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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Strix hispánica: Demonología cristiana y cultura folklórica en la España moderna]]></article-title>
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</front><body><![CDATA[ <p align="right"><font size="3" face="Arial, Helvetica, sans-serif"><b>BIBLIOGRAF&Iacute;A</b></font></p>     <p><b><font size="4" face="Arial, Helvetica, sans-serif">Campagne, Fabi&aacute;n Alejandro, <i>Strix hisp&aacute;nica. Demonolog&iacute;a  cristiana y cultura folkl&oacute;rica</i> <i>en la   Espa&ntilde;a moderna</i>,  Buenos Aires, Prometeo, 2009, 387 p&aacute;ginas.</font></b></p>     <p>&nbsp;</p>     <p><font face="Arial, Helvetica, sans-serif"> <font size="3">Tal vez exista ya la distancia suficiente como para calibrar  el peso historiogr&aacute;fico de   los estudios sobre la demonolog&iacute;a renacentista. Actualmente,  diversos historiadores contin&uacute;an   la propuesta de estudiar el discurso demonol&oacute;gico como un  elemento central para   pensar el espectro temporal que comunica la baja Edad Media  con el oto&ntilde;o de la modernidad.   Si es posible, entonces, reconocer al d&iacute;a de hoy la  existencia de una <i>escuela demonol&oacute;gica</i>   (la revista <i>Magic,  Ritual and Witchcraft</i>, que vio la luz en 2006, es una firme   materializaci&oacute;n), mucho debe &eacute;sta a Stuart Clark y su c&aacute;lida  impresi&oacute;n de estar <i>pensando</i>   <i>con demonios</i>, que,  mucho m&aacute;s que -en tanto obra- un verdadero ejemplo de c&oacute;mo descubrir   una causalidad aut&oacute;noma en el seno de un discurso, es  tambi&eacute;n una exhortaci&oacute;n a   sumergirse en los derroteros mentales de un mundo acosado  por el orden preternatural.</font></font></p>     <p><font face="Arial, Helvetica, sans-serif"><font size="3"> De 1997 (momento de publicaci&oacute;n de <i>Thinking with Demons</i>) a 2009, numerosos trabajos   han seguido aquella l&iacute;nea, reconociendo en el discurso  demonol&oacute;gico una generosa   puerta de entrada para acercarse a los valores culturales,  sociales, pol&iacute;ticos y epistemol&oacute;gicos   de la temprana modernidad. Autores como Armando Maggi,  Walter Stephens,   Michael Bailey, Hans Peter Broedel,  Alain Boureau, Diane Purkiss, Peter Maxwell Stuart   y Tamar Herzig, entre otros, se concentraron en los &uacute;ltimos  a&ntilde;os en diseccionar el problema:   reconocer sus or&iacute;genes, reconstruir la dimensi&oacute;n contextual  que le da sentido, arriesgar   hip&oacute;tesis acerca de su real importancia, describir sus  manifestaciones materiales.   Campagne es un activo representante de esta joven tradici&oacute;n,  y as&iacute; lo demuestra mediante   su prol&iacute;fica producci&oacute;n cient&iacute;fica, que no ha cesado desde  que presentara a mediados   de la d&eacute;cada de 1990 sus primeros trabajos referidos al  problema. <i>Strix </i>contribuir&aacute; a   engrosar esta perspectiva, tal como lo hicieron sus libros  anteriores sobre las interacciones   con el orden preternatural: <i>Homo catholicus. Homo superstitiosus </i>(2002) y su edici&oacute;n   comentada del <i>Tratado  de supersticiones y hechicer&iacute;as </i>de Mart&iacute;n  de Casta&ntilde;ega (1997).</font></font></p>     <p><font face="Arial, Helvetica, sans-serif"><font size="3"> Los antecedentes historiogr&aacute;ficos se remiten a unas pocas  d&eacute;cadas atr&aacute;s: una vasta   bibliograf&iacute;a sobre el problema de la caza de brujas asumi&oacute;  el desaf&iacute;o planteado por el   &laquo;giro copernicano&raquo; operado en la d&eacute;cada de 1960 gracias a  los trabajos de Carlo   Ginzburg, Hugh Trevor-Roper y Robert Mandrou que, aunque  proponiendo enfoques dis&iacute;miles,   dieron el impulso para el gran florecimiento de los 70,  cuando aparecieron obras   fundamentales como aquellas de Keith Thomas, Alan  Macfarlane, Michel de Certeau,   Hans Christian Erik Midelfort,  Sidney Anglo, Jeffrey Burton Russell, Norman Cohn,   William Monter, Alfred Soman, Robert  Muchembled, Richard Kieckhefer y Edward   Peters. Pasada una transici&oacute;n en los 80, momento en que  Gustav Henningsen, Christina   Larner, John Putnam Demos y Emmanuel Le Roy Ladurie  sostuvieron el problema sobre   la superficie, en la d&eacute;cada de 1990 una nueva generaci&oacute;n de  historiadores supo enriquecer   la investigaci&oacute;n a trav&eacute;s de aproximaciones  interdisciplinarias a los estudios de g&eacute;ne</font></font><font size="3" face="Arial, Helvetica, sans-serif">ro, el folklore, el an&aacute;lisis de discurso, el psicoan&aacute;lisis y  la historia del arte. Se destacaron   en aquellos a&ntilde;os, adem&aacute;s del ya mencionado Clark, autores  como Wolfgang Behringer<b>,</b>   Brian Levack, G&aacute;bor Klaniczay, Eva  P&oacute;cs, Bengt Ankarloo, Pierrette Paravy, Lyndal Roper, Sophie Houdard, Fernando  Cervantes, James Sharpe y Robin Briggs.</font></p>     <p><font size="3" face="Arial, Helvetica, sans-serif"> Pero Campagne nos recuerda que el problema no es tan  flamante como parece, y he   aqu&iacute; una de las originalidades de <i>Strix</i>, porque  se propone rescatar del olvido la prehistoria   hermen&eacute;utica sobre la caza de brujas. El libro comienza,  entonces, con una recuperaci&oacute;n   del &laquo;debate olvidado&raquo; del siglo XIX, cuyo clivaje distingue  posturas <i>positivistas </i>y   <i>rom&aacute;nticas </i>en torno  al interrogante acerca del origen del estereotipo del <i>sabbat</i>. En  primer   lugar, Campagne enumera cuatro escuelas fundamentales en el  siglo XX, que deben   mucho al romanticismo decimon&oacute;nico: por un lado, quienes  cre&iacute;an en la &laquo;realidad efectiva   del mal encarnado por la sociedad de las brujas&raquo; (el  exponente paradigm&aacute;tico ser&iacute;a el   exc&eacute;ntrico sacerdote Montague Summers); una segunda teor&iacute;a  se apoyaba en Michelet y   su propuesta de que existi&oacute; efectivamente un culto sat&aacute;nico  entre las clases oprimidas por   el feudalismo, quienes se habr&iacute;an inclinado por adorar en  secreto al mism&iacute;simo diablo,   enemigo del dios de sus explotadores. Otra postura, que en  alg&uacute;n momento fue can&oacute;nica   gracias al eficaz despliegue referencial de Margaret Murray,  arriesg&oacute; que, donde las clases   instruidas creyeron ver un complot urdido por el diablo para  destruir a la cristiandad,   hab&iacute;a, en realidad, un culto de origen prehist&oacute;rico que  habr&iacute;a sobrevivido clandestinamente   a la imposici&oacute;n del cristianismo, por lo que la represi&oacute;n  judicial, viendo al diablo en   lugar de aquella divinidad pagana adorada por estos fieles  at&aacute;vicos, habr&iacute;a sido producto   de un &laquo;malentendido cultural&raquo;. Por &uacute;ltimo, una cuarta  escuela, cuyo representante principal   es Ginzburg (y cuenta con un ilustre antecedente en el abate  ilustrado Rovereto   Girolamo Tartarotti -esto lo descubre <i>Strix</i>), quien  viene planteando desde 1966 que fue la   supervivencia de complejos folkl&oacute;ricos arcaicos, siempre en  el campo del mito (a diferencia   de Murray, que propon&iacute;a la existencia de un rito efectivo),  demonizados y perseguidos   por la alta cultura teologal, el principal elemento  constituyente del estereotipo del <i>sabbat</i>.</font></p>     <p><font size="3" face="Arial, Helvetica, sans-serif"> Sin embargo, Campagne recuerda que las l&iacute;neas fundamentales  de esta cuatripartici&oacute;n   ya hab&iacute;an sido trazadas en los siglos XVIII y XIX. Aqu&iacute;  comienza, entonces, un frondoso   apartado referido a la g&eacute;nesis de estas escuelas. El  comienzo est&aacute;, no obstante, en las   ant&iacute;podas de cualquiera de ellas: es dentro del paradigma  racionalista que se plantean las   primeras teor&iacute;as sobre la <i>witch-craze</i>. Esta l&iacute;nea, tibia en el siglo XVIII, se hizo fuerte en   el siglo XIX de la mano del an&aacute;lisis de nueva documentaci&oacute;n  y de hombres como Georg   Conrad Horst, Jules Garinet, Johan Gr&auml;sse, Wilhelm Gottlieb  Soldan (quien impusiera el   t&eacute;rmino <i>witch-craze</i>) y sus &laquo;herederos&raquo; Henry Charles Lea, George Lincoln Burr y  Joseph   Hansen, quienes consideraban que la brujer&iacute;a era producto de  las retorcidas mentes de los   zelotes religiosos que la condenaban. La participaci&oacute;n de la  cultura vern&aacute;cula en la conformaci&oacute;n   del estereotipo se estimaba, si no nula, al menos m&iacute;nima.</font></p>     <p><font size="3" face="Arial, Helvetica, sans-serif"> Ahora bien, el siglo XIX, como dec&iacute;amos, tambi&eacute;n fue el  siglo en que se dieron las   primeras interpretaciones rom&aacute;nticas del fen&oacute;meno,  especialmente en Alemania.   Partiendo de Kart Ernst Jarcke, para quien la brujer&iacute;a  temprano-moderna era &laquo;el remanente   degradado de la antigua religi&oacute;n pagana de los germanos que  hab&iacute;a logrado sobrevivir   en el seno de las clases populares&raquo;, no tardaron en aparecer  continuadores como Franz   Josef Mone, Joseph von G&ouml;rres y el c&eacute;lebre Jacob Grimm,  quienes sostuvieron y enriquecieron   esta teor&iacute;a, acompa&ntilde;ada de una meticulosa recuperaci&oacute;n  escrita de tradiciones rurales   arcaicas.</font></p>     <p><font size="3" face="Arial, Helvetica, sans-serif"> Advertido este &uacute;ltimo punto sobre la &laquo;escuela rom&aacute;ntica&raquo;, se  comprende que ser&iacute;a</font> <font size="3" face="Arial, Helvetica, sans-serif">imposible percibir las huellas de aquel debate diferido sin  detenerse antes en el segundo   enunciado del t&iacute;tulo: &laquo;cultura folkl&oacute;rica&raquo;. En <i>Strix</i>, el <i>sustrato real </i>del  complejo m&iacute;tico,   relegado por los historiadores racionalistas a la &laquo;mera  extravagancia&raquo; o, en el mejor de   los casos, al campo de la antropolog&iacute;a y la etnograf&iacute;a, se  vuelve un elemento central para   comprender su construcci&oacute;n en la narraci&oacute;n hist&oacute;rica. Por  eso, honrando el verdadero   exorcismo al romanticismo que hizo Ginzburg a trav&eacute;s del  caso de <i>i benandanti </i>y su posterior   <i>decifrazione </i>del <i>sabbat</i>, en este  trabajo se apreciar&aacute; toda la fuerza de una cultura   subterr&aacute;nea sin l&iacute;mites precisos, que fue tan determinante  como el discurso erudito en la   constituci&oacute;n del crimen imaginario de la secta de herejes  m&aacute;s poderosa y universal que jam&aacute;s haya enfrentado la cristiandad occidental: la  brujer&iacute;a.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font size="3" face="Arial, Helvetica, sans-serif"> Pero la exposici&oacute;n de un tema com&uacute;n no ha dejado de advertir  mutaciones espaciales   y temporales: la caza de brujas no fue igual en el siglo XV  que durante sus &uacute;ltimos   estallidos significativos en el siglo XVII; y la diversidad  se enriquece en tanto son las   fronteras geogr&aacute;ficas las que se imponen. Campagne, en pos  de su objetivo, se ha concentrado   en el caso espa&ntilde;ol, donde la demonolog&iacute;a radical  temprano-moderna permaneci&oacute; en   los m&aacute;rgenes del discurso oficial. Un interrogante se  impone: &iquest;c&oacute;mo se puede apreciar el   valor de la demonolog&iacute;a en una cultura que la relega a la  periferia? En <i>Homo catholicus</i>,   la respuesta ofrecida fue novedosa: en la Espa&ntilde;a temprano moderna -por  motivos que a&uacute;n   permanecen en el plano de lo hipot&eacute;tico- el &eacute;xito que no  tuvo la <i>apostas&iacute;a preternatural</i>   <i>colectiva </i>s&iacute; lo  tuvo la noci&oacute;n de <i>superstitio</i>, una l&iacute;tote de aquel artefacto teol&oacute;gico-folkl&oacute;rico   llamado &quot;aquelarre&quot;. Sin embargo, el t&iacute;tulo de este nuevo  libro advierte que la figura   de la bruja no permaneci&oacute; ausente: existe una <i>strix hisp&aacute;nica </i>que  merece ser analizada en   tanto modelo <i>sui  generis</i>.</font></p>     <p><font size="3" face="Arial, Helvetica, sans-serif"> Desde un principio, Campagne se&ntilde;ala dos caracter&iacute;sticas  distintivas de la bruja espa&ntilde;ola:   el infanticidio como ocupaci&oacute;n exclusiva, y la relativa  ausencia del <i>sabbat </i>y la idea   de complot que aquella reuni&oacute;n nocturna implica. Respecto al  primer elemento, en el libro   se detallan las m&uacute;ltiples referencias al asesinato de ni&ntilde;os  en la cultura folkl&oacute;rica ib&eacute;rica   que habr&iacute;an configurado este estereotipo, cuya diferencia  principal con los espacios culturales   que s&iacute; adoptaron la noci&oacute;n de crimen colectivo, es que la  elite teologal nunca aport&oacute;   el corpus demonol&oacute;gico que habr&iacute;a transformado a esta  hechicera en miembro de una   gran conspiraci&oacute;n sat&aacute;nica. Pero la exclusividad del  complejo m&iacute;tico de la <i>bruxa </i>se diluye   en tanto Campagne percibe que &eacute;ste se asemeja a extendidos  mitos del imaginario   popular paneuropeo como el demonio infanticida, el  aparecido-vampiro, el cortejo de las   hadas y el esp&iacute;ritu de la pesadilla, todos -seg&uacute;n la teor&iacute;a  de Claude Lecouteux- avatares   espec&iacute;ficos de la arcaica mitolog&iacute;a del <i>Doble</i>.</font></p>     <p><font size="3" face="Arial, Helvetica, sans-serif"> El <i>Doble </i>es, para el argumento del texto, un elemento clave, pues en  aquella creencia   estar&iacute;a el denominador com&uacute;n de estas figuras  preternaturales que acosan a los hombres   modernos y cuyo origen puede rastrearse en un fen&oacute;meno a&uacute;n  m&aacute;s amplio de car&aacute;cter   indoeuropeo. Campagne recuerda que, para la mentalidad  arcaica, el alma es una entidad   m&uacute;ltiple, por lo que, tras la muerte de un cuerpo, el <i>Doble </i>espiritual  se libera y se   constituye en un otro-yo f&iacute;sico que se manifiesta en la  realidad como un ser material. En   el poder de esta mitolog&iacute;a se encontrar&iacute;a, entonces, la  explicaci&oacute;n para entender que la   figura de la <i>bruja-como-demonio-nocturno </i>haya sobrevivido hasta nuestros d&iacute;as,  teniendo   en cuenta que logr&oacute; mantener su individualidad incluso  durante el apogeo del estereotipo   del aquelarre. Por eso, la conclusi&oacute;n de esta &laquo;arqueolog&iacute;a  de la bruja&raquo; es que la bruja   al oeste de los Pirineos no es sino un avatar regional del <i>mahr</i>, una de  las manifestaciones   del <i>Doble</i>, especializado en el acoso nocturno y el infanticidio.</font></p>     <p><font size="3" face="Arial, Helvetica, sans-serif">Pero el an&aacute;lisis ser&iacute;a incompleto sin la referencia a otro  de los complejos m&iacute;ticos de   la pen&iacute;nsula ib&eacute;rica: el saludador, personaje que, aunque  trabajado en <i>Homo catholicus</i>, en el plan de <i>Strix </i>adquiere un rol heur&iacute;stico fundamental.  Aqu&iacute;, a diferencia de la manifestaci&oacute;n hisp&aacute;nica de la figura de la bruja, Campagne resalta que nos  enfrentamos a una originalidad sin parangones en otras regiones fuera de la  pen&iacute;nsula ib&eacute;rica. Nuevamente, el m&eacute;todo comparativo se impone: &iquest;es posible encontrar  v&iacute;nculos entre los saludadores, los chamanes, la mitolog&iacute;a del <i>Doble </i>y los  sistemas arcaicos de posesi&oacute;n? La respuesta es desalentadora: estas creencias s&oacute;lo describen aspectos  tangenciales del fen&oacute;meno, y convertirlas en categor&iacute;as (especialmente la de &laquo;chamanismo&raquo;) es una  pr&aacute;ctica que merece m&aacute;s precauci&oacute;n por parte de las ciencias sociales y su  tendencia a establecer generalidades. Pero parece que la soluci&oacute;n est&aacute; al alcance de la mano al  observar que muchas de las caracter&iacute;sticas principales de los saludadores se encuentran  en un arcaico fondo de creencias mediterr&aacute;neas donde se fusionaron la inmunidad ante animales  venenosos y el culto a los santos. Y a&uacute;n m&aacute;s todav&iacute;a: el saludador parece  responder a la imagen de los <i>cunningmen</i> o <i>wise-folk </i>paneuropeos, cuya traducci&oacute;n al castellano es dificultosa,  pues eran no s&oacute;lo sanadores y herbolarios, sino que tambi&eacute;n inclu&iacute;an  entre sus facultades el poder de adivinar, exorcizar, detectar brujas y neutralizar  maleficios. As&iacute;, Campagne considera que es posible hablar, en el caso de los saludadores, de &laquo;<i>cunning-men </i>ib&eacute;ricos&raquo;.</font></p>     <p><font size="3" face="Arial, Helvetica, sans-serif"> Por &uacute;ltimo, <i>Strix </i>aborda un aspecto que termina de  completar el rompecabezas: &iquest;cu&aacute;les   son las interacciones de estos complejos m&iacute;ticos de larga  data con la mentalidad temprano-   moderna, donde &laquo;el temor a confundir significantes y a  malinterpretar significados   adquiere [...] caracter&iacute;sticas patol&oacute;gicas&raquo;? Campagne refiere  a la idea de que las originalidades   de la figura din&aacute;mica del saludador desafiaron las  herramientas hasta el momento   ofrecidas por una elite teol&oacute;gica poco permeable a los  postulados m&aacute;s radicales de la   demonolog&iacute;a (el modelo agustiniano de superstici&oacute;n y el  pragm&aacute;tico m&eacute;todo de discernimiento   de esp&iacute;ritus). Por eso, la respuesta no fue una inmediata  demonizaci&oacute;n de sus pr&aacute;cticas   (aunque haya habido firmes intentos en esa direcci&oacute;n -los de  Pedro Ciruelo y   Francisco de Vitoria, por ejemplo, que con sus teor&iacute;as <i>ad hoc </i>acerca  del merecimiento de   la gracia rozaron ciertas proposiciones donatistas), pero  tampoco una legitimaci&oacute;n sin   condiciones: si estos <i>cunning-men </i>no eran ni agentes demon&iacute;acos ni  santos, &iquest;qu&eacute; eran? Y   &iquest;cu&aacute;l era la respuesta correcta por parte de los agentes de  la ortodoxia?</font></p>     <p><font size="3" face="Arial, Helvetica, sans-serif"> Para responder estos interrogantes, en el &uacute;ltimo cap&iacute;tulo se  plantean las estrategias   seguidas por los representantes de la religi&oacute;n oficial para  &laquo;capturar el significante&raquo;. Por   un lado, Campagne propone una pista ya considerada en <i>Homo catholicus </i>como  mecanismo   de aculturaci&oacute;n: la m&iacute;mesis fue el camino seguido por muchos  p&aacute;rrocos para &laquo;reducir   el desaf&iacute;o de la otredad&raquo;, intentando reconquistar as&iacute; el  monopolio de lo sagrado en las   &aacute;reas rurales, a veces tan superficialmente cristianizadas  que algunos autores -con los   cuales Campagne acuerda en t&eacute;rminos generales- han hablado  de una <i>recristianizaci&oacute;n de</i>   <i>Europa </i>durante  el Renacimiento. Los resultados de esta estrategia de apropiaci&oacute;n clerical   se demostrar&iacute;an m&aacute;s bien modestos, pero no es balad&iacute; que la  propia Inquisici&oacute;n haya recurrido   a este procedimiento al intentar apropiarse del complejo del  saludador -como lo   demuestra el Santo Oficio portugu&eacute;s en 1609 con el documento <i>Dos Saludadores</i>, en el   que el mism&iacute;simo Dios de los cristianos es considerado como  el saludador por antonomasia.   En definitiva, la Inquisici&oacute;n lusitana cre&oacute; su propio estereotipo:  un saludador que respond&iacute;a   a las exigencias morales de Trento y que poco ten&iacute;a que ver  con los numerosos   <i>cunning-men </i>que  recorr&iacute;an la pen&iacute;nsula sanando enfermedades, detectando brujas y ostentando   prodigios. La soluci&oacute;n fue, entonces, de compromiso: cada  caso deb&iacute;a ser analiza</font><font size="3" face="Arial, Helvetica, sans-serif">do individualmente; se pone en evidencia una vez m&aacute;s el  fracaso de los te&oacute;logos temprano modernos en su intento de imponer un sistema objetivo de  discernimiento.</font></p>     <p><font size="3" face="Arial, Helvetica, sans-serif"> En s&iacute;ntesis, <i>Strix </i>es una contribuci&oacute;n valiosa al campo  historiogr&aacute;fico en que se inscribe   y a la narrativa hist&oacute;rica en general. Las dos partes que lo  constituyen aportan, cada   una, un elemento original. En primer lugar, el <i>debate olvidado </i>es  arqueol&oacute;gicamente recuperado   del silencio para reconocer el verdadero lugar de la <i>lectura rom&aacute;ntica </i>de  las objetivaciones   demonol&oacute;gicas, paradigm&aacute;tica en nuestros d&iacute;as, que se  desentiende de las lecturas   revolucionarias de Michelet y las efectistas inferencias de  Murray. Por otro lado, y   en relaci&oacute;n con el consenso historiogr&aacute;fico que hoy admite  la existencia de una fluida   comunicaci&oacute;n entre las elites culturales y <i>el com&uacute;n</i>, los  complejos m&iacute;ticos ib&eacute;ricos son   debidamente historizados, desde sus or&iacute;genes hasta sus  metamorfosis diacr&oacute;nicas y su   papel en las guerras semi&oacute;ticas de la modernidad temprana.  Si la <i>decifrazione </i>del discurso   supersticioso se mostr&oacute; sugestiva en 2002 para acercarse a  la particular apropiaci&oacute;n del   discurso demonol&oacute;gico en la Espa&ntilde;a moderna, aqu&iacute; se  percibe un paso m&aacute;s en esa direcci&oacute;n,   s&oacute;lo que ahora el desaf&iacute;o es planteado <i>vis-&agrave;-vis </i>a la  demonolog&iacute;a y a su propensi&oacute;n   a buscar afinidades electivas en la cultura folkl&oacute;rica y  resignificarlas.</font></p>     <p><font size="3" face="Arial, Helvetica, sans-serif"><b>Santiago Francisco Pe&ntilde;a</b></font></p>      ]]></body>
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