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</front><body><![CDATA[ <p align="right"><font size="3" face="Arial, Helvetica, sans-serif"><b>RESE&Ntilde;AS</b></font></p>     <p><font size="3"><b><font size="4" face="Arial, Helvetica, sans-serif">Eley, Geoff y Nield, Keith <i>El futuro de la clase en la historia &iquest;Qu&eacute;  queda de lo social?</i>, Valencia, PUV, 2010, 244 pp. - ISBN 978-84-370-7823-6.</font></b></font></p>     <p>&nbsp;</p>     <p><font size="3" face="Arial, Helvetica, sans-serif">Desde  hace dos d&eacute;cadas Geoff Eley y Keith Nield han intervenido, sea individualmente  como en colaboraci&oacute;n, en las discusiones en torno a las transformaciones de la  disciplina hist&oacute;rica y la erosi&oacute;n de la categor&iacute;a de clase social como  herramienta clave de an&aacute;lisis. Publicado originalmente en 2007, <i>El futuro de la clase en la historia</i> es  el resultado de las reflexiones e intercambios suscitados por esta persistente  preocupaci&oacute;n te&oacute;rica e historiogr&aacute;fica.<br />       Recientemente  fallecido (2010), Keith Nield fue fundador y coeditor de la revista <i>Social History</i>, y &eacute;ste es su primer  trabajo traducido al castellano. Geoff Eley cuenta en cambio con una decena de  art&iacute;culos y dos libros traducidos a nuestro idioma.<a href="#1"><sup>1</sup></a> En ambos casos se trata de  historiadores ingleses formados en el clima de ascenso y auge de la historia  social, en su espec&iacute;fica modalidad marxista brit&aacute;nica, entre fines de la d&eacute;cada  de 1960 y 1970. Tambi&eacute;n de testigos del quiebre de las seguridades pol&iacute;ticas e  intelectuales que sustentaban el trabajo de toda una generaci&oacute;n, al tiempo que  se produc&iacute;a un paulatino giro disciplinario hacia la historia cultural en los  a&ntilde;os 1980s. y 1990s.. Estos cambios han sido de hecho retratados magistralmente  por Eley en su reciente libro <i>Una l&iacute;nea  torcida</i>, en el cual se brinda un marco explicativo general que se reitera  en diversos momentos de esta nueva exposici&oacute;n, centrada en el derrotero de la  categor&iacute;a de clase en los estudios hist&oacute;ricos. La necesidad de examen y  discusi&oacute;n sobre esta problem&aacute;tica tiene por tanto, tal como explicitan los  mismos autores, mucho que ver con su propia experiencia personal y con una sensaci&oacute;n  de urgencia pol&iacute;tica, &quot;...un deseo de conseguir que los debates entre los  historiadores est&eacute;n a la altura de las exigencias pol&iacute;ticas que reclama el  nuevo contexto actual del siglo XXI que comienza.&quot; (p. 40) <br />       A  grandes rasgos, la crisis de las explicaciones hist&oacute;ricas en t&eacute;rminos de clase  se vincul&oacute; con las transformaciones del capitalismo, el retroceso pol&iacute;tico de  la izquierda y los cambios en los paradigmas en las ciencias sociales. El punto  de partida del libro es la constataci&oacute;n de que estos desarrollos terminaron por  resquebrajar la hegemon&iacute;a de los enfoques materialistas y el inter&eacute;s por  conceptos totalizadores, ganando terreno las perspectivas centradas en las  categor&iacute;as de intelegibilidad cultural, el discurso, y la afirmaci&oacute;n del descentramiento  y la multiplicidad. Por supuesto, estas nuevas orientaciones marcan una nueva  sensibilidad que adopt&oacute; una muy diversa gama de modalidades, cuesti&oacute;n que los  autores se cuidan de analizar con sumo cuidado en contra de cualquier  esquematismo. Cabe aclarar de todas maneras que el texto se concentra en el  &aacute;mbito anglosaj&oacute;n, donde el abandono de los an&aacute;lisis basados en la clase ha  sido un fen&oacute;meno tal vez m&aacute;s notable que en otros campos historiogr&aacute;ficos,  debido a la previa relevancia del marxismo para los historiadores sociales,  especialmente en Inglaterra.<br />       Es  bien conocido que fue en aquel pa&iacute;s donde, a&uacute;n sin hegemonizar los centros  acad&eacute;micos, el materialismo hist&oacute;rico se erigi&oacute; como una corriente de enorme  peso, dando lugar a algunos de los trabajos m&aacute;s brillantes e influyentes en el  campo de la historia social. Dentro de esta constelaci&oacute;n destaca sin dudas el  sustantivo libro de E. P. Thompson <i>La  formaci&oacute;n de la clase obrera en Inglaterra</i> (cuya versi&oacute;n original es de  1963), el cual se convirti&oacute;, tal como destacan los autores, en una suerte de  modelo a seguir para los nuevas generaciones de historiadores. As&iacute;, al menos en  Inglaterra, gran parte de la producci&oacute;n en historia social se concentr&oacute; en el  estudio del mundo del trabajo desde un punto de vista marxista, cumpliendo la  categor&iacute;a de clase un rol central dif&iacute;cilmente discutible, y siendo Thompson el  autor al que, incluso para criticar, era imprescindible tomar en consideraci&oacute;n.  De esta forma fue conform&aacute;ndose un campo de investigaci&oacute;n que, a&uacute;n con  divergencias, supon&iacute;a que la formaci&oacute;n, estructura y conflicto de clases era  fundamental para comprender la din&aacute;mica social de los siglos XIX y XX. Bajo el  influjo de Thompson, quien se alej&oacute; de toda perspectiva economicista ortodoxa,  se sosten&iacute;a que la clase no era un mero reflejo del lugar ocupado en la  producci&oacute;n (a&uacute;n cuando esto fuese determinante) sino el resultado de una  experiencia que daba forma a una conciencia clasista reconocible por una  cultura com&uacute;n. La clase tampoco era concebida como una categor&iacute;a est&aacute;tica ni  reificable, sino como una realidad relacional e hist&oacute;rica, delimitada por las  solidaridades horizontales y los antagonismos verticales. Tal perspectiva abr&iacute;a  un amplio programa de investigaci&oacute;n que rebasaba la tradicional historia de los  trabajadores concentrada en los partidos y sindicatos, interes&aacute;ndose en el  an&aacute;lisis de aspectos como las caracter&iacute;sticas y relaciones en los lugares de  trabajo, las pr&aacute;cticas cotidianas y costumbres, la vivienda, alimentaci&oacute;n, ocio  y deporte, criminalidad, religiosidad, educaci&oacute;n, ni&ntilde;ez, sexualidad, etc.<br />       Tal  como Eley y Nield enfatizan en los primeros cap&iacute;tulos del libro, esta etapa de  auge de la historia social signada por la centralidad de la clase se hallaba  por tanto muy lejos de la ortodoxia y la proposici&oacute;n de un modelo &uacute;nico para el  an&aacute;lisis social. Al contrario, en esos a&ntilde;os se produjeron desarrollos  divergentes y profundas reformulaciones te&oacute;ricas que abrieron potent&iacute;simos  debates y nuevos campos de investigaci&oacute;n. Ejemplo de esto fue el <i>History Workshop</i>, emprendimiento  historiogr&aacute;fico surgido en los a&ntilde;os 1970s. muy atento a la discusi&oacute;n te&oacute;rica, y  donde aparecieron los primeros an&aacute;lisis de g&eacute;nero, producidos por historiadoras  como Anna Davin, Sally Alexander, Catherine Hall y Sheila Rowbotham. Lo llamativo  de aquel periodo tal vez sea precisamente la capacidad y flexibilidad de la  historia social y el marxismo para cobijar tendencias que vistas en  retrospectiva parec&iacute;an apuntar en direcciones contradictorias.<br />       Esta  situaci&oacute;n cambi&oacute; sin embargo hacia inicios de los a&ntilde;os 1980s., cuando comenz&oacute; a  visualizarse una crisis de las certidumbres materialistas y un desplazamiento  en los enfoques hist&oacute;ricos, rebasando ahora s&iacute; los l&iacute;mites de la historia  social. Los caminos e influencias que llevaron a la emergencia de la nueva  historia cultural fueron m&uacute;ltiples, pero sin dudas se vincularon a los cambios  de perspectivas de similares caracter&iacute;sticas que se estaban produciendo en  otras disciplinas. Desde la antropolog&iacute;a interpretativa a Foucault, de la  teor&iacute;a feminista y los estudios culturales brit&aacute;nicos a la deconstrucci&oacute;n, el  giro hacia el discurso y el constructivismo cultural se hizo cada vez m&aacute;s  evidente, dejando atr&aacute;s al materialismo y la determinaci&oacute;n social como versi&oacute;n  ingenua de un mundo que comenz&oacute; a entenderse cada vez m&aacute;s como estructurado  discursivamente.<br />       Eley  y Nield examinan este desplazamiento historiogr&aacute;fico hacia los estudios  culturales y el discurso enfatizando su car&aacute;cter ambiguo. Es que si por un lado  abri&oacute; el camino para una reflexi&oacute;n m&aacute;s profunda sobre la propia tarea del  historiador y posibilit&oacute; la emergencia de nuevas l&iacute;neas de investigaci&oacute;n  (estudios de g&eacute;nero concentrados ahora en la masculinidad, historia del cuerpo,  las emociones y la subjetividad, etc.) en algunos casos conllev&oacute; a un abandono  del inter&eacute;s por el an&aacute;lisis de las determinaciones sociales. Los autores  discuten particularmente las intervenciones de aquellos escritores que con af&aacute;n  pol&eacute;mico, y extremando los argumentos, sostuvieron la necesidad de desechar  como un todo a la vieja historia social. En su opini&oacute;n, especialmente durante  la d&eacute;cada de 1990, se produjeron ataques cruzados entre los defensores de una  nueva historia posmoderna y los antiguos historiadores sociales que se  caracterizaron por la caricaturizaci&oacute;n de la posici&oacute;n contraria y la ausencia  de un di&aacute;logo productivo. Sin embargo, un argumento central del libro es que la  mayor&iacute;a de los historiadores continuaron realizando un trabajo que si bien  mostraba un renovado inter&eacute;s por los aspectos culturales, no se posicionaba en  ninguno de&nbsp; los extremos polares  defendidos por los polemistas m&aacute;s radicales, marcando el camino sobre las  posibilidades de una articulaci&oacute;n entre los registros discursivos y sociales.<br />     ]]></body>
<body><![CDATA[  Especialmente  interesante resulta el examen realizado en el cuarto cap&iacute;tulo del libro a la  evoluci&oacute;n de cuatro historiadores que ejemplifican el pasaje hacia la historia  cultural. Con perspicacia y profundidad, los autores destacan el hecho de que  William Sewell, Joan Scott, Gareth Stedman Jones y Patrick Joyce comenzaron sus  carreras dedic&aacute;ndose al an&aacute;lisis de la clase obrera inglesa y francesa del  siglo XIX desde una perspectiva de historia social, y que a&uacute;n cuando  presentaran versiones problem&aacute;ticas acerca de la relaci&oacute;n entre el proceso de  proletarizaci&oacute;n y las formas de conciencia pol&iacute;tica, la clase y las  determinaciones sociales jugaban un papel central en sus argumentos. Sin  embargo, por distintos caminos todos ellos (con la notable excepci&oacute;n de Sewell,  quien actualmente se encuentra bastante cercano a las posiciones defendidas por  Nield y Eley en este libro) terminaron alej&aacute;ndose de los an&aacute;lisis de clase  esgrimiendo que el lenguaje ocupaba un lugar constitutivo de lo social, en una  relaci&oacute;n de tipo prefigurativa que pon&iacute;a en crisis las explicaciones de lo  pol&iacute;tico en t&eacute;rminos de determinaciones objetivas. Y as&iacute;, bien podr&iacute;a decirse  que si la m&aacute;s interesante historia social hab&iacute;a confrontado con la tan famosa  t&oacute;pica marxista de &quot;base y superestructura&quot;, la nueva historia cultural lo hizo  con la tesis del materialismo hist&oacute;rico acerca de la determinaci&oacute;n de la  conciencia por el ser social. <br />       Llegados  a este punto, los autores se&ntilde;alan que a&uacute;n cuando comparten que el antiguo  modelo que otorgaba prioridad estructural a lo econ&oacute;mico-social no se sostiene,  de all&iacute; no se sigue que deba abandonarse todo an&aacute;lisis de esta dimensi&oacute;n. La  diferenciaci&oacute;n entre lo discursivo y extradiscursivo sigue siendo relevante, y  de ninguna manera puede deducirse l&oacute;gicamente que todo deba definirse como  discursivo por el hecho de que se acceda a ello a trav&eacute;s del discurso.  Reconocida esta distinci&oacute;n, queda claro que la conexi&oacute;n entre lo social y lo  pol&iacute;tico no puede considerarse m&aacute;s en forma directa o transitiva en ninguna de  las dos direcciones, volvi&eacute;ndose necesario el estudio de ambas esferas y sus  complejas articulaciones. Visto as&iacute;, los autores defienden la necesidad  &quot;...(te&oacute;rica, heur&iacute;stica y estrat&eacute;gica) de reconocer la persistencia de la clase  como una formaci&oacute;n prediscursiva o no discursiva. Las regularidades  estructurales de los procesos a trav&eacute;s de los cuales se crean los ricos y los  pobres bajo las condiciones del capitalismo siguen siendo virtualmente  importantes, incluso aunque la negociaci&oacute;n discursiva y las defensas  discursivas sigan siendo extremadamente variables, porque tales regularidades,  sin embargo, definen un terreno particularmente decisivo en el que la  intervenci&oacute;n pol&iacute;tica puede suceder.&quot; (pp. 224-225) <br />       En el  quinto y &uacute;ltimo cap&iacute;tulo del libro Nield y Eley ensayan una propuesta te&oacute;rica  en la cual el &eacute;nfasis foucaultiano en las m&uacute;ltiples dimensiones del poder se  complementa con el complejo enfoque gramsciano acerca de las conexiones entre  lo social y lo pol&iacute;tico y un an&aacute;lisis tendiente a dar cuenta de la relevancia  del Estado, la esfera p&uacute;blica y el orden institucional para la conformaci&oacute;n de  hegemon&iacute;as. La intenci&oacute;n es precisamente ofrecer una posible conjunci&oacute;n entre  los enfoques tendientes a destacar el car&aacute;cter inestable del poder y las  identidades y aquellos que se interesan por la (relativa) cristalizaci&oacute;n y  regularidad de esas relaciones. Esta propuesta no intenta, destacan los  autores, establecer una modalidad sistem&aacute;tica para el estudio de lo social y  pol&iacute;tico sino m&aacute;s bien demostrar las potencialidades de un intercambio  productivo entre las dimensiones tratadas por los historiadores culturales y  aquellas rescatables de la antigua historia social. Se trata, en fin, de  abandonar la idea de una oposici&oacute;n irreconciliable, reconociendo los l&iacute;mites  porosos y la posibilidad de un di&aacute;logo fruct&iacute;fero entre diferentes registros, sacando  a la disciplina de las pol&eacute;micas paralizadoras y acercando a los mejores  an&aacute;lisis de distintas procedencias conceptuales entre s&iacute;.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; </font></p>     <p><font size="3"><b><font face="Arial, Helvetica, sans-serif">Por  Dani&aacute;n L&oacute;pez (UBA)</font></b></font></p>     <p><font size="3" face="Arial, Helvetica, sans-serif"><b><font size="2">Notas</font></b></font></p>     <!-- ref --><p><font size="2" face="Arial, Helvetica, sans-serif"><sup><a name="1" id="1"></a>1</sup>.</font><font size="2" face="Arial, Helvetica, sans-serif"> Los libros son Geoff Eley <i>Un mundo que ganar. Historia de la izquierda en Europa, 1850-2000</i>, Barcelona, Cr&iacute;tica, 2003;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2345298&pid=S1851-9504201100020002000001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --> y Geoff Eley <i>Una l&iacute;nea torcida. De la historia cultural a la historia de la sociedad</i>, Valencia, PUV, 2008.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2345299&pid=S1851-9504201100020002000002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </font></p>      ]]></body><back>
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