstica enraizada en la madre tierra, más apreciada que el oro, ha brillado con luz propia en el juego de claroscuros generado por el proceso de la civilización. Ahí está el fenómeno de larga duración llamado oikonomía, desde el oikos griego y la familia romana, con sus perduraciones medievales y modernas. Como puntualizará el autor, no sea que nos deslumbren demasiado los destellos de la plata acuñada o el consumo suntuario de las élites urbanas, "los cálculos que se hacen sobre la población de nuestro mundo antiguo permiten estimar que no más de un 15 o 20 por 100 vivía en ciudades en la época de mayor desarrollo de estas" (386). El comercio, por supuesto, estuvo siempre presente, pero como un color secundario, muy mezclado culturalmente y en cierto modo desnaturalizado por imperativos de carácter extra-económico: cuando no topaba con la vocación autosuficiente de la casa campesina, se organizaba como reciprocidad o como redistribución, según que su inserción tuviera lugar a nivel tribal o estatal. Se explica entonces por qué la lógica de la crematística, que Aristóteles supo ver, se dio marginada al mundo del emporio o por qué animó iniciativas como las del mundo helenístico (Atenas, Rodas, Cartago) y las de las sociedades de publicanos, "la primera expansión capitalista individualizada" (417), sólo para que el Principado terminase por limitarlas en favor de una recentralización estatal. La prevalencia de cualquiera de esas tres pautas de circulación de bienes y servicios (autárquica, recíproca y redistributiva) se corresponderá a su vez con un determinado grado de integración grupal (casa, clan y Estado) y su correspondiente escala de "horizontes mentales integrados" (56-68). Desde el punto de vista metodológico, esto supone que cada etapa de la historia económica sólo resulta comprensible en el marco integral de su civilización, lo que es tanto como decir desde una perspectiva relacional e interdisciplinar.

Pero hay más. Para el autor, la cuestión trasciende en buena medida la gran divisoria entre pre-capitalismo y capitalismo, y por ende también el viejo debate entre primitivismo y modernismo1. Más allá de estas periodizaciones y tipologías culturales está la naturaleza humana. Seguro que Chic García, en lugar del homo sapiens sapiens, preferiría hablar del sentiens sapiens o del sentiens cogitans: "La vida humana es más emocional que racional", afirma tajante (56)2. Tampoco es tan nuevo el enfoque: ya conocíamos al homo ludens de Huizinga, y al homo religiosus de Eliade, por no hablar del zoon politikon del Estagirita, con todo lo que este tiene de consumidor ocioso o de animal improductivo. En efecto, si la neurología y la psiquiatría dibujan una cartografía compleja del cerebro humano, a la vez emocional y racional, por no hablar del binomio masculino-femenino, también el historiador sevillano descubre en la vida social una coexistencia más o menos tensa, más o menos precaria (incluso potencialmente caótica), entre la economía de prestigio y la de mercado anónimo, entre la dimensión cualitativa y simbólica de las relaciones humanas y la cuantitativa e impersonal-abstracta, inventora por ejemplo de la escritura tecnocrática o creadora de la moneda. El corolario de todo ello son los precarios equilibrios en que han vivido, y aún viven, las sociedades complejas, atrapadas entre la oralidad y la escritura, la memoria y la historia, las relaciones de status y las de contrato, la religión y la ciencia, etc.

No tendría mucho sentido presentar un resumen de estas páginas teóricas en clave sistemática. Despliegan un haz de reflexiones entrecruzadas y hasta laberínticas que, precisamente por sus semejanzas con la práctica del hipertexto, quizá reflejen un espíritu algo postmoderno en la concepción del libro. Cada recensor tiene su forma de leer y de recomendar una lectura, la mía sería la de mirar esta primera parte como si estuviésemos navegando por la red, de enlace en enlace, sin jerarquización de rutas, tanteando y explorando, antes que buscando una secuencia propiamente dicha. Y si no como primera lectura, una relectura no secuencial sería seguramente la más productiva.

La segunda parte, en cambio, adopta una forma diacrónica y narrativa, siendo un políptico de historias sucesivas, con el comercio como motivo-guía, aunque siempre formando parte de un cuadro en que rara vez domina. Lleva por título Un ejemplo práctico: El mundo mediterráneo de los Pueblos del Mar (s. XII a.C.) a las invasiones bárbaras (s. V d.C.). Con una vocación generalista, impropia en este caso de nuestra época de fragmentación del conocimiento, el autor desafía la especialización y conduce al lector a lo largo de cuatro mil años de recorrido, desde Mesopotamia y Egipto hasta la Antigüedad tardía. Simplificando mucho, digamos que Chic García organiza su narración en tres grandes secciones y un epílogo. La primera está dedicada a los precedentes: las primeras civilizaciones palaciales y las fórmulas reguladas de organizar los intercambios a larga distancia (223-270); la segunda estudia la época de las grandes navegaciones mediterráneas: la expansión de fenicios y griegos hasta el extremo Occidente sobre el trasfondo del imperio persa, y el mundo de las polis, con Atenas y su imperio ocupando un lugar privilegiado (271-372); y finalmente el tiempo de la fusión gracias al Imperio romano, aunque dando su debido realce a la época helenística, empezando por el papel dinamizador de los cambios tenido por Alejandro (373-474). Una coda dedicada al Dominado (474-491), con los cambios cruciales en la política monetaria y el desplazamiento del centro de gravedad comercial al Oriente (siglo IV), nos deja a las puertas de una nueva época.

Como ya he indicado, cada persona hará la lectura de una obra de estas características en función de sus intereses, que rara vez son los del generalista (orientalista, helenista y romanista a la vez), el lector "ideal" al que realmente se dirige. En el plano teórico y metodológico, yo destacaría una lección nada desdeñable, y me refiero a la superación en cierto modo del debate primitivismo versus modernismo en favor de una concepción de la historia económica menos dicotómica entre sociedades industriales y preindustriales. La dimensión emocional que el autor reivindica en las relaciones humanas, y todo intercambio de bienes y servicios es una manifestación de las mismas, constituye un denominador común al hombre antiguo y al hombre contemporáneo. No pocas veces, los estudiosos occidentales se han visto a sí mismos como parte de una época dominada por el homo oeconomicus, en particular tratándose de los países protestantes, donde mejor ha encajado el liberalismo clásico. Si se me permite continuar con la metáfora de los colores, diría que el liberalismo ha pretendido hacer del comercio un color primario, aunque en realidad lo que ha conseguido es sólo enfriarlo, mientras que en las sociedades preindustriales aditamentos como la guerra, la piratería o la política lo han mantenido más bien en la gama cromática de los secundarios pero cálidos3. El hecho es que hoy, si la economía fuera tan racional y el funcionamiento del mercado tan autónomo, todo sería mucho más predecible, cosa que la crisis actual está demostrando que no es así ni mucho menos. Ni los antiguos eran tan antiguos ni nosotros somos tan coetáneos de nuestros manuales científicos como nos imaginamos.

Por lo demás, cada universitario tiene su devocionario personal, y algunos de los nombres invocados por Chic García coinciden con los preferidos por este recensor, caso de Fustel, Mauss, Gernet, Huizinga, Eliade, Childe, Polanyi, Wilson, Finley, Will, Burke, Berlin... Pero también echa en falta otras aportaciones, que no le habrían sentado nada mal a una obra de estas características, y pienso en las de Otto Brunner, Georg Simmel, Ferdinand Tönnies, Henry Summer Mayne, Werner Sombart, Johannes Hasebroek, o Louis Dumont. Por no hablar de algunos historiadores del siglo XX aún muy vivos, por ejemplo Géza Alföldy y Alfonso Mele, o de alguna que otra escuela de historia económica romana, como la creada por Thomas Pékary y Hans-Joachim Drexhage. Por cierto, tratándose del estudio de las emociones, tan justo y pertinente como citar a Daniel Goleman lo habría sido hacerlo con José Antonio Marina. Pero son carencias en buena medida inevitables tratándose de un libro de la amplitud como el que aquí apenas hemos podido resumir.

Víctor Alonso Troncoso

Universidad de La Coruña

troncoso@cdf.udc.es

Notas

1 Ver una historiografía del debate en ALONSO TRONCOSO, V. (1994) El comercio griego arcaico: Historiografía de las cuatro últimas décadas (1954-1993), La Coruña, pp. 144-46.         [ Links ]

2 La genealogía de esta idea nos llevaría bastante atrás, pero baste aquí la cita de UNAMUNO, Del sentimiento trágico de la vida, Madrid, 1971, 12ª ed., p. 10: "         [ Links ]El hombre, dicen, es un animal racional. No sé por qué no se haya dicho que es un animal afectivo o sentimental". El autor, por supuesto, tampoco pensaba en tipos tales como el homo oeconomicus de los manchesterianos, sino en "el hombre de carne y hueso".

3 Un buen lector de los clásicos, Mefistófeles, aludía un poco a todo esto cuando decía: "Krieg, Handel und Piraterie, / Dreieinig sind sie, nicht zu trennen" (Faust 5.3), en traducción de R. Cansinos Assens, Barcelona, 1981: "Guerras, comercio y piratería son tres cosas en una, inseparables". Mi lectura de Goethe es independiente de la de Werner Sombart, pero debo decir que este pasaje ya había sido apreciado, al menos, por el sociólogo e historiador alemán: El burgués (1913), Madrid, 1979, p. 89.         [ Links ]

 

Fecha de recepción: 27-02-11
Fecha de aceptación: 01-03-11