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</front><body><![CDATA[ <p align="right"><font face="Times New Roman, Times, serif"><b><font size="3">ART&Iacute;CULOS</font></b></font></p>     <p align="left"><font size="4" face="Times New Roman, Times, serif"><b>Las crisis argentinas en perspectiva hist&oacute;rica</b></font></p>     <p align="left">&nbsp;</p>     <p align="left"><font size="3" face="Times New Roman, Times, serif"><b>Eduardo M&iacute;guez</b></font></p>     <p align="left"><font size="2" face="Times New Roman, Times, serif">Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires - Universidad Nacional de Mar del Plata</font></p>     <p align="left">&nbsp;</p>     <p align="left"><font size="3" face="Times New Roman, Times, serif">El concepto de crisis remite a la coyuntura, al tiempo corto, en tanto la perspectiva hist&oacute;rica nos ubica en una duraci&oacute;n m&aacute;s extensa, y en problemas de car&aacute;cter m&aacute;s estructural. Su combinaci&oacute;n presupone, entonces, un punto de vista seg&uacute;n el cual las crisis coyunturales de la Argentina pueden explicarse no en el breve tiempo en que se desarrollan, sino en una perspectiva de m&aacute;s largo plazo. La opci&oacute;n ejemplarmente adoptada por Tulio Halperin Donghi en <i>La larga agon&iacute;a de la argentina peronista</i>, de desarrollar las hip&oacute;tesis explicativas inmersas en el an&aacute;lisis del &quot;recitativo de la coyuntura&quot;, donde pueden aparecer matizadas y combinadas con elegancia, requiere m&aacute;s espacio del que aqu&iacute; dispongo. Por ello, en estas p&aacute;ginas intentar&eacute; abordar de manera concisa y por lo tanto m&aacute;s bien esquem&aacute;tica algunos elementos estructurales que pueden ser considerados claves de las recurrentes crisis que ha sufrido la Argentina.<a href="#1"><sup>1</sup></a></font></p>      <p align="left"><font size="3" face="Times New Roman, Times, serif">El eje de la discusi&oacute;n ser&aacute; m&aacute;s bien el segundo de nuestros siglos de vida, y en lo que respecta a la naturaleza pol&iacute;tica o econ&oacute;mica de las crisis a tratar, si bien pueden identificarse din&aacute;micas propiamente econ&oacute;micas que han conducido a coyunturas de fuerte desequilibrio, lo que ha caracterizado a la Argentina en su largo per&iacute;odo cr&iacute;tico del siglo XX ha sido una conjunci&oacute;n entre el ciclo econ&oacute;mico y la evoluci&oacute;n de la pol&iacute;tica, en la que &eacute;sta parece predominar sobre el primero. Salvo en 1930, donde la crisis pol&iacute;tica fue o bien aut&oacute;noma, o bien dependiente de la econ&oacute;mica -pero seguramente no a la inversa-, las grandes crisis de la econom&iacute;a argentina -de 1975, 1989 y 2001; las que por su envergadura empeque&ntilde;ecieron a las restantes- siempre tuvieron un fuerte elemento pol&iacute;tico en su desarrollo. En tanto, otras crisis pol&iacute;ticas de similar intensidad (1943, 1945, 1955, 1966, 1982) no repercutieron en la econom&iacute;a de forma tan dram&aacute;tica como aquellas, aunque no por ello crearon una zozobra tanto menor.</font></p>      <p align="left"><font size="3" face="Times New Roman, Times, serif">Finalmente, es necesario evitar la tendencia a mirar el desarrollo local de un modo exclusivo centrado en s&iacute; mismo. Una buena porci&oacute;n de los procesos que afectaron a estas tierras fue parte de tendencias bastante m&aacute;s amplias, tanto regionales como m&aacute;s abarcadoras aun. Para poner s&oacute;lo algunos ejemplos: el mercadointernismo despu&eacute;s de 1930; el alza del poder sindical hasta comienzos de la d&eacute;cada de 1970 y su posterior debilitamiento; la politizaci&oacute;n radical de los sectores medios en los a&ntilde;os sesenta y setenta; el brutal autoritarismo represivo de los tard&iacute;os a&ntilde;os 19'70; el ciclo inflacionario; las pol&iacute;ticas liberalizantes de la d&eacute;cada de 1990 y la posterior reacci&oacute;n contraria, entre muchos otros. Sin embargo, como recordaba Jacques Sol&eacute; en un reciente libro sobre las revoluciones de fines del siglo XVIII, hay una conjunci&oacute;n de elementos comunes a estos procesos &quot;globales&quot;, y de rasgos propios determinados en cada caso por las caracter&iacute;sticas del contexto en el que se desarrollan. Lo que nos devuelve al problema de los factores coyunturales y estructurales. Porque si las tendencias m&aacute;s amplias definen ciertas coyunturas, los rasgos estructurales le dan la especificidad al fen&oacute;meno en un contexto concreto. Un buen punto, entonces, para dejar las consideraciones generales y pasar a mirar ya de lleno las crisis argentinas.</font></p>      <p align="left"><font size="3" face="Times New Roman, Times, serif"><b>El sistema pol&iacute;tico</b></font></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="left"><font size="3" face="Times New Roman, Times, serif">Cuando la crisis de 1808 / 1810 derrumb&oacute; el sistema mon&aacute;rquico en el R&iacute;o de la Plata con sorprendente facilidad, mostr&oacute; las d&eacute;biles bases en que estaba asentado. Nada estable, sin embargo, ha podido reemplazarlo desde entonces. A lo largo del siglo XIX, la confrontaci&oacute;n entre facciones de la elite s&oacute;lo pudo resolverse mediante la guerra, lo que abri&oacute; la puerta al protagonismo de los sectores subalternos en el llamado r&eacute;gimen de caudillos. Esto retrajo el espacio de los proyectos que buscaban definir el poder sobre bases nomol&oacute;gicas, lo que en esencia signific&oacute; la falta de l&iacute;mites precisos a su ejercicio. Finalmente, hacia el &uacute;ltimo tercio del siglo se estabiliz&oacute; un marco institucional y se restringi&oacute; la participaci&oacute;n popular. Pero el sistema pol&iacute;tico flaqueaba por la inexistencia de un mecanismo que permitiera resolver las disputas entre facciones olig&aacute;rquicas, y por la p&eacute;rdida de legitimidad de esas facciones frente a una sociedad cada vez m&aacute;s compleja. La reforma de 1912 parec&iacute;a resolver el problema, pero el abuso de las intervenciones federales, del clientelismo pol&iacute;tico, etc., muestra hasta qu&eacute; punto result&oacute; dif&iacute;cil aun en aquella etapa evitar la tendencia a una excesiva concentraci&oacute;n del poder. El golpe de 1930 puede verse, en cierto sentido, como el reflejo local de la erosi&oacute;n de la democracia en buena parte del mundo occidental, pero al crear un r&eacute;gimen con legitimidad endeble, abri&oacute; la puerta para la construcci&oacute;n de un proyecto pol&iacute;tico de bases sociales amplias pero escasamente preocupado por el equilibrio institucional.</font></p>      <p align="left"><font size="3" face="Times New Roman, Times, serif">El sistema pol&iacute;tico que desde all&iacute; emergi&oacute; ha perdurado con variantes hasta nuestros d&iacute;as. El peronismo ha sabido construir apoyo popular mayoritario, pero se ha mostrado incapaz de respetar los l&iacute;mites institucionales del poder, tendiendo a su prolongaci&oacute;n personalista en el tiempo y trasgrediendo los equilibrios y contrapesos republicanos. Hasta 1983, la reacci&oacute;n se expres&oacute; a trav&eacute;s de golpes militares, que si en 1955, 1962 y 1971 se postularon como la restauraci&oacute;n democr&aacute;tica, y en 1966 la preve&iacute;an en un proyecto de largo plazo, para 1976 la politizaci&oacute;n de las Fuerzas Armadas llev&oacute; a una imposible convivencia de proyectos autoritarios de ultraderecha, liberal-conservadores y neopopulistas, aunados s&oacute;lo por la brutal represi&oacute;n a la izquierda y a sectores peronistas. La otra alternativa, un r&eacute;gimen electoral con proscripci&oacute;n del sector mayoritario, compart&iacute;a con los reg&iacute;menes militares la irremediable falta de legitimidad que llev&oacute; a estos intentos a sus inevitables crisis.<a href="#2"><sup>2</sup></a> Desde 1983, en cambio, fue el consenso electoral el que en ese mismo a&ntilde;o, en 1997, en 1999 y en 2009, expres&oacute; la voluntad de mantener mayor respeto a las instituciones y equilibrios republicanos, pero hasta ahora ni la sociedad (sectores econ&oacute;micos, sindicatos, clientelas pol&iacute;ticas, etc.), ni los gobiernos emergentes, ni el peronismo en la oposici&oacute;n, han sabido mantener la gobernabilidad en ausencia de una concentraci&oacute;n de poder que desaf&iacute;e los l&iacute;mites institucionales. A su vez, la concentraci&oacute;n de poder visible en los gobiernos de Menem y de los Kirchner (con estilos bien diferentes), ha generado con el tiempo una reacci&oacute;n contraria, que termina erosionando ese mismo poder, y conduciendo a la derrota electoral.</font></p>      <p align="left"><font size="3" face="Times New Roman, Times, serif">En cierto sentido, desde 1983 el grado de anomia social ha hecho imposible el funcionamiento de un sistema pol&iacute;tico estable, a la vez que amplios sectores sociales han restado consenso a una concentraci&oacute;n del poder excesiva. As&iacute;, ni la democracia republicana, ni el hegemonismo populista (cierto es, bastante moderado en relaci&oacute;n con otras experiencias pasadas o ajenas) logran estabilizar bases de poder. Aunque con considerables cambios, la sociedad argentina sufre una notable debilidad institucional, que oscila entre el abuso del poder y la ingobernabilidad desde 1930. En este contexto, sin embargo, la consolidaci&oacute;n democr&aacute;tica es un fen&oacute;meno notable. Desde 1912 se ha mantenido una considerable transparencia electoral (salvo, claro, la d&eacute;cada de 1930, e independientemente de las proscripciones de los a&ntilde;os cincuenta y sesenta): si desde 1810 hasta 1955 s&oacute;lo en casos muy excepcionales el gobierno perdi&oacute; elecciones, y desde entonces hasta 1983 la mayor&iacute;a de las elecciones fueron muy condicionadas, desde 1983 la derrota electoral del gobierno se ha hecho frecuente y aceptada por &eacute;ste como nunca antes. Otro avance democr&aacute;tico desde 1983 es la renuencia al uso de las intervenciones federales como instrumento pol&iacute;tico. Lo que nos lleva a un segundo punto en nuestra revisi&oacute;n de los factores de las crisis.</font></p>      <p align="left"><font size="3" face="Times New Roman, Times, serif"><b>El problema del federalismo</b></font></p>      <p align="left"><font size="3" face="Times New Roman, Times, serif">La desaparici&oacute;n del poder mon&aacute;rquico tambi&eacute;n desnud&oacute; el problema del equilibrio regional del poder. La crisis minera y la p&eacute;rdida del Alto Per&uacute;, junto a la expansi&oacute;n territorial y productiva, hicieron que Buenos Aires, que ya era el mayor y m&aacute;s din&aacute;mico centro urbano y cultural, y pose&iacute;a la fuente casi excluyente de ingresos fiscales a trav&eacute;s del puerto, se transformara adem&aacute;s en la econom&iacute;a m&aacute;s rica y din&aacute;mica de la regi&oacute;n. Las muy modestas d&aacute;divas de la Buenos Aires rosista a otras provincias seguramente compensaban en alta medida su acaparamiento de derechos de aduana en el comercio que ellas generaban, ya que el grueso de los ingresos proven&iacute;a de la fuerte concentraci&oacute;n de la capacidad de participaci&oacute;n en los mercados externos en Buenos Aires, y, en magnitud algo menor, en el litoral. Tal vez por ello, mientras el Interior fue en buena medida pobre con resignaci&oacute;n, el conflicto pol&iacute;tico m&aacute;s intenso se concentr&oacute; en esta &uacute;ltima regi&oacute;n. Las elites porte&ntilde;as, sin embargo, nunca aceptaron renunciar a un proyecto hegem&oacute;nico que abarcara la parte del desmembrado virreinato que a&uacute;n les era accesible. Cuando por fin lograron concretarlo luego de 1861, debieron pagar un doble precio. El pol&iacute;tico consisti&oacute; en una arquitectura del poder en la que provincias pobres y despobladas adquirieron un peso significativo en la alianza dominante y en la toma de decisiones. El material consisti&oacute; en una constante y creciente transferencia de recursos no s&oacute;lo fiscales (por ejemplo, a trav&eacute;s de la protecci&oacute;n tarifaria de econom&iacute;as regionales).</font></p>      <p align="left"><font size="3" face="Times New Roman, Times, serif">Los efectos pol&iacute;ticos pueden haber incidido en la paradoja que mencion&aacute;bamos m&aacute;s arriba. ¿Cu&aacute;nto pes&oacute; en la imposibilidad de encontrar un equilibrio la distancia entre una sociedad que se renov&oacute; con el crecimiento econ&oacute;mico y la inmigraci&oacute;n (en Buenos Aires, La Pampa y Patagonia, Entre R&iacute;os, Santa Fe, C&oacute;rdoba y Mendoza) y otra de cambio mucho m&aacute;s lento?<a href="#3"><sup>3</sup></a> Especialmente si, como quiere la tesis germaniana, esa sociedad m&aacute;s tradicional irrumpi&oacute; en la pol&iacute;tica de los centros urbanos renovados a trav&eacute;s de la migraci&oacute;n interna. ¿Podr&iacute;a haberse logrado, m&aacute;s temprano o m&aacute;s tarde, la incorporaci&oacute;n de los herederos de la vieja guardia sindical a un juego pol&iacute;tico que acatara mejor los l&iacute;mites institucionales en un contexto sociopol&iacute;tico m&aacute;s homog&eacute;neo?</font></p>      <p align="left"><font size="3" face="Times New Roman, Times, serif">Los efectos del costo material abren una interesante discusi&oacute;n en otro plano. ¿Hubiera bastado con limitar el endeudamiento e incrementar la productividad de la inversi&oacute;n privada y sobre todo p&uacute;blica para que la Argentina alcanzara antes de la crisis de 1930 una inserci&oacute;n irreversible en el club del desarrollo? No hay duda de que ambos objetivos se hubieran visto muy favorecidos si se evitaba la financiaci&oacute;n pol&iacute;tica de la unidad nacional. Por ejemplo, si Buenos Aires tras Pav&oacute;n hubiera roto los acuerdos de San Jos&eacute; de Flores para optar por la independencia, en lugar de hegemonizar una naci&oacute;n unificada (algo no impensable si el triunfo no hubiera ocurrido bajo la gobernaci&oacute;n de Mitre). Subyace en esta l&iacute;nea de interpretaci&oacute;n la idea de que si la Argentina no hubiera podido evitar procesos globales como los ya mencionados, sus efectos hubieran sido menos dram&aacute;ticos en una econom&iacute;a m&aacute;s s&oacute;lida.</font></p>      <p align="left"><font size="3" face="Times New Roman, Times, serif"><b>El estancamiento econ&oacute;mico</b></font></p>      <p align="left"><font size="3" face="Times New Roman, Times, serif">Lo cual nos trae al otro gran tema (junto con el peronismo) de la historia argentina del siglo XX. No hay espacio aqu&iacute; para volver sobre la revisi&oacute;n de las grandes interpretaciones sobre el fracaso econ&oacute;mico, pero no hay duda de que, sea por causas pol&iacute;ticas o espec&iacute;ficamente econ&oacute;micas, la <i>performance</i> de la econom&iacute;a argentina no ha sido buena en el siglo XX. En otro lado he puesto a consideraci&oacute;n la hip&oacute;tesis de que en parte el relativo estancamiento posterior a 1930 fue el ajuste a su propia capacidad productiva de una econom&iacute;a que hab&iacute;a crecido gracias a una bonanza de recursos naturales m&aacute;s all&aacute; de lo que sus desarrollos humano e institucional hac&iacute;an previsible. Con independencia de cuanto haya de cierto en esta hip&oacute;tesis, sin embargo la <i>performance</i> argentina a partir de mediados del siglo XX, y la recurrente gravedad de sus crisis econ&oacute;mico-institucionales, ponen con claridad de manifiesto que esa explicaci&oacute;n es insuficiente. En aquel trabajo propon&iacute;a que, debilitado el peso relativo del subsidio de ingresos generado por una renta agraria extraordinaria, la puja distributiva habr&iacute;a creado un conflicto pol&iacute;tico que al distorsionar el marco institucional, terminar&iacute;a afectando la productividad y la estabilidad econ&oacute;mico-institucional. Gerchunoff y Llach, en cambio, argumentaron que el hecho de que los productos de exportaci&oacute;n formaran la canasta b&aacute;sica alimentaria llev&oacute; a pol&iacute;ticas que, a trav&eacute;s de alimentos baratos, beneficiaban a los consumidores y a la industria, pero perjudicaban a los sectores exportadores de mayor productividad, limitando el crecimiento.<a href="#4"><sup>4</sup></a> Ambas hip&oacute;tesis no son excluyentes, pero es necesario considerar otros factores para una explicaci&oacute;n m&aacute;s completa.</font></p>      <p align="left"><font size="3" face="Times New Roman, Times, serif">Es poco sorprendente que el crecimiento econ&oacute;mico de un pa&iacute;s con modesto desarrollo cient&iacute;fico-tecnol&oacute;gico, institucional y de su mercado interno, sea dependiente del comercio exterior.<a href="#5"><sup>5</sup></a> Si el creciente vuelco a pol&iacute;ticas centradas en el mercado interno entre la Gran Depresi&oacute;n y el fin de la Segunda Guerra Mundial puede explicarse por un contexto ideol&oacute;gico internacional favorables a ellas, y uno econ&oacute;mico que restring&iacute;a mucho las opciones, pareciera que los problemas m&aacute;s espec&iacute;ficos de la Argentina comenzaron con su reticencia a sumarse al mundo cuando los efectos de la conflagraci&oacute;n dieron paso al gran ciclo expansivo entre la guerra y la crisis del petr&oacute;leo. Los datos sugieren que en medio de la debacle mundial de las d&eacute;cadas de 1930 y 1940, la pobre <i>performance</i> argentina del per&iacute;odo no la distanci&oacute; de los pa&iacute;ses m&aacute;s desarrollados. En cambio, si este pa&iacute;s tuvo una p&eacute;sima posguerra (desde 1948), su razonable crecimiento entre 1958 y 1973 queda desdibujado por ser muy modesto en relaci&oacute;n con la mayor parte del mundo occidental. La v&iacute;a explicativa que pone acento en circunstancias aleatorias, como el boicot norteamericano de la inmediata posguerra, o bien debe postular una notable coincidencia de infortunios, o reconocer que circunstancias m&aacute;s de fondo afectaron a la Argentina en plazos m&aacute;s prolongados. El crecimiento general de Am&eacute;rica Latina fue pobre entre la crisis del petr&oacute;leo y fines de los a&ntilde;os ochenta, pero el estancamiento argentino de esa &eacute;poca fue dram&aacute;tico, mostrando una notable inconsistencia en sus pol&iacute;ticas econ&oacute;micas. Por alguna raz&oacute;n, las circunstancias y pol&iacute;ticas poco favorables al crecimiento que afectaron a Am&eacute;rica Latina en esta etapa fueron mucho peores para la Argentina.</font></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="left"><font size="3" face="Times New Roman, Times, serif">Las reformas de los a&ntilde;os noventa, m&aacute;s all&aacute; de sus propios problemas, parec&iacute;an poner fin a una etapa de la Argentina, hasta el punto que un esc&eacute;ptico Tulio Halperin Donghi conclu&iacute;a su obra citada de 1994 se&ntilde;alando que finalmente el pa&iacute;s sufr&iacute;a la dura intemperie en lugar de su oscuro callej&oacute;n. ¿Puede colegirse que la crisis de 2001 y 2002 y el gobierno de los Kirchner, al intentar reconstruir el Estado &aacute;rbitro y la coalici&oacute;n cl&aacute;sica entre el gobierno, los sindicatos y el empresariado prebendario, desmienten que la agon&iacute;a de la Argentina peronista haya en efecto terminado? Sin duda, es esta una discusi&oacute;n demasiado viva para poder desarrollarla aqu&iacute; &quot;en perspectiva hist&oacute;rica&quot;. En todo caso, parece posible argumentar que es in&uacute;til regresar al pasado las manecillas del reloj, y que si fuera cierto que el kirchnerismo ensaya responder a los desaf&iacute;os del presente reeditando pol&iacute;ticas del pasado, est&aacute; destinado al fracaso. Conservando, en cambio, una perspectiva de m&aacute;s larga duraci&oacute;n, parece m&aacute;s factible sostener que la econom&iacute;a argentina sigue presa de la inestabilidad institucional. Si una vez m&aacute;s el envi&oacute;n exportador empuj&oacute; a tasas de crecimiento que en menos tiempo del previsto salvaron las p&eacute;rdidas de la crisis de 2001 y 2002 (aunque de nuevo el saldo de largo plazo sigue siendo exiguo al extremo), la ausencia de cualquier consenso sobre la orientaci&oacute;n futura de la econom&iacute;a, en un contexto de p&eacute;rdida de mayor&iacute;a electoral y en el Congreso por parte del oficialismo, pone m&aacute;s incertidumbre en la econom&iacute;a local que la que proviene del inestable contexto externo.</font></p>      <p align="left"><font size="3" face="Times New Roman, Times, serif"><b>La crisis social</b></font></p>      <p align="left"><font size="3" face="Times New Roman, Times, serif">Entre tanto, las evoluciones econ&oacute;micas local y externa han puesto en crisis uno de los rasgos m&aacute;s optimistas de la sociedad argentina. Desde muy temprano, en especial en la Regi&oacute;n Pampeana, la cl&aacute;sica ecuaci&oacute;n de abundancia de recursos naturales y escasez de mano de obra, sin una poblaci&oacute;n ind&iacute;gena sometida, y con poca presencia de una aut&eacute;ntica aristocracia dada la marginalidad de la regi&oacute;n, hab&iacute;a creado una sociedad menos desigual que otras de la &eacute;poca. La inmigraci&oacute;n y la movilidad social reforzaron los trazos igualitarios, que se hicieron aun m&aacute;s pronunciados cuando la democracia pol&iacute;tica instaurada por el voto popular despu&eacute;s de 1912 tendi&oacute; a circunscribir el peso de la aristocracia pol&iacute;tica que gobern&oacute; el pa&iacute;s desde 1852 (reforzada en 1861 y 1880). Si el golpe de 1930 ha sido identificado con una reacci&oacute;n conservadora (cuya eficacia es por cierto discutible), no hay duda de que el peronismo termin&oacute; por consolidar una sociedad en la que las barreras sociales eran muchos m&aacute;s permeables que en la mayor&iacute;a de los pa&iacute;ses de la regi&oacute;n. Aunque esto no garantizaba la armon&iacute;a social, dio lugar a un orden que en su sociabilidad cotidiana luc&iacute;a rasgos de cierta democracia e integraci&oacute;n social.</font></p>      <p align="left"><font size="3" face="Times New Roman, Times, serif">&Eacute;sta, sin embargo, sobrevivir&iacute;a mal al estancamiento econ&oacute;mico. Si el efecto de largo plazo de las reformas de los a&ntilde;os noventa en la econom&iacute;a son un campo de debate, lo es menos que el per&iacute;odo puso al descubierto cambios en la sociedad que implican sin duda el fin de un ciclo. Aunque no es f&aacute;cil encontrar un correlato emp&iacute;rico a los agoreros pron&oacute;sticos que la clase media formula de un modo reiterdo sobre s&iacute; misma desde entonces, y la evoluci&oacute;n del consumo no contribuye a hacerlo, s&iacute; es evidente que la desigualdad se ha incrementado a niveles que debilitan la cohesi&oacute;n social, lo que se refleja en la fuerte preocupaci&oacute;n por el delito. Sin duda ello contribuy&oacute; a que las crisis de 1989 y de 2001 y 2002 tuvieran una dram&aacute;tica dimensi&oacute;n social no vista en la argentina del siglo XX (reflejada m&aacute;s que en los medi&aacute;ticos y manipulables saqueos, en la pobreza y privaci&oacute;n que causaron<a href="#6"><sup>6</sup></a>). Las causas del fen&oacute;meno son complejas. Ante todo, una porci&oacute;n sustantiva tiene un trasfondo mucho m&aacute;s amplio que el pa&iacute;s. El crecimiento de la desigualdad ha afectado a buena parte del mundo occidental en tiempos recientes, con una intensidad que s&oacute;lo puede ser contenida por los m&aacute;s eficaces sistemas de seguridad social. Entre sus causas puede sindicarse la incorporaci&oacute;n al mercado internacional de una nutrida mano de obra de muy bajo costo, sobre todo (pero no s&oacute;lo) en Oriente; cambios en la estructura de la demanda laboral debida a las transformaciones tecnol&oacute;gicas; y el llamado desmantelamiento del Estado de bienestar.</font></p>      <p align="left"><font size="3" face="Times New Roman, Times, serif">En la Argentina, el estancamiento y las crisis econ&oacute;micas agudizaron el fen&oacute;meno, en un proceso complejo. Si la tendencia es visible desde los a&ntilde;os setenta, en la etapa de econom&iacute;a relativamente cerrada pero estancada de los a&ntilde;os ochenta la desigualdad y la pobreza crecieron de manera moderada, hasta que la crisis de 1989 las proyect&oacute; a niveles dram&aacute;ticos. La recuperaci&oacute;n de comienzos de los a&ntilde;os noventa recompuso s&oacute;lo parcialmente la situaci&oacute;n, que empeor&oacute; de manera decidida, junto con el desempleo, desde mediados de esa d&eacute;cada, cuando la apertura econ&oacute;mica hizo que el fen&oacute;meno mundial impactara en la Argentina con dureza, agravado por una tasa cambiaria fija y relativamente alta. El estancamiento de fines de la d&eacute;cada, sin flexibilidad cambiaria, deterior&oacute; m&aacute;s la situaci&oacute;n, que se hizo dram&aacute;tica con la crisis de 2001 y 2002. Los efectos m&aacute;s tremendos se atenuaron con la recuperaci&oacute;n posterior, pero la perduraci&oacute;n de una estructura social mucho menos integrada muestra que las pol&iacute;ticas que intentaron mantener una baja valorizaci&oacute;n del peso con una inflaci&oacute;n medianamente controlada (al menos, de cara a la de los a&ntilde;os setenta y ochenta), y la declarada voluntad de reducir la desigualdad, son insuficientes para revertir tendencias que parecen enraizadas en cambios estructurales.</font></p>      <p align="left"><font size="3" face="Times New Roman, Times, serif">Estos cambios no afectan s&oacute;lo a los sectores de menores ingresos. Aunque el peso relativo de los sectores medios en el conjunto poblacional sea dif&iacute;cil de medir -ante todo, porque la integraci&oacute;n de esos sectores es dif&iacute;cil de definir- parece percibirse una segmentaci&oacute;n de su integraci&oacute;n. La globalizaci&oacute;n ha favorecido que sectores m&aacute;s competitivos acercaran sus pautas de vida a est&aacute;ndares internacionales, en tanto quienes se integran mal en los mercados afectados por las nuevas tecnolog&iacute;as han sido golpeados por la inestabilidad laboral que afect&oacute; tambi&eacute;n a muchos sectores trabajadores. Sin perder su integraci&oacute;n en los sectores medios -una identidad, una cultura- buscan sobrevivir en peque&ntilde;os nichos, muy afectados por el ciclo econ&oacute;mico. En este contexto, la educaci&oacute;n juega un papel clave en la transmisi&oacute;n de la pertenencia social.</font></p>      <p align="left"><font size="3" face="Times New Roman, Times, serif">Y aqu&iacute; tambi&eacute;n se hace visible un rasgo del creciente debilitamiento de la integraci&oacute;n social, que si no es exclusivamente local, s&iacute; ha impactado en el pa&iacute;s con notable crudeza. Aunque la demanda educativa ha crecido de manera sostenida, una parte sustantiva de ella ha pasado a ser satisfecha por la oferta privada. Esto ha sido acompa&ntilde;ado por una creciente diferenciaci&oacute;n de calidad dentro de ella, y con la gratuidad de los niveles primario y secundario de la oferta estatal. Seguramente, m&aacute;s por el deterioro relativo de la segunda (con notables excepciones) que por la superaci&oacute;n de la primera. La explicaci&oacute;n no s&oacute;lo debe tener en cuenta la limitada inversi&oacute;n del sector p&uacute;blico, sino en especial su mala calidad (por ejemplo, los salarios docentes son iguales, si no algo inferiores en el sector privado, pero la responsabilidad en el desempe&ntilde;o de las funciones es creciente en relaci&oacute;n con el costo de la matr&iacute;cula). Asimismo, la migraci&oacute;n de los sectores medios que se apartan de la sospechosa oferta estatal ha tendido a profundizar una segmentaci&oacute;n educativa que en &quot;la argentina peronista&quot; era bastante m&aacute;s limitada. En la universidad, en cambio, cada vez m&aacute;s masiva, dejando de lado la novedosa pero min&uacute;scula educaci&oacute;n privada de elite, buena parte de la restante funciona como una alternativa accesible a quienes encuentran dif&iacute;cil hacer frente a las demandas intelectuales y burocr&aacute;ticas de la universidad p&uacute;blica. En todo caso, toda la oferta universitaria sigue siendo de muy dif&iacute;cil acceso a los sectores de bajos ingresos.</font></p>      <p align="left"><font size="3" face="Times New Roman, Times, serif">El problema de la inversi&oacute;n p&uacute;blica en educaci&oacute;n es s&oacute;lo una dimensi&oacute;n del problema del gasto social. En realidad, las estimaciones sobre la inversi&oacute;n social (educaci&oacute;n, salud, seguridad social, vivienda, programas contra la pobreza, etc.) muestran que si &eacute;sta se redujo durante el gobierno militar de manera importante (tanto como porcentaje del PBI como del gasto p&uacute;blico), se recuper&oacute; algo al menos como porcentaje del presupuesto en los a&ntilde;os ochenta (aunque creci&oacute; poco en t&eacute;rminos absolutos), pero en los a&ntilde;os noventa creci&oacute; en t&eacute;rminos absolutos y relativos al PBI y al presupuesto.<a href="#7"><sup>7</sup></a> Esto abre preguntas sobre lo significado de la llamada crisis del Estado de bienestar. Se ha argumentado que en tanto los servicios y asistencias sociales p&uacute;blicos no han disminuido, la reducci&oacute;n de la intervenci&oacute;n estatal en la econom&iacute;a (Estado keynesiano) es lo que ha afectado los niveles de empleo, pobreza y segmentaci&oacute;n social. Pero este cambio en el comportamiento del Estado, creo que, m&aacute;s que a ideolog&iacute;as, est&aacute; asociado a los cambios tecnol&oacute;gicos y del mercado mundial de trabajo, lo que ha significado una transferencia de ingresos desde los trabajadores menos calificados de pa&iacute;ses de alto y mediano desarrollo (como buena parte de Am&eacute;rica Latina), hacia los reci&eacute;n llegados al capitalismo en Asia y &Aacute;frica, y hacia los trabajadores mejor calificados en todo el mundo. En los pa&iacute;ses de mayor desarrollo, el deterioro de la situaci&oacute;n relativa de los trabajadores de menor calificaci&oacute;n es disimulado por el fen&oacute;meno migratorio, que hace que esta fuerza laboral colectivamente peor ubicada de lo que estaba en d&eacute;cadas anteriores perciba de hecho mejoras en t&eacute;rminos personales respecto de la situaci&oacute;n premigratoria.<a href="#8"><sup>8</sup></a> Los cambios en las pol&iacute;ticas estatales parecen responder, mejor o peor, a esta situaci&oacute;n.</font></p>      <p align="left"><font size="3" face="Times New Roman, Times, serif">Atemperar los efectos de las transformaciones socioecon&oacute;micas que se est&aacute;n produciendo a escala mundial exige una inversi&oacute;n p&uacute;blica social alta y de calidad, que a su vez requiere una econom&iacute;a pujante y un Estado eficiente. En tanto que otros pa&iacute;ses de la regi&oacute;n, en especial Chile, parecen avanzar en ese camino, reduciendo de modo paulatino la pobreza y la marginalidad que hab&iacute;an alcanzado niveles muy altos durante la dictadura a fines de los a&ntilde;os setenta y comienzos de los ochenta, en Argentina, al menos desde 1975, la inestabilidad econ&oacute;mica, asociada a la conflictividad pol&iacute;tica, ha conducido crecientemente a la fractura social, y los gobiernos democr&aacute;ticos de cualquier signo s&oacute;lo han encontrado paliativos transitorios y poco eficaces.<a href="#9"><sup>9</sup></a> Lo cual es poco sorprendente, en el marco de una econom&iacute;a espasm&oacute;dica y de la ausencia de un consenso sociopol&iacute;tico que estabilice la gobernabilidad y afiance instituciones que est&eacute;n m&aacute;s all&aacute; de las demandas pol&iacute;ticas coyunturales del gobierno de turno.</font></p>      <p align="left"><font size="3" face="Times New Roman, Times, serif"><b>Ideolog&iacute;a y desarrollo</b></font></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="left"><font size="3" face="Times New Roman, Times, serif">El problema nos devuelve al fondo de la cuesti&oacute;n. M&aacute;s all&aacute; de las dificultades espec&iacute;ficamente econ&oacute;micas que la Argentina ha debido enfrentar en su problem&aacute;tico segundo siglo de vida, la profundidad y la recurrencia de sus crisis sugieren, seg&uacute;n hemos tratado de argumentar, que es la falta de acuerdos b&aacute;sicos de gobernabilidad lo que ha determinado el estancamiento y la reiteraci&oacute;n de las crisis pol&iacute;tico-econ&oacute;micas. Si as&iacute; fuera, ¿qu&eacute; es lo que hace que la Argentina no logre encontrar, ni en el autoritarismo ni en la democracia, una f&oacute;rmula adecuada para estabilizar un sistema pol&iacute;tico que a su vez logre encauzar la econom&iacute;a? Desde los trabajos de Mancur Olson, al menos, economistas y polit&oacute;logos han intentado explicar el comportamiento social desde la perspectiva de la elecci&oacute;n racional individual: la del <i>homo oeconomicus</i>. La conclusi&oacute;n de estos intentos, sin embargo, como se ve entre otras en las obras m&aacute;s recientes de Douglass North,<a href="#10"><sup>10</sup></a> es que en ausencia de consensos colectivos que den previsibilidad al cumplimiento de las normas, los costos de hacer cumplir los contratos har&iacute;an la colaboraci&oacute;n social impracticable. En otras palabras, la sociedad y los mercados son posibles no s&oacute;lo ya por la b&uacute;squeda del beneficio individual, sino tambi&eacute;n por la existencia de acuerdos b&aacute;sicos de convivencia, a los que bien podr&iacute;amos llamar ideolog&iacute;as. ¿Radica aqu&iacute; la causa de las reiteradas crisis de la Argentina? ¿En una disfuncionalidad de la ideolog&iacute;a dominante para el crecimiento y desarrollo, y la estabilidad institucional?</font></p>      <p align="left"><font size="3" face="Times New Roman, Times, serif">Esta, sin duda, es una l&iacute;nea de reflexi&oacute;n que encierra los viejos peligros de las explicaciones culturalistas. Por un lado, considerar a la cultura algo est&aacute;tico, &quot;la cultura como destino&quot;, en palabras de Jeremy Adelman. Por otro, la cultura se presta a ser un <i>Deus ex machina</i> que resuelve de un plumazo nuestra incapacidad para dar una explicaci&oacute;n mejor fundada de un cierto fen&oacute;meno, dando lugar a interpretaciones en las que suelen predominar s&oacute;lo los prejuicios de quienes las formulan. Pero, ¿es evitable pensar que hay algo en la ideolog&iacute;a, en la sociabilidad, en la cultura pol&iacute;tica de la Argentina, que ha entorpecido la posibilidad de encontrar una ecuaci&oacute;n pol&iacute;tica y econ&oacute;mica exitosa, que aviente el peligro de las recurrentes crisis y del estancamiento? Es esta una pregunta destinada a no tener respuesta. Porque si no existe un &uacute;nico camino hacia la estabilidad institucional y cierta regularidad en el crecimiento econ&oacute;mico, lo que podr&iacute;amos llamar &quot;desarrollo&quot;, sino casi tantas v&iacute;as posibles como sociedades que han alcanzado estos logros, tampoco hay una cultura espec&iacute;fica que conduzca a &eacute;l. Es una compleja conjunci&oacute;n de factores que han hecho que la Argentina no encuentre un rumbo que le permita superar el peligro de sus crisis recurrentes. Entre ellos, es probable que ciertos rasgos culturales hayan jugado un papel en mantener un equilibrio poco favorable a la estabilidad y al crecimiento regular. Pero estos rasgos no son parte de la naturaleza de una sociedad, sino el resultado de procesos hist&oacute;ricos, y sus efectos en el comportamiento pol&iacute;tico y econ&oacute;mico tambi&eacute;n son variables seg&uacute;n las circunstancias. De forma tal que a la vez que los rasgos culturales cambian, los mismos que en determinado momento pueden pesar en contra de la estabilidad y el crecimiento, en otro contexto pueden tener efectos muy diferentes.</font></p>      <p align="left"><font size="3" face="Times New Roman, Times, serif"><b>El laberinto social</b></font></p>      <p align="left"><font size="3" face="Times New Roman, Times, serif">Si en efecto la Argentina hubiera logrado salir de su callej&oacute;n con la crisis de 1989, m&aacute;s que la dura intemperie que parec&iacute;a avecinarse con una brutal integraci&oacute;n al mundo en los tempranos a&ntilde;os 1990, lo que ha seguido parece m&aacute;s bien un laberinto con idas y vueltas sin rumbo claro. Desde luego, carecemos de &quot;perspectivas hist&oacute;ricas&quot; para mirar las crisis del presente. Pero nada sugiere que la distancia entre los sue&ntilde;os de grandeza de los revolucionarios de 1810, que tan pr&oacute;ximos parec&iacute;an en el glorioso Centenario, y la s&oacute;rdida realidad que los argentinos denuestan en esta segunda celebraci&oacute;n de un siglo m&aacute;s de vida nacional, tenga el impacto suficiente para que la sociedad progrese en la b&uacute;squeda de acuerdos que le permitan dejar atr&aacute;s sus crisis, o al menos atemperar las que seguir&aacute;n siendo inevitables.</font></p>         <p align="left"><font size="2" face="Times New Roman, Times, serif"><b>Notas</b></font></p>       <p align="left"><font size="2" face="Times New Roman, Times, serif"><sup><a name="1"></a>1</sup> Dada la brevedad y el formato de esta presentaci&oacute;n, he omitido las referencias a la gran mayor&iacute;a de los numerosos textos que inspiran mi argumento, o que discuten similares problemas con perspectivas diferentes. Esto no implica dejar de reconocer la deuda que el mismo tiene con unos y otros.</font></p>      <p align="left"><font size="2" face="Times New Roman, Times, serif"><sup><a name="2"></a>2</sup> Entre 1974 y 1976, el desprecio por las instituciones afect&oacute; la propia estructura interna del gobierno y el movimiento gobernante, disolviendo su poder, lo que fue agravado por la violencia. Pero el autoritarismo militar fue incapaz de superar estos problemas, y el t&aacute;cito apoyo que alguna vez tuvo (al igual que otros golpes militares), ya debilitado a comienzos de 1982, se transform&oacute; en un fuerte consenso negativo despu&eacute;s de la Guerra de Malvinas.</font></p>      <p align="left"><font size="2" face="Times New Roman, Times, serif"><a name="3"><sup>3</sup></a> En el plano pol&iacute;tico, esto no quiere decir necesariamente que el Interior habr&iacute;a obstaculizado la modernizaci&oacute;n bonaerense. Una visi&oacute;n m&aacute;s optimista podr&iacute;a suponer una evoluci&oacute;n del Interior m&aacute;s similar a la experiencia de Chile, donde la preservaci&oacute;n de jerarqu&iacute;as sociopol&iacute;ticas no impide una renovaci&oacute;n econ&oacute;mica e incluso institucional, y una Buenos Aires no menos exitosa, aunque con menor peso de sectores tradicionales.</font></p>      <!-- ref --><p align="left"><font face="Times New Roman, Times, serif" size="2"><a name="4"><sup>4</sup></a> Sin embargo, seg&uacute;n se deduce por ejemplo de una estimaci&oacute;n del departamento nacional del trabajo de 1912 (Jos&eacute; Panettieri, <i>Los Trabajadores</i>, Buenos Aires, Jorge &Aacute;lvarez, 1968, p. 69;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=830794&pid=S0524-9767201100010003700001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> otra para 1908 -p. 68- ofrece valores semejantes), el pan, la carne y las verduras sumadas constituir&iacute;an s&oacute;lo el 22% del presupuesto de una familia de 7 hijos. Si restamos un tanto para la verdura, y consideramos que el cereal es un componente no mayoritario del precio de pan (la molienda, preparaci&oacute;n y comercializaci&oacute;n lo superan ampliamente), su incidencia no exceder&iacute;a en ning&uacute;n caso el 15% de la canasta; vale decir que in extremis, una reducci&oacute;n del 50% del valor de los exportables argentinos en el mercado interno tendr&iacute;a una incidencia de s&oacute;lo el 7,5% en el salario real; una evaluaci&oacute;n m&aacute;s realista le dar&iacute;a un peso bastante menor, que presumiblemente caer&iacute;a con el incremento del ingreso de los asalariados. Parece razonable pensar que una pol&iacute;tica de mayor est&iacute;mulo a la exportaci&oacute;n hubiera tenido un efecto favorable sobre el salario al menos equivalente por v&iacute;a de la disponibilidad de divisas, demanda laboral, etc. Esto, sin embargo, no desmiente la hip&oacute;tesis de los autores, ya que la adopci&oacute;n de las pol&iacute;ticas puede f&aacute;cilmente basarse en una percepci&oacute;n err&oacute;nea de la incidencia de estos alimentos en el salario, como ilustran hechos m&aacute;s recientes.</font></p>       ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p align="left"><font size="2" face="Times New Roman, Times, serif"><a name="5"><sup>5</sup></a> Una r&aacute;pida correlaci&oacute;n entre exportaciones a precios corrientes en d&oacute;lares y PBI <i>per c&aacute;pita</i> a precios constantes en la etapa volcada al mercado interno (1930-1975, datos tomados de Orlando Ferreres, <i>Dos siglos de econom&iacute;a argentina</i>, Buenos Aires, El Ateneo, 2004) muestra un sorprendente &iacute;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=830796&pid=S0524-9767201100010003700002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref -->ndice de 0,87. Si se excluyen los a&ntilde;os 1930, baja a 0,79, en tanto que para la etapa 1930-2004 es a&uacute;n un significativo 0,68, que seguramente ser&iacute;a mayor si se corrigiera el efecto monetario en las exportaciones.</font></p>       <p align="left"><font face="Times New Roman, Times, serif" size="2"><a name="6"><sup>6</sup></a> Manifestadas, por ejemplo, en la reversi&oacute;n de la tendencia al decrecimiento de la mortalidad infantil que se observ&oacute; en el per&iacute;odo afectado por las crisis.</font></p>      <!-- ref --><p align="left"><font face="Times New Roman, Times, serif" size="2"><a name="7"><sup>7</sup></a> Fabi&aacute;n Repetto, <i>Gesti&oacute;n publica y desarrollo social en los noventa. Las trayectorias de Argentina y Chile</i>, Buenos Aires, Universidad de San Andr&eacute;s / Prometeo, 2001, pp. 104-109.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=830799&pid=S0524-9767201100010003700003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>      <p align="left"><font face="Times New Roman, Times, serif" size="2"><a name="8"><sup>8</sup></a> Por ejemplo, los trabajadores espa&ntilde;oles, portugueses o italianos en Francia o Alemania de los a&ntilde;os 1960 y 1970, seguramente estaban mejor en t&eacute;rminos relativos que los actuales migrantes &quot;extracomunitarios&quot;; pero &eacute;stos comparan su situaci&oacute;n actual, no con aquellos, sino con quienes quedaron atr&aacute;s en &Aacute;frica o Medio Oriente.</font></p>      <!-- ref --><p align="left"><font face="Times New Roman, Times, serif" size="2"><a name="9"><sup>9</sup></a> El diagn&oacute;stico hecho a fines de los a&ntilde;os 1980 por Di&eacute;guez, Llach y Petrecola (<i>El gasto p&uacute;blico social</i>, Buenos Aires, Pronatas, 1990) sobre los problemas de calidad del gasto social en la Argentina no parece haber perdido validez.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=830802&pid=S0524-9767201100010003700004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>      <!-- ref --><p align="left"><font face="Times New Roman, Times, serif" size="2"><a name="10"><sup>10</sup></a> Ya en <i>Estructura y cambio...</i>, postul&oacute; un lugar importante para la ideolog&iacute;a, aunque el cap&iacute;tulo a ella dedicado en la obra resultaba poco satisfactorio. Seguramente lo fue tambi&eacute;n para &eacute;l, y en trabajos posteriores, especialmente en <i>Understanding the Process of Economic Change</i> ha buscado formas de integrar explicaciones del comportamiento humano m&aacute;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=830804&pid=S0524-9767201100010003700005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref -->s complejas que el &quot;<i>rational choice</i>&quot;.</font></p>     ]]></body>
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